Recuerdo que era octubre de 1999. Pumas jugaba para la mierda y no le ganaba ni a un combinado de niños de primaria. El rival en turno era Necaxa. No se podían augurar muchas esperanzas.

Estábamos en casa de Rogelio para terminar una maqueta escolar. Éramos unos nalgas miadas. Los quince años de la inocencia. Hicimos una pausa para ver el partido y después terminar el trabajo. Por supuesto, nunca llegamos a hacerlo.

Todos queríamos ver a Campos de delantero. Era la única esperanza. Nuestros delanteros eran incapaces de meter gol en el Arco del Triunfo. Eso sí, en el de la Derrota hasta seguro les pagaban 5 millones de dólares extra por entrar. Rogelio, de la nada, hizo una apuesta interesante. Era el único fanático del Necaxa en el país, además del presidente. No quería vernos sufrir.

—Miren. Encontré el armario donde mi papá esconde las botellas. Cada cinco minutos de partido todos tomamos una tapita de tequila, y así sucesivamente, hasta el minuto 90. Es poquito. Ni se les va a subir. Así se olvidan de su equipo tan mediocre ja, ja, ja.

—Estás pendejo —dijo Mauricio.

—Yo sí le entro —respondió Tomás.

—Hagámoslo más interesante. Si Campos mete gol, todos bebemos hasta acabarnos dos botellas. ¡Por la amistad y por el fútbol!

Se me quedaron viendo asustados, pero el orgullo les picó y aceptaron la apuesta. Nadie se iba a levantar del sillón hasta que el silbante terminará el partido. Estaba seguro. Campos y los Pumas ganarían esa tarde.

Nada de lo que anticipábamos estaba sucediendo hasta el minuto 30 de la segunda parte. Pumas ganaba 3-0, pero Campos seguía en la portería. Obvio. Ya no lo cambiarían como delantero. Sólo lo metían cuando el equipo necesitaba darle la vuelta a un partido. Los 3 cambios ya estaban hechos. El destino nos jugaba una mala pasada. Tenía el deseo de gozar mi primera borrachera. Mi equipo me lo estaba negando.

Minuto 35. Gol de Necaxa. Minuto 40. Gol de Necaxa. ¡Otra vez, no! De nuevo nos sacarían la victoria. Los últimos 5 minutos fueron de infarto. Era un tonto juego de jornada 8, y sin embargo, para nosotros era como la final de la Copa del Mundo.

Minuto 47. Tiempo agregado. Falta a favor de Necaxa en los linderos del área. A defender el resultado. Los once de Pumas defendiendo el área grande. Un ensueño de otoño. Sentía los párpados pesados, la mano dormida. Centro. Centro. Centro. Centro. ¡No! Cabrón empate. 3-3. Rogelio se quitó la camiseta. Corrió como loco por la sala. Nosotros 3 en un funeral.

—Momento —dijo Tomás.

—¿Qué pasa? —dijo Mauricio.

—Autogol de Campos. Autogol de Campos. EMPUJÓ la pelota con el puño. El pendejo quiso despejar y la metió —dije atónito.

Mauricio, que en un principio no deseaba beber y era más papista que el Papa, se alegró como si fuera un niño con juguete nuevo. Estaba contentísimo. —Es el destino. ¡Alabado sea el Señor y sus grandes vinos consagrados que nos ha regalado!

Reímos. Nos abrazamos, incluso. Entre fanáticos rivales no existe el ateísmo. Bebimos, por supuesto. Y vomité como 5 veces en la noche. Nuestros padres nunca lo supieron. Reprobados en la materia, obvio. Pero sacamos 10 en Amistad. Aún nos seguimos reuniendo para beber, incluso cuando Pumas y Necaxa empatan a cero.

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