Dicen adiós tantas veces que vuelven a reencontrarse con su sombra, cada vez que dan vuelta al globo, una vez, dos veces, tres veces. Respiran serenos, como queriendo acordarse de aquella vez que tocaron el mar y se quedaron dormidos sobre su lecho de cartón.

Su voz clama por justicia. Les han quitado la ropa y la inocencia. Reciben insultos en la cara y son encerrados en barrotes. ¿Quién podría saber qué cantan por las mañanas?

Y sin embargo, caminan. Bajo el sol del Sahara, a través de la selva del Soconusco, entre los escombros de Damasco, sobre las ruinas de Sarajevo. Todos son anónimos, pero el imaginario los ha bautizado con el estigma de la innombrable vergüenza. No debería ser así. Tienen una mano delante y la otra atrás, son a ellos a los que les han robado todo.

Su voz es la misma que se escucha al atardecer sobre las copas de los árboles. Las golondrinas han ido a afinar sus instrumentos, no tardarán mucho en repararlos. Pará estirar las cuerdas sólo requieren un poco de sol, esperanza en do y un compás de espera para obtener servicios de salud. No piden nada a cambio, quizá de vez en cuando madera para el rudo invierno y un techo capaz de resistir los truenos de julio.

Allá van. Con el corazón en la mano . No se dan por vencidos. Dejarán de encontrarse con su sombra hasta que los veamos, frente a frente, para decir: te quiero.

Dedicado a todos los migrantes del mundo.

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