Fue en la estación de Auditorio cuando me acordé de mi padre. Él, que siempre nos había ofrecido conciertos gratis en casa, no estaba más para darme una letanía. El coche se descompuso en la mañana y tuve que ir a mi boda en transporte público.

Yo no sé si él hubiera estado a gusto con mi futura esposa. Ella es simpática, se caga en los machos y nunca ha votado. Es la antítesis de él. Furibundo admirador de los que asesinaron al Che Guevara, esposo infiel y fanático del Real Madrid. Supongo que en cada sobremesa ambos habrían acabado por firmar otro armisticio de Versalles con una de mis botellas de vino.

Se preguntarán cómo carajos un padre conservador pudo haber parido a un anarquista cínico como yo, que se mezcla entre el pueblo y le paga el pasaje a la viejecilla minusválida. Pues para todo hay una respuesta.

Cuando tenía 8, él regresó alcoholizado de la oficina y quiso pegarle a mi mamá. Me despertaron los gritos y el forcejeo como si se estuviera librando otro Stalingrado. Al punto casi de ahogarla, me acerqué por detrás y le estampé un jarrón en la cabeza. Casi ni le dolió. Lo que yo no sabía es que el muy cabrón había escondido un arma dentro del jarrón. A veces le entraba lo suicida.

Lo miré igual que en el pelotón de fusilamiento. No tuve tiempo de parpadear. Quité el seguro y apunté. —¡Tira ya puto!, que vas a matar a tu propio padre—dijo. La frase justo me recordó lo que aquel celador le dijo al Che antes de morir.

Sudaba. No miento. Estaba temblando de miedo. Bang. Edipo ha vuelto a casa. Le di a la única cosa en toda la casa que tenía un atisbo de sonrisa. La foto de su boda. Mis padres de punta en blanco. Queriéndose. Amándose. El cristal roto en mil pedazos.

Después de eso mi padre jamás nos volvió a pegar. Dejó el alcohol y abandonó a su amante. Regresó. Nos crió como pudo al pasar de los años. El recuerdo de aquel asesinato simbólico se borró en las tinieblas del tiempo.

Un mes antes de la boda me avisaron que un infarto le arrancó la vida. Sentí como si me hubieran dado un balazo en el pecho. Estuve a nada de posponer todo. No voy a mentir. Tenía hartas dudas sobre Elena. Y de nuevo él, un hijo de puta al que nunca se le pasó nada. La última vez que lo fui a visitar,, ahí estaba en su cuarto de hospital. La foto de él y mi madre restaurada en su marco.

Desperté. Casi me seguí de largo hasta la terminal. Fue una ceremonia bonita. Invité a todos los del autobús, que opacaron por completo a los fascistas amigos de mi padre. Otra victoria por goleada de los rojos. Mi madre me besó en la frente. A Elena le encantaron las flores. La próxima vez iré a la boda de mi hijo en tren volador.

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