Noveleta sin pretensiones

Cookie man

Capítulo 3

El primer balazo se estrelló contra uno de los cajeros automáticos, que estaba junto al área de atención a clientes. El bullicio del exterior, aunado al ambiente de las fiestas patrias hizo creer que se trataba de algún cohetón festivo.

Al ver la punta de la pistola, la cajera dudó entre apretar el botón de auxilio y proteger su vientre de siete meses de embarazo. Sus nervios eran tales que quebró con la mano derecha un grueso crayón de madera. Andrés le apuntaba directo a la cabeza entre la rendija del cristal blindado.

—Escuchen muy bien, hijos de la chingada. No traten de hacer nada pendejo, o si no, se van de acá con un plomazo en el culo. Si cooperan con nosotros, esto les va a durar menos que una pinche misa de gallo —dijo Líder.

Leonardo sacó de su bolsillo una tableta y se apostó sobre una de las cámaras que colgaban de la puerta a escasos centímetros de su cabeza. Con un simple clic la iluminación del lugar se fugó hacia un rincón donde nadie podría encontrarla. El sistema de seguridad quedó bloqueado. Luego, como si se tratara de un maestro de orquesta, se montó a un banco y conectó un megáfono a una de las lámparas. Todos se quedaron perplejos al escuchar sonidos extraños de gaviotas, olas y pregones de vendedores ambulantes ofreciendo cocos al 2 por 1. Aquella grabación Leo la bautizó como “La Risa en Banamex 3”.

—Así me gusta, bien portaditos. ¿Ya ven que no somos tan culeros? Les estamos disparando un viaje hasta Acapulco de a grapa. Ni caseta tienen que pagar. Ahora bien. Todos los hombres, se van a colocar boca abajo de mi lado derecho. Las mujeres, junto a los cajeros a mi izquierda. ¡Rápido, rápido! Mi compañera Candy Candy les va a echar una manoseadita para checar nomás si por ahí no hay un pinche Rambo o Judicial que nos quiera jugar chueco.

Silvia tenía las manos más suaves de toda la Ciudad. Cuando Valeria se enojaba con ella porque había olvidado llamarla por la noche, pasaba sus yemas sobre el mentón con un movimiento de pinza y, de inmediato, se sentía igual que recoger uvas de un viñedo. Su trato dulce conquistaba a cualquier persona, sin importar que la conociera de años o en tiempos recientes.

—Están limpios, Líder —dijo Candy Candy.

—¡Muy bien!, ahora vamos al paso 2. Vanilla Ice, ¡es hora! —dijo Andrés.

La cuarta integrante blandió la ametralladora y se dirigió, con mirada fúrica, al gerente. Era de pocas palabras. Más brava que un toro en ayunas. No le gustaba que le dijeran qué hacer, y tenía poca paciencia. Soltó un revés, tan fuerte, que le rompió los lentes al pobre empleado.

—¡Llévanos a la bóveda, o te rompo el pene! —dijo Valeria.

Malherido en su orgullo y cara, el gerente abrió un cajón y sacó un juego de llaves. No tenía control de su cuerpo. Un hilito de orina asomó por la ingle. Valeria sonrió satisfecha, y justo, cuando se disponía a humillar a aquel empleado con uno de sus sarcasmos, un niño dijo:

—Mamá, ¿por qué ese señor llora por el gigio?

Andrés se quedó estupefacto. Por un segundo, casi se le resbala su arma de las manos. Leo alzó los hombros en señal de disculpa. No tenía por qué. Se supone que a esa hora de mediodía ningún niño debería andar metido en un banco, sino en la escuela. Por su baja estatura, pasó inadvertido al inicio del amague. Candy Candy se puso a rezar. Vanilla Ice, ni tarda ni perezosa, se quitó la máscara.

—¡Qué bonito, niño! Oye, se ve que tú le debes dar mucha lata a tu mamá, eh. ¿Por dónde está? —dijo Valeria.
—Es la señora cajera que está junto al ratón vaquero —contestó la criatura, confundiendo a Leonardo con un cowboy del viejo oeste.
—¿Y quiéres que te cuente una historia? Pero va a ser rápida eh, porque estamos jugando con tu mami a policías y ladrones —dijo Valeria, mientras mecía los cabellos del niño, no sin antes, habiendo mostrado un guiño cómplice a la aterrorizada cajera embarazada en plan de apaciguarla. Candy Candy no haría nada para poner en peligro en dos niños. Así lo había jurado. Desde aquella noche.

—Había una vez un cochinito, un pato y un perro. Los tres eran excelentes cocineros y sus postres eran los más envidiados de la región. Un día, el alcalde del pueblo lanzó el concurso del hombre galleta más grande del universo. Aquel que lograra inflar el suyo hasta el cielo, ganaría una dotación de dulces de por vida.

—Adoro las galletas —dijo el niño.

—Total, que nuestros tres amigos querían ganar ese concurso a toda costa. El cochinito pensó que si hacía bolitas de algodón y las metía al horno de microondas, éstas se inflarían hasta formar una enorme barriga. Pero zaz, no funcionó. Quedaron chamuscadas.

Era tal la mímica y la actuación tan convincentes, que los rehenes empezaron a meterse en la historia de Valeria.

—El pato fue hasta el pantano para juntar lodo. Con su máquina de hacer tortillas comenzó a amasar y amasar, hasta que le quedó un monigote de cinco metros, pero se le olvidó meterlo al congelador y el sol lo derritió todo. Se puso a llorar, pobre.

—¿Y el perro? —dijo el niño.

—Ese fue el más inteligente. Le llamó a su amigo Gato el carpintero, y se puso a talar árboles como loco. Pensaba que si usaba madera y luego la metía al horno, lograría que su hombre de galleta llegara lo más lejos. Sudó hasta que se le agotó la fuerza de los brazos. Metió su monigote al horno mágico y ¡pum! Su galleta creció hasta la luna. Ganó el concurso.

—¡Bravo, bravo! ¡Qué ingenio! —gritaron los rehenes.

Valeria sacó su soplete, con el que pensaban sacar el dinero de los cajeros automáticos, y comenzó a hacer juegos encendidos como los traga fuego de las esquinas. Su número de cirquera con el que triunfó la noche en que Leonardo se consagró con el Himno a la Alegría. Cuando se giró para colocar su arma sobre una silla, el niño sacó una de sus triki trakes y la colocó sobre la tierna llama.

—Mira, yo le voy a ganar al perro —dijo el niño emocionado.

Un flamazo enorme salió por el ducto de aire. El humo negro comenzó a rodear la sucursal bancaria. Los rehenes comenzaron a gritar auxilio. Andrés explotó en furia.

—¿Qué haces pendeja? Te dije que no trajeras esa chingadera.

Una alarma de camión se comenzó a escuchar calles adelante. El estertor de una galleta extra crujiente. Las ventana comenzaron a empañarse y el dióxido de carbono penetró por la puerta.

—Son los bomberos, ¡carajo! —dijo Zorro 2.

Valeria sonrió y sostuvo al niño en brazos, como quien protege a una tortuga recién desovada. La cajera lo recibió en su regazo y comenzó a llorar en señal de agradecimiento. Dicen que la suerte favorece a la mente más preparada.

—¿Se puede saber por qué carajos celebras? Se puede estar incendiando todo el puto estacionamento en el piso de abajo —dijo Líder.

—¿Y por dónde creen que los putos polis nos pueden entrar si intentan una labor de salvamento? Las puertas, que dan hacia la bóveda de abajo, se cierran automáticamente, vía remota, en caso de emergencia. Protocolo estándar de seguridad. Los tenemos justo tomados de los huevos. ¡Merci, mi querido Líder!

—¡Jaque mate, camarada! —gritó emocionada Candy Candy.

—¡Smoke on the water! —cantó Zorro 2, moviendo la cintura en señalar de festejo.

Andrés, que tan pocas veces sabía reconocer cuando Vanilla Ice hacía algo bien, rio satisfecho. Y se acordó de la vieja Valeria, aquella que alguna vez fue frágil y casi pierde la vida en sus brazos, en una clínica clandestina de aborto. Esa fue la única vez que la vio llorar. Su sueño era haber podido jugar a la galletas con su hijo.

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