Noveleta sin pretensiones

Capítulo 6

Pasaron unos siete años para que Valeria me perdonara por no haberla ayudado en su aborto de emergencia. Pero, ella también tuvo un poco de culpa en el asunto. Nunca me dijo nada. Se lo tragó todo. Entiendo que era mucha la vergüenza y la crisis del momento, supongo yo, la petrificó. No obstante, no confiar en tu mejor amiga, cuando se supone está ahí de manera incondicional, me causó algo de decepción. Ella dice que lo decidió de último minuto porque no soportaba la idea de mirarse al espejo como alguien indigna frente a su pareja. Bueno, eso es mucho decir, porque ella era muy enamoradiza y tuvo varias novias. Lo que quiero decir es que tenía un pavor a que una vez dando a luz, su amor propio y sexual quedaran sepultados para siempre. Para una lesbiana quedar preñada por un hombre, nunca es cosa fácil.

No estuve ahí porque mi papá siempre estaba empeñado en mantenerme ocupada en tiempos de vacaciones. Nada de ocio, pura acción. Que un campamento por acá, que un curso de inglés por allá, que un club de la ONU por acullá. A los 15 no eres dueña de tu vida, ni siquiera para elegir tus zapatos. Haces lo que te mandan. No tienes voz propia. Encima, agreguen que tu papá es un general retirado del ejército; antiaborto, antirockero, antiespiritual, antigay y antipático. Nunca me lo dijo de frente, pero siempre quiso alejarme de Valeria. No soportaba su insubordinación, su rebeldía con la vida. Para él eso era peor que levantarse a las cinco de la mañana para combatir narcos o guerrilleros en Oaxaca.

Cabe decir que el “afortunado” general, o sea mi padre, armó una fortuna de la noche a la mañana. Cuando estaba en la primaria la situación estaba dentro del parámetro normal. Departamento de medio pelo en la Portales, dos vochos en la cochera, chicharrón con salsa verde para desayunar, misa en domingo y escuela pública. Pero, después de lo que pasó en Puerto Vallarta, la cosa comenzó a cambiar. De a poco comenzaba traer regalos a la casa, y de su cartera siempre sacaba puros billetes nuevos de 500 pesos. Al salir de sexto, nos mudamos a San Jerónimo a una casa de tres pisos con jardín. Mi mamá dejó de ir al salón de belleza en Iztapalapa para hacerse el pedicure con las ricachonas de San Ángel. Mi hermano se fue a estudiar a Estados Unidos. De pronto, ya éramos de otra clase social, como si eso fuera una especie de virtud. A mí me fastidiaba un poco.

Valeria nunca me negó nada. Ni andaba conmigo por interés como todos los demás del salón. Le daba igual si yo tenía un peso o doscientos. Nunca mencionó nada de los choferes que me llevaban a cualquier lado, ni se fijaba en mis zapatos nuevos. Se quedaba conmigo al acabar el taller de barro a lavar los cacharros. Luego, salíamos a la esquina por una hamburguesa y nos íbamos al parque. Había días en los que ni siquiera hablábamos. Nuestros pasos contra el concreto eran los que llevaban el ritmo de la conversación, y las hojas cayendo en otoño les respondían.

Recuerdo muy bien una noche, después de mi última clase en la facultad, en la que fuimos juntas a una función de magia. No me acuerdo bien quién me había conseguido los boletos, quizá, fue una especie de casualidad inesperada que no se toma en cuenta en el momento, y después perdura para toda la vida. El mago se llamaba Mr. Roboto. En vez de sacar conejos de su sombrero, sacaba fajos de billetes. El público ingenuo pensaba que era dinero de verdad y se peleaban como perros por un miserable ejemplar. También lograba que dos monos se besaran y caminaba sobre el agua. El truco que más me gustaba era el del enterrador. Igualito que Houdini, se metía en un ataúd y ordenaba a sus ayudantes que lo echaran a una zanja que, de inmediato, la llenaban de tierra. Así pasaban cinco minutos, luego diez, luego veinte. El público comenzaba a asustarse. ¡Pobrecito, ha de estar muerto! De repente, el tipo salía de la nada por una de las puertas laterales del escenario. Era un maestro del engaño.

Nos metimos a su camerino al finalizar la función. Parecíamos dos colegialas en un concierto de los Back Street Boys. Le pedimos un autógrafo y nos tomamos unas fotos con él. Hablamos de poco y nada. Venía de una familia de cirqueros en línea contínua desde el siglo XIX. Era vegetariano y odiaba a George Bush padre. Eso lo deduje porque era mitad mexicano, mitad iraquí. Había viajado por el mundo casi en la miseria. Se iba de incógnito en barcos pesqueros y se quedaba por temporadas trabajando en los campos o en las minas. De un momento a otro surgió el tema de por qué un mago nunca revela sus trucos. Valeria dijo que porque era de mala suerte, yo porque es más fácil vivir engañada esperando la verdad que morir en la mentira. Él no dijo nada. Bebió su café y comenzó a empacar sus cosas.

—¿De verdad no nos piensa decir el truco? ¡Ándele! No sea malito —dijo Valeria.

—Síganme —respondió el mago.

Estábamos frente al ataúd. Era negro y tenía las esquinas chapadas en oro. Parecía como uno de esos autos elegantes que son capaces de llevarte hasta el espacio. Puro lujo. Las manos de él estaban agrietadas. Llenas de surcos. Una vida de historias, también de hambre. Se asomó a la zanja y echó unas flores. Una lágrima se salió de un ojo. Se puso a orar en silencio. Luego nos miró a los ojos y nos dijo. —Antes de que mi padre muriera me repitió las mismas palabras de Alejandro Magno. “Me vas a enterrar con una mano adelante y otra atrás”. Te dejo mis ojos y mis recuerdos. Cuídalos bien. Valen una fortuna”. Eso fue todo. Se fue como cuando se le acaba el agua a un pozo. Y desde entonces no he parado. Por un momento siempre fui celoso de mis trucos. Nunca dejé que nadie interfiriera con ellos. Era como un Santo Grial. Prometí hasta el último abrazo de mi padre que cambiaría mi suerte y me haría rico. Para honrarlo Porque creí que eso era la felicidad. Nada más errado. Entre más éxito tenían mis actos, menos dinero me llegaba. Y así comprendí que venimos a esta vida a hacer reír a los demás. Es un tesoro que nunca se agota. Ustedes se tomaron la molestia de venir hasta acá a felicitarme, así sin más. Se sintió muy bien. Saben, hasta ahora, después de un largo tiempo, nadie me había vuelto a preguntar por mis trucos. Eso quiero regalarles hoy. En honor a mi padre quiero decirles cómo funciona El Enterrador. Seguro le divertiría estar aquí con nosotros.

Era más simple de lo que creí. Los ayudantes tapaban al mago con una capa después de que éste se metía al ataúd. Adentro había un resorte que se conectaba a un túnel que conectaba a la zanja con la parte lateral del escenario. El mago lo único que tenía que hacer, estando ya enterrado, era rebotar y salir arrastrándose hacia la salida. Lleno de tierra, dos de sus edecanes lo limpiaban y le daban un cambio de ropa. Así. Elemental. Un astuto topo nocturno. Nos despedimos de él casi como a las cuatro de la mañana. La noche se nos había hecho eterna. A la semana de aquello, mi papá tuvo una embolia y lo tuvimos que llevar al hospital.

Valeria estuvo conmigo todo el tiempo apoyándome. Fue maravilloso. Me acompañaba cuando salía a comprar medicamentos, cuando tenía que bañar al general, cuando le decía a mi mamá que podía llorar si quería. Por desgracia, no todo fue miel sobre hojuelas. Después de un mes internado, mi papá regresó a casa, pero la tormenta comenzó. Mis dos hermanos mayores aprovecharon nuestra ausencia para llevarse algunas herramientas y muebles de la sala. Los vendieron dizque para pagar una tarjeta de crédito.

Al principio fueron precavidos a la hora de ir saqueando las cosas de mi papá, pero después a los descarados ya no les temblaba el pulso para encajar el diente. Aprovechando que mi papá estaba bastante tocado, tramitaron un poder legal que les dio el acceso a las cuentas bancarias y a los inmuebles registrados a su nombre. Hacían y deshacían como querían. Mi mamá horrorizada se metió a una lógica incomprensible del síndrome de Estocolmo. —Ay, no juzgues a tus hermanos, hija. Ellos cuidan de nosotras y de tu papá—. Nada más falso. Eran unos rufianes sin remedio. La gota que derramó el vaso fue cuando hipotecaron la casa para usar el dinero en una apuesta “arreglada”. Los estafaron y encima nosotras teníamos que pagar los platos rotos. Nuestra discusión llegó hasta oídos del general, que escuchaba desde su habitación, y ahí quedó todo. Murió al instante de un infarto.

Los días posteriores fueron insoportables. Tuve que encargarme de los trámites y fungí como paño de lágrimas para mi mamá. No había testamento, así que estábamos en completo estado de indefensión. Si yo no actuaba a tiempo, mis horrorosos hermanos eran capaces de dejarme a mí y a mi mamá en la calle. Pero no encontraba forma. Cualquier cosa que intentara, ellos lo interpretarían como una traición u ofensa, lo que les daría armas para demandarme. Estaba platicando de todo esto con Valeria, cuando surgió la palabra “mágica”. —Y si hacemos un “enterrador”. Al instante, no capté lo que me quiso decir, hasta que el fino bigote del mago me devolvió la sonrisa al rostro. Era tan guapo como mi papá. —Pero, ¿cómo haremos? —dije. —Si tus putos hermanos quieren guerra, guerra tendrán. Los haremos caer en su propia trampa, aunque nos ensuciemos las manos —contestó Valeria.

El entierro estaba programado para el mediodía. Cientos de familiares se aproximaron a la Ciudad desde Matamoros, desde Sinaloa. Mi papá tuvo amigos por todos lados. Un escenario de una despedida digna. La trampa dio comienzo con un documento. Tomé la mano muerta del general y firmé un ejemplar falso de un testamento. El notario no interpuso ni pío. Era tan amigo del general que era capaz de hacer cualquier cosa desviada. Lo puse sobre la mesa de la cocina. Al otro día mis hermanos lloraron de felicidad. Todo era para ellos. Ni yo, ni mi mamá aparecíamos. Lo firmaron de inmediato. Luego, en la agencia funeraria mandé que se colocaran dos ataúdes. Uno para el general, y el otro para su escopeta a la que quería mucho. La llamaba; “mi segunda esposa”.

Unos mariachis comenzaron a tocar el rey. Una valla de uniformados verdes colocó una bandera mexicana en el ataúd donde reposaba mi padre. La lloradera era hasta ridícula. Gente que yo nunca había visto en la vida queriéndose aventar a la zanja para acompañar al general. Mis hermanos también eran un mar de zozobra. Discursos de guerra. Bendición de un sacerdote ex guerrillero. Cañonazos al cielo. Di la orden de bajar ambas cajas. La despedida. Poco a poco la gente se fue retirando. Mis hermanos me guiñaron el ojo, y encima sonriendo. Eran abominables. Comienza la función. Volvimos por la noche. LOS DE SIEMPRE. Leonardo, Andrés, Valeria y Silvia. Los incondicionales. La tumba estaba en una de las orillas del panteón. Fue más sencillo de lo que pensé. Al otro lado de la barda había un callejón sin luz. Ahí me estaban esperando mis enterradores con el cuerpo de mi papá, rebotado por el truco del ataúd. La escopeta se quedó en el otro, como siendo testigo silencioso de mi crimen. Que no era tal, sino justicia divina.

El segundo entierro fue más majestuoso. Sublime. Sin gente rara. En silencio. En paz. Honesto. El general así lo hubiera querido, aunque no tuviera tanta estima a Valeria. Siempre que nos veía nos decía: “Amistades largas y cuentas claras”. Le daba gusto que yo tuviera esa clase de amigos. Él, que nunca pudo darse ese privilegio, lo lamentó toda su vida. Les dimos a los enterradores una botella de whisky. Y todos tomamos juntos hasta el amanecer. Adiós papá. Te amo. No importa que hayas sido un rufián conmigo. Me enseñaste a luchar para defenderme hasta de mi misma. Aún no se acababa el espectáculo. Tercer acto. Llamada anónima a la policía. Unos delincuentes, que se hacen llamar mis hermanos, se apoderaron de unos candelabros de oro. Los fueron a buscar uno por uno. —No son suyos, joven. Esos bienes le corresponden a la Biblioteca de la Ciudad. —Pero, ¿cómo es posible? —dijo mi hermano menor. Mi papá nos dejó todo. —Se equivoca. Además se le acusa de fraude, cohecho y lavado de dinero. Ya súbase a la patrulla.

Por supuesto, mis hermanos no se quedaron de brazos cruzados. Mandaron, desde el reclusorio, a unos de sus pelafustanes a profanar la tumba de mi papá. ¡Sorpresa! No había cuerpo, obvio. Sólo una escopeta y una nota: ¿De verdad creían que aquello que firmaron era el testamento definitivo? Montaron en cólera. Nunca más los volví a ver. Uno se intentó fugar por un túnel y se quedó sin aire a medio camino. A otro lo trasladaron a Puente Grande. Eso es el problema con los novatos. Piensan que ser un criminal es muy sencillo. Todo lo contrario. Es regalado. Hay que ser buena persona. Nada más. Como yo. Como la Banda Universal integrada por Zorro 2, Líder, Candy Candy y Vanilla Ice.

Adiós, querido viejo.

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