Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Primero se le vino a la mente invitar a su jefe para mandarlo, sin escalas, derechito a chingar a su madre. Luego, volverse narcotraficante para transporte de cocaína en cubitos de Knorr Suiza. De plano, descartó ambas opciones. El jefe, adicto a los tacos de carnitas, sufría de diarreas tan severas que no llegaba al baño más cercano, ni montado en el JetStar 1968 de Luismi. Con la droga el asunto es más complicado. El Knorr Suiza tiene más químicos que George Harrison en un día de juerga y solo lo compran los que no saben cocinar. No es negocio.

N salió a toda prisa de su casa para encontrarse con su hermano. No le encantaba mucho la idea, pues, de Paseo de las Palmas a Tecamachalco tardaba menos de 5 minutos en llegar con su Chevy Joy; lo que para él ya representaba una proeza mayor a la de Filípides en Maratón. En su mente se dibujaron toda clase de espectáculos que montaría para divertirse durante las rutas más largas. Haría declamar poesía a un enano que, al mismo tiempo, enfrentase a KeMonito. Jugaría golf de prendas. Apostaría el dinero de la nómina en la ruleta durante una turbulencia.

—No te vas a creer lo que me pasó —dijo N eufórico.

—Ni idea. Será que ya dejaron de vender cerebros, al lado de las baterías, en el WalMart

—respondió Z, el hermano sarcástico de N.

—¡Me gané el avión presidencial!

—¿Incluye portavasos en el tablero?

—Eso y más. Hasta tiene una enorme sala de juntas para declararle la guerra a Kazajistán.

Mientras N describía con lujo de detalle las prestaciones de su nuevo juguete, Z recordó aquella vez en que jugaron Stop con las vecinas del edificio donde vivieron en la infancia. En vez de calcular los pasos para pisarle los pies al rival, se tenía que dar un beso trompudo. El que más fuerte tronaba, ganaba la mesada de los domingos. Durante la sexta partida, Mónica de Rusia estaba más lejos e imposible que una nevada en primavera. Yolanda de Senegal se moría del susto debajo del aro de basquetbol. Z de Japón estaba a tiro de piedra. N de Costa Rica no lo dudó. Dio tres pasos descomunales hasta África y ¡zaz! El perro Cucho apareció dando brincos

en el aire, con tremendos lengüetazos, al oír el chiflido de Z, justo antes de que ambas bocas humanas se encontrasen. N nunca se lo perdonó.

—¿Y qué vas a hacer ahora con todo esto? —preguntó Z.

—Bueno, primero lo voy a aspirar, cambiar los asientos, ponerle un aromatizante — respondió N.

—Hablo en serio, wey.

—No pos, viajar, ¿qué no?

—Hace rato que mi mamá pregunta por ti. ¿Por qué no la pasas a visitar en estos días?

—Ay, no manches. Está hasta Querétaro.

—Para eso está el pinche avión.

—Sí, pero luego me va a aventar su letanía de por qué no le di nietos, que esto, que lo

otro.

—Una escapada que podrías hacer hasta en triciclo y ni eso sabes hacer bien. Ya ni la

chingas con tus pretextos. Mira, ya déjalo así.

—Equis, mano. ¿Y qué pedo? ¿Si te vas a apuntar a Las Vegas para ver una pelea en vivo o se te abre?

—Me saliste más cabrón que bonito —dijo Z, resignado.

Al instante, N telefoneó a R. Su ex, de la que nunca se divorció. Se conocieron en un medio maratón. En el kilómetro 18, a R le dio un calambre que la tumbó al suelo. N, que nunca tuvo problemas de potasio porque se acostumbró a robar, cada vez que la ocasión lo ameritaba, los plátanos de la casa de su abuela, hizo un alto en el camino para ayudarla. De hecho, por las altas temperaturas, R se empezó a sentir mareada y vomitó en la cara de N. Para él, que nunca se había jugado la vida por los jugos gástricos de nadie, le pareció lo más tierno del universo.

—¿No lo vas a vender? —preguntó R, desorientada?

—¿Y quién me lo va a comprar? Si ahorita en todo el mundo hay una recesión que no alcanza ni para comprar cacahuates a plazos. No señor. Ahora es el momento de capitalizar mi activo y explotarlo hasta que me canse de él —respondió N con firmeza.

—¿Acaso no has pensado en los gastos de mantenimiento?

—No hay pedo. Para eso me busco a unos asesores financieros, bien macizos, que le sepan sacar una buena tajada cuando no lo esté usando.

—¿Y dónde lo vas a guardar? Porque no es como un vocho, que cabe en cualquier cochera de vecino.

—Ya sé. Tu prima esa. La que vive ahí por Toluca con todos esos terrenotes baldíos que están sin usar. Ahí hay espacio de sobra hasta tus cachivaches que no usas y están oxidados en la bodega.

—¡Qué considerado eres! No es mala idea. Oye, ¿sabes cuál es el vuelo más corto del mundo?

—Ni idea.

—Colonia/Buenos Aires. Trece minutos. No duró. La compañía área que cubría esa ruta tronó a los pocos años.

—Bueno, pero… ¿eso qué tiene que ver con lo que acabo de decir?

—Que tú, en doce, desmadraste un matrimonio y eso es más de lo que yo me tardé llevando esa caminadora de mierda e inservible, que me regalaste después del embarazo, hasta la bodega. ¡Ahuecando el ala, culero!

N apretó la mandíbula, pero prefirió irse en silencio antes de perder los estribos. Estaba amargado, pero eso no le quitó de la cabeza su plan maestro. Regocijarse con su egoísmo mientras los demás batallasen en la fila del Metrobús. Decidió no llamar a sus pocos amigos riquillos. En los aviones no se sirve buena comida. Siempre ofrecen lo mismo. Pollo o pasta. Ni siquiera el vino es bueno. Sabe a jugo Boing de uva en cartón. Esos tipos tenían el paladar más fino que la reina de Inglaterra. ¿Y si se burlaban de él igual que su hermano y su ex?

Por fin. Llegó al hangar presidencial a mediodía. Ya lo esperaba la comitiva para la entrega de la nave. Era el día más feliz en la vida de N. Al menos así lo creyó hasta antes de que le dieran las llaves del motor.

—¡Muchas felicidades, señor! El día de hoy estamos aquí reunidos para hacer entrega solemne de la magna rifa organizada por…

—¿Me deja usted tocar la llave? —preguntó N, desesperado como niño en juguetería.

—Sí, pero antes debo externar el enorme agradecimiento por quitarnos este gran peso de encima y para conmemorar la gesta heroica de los Niños Héroes y…

—Claro y Juan Escutia voló por los aires con la bandera, bla, bla, bla. ¡Ya dígame! Si me estrello contra un águila, ¿el avión está asegurado? ¿Tengo que pagar deducible?

—Sí, eso está garantizado. ¿Por qué tanta prisa, señor N?

—Pos, ¿por qué cree? ¿Acaso nunca le ha pasado, cuando viene del super, que los jitomates llegan medio mallugados? Si no los meto al refri, se me van a echar a perder.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿A dónde piensa usted hacer su primer viaje?

—Tengo muchas cosas en mente. Ya sabe. Unas compritas por aquí. Una visita a la playa por allá. Un congreso en la ONU por acullá.

—O sea que usted no tiene ni idea.

—Yo no lo pondría en esos términos.

—Lo siento. No podemos darle este avión.

—Pero, ¿cómo fregados no? Si yo compré el boleto a toda ley y resultó ganador. Me tienen que respetar mi premio.

—No es por echarle la sal, pero, fíjese usted lo que ha pasado desde el inicio. No me ha dejado terminar el discurso, no se sabe las mínimas reglas de tráfico aéreo, baila de un lado a otro como si le anduviera de la pipí y encima me pregunta con una pinche águila incluida en la lista del libro de siniestros. Usted es un desastre.

—Ni modo que le preguntara por los resultados de la Selección. Es un vehículo, como cualquiera.

—Imposible darle este avión si usted no sabe un destino fijo para avisarle a la torre de control. Si no se le ocurre nada en pleno vuelo, va a dar miles de vueltas como pendejo hasta que se quede sin gasolina. Adiós nave, adiós señor N. Si me entiende, ¿o no? Ponga en orden su vida y ya después nos llama y vemos, si se lo mantenemos en resguardo, o de plano lo encuentra desvalijado en la Lagunilla.

N se retiró en silencio del hangar. Se quiso regresar en metro, pero una marcha de Antorchistas se lo impidió. Tuvo que regresar a pie. Con su caja de jitomates sobre la cabeza. Descubrió, en efecto, que se habían mallugado tanto, que no servían ni para puré.

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