No tenía ni puta idea de dónde estaba. Creo que por los rumbos de la Merced o Tlahuac. Así es señores. Soy tan cabrón que puedo estar en dos lados opuestos de la ciudad al mismo tiempo. No vi las placas. Me subí. Quedaban 100 pesos en el bolsillo.

Era un taxista amigable. No voy a negarlo. De sonrisa afable y bigote a la Pedro Infante. Aunque también podía pasar por un talibán. De hecho, ese fue el tema que de inmediato surgió en la conversación. —Y llegaron los del Mossad para meterle 40 balazos, joven. No quedó tierra sobre tierra. Es mejor pasar como un don nadie, ¿a poco, no?

Las luces de la ciudad me bañaban la cara. Tenía muchas ganas de volver el estómago, pero tenía una sed horrible. No debí mezclar tequila con Smirnoff. Mis amigos me habían dejado tirado y la única solución posible era desahogarme con el primer extraño que encontrara. —Fue mi culpa, Roberto se chingó el dinero de la nómina y no dije nada. Soy cómplice— susurré.

El taxista no me dio bola. Siguió en su soliloquio shakesperiano como si estuviera actuando frente a una gran audiencia. Sus palabras penetraban en mí igual a un eco de muchos años atrás. Era mi abuelo en el mercado dando consejos a señoras que no sabían cómo preparar un mole y él sin saber ni jota de cocina. —El perro entró a la casa y se empezó a joder a la señora. Tenía un pito enorme. Le juro que es verdad. Nadie me lo contó, yo lo vi.

Una llamada entró al celular. Un fulano me pidió unos datos personales para gestionar una tarjeta de crédito. No le hice caso y le colgué. Ahora que lo pienso, igual bien pude haberle dicho que sí para reponer el dinero de la empresa y endeudarme al doble por los intereses. Al menos no iría a la cárcel, pero estaría condenado a vivir de una dieta a base de pan y agua. El taxista vio mis ojos tristes y dijo: ¿Sabe qué necesita usted, joven? Una buena pachanga. Acá cerca hay un teibol bien animado. Le cobran la copa al 2 x 1. Si quiere lo llevo.

Por fin llegamos a mi casa. El taxímetro se paró en 99 pesos. Era mi día de suerte. El taxista calló. Por fin. Me abrió la puerta muy decente, igual que un chofer de limusina. Me sentí todo un ejecutivo. Le estiré el billete. Él lo rechazó. No entendía nada.

—Mire, joven. Aquí entre dos, me lo iba a secuestrar dos cuadras antes de llegar para vaciarle todas sus tarjetas. Pero ya vi que entre camaradas de clase eso es jugar sucio. Se le ve que no tiene ni en qué caerse muerto. Guarde su billete y acuse a su amigo. Eso de robar el dinero de la nómina no es de gente decente. ¡Cuídese! ¡Adiosito!

—¡Vaya! Un taxista que sí escucha. Esto sí merece celebrarse— dije pata mis adentros. Abrí el refrigerador y me tomé una botella de whisky y sin llorar. Ja.

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