XXX

—¡Oiga! ¿Por qué se mete a la fila rápida para los de la tercera edad? Todos tenemos prisa, ¡pinche abusivo!

—Pena le debería de dar a usted, con esas lonjas de pulquera bloquea toda la entrada, váyase usted mucho a la %$@&#.

—Déjalo, manita! A este tipo nomás no se le arriman ni las pulgas. Míralo con su suetercito del Flanders, h de ser PROVIDA. 

Cosme Fulanito salió del supermercado sin sellar el estacionamiento. Hizo un giro y se robó los calcetines que vendían los niños del orfanatorio para comer rosquillas en invierno. Llegó al banco hecho una furia.

—Por mis huevos me tienes que aceptar la INE, aunque esté vencida. ¿Qué no sabes leer, chairo pepenasubsidios?
—Lo siento, señor. Las políticas del banco son muy claras. No podemos aceptar su identificación. Las cosas como los pantalones. Bien puestos y de frente. 

—¡Uy, qué bárbaro! Desde aquí se te ve que la tienes de 20 metros. Y a mí me gusta, también, la cerveza fría, la tele fuerte y los homosexuales locas, locas, sí. *sarcasmo*

Sin haber podido realizar su transacción de cinco bitcoins al Episcopado Mexicano en su lucha contra las estampitas de Marilyn Monroe, estilo cosplay “Virgen María”, Cosme Fulanito dobló en Tacuba con dirección a la Catedral. Tenía mucho que agradecer a los restos de su ilustrísima Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu porque la semana pasada la Fiscalía había retirado los cargos contra Ricky Riquín Canallín. Sonaban tambores y fanfarrias por doquier.

—¿Qué no les da vergüenza? *se quita los lentes empañados* Andar sin zapatos frente al altar con la santísima imagen de Jesucristo como testigo?

—No se agüite, don. Éntrele a la boda. Está buenísima.

—Pero, están todos desnudos, ¿qué herejía es esta?
—¿Apenas se da cuenta? Hace 30 años que la Constitución prohibió andar vestido en la calle, hasta el Homero besó a Grady y volvió con Marge.

Fiebre (poesía)

En busca de infiernos donde el sueño se vuelve humo, emerge un conejo que cuenta las veces que olvidé la tarjeta en el cajero.

Tengo un cuaderno sin hojas, ahí guardo las sobras de la cena y el vino de consagrar. Plegarias a un dios que casi muere por un pasón de Xanax. La droga debe ser un privilegio constitucional.

Al amanecer, suelo confundir el yogur con el jocoque. Me arrepiento de no haber podido volverme orangután en tiempos que los autos viejos pierden su dentadura. ¿Existirá alguien tan cruel como para leer tarot sin arcanos menores?

Por lo general hay tres tipos de cabrones: aquellos que no tienen alternativa, los despiadados y los que se quedaron a una cifra de ganarse el Melate. Pongamos las cartas sobre la mesa. Nadie piensa que la meditación sea para enfermos de fiebre, pero algún día alguien transmitirá su propio infarto por Tik Tok y se volverá tendencia.

Ascendí a la montaña cuando todos dormían. Fue muy bello meterme a bañar desnudo a la laguna. El diablo se me apareció y quiso comprar mi pudor con un helado de Frody, pero le dije que aún creo posible ganarme la vida como modelo de kimonos. Se hace tarde en la Villa Olímpica. Tiempo justo para besar a Hera.

Las heridas del guerrero (poesía)

Atisbo en cuclillas tu rostro pegado a la regadera, caen los chorros de arroz. Forman cráteres en tu espalda y en vez de sangre brotan sendas culebras que mordisquean mi pubis.

Savasana al amanecer, en cinco minutos rompo tu guardia con una patada de dragón. Estamos exhaustos. El combate exige que los cerezos se hayan desprendido de sus hojas. Un enemigo no espera a que se deshielen las colinas, escala paredes con pezuñas de perros.

Sobre la arena tejes un hogar. El agua no consigue hacerte daño. En las ciudades antiguas los guerreros solían entrenar con estrellas del cielo para rasgar el vientre; cruzado-gancho-silencio, recto-upper-recto, jab-rana-sumisión. No se puede elegir el momento de la muerte, pero sí podemos atrapar una trucha sin usar las manos.

Las victorias no se miden por la cantidad de golpes lanzados, sino con cada canto de grillo que yace en penumbra. Los días y los años caben en un reloj cucú. Primero, se aprende a respirar con los pies. Segundo, se ve con los ojos cerrados. Tercero, se come una naranja sin saborear. No hay espacio para el placer efímero cuando el rugido del coliseo exige la muerte de Narciso.

Te busco desesperado en la cama. Manchada está con el vino recién cosechado y el semén que eyaculó tu chi. Suave tormento que me supo a empate. Tú ibas arriba en las tarjetas, pero en un descuido se descosieron los hilos del corazón y una parvada de murciélagos fracturó tus costillas. Ahora me baño solo. Con llanto de aire. La toalla queda toda tiesa y todavía me pregunto si es verdad que nací antes de que Dios repartiera el miedo.
FIN

Se renta depa kitsch para coger a gusto

No había cumplido ni los quince años y mi tía polaca ya me había vendido la receta para un buen matrimonio: —Entre más lento se cocine, mejor sabrá a la hora de la cena. Como que al principio no me convenció tanto. Me fascinaba su Bigos, pero siempre me terminaba dando diarrea, por el harto ajo, así que no me quedaba más remedio que ir con mi otra abuela, la poblana, por un remedio medicinal: —Ni madres, tu otra abuelita está medio pendeja. A las mujeres nos harta un cabrón que nomás prende el boiler y no se mete a bañar.

Entonces así estuvo el rollo. Le dije a mi esposa si no quería bajar al lobby por un trago. Ya nos traían hasta la madre los ruidos de la Macarena y las luces fosforescentes de los monitos que organizaban los aerobics para los de la tercera edad en la alberca. Pedí un Cosmopolitan y mi esposa un Sexo en la Playa. No es que quiera presumir, pero habíamos roto nuestro propio récord de cinco orgasmos al hilo. Empezamos a platicar de eso, entre otras banalidades, cuando de repente llegaron a sentarse dos extraños. —¡Qué casualidad! Nosotros también estamos de luna de miel, bla, bla, bla…

La verdad ella no cantaba mal las rancheras. Era bonita y tenía mucho tema de conversación. Trabajaba por las noches en un hospital. Cuando daba de alta a sus pacientes metía de contrabando una de tequila y se armaba con ellos unos palomazos bien desafinados que, hasta los del ala en coma se despertaban del pinche susto. Él en cambio era bastante desabrido. Era un diseñador industrial sin imaginación. Viajaba, siempre, con su catálogo bajo el brazo y un deslavado traje ofreciendo lámparas de buró como si fueran carteles de una iglesia mormona. Mi esposa me susurró: —Este wey seguro hace el delicioso con calcetines puestos y la luz prendida. Como si me leyera la mente, él dijo: —¡Están de suerte! En el cuarto me sobró un juego de lámparas sin vender. Ahoritita se los bajo como regalo de bodas.

*Seis meses después.

¡Ya llegaron! ¡Puta madre! ¿Dónde dejé esas cosas horrorosas? Ya sé, en el desván. Voy y corro como pendejo a rescatar esa mierda en cajas de cartón. Misión cumplida. Las coloco antes de que entren de metiches en la sala. —Hello, ¿Cómo han estado? Oye, qué monas quedaron tus lámparas aquí, gordo. Le dan mucho lujo a todo el espacio—, dice la doctora. Mi esposa se muerde el labio. No soporta esas madres sobre su mesita comprada en Venecia. —Oigan, no sean malitos. ¿Podrían correr las cortinas para ver como brillan en la obscuridad? —me dice el mayor asesino del arte universal. ¡Trágame tierra! ¡Puta madre! Nunca les puse foco. Nos vamos en chinga a escondernos a la cocina con el pretexto de traer un vino. —¿Y ahora qué les vamos a decir? —, reza mi esposa. No hay pedo, algo se me ocurrirá.

Diez minutos después de tan importante deliberación…
            —¡Mmmm!, ¡Aaaaaay! ¡Diooooooos!, ¡Ooooooh!
¡No manches! Ya están cogiendo en la sala. Los voy a correr.
            —No. Déjalos. Si les cortamos la inspiración después nos van a querer regalar unas sábanas de leopardo y nuestra casa se va a convertir en un Museo Jumex. ¡Qué horror! — dice mi esposa.
            Ja. Tiene razón. Esto para aquí. Demos un salto de fe.
            —Oigan amiguitos, se ve que están comodísimos, pero… ¿no se quieren echar un brinquito de a cuatro? Digo yo, para que matemos de una vez al tigre.

Juego de piernas

Los viernes hago un poco de meditación y yoga. Mi parte favoritas del día es hacer una coreografía de artes marciales para limpiar el ser. Y no es porque me quiera ver mamón, pero a veces se nos olvida caminar hacia dentro de nuestro cuerpo para dejar ir todo el residuo tóxico de la semana. Si lo hizo Van Damme, ¿Por qué chingaos yo no?

Para tener un balance idóneo no hace falta ser un genio para poner enfasis en las piernas. Ellas son el centro donde se gestan las historias de tu vida. Al principio, cuando eres bebé y todo te maravilla, el gateo es la forma de cavar tus propios túneles hacia la luz. De adolescente, son las que te hacen huir de la oficina del director y de grande las que te hacen bailar como luismi en viernes de noche Godín.

No cometas el error de no trabajarlas. No querrás parecer un ropero con patas de pollo. En boxeo son necesarias para hacer el picoteo sobre el ring y cambiar ángulos de golpeo, en artes marciales son el frente de ataque para mantener la distancia con la patada circular. Para cuando bailes las de Celso Piña son las que te hacen girar pa quebrarle la cintura al compa presumido que nomás le hace al metal.

Decía Cercas que un puñado de soldados había salvado a la humanidad por caminar siempre hacia adelante y vaya que el tal Miralles se chingó la rodilla cuando cruzó todo Túnez hasta El Alamein. Lo que se me ocurre pensar es: ¿el mundo está hecho para recorrerlo en hora pico o bailando cha cha por Zoom?

I’m back.

Naranja (métrica de hospital psiquiátrico)

Tiré los huesos de la mandarina en el mar, y al regreso a casa mi cama tenía espinas de pez globo capaces de lacerar el trasero del personal trainer.

En una casa llena de abetos, el columpio de madera sucumbió al olvido. Ya no hay nadie que se pare en el madero y dé la vuelta al fin del mundo para alcanzar el queso a medio derretir de las estrellas.

Nunca había tirado una novela al retrete. Nunca lo hagan porque no se va y el piso se inunda de mierda sin acentos. Lo que pasó fue que mataron al protagonista y yo quería preguntarle si hacía el amor a media luz, o de plano se quedaba dormido con el primer beso.

Siempre recordaré las palabras de mi padre cuando ya no hubo más dinero en la alcancía. «Las monedas de cinco nunca se tiran, esas sirven para abrir las cervezas o hacer sonreír al organillero». Y así fui por la vida, ahorrándome lo que me cobraba el microbús de Metro Revolución al edificio del PRI, para reírme hasta el cansancio de la devaluación que me quitó mi casa y mis discos de Consuelito Velázquez.

Hoy, ya no me da tanta flojera levantarme desde temprano. Me chuto el resumen de los goles , y de paso veo al cielo retocándose los ojos con delineador de la mañana. El teléfono me da las buenas nuevas. Uno Noticias: «Habrá tormentas eléctricas por la tarde, detienen al Gorilla fumándose unos cigarros de chocolate. Marte se poblará hasta el año 2400. Usted es una gran persona. Exprima su propio jugo de naranja, el de cartón tiene más azúcar que un sugar daddy horny, pero endeudado.
FIN.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Epílogo. Un acto. Tres escenas.

Escena 1. Cuando Líder, Zorro 2, Vanilla Ice y Candy Candy asaltan un banco y uno de los rehenes intenta escapar. La policía rodea el lugar. Un balazo sale al aire de forma accidental, se rompe el garrafón del equipo de producción. Ya no podrán hacer agua de jamaica, en su lugar, un torrente rojo mancha de azúcar las butacas vacías, al estilo Christo, pero sin Jeanne Claude.

Líder. —Todos, manos a la cabeza e hincados viendo hacia la pared. Al próximo culero que se intente escapar le meto un supositorio de pólvora para la gripe.

Cliente 1.—No, señor secuestrador, asaltante o Cepillín de medio tiempo. No estoy seguro de la naturaleza de su trabajo, pero, ¡por favor! No nos mate.

Vanilla Ice. —¿Y tú a quién chingaos le robas los chistes? ¿A Brozo o a Bozo? No seas mamón y cállate el hocico.

Cajera 2. —Tiene razón, cállate Rolando, que así como berreas, coges.

Público invisible. —¡Uuuuuuuuy!

Zorro 2. —Listas las cargas de profundidad, Líder. En cuanto tú lo digas empiezan los electroshocks.

Líder. —Ya oyeron a mi amigo. Acá va a bailar Bertha. Vamos a jugar algo divertido. El que pierda se va a ganar un striptease gratis acá con mi amigo Dr. Simi, que está amarrado como puerco a esta silla eléctrica. Así es, señoras y señores. Les tocó el premio mayor.

Señora gorda. —¿Y si nos negamos?

Candy Candy. —Ah, pues muy fácil. Nos vamos por unos tacos al Borrego Viudo.

Entra el hombre de negocios con su multipase, que le da acceso a los camerinos, dulcería y estacionamiento del teatro sin formarse en la cola.

Don Corleone. —Pensé que estaba tratando con meros principiantes, pero ya veo que ustedes son unos profesionales. Hola Simi. ¿Me recuerdas? Ya hace mucho que dejamos de hacer negocios, si lo hacíamos tan bien. No sé por qué de un momento a otro decidiste joderme.

Simi. —¡Qué alegría verlo! Le juro que podemos arreglar este malentendido. Me fui porque había un problema con la mercancía y usted se merece lo mejor. De verdad que no quise engañarlo.

Don Corleone. —¡Hazte pendejo! Dime tú, ¿qué idiota dejaría escapar la oportunidad de quedarse con una droga ultramaravillosa, que te hace ver a Mick Jagger tener relaciones con una vaca, y en las calles de Nueva York cuesta 1000 dólares por gramo? ¡Eh!

Líder. —¡Que empiece el juego! Es simple. Se acuerdan del jardín de niños, ¿verdad? Empiecen a dar vueltas como estúpidos hasta que deje de sonar la canción. El que se quede sin silla, ¡bang!, se va a freír espárragos al otro mundo y al final, el sobreviviente ganará una dotación de viagra gratis, cortesía de mi amigo Simi.

Público invisible. —¡Queremos bailar!, ¡Traigan a Kool and the Gang!

Vanilla Ice. —¡Excelente idea! Ponte la de Celebration, DJ Zorro 2.

Zorro 2. —¡Ya rugiste!

Candy Candy. —¡Stop!

Líder. —¡Úchales! Perdió la gorda. Ni modo, doña. Ahora sí, como dijo el pinche Vargas. «Le tocó la Ley de Herodes».

Señora gorda. —¡Por Jesús!

Simi. —¡No mames pinche Valeria! Te chingaste a la doña. Wey, ¿qué pedo?, le cercenaste medio cerebro.

Líder. —¡Next!

Vanilla Ice. Y mientras sigas negándolo todo, vamos a seguir con la carnicería. Así que tú decide.

Simi. —Si crees que montando toda esta mamadita me voy a doblar, estás bien pendeja. ¿Y a mi qué chingaos me importa toda esta pelusa? Ni la conozco.

Líder. —¿Ya miraste bien a los participantes? Ah no, porque traen las máscaras de paleta payaso que tú nos inspiraste a hacer. Mira la que está al fondo… Uuuuuuuy. Pobrecita mamita. Se va a morir sin que su hijo mueva un pelo por salvarla.

Simi. —¡Ese no era el trato! Te voy a matar, cabrón.

Candy Candy. —¿Quién te manda a pagar un rascarte con dinero falso?

Simi. —Ustedes mismos me lo prestaron.

Vanilla Ice. —Ah, pues pa que veas. No es bueno hacer negocios con delincuentes. Son re tranzas, ¿no es cierto?

Zorro 2. —¡Que gire la música!

Público invisible. —¡Quiero un hijo de Farruko.

Escena 2. La policía llega al lugar de los hechos. Una mujer anónima denuncio que hay unos vagos haciendo malabares en la esquina, mientras sus perros con rastas hacen yoga. Le ha sorprendido lo mucho que han recolectado, mismo que considera un robo. Ah. También ha escuchado un balazo en el terreno de al lado donde ha observado que unos actores ensayaban. Deben ser de la Facultad de Filosofía y Letras porque apesta a marihuana. La gente decente de la colonia no quiere ninis, desea conciertos gratis de Chayanne.

Comandante. —¡Salgan todos con las manos arriba! ¡Están rodeados!

Líder. —No iremos a ningún lado. ¿Qué no ve lo que estamos haciendo?

Comandante. —Se los advierto. Abriremos fuego si no obedecen a nuestras órdenes.

Vanilla Ice. —Sus órdenes me las paso por los ovarios.

Candy Candy. —Ay, ya. No seas tan prosaica.

Cajero 2. —Auxilio. Nos tienen aquí encerrados. No disparen, ¡por favor!

Líder. —Ya se dio cuenta de que si usted nos dispara, todos sus rehenes mueren. Así que depende de su sano juicio. Venga aquí y charlemos o sufra las consecuencias. Sólo usted. Sin arma. Si nos damos cuenta que alguien intenta entrar por la puerta trasera, nos tronamos al siguiente rehén.

Comandante. —Está bien. Ustedes ganan. Voy a entrar.

Francotiradores se colocan en cuatro fresnos con follaje espeso para camuflarse. No portan balas reales, son de goma.

Líder. —¡Vaya, vaya! Por fin nos volvemos a ver, mi estimado Super Robocop. Hace tanto tiempo.

Comandante. —No me digas, yo a esa jeta no la he visto jamás.

Zorro 2. —

Líder. —Disculpe a mi camarada. Es que le da por ponerse nervioso cuando toma leche y ve un policía. Literal, se caga del miedo.
Comandante. —Sin rodeos. ¿Qué esta chingadera?
Candy Candy. —Eso es lo mismo que nos estábamos preguntando en los ensayos. ¿Qué le parece esto? ¿Una obra de teatro o un performance?
Comandante. —Si respondo mal, ¿va a aparecer una jirafa carnívora y me va a comer?
Vanilla Ice. —No suena chafa, eh. Me gusta. Puerco al mole rojo.
Comandante. —Pus vale madre lo que sea. Lo único que sé es que ustedes entraron al Banco Central y se dizque fugaron, sólo para cometer la pendejada de dejar su pinche auto en una pinche colonia toda culera a plena luz del día con las placas que nosotros mismos les dimos. ¡Hazme el chingado favor!
Zorro 2. —¿Y de qué nos va a acusar? No hicimos nada. Adentro no había nadie muerto, no nos llevamos ningún dinero y ustedes se quedaron con nuestro vocho más el Tsuru que nos prestaron para huir.
Comandante. —Ay, niñito. ¿Por dónde empezar? Los cargos sobran. Asociación delictuosa, uso de artefactos explosivos y armas exclusivas del ejército, secuestro y por darme un dolor de huevos, eso, sin contar lo que en este momento acaban de hacer.
Líder. —Yo no veo nada raro, ¿y ustedes muchachos?
Público invisible. —Nelson Mandela.
Comandante. —Aja, ¿y ese cadáver de ahí?, o ¿me vas a decir que esa elefanta se cayó del cielo toda desangrada?
Líder. —Ah, ese es un regalo para usted. Un homenaje a nuestro ídolo de la infancia. El Rambo en carne y hueso. Usted mismo nos lo enseñó, ¿no se acuerda? Pancho Villa style. Primero mato, luego averiguo. «Mira siempre a los ojos, hijo. Si un hombre no mira a los ojos es que no está diciendo la verdad».
El Comandante extiende su mano, de forma perpendicular a su garganta, y hace un movimiento de serrucho. Los francotiradores bajan de sus puestos y descansan armas. Se pone serio. Sus piernas se entumen al instante.
Comandante. —Con que son ustedes, eh. ¡Ya crecieron! Ahora son todos unos hombrones y mujeronas. Sin ofender, reinas.
Vanilla Ice. —Nos da mucha alegría volverlo a ver en una pieza, mi salvador.
Candy Candy. —Oh, mi Rambo.
Zorro 2. —Ese sí es un hombre y no jaladas.
Comandante. —¿Qué quieren? Se supone que estamos a mano. Yo salvé a su amigo y el maloso narcotraficante se fue al hoyo. Yo gané. No pueden cambiar eso.
Líder. —Sí. Nos rescató, pero lo que hizo con ese tipo habla muy bajo de usted. No era necesario matarlo. Ya lo tenía vencido, ¿como pa qué rematarlo?
Comandante. —Y, ¿tu nieve de limón? Se te olvida que tenía encañonado aquí a tu amigo el pedorro.
Líder. —Pero no tenía balas y su arma era chafa. Usted mismo me lo dijo, que se dio cuenta de su bluf antes de que intentara escapar. La orden de echárselo desde las palmeras no era cosa de rutina, era una operación armada para bajárselo.
Comandante. —Bueno, y a todo esto, ¿a ustedes qué chingaos les importa si quería o no tronármelo? Él era mío, no suyo. Se están metiendo en un juego de hombres que no comprenden, como si siguieran siendo niños.
Vanilla Ice. —Los hombres de verdad no matan porque sí, sino porque deben.
Comandante. —¿Tienes idea de lo que hizo ese cabrón? Se chingó a varios inocentes, incendió tienditas rivales, dejó morir de hambre a unos mocosos de Tamaulipas, descabezó como a veinte de Tijuana. Ese tipo era un monstruo. No iba a permitir que siguiera vivo.
Candy Candy. —Y a usted no le importó seguir su ejemplo, ¿cierto?
Comandante. —¿De qué carajo hablas?
Líder. —Pregúntese bien, mi comandante. ¿Cómo logró llegar hasta aquí sin saber ni jota de nosotros? No tenía ni puta idea de cómo nos llamábamos, mucho menos qué hacíamos en ese banco. Sólo se dejó llevar por lo único bueno que le quedaba. Su instinto. Obvio que se la dejamos ir muy fácil. Usted siguió nuestras pistas desde el inicio. El señor de los camotes, el perico, Apollo 11, el tipo corrupto del ministerio público, el carro abandonado, el simpático Dr. Simi, el panteón. Cayó redondo en nuestra trampa.
Comandante. —¿Qué putas es esto? ¿Una comedia de Televisa? ¿Un reality? ¿Una película toda churrera? ¿Cámara escondida?
Líder. —De nuevo le pregunto. ¿Usted sabe la diferencia entre un performance y un happening?
Espacio en blanco sin colorear, pa que después no digan que odiamos el arte abstracto posmo.

Escena 3. Los Kool(eros) sin el Gang salen del escenario y entran a este mundo de mierda. En la realidad todo duele; los adulterios, las estafas, los quesos de tuna, las derrotas de la Selección, la corrupción, el presidente, los antivacunas, los ansiolíticos, la cruda moral, los partidos políticos, los secuestrados. ¿Pero qué se le va a hacer? Al final, todo se resuelve con una negociación y salimos a la calle con cara de Fuck me.

Comandante. —¿Cuál es el trato?

Líder. —Primero quiero que reconozca delante de todo el mundo, y del público allá afuera que pagó un boleto, que el camino que tuvo que hacer para llegar hasta nosotros se sintió como una patada en los huevos.

Comandante. —Nunca.

Vanilla Ice. —Que sí, ¡chingá!

Comandante. —Está bien. Reconozco a los grandes maestros anacoretas que me hicieron ver que, probablemente en mi próxima vida reencarnaré en lombriz. ¿Felices, ya?

Candy Candy. —Hermosa declaración.

Líder. —Necesitamos su opinión para resolver este conflicto. Aquí, a mi estimado Don Corleone se le debe una feria. El que se la debe es ese mocoso que ve vestido de Dr. Simi. Por cierto ese mismo pendejo nos engañó a nosotros heredándonos la deuda. Es un narcotraficante confeso, usted mismo lo escuchó cuando interceptó la conversación que tuvo mi amiga Silva con ese truhán.

Comandante. —¿Cómo saben que los estábamos escuchando?

Vanilla Ice. —No mame, jefe. No nos crea tan pendejos. Le repito que cuando usted creía que nos estaba persiguiendo, nosotros le estábamos pisando la cola a usted y a todo su batallón.

Comandante. —Está bien. Creo en su operación maestra. Entonces, ¿qué más?

Líder. —Pues nosotros queremos que usted imponga el castigo que se merece este delincuente, acorde a sus acciones. No queremos que se sobrepase, pero tampoco que le vaya a poner una pena de tres pesos.

Comandante. —Eso no lo decido yo, lo dice un juez.

Candy Candy. —Pero usted tiene mucha influencia y es el todo poderoso ahí en el Ministerio Público. Además se olvida que mi papá puede mover sus palancas para que ese malnacido esté un buen tiempo en la cárcel.

Comandante. —Bueno, eso se puede arreglar. Yo puedo darle el dinero al señor con lo de la mercancía incautada y encima quitarnos a ese andrajoso de la espalda. Pero, ¿a cambio de qué?

Líder. —Muy sencillo. A cambio de su vida en el escenario.

Comandante. —Ahora sí que se la fumaron y de la Golden , eh muchachos. ¡No mamen! ¿Ustedes creen que me voy a suicidar nomás por encerrar a un vende pepas? Ni aunque fuera Don Neto lo haría. Esa justicia poética no funciona. Además, caerían igual de bajo que yo. Ustedes me acusan de haber matado, pero al hacerlo yo a causa de ustedes, serían los mismos lacras que se supone desean extinguir de la tierra.

Vanilla Ice. —Se le olvida algo, mi estimado. Somos setecientas mil veces mejores que usted. En todos sentidos. No nos crea tan corrientes, pinche putañero.

Comandante. —Esta sí me salió más jariosa que una leona en celo. Vente pa la comandancia, allá nos puedes ayudar a cazar en la jungla. Con lo entrona que eres, me cae que hasta con enseñar la peluda te andas echando a dos o tres malandros.

Zorro 2. —No tan rápido, Watson.

Líder. —Nunca dejamos un cabo al azar, comandante. En agradecimiento a lo que hizo por nosotros, lo vamos a convertir en un héroe. Su nombre vivirá por siempre como Aquiles o El Hombre Araña. A cambio de su vida, salvará a la doñita, madre del inculpado. Si usted se entrega no la mataremos.

Comandante. —No se atreverían.

Vanilla Ice. —¿Cómo fregados, no? ¿Ya vio que nos echamos a la gorda esa?

Comandante. —A ver, tráiganla.

Entra un costal con ayuda de un carrito de minibar. La occisa pesa más de cien kilos. Huele a podrido. Tiene la cabeza desecha. Los sesos están revueltos con el cabello. El comandante está viendo bien. No es una mujer de paja, es una víctima hecha y derecha. Por primera vez se estremece.

Líder. —¿Ve que ahora sí lo hicimos de verdad? Le dije. Aprendemos rápido y bien. No hacemos las cosas a la ahí se va. Lo del banco nomás era un entrenamiento medio chafa que no salió del todo bien.

Comandante. —¿Qué cosa no les funcionó?

Zorro 2. —Uno de mis pedos activó la bomba hecha con Apollo 11.

Comandante. —¡Válgame!

Líder. —Entonces. ¿Tenemos un trato?

Comandante. —¡Déjense venir! ¡No tengo miedo!

Líder. —¡Excelente! ¡Todos al escenario! ¡Tercera llamada! Repito ¡Tercera llamada! Ah, se me olvidaba. Tenga la pistola. Antes de darse el balazo lea esto. Está medio mamón, pero pega bastante. A las chicas les derrite. Zorro 2, desata a la mamá. Don Corleone, pase a su asiento para ver el final de la obra.

Acción.

Cajera 2. —Muchas gracias por rescatarnos. Que Dios le dé el cielo.

Cliente 1. —Nunca nos olvidaremos de usted. Por fin acabó esta pesadilla.

Comandante. —¿Oigan? ¿De verdad están actuando o…?

Zorro 2. —Señores rehenes. Su participación ya no es requerida. Pasen al lobby por sus camisetas del recuerdo.

Líder. —No es nada personal, mi comandante. Entendemos perfecto sus motivos para ya no seguir viviendo. Siempre lo recordaremos.

Vanilla Ice. —¡A mí las armas!

Candy Candy. —A la orden, mi emperatriz.

Comandante. —»Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos? Si nos envenenan, ¿acaso no morimos? Y si nos agravian, ¿no debemos vengarnos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso».

Vanilla Ice. —Preparen…

Candy Candy. —Apunten…

Zorro 2. —Fuego…

Comandante. —¡Ya lo tengo! En el performance hay un guión y en el happening es improvisación.

Líder. —Dijeron, fuego…

Comandante. —¡Invicto me voy!

Público invisible. —¡Qué obra maestra! ¡Morí de amor! ¡Qué policía más guapo! ¡Esto sí es arte y no mamadas! ¡Ni se notó que la pistola era falsa! ¡»Murió» más chingón que la gorda!

FIN.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 13

Yo no tengo fama de destapa-caños, y a menudo me equivoco en darle consejo a la gente. Es que, ¿cómo puedes saber lo correcto si desde pequeña te enseñaron a desconfiar? Creer en una misma requiere años de práctica; para muestra lo que pasó en aquel restaurante.

Yo le dije a Valeria que no era necesario usar sus clásicas tácticas de seducción; el tipo ese ni siquiera la pelaba o era demasiado listo para no perder ni un segundo su tequila con Coca Cola cada vez que se iban de fiesta.

Creíamos que por sólo el hecho de ser atrevidos ya bastaba para pretender que sí encajábamos en ese mundo. Craso error. Un vendedor de droga no entrena en su casa con el videojuego de Cara Cortada y sale, después de dos semanas, experto en manejo de armas y lesbianas incomprendidas. No. Vive en la calle, respira temor.

Nueve de la noche. El gerente da la orden de levantar las mesas. Valeria, detrás de los hornos está hecha un manojo de nervios. Me molesta porque cuando pasa eso empieza a culpar a Andrés de todo y se pelean horrible. Leonardo, como siempre, finge no estar ahí y se va por la tangente. Se nos acaba el tiempo. El comerciante está esperando una respuesta. Estamos fritos. Ya podemos darnos por muertos. Pero no, eso sería sencillo en demasía, no mato en los aerobics a diario como para no saber que cardio sin pesas no sirve de nada.

<<¡Cállense, idiotas! Los va a oir el señor y aquí mismo nos matan a balazos.>> Respiro y me tomo mi licuado de apio que siempre me acompaña para limpiar el estómago. «Las tripas contaminadas nublan el pensamiento», decía mi abuela. Les digo fuerte: <<A ver. Vamos a hacer esto. Le voy a llevar esta botella de vino al señor como cortesía de la casa. Wey, neta son unos pendejos. De esta ya no vamos a salir, pero podemos comprar tiempo y decidir qué hacer. Le decimos que vamos al laboratorio porque ahí tenemos una sorpresa extra. El tipo, como que se las va a oler, pero ya ni modo. El chiste es irle bajando el enojo. Ya una vez en el lugar le decimos la verdad. Así, directo a la yugular. Tenemos dos opciones. O nos mata ahí mismo o nos da una especie de pase momentáneo en lo que le reponemos lo que se llevó ese maldito Simi.>>

Lógico. Nadie me cree. Creen que estoy loca y que mi idea no va a funcionar. Como es lógico, tratan de idear sus propias salidas, pero ya es muy tarde. Están tan cerrados que no se les ocurrirá nada. <<No se preocupen, van a ver que sí va a funcionar, pero tienen que actuar honestos. Basta ya de mentir. Acéptenlo. Ya estarían fritos en el mundo de Al Capone, agradezcan que nos metimos con botargas y osos de peluche>>.

Adelante. Tomo la iniciativa y los dejo hablando solos. Se siguen culpando por cosas que pasaron hace años. No se dan cuenta de la inutilidad del rencor para solucionar problemas en el presente. ¿De qué me sirve escupirle al cajero por cobrarme doble el pan sin gluten?, si de todas maneras la tienda ya me está cobrando cien pesos más hasta por respirar el aire de Las Lomas. No, señora. El helado sí tiene grasa. De nada sirve que se le pase corriendo horas detrás de su chofer, si sigue comiendo como cerda.

<<Buena noche, señor. El gerente le envía este obsequio. Deseamos que pronto vuelva a visitarnos. El señor Martínez, que estaba en su mesa, nos dejó un mensaje para usted>>. Pues sí. De algo me tuvo que servir quedarme hasta tarde con mi hermano viendo «Otro día para morir». Nunca había visto a Pierce Brosnan tan guapo. Es un sueño. Hago la entrega de una caja lujosa de Olinalá, la lleno de algunos billetes de 500, un puro y una simple hoja cebolla. Elegante. «No puedo entregarle lo convenido aquí. Nos observan. Pase al mundo de los sueños.» El señor y su acompañante sonríen. No parecen tan convencidos, pero eso nos da ciertas esperanzas.

Se sube a su BMW. Nosotros al vocho de la mamá de Leo. Hace ruido, pero esta Ciudad es una jungla y vestirse como el depredador no es el movimiento más convincente. Mis amigos están mudos. Por primera vez me doy cuenta de que hay ciertas partes de ellos que desconozco. Está bien tener secretos para uno mismo, pero no está padre vivir como si cualquiera cosa diera igual escoger X o Z. Bien. ¿Quieren jugar a los encantados? ¡Perfecto! Por mí, no hay problema, pero a ver qué le dicen al señor cuando lo tengan frente a frente y le expliquen que no tenemos cómo pagarle.

<<Pinche Silvia, ¿Cómo puedes ser tan fría?>> ¡Ahora resulta! Una se levanta temprano para prender el calentador y hacer los hot cakes, y la tonta nena prefiere quedarse en cama todo el día. A veces Valeria me decepciona feo. No le respondo de inmediato y pongo a Luismi en el Ipod porque el vocho no tiene estéreo. Ajá. Qué casualidad. «Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso. No te dejas amar…» Andrés voltea a los lados como paranoico, como si se hubiera creído la mentira de que estuvo en el restaurante como policía encubierto y Leo al menos ya se puso a hacer algo y le saca brillo a las pistolas de juguete que trajimos para que al menos parezcan verdaderas.

<<Bueno, ya acabaron con sus chistesitos, ¿cierto? Se me acaba de ocurrir algo. No les va a gustar, pero dadas las circunstancias es mejor que se vayan acostumbrado a lo inevitable>>. Les explico que, en efecto, el señor puede que guarde la compostura unos minutos, pero después sí nos va a querer matar. Ahí entra la habilidad de Valeria, que ya para que le dieran el estelar de Cats es que algo ha hecho bien. Que se retuerza un poco y así dará un poco de lástima. Leo parece autista así que él no necesita actuar. Si le pongo el Ipod a volumen bajito con una melodía de Stravinski, ya no hay de qué preocuparse. Andrés se tiene que poner los pantalones y ofrecer los términos de cómo le vamos ir pagando al señor. Como lo conozco y, desde luego, va a querer pedir cosas descabelladas, ahí entro yo y le confío en que puede contar con nosotros para hacerle los trabajos que el quiera. Da lo mismo de qué; chofer, nana, vendiendo cocaína en los antros, recolectar, lo que sea.

<<Ajá y así tan fácil se va a dejar, ¡no seas ilusa, Silvia!>>. No he acabado. Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil, pero es el único plan. El único que puede ponerse en marcha de inmediato, y que no requiere ponerse romántico o demasiado estúpido para querer ir con la policía. Falta la mejor parte. Ese impostor de Simi cree que nos ha engañado, pero se metió con la que no debía. Con mi Valeria. Sí, es medio tonta a veces, pero la quiero. Así es la amistad. En las buenas y en las malas. Lo vamos a forzar a que vuelva. ¿Cómo? Secuestraremos a su mamá. La obligaremos a que nos diga cómo localizarlo. No va a tener de otra. La conocimos en la fiesta, cuando fingíamos ser segunda de Valeria en la compra de buena mercancía.

<<¡Vaya! Esa sí que es buena. Ahora no sólo vamos a ser dealers de verdad, sino que además tenemos que visitar al Mocha-orejas para que nos dé unas clases magistrales>>. ¡Ay, no inventen! Ni que fuera tan complicado raptar a alguien. Nos la llevamos al panteón y ahí hacemos dos hoyos. En uno metemos a la señora. Obvio, no la vamos a enterrar viva. Le haremos una caja especial tipo Houdini y un tanque de oxígeno para que pueda respirar. En el otro, pondremos el dinero falso que Valeria le pensaba dar al comprador, para ver si a ese Simi le importa más la vida o la ambición. He visto en muchos programas de tele a esos criminales que no les importaría vender a su propia madre con tal de acaparar más riqueza. De verdad, están enfermos.

<<He estado en este negocio por más de veinte años y nunca había visto semejante chingadera>>. Sí, señor. Mea culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por eso ruego a los Muppet Babies y a las más de mil tortugas ninja que mataron de forma salvaje en un laboratorio para crear la caricatura. No culpe a mis amigos. Culpe a los ventajosos. A los que no tienen lealtad. A los doble cara. Ellos tienen la responsabilidad de que este mundo sea una mierda. <<Temo que debo…>> Clic. Obvio. Ninguna escena de dramaturgia o cine estaría completa sin el sonido del martillo de un revólver justiciero. Haga lo que tenga qué hacer.

<<Sé que la cagamos, señor. Pero, piénselo de esta forma. Si nos mata no recuperará su dinero y encima su reputación estaría manchada porque el verdadero culpable no pagaría y nosotros sí. ¿Cree eso justo?>> Lo digo con la mayor convicción posible. Mis ojos no mienten. Habré podido engañar a un ex novio, a mi mamá porque no le avisé sobre mi operación de pechos, a mi hermano porque no le dije que su futura esposa le fue infiel la noche antes de la boda y a mis amigos por no ser tan honesta aún corriendo el riesgo de herirlos. La verdad duele, y sin embargo, alivia mejor que el Vick VapoRub. <<Tienes agallas, niña. ¿Tú crees que puedas entregármelo>>. No sólo se lo voy a poner en bandeja de plata, sino que hasta con una manzana en la boca se lo va a poder devorar>>. ¡Líbranos Dios de todos los pecados!

I’m sorry.

Corre el tiempo. Así tan deprisa como cuando te das cuenta de que ya te acabaste todas las palomitas y la película apenas va en el minuto quince. Un año ha pasado. No todo ha sido malo. Valeria ya tiene novia y viven juntas en la Narvarte. Andrés se metió al gimnasio, Leo se va todas los domingos a la punta del Ajusco para escuchar la primera nota del día. Leo siendo Leo. Sí, ellos la pasan bien, pero yo no puedo desconcentrarme ni un minuto. Por supuesto, me consiento cada vez que puedo y trato de ya no pelear con mi papá por culpa del PRD, pero duermo con un ojo abierto. He vendido droga hasta en carritos de helado, es más fácil de lo que parece. Los clientes me dieron ese consejo para que la dinámica parezca natural. Siempre van en pareja. A su novia le dan un sandwich helado de chocolate, uno real. Ellos piden de vainilla. Como una roca les entrego la coca y brincan de gusto. El día que mezclen azúcar con LCD alguien se va a hacer millonario.

La deuda está casi pagada, pero aún falta el golpe maestro. <<¿Ya la viste bien? Sí, es esa gorda que está parada en el puesto de las lechugas>>. Es la mamá de Simi. La maldita bien que se la ha vivido de lujo en lujo. Va al salón de belleza, va de compras a Suburbia y llena el carro, se toma un café de cien pesos con las amigas. Eso antes no pasaba. Le llega dinero de vez en cuando, cualquier mono con dos dedos de frente lo sabría. ¿Para qué entonces va a la oficina de Telégrafos cada dos semanas? El plan es simple. Dejamos que camine un rato y en la esquina de Cerro del Agua la subimos al vocho. Valeria ya tiene lista la cuerda y la capucha. Andrés nos llevará a un lugar escondido de Santo Domingo que nos servirá como casa de seguridad. Leo está allá colocando cartones de huevo en las paredes para aislar el sonido.
<<Nadie se mueva hasta que yo dé la señal>>. ¡Vaya! Con razón a Andrés le gusta tanto ordenar con su tono todo mamón. Esto de ser líder ya me está gustando. La señora, por supuesto, no tiene prisa. Hasta parece que le pide permiso a una pierna para mover la otra. Hay mucha gente. Seríamos blanco fácil si lo hacemos ahora. Eso sin contar las cámaras de las casas. ¡Qué desesperación! Esto podría tardar siglos. Andrés saca de la guantera un chaleco de esos que usan los barrenderos y se baja del auto. Allá enfrente hay una coladera. La abre. ¿Qué demonios hace? <<Atención, estimados peatones. Desvíense a la derecha. Obra en curso>>. ¡Perfecto! Todos muy obedientitos toman el callejón, rumbo a la iglesia. Ahí es estrecho y hay poca gente. La señora obedece. La sigo muy despacito. Soy un jaguar que no se va ir de aquí sin la caza del día.
<<¡Ya valió verga, doña>>. Andrés la aborda por detrás y le pone la mana en la boca. La amordaza. La víctima se resiste, pero no se compara la fuerza de un robusto tipo de treinta y pico contra una sesentona. Vámonos al escondite. <<No seas idiota, Líder. No me pongas sus patotas en mi cara. ¿No ves que está pateando?>> Menos mal que Valeria no olvidó volver a usar nuestros nombres en clave. En los ensayos a la estúpida se le salió veinte veces el Silvia, hasta que me tuve que peinar como Candy Candy para que se acordara. ¡Cómo odio ese peinado! No tenemos mucho tiempo para hacerla confesar. Si nos pasamos de diez o quince minutos, o le podría dar un infarto o volverse una tumba. Otro cliché que el 99.9% de las veces resulta correcto. Aunque se estén muriendo del susto y a sus hijos no les importa un comino, las madrecitas jamás los delatan.
<<Llame a su hijo o la mato>>. Gritos de socorro nos revientan los oídos. Pero, afuera todo es normal. Leo ha hecho un excelente trabajo. Esta vieja es como mi abuela. Se dobla, pero no se rompe. Y no es para menos. Esas mujeres que tuvieron que soportar cualquier cosa de sus maridos, y encima con diez hijos encima y el mismo mole en pipián para cenar. Se merecen un monumento, no un calvario. ¡Lástima! Tendré que aguantarme las ganas de no llorar porque un estúpido hombre, que resulta ser su hijo, nos metió en un embrollo. <<Si no nos dices dónde está, vamos a empezar a jugar. ¿Quieres que te muestre mis juguetes?>> La verdad hay que reconocer que a Andrés sí le sirvió bastante ver la trilogía del Padrino como veinte veces. Hay algo en él que me asusta, pero casi nunca está de buen humor como para decírselo. <<No diré nada>>. Ja. Nos salió brava la res.

<<No estarás hablando en serio ¿Verdad, Vanilla Ice?>> Por supuesto que sí. Es Valeria y cuando está enojada es capaz de todo. ¿Qué va a hacer con ese machete? <<A ver hija de la chingada, nos vas a decir dónde está tu puto hijo narcotraficante o aquí mismo te pico el ombligo>> Cinco metros, luego dos. Sigue incólume. Un metro. Medio centímetro. La punta roza el vientre y un hilo de sangre corre por el piso. <<Ya, está bien, pinche chamaca enferma. Me doy>>.

<<¿Quién lo hará?>> El líder debe hacerlo, dar la cara y poner el ejemplo. En automático todos me voltean a ver. Pero se equivocan. Yo no escogí esto para lucirme frente a sus ojos o para parecer importante. Lo hice porque los amo, porque de nada sirve el brillo individual si al final todos salimos perdiendo. Yo daría la vida por ellos. Son mi más grande tesoro. ¿Que no ven que me estoy poniendo cursi? ¡Hagan algo! Esperen. Tienen razón. Yo debo hacerlo. Alguna vez Valeria me dijo que la mejor venganza es ser feliz. Sea, pues.

Vanilla Ice. Es hora del rap. Traenos ese disco de platino.

<<¡Mamá! Te dije que no me marcaras desde esta línea. ¿Que no te acuerdas que me andan buscando los putos azules>>. Sí. Esa es su voz. Yo nada más estuve cerca de él en la fiesta, pero según Valeria, a veces pasa que el diablo te habla como un ángel sólo para ponerte el cuerno con Dios. Ah, pues así sonaba esa maldito Simi.

<<Hola, cabroncito. ¿Me recuerdas bien, verdad? Sí. Soy yo y he vuelto, como Alf, pero no en fichas, sino en carne y hueso. Vas a callar tu sucia boca y me vas a escuchar. Tengo a tu mamá. Y la pobre se está muriendo. Vamos a hacer esto. O me pagas o me pagas. Bien sabes lo que hiciste y me vale madres por qué. Este es el trato. Vas a ir al panteón de San Pedro Mártir a la medianoche. Al fondo a la derecha te estará esperando un sepulturero. No creas que soy tan pendeja. Él cree que va a ser una exhumación por orden del Ministerio Público y está sordo, así que ni intentes explicarle nada>>.

<<Pinche Valeria, me cae que no me la creo, pinche puta lesbiana.>>

<<¡Cállete el hocico, pendejo! No he acabado. Veamos si eres Flash y al mismo tiempo Superman. En una de esas tumbas estará tu madrecita santa, y en la otra un varo por los viejos tiempos. Tómalo como un rescate de cortesía. Los dos pueden ser tuyos, pero a tu jefa se le va a acabar el aire en 30 minutos, y la lana se te puede podrir si te cae la ley, así que tú sabrás. Ya tienes las coordenadas.

<<Si le tocas un pelo a mi mamá, te juro que…>>

<<Guarda tu saliva, mugroso>> Que te va a hacer falta al rato. Ya sabes. Hoy a la medianoche. Cambio y fuera.

¡Bravo! ¡Magnífico! Pero, falta el toque final, si no, la obra estaría incompleta. Le falta el sazón a la Candy Candy:

Acuérdense de meter el dinero falso, que sobró de la bóveda del banco, en la tumba de la izquierda. La dirección de reclamo ya está lista. Viene escrita detrás de la envoltura de la paleta Payaso que me comí en la mañana. Simi no tendrá problemas en venir a buscarnos. Mañana, antes de la función, a las 6:55, Leo le marca a la policía para reportar un incendio, igualito como lo hicimos en el asalto. Ya le avisé al comerciante que puede pasar por su boleto en el teatro desde ayer. Con eso tenemos sala llena asegurada. Tenemos a todos los invitados, ya, con confirmación. ¡Que comience el show!

Kiss me, Candy Candy

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 12

Debieron pasar 5 largos años para que se volviera a reencontrar con Hugo Estrada. El Chinos, en realidad, era una fachada que utilizaba para apostar en el hipódromo y fingir que no le molestaba en absoluto perder el dinero que el presidente del PRI le daba para los gastos operativos. El comandante da un sorbo a su té chai y se pregunta: ¿los caballos sin patas también corren en los Juegos Olímpicos?

—Claro, mi jefe. Con unas buenas prótesis, ¿qué les impediría? —responde el sargento segundo.

—Era una pregunta retórica, ¡tarado! —sentencia el comandante. —Ni se te ocurra hacer una segunda pregunta de eso o te doy un zapatazo. El que gana es el jinete, no el puto caballo.

—Usted gana, jefe.

—Como siempre, cabrón.

Interesado como siempre en la Historia, el comandante repasa a las grandes figuras de bronce que tuvieron al lado a su eminencia gris; invisible, maquiavélica, intrépida, que los hizo grandes, pero que nadie recuerda por su discreta labor. Los segundones, pues.

—Tenemos a Sancho Panza, que le conseguía mujerzuelas al Quijote por unos sacos de harina. También está Apollo Creed que ayudó a Rocky para derrotar a Mr. T y no podemos olvidar a nuestro queridísimo Luis Echeverría, mano derecha de Díaz Ordaz, salvador de la patria y enemigo fálico de los estudiantes—dice el comandante con entusiasmo.

—Se olvidó de Pluto, jefe. El perro de Micky Mouse.

—Ni madres, ahí el perro es el mero mero, el bastardo ese del ratón nomás se la pasa haciendo chistes de magia. ¿Magia? ¡Carajo! Llámenle al cabo para ver si ya tiene noticias de lo que le encargué —ordena el comandante.

Los policías siempre piensan que tienen la razón cuando hacen analogías sin sentido para relacionarlas con sus casos. En su intento por forzar la cadena de acontecimientos, se divierten con la única salida que los convertirá en héroes y despertará la envidia de sus enemigos. Pero no tienen de otra. Al igual que un soldado, el vestido de azul no tiene tiempo para reflexionar si Venus está en posición vertical o si la marrana ya se puso para parir. Su instinto perruno dice que hay un 99% de posibilidades de acertar a la primera y un 1% de fallo cuando ven un personaje de dibujos animados en la borra del té.

—¡A la orden, mi comandante! Tenemos primicia —dice el cabo.

—Pues órale, mi cabo. Déjese venir, puto.

—Localizamos uno de los vehículos que utilizaron en la desbandada. Lo dejaron muy cerca del metro Copilco. Ya verificamos la matrícula. No tiene ni un rasguño.

—¡Eso, cabrón! ¡Así me gusta! ¿Ves cómo te dije que esos pendejos se iban a cagar del susto? Ya los tenemos agarrados de los huevos.

—¿Le armamos ya el operativo, mi comandante?

—No. Aguanten vara. Primero necesito corroborar otros datos, sólo quiero que hagas una cosa. Monta a dos cabrones en la Suburban y que se estacionen cerca del lugar para montar vigilancia. Después por radio les doy un fonazo para ejecutar la perseguidora. ¿Algo más?

—Sí, mi comandante. Mi compañero tomó unas fotografías del lugar con maniobra evasiva. Debe verlas, la verdad nos parecieron muy extrañas.

—A ver, rólalas.

No son extrañas. Son perturbadoras. En frente del auto abandonado hay un zaguán blanco repleto de cabezas. No son humanas, sino de botargas. Hay de todo. Pistachón Zig Zag, Daisy, Rafael de las Tortugas Ninja, Batman, Pato Lucas, Princesa Jazmín, Tribilín, Sailor Moon. Todas quietas, como calabazas olvidadas en el páramo más árido del país. Además, hay un elemento curioso. Todas están unidas por un serpenteo blanco. Una ofrenda a los muertos que no están muertos, así como el camino naranja de cempasúchil en Día de Muertos. Cualquier artista que se precie de original, le pondría su firma para tasar aquello en varios millones de dólares.

—Esto ya se ha hecho —dice el comandante, con la mano en la barbilla.

—¿Quiénes? ¿Los muchachos de Osiel? ¿Los de los Arellano Félix? ¿los de Don Neto? —pregunta el cabo.

—Zenobia. Emperatriz de Palmira. Hace un chingo de siglos, ella gobernaba una provincia romana que se independizó y se convirtió en una patada en los huevos. Esa mujer era imparable. Conquistó Egipto, la Península de Anatolia. Cortaba las cabezas de los virreyes y las mandaba a colgar en su palacio. Hasta que el emperador Aureliano se la chingó.

—¿Todo eso lo hizo una vieja? Nah. Imposible —responde el sargento segundo.

—A huevo, ojete. ¿Tú crees que las mujeres son mancas o qué? Ni madres. Son más peligrosas que una pantera. Y capaces de volverte tu peor pesadilla.

—¿Y qué le hicieron a esa Zenobia? —susurra el cabo, asustado.

—No pos, sí le fue de la patada. El emperador Aureliano la capturó y la humilló frente a toda Roma enjaulada. Viva, no muerta. Para que todo el populacho la insultara y le aventara escupitajos. Luego, estuvo peor. A toda Palmira se mandó a sembrarle sal, para que jamás de los jamases una ciudad volviera a crecer ahí. ¿Ya ven por qué la muerte no es el peor castigo? —asiente el comandante, mientras chupa tranquilo la bolsita del té.

—Entonces, ¿qué hongo ahí? Como dicen los colombianos, ¿un camelladero? ¿Habrá coca o crack? —sugiere el sargento segundo.

—No nos adelantemos. Puede que sea un laboratorio, puede que no. Repito órdenes. Cabo, monte la unidad de vigilancia, tal como le dije. Sargento segundo, usted me va a acompañar con el Chinos para verificar una información. Que nadie se mueve hasta que yo dé las órdenes. Es posible que estemos cerca de esos bastardos, pero no quiero soltarle la cadena al perro si por ahí hay otras pulgas para darles matarile. ¿Se entiendo?

—Sí, mi comandante —rugen todos a coro.

Las calles de la Colonia Roma hospedan a las criaturas más fascinantes de la Ciudad. Además de vampiros, hay futbolistas sudamericanos fracasados, escritores suicidas, ladrones de autopartes, adictos al helado, obesos mórbidos y por supuesto, funcionarios del ministerio público corruptos adictos al sexo. En Orizaba hay una casa de citas camuflada de clínica de autoayuda. La contraseña para entrar es: ¡Oh Dios! ¡Ay, mamá! y ¡Oh Dios! Como siempre sucede, el comandante no tiene tiempo para dilucidar si aquello es una frase común durante el orgasmo o la expresión que uno usa al degustar un rico pozole estilo jalisco. Tocan al timbre y lo primero que se le ocurre decir es: Vendo leche pasteurizada. Clic. La puerta automática abre.

Huele a pachulí por doquier. Espantoso. Un grupo de tres mujeres entretienen a un hombre de negocios que usa gorra con traje. En la barra, el cantinero llena una orden de shots de tequila. Al fondo, en el mini auditorio hay un número de Can Can con trajes de época y la madama da instrucciones a sus subordinados como si estuviera partiendo plaza en la México. Da capotazos con la derecha, mientras que con la izquierda recibe, en forma discreta, las propinas tan jugosas de los clientes.

—Mi querido comandante, ¿cómo me la va? —dice la dueña.

—En el séptimo cielo, mi estimada señora. ¡Vaya lugar! Esto no puede ser más que el paraíso.

—Ni que lo diga. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas levantarlo desde los cimientos. La belleza de Dios me ha bendecido con sus dones.

—Y que así sea por muchos años. Espero que el favorcito haya valido la pena, ¿no? De verdad la agradezco la ayuda que me ha dado. No sabe cómo me ha quitado un peso de encima.

—No fue nada, mi comandante. Pus, ¿cómo me iba a negar? Si usted es una leyenda. Bueno, seguramente querrá entrar en materia. Allá en uno de los privados del segundo piso está su amiguito Hugo. Ahí nomás le pido que no me ensucie la mesa, ¿ok?

—No se preocupe mi señora, yo le cuido a sus niñas. Para eso estamos.

En el segundo piso la atmósfera es más cruda. Hay luz negra y las mesas están decoradas con papel tapiz de corazones morados. En el centro hay una pequeña pista para bailar. Tres parejas se mueven acarameladas al ritmo de Kumbala. Otras se besan en grupos de tres en los sillones reclinables. Hugo Estrada, el Chinos, observa todo desde su mesa. Está acompañado de dos mujeres con antifaz y beben Buchanan’s.

—Mi estimado Huguito, ¡qué alegría volverte a ver! ¿Qué? ¿Acaso no me reconoces? Pero si tú estás idéntico, cabrón panzón.

—¿Cómo no te voy a reconocer, comandante? Dichosos los ojos que te vuelven a ver. ¡Uta! ¡Menuda sorpresa!

—Pa que veas, wey. Los amigos siempre se encuentran para echar el cotorreo y ponerse al corriente.

—No pos, tú me dirás. ¿Pa que soy bueno?

—¡Ey, mis niñas! ¿Nos podrían traer otra botella, preciosas? Tengo acá que platicar con su anfitrión de unos chismes bien cagados. Y regresan en 15 minutos, ¿sale?

Las mujeres obedecen al instante. El sargento segundo cierra una de las cortinillas laterales. Abajo, dos elementos aguardan en la puerta, por si se ofrece. La unidad de vigilancia, en posición. Si el comandante acierta en su predicción, jura que volverá al burdel y le prenderá fuego en honor a Zenobia, la emperatriz que se resistió ante los encantos del emperador Aureliano y antes muerta que violada.

—¿Y qué cuentas, mano? He escuchado que sigues con la mira bien apretada. Ojete que te mira mal, te lo truenas en caliente, ja, ja, ja —dice Hugo Estrada.

—Algo hay de eso, mi estimado. Algo hay de eso. Te quería preguntar sobre un caso que llevaste hace unos años. De unos pinches atropellados que intentaron robarle a un pobre señor que vendía algodones de azúcar. ¿Te acuerdas?

—¡Épale! Qué bien informado andas, comandante. Derecha la flecha. Ese caso fue pura mamada. Si al viejito ese no le pasó nada.

—En efecto, camarada. No le pasó nada, pero resulta que a los morros esos malandros nadie los volvió a ver, y yo quería saber si tú sabías algo.

—Nada de nada. En efecto, los peritos examinaron algunas heridas que tenían antes de que les tomaran declaración y después, pase libre. El juez les conmutó pena porque no se armó la carpeta bien.

—Sí, pero después nadie supo nada de ellos. Los fueron a buscar a sus casas y nada. Que dizque se habían ido de viaje, que dizque a un bautizo y no sé que mamadas más.

—Pos ahí si ya ni idea, mi hermano. Yo les vi la jeta en el MP y después sepa a dónde se esfumaron.

—Aja, muy bien. ¿Y tú qué aceite le metes a tu coche, eh? ¿No conoces una marca bien buena que se llama Apollo 11? Está cabrona, eh. Se lo puse a mi nave y jala poca madre.

—Este… este… No, yo le meto del Bardahl —responde Hugo, en extremo nervioso.

—Oye, no mames. Aquí hay muy buenas viejas. ¡Ven! Vamos al otro piso, ahí nos están esperando tus nenas. Tienen unas tetas, que no inventes. ¡Felicidades, wey! Te agarraste a las más buenas del congal.

En el tercer piso no hay nada. Es el cuarto de los trebejos. Hay arrumbados sillones, focos, alambres, tubos de pole dance oxidados. El baño no sirve, no tira la palanca agua del retrete. Hay unas macetas sin plantas y la luz de la luna apenas asoma por una de las ventanas. En el pasado era el cuarto VIP, con cama de agua y dispensador de fresas con chocolate, pero a un cliente viejo le dio una infarto y la madama lo cerró para que no le cayera la mala suerte. A veces se oyen ruidos de orgasmos en la madrugada. Fantasmas que eyaculan sin parar. A los vecinos del segundo piso eso no los asusta, los excita.
—A ver, culero. ¿Me vas a decir de una vez la verdad o a qué estamos jugando? —dice el comandante.
—No, ¿cómo crees? Yo nunca te diría mentiras.
—Muchachas, amárrenlo y al salir pónganle seguro a la chapa. Las veo allá abajo.
—¡No mames! ¿Qué vas a hacer, wey?
—Nada, nomás vamos a usar un rato estos juguetitos, ¿te gustan? Tus chavas me dijeron que los usas con ellas todo el tiempo. Es nomás una pasadita y ya. Tú nomás coopera y sales rápido de esta.
—Espera, wey. Somos compas, cabrón. Acuérdate cuando trabajábamos juntos allá en Jalisco. ¿Quién fue el que te interceptó las coordenadas de los Arellano Félix allá en Puerto Vallarta? Pus yo Merodes.
—¡Oh, sí! Eso fue inolvidable. Pero ahora es otro rollo. Dime que no has visto en tu vida esta lata de aceite. ¡Mírala bien, cabrón!
—Te juro que no.
—Sargento segundo. Bájale el cierre este cabrón. Le vamos a meter unas de estas bolas en el culo, a ver si se le refresca la memoria.
—Está bien, está bien. Ya canto. Sí. Esa cosa era lo que tenía el carrito del señor ese de los algodones de azúcar.
—¿Y luego?
—No pos, luego se fue echa la mocha y ya no supe qué onda.
—No me mientas, cabrón. ¡Sargento! Va la primera bola.
—Paz, paz. Pido paz. Se lo dio al muchacho, al muchacho.
—¿A qué muchacho?
—El muchacho que le salvó la vida. Embistió por detrás a uno de los asaltantes con su carro. Iba con otros tres. Otro tipo y dos morras. El don les dio las gracias y alcancé a ver que les dio varias de esas latas, les dijo: ¡Pélense, chavos! y nunca lo olviden: ¡Apollo 11 su copiloto!
El comandante está cerca y cuando huele sangre no perdona. No es el momento para conceder clemencia. Toma las muñecas de su cautivo y las corta con una navaja fina, lo mismo hace con los talones. El dolor es insoportable. Intenta gritar, pero no le salen fuerzas de la garganta. Con sumo cuidado, el comandante unta miel sobre las heridas. Le pide al sargento segundo que traiga su maleta, que ahí hay una pequeña sorpresa. Son ratas enormes. Hambrientas. Tan salvajes que se están peleando entre sí. No hay medio ilícito que esté prohibido para llegar al fin. Eso lo aprendió en Jalisco, donde los delincuentes nunca perdonan un parpadeo del adversario.
—¿Tú sabes quién era Reinaldo de Châtillon? Era un bastardo, que durante la Edad Media, acosaba a los musulmanes porque le ultra cagaban por infieles. Y el tipo era un verdadero hijo de puta. Atacaba las caravanas de comerciantes y se quedaba con toda la lana. Se supone que eran tiempos de paz. Los cristianos respetaban a los mahometanos. Pero ya ves que en la guerra y en el amor se vale cualquier cosa. Así que el tipo, además de que se cogía a las pinches árabes, jugaba con sus prisioneros. Les abría heridas y les ponía miel, así como te hice a ti, para que las ratas se dieran un festín delicioso. ¿Tú no quieres eso o sí?
—No, no. ¡Piedad! Te digo lo que quieras, pero por favor desátame. Haré lo que tú me digas.
—Así me gusta, puto. El caso quedó sobreseído y tú lo hiciste, wey. No fue el juez. Y si te estoy siguiendo bien el hilo, si ese pinche chamaco héroe se fue así porque sí, entonces era un pinche junior de papi, así como el resto de sus amigotes, que te pagó una feria para que nadie dijera nada, ¿cierto?
—Correcto. Tienes toda la razón.
—Quiero sus nombres, puerco. Y los quiero ahora.
—Los vi al otro día. Fueron juntos a declarar, pero te juro que sólo sé el nombre de una de las amigas. El papá de ella es la que arregló todo. Se llama Silvia Rodríguez. Tiene un tatuaje de Winnie Pooh en el cuello y en ese entonces vivía en el Pedregal, en la calle de Niebla, número 26. Te juro por Diosito que es lo único que tengo.
—Así me gusta, puto. Sargento Segundo, ¡ya puede desatarlo! ¡Vámonos que aquí espantan!
—Gracias, muchas gracias manito. Gracias por no matarme.
—De nada, no me agradezcas. Ya sabes que tú y yo siempre seremos amigos. Pero como no estoy seguro de que pueda confiar en ti, ni modo, al menos de una bala no te vas a poder salvar por pinche sapo.

El comandante sale del burdel a toda prisa. En el tercer piso, Hugo Estrada se desangra de la rodilla. No morirá. Hay un hospital a la vuelta y se ha dado la orden de que se le traslade al cabo de diez minutos. Ahora es cuestión de unir la evidencia con Silvia Rodríguez y los asaltabancos. ¿Será muy complicado?

—Comandante, tres catorce. Atención, tes catorce.

—Diga, estación espacial 22. Cambio.

—Hay movimiento en la casa. Acaban de entrar dos personas. Una mujer y un encapuchado. Estaba esposado. Solicito órdenes para entrar. Cambio.

—Negativo, estación espacial. Aún es prematuro. No tiene refuerzos y nosotros estamos lejos. Prenda la antena e intercepte las comunicaciones, cambio. Si esa vivienda tiene buena acústica podremos escuchar algo. Cambio.

—A la orden. Comienza operación radial. Cambio.

Se oye un zumbido de interferencias y el comandante recuerda cuando su padre lo llevó con los ojos vendados al sótano de su casa y transmitió para él La Guerra de los Mundos de Orson Welles. Quedó embobado con cada sonido, cada vibración que hacía estremecer su piel. El suspenso de no saber si la humanidad sobreviviría y el último aliento de ayuda por el micrófono lo mantuvieron despierto por cinco días consecutivos. No durmió. Venció él sólo a los extraterrestres con su pistola de agua.

—Baila Dr. Simi. ¡Muévete al ritmo de la música!

—¿Dónde está? Te exijo que me digas dónde la tienes.

—No te voy a decir nada hasta que bailes. Siente el ritmo. Mueve los brazos. Brinca. Así, como una gacela. ¿Verdad que el ballet no es tan malo?

—Me estoy muriendo de la desesperación. Por favor, dime que está bien.

—Sí lo está, pero antes de que la vuelvas a ver primero tienes que confesar tus fechorías.

—Todo, todo. Por ella todo.

—Eres un sucio narcotraficante y que el cargamento de la cajuela es tuyo, lo confiesas, ¿verdad?

—Sí.

—Y fuiste tan cruel que engañaste a mi amiga, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres un pobre diablo que merece un castigo, ¿verdad? Sigue bailando.

—Ok. De acuerdo. Ya. Quítate ese traje. Te ves ridículo, pero déjate la cabeza. De aquí nos vamos a ir al punto de reunión, ¿te late?

—Sí.

—Aquí estación espacial. Tres catorce. Solicito autorización para seguir al vehículo, repito, los dos individuos están bajando las escaleras y alguien ha encendido el motor del auto. Cambio.

—Tienen sus binoculares de visión nocturna ahí con ustedes. Cambio.

—Afirmativo. Cambio.

—Al salir, quiero que te fijes en las cabezas de ambos. Del cuello para arriba. No me interesa el cuerpo, sólo las cabezas. Dame una descripción. Cambio.

La espera antes del momento de la verdad. Inaguantable. Eterna.

—Aquí estación espacial. El sospechoso masculino lleva una cabeza de Dr. Simi. Repito, de la botarga del Dr. Simi. La sospechosa lleva cabello recogido y con tatuaje de Winnie Pooh en el cuello. Repito. Tatuaje de Winnie Pooh. Cambio.

—Convoca a refuerzos y siga la ruta del vehículo. Luces apagadas, sin sirenas. Vamos para allá. No los pierdan de vista. Nadie abra fuego. ¡Son ellos! ¡Ya se chingaron! Cambio y fuera.

Es el día más feliz del comandante desde aquella noche en Puerto Vallarta. Se siente como Zenobia, la emperatriz de Palmira. Sexy e invencible. Es hora de atrapar al resto de la manada.

La canción que usa el comandante para las misiones en persecusión

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 11

La historia de cómo conocí a mi dealer es lo más cagado que me pudo haber pasado en la vida. Yo no sé si ese día me desayuné un licuado de apio o andaba de buenas porque le acomodé un putazo al taxista por cobrarme cien pesos de más. Debió haber sido una de esas coincidencias que sólo pasan una vez en la vida, y que por algún impulso salido de la nada, terminas por recordar con mayor claridad que tu cumpleaños.

Ahí estaba. Esperándome. Necesitaba mi ayuda. ¿Qué más podía hacer? Silvia siempre me decía que nunca le hablara a extraños, pero por regla general casi siempre me pasaba por el arco del triunfo sus consejos porque era pésima cocinera, y una persona que no sabe en qué momento quitar el arroz del fuego nunca es confiable. Bueno, quizá exageré un poco, digamos que le hacía caso cuando me convenía.

El pobrecito no tenía ni llave de cruz. Estaba re monín con su bata blanca y sus bigotes de lana. Sí. Me están leyendo bien. Era una botarga del Dr. Simi que estaba resignado al lado de su Cutlass 1990 con el motor desvielado. Le dije que no se preocupara. Los muchachos de la tiendita podían ayudarnos para moverlo a un lado del camino para que pudiera recogerlo la grúa más fácil.

Lo empujamos varios metros. Tan fuerte que casi nos sale una hernia. El doctor hasta apretaba su panza de gelatina como si estuviera destapando caguamas con el ombligo. Super fuerte. Pobre tipo. Bailar por 5 horas consecutivas por un salario de mierda, y que luego encima se le jodiera el coche, era más de lo que podía soportar.

Me quedé ahí con él como una media hora más. Venía de Oaxaca. Apenas acabado la secundaria y tenía 3 hijos que mantener. Se levantaba diario a las 4 de la mañana para irse a vender bolillos y luego llegaba a la farmacia. A veces las cuentas le salían para ir al McDonald’s un domingo por la tarde. Otras, nomás se iba a la cama con el estómago de aire. Y aún así el canijo no se rendía. Más pinche necio que una mula loma arriba. Se las arreglaba para ir a la nocturna con especialidad en laboratorista químico.

<<Está chingona la escuela. Después de clases nos permiten quedarnos en el laboratorio para hacer gomitas. Nos quedan mucho más sabrosas que a los pendejos de Ricolino>>. Que alguien hablara así, de algo tan sencillo como un caramelo, me daba una vibra bien chida. Esas historias eran las que valían la pena. Los tipos anónimos mueven al mundo, no los putos que sólo andan buscando la fama. Se me hacía tarde para la función y le di la mano. Hasta se antojaba darle mi teléfono nomás de desmadre. Obvio. No iba a funcionar tornillo con rondana, pero al menos para pasar un buen rato no estaba mal.

<<¿Quieres ir a una fiesta por San Tocho al rato?>> Le dije que sí, sin siquiera pensarlo. En realidad, por esa época yo solía aceptar cualquier cosa porque me parecía un desperdicio de energía la negatividad. Todo funciona por transacción. El comercio, los amigos, el amor, los vegetales transgénicos. El proceso de descomposición natural trae consigo perdidas ineludibles que en el camino vamos compensando por algunas generosas ganancias. Todo, con tal de no morir como viejos amargados.

Obvio, invité a Silvia, Leo y Andrés. Desde el asunto del asalto no habíamos vuelto a hablar sobre la odisea de volvernos superhéroes. Yo no la había descartado al cien, pero no tenía una habilidad muy destacada que digamos. Ni era tan sexy perra como batichica, ni tan discreta como la mujer invisible. Siempre rompía el jarrón chino, harto costoso, cuando comenzaba el ska o me reía como verdulera con el chiste más idiota de Winnie Pooh, como el hijo de pooh(ta) de mi vecino que en vez de ponerle crema a sus enfrijoladas, les echó yogur. ¿Ven? Soy una pésima comediante.

<<Es nuestra posibilidad>> dijo Andrés. ¿De qué carajos hablaba? <<Pos sí, de chingarnos a un dealer y quedarnos con su droga>> Yo no supe hilar las ideas hasta que vi a Silvia comerse unas donitas blancas Bimbo con tanto placer, que literal parecía que estaba drogada. Se las arrebaté de un jalón y las tiré por la ventana del auto. Esas madres tienen más conservadores que el Pan en el senado. ¿Ven como siempre la cago? <<Debes estar loco>> le contesté a Andrés. Por regla general a eso se reducían mis conversaciones con él. La neta me pasaba y hasta le aplicaba el mansplaining nomás por puro deporte nacional. Y él, por supuesto que no se dejaba, hasta que ambos conveníamos una tregua que consistía en un concurso de pedos para ver si lográbamos encender un cerillo con el culo. Hasta la fecha, ninguno ha podido.

<<O sea, Vale. Yo no me muevo en ese ambiente, pero hasta mi abuela sabe que ese tipo no hace dulces, wey. Neta qué oso>> dijo Silvia. Gomitas, laboratorio, noche, después de clases. Ah, claro. Ya decía yo que no era buena idea tomar barniz como lo hizo una vez Homero cuando Barney se acabó el chupe en la taberna. <<¡No mamen! ¿Cómo creen que nos vamos a meter con unos narcomenudistas? Esos tipos son malos de malosos y tienen muchos contactos con la policía. Lo sé porque ayer vi otro capítulo de la Ley y el Orden donde metían heroína en supositorios. Nadie se daba cuenta>> dijo Leo, que casi siempre se esperaba hasta el final para dar su punto de vista de las cosas.

Lo pensé por un momento. Primero me asusté, pero después caí en razón de que echarse ese tiro no era mala idea. ¿Cuántas personas no mueren al día por esas porquerías? Y no sólo hablamos de delincuentes, eh. Es una cadena larga. Niños, empleados de bolsa suicidas, despechados, Santa Clos que se quedó sin Prozac y un montón de inocentes cuyo único fin es llenar el bolsillo de pendejos blancos de las grandes corporaciones que lavan su dinero en Suiza y al otro día se apuntan a una clase de yoga de la que no tienen ni puta idea de la posición del guerrero. Putos wannabes sin talento. Me re contra encabrona eso.

¿Y qué supone que debía hacer? <<Ay, muy fácil. Tú nomas hazte compa de este pinche Dr. Simi. Cálalo un rato como que no quiere la cosa. Un bailecito por aquí, una platicadita por allá. Ya que esté puesto le preguntas, así medio sin querer, si tiene algo de harina para hot cakes. El wey luego luego te va a cachar el rollo, y entonces, pa que no se vea tan sospechoso, nos acercamos nosotros, así de oídas, y te hacemos segunda. Si se la pedimos en grupo no va a desconfiar. Luego, le vamos investigando cómo se mueve, con quién se junta y luego de sacarle una sopa nos los chingamos a todos. ¿Qué te parece? Dijimos que esto era serio. Orales. No me dejen solo en esto. Me dijeron que sí me iban a apoyar>> dijo Andrés.

No recuerdo mucho de la fiesta. La casa era como una sucursal de un antrucho de mala muerte donde no puedes ver ni tu mano. Había alcohol de a madres, pero juraría que no vi ni un microgramo de cocaína, ni nada parecido. La gente era normal. Había tipos del CUT, del Poli, de la UAM, godínez panzones, niñas darkies, hasta dos o tres puertorriqueños de algún intercambio. Dr. Simi se puso muy alegre al verme. Me destapó una chela y bailamos un rato. Debo de haber sido muy explícita cuando vi la tanga de una morra que estaba idéntica a Linda Perry, que ni siquiera hizo el intento por tocarme una nalga. En realidad, era bastante amigable y franco. Te hacía reír con cualquier tontería. De verbo ágil. Un tipo de calle, que no necesita presumir.

Como a las dos horas, Andrés me guiñó el ojo. Pero el pendejo no lo hizo como en forma de señal, sino como si me estuviera coqueteando. <<¿Qué? ¿Es tu novio o qué rollo?>> dijo el Simi. ¡Nombre! Ni aunque fuera el último wey de la tierra con el último consolador con doble batería. Debo decir que, hasta hoy, no le hago el feo a un wey y sé reconocer cuando están guapos, pero el Líder no es de mi tipo. Tiene una barba que se le hace como telaraña y su lonja chelera está más dura que un aguacate sin madurar. Nop. Si algún día me he de acostar con un hombre debe tener la piel suavecita y que no le apeste el pito. <<No, es un wey ahí que llegó como a la medianoche. Lo vi entrar con los boricuas esos>> dije. Obvio. No iba a decir que era mi amigo, ni nada. Me sorprendió la naturalidad con que enuncié aquellas frases. Debo de haber sido muy convincente porque Simi me trajo otra chela sin preguntarme nada.
¡Carajo! ¿Cómo se pide una droga sin querer queriendo? ¡Maldito Andrés! Silvia era más adecuada para el trabajito. Con su tonito fresa y sus tetas de leche derrite a cualquier cabrón sin siquiera esforzarse. Además, yo ya la había visto tomar dos que tres ácidos cuando en la prepa íbamos a los raves. La verdad es que nunca me interesó entrar a ese mundo. No es que no tuviera vocación de drogadicta. A veces paso hasta tres horas de más en la caminadora o en la oficina. Lo que sucede es que soy demasiado perezosa como para fingir que me interesa la gente. ¿O me van a mentir de que uno no se mete una línea nomás por hacerse el mamón entre los cuates? <<Oye, ¿no tienes algo de leche Nido?>> ¡Qué carajos dije! O sea, no sé por qué justo en ese momento se me cruzaron los cables. Creo suponer que dos semanas antes había platicado con mi mamá sobre la posibilidad de parir un hijo algún día. Por ese entonces no lo descartaba, y ahí andaba yo como loquita en la calle, ensayando como usar el sacaleches o haciendo una maniobra karatesca en el aire, al estilo Miyagi San, para cambiar el pañal.
Simi se rió tanto que me escupió en la cara su vaso con Bacardí. Yo, avergonzada, miré por todos lados en espera de mis «queridos» amigos que nomás se hacían weyes y se cagaban de risa atrás de mí. Silvia se acercó, después de un rato, y me secó la blusa con una toalla. Los otros dos alcornoques fueron menos sutiles y tomaron de los hombros a mi doctor. <<Ey, compa. ¿Tienes un toque?>> Los hombres se hablan en su propio código, porque machos, y no pasa nada. Ellos se pueden dar el lujo de mostrar sus deseos tal cual son, y nosotras siempre tenemos que disimular porque no vayan a creer que las señoritas también mean y cagan. ¡Puto patriarcado! Pero esa vez fue mi tabla de salvación. El Simi no se molestó ni nada. Al contrario. Muy ufano, el tipo fue con el dueño de la casa y le susurró algo al oído. Al instante, dos fulanos que estaban en la cocina trajeron una cajita. Sacaron dos churros. <<Gracias carnal, qué buen aliviane. Es de la Golden ¿Cuánto te debo?>> dijo Andrés. <<Cortesía de la casa>> respondió el Simi con un guiño. ¡Ay, wey! ¡Qué manera de ponerse el frac!
Terminó la noche y yo sin mi lechita y a dormir. O sea, en el buen sentido, ¡no sean mamalones! No todo en la vida es coger. Al otro día fui con Simi a la Cineteca. Vimos una película sueca que no entendí ni madres. Estuvimos hablando por horas en el pastito y teníamos muchas cosas en común. Los dos crecimos sin padre, veníamos de familias de fuera, nos gustaba Metallica, en fin, en los pequeños detalles está el sabor. <<Oye, ya no te di tu mercancía, pero es que siempre guardo lo mejor para los clientes distinguidos y amigos del Club Botarga>> dijo Simi. ¿De plano ya me consideraba mi amiga? Pues, para que lo he de negar. De verdad a mí también me lo parecía, como si nos conociéramos de años. <<¿Seguro que no me estás choreando>> le pregunté. <<Nel pastel. Ven. Vamos al laboratorio. Esta aquí cerca. Ahí guardo lo bueno.>>
El tipo literal tenía de todo. Heroína, Crack, Anfetas, Coca, Ansiolíticos, jarabe para la tos, ¡puf! Un botiquín para el fin del mundo. Le di un billete de 200. Me vendió tres gramos de nieve por promoción. Tuve una fortuna enorme que no me pidiera en ese momento verme en acción. Me acuerdo que tuve que sacar los trucos de un compa con el que monté una obra de teatro en el Shakespeare. Se trataba de cuatro tipos que vivían en un departamento que no tenía baño de visitas, entonces cada uno de ellos tenía que drogarse en el cuarto del otro, porque «droga que no has de compartir, amistad que debes honrar». El tipo que se metía coca vio Pulp Fiction como cien veces para copiarle la cara a Travolta después de la escena del baile, como si estuviera constipado. ¡Qué bien lo hacía! Hacía un tic con la nariz y torcía la boca igual que los bebés cuando no quieren papilla. A mí me salió de poca madre. Me sentí un personaje de Ibsen perdido en pleno trópico.
<<Oye, no es por parecer atrevida. Pero, cuando quieras. Si necesitas ayuda, cuentas conmigo para lo que sea>> le dije al Simi. <<¿Neto Capuleto o nomás eres puro pájaro nalgón>> me respondió. Y vaya que fui de gran valor para él. De vez en cuando le ayudaba a envolver algo de heroica en bolsitas de mazapán, otras me ofrecía de chofer para llevarlo a una «entrega de pizza» o le depositaba en el Banco Azteca montos de no más de dos mil pesos. Nada comprometedor. A lo lejos, siempre que iba a esas tareas, Silvia me vigilaba disfrazada de novia famosa de futbolista o Leo se relamía el pelo como empleado geek de Telmex para revisar un poste de teléfonos junto al lugar del «negocio». Según yo, lo teníamos bajo control. Hasta que un día por fin llegó la gran oportunidad.
<<Valeriuska. Llegó la hora. No tengo nadie más en quién confiar y quiero que me acompañes a una «entrega». Pero esta vez es full contact. Vas a entrar conmigo con el cliente y a sonreír como Fey para que el tipo nos ofrezca el triple de marmaja por la mercancía. ¡Uta madre! Está de rechupete. Es nuestra obra maestra. Le llamamos la Paleta Payaso. Está tan chida que te deja más pálido que Michael Jackson>>. La verdad nunca supe, bien a bien, qué tipo de droga era. Pero, supuse que algo tan valioso bien valía un esfuerzo. A Simi siempre le gustaba brindar con los clientes cuando cerraba los negocios. Llevaba una botella de whisky o tequila. No se empedaba, pero digamos que siempre salía un poco flameado del lugar. Ya saben. Cuando uno está pedo, pero no tan pendejo para brincarse el alcoholímetro. En ese ínter, el plan era cambiar el maletín del dinero por otra llena de dólares de Pancho Pantera, porque el chocolate es más divertido que un licuado de psicotrópicos. Después, abandonaríamos el auto por los rumbos de Topilejo y Simi no se acordaría de absolutamente nada.
En dos horas llegamos al otro extremo de la Ciudad. Muy elegante. Era un restaurante de carnes. Simi acostumbrara a apapachar a sus clientes más fifís. No le gustaba reparar en gastos cuando la ocasión así lo ameritaba. Al principio, parecía que nuestra jugada no resultaría. El cliente llegó con una de esas edecanes salidas de un estadio de futbol. No sé si escort porque no estaba operada, pero eso sí, estaba muy buena. ¡Diablos! La tipa tenía los senos más bellos que jamás había visto. No pude evitar relamerme los bigotes cuando pedimos los aperitivos. <<Yomi, me encanta el vermouth>> dije para disimular. ¡Puf! ¡Bala esquivada! La comida estupenda. La sobremesa estuvo llena de cosas sin importancia. Así, en blandito, para preparar el terreno. Luego, de golpe. ¡Zoc! <<Creo que usted tiene algo para mí, queridísimo doctor. ¿Trajo mi receta?>> dijo el cliente. Por supuesto. Estiré el papel con una receta auténtica de Farmacias del Ahorro (para la sordera), mientras que Simi, por debajo de la mesa, pateó el maletín de las paletas payaso. ¡Qué pinche adrenalina hasta su puta madre! Con razón los hampones se sienten tan chingones.

<<Amor, voy al baño a quitarme el polvo del Periférico. ¿Puedes ir pidiendo el coche con el valet. ¡Señor Alemán! Gracias por esa compensación extra. Mi querida esposa y yo le estamos agradecidos>> dijo Simi con extrema dulzura. ¡Vaya, entonces así siente el amor heterosexual! Pero, yo no quitaba la mirada al escote de la edecán. ¡Carajo! ¡Cuántas ganas tenía de que me la chupara! Me contuve y respiré hondo. ¡Menos mal! El reiki me salvó de un exabrupto. Respiré fuerte. Me toqué el vientre. Afuera malas energías.

<<Por favor, ¿será tan amable de traer el auto de mi esposo. Es el BMW gris. >> ¡No mames! Aquello era irreal. De verdad tenía madera de femme fatale. ¿Y si me pasaba al lado contrario? Podría comprarme una casa y convertir el segundo piso en la clase de yoga más grande de la cuadra. Si tan sólo convenciera a Jennifer Aniston de convertirse en mi instructora personal.

<<Oígame, señorita. ¿Acaso esto es una mala broma? Porque usted de acá no sale viva, si no me dice qué carajos está pasando>>. Era una obra peor de las que escribió Chespirito. un bodrio. En el maletín no había droga. Sí, eran paletas payaso. ¡Chingada madre! Eran paletas payaso de verdad. De esas de chocolate con gomitas. <<No se preocupe, mi esposo debe haber ido…>> y sí. Simi se había escapado. La ventana del baño estaba abierta. El truco más pendejo y simple de la historia en el bajo mundo de la estafa. Se fue con el dinero y yo, literal, estaba que me cargaba el payaso. Y tú, ¿alguna vez te graduaste de la escuela de Krusty? Yo, sí.

¡Esta es mi cuba y se toma en florero!