Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 4

De camino al hospital lo único que recuerdo son los gritos de mi madre cuando se quedaba encerrada en su habitación, tras recibir tremenda madriza de uno de sus varios esposos. Mi padre se había largado desde que nací, y desde aquel entonces, tuve una colección de padrastros más grande que la de mis tazos.

Estaba sola. Ni siquiera Silvia se había quedado en la Ciudad. Su primo se la llevó a un no sé qué retiro espiritual en Querétaro y la única prima, que tenía por confidente en aquel entonces, se le había ocurrido no hablarme porque me sorprendió robándome uno de sus labiales. Así que el único ahí era Andrés. Ni siquiera sé cómo carajos nos hicimos amigos. Éramos como agua y aceite. Y sin embargo, el tipo tenía una habilidad para hacerte reír con sus pendejadas en momentos super complicados. Sí, eso debió ser.

La ambulancia casi atropella a un viejito en la entrada de emergencias. Sonaba alguna idiotez melancólica de Juan Gabriel en el radio. Se estaba nublando. Sí, puta novela rusa en pleno verano chilango. La sábana estaba más salpicada de sangre que la madre esa con la que cubrieron a Cristo. No es que sea muy creyente, de hecho soy budista. El punto es que siempre me ha gustado exagerar las cosas y hacer drama por todo. Por eso estudié teatro. Y sí, ¿cómo carajos no revolverse por el suelo?, cuando te acabas de meter unas pinzas caseras para hacerte un legrado sin intervención médica.

Pasé una semana de miedo. Tuve un montón de pesadillas. Por las noches soñaba que un toro me perseguía por Periférico, y yo por más que aceleraba en mi nave espacial, él daba brincos descomunales para respirarme en el cuello. Y es que todo había sido obra de Magallanes. El pedófilo director de la secu que, por años había sido señalado en casos de violación contra varias alumnas, pero como era un santo los papás jamás habían puesto en entredicho su “reputación”. Conmigo fue dizque más sútil. Primero, seguido me daba para mi lunch cuando no traía nada de comer. Luego, me daba ciertas tareas como excusa para salir de la clase de mate y “rescatarme” del aburrimiento. Claro. Yo me dejé consentir, pero nunca jamás se me pasó por la cabeza tocar a ese vejete.

En la graduación, que por cierto me cagan ese tipo de eventos, todos estaban emocionadísimos porque el bueno de Magallanes había conseguido rentar una casa en Cancún para el viaje de generación. ¿Quién carajos podía autorizar a unos mocosos de quince años viajar con un maldito depredador? Nadie cuestionó nada. Ni siquiera algunos de los maestros que daban por ciertos los rumores que salían por las ventilas de la escuela. De muy mala gana acepté ir. De eso a quedarme con mi mamá en sus tareas de bordado todo el verano, mejor aguantar a uno que otro niño castroso que se empeda con un simple Caribe Cooler disfrazado en un cartón de jugo.
Pasó en la segunda noche. Estábamos bailando en la terraza de la fiesta. Cero alcohol, obvio. Magallanes, con su intuición de perro policía, confiscó botellas a granel. Yo lo único que quería era estar cerca de Mónica, pero la maldita estaba enamorada de Andrés. Para no variar. Más que estar enojada con él, la maldecía a ella por no haber apreciado el beso que nos dimos en el gimnasio. Se lo había robado. Igualito que el pico de una golondrina rozando los pelitos de un girasol. <<¡Qué asco! A mi no me da vuelta la tortilla>> dijo. Eso me rompió el corazón.

Como a la quinta canción yo ya estaba como mareada. No era normal. Acostumbraba a correr a diario y hacía mucho ejercicio por las tardes. El estómago comenzó a dar vueltas. Vomité en uno de los cestos de la cocina. Obvio, ahí estaba el buen Magallanes para “auxiliarme” y decirme que me fuera al cuarto a acostarme. Perdí la noción del tiempo. Sólo recuerdo su mano poniéndome un paño frío sobre la cabeza y su vaso lleno con Coca Cola que no burbujeaba. Me quedé inconsciente.

Me desperté tarde. El tipo ya había eyaculado. No fue la típica escena donde la doncella grita por su vida y el malo se ríe como en una película de Walt Disney. No. Estaba tan aterrorizada que ni fuerzas me quedaban para decir nada. Solté una lágrima, eso fue todo. El maldito, que para cubrirse la espaldas, tampoco decía nada, se abrochó el pantalón y salió de puntitas por la puerta. ¿Quién lo hubiera dicho? La indomable Valeria, que siempre se le había puesto al brinco al profesor que le pusieran enfrente, indefensa y derrotada. Adiós, jodida adolescencia.

—Tienes que decirme quién fue —me susurró Andrés al oído.

—¿Y para qué? Para que vayas a darle una madriza y soluciones todo como típico machito de cuarta. Olvídalo —le respondí.

—Pero eso no puede quedar así como así. Va contra las reglas. No puedes salir al mundo y pisarlo, esperando un perdón en vez de un castigo.

—Puede que tengas razón, pero a mí, ¿quién me quita este puto dolor del corazón?

Por fin lloré. Con todas mis fuerzas. Como nunca lo había hecho. Inundé el cuarto del hospital, el baño, el quinta piso, la pinche ciudad entera. Era una Penélope, implorando al Olimpo que Ulises no volviera a Ítaca. Que se quedara ahí, perdido en el mar, junto a todos los hombres de mierda. Había perdido toda esperanza. Era un cascarón. No quedaba piedra sobre piedra. Pasara lo que pasara, la mancha nunca se borraría.

A la semana salí del hospital. No recuerdo mucho tampoco. Mi maltrecha madre, la abnegada que me pidió perdón por haberme desprotegido se tiró a mis pies. Ni la volteé a ver. Así de cruel fui. Estaba tan amargada que dejé de ensayar. La comedia griega se convirtió en mi realidad. Aquello no podía ser más insoportable. Pero, por alguna extraña razón, Andrés no me dejaba de visitar todos los días. Era un extraño caso de apego involuntario. A veces se sentaba frente a mis peluches y les preguntaba cosas. Hacía funciones completas de Shakespeare. Yo me reía. Lo imposible.

Poco a poco comencé a salir. Primero a la sala, luego a la esquina. Pasó un año y me sentía como nueva. Un día que caminaba con Andrés por un chocotorro, se cruzó una sombra. Vestía como de los años cuarenta. Con esos sombreros de detective que nadie usa ya. Los pies se me quedaron aferrados al suelo. Me puse pálida. Casi me desmayo, pero alcancé a decir el apellido: Magallanes. Así, seco. De frente, pasó un camión de Coca Cola. La mente me transportó de lleno a aquella noche. ¡Claro! Eso no era refresco, era ron. Había entrado por mi boca en algún momento. Su regusto amargo me hizo pensar lo peor. El puto ese me drogó. Comencé a gritar, a patalear. Andrés me subió al coche y me tranquilizó. El ataque de pánico me duró como unos quince minutos.

—¿Y qué carajos ganaríamos con denunciarlo? Nada. Sale quemado él, y yo quedo como una prostituta de le por ante los ojos de esta pinche sociedad de pacotilla —dije.

—Pero hay que hacer el intento, darle su merecido. Que el mundo sepa la clase de monstruo que es —respondió Andrés.

—Sueñas, querido. A esos tipos les fascinan los reflectores. En vez de sentirse humillado, se va a creer galán de telenovelas.

—Ya verás. Ese wey me las paga porque me las paga.

Y así fue. Dos semanas después, gracias a una denuncia anónima, un vecino sorprendió a Magallanes entrando a su departamento con una jovencita a las dos de la mañana. El tipo estaba ebrio. Una sopa de su propio chocolate. Accedí a hablar de nuevo con él. Hacerme cercano. Le volví a hablar con tono de “enamorada”. Ni se las olió. Detrás de la puerta ya lo esperaba Andrés, que sin prender la luz le dio un golpe en la cabeza. Me fui y él se quedó arreglando la habitación. La sembró de ropa interior de adolescente, colegialas desconocidas en bikini, revistas de niños y finalmente la obra maestra. Mi vengador se puso una peluca, implantes y pasó la noche con mi violador. A la mañana siguiente la policía entró a su recámara y lo vio todo. El villano tuvo que confesar.

Andrés se convirtió en mi héroe. No por haber sido trans por una sola noche. Sino porque me demostró que estaba hecho de buena madera. Aunque me destanteó un poco su frialdad. Era capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quisiera. Y eso me daba un poco de miedo. La noche en que sentenciaron a Magallanes me sentí renacida. Fui al mar y lo miré la madrugada entera desde mi habitación. No dormí. Penélope zarpó a otro sitio. No se quedó en Ítaca.

Del disco favorito de Valeria

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