Tuve la suerte que un buen día de julio el sistema de la Facultad de Filosofía y Letras colapsara, ya que me permitió conocer a Eva Uchmany. Había intentado sin éxito inscribirme en dos materias medievales y los únicos horarios disponibles eran dos cursos de economía novohispana, que dicho sea de paso daban más flojera que un discurso del Peje.

Pero, de forma inesperada alguien se dio de baja en Historia de la India y ahí ¡voy que te quedó jabón! La inscribí al instante. No dude no un segundo.

El curso abarcó desde el periodo de Alejandro Magno hasta el siglo X. Yo, que nomas sabía de los yogures que se chutaba Gandhi, me quedé asombrado.

La maestra tenía una habilidad mágica para adentrarte en el tema. No se quedaba sólo en generalidades, sino que te lograba transmitir el contexto de la época con los relatos de viajes y crónicas de la nobleza.

Naturalmente, como siempre pasa con todos los sabios, los temas no se limitaban a lo obligado en el curso. Ella siempre estaba enterada del presente y nos pedía nuestra opinión de cualquier tema en la agenda del momento. Me enseñó a no idealizar la Historia, dejar que los hombres o mujeres mostraran toda su crueldad o bondad a flor de piel para interpretar bien los hechos.

Como era de esperarse, el tema del holocausto salió solo. Nunca lo negó, ni trató de proyectar su angustia entre nosotros. Un día se arremangó la blusa y nos mostró su tatuaje del campo de concentración donde murió toda su familia. Para mí fue un momento que me marcó para siempre. A través de sus ojos vi aquello que nos vuelve frágiles hasta en el autobús de camino a casa. El renacer.

Sus relatos me hicieron recordar una novela de Auster, donde uno de los protagonistas cuenta que una chica judía avecindada en Berlín ya no pudo salir de Alemania antes de que se recrudecieran los ataques y el ministerio del exterior cancelara los pasaportes de salida. Así sin más, un día le llegó una carta de un soldado de las SS que estaba enamorado de ella. En secreto. Siempre a obscuras. Le pidió a la familia que la dejaran ver por última vez a cambio de su libertad a algún país lejano.

La chica, que en un momento dudó, acabó aceptando. Se sentó en una banca de parque por 3 horas fingiendo leer un libro mientras era observada. Estaba muerta de pánico, pero aguantó estoica. Al otro día lo prometido se cumplió. La familia salió a Estados Unidos y se salvó.

Así imaginé a Eva Uchmany y a cientos de miles evitando la muerte. No me imagino el terror que debió vivir. Hambre, violencia, desolación, desesperanza. Y sin embargo sobrevivió, como cada que siempre terminaba la clase dando el carpetazo con un “la vida sigue”.

Es verdad. La vida siempre sigue, sin importar quién muera o qué tirano gobierne o qué novela se publique. No hay descanso cuando logras escapar de tus fantasmas y, al final, siempre hay otro campo para atravesar. Siempre.

In memoriam Eva Uchmany

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