Mentiría si no dijera que le mente la madre al cielo al menos un par de veces. El diagnóstico de la dermatóloga fue contundente. “Dermatitis Herpetiforme. Ni un gramo MÁS de gluten”. A partir de ese momento comencé a recordar todos esos grandes momentos en los que me acompañó la harina. No lo niego. Casi lloro… de risa.

Mi primera cita a los 16 fue en una pizzería. La masa estaba horrible, pero la salvaron unas rodajas de pepperoni más grandes que la luna. Cuando me titulé, me metí hasta por los poros 5 rebanadas de pastel de chocolate. Ni hablar de las pedas con harta cerveza donde acababa hablando hasta por los codos. Y cómo olvidar las tortas afueras del metro CU que te dejaban ciego con aquellos aguacates tamaño nuclear y los deliciosos cuernitos de chocolate de PANMEX. ¡Son re adictivos los bastardos!

Resulta que no ha sido el fin del mundo. En realidad, he sobrevivido a la guerra de los panes con más gloria que pena. Siempre he pensado que nuestro comportamiento digestivo es cultural. Comemos según nuestro estado de ánimo o cuando se nos da la chingada gana. Ni orden, ni progreso. A las 2 de la mañana somos capaces de ordenar una orden de pollo de KFC y a las 3 de la tarde maltratar a nuestro estómago con una sola manzana. Masticamos más con la vista que con la boca. ¿Qué es lo que se necesita entonces para llevar una vida sana sin morir en el intento? Ser un cínico como el pato Donald. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas.

La saciedad está conectada en forma proporcional a nuestro valemadrismo. Si somos capaces de dominar la tentación ya estamos del otro lado. No se trata de aguantarse como niño meón las ganas de devorarse unos hot cakes, sino comprar cosas frescas en un mercado. Ir con la corriente en vez de tirarnos al drama. Satisfacer nuestros gustos más sibaritas.

Ya llevo unas 5 semanas sin harinas. No sólo me siento más ligero; he redescubierto sabores que pensé enterrados para siempre, ya no me dan ansias de antojos, acabo satisfecho y los depósitos en el Bañorte han estado de diez. Usted también inténtelo amigo lector, le aseguro que no se arrepentirá. No le dijo que ya no coma nunca jamás, sólo sustituya carbohidratos por proteínas y verá que su fuerza se verá duplicada al doble. No tenga miedo. No se va a morir de hambre. Le aseguro que en menos de lo que canta un gallo, hasta los chayotes van a saber a paraíso y se deprimirá menos.

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