Una antigua deuda los separó por años. No se habían dirigido la palabra desde 1982. Nadie de la familia estaba seguro, bien a bien, el origen del pleito. Unos decían que se habían peleado por la misma mujer, otros que el mayor le había vendido 20 vacas enfermas al menor, muriendo a escasos días de la transacción, mientras que las otras 20 vacas del primogénito permanecieron sanas.

El café estaba vacío. Si acaso unos viejos farfullaban unas palabras en alguna mesa del fondo. Se podía escuchar hasta el sonido de un alfiler cayendo. Los dos tensos. Mirándose frente a frente. Afuera llovía como si se hubiera derramado un jarrón con flores inútilmente reanimadas. Dicen que en la vida hay 3 momentos en los que no se puede agachar la cabeza; en el matrimonio, en la enfermedad y en las deudas. El asunto pasaba por resolver el mecanismo de pago.

Y así empezaron. A puro metrallazo para acribillar a la verdad.

-Te fuiste con Amelia.

-No es cierto, ella me dejó por ti.

-Hazte wey.

-¿Ya vas a empezar?

-Pus, ¿qué querías? Si me las pones de pechito, las tengo que prender de bolea.

-Niega que te gusta pasarte de listo.

-Todo lo contrario, ya ves como papá no se dejó de aquellos bastardos que querían quitarnos nuestra herencia.

-Entonces a eso se reduce la cosa, al pinche dinero.

-¿Cuándo, no? ¿O prefieres que la peor marrana se lleve la mejor mañana?

-Bueno, ya. A ver. Ponte al tiro. ¿Hacemos corte de caja o le seguimos hasta el año 2053?

-Yo creo que ya es tiempo de olvidarnos de tanta mamada y enterrar el hacha de la guerra, ¿no crees?

-¿Estamos a mano?

-Lo estamos. Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Para celebrar, ambos pidieron dos tazas del mejor cacao oaxaqueño. Comenzaron a platicar de la infancia, recetas de cocina, los hijos, el fútbol y hasta del PRI. Al cabo de una hora, el menor se excusó para ir al baño y como ofrenda de reconciliación le dejó tres monedas doradas de chocolate que tanto le gustaban a ambos cuando eran niños. El mayor vio con ojos de amor a su pequeño, al ver sobre la mesa un recado escrito sobre una servilleta cerrada. Dedicatoria especial.

Pasaron diez minutos. Luego quince, luego veinte. Eso ya no era normal. El hermano mayor se levantó de la silla y fue al baño. No había nadie. En el mingitorio pegado a la pared había una ventana abierta. Lo bastante grande como para emprender una graciosa huida.

De vuelta a la mesa ya estaba la cuenta de las dos tazas y tres panes de dulce. El frío entró por la puerta y un hormigueo penetró hasta el corazón del primogénito. Cerró los ojos y tomó la servilleta, como quien ya sabe a qué hora lo decapitan.

“¡Toma chango tu banana, cabrón! Ahí, le pagas al mesero con tus moneditas de oro chafa, tú me la pelas.”

-¡Hijo de pu…!

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