Noveleta sin pretensiones

https://onlyoldphotography.tumblr.com/post/54158190293/onlyoldphotography-yale-joel-excellent-set-in

Intermedio

 —Tranquila, Silvia. Agáchate. Imagina que estamos en el jardín cazando caracoles —dijo Valeria.

—Los malosos salieron por todos lados. Nos pueden encontrar —murmuró Leonardo, temblando de miedo.

—No nos van a encontrar. Olvidan que tenemos el super poder invisible —dijo Andrés, orgulloso.

—Quiero irme a mi casa —pensó Silvia, aterrada. Había dejado sus muñecas en la Ciudad. Nadie estaba ahí para atenderlas.

Los cuatro niños escondidos en un ovillo del jardín del hotel se mecían los cabellos. Contaban las detonaciones que parecían emerger de un volcán en furia. Se escuchaban, a lo lejos, algunas sirenas y aspas de helicópteros, pero también parecían aterradas con la tolvanera y se quedaban a prudente distancia para no quedar atrapados en medio del infierno.

Andrés, quien era el más influenciado por las películas hollywoodenses, donde siempre gana el “bueno”, ideaba un plan en su cabeza. Primero, se encontraría con un arma abandonada a su suerte de algún maloso, y con ella comenzaría a abrirse paso entre la maleza, cubriendo la espalda de sus amigos. Había visto Rambo quinientas veces y, en todas, salía saltando de la cama sin ningún rasguño.

Leonardo tenía la convicción que estaba viviendo una pesadilla. De un momento a otro, despertaría en su cama, alejado del peligro y más mojado que nunca. Todavía mojaba las sábanas sin control, cuando sus nervios le jugaban una mala pasada. En su mente, le parecía adecuado actuar como un referí de boxeo. Los policías ahorrarían tiempo y no tendrían que estar cazando, un por uno, a todos los gatilleros. Él sólo sería suficiente para pacificar a todos con unas cuantas palabras ¡Ya no se peleen! ¡Los voy a acusar con mi papá!

Silvia y Valeria permanecían abrazadas. Una a la otra se tapaban los oídos, la boca. Ambas creían en fantasmas desde que una vez, en la escuela, se habían quedado a jugar dentro del salón en lo que las recogían. Ya era tarde. No se escuchaba a ninguna maestra o encargada de limpieza, cuando tres o cuatro pelotas de los casilleros comenzaron a botar. Chocaban contra el suelo como granizo. Una y otra vez. Valeria, que se jactaba de ser valiente, abrió de un jalón el primer casillero. Adentro no había nada. Silvia gritó como nunca. Su amiga trató de llevársela a rastras. La tranquilizó acariciándole el cabello. Ella no pudo gritar. Su abuela le había dicho que si lo hacía, quedaría muda para siempre.

—Parece que ya acabó. Gracias a Dios —dijo Leonardo.

—Hay que regresar. Nuestros papás deben de estar preocupados —dijo Silvia.

—Ajá, con lo mucho que te quieren, deben de estar llamando a Locatel —dijo Valeria en tono de burla. Siempre lo hacía en los momentos más incómodos.

—¡Miren! ¿Qué es esa cosa negra que se está moviendo por esas macetas? —dijo Andrés. Los tres amigos lo siguieron en automático.

Más parecido a un tejón, aquel bulto comenzó a roer las hojas. Las cercenaba sin piedad. Solo gruñía y levantaba un poco de polvo. Junto a la barda perimetral del hotel, se escuchaba el sonido de un taladro que picaba la pared con persistencia. La sombra se acercaba cada vez más hacia ese punto. Primero, despacio, en puntitas.Después, trotando. Luego, apuntando. Sí. Apuntando la cabeza de Leonardo.

—¡Pinches chamacos! ¡No se muevan o le vuelo la cabeza a su amigo! Se van a quedar bien calladitos, eh. No vayan a cagarla —dijo el tejón convertido en un gatillero en fuga.

—No nos vaya a matar, señor. Le prometemos que no diremos nada —dijo Silvia, aterrada. Quiso gritar de nuevo, pero la mano de Valeria nuevamente se posó sobre su boca.

—Suave, señor. Suave. ¡Por favor! Déjenos ir. De veras que no queríamos molestarlo —dijo Andrés.

—Ahora la beben o la derraman. Aquí, mi compa Heriberto está haciendo un hueco por esta pared para pelarnos de acá. Ahora se chingan. Cuando termine, los dejamos ir.

—Es usted uno de esos malosos que estaba en en ese lugar para adultos, ¿cierto? —dijo Valeria, envalentonada.

—Mira que chamaca tan inteligente. Así es, chula. Pa que te cuento que nos querían dar piso allá, pero no pudieron conmigo y con mi fierrito me chingué gratis como a 5 o 6 . ¿Cómo la ves?

Leonardo se había desmayado. Ya no es escuchaban tiros. La noche se había quedado callada. Demasiada sangre había ido a parar hasta el mar. Las palmeras apenas se sacudían. El tiempo se hacía eterno. Por un momento, Andrés pensó en aventarse contra el tejón para quitarle el arma. Aquel acto heroico cruzó por su cabeza como si al nacer hubiera quedado como una misión ineludible. Pero, en el mundo real, las cosas son más crudas que en las películas. El matón sangraba de un costado y se le alcanzaba un ver trozos de piel desgarrada. Aquello le dio asco.

—Vientos, Heriberto. Ya casi la armas. Acuérdate que de acá nos largamos recio hasta Tijuana. Ni una sola parada. No vaya a ser que esos pendejos nos quieran dar el madruguete por acá.

—¡Alto ahí, culero! ¡Suelta a ese morro! ¡Hasta acá llegó tu suerte, Manolito!

Diez uniformados con armas de alto calibre rodearon al personaje. Uno de ellos rodeó con una manta a Sivia, que sudaba frío. Andrés se quedó maravillado con aquellos hombres que parecían vestidos como Robocop. Hasta trató de imitar a uno de ellos, poniéndose pecho tierra apuntando al prófugo con una varita del suelo.

—¡No mame, comandante! Mire todo lo que tuve que hacer para salir vivo de ese pinche tugurio, para quedar con los calzones abajo. ¡No es justo!

—Gajes del oficio, Manolito. A ver, ¿dónde está el lobito? Porque no me vayas a decir con la mamada de que se fue a la luna. ¿Quién lo tiene? ¿El Chapo? ¿El güero?

—¿Y cómo carajos voy a saber? Si de un momento a otro nos llovieron los pinches balazos y eran tantos que hasta casi me quedo ciego. ¡Ya no hay derecho! Yo no vi nada. Me pelé de ahí como pude.

—¡Hazte pendejo, Manolito! Ahora me vas a venir a querer ver la cara. No me jodas. Ese pinche lobito no quedó muerto allá adentro. Seguro el cabrón agarró madriguera y anda buscando túnel hasta Tijuana.

—De mi patrón no lo dudaría. A lo mejor el wey se ve ahí todo chirgo, pero es abusado el cabrón. Sus hermanos a veces lo subestiman.

—Bueno, ya luego sabremos qué carajos pasó. ¡Orale, mi buen! Échate ya al piso.

Manolito, el tejón o sombra que se arrastra se negó. Apretó más el cuello de Leonardo y con sus piernas sostuvo con fiero celo un maletín con piel lujosa. Su compañero, al otro lado de la barda, ya había huído desde que escuchó el sonido de las botas policiales. Estaba solo, pero había algo en su interior que lo mantenía con toda la confianza de un guerrero del norte. Firme hasta el final. Tenía la convicción de que ningún policía o militar podían ablandarlo. Su misión de proteger a uno de los miembros más importantes del Cártel de Tijuana, lo galvanizaba contra cualquier amenaza. Era como un escudo antibalas.

—Pinche, Manolito. No vayas a cometer ninguna pendejada. Es mejor que te vengas con nosotros. No hay bronca. Ahí te damos protección y nos llenas de datos pa que los gringos no se nos hagan pipí fuera de la bacinica. Te conviene, wey.

—Ni madres, puto.

—Ya me estás empezando a desesperar. Suelta a ese pinche niño y pon las manos en alto.

—Suelte a mi amigo. Él no tiene la culpa de que usted sea un maloso de lo peor. Métase con uno de su tamaño —dijo Valeria con el poder de mil diosas, colocándose entre el tejón y el comandante. En medio del caos, se pueden ver las rocas caer.

—¿Qué haces niña? ¡Sal de ahí! —dijo el comandante.

—Señor. ¿Qué espera? Le dije que suelte a mi amigo.

—¡Vaya! Miren qué tenemos aquí. Una tigresa que echa lumbre. Fíjese comandante, que no nos caería mal una niñita como esta. Tiene más huevos que todos los vatos de Baja California juntos.

—Ríndete, cabrón.

—Le ofrezco un trato, comandante. Me deja ir y como regalo me llevo a esta morra, o le digo las coordenadas del lobito, pero también me chingo al chamaco de un plomazo. ¿Qué le parece?

—Estás loco, pinche Manolito.

—Voy a contar hasta diez. Corre tiempo. Uno, dos, tres…

—Está bien. Tú ganas. Dime dónde está el lobito.

—Leo, no —gritaron los tres niños, llorando.

El tejón sonrió como cuando disparó contra su primer víctima y pateó el portafolio hacia donde estaba el comandante. El sicario le guiñó un ojo y le dijo con los labios la palabra “mapa”. Ahí, en tan solo dos segundos de distracción, fintó a Manolito como si fuese a bajar su arma, y uno de los sargentos, que estaba trepado en una de las palmeras, viéndolo todo desde arriba, le disparó al maloso a la cabeza. Leonardo se liberó al instante. Sus tres amigos corrieron a abrazarlo. Seguían temblando de miedo. Adentro del maletín no había nada. Sicario o policía. Ninguno de los dos deja nada al azar.

—¿Cómo logró engañarlo, señor? —preguntó Andrés, con los ojos bien abiertos y abrazando a su nuevo héroe.

—Lo supe todo cuando miró hacia abajo. No se iba a atrever. Acuérdate muy bien, hijo. Mira siempre de frente, como miran los hombres. A esos nunca se les moja ni un pelo en tiempo de lluvias.

Cuatro amigos y la paz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s