Naranja (métrica de hospital psiquiátrico)

Tiré los huesos de la mandarina en el mar, y al regreso a casa mi cama tenía espinas de pez globo capaces de lacerar el trasero del personal trainer.

En una casa llena de abetos, el columpio de madera sucumbió al olvido. Ya no hay nadie que se pare en el madero y dé la vuelta al fin del mundo para alcanzar el queso a medio derretir de las estrellas.

Nunca había tirado una novela al retrete. Nunca lo hagan porque no se va y el piso se inunda de mierda sin acentos. Lo que pasó fue que mataron al protagonista y yo quería preguntarle si hacía el amor a media luz, o de plano se quedaba dormido con el primer beso.

Siempre recordaré las palabras de mi padre cuando ya no hubo más dinero en la alcancía. “Las monedas de cinco nunca se tiran, esas sirven para abrir las cervezas o hacer sonreír al organillero”. Y así fui por la vida, ahorrándome lo que me cobraba el microbús de Metro Revolución al edificio del PRI, para reírme hasta el cansancio de la devaluación que me quitó mi casa y mis discos de Consuelito Velázquez.

Hoy, ya no me da tanta flojera levantarme desde temprano. Me chuto el resumen de los goles , y de paso veo al cielo retocándose los ojos con delineador de la mañana. El teléfono me da las buenas nuevas. Uno Noticias: “Habrá tormentas eléctricas por la tarde, detienen al Gorilla fumándose unos cigarros de chocolate. Marte se poblará hasta el año 2400. Usted es una gran persona. Exprima su propio jugo de naranja, el de cartón tiene más azúcar que un sugar daddy horny, pero endeudado.
FIN.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Epílogo. Un acto. Tres escenas.

Escena 1. Cuando Líder, Zorro 2, Vanilla Ice y Candy Candy asaltan un banco y uno de los rehenes intenta escapar. La policía rodea el lugar. Un balazo sale al aire de forma accidental, se rompe el garrafón del equipo de producción. Ya no podrán hacer agua de jamaica, en su lugar, un torrente rojo mancha de azúcar las butacas vacías, al estilo Christo, pero sin Jeanne Claude.

Líder. —Todos, manos a la cabeza e hincados viendo hacia la pared. Al próximo culero que se intente escapar le meto un supositorio de pólvora para la gripe.

Cliente 1.—No, señor secuestrador, asaltante o Cepillín de medio tiempo. No estoy seguro de la naturaleza de su trabajo, pero, ¡por favor! No nos mate.

Vanilla Ice. —¿Y tú a quién chingaos le robas los chistes? ¿A Brozo o a Bozo? No seas mamón y cállate el hocico.

Cajera 2. —Tiene razón, cállate Rolando, que así como berreas, coges.

Público invisible. —¡Uuuuuuuuy!

Zorro 2. —Listas las cargas de profundidad, Líder. En cuanto tú lo digas empiezan los electroshocks.

Líder. —Ya oyeron a mi amigo. Acá va a bailar Bertha. Vamos a jugar algo divertido. El que pierda se va a ganar un striptease gratis acá con mi amigo Dr. Simi, que está amarrado como puerco a esta silla eléctrica. Así es, señoras y señores. Les tocó el premio mayor.

Señora gorda. —¿Y si nos negamos?

Candy Candy. —Ah, pues muy fácil. Nos vamos por unos tacos al Borrego Viudo.

Entra el hombre de negocios con su multipase, que le da acceso a los camerinos, dulcería y estacionamiento del teatro sin formarse en la cola.

Don Corleone. —Pensé que estaba tratando con meros principiantes, pero ya veo que ustedes son unos profesionales. Hola Simi. ¿Me recuerdas? Ya hace mucho que dejamos de hacer negocios, si lo hacíamos tan bien. No sé por qué de un momento a otro decidiste joderme.

Simi. —¡Qué alegría verlo! Le juro que podemos arreglar este malentendido. Me fui porque había un problema con la mercancía y usted se merece lo mejor. De verdad que no quise engañarlo.

Don Corleone. —¡Hazte pendejo! Dime tú, ¿qué idiota dejaría escapar la oportunidad de quedarse con una droga ultramaravillosa, que te hace ver a Mick Jagger tener relaciones con una vaca, y en las calles de Nueva York cuesta 1000 dólares por gramo? ¡Eh!

Líder. —¡Que empiece el juego! Es simple. Se acuerdan del jardín de niños, ¿verdad? Empiecen a dar vueltas como estúpidos hasta que deje de sonar la canción. El que se quede sin silla, ¡bang!, se va a freír espárragos al otro mundo y al final, el sobreviviente ganará una dotación de viagra gratis, cortesía de mi amigo Simi.

Público invisible. —¡Queremos bailar!, ¡Traigan a Kool and the Gang!

Vanilla Ice. —¡Excelente idea! Ponte la de Celebration, DJ Zorro 2.

Zorro 2. —¡Ya rugiste!

Candy Candy. —¡Stop!

Líder. —¡Úchales! Perdió la gorda. Ni modo, doña. Ahora sí, como dijo el pinche Vargas. “Le tocó la Ley de Herodes”.

Señora gorda. —¡Por Jesús!

Simi. —¡No mames pinche Valeria! Te chingaste a la doña. Wey, ¿qué pedo?, le cercenaste medio cerebro.

Líder. —¡Next!

Vanilla Ice. Y mientras sigas negándolo todo, vamos a seguir con la carnicería. Así que tú decide.

Simi. —Si crees que montando toda esta mamadita me voy a doblar, estás bien pendeja. ¿Y a mi qué chingaos me importa toda esta pelusa? Ni la conozco.

Líder. —¿Ya miraste bien a los participantes? Ah no, porque traen las máscaras de paleta payaso que tú nos inspiraste a hacer. Mira la que está al fondo… Uuuuuuuy. Pobrecita mamita. Se va a morir sin que su hijo mueva un pelo por salvarla.

Simi. —¡Ese no era el trato! Te voy a matar, cabrón.

Candy Candy. —¿Quién te manda a pagar un rascarte con dinero falso?

Simi. —Ustedes mismos me lo prestaron.

Vanilla Ice. —Ah, pues pa que veas. No es bueno hacer negocios con delincuentes. Son re tranzas, ¿no es cierto?

Zorro 2. —¡Que gire la música!

Público invisible. —¡Quiero un hijo de Farruko.

Escena 2. La policía llega al lugar de los hechos. Una mujer anónima denuncio que hay unos vagos haciendo malabares en la esquina, mientras sus perros con rastas hacen yoga. Le ha sorprendido lo mucho que han recolectado, mismo que considera un robo. Ah. También ha escuchado un balazo en el terreno de al lado donde ha observado que unos actores ensayaban. Deben ser de la Facultad de Filosofía y Letras porque apesta a marihuana. La gente decente de la colonia no quiere ninis, desea conciertos gratis de Chayanne.

Comandante. —¡Salgan todos con las manos arriba! ¡Están rodeados!

Líder. —No iremos a ningún lado. ¿Qué no ve lo que estamos haciendo?

Comandante. —Se los advierto. Abriremos fuego si no obedecen a nuestras órdenes.

Vanilla Ice. —Sus órdenes me las paso por los ovarios.

Candy Candy. —Ay, ya. No seas tan prosaica.

Cajero 2. —Auxilio. Nos tienen aquí encerrados. No disparen, ¡por favor!

Líder. —Ya se dio cuenta de que si usted nos dispara, todos sus rehenes mueren. Así que depende de su sano juicio. Venga aquí y charlemos o sufra las consecuencias. Sólo usted. Sin arma. Si nos damos cuenta que alguien intenta entrar por la puerta trasera, nos tronamos al siguiente rehén.

Comandante. —Está bien. Ustedes ganan. Voy a entrar.

Francotiradores se colocan en cuatro fresnos con follaje espeso para camuflarse. No portan balas reales, son de goma.

Líder. —¡Vaya, vaya! Por fin nos volvemos a ver, mi estimado Super Robocop. Hace tanto tiempo.

Comandante. —No me digas, yo a esa jeta no la he visto jamás.

Zorro 2. —

Líder. —Disculpe a mi camarada. Es que le da por ponerse nervioso cuando toma leche y ve un policía. Literal, se caga del miedo.
Comandante. —Sin rodeos. ¿Qué esta chingadera?
Candy Candy. —Eso es lo mismo que nos estábamos preguntando en los ensayos. ¿Qué le parece esto? ¿Una obra de teatro o un performance?
Comandante. —Si respondo mal, ¿va a aparecer una jirafa carnívora y me va a comer?
Vanilla Ice. —No suena chafa, eh. Me gusta. Puerco al mole rojo.
Comandante. —Pus vale madre lo que sea. Lo único que sé es que ustedes entraron al Banco Central y se dizque fugaron, sólo para cometer la pendejada de dejar su pinche auto en una pinche colonia toda culera a plena luz del día con las placas que nosotros mismos les dimos. ¡Hazme el chingado favor!
Zorro 2. —¿Y de qué nos va a acusar? No hicimos nada. Adentro no había nadie muerto, no nos llevamos ningún dinero y ustedes se quedaron con nuestro vocho más el Tsuru que nos prestaron para huir.
Comandante. —Ay, niñito. ¿Por dónde empezar? Los cargos sobran. Asociación delictuosa, uso de artefactos explosivos y armas exclusivas del ejército, secuestro y por darme un dolor de huevos, eso, sin contar lo que en este momento acaban de hacer.
Líder. —Yo no veo nada raro, ¿y ustedes muchachos?
Público invisible. —Nelson Mandela.
Comandante. —Aja, ¿y ese cadáver de ahí?, o ¿me vas a decir que esa elefanta se cayó del cielo toda desangrada?
Líder. —Ah, ese es un regalo para usted. Un homenaje a nuestro ídolo de la infancia. El Rambo en carne y hueso. Usted mismo nos lo enseñó, ¿no se acuerda? Pancho Villa style. Primero mato, luego averiguo. “Mira siempre a los ojos, hijo. Si un hombre no mira a los ojos es que no está diciendo la verdad”.
El Comandante extiende su mano, de forma perpendicular a su garganta, y hace un movimiento de serrucho. Los francotiradores bajan de sus puestos y descansan armas. Se pone serio. Sus piernas se entumen al instante.
Comandante. —Con que son ustedes, eh. ¡Ya crecieron! Ahora son todos unos hombrones y mujeronas. Sin ofender, reinas.
Vanilla Ice. —Nos da mucha alegría volverlo a ver en una pieza, mi salvador.
Candy Candy. —Oh, mi Rambo.
Zorro 2. —Ese sí es un hombre y no jaladas.
Comandante. —¿Qué quieren? Se supone que estamos a mano. Yo salvé a su amigo y el maloso narcotraficante se fue al hoyo. Yo gané. No pueden cambiar eso.
Líder. —Sí. Nos rescató, pero lo que hizo con ese tipo habla muy bajo de usted. No era necesario matarlo. Ya lo tenía vencido, ¿como pa qué rematarlo?
Comandante. —Y, ¿tu nieve de limón? Se te olvida que tenía encañonado aquí a tu amigo el pedorro.
Líder. —Pero no tenía balas y su arma era chafa. Usted mismo me lo dijo, que se dio cuenta de su bluf antes de que intentara escapar. La orden de echárselo desde las palmeras no era cosa de rutina, era una operación armada para bajárselo.
Comandante. —Bueno, y a todo esto, ¿a ustedes qué chingaos les importa si quería o no tronármelo? Él era mío, no suyo. Se están metiendo en un juego de hombres que no comprenden, como si siguieran siendo niños.
Vanilla Ice. —Los hombres de verdad no matan porque sí, sino porque deben.
Comandante. —¿Tienes idea de lo que hizo ese cabrón? Se chingó a varios inocentes, incendió tienditas rivales, dejó morir de hambre a unos mocosos de Tamaulipas, descabezó como a veinte de Tijuana. Ese tipo era un monstruo. No iba a permitir que siguiera vivo.
Candy Candy. —Y a usted no le importó seguir su ejemplo, ¿cierto?
Comandante. —¿De qué carajo hablas?
Líder. —Pregúntese bien, mi comandante. ¿Cómo logró llegar hasta aquí sin saber ni jota de nosotros? No tenía ni puta idea de cómo nos llamábamos, mucho menos qué hacíamos en ese banco. Sólo se dejó llevar por lo único bueno que le quedaba. Su instinto. Obvio que se la dejamos ir muy fácil. Usted siguió nuestras pistas desde el inicio. El señor de los camotes, el perico, Apollo 11, el tipo corrupto del ministerio público, el carro abandonado, el simpático Dr. Simi, el panteón. Cayó redondo en nuestra trampa.
Comandante. —¿Qué putas es esto? ¿Una comedia de Televisa? ¿Un reality? ¿Una película toda churrera? ¿Cámara escondida?
Líder. —De nuevo le pregunto. ¿Usted sabe la diferencia entre un performance y un happening?
Espacio en blanco sin colorear, pa que después no digan que odiamos el arte abstracto posmo.

Escena 3. Los Kool(eros) sin el Gang salen del escenario y entran a este mundo de mierda. En la realidad todo duele; los adulterios, las estafas, los quesos de tuna, las derrotas de la Selección, la corrupción, el presidente, los antivacunas, los ansiolíticos, la cruda moral, los partidos políticos, los secuestrados. ¿Pero qué se le va a hacer? Al final, todo se resuelve con una negociación y salimos a la calle con cara de Fuck me.

Comandante. —¿Cuál es el trato?

Líder. —Primero quiero que reconozca delante de todo el mundo, y del público allá afuera que pagó un boleto, que el camino que tuvo que hacer para llegar hasta nosotros se sintió como una patada en los huevos.

Comandante. —Nunca.

Vanilla Ice. —Que sí, ¡chingá!

Comandante. —Está bien. Reconozco a los grandes maestros anacoretas que me hicieron ver que, probablemente en mi próxima vida reencarnaré en lombriz. ¿Felices, ya?

Candy Candy. —Hermosa declaración.

Líder. —Necesitamos su opinión para resolver este conflicto. Aquí, a mi estimado Don Corleone se le debe una feria. El que se la debe es ese mocoso que ve vestido de Dr. Simi. Por cierto ese mismo pendejo nos engañó a nosotros heredándonos la deuda. Es un narcotraficante confeso, usted mismo lo escuchó cuando interceptó la conversación que tuvo mi amiga Silva con ese truhán.

Comandante. —¿Cómo saben que los estábamos escuchando?

Vanilla Ice. —No mame, jefe. No nos crea tan pendejos. Le repito que cuando usted creía que nos estaba persiguiendo, nosotros le estábamos pisando la cola a usted y a todo su batallón.

Comandante. —Está bien. Creo en su operación maestra. Entonces, ¿qué más?

Líder. —Pues nosotros queremos que usted imponga el castigo que se merece este delincuente, acorde a sus acciones. No queremos que se sobrepase, pero tampoco que le vaya a poner una pena de tres pesos.

Comandante. —Eso no lo decido yo, lo dice un juez.

Candy Candy. —Pero usted tiene mucha influencia y es el todo poderoso ahí en el Ministerio Público. Además se olvida que mi papá puede mover sus palancas para que ese malnacido esté un buen tiempo en la cárcel.

Comandante. —Bueno, eso se puede arreglar. Yo puedo darle el dinero al señor con lo de la mercancía incautada y encima quitarnos a ese andrajoso de la espalda. Pero, ¿a cambio de qué?

Líder. —Muy sencillo. A cambio de su vida en el escenario.

Comandante. —Ahora sí que se la fumaron y de la Golden , eh muchachos. ¡No mamen! ¿Ustedes creen que me voy a suicidar nomás por encerrar a un vende pepas? Ni aunque fuera Don Neto lo haría. Esa justicia poética no funciona. Además, caerían igual de bajo que yo. Ustedes me acusan de haber matado, pero al hacerlo yo a causa de ustedes, serían los mismos lacras que se supone desean extinguir de la tierra.

Vanilla Ice. —Se le olvida algo, mi estimado. Somos setecientas mil veces mejores que usted. En todos sentidos. No nos crea tan corrientes, pinche putañero.

Comandante. —Esta sí me salió más jariosa que una leona en celo. Vente pa la comandancia, allá nos puedes ayudar a cazar en la jungla. Con lo entrona que eres, me cae que hasta con enseñar la peluda te andas echando a dos o tres malandros.

Zorro 2. —No tan rápido, Watson.

Líder. —Nunca dejamos un cabo al azar, comandante. En agradecimiento a lo que hizo por nosotros, lo vamos a convertir en un héroe. Su nombre vivirá por siempre como Aquiles o El Hombre Araña. A cambio de su vida, salvará a la doñita, madre del inculpado. Si usted se entrega no la mataremos.

Comandante. —No se atreverían.

Vanilla Ice. —¿Cómo fregados, no? ¿Ya vio que nos echamos a la gorda esa?

Comandante. —A ver, tráiganla.

Entra un costal con ayuda de un carrito de minibar. La occisa pesa más de cien kilos. Huele a podrido. Tiene la cabeza desecha. Los sesos están revueltos con el cabello. El comandante está viendo bien. No es una mujer de paja, es una víctima hecha y derecha. Por primera vez se estremece.

Líder. —¿Ve que ahora sí lo hicimos de verdad? Le dije. Aprendemos rápido y bien. No hacemos las cosas a la ahí se va. Lo del banco nomás era un entrenamiento medio chafa que no salió del todo bien.

Comandante. —¿Qué cosa no les funcionó?

Zorro 2. —Uno de mis pedos activó la bomba hecha con Apollo 11.

Comandante. —¡Válgame!

Líder. —Entonces. ¿Tenemos un trato?

Comandante. —¡Déjense venir! ¡No tengo miedo!

Líder. —¡Excelente! ¡Todos al escenario! ¡Tercera llamada! Repito ¡Tercera llamada! Ah, se me olvidaba. Tenga la pistola. Antes de darse el balazo lea esto. Está medio mamón, pero pega bastante. A las chicas les derrite. Zorro 2, desata a la mamá. Don Corleone, pase a su asiento para ver el final de la obra.

Acción.

Cajera 2. —Muchas gracias por rescatarnos. Que Dios le dé el cielo.

Cliente 1. —Nunca nos olvidaremos de usted. Por fin acabó esta pesadilla.

Comandante. —¿Oigan? ¿De verdad están actuando o…?

Zorro 2. —Señores rehenes. Su participación ya no es requerida. Pasen al lobby por sus camisetas del recuerdo.

Líder. —No es nada personal, mi comandante. Entendemos perfecto sus motivos para ya no seguir viviendo. Siempre lo recordaremos.

Vanilla Ice. —¡A mí las armas!

Candy Candy. —A la orden, mi emperatriz.

Comandante. —”Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos? Si nos envenenan, ¿acaso no morimos? Y si nos agravian, ¿no debemos vengarnos? Si nos parecemos en todo lo demás, nos pareceremos también en eso”.

Vanilla Ice. —Preparen…

Candy Candy. —Apunten…

Zorro 2. —Fuego…

Comandante. —¡Ya lo tengo! En el performance hay un guión y en el happening es improvisación.

Líder. —Dijeron, fuego…

Comandante. —¡Invicto me voy!

Público invisible. —¡Qué obra maestra! ¡Morí de amor! ¡Qué policía más guapo! ¡Esto sí es arte y no mamadas! ¡Ni se notó que la pistola era falsa! ¡”Murió” más chingón que la gorda!

FIN.

Los Kool(eros) sin el Gang

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Capítulo 13

Yo no tengo fama de destapa-caños, y a menudo me equivoco en darle consejo a la gente. Es que, ¿cómo puedes saber lo correcto si desde pequeña te enseñaron a desconfiar? Creer en una misma requiere años de práctica; para muestra lo que pasó en aquel restaurante.

Yo le dije a Valeria que no era necesario usar sus clásicas tácticas de seducción; el tipo ese ni siquiera la pelaba o era demasiado listo para no perder ni un segundo su tequila con Coca Cola cada vez que se iban de fiesta.

Creíamos que por sólo el hecho de ser atrevidos ya bastaba para pretender que sí encajábamos en ese mundo. Craso error. Un vendedor de droga no entrena en su casa con el videojuego de Cara Cortada y sale, después de dos semanas, experto en manejo de armas y lesbianas incomprendidas. No. Vive en la calle, respira temor.

Nueve de la noche. El gerente da la orden de levantar las mesas. Valeria, detrás de los hornos está hecha un manojo de nervios. Me molesta porque cuando pasa eso empieza a culpar a Andrés de todo y se pelean horrible. Leonardo, como siempre, finge no estar ahí y se va por la tangente. Se nos acaba el tiempo. El comerciante está esperando una respuesta. Estamos fritos. Ya podemos darnos por muertos. Pero no, eso sería sencillo en demasía, no mato en los aerobics a diario como para no saber que cardio sin pesas no sirve de nada.

<<¡Cállense, idiotas! Los va a oir el señor y aquí mismo nos matan a balazos.>> Respiro y me tomo mi licuado de apio que siempre me acompaña para limpiar el estómago. “Las tripas contaminadas nublan el pensamiento”, decía mi abuela. Les digo fuerte: <<A ver. Vamos a hacer esto. Le voy a llevar esta botella de vino al señor como cortesía de la casa. Wey, neta son unos pendejos. De esta ya no vamos a salir, pero podemos comprar tiempo y decidir qué hacer. Le decimos que vamos al laboratorio porque ahí tenemos una sorpresa extra. El tipo, como que se las va a oler, pero ya ni modo. El chiste es irle bajando el enojo. Ya una vez en el lugar le decimos la verdad. Así, directo a la yugular. Tenemos dos opciones. O nos mata ahí mismo o nos da una especie de pase momentáneo en lo que le reponemos lo que se llevó ese maldito Simi.>>

Lógico. Nadie me cree. Creen que estoy loca y que mi idea no va a funcionar. Como es lógico, tratan de idear sus propias salidas, pero ya es muy tarde. Están tan cerrados que no se les ocurrirá nada. <<No se preocupen, van a ver que sí va a funcionar, pero tienen que actuar honestos. Basta ya de mentir. Acéptenlo. Ya estarían fritos en el mundo de Al Capone, agradezcan que nos metimos con botargas y osos de peluche>>.

Adelante. Tomo la iniciativa y los dejo hablando solos. Se siguen culpando por cosas que pasaron hace años. No se dan cuenta de la inutilidad del rencor para solucionar problemas en el presente. ¿De qué me sirve escupirle al cajero por cobrarme doble el pan sin gluten?, si de todas maneras la tienda ya me está cobrando cien pesos más hasta por respirar el aire de Las Lomas. No, señora. El helado sí tiene grasa. De nada sirve que se le pase corriendo horas detrás de su chofer, si sigue comiendo como cerda.

<<Buena noche, señor. El gerente le envía este obsequio. Deseamos que pronto vuelva a visitarnos. El señor Martínez, que estaba en su mesa, nos dejó un mensaje para usted>>. Pues sí. De algo me tuvo que servir quedarme hasta tarde con mi hermano viendo “Otro día para morir”. Nunca había visto a Pierce Brosnan tan guapo. Es un sueño. Hago la entrega de una caja lujosa de Olinalá, la lleno de algunos billetes de 500, un puro y una simple hoja cebolla. Elegante. “No puedo entregarle lo convenido aquí. Nos observan. Pase al mundo de los sueños.” El señor y su acompañante sonríen. No parecen tan convencidos, pero eso nos da ciertas esperanzas.

Se sube a su BMW. Nosotros al vocho de la mamá de Leo. Hace ruido, pero esta Ciudad es una jungla y vestirse como el depredador no es el movimiento más convincente. Mis amigos están mudos. Por primera vez me doy cuenta de que hay ciertas partes de ellos que desconozco. Está bien tener secretos para uno mismo, pero no está padre vivir como si cualquiera cosa diera igual escoger X o Z. Bien. ¿Quieren jugar a los encantados? ¡Perfecto! Por mí, no hay problema, pero a ver qué le dicen al señor cuando lo tengan frente a frente y le expliquen que no tenemos cómo pagarle.

<<Pinche Silvia, ¿Cómo puedes ser tan fría?>> ¡Ahora resulta! Una se levanta temprano para prender el calentador y hacer los hot cakes, y la tonta nena prefiere quedarse en cama todo el día. A veces Valeria me decepciona feo. No le respondo de inmediato y pongo a Luismi en el Ipod porque el vocho no tiene estéreo. Ajá. Qué casualidad. “Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso. No te dejas amar…” Andrés voltea a los lados como paranoico, como si se hubiera creído la mentira de que estuvo en el restaurante como policía encubierto y Leo al menos ya se puso a hacer algo y le saca brillo a las pistolas de juguete que trajimos para que al menos parezcan verdaderas.

<<Bueno, ya acabaron con sus chistesitos, ¿cierto? Se me acaba de ocurrir algo. No les va a gustar, pero dadas las circunstancias es mejor que se vayan acostumbrado a lo inevitable>>. Les explico que, en efecto, el señor puede que guarde la compostura unos minutos, pero después sí nos va a querer matar. Ahí entra la habilidad de Valeria, que ya para que le dieran el estelar de Cats es que algo ha hecho bien. Que se retuerza un poco y así dará un poco de lástima. Leo parece autista así que él no necesita actuar. Si le pongo el Ipod a volumen bajito con una melodía de Stravinski, ya no hay de qué preocuparse. Andrés se tiene que poner los pantalones y ofrecer los términos de cómo le vamos ir pagando al señor. Como lo conozco y, desde luego, va a querer pedir cosas descabelladas, ahí entro yo y le confío en que puede contar con nosotros para hacerle los trabajos que el quiera. Da lo mismo de qué; chofer, nana, vendiendo cocaína en los antros, recolectar, lo que sea.

<<Ajá y así tan fácil se va a dejar, ¡no seas ilusa, Silvia!>>. No he acabado. Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil, pero es el único plan. El único que puede ponerse en marcha de inmediato, y que no requiere ponerse romántico o demasiado estúpido para querer ir con la policía. Falta la mejor parte. Ese impostor de Simi cree que nos ha engañado, pero se metió con la que no debía. Con mi Valeria. Sí, es medio tonta a veces, pero la quiero. Así es la amistad. En las buenas y en las malas. Lo vamos a forzar a que vuelva. ¿Cómo? Secuestraremos a su mamá. La obligaremos a que nos diga cómo localizarlo. No va a tener de otra. La conocimos en la fiesta, cuando fingíamos ser segunda de Valeria en la compra de buena mercancía.

<<¡Vaya! Esa sí que es buena. Ahora no sólo vamos a ser dealers de verdad, sino que además tenemos que visitar al Mocha-orejas para que nos dé unas clases magistrales>>. ¡Ay, no inventen! Ni que fuera tan complicado raptar a alguien. Nos la llevamos al panteón y ahí hacemos dos hoyos. En uno metemos a la señora. Obvio, no la vamos a enterrar viva. Le haremos una caja especial tipo Houdini y un tanque de oxígeno para que pueda respirar. En el otro, pondremos el dinero falso que Valeria le pensaba dar al comprador, para ver si a ese Simi le importa más la vida o la ambición. He visto en muchos programas de tele a esos criminales que no les importaría vender a su propia madre con tal de acaparar más riqueza. De verdad, están enfermos.

<<He estado en este negocio por más de veinte años y nunca había visto semejante chingadera>>. Sí, señor. Mea culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por eso ruego a los Muppet Babies y a las más de mil tortugas ninja que mataron de forma salvaje en un laboratorio para crear la caricatura. No culpe a mis amigos. Culpe a los ventajosos. A los que no tienen lealtad. A los doble cara. Ellos tienen la responsabilidad de que este mundo sea una mierda. <<Temo que debo…>> Clic. Obvio. Ninguna escena de dramaturgia o cine estaría completa sin el sonido del martillo de un revólver justiciero. Haga lo que tenga qué hacer.

<<Sé que la cagamos, señor. Pero, piénselo de esta forma. Si nos mata no recuperará su dinero y encima su reputación estaría manchada porque el verdadero culpable no pagaría y nosotros sí. ¿Cree eso justo?>> Lo digo con la mayor convicción posible. Mis ojos no mienten. Habré podido engañar a un ex novio, a mi mamá porque no le avisé sobre mi operación de pechos, a mi hermano porque no le dije que su futura esposa le fue infiel la noche antes de la boda y a mis amigos por no ser tan honesta aún corriendo el riesgo de herirlos. La verdad duele, y sin embargo, alivia mejor que el Vick VapoRub. <<Tienes agallas, niña. ¿Tú crees que puedas entregármelo>>. No sólo se lo voy a poner en bandeja de plata, sino que hasta con una manzana en la boca se lo va a poder devorar>>. ¡Líbranos Dios de todos los pecados!

I’m sorry.

Corre el tiempo. Así tan deprisa como cuando te das cuenta de que ya te acabaste todas las palomitas y la película apenas va en el minuto quince. Un año ha pasado. No todo ha sido malo. Valeria ya tiene novia y viven juntas en la Narvarte. Andrés se metió al gimnasio, Leo se va todas los domingos a la punta del Ajusco para escuchar la primera nota del día. Leo siendo Leo. Sí, ellos la pasan bien, pero yo no puedo desconcentrarme ni un minuto. Por supuesto, me consiento cada vez que puedo y trato de ya no pelear con mi papá por culpa del PRD, pero duermo con un ojo abierto. He vendido droga hasta en carritos de helado, es más fácil de lo que parece. Los clientes me dieron ese consejo para que la dinámica parezca natural. Siempre van en pareja. A su novia le dan un sandwich helado de chocolate, uno real. Ellos piden de vainilla. Como una roca les entrego la coca y brincan de gusto. El día que mezclen azúcar con LCD alguien se va a hacer millonario.

La deuda está casi pagada, pero aún falta el golpe maestro. <<¿Ya la viste bien? Sí, es esa gorda que está parada en el puesto de las lechugas>>. Es la mamá de Simi. La maldita bien que se la ha vivido de lujo en lujo. Va al salón de belleza, va de compras a Suburbia y llena el carro, se toma un café de cien pesos con las amigas. Eso antes no pasaba. Le llega dinero de vez en cuando, cualquier mono con dos dedos de frente lo sabría. ¿Para qué entonces va a la oficina de Telégrafos cada dos semanas? El plan es simple. Dejamos que camine un rato y en la esquina de Cerro del Agua la subimos al vocho. Valeria ya tiene lista la cuerda y la capucha. Andrés nos llevará a un lugar escondido de Santo Domingo que nos servirá como casa de seguridad. Leo está allá colocando cartones de huevo en las paredes para aislar el sonido.
<<Nadie se mueva hasta que yo dé la señal>>. ¡Vaya! Con razón a Andrés le gusta tanto ordenar con su tono todo mamón. Esto de ser líder ya me está gustando. La señora, por supuesto, no tiene prisa. Hasta parece que le pide permiso a una pierna para mover la otra. Hay mucha gente. Seríamos blanco fácil si lo hacemos ahora. Eso sin contar las cámaras de las casas. ¡Qué desesperación! Esto podría tardar siglos. Andrés saca de la guantera un chaleco de esos que usan los barrenderos y se baja del auto. Allá enfrente hay una coladera. La abre. ¿Qué demonios hace? <<Atención, estimados peatones. Desvíense a la derecha. Obra en curso>>. ¡Perfecto! Todos muy obedientitos toman el callejón, rumbo a la iglesia. Ahí es estrecho y hay poca gente. La señora obedece. La sigo muy despacito. Soy un jaguar que no se va ir de aquí sin la caza del día.
<<¡Ya valió verga, doña>>. Andrés la aborda por detrás y le pone la mana en la boca. La amordaza. La víctima se resiste, pero no se compara la fuerza de un robusto tipo de treinta y pico contra una sesentona. Vámonos al escondite. <<No seas idiota, Líder. No me pongas sus patotas en mi cara. ¿No ves que está pateando?>> Menos mal que Valeria no olvidó volver a usar nuestros nombres en clave. En los ensayos a la estúpida se le salió veinte veces el Silvia, hasta que me tuve que peinar como Candy Candy para que se acordara. ¡Cómo odio ese peinado! No tenemos mucho tiempo para hacerla confesar. Si nos pasamos de diez o quince minutos, o le podría dar un infarto o volverse una tumba. Otro cliché que el 99.9% de las veces resulta correcto. Aunque se estén muriendo del susto y a sus hijos no les importa un comino, las madrecitas jamás los delatan.
<<Llame a su hijo o la mato>>. Gritos de socorro nos revientan los oídos. Pero, afuera todo es normal. Leo ha hecho un excelente trabajo. Esta vieja es como mi abuela. Se dobla, pero no se rompe. Y no es para menos. Esas mujeres que tuvieron que soportar cualquier cosa de sus maridos, y encima con diez hijos encima y el mismo mole en pipián para cenar. Se merecen un monumento, no un calvario. ¡Lástima! Tendré que aguantarme las ganas de no llorar porque un estúpido hombre, que resulta ser su hijo, nos metió en un embrollo. <<Si no nos dices dónde está, vamos a empezar a jugar. ¿Quieres que te muestre mis juguetes?>> La verdad hay que reconocer que a Andrés sí le sirvió bastante ver la trilogía del Padrino como veinte veces. Hay algo en él que me asusta, pero casi nunca está de buen humor como para decírselo. <<No diré nada>>. Ja. Nos salió brava la res.

<<No estarás hablando en serio ¿Verdad, Vanilla Ice?>> Por supuesto que sí. Es Valeria y cuando está enojada es capaz de todo. ¿Qué va a hacer con ese machete? <<A ver hija de la chingada, nos vas a decir dónde está tu puto hijo narcotraficante o aquí mismo te pico el ombligo>> Cinco metros, luego dos. Sigue incólume. Un metro. Medio centímetro. La punta roza el vientre y un hilo de sangre corre por el piso. <<Ya, está bien, pinche chamaca enferma. Me doy>>.

<<¿Quién lo hará?>> El líder debe hacerlo, dar la cara y poner el ejemplo. En automático todos me voltean a ver. Pero se equivocan. Yo no escogí esto para lucirme frente a sus ojos o para parecer importante. Lo hice porque los amo, porque de nada sirve el brillo individual si al final todos salimos perdiendo. Yo daría la vida por ellos. Son mi más grande tesoro. ¿Que no ven que me estoy poniendo cursi? ¡Hagan algo! Esperen. Tienen razón. Yo debo hacerlo. Alguna vez Valeria me dijo que la mejor venganza es ser feliz. Sea, pues.

Vanilla Ice. Es hora del rap. Traenos ese disco de platino.

<<¡Mamá! Te dije que no me marcaras desde esta línea. ¿Que no te acuerdas que me andan buscando los putos azules>>. Sí. Esa es su voz. Yo nada más estuve cerca de él en la fiesta, pero según Valeria, a veces pasa que el diablo te habla como un ángel sólo para ponerte el cuerno con Dios. Ah, pues así sonaba esa maldito Simi.

<<Hola, cabroncito. ¿Me recuerdas bien, verdad? Sí. Soy yo y he vuelto, como Alf, pero no en fichas, sino en carne y hueso. Vas a callar tu sucia boca y me vas a escuchar. Tengo a tu mamá. Y la pobre se está muriendo. Vamos a hacer esto. O me pagas o me pagas. Bien sabes lo que hiciste y me vale madres por qué. Este es el trato. Vas a ir al panteón de San Pedro Mártir a la medianoche. Al fondo a la derecha te estará esperando un sepulturero. No creas que soy tan pendeja. Él cree que va a ser una exhumación por orden del Ministerio Público y está sordo, así que ni intentes explicarle nada>>.

<<Pinche Valeria, me cae que no me la creo, pinche puta lesbiana.>>

<<¡Cállete el hocico, pendejo! No he acabado. Veamos si eres Flash y al mismo tiempo Superman. En una de esas tumbas estará tu madrecita santa, y en la otra un varo por los viejos tiempos. Tómalo como un rescate de cortesía. Los dos pueden ser tuyos, pero a tu jefa se le va a acabar el aire en 30 minutos, y la lana se te puede podrir si te cae la ley, así que tú sabrás. Ya tienes las coordenadas.

<<Si le tocas un pelo a mi mamá, te juro que…>>

<<Guarda tu saliva, mugroso>> Que te va a hacer falta al rato. Ya sabes. Hoy a la medianoche. Cambio y fuera.

¡Bravo! ¡Magnífico! Pero, falta el toque final, si no, la obra estaría incompleta. Le falta el sazón a la Candy Candy:

Acuérdense de meter el dinero falso, que sobró de la bóveda del banco, en la tumba de la izquierda. La dirección de reclamo ya está lista. Viene escrita detrás de la envoltura de la paleta Payaso que me comí en la mañana. Simi no tendrá problemas en venir a buscarnos. Mañana, antes de la función, a las 6:55, Leo le marca a la policía para reportar un incendio, igualito como lo hicimos en el asalto. Ya le avisé al comerciante que puede pasar por su boleto en el teatro desde ayer. Con eso tenemos sala llena asegurada. Tenemos a todos los invitados, ya, con confirmación. ¡Que comience el show!

Kiss me, Candy Candy

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 12

Debieron pasar 5 largos años para que se volviera a reencontrar con Hugo Estrada. El Chinos, en realidad, era una fachada que utilizaba para apostar en el hipódromo y fingir que no le molestaba en absoluto perder el dinero que el presidente del PRI le daba para los gastos operativos. El comandante da un sorbo a su té chai y se pregunta: ¿los caballos sin patas también corren en los Juegos Olímpicos?

—Claro, mi jefe. Con unas buenas prótesis, ¿qué les impediría? —responde el sargento segundo.

—Era una pregunta retórica, ¡tarado! —sentencia el comandante. —Ni se te ocurra hacer una segunda pregunta de eso o te doy un zapatazo. El que gana es el jinete, no el puto caballo.

—Usted gana, jefe.

—Como siempre, cabrón.

Interesado como siempre en la Historia, el comandante repasa a las grandes figuras de bronce que tuvieron al lado a su eminencia gris; invisible, maquiavélica, intrépida, que los hizo grandes, pero que nadie recuerda por su discreta labor. Los segundones, pues.

—Tenemos a Sancho Panza, que le conseguía mujerzuelas al Quijote por unos sacos de harina. También está Apollo Creed que ayudó a Rocky para derrotar a Mr. T y no podemos olvidar a nuestro queridísimo Luis Echeverría, mano derecha de Díaz Ordaz, salvador de la patria y enemigo fálico de los estudiantes—dice el comandante con entusiasmo.

—Se olvidó de Pluto, jefe. El perro de Micky Mouse.

—Ni madres, ahí el perro es el mero mero, el bastardo ese del ratón nomás se la pasa haciendo chistes de magia. ¿Magia? ¡Carajo! Llámenle al cabo para ver si ya tiene noticias de lo que le encargué —ordena el comandante.

Los policías siempre piensan que tienen la razón cuando hacen analogías sin sentido para relacionarlas con sus casos. En su intento por forzar la cadena de acontecimientos, se divierten con la única salida que los convertirá en héroes y despertará la envidia de sus enemigos. Pero no tienen de otra. Al igual que un soldado, el vestido de azul no tiene tiempo para reflexionar si Venus está en posición vertical o si la marrana ya se puso para parir. Su instinto perruno dice que hay un 99% de posibilidades de acertar a la primera y un 1% de fallo cuando ven un personaje de dibujos animados en la borra del té.

—¡A la orden, mi comandante! Tenemos primicia —dice el cabo.

—Pues órale, mi cabo. Déjese venir, puto.

—Localizamos uno de los vehículos que utilizaron en la desbandada. Lo dejaron muy cerca del metro Copilco. Ya verificamos la matrícula. No tiene ni un rasguño.

—¡Eso, cabrón! ¡Así me gusta! ¿Ves cómo te dije que esos pendejos se iban a cagar del susto? Ya los tenemos agarrados de los huevos.

—¿Le armamos ya el operativo, mi comandante?

—No. Aguanten vara. Primero necesito corroborar otros datos, sólo quiero que hagas una cosa. Monta a dos cabrones en la Suburban y que se estacionen cerca del lugar para montar vigilancia. Después por radio les doy un fonazo para ejecutar la perseguidora. ¿Algo más?

—Sí, mi comandante. Mi compañero tomó unas fotografías del lugar con maniobra evasiva. Debe verlas, la verdad nos parecieron muy extrañas.

—A ver, rólalas.

No son extrañas. Son perturbadoras. En frente del auto abandonado hay un zaguán blanco repleto de cabezas. No son humanas, sino de botargas. Hay de todo. Pistachón Zig Zag, Daisy, Rafael de las Tortugas Ninja, Batman, Pato Lucas, Princesa Jazmín, Tribilín, Sailor Moon. Todas quietas, como calabazas olvidadas en el páramo más árido del país. Además, hay un elemento curioso. Todas están unidas por un serpenteo blanco. Una ofrenda a los muertos que no están muertos, así como el camino naranja de cempasúchil en Día de Muertos. Cualquier artista que se precie de original, le pondría su firma para tasar aquello en varios millones de dólares.

—Esto ya se ha hecho —dice el comandante, con la mano en la barbilla.

—¿Quiénes? ¿Los muchachos de Osiel? ¿Los de los Arellano Félix? ¿los de Don Neto? —pregunta el cabo.

—Zenobia. Emperatriz de Palmira. Hace un chingo de siglos, ella gobernaba una provincia romana que se independizó y se convirtió en una patada en los huevos. Esa mujer era imparable. Conquistó Egipto, la Península de Anatolia. Cortaba las cabezas de los virreyes y las mandaba a colgar en su palacio. Hasta que el emperador Aureliano se la chingó.

—¿Todo eso lo hizo una vieja? Nah. Imposible —responde el sargento segundo.

—A huevo, ojete. ¿Tú crees que las mujeres son mancas o qué? Ni madres. Son más peligrosas que una pantera. Y capaces de volverte tu peor pesadilla.

—¿Y qué le hicieron a esa Zenobia? —susurra el cabo, asustado.

—No pos, sí le fue de la patada. El emperador Aureliano la capturó y la humilló frente a toda Roma enjaulada. Viva, no muerta. Para que todo el populacho la insultara y le aventara escupitajos. Luego, estuvo peor. A toda Palmira se mandó a sembrarle sal, para que jamás de los jamases una ciudad volviera a crecer ahí. ¿Ya ven por qué la muerte no es el peor castigo? —asiente el comandante, mientras chupa tranquilo la bolsita del té.

—Entonces, ¿qué hongo ahí? Como dicen los colombianos, ¿un camelladero? ¿Habrá coca o crack? —sugiere el sargento segundo.

—No nos adelantemos. Puede que sea un laboratorio, puede que no. Repito órdenes. Cabo, monte la unidad de vigilancia, tal como le dije. Sargento segundo, usted me va a acompañar con el Chinos para verificar una información. Que nadie se mueve hasta que yo dé las órdenes. Es posible que estemos cerca de esos bastardos, pero no quiero soltarle la cadena al perro si por ahí hay otras pulgas para darles matarile. ¿Se entiendo?

—Sí, mi comandante —rugen todos a coro.

Las calles de la Colonia Roma hospedan a las criaturas más fascinantes de la Ciudad. Además de vampiros, hay futbolistas sudamericanos fracasados, escritores suicidas, ladrones de autopartes, adictos al helado, obesos mórbidos y por supuesto, funcionarios del ministerio público corruptos adictos al sexo. En Orizaba hay una casa de citas camuflada de clínica de autoayuda. La contraseña para entrar es: ¡Oh Dios! ¡Ay, mamá! y ¡Oh Dios! Como siempre sucede, el comandante no tiene tiempo para dilucidar si aquello es una frase común durante el orgasmo o la expresión que uno usa al degustar un rico pozole estilo jalisco. Tocan al timbre y lo primero que se le ocurre decir es: Vendo leche pasteurizada. Clic. La puerta automática abre.

Huele a pachulí por doquier. Espantoso. Un grupo de tres mujeres entretienen a un hombre de negocios que usa gorra con traje. En la barra, el cantinero llena una orden de shots de tequila. Al fondo, en el mini auditorio hay un número de Can Can con trajes de época y la madama da instrucciones a sus subordinados como si estuviera partiendo plaza en la México. Da capotazos con la derecha, mientras que con la izquierda recibe, en forma discreta, las propinas tan jugosas de los clientes.

—Mi querido comandante, ¿cómo me la va? —dice la dueña.

—En el séptimo cielo, mi estimada señora. ¡Vaya lugar! Esto no puede ser más que el paraíso.

—Ni que lo diga. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas levantarlo desde los cimientos. La belleza de Dios me ha bendecido con sus dones.

—Y que así sea por muchos años. Espero que el favorcito haya valido la pena, ¿no? De verdad la agradezco la ayuda que me ha dado. No sabe cómo me ha quitado un peso de encima.

—No fue nada, mi comandante. Pus, ¿cómo me iba a negar? Si usted es una leyenda. Bueno, seguramente querrá entrar en materia. Allá en uno de los privados del segundo piso está su amiguito Hugo. Ahí nomás le pido que no me ensucie la mesa, ¿ok?

—No se preocupe mi señora, yo le cuido a sus niñas. Para eso estamos.

En el segundo piso la atmósfera es más cruda. Hay luz negra y las mesas están decoradas con papel tapiz de corazones morados. En el centro hay una pequeña pista para bailar. Tres parejas se mueven acarameladas al ritmo de Kumbala. Otras se besan en grupos de tres en los sillones reclinables. Hugo Estrada, el Chinos, observa todo desde su mesa. Está acompañado de dos mujeres con antifaz y beben Buchanan’s.

—Mi estimado Huguito, ¡qué alegría volverte a ver! ¿Qué? ¿Acaso no me reconoces? Pero si tú estás idéntico, cabrón panzón.

—¿Cómo no te voy a reconocer, comandante? Dichosos los ojos que te vuelven a ver. ¡Uta! ¡Menuda sorpresa!

—Pa que veas, wey. Los amigos siempre se encuentran para echar el cotorreo y ponerse al corriente.

—No pos, tú me dirás. ¿Pa que soy bueno?

—¡Ey, mis niñas! ¿Nos podrían traer otra botella, preciosas? Tengo acá que platicar con su anfitrión de unos chismes bien cagados. Y regresan en 15 minutos, ¿sale?

Las mujeres obedecen al instante. El sargento segundo cierra una de las cortinillas laterales. Abajo, dos elementos aguardan en la puerta, por si se ofrece. La unidad de vigilancia, en posición. Si el comandante acierta en su predicción, jura que volverá al burdel y le prenderá fuego en honor a Zenobia, la emperatriz que se resistió ante los encantos del emperador Aureliano y antes muerta que violada.

—¿Y qué cuentas, mano? He escuchado que sigues con la mira bien apretada. Ojete que te mira mal, te lo truenas en caliente, ja, ja, ja —dice Hugo Estrada.

—Algo hay de eso, mi estimado. Algo hay de eso. Te quería preguntar sobre un caso que llevaste hace unos años. De unos pinches atropellados que intentaron robarle a un pobre señor que vendía algodones de azúcar. ¿Te acuerdas?

—¡Épale! Qué bien informado andas, comandante. Derecha la flecha. Ese caso fue pura mamada. Si al viejito ese no le pasó nada.

—En efecto, camarada. No le pasó nada, pero resulta que a los morros esos malandros nadie los volvió a ver, y yo quería saber si tú sabías algo.

—Nada de nada. En efecto, los peritos examinaron algunas heridas que tenían antes de que les tomaran declaración y después, pase libre. El juez les conmutó pena porque no se armó la carpeta bien.

—Sí, pero después nadie supo nada de ellos. Los fueron a buscar a sus casas y nada. Que dizque se habían ido de viaje, que dizque a un bautizo y no sé que mamadas más.

—Pos ahí si ya ni idea, mi hermano. Yo les vi la jeta en el MP y después sepa a dónde se esfumaron.

—Aja, muy bien. ¿Y tú qué aceite le metes a tu coche, eh? ¿No conoces una marca bien buena que se llama Apollo 11? Está cabrona, eh. Se lo puse a mi nave y jala poca madre.

—Este… este… No, yo le meto del Bardahl —responde Hugo, en extremo nervioso.

—Oye, no mames. Aquí hay muy buenas viejas. ¡Ven! Vamos al otro piso, ahí nos están esperando tus nenas. Tienen unas tetas, que no inventes. ¡Felicidades, wey! Te agarraste a las más buenas del congal.

En el tercer piso no hay nada. Es el cuarto de los trebejos. Hay arrumbados sillones, focos, alambres, tubos de pole dance oxidados. El baño no sirve, no tira la palanca agua del retrete. Hay unas macetas sin plantas y la luz de la luna apenas asoma por una de las ventanas. En el pasado era el cuarto VIP, con cama de agua y dispensador de fresas con chocolate, pero a un cliente viejo le dio una infarto y la madama lo cerró para que no le cayera la mala suerte. A veces se oyen ruidos de orgasmos en la madrugada. Fantasmas que eyaculan sin parar. A los vecinos del segundo piso eso no los asusta, los excita.
—A ver, culero. ¿Me vas a decir de una vez la verdad o a qué estamos jugando? —dice el comandante.
—No, ¿cómo crees? Yo nunca te diría mentiras.
—Muchachas, amárrenlo y al salir pónganle seguro a la chapa. Las veo allá abajo.
—¡No mames! ¿Qué vas a hacer, wey?
—Nada, nomás vamos a usar un rato estos juguetitos, ¿te gustan? Tus chavas me dijeron que los usas con ellas todo el tiempo. Es nomás una pasadita y ya. Tú nomás coopera y sales rápido de esta.
—Espera, wey. Somos compas, cabrón. Acuérdate cuando trabajábamos juntos allá en Jalisco. ¿Quién fue el que te interceptó las coordenadas de los Arellano Félix allá en Puerto Vallarta? Pus yo Merodes.
—¡Oh, sí! Eso fue inolvidable. Pero ahora es otro rollo. Dime que no has visto en tu vida esta lata de aceite. ¡Mírala bien, cabrón!
—Te juro que no.
—Sargento segundo. Bájale el cierre este cabrón. Le vamos a meter unas de estas bolas en el culo, a ver si se le refresca la memoria.
—Está bien, está bien. Ya canto. Sí. Esa cosa era lo que tenía el carrito del señor ese de los algodones de azúcar.
—¿Y luego?
—No pos, luego se fue echa la mocha y ya no supe qué onda.
—No me mientas, cabrón. ¡Sargento! Va la primera bola.
—Paz, paz. Pido paz. Se lo dio al muchacho, al muchacho.
—¿A qué muchacho?
—El muchacho que le salvó la vida. Embistió por detrás a uno de los asaltantes con su carro. Iba con otros tres. Otro tipo y dos morras. El don les dio las gracias y alcancé a ver que les dio varias de esas latas, les dijo: ¡Pélense, chavos! y nunca lo olviden: ¡Apollo 11 su copiloto!
El comandante está cerca y cuando huele sangre no perdona. No es el momento para conceder clemencia. Toma las muñecas de su cautivo y las corta con una navaja fina, lo mismo hace con los talones. El dolor es insoportable. Intenta gritar, pero no le salen fuerzas de la garganta. Con sumo cuidado, el comandante unta miel sobre las heridas. Le pide al sargento segundo que traiga su maleta, que ahí hay una pequeña sorpresa. Son ratas enormes. Hambrientas. Tan salvajes que se están peleando entre sí. No hay medio ilícito que esté prohibido para llegar al fin. Eso lo aprendió en Jalisco, donde los delincuentes nunca perdonan un parpadeo del adversario.
—¿Tú sabes quién era Reinaldo de Châtillon? Era un bastardo, que durante la Edad Media, acosaba a los musulmanes porque le ultra cagaban por infieles. Y el tipo era un verdadero hijo de puta. Atacaba las caravanas de comerciantes y se quedaba con toda la lana. Se supone que eran tiempos de paz. Los cristianos respetaban a los mahometanos. Pero ya ves que en la guerra y en el amor se vale cualquier cosa. Así que el tipo, además de que se cogía a las pinches árabes, jugaba con sus prisioneros. Les abría heridas y les ponía miel, así como te hice a ti, para que las ratas se dieran un festín delicioso. ¿Tú no quieres eso o sí?
—No, no. ¡Piedad! Te digo lo que quieras, pero por favor desátame. Haré lo que tú me digas.
—Así me gusta, puto. El caso quedó sobreseído y tú lo hiciste, wey. No fue el juez. Y si te estoy siguiendo bien el hilo, si ese pinche chamaco héroe se fue así porque sí, entonces era un pinche junior de papi, así como el resto de sus amigotes, que te pagó una feria para que nadie dijera nada, ¿cierto?
—Correcto. Tienes toda la razón.
—Quiero sus nombres, puerco. Y los quiero ahora.
—Los vi al otro día. Fueron juntos a declarar, pero te juro que sólo sé el nombre de una de las amigas. El papá de ella es la que arregló todo. Se llama Silvia Rodríguez. Tiene un tatuaje de Winnie Pooh en el cuello y en ese entonces vivía en el Pedregal, en la calle de Niebla, número 26. Te juro por Diosito que es lo único que tengo.
—Así me gusta, puto. Sargento Segundo, ¡ya puede desatarlo! ¡Vámonos que aquí espantan!
—Gracias, muchas gracias manito. Gracias por no matarme.
—De nada, no me agradezcas. Ya sabes que tú y yo siempre seremos amigos. Pero como no estoy seguro de que pueda confiar en ti, ni modo, al menos de una bala no te vas a poder salvar por pinche sapo.

El comandante sale del burdel a toda prisa. En el tercer piso, Hugo Estrada se desangra de la rodilla. No morirá. Hay un hospital a la vuelta y se ha dado la orden de que se le traslade al cabo de diez minutos. Ahora es cuestión de unir la evidencia con Silvia Rodríguez y los asaltabancos. ¿Será muy complicado?

—Comandante, tres catorce. Atención, tes catorce.

—Diga, estación espacial 22. Cambio.

—Hay movimiento en la casa. Acaban de entrar dos personas. Una mujer y un encapuchado. Estaba esposado. Solicito órdenes para entrar. Cambio.

—Negativo, estación espacial. Aún es prematuro. No tiene refuerzos y nosotros estamos lejos. Prenda la antena e intercepte las comunicaciones, cambio. Si esa vivienda tiene buena acústica podremos escuchar algo. Cambio.

—A la orden. Comienza operación radial. Cambio.

Se oye un zumbido de interferencias y el comandante recuerda cuando su padre lo llevó con los ojos vendados al sótano de su casa y transmitió para él La Guerra de los Mundos de Orson Welles. Quedó embobado con cada sonido, cada vibración que hacía estremecer su piel. El suspenso de no saber si la humanidad sobreviviría y el último aliento de ayuda por el micrófono lo mantuvieron despierto por cinco días consecutivos. No durmió. Venció él sólo a los extraterrestres con su pistola de agua.

—Baila Dr. Simi. ¡Muévete al ritmo de la música!

—¿Dónde está? Te exijo que me digas dónde la tienes.

—No te voy a decir nada hasta que bailes. Siente el ritmo. Mueve los brazos. Brinca. Así, como una gacela. ¿Verdad que el ballet no es tan malo?

—Me estoy muriendo de la desesperación. Por favor, dime que está bien.

—Sí lo está, pero antes de que la vuelvas a ver primero tienes que confesar tus fechorías.

—Todo, todo. Por ella todo.

—Eres un sucio narcotraficante y que el cargamento de la cajuela es tuyo, lo confiesas, ¿verdad?

—Sí.

—Y fuiste tan cruel que engañaste a mi amiga, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres un pobre diablo que merece un castigo, ¿verdad? Sigue bailando.

—Ok. De acuerdo. Ya. Quítate ese traje. Te ves ridículo, pero déjate la cabeza. De aquí nos vamos a ir al punto de reunión, ¿te late?

—Sí.

—Aquí estación espacial. Tres catorce. Solicito autorización para seguir al vehículo, repito, los dos individuos están bajando las escaleras y alguien ha encendido el motor del auto. Cambio.

—Tienen sus binoculares de visión nocturna ahí con ustedes. Cambio.

—Afirmativo. Cambio.

—Al salir, quiero que te fijes en las cabezas de ambos. Del cuello para arriba. No me interesa el cuerpo, sólo las cabezas. Dame una descripción. Cambio.

La espera antes del momento de la verdad. Inaguantable. Eterna.

—Aquí estación espacial. El sospechoso masculino lleva una cabeza de Dr. Simi. Repito, de la botarga del Dr. Simi. La sospechosa lleva cabello recogido y con tatuaje de Winnie Pooh en el cuello. Repito. Tatuaje de Winnie Pooh. Cambio.

—Convoca a refuerzos y siga la ruta del vehículo. Luces apagadas, sin sirenas. Vamos para allá. No los pierdan de vista. Nadie abra fuego. ¡Son ellos! ¡Ya se chingaron! Cambio y fuera.

Es el día más feliz del comandante desde aquella noche en Puerto Vallarta. Se siente como Zenobia, la emperatriz de Palmira. Sexy e invencible. Es hora de atrapar al resto de la manada.

La canción que usa el comandante para las misiones en persecusión

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 11

La historia de cómo conocí a mi dealer es lo más cagado que me pudo haber pasado en la vida. Yo no sé si ese día me desayuné un licuado de apio o andaba de buenas porque le acomodé un putazo al taxista por cobrarme cien pesos de más. Debió haber sido una de esas coincidencias que sólo pasan una vez en la vida, y que por algún impulso salido de la nada, terminas por recordar con mayor claridad que tu cumpleaños.

Ahí estaba. Esperándome. Necesitaba mi ayuda. ¿Qué más podía hacer? Silvia siempre me decía que nunca le hablara a extraños, pero por regla general casi siempre me pasaba por el arco del triunfo sus consejos porque era pésima cocinera, y una persona que no sabe en qué momento quitar el arroz del fuego nunca es confiable. Bueno, quizá exageré un poco, digamos que le hacía caso cuando me convenía.

El pobrecito no tenía ni llave de cruz. Estaba re monín con su bata blanca y sus bigotes de lana. Sí. Me están leyendo bien. Era una botarga del Dr. Simi que estaba resignado al lado de su Cutlass 1990 con el motor desvielado. Le dije que no se preocupara. Los muchachos de la tiendita podían ayudarnos para moverlo a un lado del camino para que pudiera recogerlo la grúa más fácil.

Lo empujamos varios metros. Tan fuerte que casi nos sale una hernia. El doctor hasta apretaba su panza de gelatina como si estuviera destapando caguamas con el ombligo. Super fuerte. Pobre tipo. Bailar por 5 horas consecutivas por un salario de mierda, y que luego encima se le jodiera el coche, era más de lo que podía soportar.

Me quedé ahí con él como una media hora más. Venía de Oaxaca. Apenas acabado la secundaria y tenía 3 hijos que mantener. Se levantaba diario a las 4 de la mañana para irse a vender bolillos y luego llegaba a la farmacia. A veces las cuentas le salían para ir al McDonald’s un domingo por la tarde. Otras, nomás se iba a la cama con el estómago de aire. Y aún así el canijo no se rendía. Más pinche necio que una mula loma arriba. Se las arreglaba para ir a la nocturna con especialidad en laboratorista químico.

<<Está chingona la escuela. Después de clases nos permiten quedarnos en el laboratorio para hacer gomitas. Nos quedan mucho más sabrosas que a los pendejos de Ricolino>>. Que alguien hablara así, de algo tan sencillo como un caramelo, me daba una vibra bien chida. Esas historias eran las que valían la pena. Los tipos anónimos mueven al mundo, no los putos que sólo andan buscando la fama. Se me hacía tarde para la función y le di la mano. Hasta se antojaba darle mi teléfono nomás de desmadre. Obvio. No iba a funcionar tornillo con rondana, pero al menos para pasar un buen rato no estaba mal.

<<¿Quieres ir a una fiesta por San Tocho al rato?>> Le dije que sí, sin siquiera pensarlo. En realidad, por esa época yo solía aceptar cualquier cosa porque me parecía un desperdicio de energía la negatividad. Todo funciona por transacción. El comercio, los amigos, el amor, los vegetales transgénicos. El proceso de descomposición natural trae consigo perdidas ineludibles que en el camino vamos compensando por algunas generosas ganancias. Todo, con tal de no morir como viejos amargados.

Obvio, invité a Silvia, Leo y Andrés. Desde el asunto del asalto no habíamos vuelto a hablar sobre la odisea de volvernos superhéroes. Yo no la había descartado al cien, pero no tenía una habilidad muy destacada que digamos. Ni era tan sexy perra como batichica, ni tan discreta como la mujer invisible. Siempre rompía el jarrón chino, harto costoso, cuando comenzaba el ska o me reía como verdulera con el chiste más idiota de Winnie Pooh, como el hijo de pooh(ta) de mi vecino que en vez de ponerle crema a sus enfrijoladas, les echó yogur. ¿Ven? Soy una pésima comediante.

<<Es nuestra posibilidad>> dijo Andrés. ¿De qué carajos hablaba? <<Pos sí, de chingarnos a un dealer y quedarnos con su droga>> Yo no supe hilar las ideas hasta que vi a Silvia comerse unas donitas blancas Bimbo con tanto placer, que literal parecía que estaba drogada. Se las arrebaté de un jalón y las tiré por la ventana del auto. Esas madres tienen más conservadores que el Pan en el senado. ¿Ven como siempre la cago? <<Debes estar loco>> le contesté a Andrés. Por regla general a eso se reducían mis conversaciones con él. La neta me pasaba y hasta le aplicaba el mansplaining nomás por puro deporte nacional. Y él, por supuesto que no se dejaba, hasta que ambos conveníamos una tregua que consistía en un concurso de pedos para ver si lográbamos encender un cerillo con el culo. Hasta la fecha, ninguno ha podido.

<<O sea, Vale. Yo no me muevo en ese ambiente, pero hasta mi abuela sabe que ese tipo no hace dulces, wey. Neta qué oso>> dijo Silvia. Gomitas, laboratorio, noche, después de clases. Ah, claro. Ya decía yo que no era buena idea tomar barniz como lo hizo una vez Homero cuando Barney se acabó el chupe en la taberna. <<¡No mamen! ¿Cómo creen que nos vamos a meter con unos narcomenudistas? Esos tipos son malos de malosos y tienen muchos contactos con la policía. Lo sé porque ayer vi otro capítulo de la Ley y el Orden donde metían heroína en supositorios. Nadie se daba cuenta>> dijo Leo, que casi siempre se esperaba hasta el final para dar su punto de vista de las cosas.

Lo pensé por un momento. Primero me asusté, pero después caí en razón de que echarse ese tiro no era mala idea. ¿Cuántas personas no mueren al día por esas porquerías? Y no sólo hablamos de delincuentes, eh. Es una cadena larga. Niños, empleados de bolsa suicidas, despechados, Santa Clos que se quedó sin Prozac y un montón de inocentes cuyo único fin es llenar el bolsillo de pendejos blancos de las grandes corporaciones que lavan su dinero en Suiza y al otro día se apuntan a una clase de yoga de la que no tienen ni puta idea de la posición del guerrero. Putos wannabes sin talento. Me re contra encabrona eso.

¿Y qué supone que debía hacer? <<Ay, muy fácil. Tú nomas hazte compa de este pinche Dr. Simi. Cálalo un rato como que no quiere la cosa. Un bailecito por aquí, una platicadita por allá. Ya que esté puesto le preguntas, así medio sin querer, si tiene algo de harina para hot cakes. El wey luego luego te va a cachar el rollo, y entonces, pa que no se vea tan sospechoso, nos acercamos nosotros, así de oídas, y te hacemos segunda. Si se la pedimos en grupo no va a desconfiar. Luego, le vamos investigando cómo se mueve, con quién se junta y luego de sacarle una sopa nos los chingamos a todos. ¿Qué te parece? Dijimos que esto era serio. Orales. No me dejen solo en esto. Me dijeron que sí me iban a apoyar>> dijo Andrés.

No recuerdo mucho de la fiesta. La casa era como una sucursal de un antrucho de mala muerte donde no puedes ver ni tu mano. Había alcohol de a madres, pero juraría que no vi ni un microgramo de cocaína, ni nada parecido. La gente era normal. Había tipos del CUT, del Poli, de la UAM, godínez panzones, niñas darkies, hasta dos o tres puertorriqueños de algún intercambio. Dr. Simi se puso muy alegre al verme. Me destapó una chela y bailamos un rato. Debo de haber sido muy explícita cuando vi la tanga de una morra que estaba idéntica a Linda Perry, que ni siquiera hizo el intento por tocarme una nalga. En realidad, era bastante amigable y franco. Te hacía reír con cualquier tontería. De verbo ágil. Un tipo de calle, que no necesita presumir.

Como a las dos horas, Andrés me guiñó el ojo. Pero el pendejo no lo hizo como en forma de señal, sino como si me estuviera coqueteando. <<¿Qué? ¿Es tu novio o qué rollo?>> dijo el Simi. ¡Nombre! Ni aunque fuera el último wey de la tierra con el último consolador con doble batería. Debo decir que, hasta hoy, no le hago el feo a un wey y sé reconocer cuando están guapos, pero el Líder no es de mi tipo. Tiene una barba que se le hace como telaraña y su lonja chelera está más dura que un aguacate sin madurar. Nop. Si algún día me he de acostar con un hombre debe tener la piel suavecita y que no le apeste el pito. <<No, es un wey ahí que llegó como a la medianoche. Lo vi entrar con los boricuas esos>> dije. Obvio. No iba a decir que era mi amigo, ni nada. Me sorprendió la naturalidad con que enuncié aquellas frases. Debo de haber sido muy convincente porque Simi me trajo otra chela sin preguntarme nada.
¡Carajo! ¿Cómo se pide una droga sin querer queriendo? ¡Maldito Andrés! Silvia era más adecuada para el trabajito. Con su tonito fresa y sus tetas de leche derrite a cualquier cabrón sin siquiera esforzarse. Además, yo ya la había visto tomar dos que tres ácidos cuando en la prepa íbamos a los raves. La verdad es que nunca me interesó entrar a ese mundo. No es que no tuviera vocación de drogadicta. A veces paso hasta tres horas de más en la caminadora o en la oficina. Lo que sucede es que soy demasiado perezosa como para fingir que me interesa la gente. ¿O me van a mentir de que uno no se mete una línea nomás por hacerse el mamón entre los cuates? <<Oye, ¿no tienes algo de leche Nido?>> ¡Qué carajos dije! O sea, no sé por qué justo en ese momento se me cruzaron los cables. Creo suponer que dos semanas antes había platicado con mi mamá sobre la posibilidad de parir un hijo algún día. Por ese entonces no lo descartaba, y ahí andaba yo como loquita en la calle, ensayando como usar el sacaleches o haciendo una maniobra karatesca en el aire, al estilo Miyagi San, para cambiar el pañal.
Simi se rió tanto que me escupió en la cara su vaso con Bacardí. Yo, avergonzada, miré por todos lados en espera de mis “queridos” amigos que nomás se hacían weyes y se cagaban de risa atrás de mí. Silvia se acercó, después de un rato, y me secó la blusa con una toalla. Los otros dos alcornoques fueron menos sutiles y tomaron de los hombros a mi doctor. <<Ey, compa. ¿Tienes un toque?>> Los hombres se hablan en su propio código, porque machos, y no pasa nada. Ellos se pueden dar el lujo de mostrar sus deseos tal cual son, y nosotras siempre tenemos que disimular porque no vayan a creer que las señoritas también mean y cagan. ¡Puto patriarcado! Pero esa vez fue mi tabla de salvación. El Simi no se molestó ni nada. Al contrario. Muy ufano, el tipo fue con el dueño de la casa y le susurró algo al oído. Al instante, dos fulanos que estaban en la cocina trajeron una cajita. Sacaron dos churros. <<Gracias carnal, qué buen aliviane. Es de la Golden ¿Cuánto te debo?>> dijo Andrés. <<Cortesía de la casa>> respondió el Simi con un guiño. ¡Ay, wey! ¡Qué manera de ponerse el frac!
Terminó la noche y yo sin mi lechita y a dormir. O sea, en el buen sentido, ¡no sean mamalones! No todo en la vida es coger. Al otro día fui con Simi a la Cineteca. Vimos una película sueca que no entendí ni madres. Estuvimos hablando por horas en el pastito y teníamos muchas cosas en común. Los dos crecimos sin padre, veníamos de familias de fuera, nos gustaba Metallica, en fin, en los pequeños detalles está el sabor. <<Oye, ya no te di tu mercancía, pero es que siempre guardo lo mejor para los clientes distinguidos y amigos del Club Botarga>> dijo Simi. ¿De plano ya me consideraba mi amiga? Pues, para que lo he de negar. De verdad a mí también me lo parecía, como si nos conociéramos de años. <<¿Seguro que no me estás choreando>> le pregunté. <<Nel pastel. Ven. Vamos al laboratorio. Esta aquí cerca. Ahí guardo lo bueno.>>
El tipo literal tenía de todo. Heroína, Crack, Anfetas, Coca, Ansiolíticos, jarabe para la tos, ¡puf! Un botiquín para el fin del mundo. Le di un billete de 200. Me vendió tres gramos de nieve por promoción. Tuve una fortuna enorme que no me pidiera en ese momento verme en acción. Me acuerdo que tuve que sacar los trucos de un compa con el que monté una obra de teatro en el Shakespeare. Se trataba de cuatro tipos que vivían en un departamento que no tenía baño de visitas, entonces cada uno de ellos tenía que drogarse en el cuarto del otro, porque “droga que no has de compartir, amistad que debes honrar”. El tipo que se metía coca vio Pulp Fiction como cien veces para copiarle la cara a Travolta después de la escena del baile, como si estuviera constipado. ¡Qué bien lo hacía! Hacía un tic con la nariz y torcía la boca igual que los bebés cuando no quieren papilla. A mí me salió de poca madre. Me sentí un personaje de Ibsen perdido en pleno trópico.
<<Oye, no es por parecer atrevida. Pero, cuando quieras. Si necesitas ayuda, cuentas conmigo para lo que sea>> le dije al Simi. <<¿Neto Capuleto o nomás eres puro pájaro nalgón>> me respondió. Y vaya que fui de gran valor para él. De vez en cuando le ayudaba a envolver algo de heroica en bolsitas de mazapán, otras me ofrecía de chofer para llevarlo a una “entrega de pizza” o le depositaba en el Banco Azteca montos de no más de dos mil pesos. Nada comprometedor. A lo lejos, siempre que iba a esas tareas, Silvia me vigilaba disfrazada de novia famosa de futbolista o Leo se relamía el pelo como empleado geek de Telmex para revisar un poste de teléfonos junto al lugar del “negocio”. Según yo, lo teníamos bajo control. Hasta que un día por fin llegó la gran oportunidad.
<<Valeriuska. Llegó la hora. No tengo nadie más en quién confiar y quiero que me acompañes a una “entrega”. Pero esta vez es full contact. Vas a entrar conmigo con el cliente y a sonreír como Fey para que el tipo nos ofrezca el triple de marmaja por la mercancía. ¡Uta madre! Está de rechupete. Es nuestra obra maestra. Le llamamos la Paleta Payaso. Está tan chida que te deja más pálido que Michael Jackson>>. La verdad nunca supe, bien a bien, qué tipo de droga era. Pero, supuse que algo tan valioso bien valía un esfuerzo. A Simi siempre le gustaba brindar con los clientes cuando cerraba los negocios. Llevaba una botella de whisky o tequila. No se empedaba, pero digamos que siempre salía un poco flameado del lugar. Ya saben. Cuando uno está pedo, pero no tan pendejo para brincarse el alcoholímetro. En ese ínter, el plan era cambiar el maletín del dinero por otra llena de dólares de Pancho Pantera, porque el chocolate es más divertido que un licuado de psicotrópicos. Después, abandonaríamos el auto por los rumbos de Topilejo y Simi no se acordaría de absolutamente nada.
En dos horas llegamos al otro extremo de la Ciudad. Muy elegante. Era un restaurante de carnes. Simi acostumbrara a apapachar a sus clientes más fifís. No le gustaba reparar en gastos cuando la ocasión así lo ameritaba. Al principio, parecía que nuestra jugada no resultaría. El cliente llegó con una de esas edecanes salidas de un estadio de futbol. No sé si escort porque no estaba operada, pero eso sí, estaba muy buena. ¡Diablos! La tipa tenía los senos más bellos que jamás había visto. No pude evitar relamerme los bigotes cuando pedimos los aperitivos. <<Yomi, me encanta el vermouth>> dije para disimular. ¡Puf! ¡Bala esquivada! La comida estupenda. La sobremesa estuvo llena de cosas sin importancia. Así, en blandito, para preparar el terreno. Luego, de golpe. ¡Zoc! <<Creo que usted tiene algo para mí, queridísimo doctor. ¿Trajo mi receta?>> dijo el cliente. Por supuesto. Estiré el papel con una receta auténtica de Farmacias del Ahorro (para la sordera), mientras que Simi, por debajo de la mesa, pateó el maletín de las paletas payaso. ¡Qué pinche adrenalina hasta su puta madre! Con razón los hampones se sienten tan chingones.

<<Amor, voy al baño a quitarme el polvo del Periférico. ¿Puedes ir pidiendo el coche con el valet. ¡Señor Alemán! Gracias por esa compensación extra. Mi querida esposa y yo le estamos agradecidos>> dijo Simi con extrema dulzura. ¡Vaya, entonces así siente el amor heterosexual! Pero, yo no quitaba la mirada al escote de la edecán. ¡Carajo! ¡Cuántas ganas tenía de que me la chupara! Me contuve y respiré hondo. ¡Menos mal! El reiki me salvó de un exabrupto. Respiré fuerte. Me toqué el vientre. Afuera malas energías.

<<Por favor, ¿será tan amable de traer el auto de mi esposo. Es el BMW gris. >> ¡No mames! Aquello era irreal. De verdad tenía madera de femme fatale. ¿Y si me pasaba al lado contrario? Podría comprarme una casa y convertir el segundo piso en la clase de yoga más grande de la cuadra. Si tan sólo convenciera a Jennifer Aniston de convertirse en mi instructora personal.

<<Oígame, señorita. ¿Acaso esto es una mala broma? Porque usted de acá no sale viva, si no me dice qué carajos está pasando>>. Era una obra peor de las que escribió Chespirito. un bodrio. En el maletín no había droga. Sí, eran paletas payaso. ¡Chingada madre! Eran paletas payaso de verdad. De esas de chocolate con gomitas. <<No se preocupe, mi esposo debe haber ido…>> y sí. Simi se había escapado. La ventana del baño estaba abierta. El truco más pendejo y simple de la historia en el bajo mundo de la estafa. Se fue con el dinero y yo, literal, estaba que me cargaba el payaso. Y tú, ¿alguna vez te graduaste de la escuela de Krusty? Yo, sí.

¡Esta es mi cuba y se toma en florero!

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 10

La patrulla da vuelta en “U” en pleno Insurgentes. Al comandante no parece importarle mucho que el Metrobús estuvo a punto de darle un besito a su defensa. Su abuelo, quien le enseñó a manejar, expresó algún día la frase mágica que le abriría las puertas de la verdad: “Todos acabamos manejando como pendejos, incluso en domingo”.

Esta mañana ha estado un poco agitada. No está de buen humor. La cafetera de la comandancia se rompió, así que no tuvo nada para acompañar su bolillo con mermelada. Uno de los sicarios de algún cártel importante se burló del jefe de la sección 6, escapando de la puerta trasera de un Vips con un bigote de leche como disfraz. El Cruz Azul perdió por séptimo partido consecutivo y al gato le dio diarrea.

Piensa mal y acertarás. Tratándose de un policía, el refrán no tiene ningún sentido. Es un pleonasmo. En la literatura todo es muy romántico. Sherlock Holmes sentado en su oficina. Fumando su pipa y viendo llover desde la ventana. Watson dice “kaboom” y el caso queda resuelto por arte de magia. La teoría vence a la práctica que el lector no ve: rodillas raspadas, un balazo en el hígado, pistas que no llevan a nada, presidentes corruptos, esposas abandonadas. Nuestro amigo acaba de pasar por su quinto divorcio.

—Ya llegamos, mi comandante —dice el sargento segundo.

—Llama a López y pide cuatro sirenas mudas por si se calienta la cosa. Dos enfrente, dos atrás. Que no traigan los juguetes largos. No queremos espantar a los vecinos.

—A la orden, mi comandante.

La casa está en ruinas. Se ven plantas silvestres asomándose por el techo. Huele a fertilizante. En la esquina, hay dos o tres adolescentes inhalando solvente. No se molestan en disimular. Es mediodía. A lo mejor no hay nadie. O están muertos. El instinto salvaje de un criminal, se llame como se llame, es borrar el rastro para que no lo atrapen. Pero aún es muy temprano para sacar conclusiones apresuradas. El juego está en marcha y quedan todavía 99 yardas para la zona de anotación. Después del quinto timbrazo, alguien contesta.

—¿Diga? ¿Qué se le ofrece?

—Venimos a entregar la leche —responde ufano el comandante.

—¿A esta hora?

—Es que a las vacas les dio diarrea en el camino. Ahí traigo a una en la cajuela. Ya le di Pepto Bismol y medio se alivianó un poco.

—Un momento.

Toca la culata del arma como si le estuviera dando la bendición. No es para desenfundarla de inmediato. Es una especie de ritual para la buena suerte. Siente que si no la toca antes de entrevistar a alguien, le puede salir salpullido o perder en las cartas con los demás jefes por los jueves de póquer. Se escucha el pasador del zaguán.

—Mire, hijo de la chingada, aquí no queremos ninguna pinche leche, ni de burra, ni de vaca, ni de…

—¿Qué decía?

—Discúlpeme, oficial. Es que por acá hay mucho puberto que se creen acá el Güero Palma y se meten a robar a las casas. Imagínese el peligro en el que vivimos.

—¿Y qué? ¿Me vas a dejar acá en la puerta esperando como novia de rancho?

—Pase, mi jefe. Por supuesto.

En la casucha no parece haber ningún material de interés para robar. Hay unos lavaderos despostillados en un rincón. Cajas percudidas de losetas, un loro que no se calla y maletas de gimnasio con candados. Cosa por demás estúpida. Sin siquiera preguntar, el comandante saca una navaja del cinto y rasga una de ellas. ¿Droga? ¿Dinero? ¿Revistas pornográficas? No. Galletas de animalitos sin comer. Nuevas. Sin usar.

—¿Piensa salir de viaje?

—¿Yo? ¡Qué va! Aquí nomás ando de velador. Ahoritita le llamo al patrón. Déjeme ver si ya se levantó. Es que ayer llegó bien pítimo y se me desmayó re gacho en la cocina.

—Gracias, compadre.

El comandante no tiene ni que murmurar. Basta un leve movimiento del cuello, como de halcón, para alertar a sus subordinados que peinen la zona. Si parpadea, eso quiere decir que saquen fotos con su celular. A discreción. Si hace la “v” de la victoria con su mano derecha, eso significa no hacer alboroto. Si aprieta el bíceps como fisicoculturista es la llamada de alerta para desenfundar. Nada qué temer. Hace la “v” y todos tranquilos.

—Buenas, mi comandante, ¿en qué le puedo servir?

—¿Es aquí usted el dueño de esta pocilga?

—¡Oh! ¿Ya tan rápido nos llevamos tan feo, jefe? Pues sí. En realidad es mi bodega. Esos cuartuchos de ahí nomás los hice para cuando ya no podía llegar a mi casa y le decía a mi vieja que me quedaría tarde en la oficina.

—Aja, ahora así le dicen. La oficina.

—No, no. ¿Cómo cree, mi comandante? Acá no traje a ninguna chamacona. Yo soy fiel ante los ojitos de Dios. Siempre.

—¿Y qué dice su esposa al respecto?

—Uy, mi comandante. Murió hace diez años. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

No hay nada de interés. <<¿Qué está pasando?>>, se pregunta el comandante. <<Yo debería estar atrapando a cuatro cabrones que dizque robaron un banco. No en este cuchitril>>. Saca un pañuelo y se enjuaga el sudor de la frente. Sacaría un cigarro para los nervios, pero recuerda que su quinta esposa lo dejó porque le prometió que dejaría de fumar y no lo hizo. Entonces, tendrá que cambiar la táctica. Como dice Pancho Villa. “Mato y después veriguo”.

—¿Es de usted esto?

Toma la mano derecha y la mete dentro del saco. El pobre hombre, dueño de la pocilga más rancia de la colonia Portales, se pone lívido. No, no es un arma. Es una lata con forma de nave espacial marca “Apollo 11”. Un soplete extraño, de desconocido origen y del que nadie ha escuchado hablar. Ni siquiera el plomero más experimentado de toda la Ciudad.

—¡No puedo creerlo! —dice el anciano que abraza a su lata como si fuera un bebé listo para aterrizar en la cuna.

—Andamos por ahí, investigando unos hechos y quisiera que me ayudara con unas preguntas.

—¡Venga, mi comandante! Déjeme le enseño algo.

El pequeño grupo se adentra en los cuartuchos del fondo de la bodega. Por afuera uno podría llevarse una mala impresión. Entran a un refugio sagrado. Los pisos están limpios. Huele a Pinol. La decoración es humilde, pero el aire es como de iglesia. Ninguna cosa está fuera de su lugar. El tesoro está en el cuarto de atrás. Trofeos y medallas. Fotografías de la lata cósmica, durante los años 60. Ahí, el anciano es un individuo lleno de vitalidad; robusto, con los ojos brillantes y una melena a la Rigo Tovar. Su nombre es Donato López. No hay que ser un especialista de automovilismo para sorprenderse. En los retratos aparecen abrazados, junto al héroe, personajes ilustres: Mario Andretti, Juan Manuel Fangio, Pedro Rodríguez, Niki Lauda.

—¿Usted era piloto? —pregunta el comandante.

—De pruebas, mi jefe. Trabajé con los mejores. Verá, cuando a uno lo trata la vida bien jodido, de repente llegas al paraíso y las cosas cambian. Yo nunca fui bueno ni para la escuela, ni para la bailada, pero los autos eran mi pasión. Todo el día pensaba en ellos. Cuando me subía a uno sentía que volaba. Era como, vivir todo el tiempo en la luna, ¿me entiende?

—¡Oh, sí! Lo entiendo perfectamente.

—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta! —gritó el loro que giraba en su aro como si estuviera manejando un auto fórmula 1.

—¿Usted le enseñó eso?

—Era uno de nuestros comerciales, y se lo aprendió de volada en un día.

—¿No se supone que es: “Quaker State, su copiloto”?

—Esos condenados gringos. Me pagaron y luego me robaron mi idea. ¡Malditos lacras!

—Me gustaría saber lo que pasó.

—Por supuesto. Le contaré. Desde muy chico estuve ahorrando y ahorrando para poderme comprar mi auto algún día. Cuando tenía 20 años me conseguí mi primer Ford. Era un modelo viejo, 1945, pero corría un resto el desgraciado. En unos arrancones que anduvimos haciendo por la salida a Toluca, un día me descubrió un hombre bien trajeado. Me dijo que él podía hacer mis sueños realidad. Yo al principio no le creí, pero hablaba como si fuera un predicador. Era un representante de aceites para motor que le vendía a varias escuderías cuando se corría el Gran Premio de México en el Autódromo. Me dijo que me fuera a chambear con él.

—¿Y de qué le ofreció trabajo?

—Pus al principio como chalán. Empecé desde abajo, ahí en los talleres. Aprendí como ayudante de mecánico como unos 3 años, luego me fui puliendo y empecé a ascender. No ganaba mucho dinero, pero al menos tenía un trabajo y eso me daba para comer. Seguía ahorrando como mula judía, porque no sabía si ese sueño iba a durar para siempre. Seguía talacheando en otros queberes.

—Pues de vez en cuando regresaba al mercado para ayudarle a mi papá en su puesto o llevaba bordados que hacía mi mamá a las comadres de Santa Domingo y mi favorito, me iba a yo ahí por las calles de vendedor ambulante. Uta, me iba chingón. Andaba de un lado a otro con mi carrito. Vendía por temporadas. Un rato jugos, otro rato camotes, otro rato piñas, pero mi favorito era vender algodones de azúcar. Ya sabe. Oir la risa de los niños no tiene precio.

—¿Y luego como salió esa cosa del Apollo 11?

—Ah, pues un día en el taller, estábamos buscando la forma de encontrar un propulsor a base de aceite, que no se quemara tan rápido, con un rendimiento del triple de capacidad. Estaba cabrón, eh. Y de repente vi en la tele lo de estos tipos que se fueron a la luna. Fue allá por el 69, ¿cierto? Al despegar, esas naves hacían un chingo de ruido, pero dicen los que saben que cuando llegaban al espacio su vuelo era bien pinche livianito, como de borrego girando en barbacoa. Bien muertito. Usamos unos aditivos que le dieron más consistencia a la mezcla del aceite y !pa su madre!, los coches se volvían cohetes, super calladitos. No podías saber si al lado te estaban rebasando. Por eso eran ideales para las carreras.

—¿Eso no era ilegal?
—Era la época romántica del automovilismo, mi comandante. Todos los pinches equipos eran bien tramposos, hasta los de Ferrari. Los coches estaban super amañados, pero nos hacíamos de la vista gorda. El chiste era ganar. Lo demás eran puras pendejadas.
—Pero seguramente, su producto se volvió muy famoso. ¿Cierto?
—Sí y no, mi comandante. Todos lo usaban, pero no podía hacerse público porque las carreras perderían interés y los aficionados se desencantarían. No podía saberse, tenía que usarse por debajo del agua. Por un rato funcionó bien, pero después…
—Hace quince años por fin pude haber logrado mi sueño. Pero, todo se fue al carajo. Ya había podido reunir un buen capitalillo para asociarme con unos weyes del gabacho. Mi retiro dorado. Pero, me accidenté y esos mismos tipos se robaron mis fórmulas. Las vendieron a Quaker State por cinco pesos y yo me quedé en la ruina.
—No me diga, ¿pues qué le pasó?
—Un desastre, mi comandante. Me atropellaron, cuando me querían robar mi carrito de algodones. Yo nada más salía de vez en cuando para recordar viejos tiempos y un día, ¡pum! Unos malandros me intentan asaltar y en la rebambaramba un pinche auto ojete me toca la pierna y me deja casi inválido. Ni lo vi venir. Me dio por la espalda. ¡Pinche destino tan cruel! Un pinche auto, el símbolo de mis sueños, los acabó de un madrazo.
—¿Nunca levantó denuncia?
—Sí intenté, pero en el ministerio público me dijeron que el expediente se había perdido. Un amigo abogángster me dijo que me aplicaron la del hombre de paja. Juntan a 3 o 4 tipos para declarar y después ya no pueden aplicar la notificación para el juez, porque cambian los domicilios y el MP desecha el caso por falta de pruebas. ¿No le parece eso una mamada?
—Ni que lo diga, don. Ni que lo diga. ¿Y los asaltantes? ¿Supo que les pasó?
—Pues no es por ser ave de mal agüero, pero semanas después me enteré que los dos que consiguieron huir se los tronaron por allá en Lerma. Los encontraron hechos cachitos y a los otros dos en la cárcel les metieron filo en el abdomen.
—¿Recuerda usted al Secretario que le tomó la denuncia en el MP?
—No me acuerdo bien, creo que Estrada. Sí. Hugo Estrada. En el lugar todos le decían el Chinos.
—Haberlo dicho antes, mi don. Si ese pelagatos es mi compadre.
—El mundo es un pañuelo.
—Es todo don. Lo dejamos aquí en su casa. Digo. En su bodega. De verdad le agradezco mucho la información. Gracias por las historias. Me hicieron volver a la juventud. A mí también me gustaban los autos.
—¿Y qué piloto quería ser usted?
—Yo no soy de pilotos, soy de películas. Bond, James Bond.
—¡Ese, mi comandante! ¡Me salió más cabrón que bonito!
—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta!

De vuelta a la comandancia parece que las piezas comienzan a embonar. Una lata en forma de nave. Un juicio sobreseído. Autos, algodones de azúcar, pilotos de carreras mujeriegos, alta velocidad, un loro, un hombre de paja, una ruta de escape. Si su instinto no le falla, bien podría encontrar la pista de carreras que cuatro tipos usaron al salir de un banco que nadie imaginó en su cabeza, excepto un pobre diablo que cayó en la ruina y ya no pudo manejar hasta la luna.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Capítulo 9

Al terminar la universidad, mi vida entró en una de esas fases donde resulta más divertido quedarte a jugar con tus sobrinitos que ir a buscar tu primer empleo. Estaba atorado. No tenía ni una pizca de idea sobre cómo empezar mi vida adulta. Por supuesto, no faltaron reclamos de Valeria. <<Te dije que te vinieras a trabajar conmigo en el puesto de dulces. ¿Cuándo aprenderás? No vas a ser niño por siempre. Bla, bla, bla.>>

Mea culpa. La timidez me había bloqueado ciertas habilidades sociales, pero mientras no había salido del mundo escolar lo peor era no ser invitado a tal fiesta o perderse la graduación. En cambio, cuando se trataba de ganarse el pan, resultaba difícil convencer a alguien de que yo era alguien de valor, si al primer momento de una entrevista me daban retortijones por el mole en pipián de mamá.

Con el fin de remediar la situación, los muchachos vinieron por mí una tarde de miércoles. Estaba algo apenado. Valeria canceló su taller de marionetas para niños que tenía programado esa tarde. Silvia fingió tener gripa para faltar a un ensayo en la Compañía de Danza del INBA y Andrés no fue al bar de costumbre a ligar con su costumbre de engañar a las chicas de que Bukowski era vegano. Mis queridos amigos. Sin ellos estaba perdido.

—¿Y qué pasó? ¿No fuiste a la audición de la Ollin Yoliztli para entrar a la Filarmónica de la Ciudad? —dijo Valeria.

¡Por favor! Esos tipos son tan corrientes que volverían al Concierto de violonchelo número 1 de Haydn en una canción de Juan Gabriel.

—Ay, Leo. Deja de ser tan inseguro. Tú puedes tocar a ese nivel sin problemas. ¡De verdad¡ Te he escuchado y me derrito todita.

El problema nunca fue mi nivel de solfeo o la forma de sentir la melodía. Lo que pasa es que me creía incapaz de pertencer a algo. Ni siquiera era dueño de mí mismo, menos de algo tan importante como una sinfónica.

—Nelpas. A mí se me hace que acá a nuestro Zorro se le aflojó el mastique comiendo caviar. ¿O me equivoco, Leo? —dijo Andrés. Lo odiaba cuando le daba al clavo.

—¡Cállate, tú! Nada más andas de amarra navajas y ni sabes qué onda —respondió Valeria. Como siempre, enojada.

Me hundí en el asiento más de la cuenta. Craso error. Era la señal cuando mentía. No podía ocultarlo. Era un tic que se me había quedado desde el campamento del club de Jesús.

—¿Neta no fuiste porque mamoneaste? —dijo incrédula Silvia.

Pues sí. Esa es la realidad. No me llegaban ni a los talones. Nadie en esa orquesta podía decir que amaba la música. Lo podía percibir en sus grabaciones que me pasó Valeria. Las notas me sonaban apagadas. Sin chiste. Yo no podía tocar junto a ellos. Me chuparían el alma.

—Ay, Leo. Todos tenemos que empezar por algún lado. No puedes llegar a ser jefe, sin antes pasar por obrero. Bueno, no pasa nada. Vente para acá, yo te apapacho —dijo Valeria. De inmediato me llevó a su regazo. Amaba eso.

—Deja de mimarlo como si estuviera en Plaza Sésamo. Lo que este cabrón necesita es una buena cogida —respondió Andrés.

—Ya vas a empezar con tus gatadas machistas. Para el auto o nos bajamos —respondió Valeria.

—¿Y por qué no nos callamos todos y dejamos de discutir como animales para elevar nuestro segundo chakra a la concordia? —resolvió Silvia. De hecho siempre que discutíamos hacía lo mismo. Nadie creía en su estilo de vida new age y sin embargo la obedecíamos. Era la que nos mantenía a raya.

Los placeres de la vida. Aire fresco entrando por la ventana. El sol en su máximo esplendor. Las piernas de Silvia colgando de la puerta. Valeria encendiendo un cigarro de marihuana. Andrés conduciendo con los ojos cerrados. Ice Ice baby en la radio. Odiaba esa canción, pero era la favorita de Valeria. No todo podía ser perfecto. Ja.

—Otra vez esa pinche cancioncita. Le voy a cambiar —dijo Andrés.

—No, déjala. A mí también me gusta —secundó Silvia.

¿Nunca se han sentido gangsters de la cuadra con cara de niño rico de Beverly Hills?

—Bueno, a ver. Como está la cosa de la chingada, dudo que el pinche Zedillo nos saque el pene del culo. No hay varo ni para montarse un pinche puesto de tamales. El país no tiene ni un varo para invertir en chicles. ¿Y quién sale jodido siempre? Pues nosotros, la clase media que sostenemos a los de abajo y nos aguantamos las mamadas de los aristócratas del Pedregal —dijo Andrés en su primer letanía política del día.

—Ay no, qué hueva. Entonces sí cámbiale de estación. No queremos oírte todo el camino como Zapatista de closet respondió Valeria.

—No, Vale. Deja que acabe. A ver. ¿Qué decías? —dijo Silvia.

—Pues sí. Como el gobierno no nos las hace buena, ni modo. No queda otra que entrarle al dinero fácil. Ellos hicieron las reglas del fuerte comiéndose al débil, ahora que se chinguen con las consecuencias. Armemos una banda.

¿Cómo que armemos una banda? Estilo Banda Machos o Los Fabulosos Cadillacs. La verdad nadie en un primer momento entendió a lo que Andrés quiso decir. Todos dábamos por sentado que seríamos ciudadanos decentes hasta el día de nuestras muertes. Hum. Estaba equivocado.

—No sean weyes. No una banda de música. Una banda de malandros. De pinches ratas blancas.

—¡No mames, Andrés! Tú ni podrías quitarle el reloj a esa viejita que está ahí en la esquina caminando con andadera —dijo Valeria.

—O sea, ¿me faltan huevos? ¿Es lo que quieres decir? —reviró Andrés.

—No, esos ya te los quitó tu última novia. La que te dejó sin carro y sin lana. ¿Ves? El asaltado fuiste tú.

—Te voy a romper el hocico.

—Déjate venir, nene.

—¿Otra vez? ¡Ya! Parecen niños de kinder —dijo Silvia.

Yo no estaba dispuesto en ir a la cárcel. Ahí violan a los primerizos, a los que tienen acné, a los que violaron antes y a los estafadores. Ni hablar. Aquello era muy peligroso. Después de un tiempo se te olvida hasta como te llamas. Es como estar atrapado en una fuga de Bach sin clavicordio.

—¿Y cómo nos llamaríamos? —dijo Silvia.

—Algo chido, algo pegajoso. Ah. Ya sé. Los Kool and the gang —dijo Andrés.

—Uta, qué original me cae. Así hasta el jefe Gorgory se orina en sus pantalones. Ah, no, ese es Rafa.

—No suena mal. De hecho tomar el nombre de algo que ya existe le da más prestigio al clan en cuestión —agregó Silvia.

Pero el chiste de una banda no es tanto el prestigio, sino la apropiación de algún simbolismo que la haga única. Como su marca registrada, pues. Igualito a la sordera de Beethoven, pero no tan drástico. Música de viento en el estadio diría el Perro Bermúdez. <<Versallesque>> <Culereeeee, culereeee>> ¡Eso es! Los Kool(eros) sin el Gang.

—¡Yupi! Me encanta, Leo. Es genial —dijo Silvia.

—Muy ingenioso, añadió Valeria.

—Ta bueno, pues. Te salió de churro, pero pasa —respondió Andrés.

—¿Y cómo nos llamamos? Cada uno, digo.

—Esa es la parte fácil. Acá mi Leo. Obvio. No hay ni que pensarlo. El Zorro Apestoso. Bueno, eso es muy largo para decirlo en el walkie talkie. Mejor Zorro 2, para que suene con más cachete. Para mi queridísima Silvia. Hum. Tan tierna. Candy Candy. Sí. Y finalmente, la bruja escandalosa del departamento 6. Ash. Pues ya. Tanto que ama su rap blanco y las malteadas del Helen’s. Que se llama Vanilla Ice. Y acá su servilleta; Papá Dios. ¿Les late?

—Vaya, hasta que se te ocurre una buena idea. Pero tu alias es muy ñoño. Tendremos que buscarte uno más corriente. ¿Y qué se supone que robaremos? —dijo Valeria.

—Ahí está el truco, chata. No vamos a ser una banda que asalte. Bueno, sí vamos a estar jugando con el bando de los malos, pero en reversa. O sea, vamos a cazarlos para después cobrar la recompensa con los polis —dijo Andrés.

—¿Y cómo carajos vamos a saber dónde están? Peor aún. ¿Cómo chingados vamos a saber cuándo van a robar o a secuestrar? No somos Nostradamus —replicó Valeria.

—Pues con inteligencia, amiga. ¿Que nunca has visto los Misterios sin Resolver o Crímenes de la Calle Morgue? Ahí los polis se revientan los sesos hasta dar con los responsables —dijo Silvia.

Sonaba demasiado fácil. Irreal. Ir de un lado a otro como Sherlock Holmes con cuerpo de Terminator requería no sólo tiempo en el gimnasio. Faltaban recursos; armas, ropa, comida, tiempo. ¿Dónde carajos aprenderíamos a apuntar con una pistola de agua sin que nos detuvieran los de tránsito? Estábamos en la esquina de Gabriel Mancera y Luz Saviñón. Mi vida yéndose al caño. Sin departamento propio. Viviendo con mis padres. Necesitaba un empujón venido de Saturno para impulsarme más rápido que Alain Prost.

—Ay, ¡qué lindo carrito de algodones rosas! ¡Ya vieron! Le salen flamas de atrás, como la caricatura de Meteoro —dijo Silvia.

En verdad era bonito. De metal, no de madera. Mucho más estético que uno de camotes. Cada vez que salían chispas de atrás se inflaba el algodón de azúcar en el cofre. Era como una combinación de nave espacial con la Feria de Chapultepec. Le sonaba música como camión de helados. Lo conducía un señor ya viejo, pero entusiasta. Niños se le acercaban por doquier. Los atraía igual que a las abejas. Billetes iban y venían. En vez de señor de los dulces parecía un vendedor de boletos de lotería.

—¿Ya vieron? Ese wey que está en el tubo. No me late. ¡No me jodas! ¿Se lo va a apañar? —preguntó Andrés, pero sus palabras se las llevó el smog.

Todo fue muy rápido. El tipo se abrió la gabardina y sacó una pistola. El muy cobarde golpeó la cabeza del señor por la espalda. Ni tiempo le dio de reaccionar. Los niños huyeron despavoridos. El tráfico estaba insoportable. Me sentía en cámara lenta. Nadie reaccionaba. Ni gritaba. Aquello era normal para ciudades como el D.F., Nueva York, Bangkok, Buenos Aires. Llega un villano a tu vida y te saca de tu riel. Porque se le pega la gana. Porque sí.

Cuando nos dimos cuenta, Andrés ya estaba sobre el tipo. Pisó a fondo el acelerador. No lo pensó. Fue en automático. Alcanzó a prender su pierna. Casi se la arranca. Fue dantesco. El hueso del fémur se le salió. Trató de dispararnos, pero su arma ni estaba cerca de él. Sólo cortó cartucho imaginariamente con sus dedos. Cayó inconsciente al piso. El carrito de los algodones también quedó destrozado. El señor lloraba de tristeza. <<Me costó diez años construirlo>>.

Llegó la policía. El dinero ya no estaba. No nos lo quedamos nosotros. Desapareció y ya. Quisimos hablar con él para disculparnos. Nos sentimos mal por haber destruido su vida. No nos quiso hablar. En la madrugada salimos de la delegación. El papá abogado de Silvia nos salvó. Ya nada podía cambiar lo sucedido. Éramos ladrones a la inversa. Imposible volver atrás. Nuestro destino estaba marcado.

Let’s kick it…

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

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Intermedio

 —Tranquila, Silvia. Agáchate. Imagina que estamos en el jardín cazando caracoles —dijo Valeria.

—Los malosos salieron por todos lados. Nos pueden encontrar —murmuró Leonardo, temblando de miedo.

—No nos van a encontrar. Olvidan que tenemos el super poder invisible —dijo Andrés, orgulloso.

—Quiero irme a mi casa —pensó Silvia, aterrada. Había dejado sus muñecas en la Ciudad. Nadie estaba ahí para atenderlas.

Los cuatro niños escondidos en un ovillo del jardín del hotel se mecían los cabellos. Contaban las detonaciones que parecían emerger de un volcán en furia. Se escuchaban, a lo lejos, algunas sirenas y aspas de helicópteros, pero también parecían aterradas con la tolvanera y se quedaban a prudente distancia para no quedar atrapados en medio del infierno.

Andrés, quien era el más influenciado por las películas hollywoodenses, donde siempre gana el “bueno”, ideaba un plan en su cabeza. Primero, se encontraría con un arma abandonada a su suerte de algún maloso, y con ella comenzaría a abrirse paso entre la maleza, cubriendo la espalda de sus amigos. Había visto Rambo quinientas veces y, en todas, salía saltando de la cama sin ningún rasguño.

Leonardo tenía la convicción que estaba viviendo una pesadilla. De un momento a otro, despertaría en su cama, alejado del peligro y más mojado que nunca. Todavía mojaba las sábanas sin control, cuando sus nervios le jugaban una mala pasada. En su mente, le parecía adecuado actuar como un referí de boxeo. Los policías ahorrarían tiempo y no tendrían que estar cazando, un por uno, a todos los gatilleros. Él sólo sería suficiente para pacificar a todos con unas cuantas palabras ¡Ya no se peleen! ¡Los voy a acusar con mi papá!

Silvia y Valeria permanecían abrazadas. Una a la otra se tapaban los oídos, la boca. Ambas creían en fantasmas desde que una vez, en la escuela, se habían quedado a jugar dentro del salón en lo que las recogían. Ya era tarde. No se escuchaba a ninguna maestra o encargada de limpieza, cuando tres o cuatro pelotas de los casilleros comenzaron a botar. Chocaban contra el suelo como granizo. Una y otra vez. Valeria, que se jactaba de ser valiente, abrió de un jalón el primer casillero. Adentro no había nada. Silvia gritó como nunca. Su amiga trató de llevársela a rastras. La tranquilizó acariciándole el cabello. Ella no pudo gritar. Su abuela le había dicho que si lo hacía, quedaría muda para siempre.

—Parece que ya acabó. Gracias a Dios —dijo Leonardo.

—Hay que regresar. Nuestros papás deben de estar preocupados —dijo Silvia.

—Ajá, con lo mucho que te quieren, deben de estar llamando a Locatel —dijo Valeria en tono de burla. Siempre lo hacía en los momentos más incómodos.

—¡Miren! ¿Qué es esa cosa negra que se está moviendo por esas macetas? —dijo Andrés. Los tres amigos lo siguieron en automático.

Más parecido a un tejón, aquel bulto comenzó a roer las hojas. Las cercenaba sin piedad. Solo gruñía y levantaba un poco de polvo. Junto a la barda perimetral del hotel, se escuchaba el sonido de un taladro que picaba la pared con persistencia. La sombra se acercaba cada vez más hacia ese punto. Primero, despacio, en puntitas.Después, trotando. Luego, apuntando. Sí. Apuntando la cabeza de Leonardo.

—¡Pinches chamacos! ¡No se muevan o le vuelo la cabeza a su amigo! Se van a quedar bien calladitos, eh. No vayan a cagarla —dijo el tejón convertido en un gatillero en fuga.

—No nos vaya a matar, señor. Le prometemos que no diremos nada —dijo Silvia, aterrada. Quiso gritar de nuevo, pero la mano de Valeria nuevamente se posó sobre su boca.

—Suave, señor. Suave. ¡Por favor! Déjenos ir. De veras que no queríamos molestarlo —dijo Andrés.

—Ahora la beben o la derraman. Aquí, mi compa Heriberto está haciendo un hueco por esta pared para pelarnos de acá. Ahora se chingan. Cuando termine, los dejamos ir.

—Es usted uno de esos malosos que estaba en en ese lugar para adultos, ¿cierto? —dijo Valeria, envalentonada.

—Mira que chamaca tan inteligente. Así es, chula. Pa que te cuento que nos querían dar piso allá, pero no pudieron conmigo y con mi fierrito me chingué gratis como a 5 o 6 . ¿Cómo la ves?

Leonardo se había desmayado. Ya no es escuchaban tiros. La noche se había quedado callada. Demasiada sangre había ido a parar hasta el mar. Las palmeras apenas se sacudían. El tiempo se hacía eterno. Por un momento, Andrés pensó en aventarse contra el tejón para quitarle el arma. Aquel acto heroico cruzó por su cabeza como si al nacer hubiera quedado como una misión ineludible. Pero, en el mundo real, las cosas son más crudas que en las películas. El matón sangraba de un costado y se le alcanzaba un ver trozos de piel desgarrada. Aquello le dio asco.

—Vientos, Heriberto. Ya casi la armas. Acuérdate que de acá nos largamos recio hasta Tijuana. Ni una sola parada. No vaya a ser que esos pendejos nos quieran dar el madruguete por acá.

—¡Alto ahí, culero! ¡Suelta a ese morro! ¡Hasta acá llegó tu suerte, Manolito!

Diez uniformados con armas de alto calibre rodearon al personaje. Uno de ellos rodeó con una manta a Sivia, que sudaba frío. Andrés se quedó maravillado con aquellos hombres que parecían vestidos como Robocop. Hasta trató de imitar a uno de ellos, poniéndose pecho tierra apuntando al prófugo con una varita del suelo.

—¡No mame, comandante! Mire todo lo que tuve que hacer para salir vivo de ese pinche tugurio, para quedar con los calzones abajo. ¡No es justo!

—Gajes del oficio, Manolito. A ver, ¿dónde está el lobito? Porque no me vayas a decir con la mamada de que se fue a la luna. ¿Quién lo tiene? ¿El Chapo? ¿El güero?

—¿Y cómo carajos voy a saber? Si de un momento a otro nos llovieron los pinches balazos y eran tantos que hasta casi me quedo ciego. ¡Ya no hay derecho! Yo no vi nada. Me pelé de ahí como pude.

—¡Hazte pendejo, Manolito! Ahora me vas a venir a querer ver la cara. No me jodas. Ese pinche lobito no quedó muerto allá adentro. Seguro el cabrón agarró madriguera y anda buscando túnel hasta Tijuana.

—De mi patrón no lo dudaría. A lo mejor el wey se ve ahí todo chirgo, pero es abusado el cabrón. Sus hermanos a veces lo subestiman.

—Bueno, ya luego sabremos qué carajos pasó. ¡Orale, mi buen! Échate ya al piso.

Manolito, el tejón o sombra que se arrastra se negó. Apretó más el cuello de Leonardo y con sus piernas sostuvo con fiero celo un maletín con piel lujosa. Su compañero, al otro lado de la barda, ya había huído desde que escuchó el sonido de las botas policiales. Estaba solo, pero había algo en su interior que lo mantenía con toda la confianza de un guerrero del norte. Firme hasta el final. Tenía la convicción de que ningún policía o militar podían ablandarlo. Su misión de proteger a uno de los miembros más importantes del Cártel de Tijuana, lo galvanizaba contra cualquier amenaza. Era como un escudo antibalas.

—Pinche, Manolito. No vayas a cometer ninguna pendejada. Es mejor que te vengas con nosotros. No hay bronca. Ahí te damos protección y nos llenas de datos pa que los gringos no se nos hagan pipí fuera de la bacinica. Te conviene, wey.

—Ni madres, puto.

—Ya me estás empezando a desesperar. Suelta a ese pinche niño y pon las manos en alto.

—Suelte a mi amigo. Él no tiene la culpa de que usted sea un maloso de lo peor. Métase con uno de su tamaño —dijo Valeria con el poder de mil diosas, colocándose entre el tejón y el comandante. En medio del caos, se pueden ver las rocas caer.

—¿Qué haces niña? ¡Sal de ahí! —dijo el comandante.

—Señor. ¿Qué espera? Le dije que suelte a mi amigo.

—¡Vaya! Miren qué tenemos aquí. Una tigresa que echa lumbre. Fíjese comandante, que no nos caería mal una niñita como esta. Tiene más huevos que todos los vatos de Baja California juntos.

—Ríndete, cabrón.

—Le ofrezco un trato, comandante. Me deja ir y como regalo me llevo a esta morra, o le digo las coordenadas del lobito, pero también me chingo al chamaco de un plomazo. ¿Qué le parece?

—Estás loco, pinche Manolito.

—Voy a contar hasta diez. Corre tiempo. Uno, dos, tres…

—Está bien. Tú ganas. Dime dónde está el lobito.

—Leo, no —gritaron los tres niños, llorando.

El tejón sonrió como cuando disparó contra su primer víctima y pateó el portafolio hacia donde estaba el comandante. El sicario le guiñó un ojo y le dijo con los labios la palabra “mapa”. Ahí, en tan solo dos segundos de distracción, fintó a Manolito como si fuese a bajar su arma, y uno de los sargentos, que estaba trepado en una de las palmeras, viéndolo todo desde arriba, le disparó al maloso a la cabeza. Leonardo se liberó al instante. Sus tres amigos corrieron a abrazarlo. Seguían temblando de miedo. Adentro del maletín no había nada. Sicario o policía. Ninguno de los dos deja nada al azar.

—¿Cómo logró engañarlo, señor? —preguntó Andrés, con los ojos bien abiertos y abrazando a su nuevo héroe.

—Lo supe todo cuando miró hacia abajo. No se iba a atrever. Acuérdate muy bien, hijo. Mira siempre de frente, como miran los hombres. A esos nunca se les moja ni un pelo en tiempo de lluvias.

Cuatro amigos y la paz

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Capítulo 6

Pasaron unos siete años para que Valeria me perdonara por no haberla ayudado en su aborto de emergencia. Pero, ella también tuvo un poco de culpa en el asunto. Nunca me dijo nada. Se lo tragó todo. Entiendo que era mucha la vergüenza y la crisis del momento, supongo yo, la petrificó. No obstante, no confiar en tu mejor amiga, cuando se supone está ahí de manera incondicional, me causó algo de decepción. Ella dice que lo decidió de último minuto porque no soportaba la idea de mirarse al espejo como alguien indigna frente a su pareja. Bueno, eso es mucho decir, porque ella era muy enamoradiza y tuvo varias novias. Lo que quiero decir es que tenía un pavor a que una vez dando a luz, su amor propio y sexual quedaran sepultados para siempre. Para una lesbiana quedar preñada por un hombre, nunca es cosa fácil.

No estuve ahí porque mi papá siempre estaba empeñado en mantenerme ocupada en tiempos de vacaciones. Nada de ocio, pura acción. Que un campamento por acá, que un curso de inglés por allá, que un club de la ONU por acullá. A los 15 no eres dueña de tu vida, ni siquiera para elegir tus zapatos. Haces lo que te mandan. No tienes voz propia. Encima, agreguen que tu papá es un general retirado del ejército; antiaborto, antirockero, antiespiritual, antigay y antipático. Nunca me lo dijo de frente, pero siempre quiso alejarme de Valeria. No soportaba su insubordinación, su rebeldía con la vida. Para él eso era peor que levantarse a las cinco de la mañana para combatir narcos o guerrilleros en Oaxaca.

Cabe decir que el “afortunado” general, o sea mi padre, armó una fortuna de la noche a la mañana. Cuando estaba en la primaria la situación estaba dentro del parámetro normal. Departamento de medio pelo en la Portales, dos vochos en la cochera, chicharrón con salsa verde para desayunar, misa en domingo y escuela pública. Pero, después de lo que pasó en Puerto Vallarta, la cosa comenzó a cambiar. De a poco comenzaba traer regalos a la casa, y de su cartera siempre sacaba puros billetes nuevos de 500 pesos. Al salir de sexto, nos mudamos a San Jerónimo a una casa de tres pisos con jardín. Mi mamá dejó de ir al salón de belleza en Iztapalapa para hacerse el pedicure con las ricachonas de San Ángel. Mi hermano se fue a estudiar a Estados Unidos. De pronto, ya éramos de otra clase social, como si eso fuera una especie de virtud. A mí me fastidiaba un poco.

Valeria nunca me negó nada. Ni andaba conmigo por interés como todos los demás del salón. Le daba igual si yo tenía un peso o doscientos. Nunca mencionó nada de los choferes que me llevaban a cualquier lado, ni se fijaba en mis zapatos nuevos. Se quedaba conmigo al acabar el taller de barro a lavar los cacharros. Luego, salíamos a la esquina por una hamburguesa y nos íbamos al parque. Había días en los que ni siquiera hablábamos. Nuestros pasos contra el concreto eran los que llevaban el ritmo de la conversación, y las hojas cayendo en otoño les respondían.

Recuerdo muy bien una noche, después de mi última clase en la facultad, en la que fuimos juntas a una función de magia. No me acuerdo bien quién me había conseguido los boletos, quizá, fue una especie de casualidad inesperada que no se toma en cuenta en el momento, y después perdura para toda la vida. El mago se llamaba Mr. Roboto. En vez de sacar conejos de su sombrero, sacaba fajos de billetes. El público ingenuo pensaba que era dinero de verdad y se peleaban como perros por un miserable ejemplar. También lograba que dos monos se besaran y caminaba sobre el agua. El truco que más me gustaba era el del enterrador. Igualito que Houdini, se metía en un ataúd y ordenaba a sus ayudantes que lo echaran a una zanja que, de inmediato, la llenaban de tierra. Así pasaban cinco minutos, luego diez, luego veinte. El público comenzaba a asustarse. ¡Pobrecito, ha de estar muerto! De repente, el tipo salía de la nada por una de las puertas laterales del escenario. Era un maestro del engaño.

Nos metimos a su camerino al finalizar la función. Parecíamos dos colegialas en un concierto de los Back Street Boys. Le pedimos un autógrafo y nos tomamos unas fotos con él. Hablamos de poco y nada. Venía de una familia de cirqueros en línea contínua desde el siglo XIX. Era vegetariano y odiaba a George Bush padre. Eso lo deduje porque era mitad mexicano, mitad iraquí. Había viajado por el mundo casi en la miseria. Se iba de incógnito en barcos pesqueros y se quedaba por temporadas trabajando en los campos o en las minas. De un momento a otro surgió el tema de por qué un mago nunca revela sus trucos. Valeria dijo que porque era de mala suerte, yo porque es más fácil vivir engañada esperando la verdad que morir en la mentira. Él no dijo nada. Bebió su café y comenzó a empacar sus cosas.

—¿De verdad no nos piensa decir el truco? ¡Ándele! No sea malito —dijo Valeria.

—Síganme —respondió el mago.

Estábamos frente al ataúd. Era negro y tenía las esquinas chapadas en oro. Parecía como uno de esos autos elegantes que son capaces de llevarte hasta el espacio. Puro lujo. Las manos de él estaban agrietadas. Llenas de surcos. Una vida de historias, también de hambre. Se asomó a la zanja y echó unas flores. Una lágrima se salió de un ojo. Se puso a orar en silencio. Luego nos miró a los ojos y nos dijo. —Antes de que mi padre muriera me repitió las mismas palabras de Alejandro Magno. “Me vas a enterrar con una mano adelante y otra atrás”. Te dejo mis ojos y mis recuerdos. Cuídalos bien. Valen una fortuna”. Eso fue todo. Se fue como cuando se le acaba el agua a un pozo. Y desde entonces no he parado. Por un momento siempre fui celoso de mis trucos. Nunca dejé que nadie interfiriera con ellos. Era como un Santo Grial. Prometí hasta el último abrazo de mi padre que cambiaría mi suerte y me haría rico. Para honrarlo Porque creí que eso era la felicidad. Nada más errado. Entre más éxito tenían mis actos, menos dinero me llegaba. Y así comprendí que venimos a esta vida a hacer reír a los demás. Es un tesoro que nunca se agota. Ustedes se tomaron la molestia de venir hasta acá a felicitarme, así sin más. Se sintió muy bien. Saben, hasta ahora, después de un largo tiempo, nadie me había vuelto a preguntar por mis trucos. Eso quiero regalarles hoy. En honor a mi padre quiero decirles cómo funciona El Enterrador. Seguro le divertiría estar aquí con nosotros.

Era más simple de lo que creí. Los ayudantes tapaban al mago con una capa después de que éste se metía al ataúd. Adentro había un resorte que se conectaba a un túnel que conectaba a la zanja con la parte lateral del escenario. El mago lo único que tenía que hacer, estando ya enterrado, era rebotar y salir arrastrándose hacia la salida. Lleno de tierra, dos de sus edecanes lo limpiaban y le daban un cambio de ropa. Así. Elemental. Un astuto topo nocturno. Nos despedimos de él casi como a las cuatro de la mañana. La noche se nos había hecho eterna. A la semana de aquello, mi papá tuvo una embolia y lo tuvimos que llevar al hospital.

Valeria estuvo conmigo todo el tiempo apoyándome. Fue maravilloso. Me acompañaba cuando salía a comprar medicamentos, cuando tenía que bañar al general, cuando le decía a mi mamá que podía llorar si quería. Por desgracia, no todo fue miel sobre hojuelas. Después de un mes internado, mi papá regresó a casa, pero la tormenta comenzó. Mis dos hermanos mayores aprovecharon nuestra ausencia para llevarse algunas herramientas y muebles de la sala. Los vendieron dizque para pagar una tarjeta de crédito.

Al principio fueron precavidos a la hora de ir saqueando las cosas de mi papá, pero después a los descarados ya no les temblaba el pulso para encajar el diente. Aprovechando que mi papá estaba bastante tocado, tramitaron un poder legal que les dio el acceso a las cuentas bancarias y a los inmuebles registrados a su nombre. Hacían y deshacían como querían. Mi mamá horrorizada se metió a una lógica incomprensible del síndrome de Estocolmo. —Ay, no juzgues a tus hermanos, hija. Ellos cuidan de nosotras y de tu papá—. Nada más falso. Eran unos rufianes sin remedio. La gota que derramó el vaso fue cuando hipotecaron la casa para usar el dinero en una apuesta “arreglada”. Los estafaron y encima nosotras teníamos que pagar los platos rotos. Nuestra discusión llegó hasta oídos del general, que escuchaba desde su habitación, y ahí quedó todo. Murió al instante de un infarto.

Los días posteriores fueron insoportables. Tuve que encargarme de los trámites y fungí como paño de lágrimas para mi mamá. No había testamento, así que estábamos en completo estado de indefensión. Si yo no actuaba a tiempo, mis horrorosos hermanos eran capaces de dejarme a mí y a mi mamá en la calle. Pero no encontraba forma. Cualquier cosa que intentara, ellos lo interpretarían como una traición u ofensa, lo que les daría armas para demandarme. Estaba platicando de todo esto con Valeria, cuando surgió la palabra “mágica”. —Y si hacemos un “enterrador”. Al instante, no capté lo que me quiso decir, hasta que el fino bigote del mago me devolvió la sonrisa al rostro. Era tan guapo como mi papá. —Pero, ¿cómo haremos? —dije. —Si tus putos hermanos quieren guerra, guerra tendrán. Los haremos caer en su propia trampa, aunque nos ensuciemos las manos —contestó Valeria.

El entierro estaba programado para el mediodía. Cientos de familiares se aproximaron a la Ciudad desde Matamoros, desde Sinaloa. Mi papá tuvo amigos por todos lados. Un escenario de una despedida digna. La trampa dio comienzo con un documento. Tomé la mano muerta del general y firmé un ejemplar falso de un testamento. El notario no interpuso ni pío. Era tan amigo del general que era capaz de hacer cualquier cosa desviada. Lo puse sobre la mesa de la cocina. Al otro día mis hermanos lloraron de felicidad. Todo era para ellos. Ni yo, ni mi mamá aparecíamos. Lo firmaron de inmediato. Luego, en la agencia funeraria mandé que se colocaran dos ataúdes. Uno para el general, y el otro para su escopeta a la que quería mucho. La llamaba; “mi segunda esposa”.

Unos mariachis comenzaron a tocar el rey. Una valla de uniformados verdes colocó una bandera mexicana en el ataúd donde reposaba mi padre. La lloradera era hasta ridícula. Gente que yo nunca había visto en la vida queriéndose aventar a la zanja para acompañar al general. Mis hermanos también eran un mar de zozobra. Discursos de guerra. Bendición de un sacerdote ex guerrillero. Cañonazos al cielo. Di la orden de bajar ambas cajas. La despedida. Poco a poco la gente se fue retirando. Mis hermanos me guiñaron el ojo, y encima sonriendo. Eran abominables. Comienza la función. Volvimos por la noche. LOS DE SIEMPRE. Leonardo, Andrés, Valeria y Silvia. Los incondicionales. La tumba estaba en una de las orillas del panteón. Fue más sencillo de lo que pensé. Al otro lado de la barda había un callejón sin luz. Ahí me estaban esperando mis enterradores con el cuerpo de mi papá, rebotado por el truco del ataúd. La escopeta se quedó en el otro, como siendo testigo silencioso de mi crimen. Que no era tal, sino justicia divina.

El segundo entierro fue más majestuoso. Sublime. Sin gente rara. En silencio. En paz. Honesto. El general así lo hubiera querido, aunque no tuviera tanta estima a Valeria. Siempre que nos veía nos decía: “Amistades largas y cuentas claras”. Le daba gusto que yo tuviera esa clase de amigos. Él, que nunca pudo darse ese privilegio, lo lamentó toda su vida. Les dimos a los enterradores una botella de whisky. Y todos tomamos juntos hasta el amanecer. Adiós papá. Te amo. No importa que hayas sido un rufián conmigo. Me enseñaste a luchar para defenderme hasta de mi misma. Aún no se acababa el espectáculo. Tercer acto. Llamada anónima a la policía. Unos delincuentes, que se hacen llamar mis hermanos, se apoderaron de unos candelabros de oro. Los fueron a buscar uno por uno. —No son suyos, joven. Esos bienes le corresponden a la Biblioteca de la Ciudad. —Pero, ¿cómo es posible? —dijo mi hermano menor. Mi papá nos dejó todo. —Se equivoca. Además se le acusa de fraude, cohecho y lavado de dinero. Ya súbase a la patrulla.

Por supuesto, mis hermanos no se quedaron de brazos cruzados. Mandaron, desde el reclusorio, a unos de sus pelafustanes a profanar la tumba de mi papá. ¡Sorpresa! No había cuerpo, obvio. Sólo una escopeta y una nota: ¿De verdad creían que aquello que firmaron era el testamento definitivo? Montaron en cólera. Nunca más los volví a ver. Uno se intentó fugar por un túnel y se quedó sin aire a medio camino. A otro lo trasladaron a Puente Grande. Eso es el problema con los novatos. Piensan que ser un criminal es muy sencillo. Todo lo contrario. Es regalado. Hay que ser buena persona. Nada más. Como yo. Como la Banda Universal integrada por Zorro 2, Líder, Candy Candy y Vanilla Ice.

Adiós, querido viejo.