Cerdo capitalista

El día de hoy mis alumnos han hecho su primer producto manufacturado. En clase hemos aprendido el principio de libre mercado y el paso de producción artesanal a industrial según la metáfora del alfiler de Adam Smith.

Los resultados están a la vista. Ya han vendido sus primeras unidades al exterior. Además, se ha comprendido de forma cabal el significado de valor de uso y valor de cambio. También han asimilado la división del trabajo; puesto que un proceso es más eficiente si un miembro del taller se especializa en una sola función, en vez de abarcar todo el proceso.

Si la Revolución Industrial requiere de una comprensión que abarque temporalidad y espacio, es mucho mejor dejar que la retroalimentación dialéctica produzca el estudio del hecho, en vez de dictar teoría que no tiene una forma definida. Si la construcción de narraciones históricas aterriza su función en alimentar diferentes testigos y componentes, entonces podemos ser capaces de construir nuestras propias fuentes primarias desde el presente, tal como soñó Croce o Collingwood.

La enseñanza de la Historia Universal no debe ser aburrida. En vez de repetir fechas y datos aislados, la recreación de procesos encarnando el devenir a la vida real puede traer mayores resultados que una simple cátedra. Los contenidos temáticos se conectan con las habilidades cognitivas y se da prioridad a la resolución de problemas. ¿Y tú cómo enseñas tu materia?

¿Camila anda suelta o de gira? (ficción)

Nadie sabe a donde pudo haber ido. Lo último que supimos de ella fue un pastel a medio comer sobre la ventana y el plato de croquetas vacío. Hambre no ha de tener, pero frío seguro sí. Es vulnerable. Tememos lo peor.

El año pasado se peleó fuerte con Matilda. Las dos querían pasar el tiempo con el mismo juguete. No había forma de que lo usaran por turnos. Una vez, Camila arrastró sus patas traseras mientras la otra dormía. Babeó de contenta cuando el chillido invadió toda la casa. Su rival apretó la quijada para no romper en llanto.

Tiempo después se unió Romeo. Un callejero rompecorazones que trató de conquistar a Matilda con un baile estilo Elvis Jagger Abdul Jabbar. No funcionó. Camila, en cambio, lo llevó al Corona Capital y se divirtieron a lo grande. Me dio mucho gusto por los dos, pues ambos son bastante solitarios. De vez en cuando es bueno salir con amigos. Cuando Matilda se dio cuenta que Camila y Romeo salían empezó a jugar al gato y al ratón. Le hablaba a él por cualquier pretexto. Hasta insistió en acompañarlo al clásico en la cancha del Atlético San Gato.

Como se esperaba, Camila no se dejó y se unió al mal tercio. Anduvieron los 3 asaltando camiones de Marinela repletos de pastelitos cremosos, además de que hurgaron la basura del vecino. Al caer la noche, Matilda le plantó un beso a Romeo. De muy mal gusto. Le dejó embarrado un fideo en el cachete. ¡Puaj! Regusto a cigarro. <<Mejor me voy a dormir, dijo el galán>> Camila le preparó un licuado de menta y tortillas para quitarle el sabor de boca. Además le prestó su frazada favorita. Eso hizo enojar más a Matilda, que siguió y siguió insistiendo para separar a los dos amigos. Ninguna táctica funcionó.

Hasta que pasó lo inevitable. Un día que Romeo estaba pastando en el jardín para limpiarse el estómago, Matilda hizo volar un pájaro de plástico falso para que su compañero lo cazase. Grave error. Las alas se le quedaron incrustadas en el cuello y por la noche murió. Eso puso muy triste a Camila. Ya no tendría con quien comer flores de jacaranda en plena primavera, ni rascar hoyos para esconder tesoros. Su ánimo se fue apagando. Cada vez que el canario del vecino se ponía a cantar, alzaba su hocico para oler la madera de la chimenea quemándose por cada ladrido ahogado. A Romeo le gustaba mucho quedarse viendo el fuego como si se tratara de un adolescente frente al televisor.

Quizá fue a buscarlo río abajo. En la otra orilla habita una fauna variopinta que toca Smoke on the Water hasta el cansancio. Ahí podría estar Romeo. Rockeando hasta las orejas. O quizá tocando la armónica al ritmo de BlackBird. Era un perro hippie. Él siempre dijo que le habría gustado morirse al lado de una parvada, como si estuviera en un concierto. Volviendo a nacer.

Vita nuova (ficción)

MacBook Pro Divine

Poco después de dar fin a su magna obra, Dante sale de copas a un bar. Como todo fanático furibundo de la Fiorentina, se besa el relicario que le regaló Batistuta y pide un bistec más grasiento que el cabello de Rubens.

De repente recuerda a Beatrice Portinari. Se dijeron tantas cosas. Que a ella no le gustaba esperarlo en el Ponte Vecchio después de salir de farra, que a él le sacaba de quicio verla ganar más dinero contrabandeando sus novelas no vendidas. Pero principalmente la distancia. Esa acabó con todo. Valía mas una “divina” casa en Ibiza, que una “comedia” de enredos.

Así que, no hay mucho dinero que digamos. Para pagar la renta, Dante tiene que ir a diario a la Galleria degli Uffizi para hacer un ready-made del Renacimiento. Se desnuda frente al Nacimiento de Venus y grita: <<¿Alguien cuenta una lavadora automática para quitarle la mierda a mis poemas? A cambio presto la vaporera>> Lo terminan confundiendo con un un vendedor callejero y llaman a seguridad.

Por las noches vuelve exhausto. Se echa al sofa desvencijado y toma una cerveza mientras ve Netflix. Pero no aguanta mucho porque las temporadas de invierno solo pasan repeticiones de Berlusconi sacándose los mocos. Ahora que lo piensa mejor, debería haber un décimo circulo del infierno. Ahí podrían convivir sin ningún problema Tony el Gordo, Rocky Balboa y la pizza sin anchoas. La gente es muy idiota porque da respuesta a preguntas que nadie formuló. No. No se puede solicitar que Marlon Brando bendiga a tu banda de motociclistas. Eso era una película: La vida es fea.

Total, que para ya no hacer el cuento largo, Dante se encuentra en una delicada decisión. Debe decidir si estafar a Virgilio con un billete de 3 euros o celebrar su despedida de soltero en la torre inclinada de Pisa. Las dos son atrayentes. Sin embargo, los únicos amigos del toscano son ficticios. Será mejor terminar esta charada de una vez. <<Virgilio, ¿aceptas Visa o Master Card? Se me acabó el efectivo. O mejor transferencia electrónica. Después no me vayas a decir que no hay cajeros en el Paraíso. Ahí son bien corruptos. Te ofrecen créditos hipotecarios sólo en el primer círculo. No es divertido. Los no bautizados tienen prestaciones laborales y pecan los que les viene en gana>>. Mejor se va a la casa de Bridget Jones por gelato.

Suficiente por hoy. Dante cobra por hora y eso sale caro. Hasta aquí hemos llegado. Registramos todas las habitaciones. Nadie pidió Room Service. ¡Un momento! Alguien se largó sin pagar la cuenta. No ha sido el poeta de la Vita Nuova. Fue su gemelo malvado. Él puso en su Twitter que en el Purgatorio no sirven alcohol en el bar del hotel, sino pura decepción destilada.

McCartney apesta

Tocaba el bajo.

Suplantó al verdadero McCartney (XD).

Tiene una canción que se llama Tío Alberto.

Los Wings parecían más un grupo de iglesia episcopal.

No se sabe las letras de sus propias composiciones.

Quiso demeritar a Harrison.

Él fue el verdadero rompegrupos, no Yoko.

Prefiere al Everton más que al Liverpool (WTF)

Ob-la-di-Ob-la-da, ¿qué demonios eso?

Nadie le pondría Martha a su perro.
Quiso pasar como suyas las letras de Los Borbotones (Esto no es cierto, pero hay que echarle más leña al fuego.)

¿Algo más? 🙂

Dar clase

Cuando te paras frente a un salón es como abrir 44 novelas al mismo tiempo. Todas son apasionantes, pero no tienes tiempo de leerlas de inmediato. Lo que sí puedes hacer es husmear en sus páginas. Ver que cada cabeza es un mundo.

Son esponjas que todavía se sorprenden. Pero no es que sean ingenuos, lo que pasa es que aún no están contaminados de esa malicia que antepone la madurez. No están a la defensiva. Se muestran tal como son. Sus deseos de conocer mundo superan a las barreras de la desconfianza. Aún están a salvo del asqueroso super yo freudiano.

En agosto todavía hay un ligero sabor a rocío en el ambiente. La Historia se encargará de esparcir los aromas de viejas batallas y tratados sin tregua. Tendrán que comprender que no es la memoria, sino la vivencia diaria lo que hace florecer a las acciones. Resolver problemas, no huir de ellos. Si logran esto no estarán solos en el mundo; ya de por sí hostil contra cualquier impronta juvenil. Quizá porque nos recuerda que algún día fuimos jóvenes con el corazón en la mano y la cabeza furibunda de pasión.

Los amigoles

Recuerdo que era octubre de 1999. Pumas jugaba para la mierda y no le ganaba ni a un combinado de niños de primaria. El rival en turno era Necaxa. No se podían augurar muchas esperanzas.

Estábamos en casa de Rogelio para terminar una maqueta escolar. Éramos unos nalgas miadas. Los quince años de la inocencia. Hicimos una pausa para ver el partido y después terminar el trabajo. Por supuesto, nunca llegamos a hacerlo.

Todos queríamos ver a Campos de delantero. Era la única esperanza. Nuestros delanteros eran incapaces de meter gol en el Arco del Triunfo. Eso sí, en el de la Derrota hasta seguro les pagaban 5 millones de dólares extra por entrar. Rogelio, de la nada, hizo una apuesta interesante. Era el único fanático del Necaxa en el país, además del presidente. No quería vernos sufrir.

—Miren. Encontré el armario donde mi papá esconde las botellas. Cada cinco minutos de partido todos tomamos una tapita de tequila, y así sucesivamente, hasta el minuto 90. Es poquito. Ni se les va a subir. Así se olvidan de su equipo tan mediocre ja, ja, ja.

—Estás pendejo —dijo Mauricio.

—Yo sí le entro —respondió Tomás.

—Hagámoslo más interesante. Si Campos mete gol, todos bebemos hasta acabarnos dos botellas. ¡Por la amistad y por el fútbol!

Se me quedaron viendo asustados, pero el orgullo les picó y aceptaron la apuesta. Nadie se iba a levantar del sillón hasta que el silbante terminará el partido. Estaba seguro. Campos y los Pumas ganarían esa tarde.

Nada de lo que anticipábamos estaba sucediendo hasta el minuto 30 de la segunda parte. Pumas ganaba 3-0, pero Campos seguía en la portería. Obvio. Ya no lo cambiarían como delantero. Sólo lo metían cuando el equipo necesitaba darle la vuelta a un partido. Los 3 cambios ya estaban hechos. El destino nos jugaba una mala pasada. Tenía el deseo de gozar mi primera borrachera. Mi equipo me lo estaba negando.

Minuto 35. Gol de Necaxa. Minuto 40. Gol de Necaxa. ¡Otra vez, no! De nuevo nos sacarían la victoria. Los últimos 5 minutos fueron de infarto. Era un tonto juego de jornada 8, y sin embargo, para nosotros era como la final de la Copa del Mundo.

Minuto 47. Tiempo agregado. Falta a favor de Necaxa en los linderos del área. A defender el resultado. Los once de Pumas defendiendo el área grande. Un ensueño de otoño. Sentía los párpados pesados, la mano dormida. Centro. Centro. Centro. Centro. ¡No! Cabrón empate. 3-3. Rogelio se quitó la camiseta. Corrió como loco por la sala. Nosotros 3 en un funeral.

—Momento —dijo Tomás.

—¿Qué pasa? —dijo Mauricio.

—Autogol de Campos. Autogol de Campos. EMPUJÓ la pelota con el puño. El pendejo quiso despejar y la metió —dije atónito.

Mauricio, que en un principio no deseaba beber y era más papista que el Papa, se alegró como si fuera un niño con juguete nuevo. Estaba contentísimo. —Es el destino. ¡Alabado sea el Señor y sus grandes vinos consagrados que nos ha regalado!

Reímos. Nos abrazamos, incluso. Entre fanáticos rivales no existe el ateísmo. Bebimos, por supuesto. Y vomité como 5 veces en la noche. Nuestros padres nunca lo supieron. Reprobados en la materia, obvio. Pero sacamos 10 en Amistad. Aún nos seguimos reuniendo para beber, incluso cuando Pumas y Necaxa empatan a cero.

No te tengo en Whats (ficción)

Estuvo toda la semana rodando por mi cabeza el gusanito de la curiosidad. ¿Por qué no lo había agregado desde 1989? Ni yo misma lo sé. El teléfono se había vuelto una figura fantasmal desde que descubrí un plan de renta de comunicación más barato con las palomas de la esquina.

Saqué mi Nokia de viborita y le llamé. Por supuesto no me contestó. Tecnología obsoleta. Pasaron dos semanas y le escribí una carta. Pienso que así se recupera la intimidad. La gente se ha olvidado de ponerse atención. Todo el mundo está ensimismado con monigotes estrafalarios que se malgastan en Snapchat.

Al mes recibí su respuesta. Estaba muy malhumorado por supuesto. Lo puso en mi muro de Facebook, que no era otra cosa que la pared de la casa en forma de libro. El grafiti tenía faltas de ortografía, o era quizá una palabra no incorporada todavía a mi diccionario. “YOLO”. Quise interpretar que se trataba de un acrónimo o quizá siglas de alguna institución mental. Vaya uno a saber cuando la gente tiene dislexia.

Y así pasó el tiempo. Nos dejamos de hablar. Me cambié de barrio. Él se casó. Lo de siempre. Personas entran a tu vida y se van. De vez en cuando me enteraba de sus éxitos en la industria de la música, mezclando viejos acordes de MC Hammer con los de la Sonora Santanera. Me mandó ayer un último mensaje. Ignoro cómo logró colarse hasta la puerta de mi casa. Que yo sepa, enfrente hay una carpeta asfáltica, no el mar Báltico. Llegó dentro de una botella. A la vieja escuela. Tal como me gusta. El mensaje no lo entendí del todo. Debe haber sido una especie de Sudoku egipcio. ¡Qué manía de darle vueltas a todo! ¿Por qué no me pregunta, en persona, si quiero salir con él? Igual, hasta con su esposa me dan ganas.

“¿Me podrías ayudar a vincular mi Instagram con tu número de Fax?”

FULANITO TROYANO