En 1986 Tamara murió en un accidente automovilístico. Aquella noche estábamos todos en mi casa celebrando la publicación de su primera novela. Si ella no estaba ahí con nosotros, como el sentido común dicta, fue porque ella volvía de Querétaro porque había ido a visitar a su padre en la cárcel.

La noticia me fulminó. Nadie lo sabía, pero ella y yo habíamos iniciado un romance. No era una relación en sentido estricto, digamos que nos hacíamos compañía el uno al otro, y en ínter nos brindábamos cariño. Yo me acababa de divorciar y ella había roto con su tercer novio. No debíamos explicaciones a nadie.

Una semana antes de su partida nos quedamos platicando desnudos en la sala. Era la primera vez en que nos resistíamos a los apetitos de a carne. De repente, durante el juguete inicial, me detuve para ver uno de sus lunares en la espalda y ella comenzó con un sueño recurrente que se le había presentado.

La Ciudad de México con mar. No me parecía en primera instancia algo elocuente o difícil de imaginar. Error fatal. Era alucinante. De repente, uno volteaba detrás de los edificios altos de Reforma y se le presentaba una enorme mancha azul. Pero no es que fuera eterno. Nada de arena o barcos. En realidad se trataba de un océano interno, así como el Caspio o el de Aral. A la circunferencia la flanqueaban el tráfico, la gente y el metro metropolitano.

Tan real fue la sensación que me transmitió Tamara, que incluso pensé que aquello era real. Que en algún lugar saliendo de Avenida Insurgentes o frente al Palacio Nacional habría algún mar para echarse a nadar después de la jornada laboral. Por supuesto nunca lo encontré. Al otro día, que amanecimos sentados en el sillón viendo hacia la calle, se confirmó lo que siempre habíamos sospechado: —tú y yo nunca vamos a estar juntos, ¿sabes? Por eso es tan perfecto. Soy muy feliz cuando vengo a tu departamento— dijo Tamara.

En el velorio mis amigos estaban con caras largas. Intenté llorar. No pude. No me salía. De un plumazo se habían borrado todas las noches de vino y orgasmos. Ni siquiera recordaba el rostro de Tamara. Como si nunca hubiera existido.

Alguien interrumpió mi soliloquio. —¡Qué chido! ¿Ya vieron que hay afuera? Les dije que iban a desentubar el Río Magdalena— dijo Rolando.

Me levanté extrañado. Aquello era una estupidez. Debe ser un error o alguien copió la broma de Homero Simpson con su proyecto, a la “posmo”, de inundar las calles de Springfield. No. Ahí estaba el mar de Tamara. Era más azul que la plastilina de Play Doh. Bellísimo. Las olas rompían contra las banquetas. Había gaviotas sobre los semáforos. Al otro día se evaporó. Ella no volvió más. Sonreí. Me quedé con sus cenizas en casa.

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