Nadie sabe a donde pudo haber ido. Lo último que supimos de ella fue un pastel a medio comer sobre la ventana y el plato de croquetas vacío. Hambre no ha de tener, pero frío seguro sí. Es vulnerable. Tememos lo peor.

El año pasado se peleó fuerte con Matilda. Las dos querían pasar el tiempo con el mismo juguete. No había forma de que lo usaran por turnos. Una vez, Camila arrastró sus patas traseras mientras la otra dormía. Babeó de contenta cuando el chillido invadió toda la casa. Su rival apretó la quijada para no romper en llanto.

Tiempo después se unió Romeo. Un callejero rompecorazones que trató de conquistar a Matilda con un baile estilo Elvis Jagger Abdul Jabbar. No funcionó. Camila, en cambio, lo llevó al Corona Capital y se divirtieron a lo grande. Me dio mucho gusto por los dos, pues ambos son bastante solitarios. De vez en cuando es bueno salir con amigos. Cuando Matilda se dio cuenta que Camila y Romeo salían empezó a jugar al gato y al ratón. Le hablaba a él por cualquier pretexto. Hasta insistió en acompañarlo al clásico en la cancha del Atlético San Gato.

Como se esperaba, Camila no se dejó y se unió al mal tercio. Anduvieron los 3 asaltando camiones de Marinela repletos de pastelitos cremosos, además de que hurgaron la basura del vecino. Al caer la noche, Matilda le plantó un beso a Romeo. De muy mal gusto. Le dejó embarrado un fideo en el cachete. ¡Puaj! Regusto a cigarro. <<Mejor me voy a dormir, dijo el galán>> Camila le preparó un licuado de menta y tortillas para quitarle el sabor de boca. Además le prestó su frazada favorita. Eso hizo enojar más a Matilda, que siguió y siguió insistiendo para separar a los dos amigos. Ninguna táctica funcionó.

Hasta que pasó lo inevitable. Un día que Romeo estaba pastando en el jardín para limpiarse el estómago, Matilda hizo volar un pájaro de plástico falso para que su compañero lo cazase. Grave error. Las alas se le quedaron incrustadas en el cuello y por la noche murió. Eso puso muy triste a Camila. Ya no tendría con quien comer flores de jacaranda en plena primavera, ni rascar hoyos para esconder tesoros. Su ánimo se fue apagando. Cada vez que el canario del vecino se ponía a cantar, alzaba su hocico para oler la madera de la chimenea quemándose por cada ladrido ahogado. A Romeo le gustaba mucho quedarse viendo el fuego como si se tratara de un adolescente frente al televisor.

Quizá fue a buscarlo río abajo. En la otra orilla habita una fauna variopinta que toca Smoke on the Water hasta el cansancio. Ahí podría estar Romeo. Rockeando hasta las orejas. O quizá tocando la armónica al ritmo de BlackBird. Era un perro hippie. Él siempre dijo que le habría gustado morirse al lado de una parvada, como si estuviera en un concierto. Volviendo a nacer.

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