De un puesto a otro no parece haber mucha diferencia. Unos te ofrecen nuez para el juez, otros melón para bajarle el mal humor a tu suegra. Yo elegí uno que atendía un señor ciego. Me llamó la atención la forma en que acariciaba su fruta, como si le estuviera limpiando el cochambre a su bebé. No era ni por mucho el que tenía los precios más bajos de la zona, el culero más bien era re carero. No obstante, por alguna extraña razón siempre estuvo lleno de clientes. Me acerqué con tiento, como un perro que olfatea el pastel olvidado en la mesa. Palpé unas manzanas, estaban firmes y apetitosas. Los duraznos desprendían un olor igual de excitante que una boca recién besada. Las piñas, todavía no maduras, sonreían cada que algún marchante babeaba de sed por su jugo. No le di muchas vueltas y le dicté mi pedido. El tipo no me dijo nada. No parecía molesto, pero tampoco muy alegre que digamos. Le pagué y me dio mi cambio. No quise quedarme con la duda y pregunté; —¿hice algo que le molestara? El muy cabrón respondió; —pus sí, joven. Se sabroseó a casi toda la fruta, pero se le olvidó mallugarme mis naranjas. Y el tipo, muy ufano, se sacó dos bolotas de su pantalón. Todos rieron, y por eso comprendí que en el mercado “el que no enseña, no vende”.

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