Sonaba Bob Sinclair en la radio y todos andaban jodiendo con ese chiflidito pegajoso y de mierda. Me incluyo. Pero eso no era lo que me ponía contento; era la calle, el moho creciendo en los árboles, la gente, los colores.

A los 20 años nadie tiene los pies en el piso. Lo único que cuenta alrededor es el chocolatín de desayuno, Champs Elysees bajo la lluvia, una cerveza que chorrea del cuello semen embriagante.

Me acuerdo que en un hotel de Ámsterdam las luces rojas dilataron mis pupilas. El mundo allá afuera quería que lo tomara. Lo asfixié a besos cuando me masturbé enfrente de un Rembrandt y pensaba: —¿a dónde se han llevado mi vida?

En Florencia hice el amor con el David y me tomaba del glande como quien promete volver de la guerra. Me hundí en su costado, pensando que aquella muralla fortificada resistiría contra cualquier ariete del desengaño. Mi eyaculación bautizó las aguas del Arno y ese año hubo cosecha triple.

En Niza, una mujer de ébano me contó cuando el mar se desvistió para ella una noche de invierno. La mantequilla del oleaje se mezcló con la leche de su pecho, y entre los dos dieron a luz al despertar. Ese mismo que nace cuando las parejas se dan de comer en la cama.

Llegué a Madrid exhausto. Casi sin fuerza para continuar. El viaje había acabado. Permanecí acostado sobre la grama de Retiro. Inerte. En espera de alguna maja con faunos a su alrededor. No llegó nadie. Y ahí me quedé. Saciado. Feliz. Porque después de que un viaje llega a su fin, hacer el amor con uno mismo es el inicio de una nueva canción de verano.

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