Noveleta sin pretensiones

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Capítulo I

—¿Sabes qué es lo que más me emputa de la vida, querido Zorro 2? —pregunta Andrés a su segundo al mando, tan campante como si estuviera destapando un Caribe Cooler en Tulum.

—¿Los retenes del alcoholímetro? —dice Leonardo.

—No, wey. Que la pinche gente nunca sabe la diferencia entre un happening y un performance.

—Y tú, ¿cómo lo definirías si tuvieras que explicárselo a un tipo todo meco en la uni? —murmura Valeria.

—Muy fácil, Vanilla Ice. En el performance le dices a tu chava que eres un Dios en la cama. te doblas todo chingón, pones la cara así como de Palazuelos en Muchachitas y en el happening le pides perdón por venirte en 15 segundos, así todo tierno tipo Marina Abramović para que no te reclame. —aclara Andrés.

—Pinche naco, wey. Por eso todos en la oficina ya están hasta la madre de tus mamadas —dice Silvia, mejor bautizada en el bajo mundo del hampa como Candy Candy.

—Naco y todo, pero, ¿tengo o no tengo razón?

Los tres amigos de toda la vida de Leonardo se le quedan viendo con una sonrisa tímida en los labios, como quien escucha resignado la letanía del burócrata por no saber llenar un formulario. Al final, aunque moleste, el líder siempre tiene la razón.

Desde niños, aprendieron a conocerse hasta el más temido secreto. A cubrirse las espaldas. Leonardo nunca le dijo a Silvia que Andrés se paseó desnudo por Reforma la madrugada del 13 de septiembre del 2001 al quedar rechazado en su lista de pretendientes. Silvia nunca le dijo a Valeria que Leonardo se hizo pasar como su novio en la cena de graduación de la secundaria para que su papá no sospechara de su verdadera orientación sexual.

A pesar de las pequeñas diferencias, los cuatro comparten un vínculo que sostiene su amistad de manera inexpugnable. Y no es sólo esa complicidad que les anima a atender el teléfono, a altas horas de la madrugada, cuando alguno necesita ayuda. Se trata de algo mucho más banal.

En noviembre de 1993, las cuatro familias estaban reunidas en uno de los jardines del Hotel Kristal en Puerto Vallarta, cuando dio comienzo la matanza del Christine. Las balas se escuchaban como pájaros estrellándose contra el cielo cristalino. Los niños no se asustaron. Creyeron que se trataba de sapitos y palomas, como era costumbre tronarlos en época de posadas. La cálida luz de las lámparas parecía que enarbolaban una verbena.

Andrés, tomó la guitarra de su padre y como si fuera un arma de animación masiva comenzó a tocar a sus amigos Wind of Change. No era la primera vez que lo oían, pero sí la primera vez que lo escuchaban. Se quedaron maravillados con su voz, mezcla de Luis Miguel con un dejo de niño mimado de la Narvarte. Al final, les repartió a cada uno una Tutsi Pop.

—Listo, ya se corrió la última patrulla del turno. Pilas, muchachos. Esto es en fa. Si nos dejan, ya saben qué hacer. —dice Andrés, en suma motivado.

—Nos vamos a querer toda la vida… —responde Valeria, con humor.

—Esperen un momento, ¿no se les ocurre de lo más estúpido que todos tengamos pseudónimos, menos tú? —pregunta Leonardo.

—A mí me parece que “líder” cuenta como un buen alias, es muy original —dice Silvia.

—Sí, wey. No hay pedo. Piénsalo de esta manera. Al tener toda la responsabilidad, automáticamente me puedo echar la culpa y así ustedes zafan.

—Tiene razón. ¡Vamos, carajo! ¡Quiero ver esos pinches huevos bien puestos! —grita Valeria.

—Un, dos, tres, ¡Tutsi Pop! —gritan los cuatro inseparables.

Bajan del auto Andrés, Silvia y Arturo. Valeria se queda en el Mustang con el motor prendido. Pone una estación que le ayude a quitarse los nervios. Pone la hora de los Beatles en Universal Stereo. Leonardo se pone una máscara de Salinas de Gortari y ensaya como si estuviera audicionando para una obra en el Foro Shakespeare. Andrés, el más asustado, aunque no lo demuestre, aprieta la mandíbula y corta cartucho de los 45. Ha estado este momento por tantos años. El bailarín está listo para entrar a escena. Sus pasos tendrán que llevarlo más rápido que Luis XIV si quiere salir con vida.

—¡Manos arriba, culeros! A partir de hora cierran la boca o se los lleva la chingada —grita el que todos aclaman como el líder.

Es el asalto del siglo, pero no durará. El dinero no da de comer a los artistas. Es otra cosa que llaman “gloria”.

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