Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

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