Noveleta sin pretensiones

Capítulo 9

Al terminar la universidad, mi vida entró en una de esas fases donde resulta más divertido quedarte a jugar con tus sobrinitos que ir a buscar tu primer empleo. Estaba atorado. No tenía ni una pizca de idea sobre cómo empezar mi vida adulta. Por supuesto, no faltaron reclamos de Valeria. <<Te dije que te vinieras a trabajar conmigo en el puesto de dulces. ¿Cuándo aprenderás? No vas a ser niño por siempre. Bla, bla, bla.>>

Mea culpa. La timidez me había bloqueado ciertas habilidades sociales, pero mientras no había salido del mundo escolar lo peor era no ser invitado a tal fiesta o perderse la graduación. En cambio, cuando se trataba de ganarse el pan, resultaba difícil convencer a alguien de que yo era alguien de valor, si al primer momento de una entrevista me daban retortijones por el mole en pipián de mamá.

Con el fin de remediar la situación, los muchachos vinieron por mí una tarde de miércoles. Estaba algo apenado. Valeria canceló su taller de marionetas para niños que tenía programado esa tarde. Silvia fingió tener gripa para faltar a un ensayo en la Compañía de Danza del INBA y Andrés no fue al bar de costumbre a ligar con su costumbre de engañar a las chicas de que Bukowski era vegano. Mis queridos amigos. Sin ellos estaba perdido.

—¿Y qué pasó? ¿No fuiste a la audición de la Ollin Yoliztli para entrar a la Filarmónica de la Ciudad? —dijo Valeria.

¡Por favor! Esos tipos son tan corrientes que volverían al Concierto de violonchelo número 1 de Haydn en una canción de Juan Gabriel.

—Ay, Leo. Deja de ser tan inseguro. Tú puedes tocar a ese nivel sin problemas. ¡De verdad¡ Te he escuchado y me derrito todita.

El problema nunca fue mi nivel de solfeo o la forma de sentir la melodía. Lo que pasa es que me creía incapaz de pertencer a algo. Ni siquiera era dueño de mí mismo, menos de algo tan importante como una sinfónica.

—Nelpas. A mí se me hace que acá a nuestro Zorro se le aflojó el mastique comiendo caviar. ¿O me equivoco, Leo? —dijo Andrés. Lo odiaba cuando le daba al clavo.

—¡Cállate, tú! Nada más andas de amarra navajas y ni sabes qué onda —respondió Valeria. Como siempre, enojada.

Me hundí en el asiento más de la cuenta. Craso error. Era la señal cuando mentía. No podía ocultarlo. Era un tic que se me había quedado desde el campamento del club de Jesús.

—¿Neta no fuiste porque mamoneaste? —dijo incrédula Silvia.

Pues sí. Esa es la realidad. No me llegaban ni a los talones. Nadie en esa orquesta podía decir que amaba la música. Lo podía percibir en sus grabaciones que me pasó Valeria. Las notas me sonaban apagadas. Sin chiste. Yo no podía tocar junto a ellos. Me chuparían el alma.

—Ay, Leo. Todos tenemos que empezar por algún lado. No puedes llegar a ser jefe, sin antes pasar por obrero. Bueno, no pasa nada. Vente para acá, yo te apapacho —dijo Valeria. De inmediato me llevó a su regazo. Amaba eso.

—Deja de mimarlo como si estuviera en Plaza Sésamo. Lo que este cabrón necesita es una buena cogida —respondió Andrés.

—Ya vas a empezar con tus gatadas machistas. Para el auto o nos bajamos —respondió Valeria.

—¿Y por qué no nos callamos todos y dejamos de discutir como animales para elevar nuestro segundo chakra a la concordia? —resolvió Silvia. De hecho siempre que discutíamos hacía lo mismo. Nadie creía en su estilo de vida new age y sin embargo la obedecíamos. Era la que nos mantenía a raya.

Los placeres de la vida. Aire fresco entrando por la ventana. El sol en su máximo esplendor. Las piernas de Silvia colgando de la puerta. Valeria encendiendo un cigarro de marihuana. Andrés conduciendo con los ojos cerrados. Ice Ice baby en la radio. Odiaba esa canción, pero era la favorita de Valeria. No todo podía ser perfecto. Ja.

—Otra vez esa pinche cancioncita. Le voy a cambiar —dijo Andrés.

—No, déjala. A mí también me gusta —secundó Silvia.

¿Nunca se han sentido gangsters de la cuadra con cara de niño rico de Beverly Hills?

—Bueno, a ver. Como está la cosa de la chingada, dudo que el pinche Zedillo nos saque el pene del culo. No hay varo ni para montarse un pinche puesto de tamales. El país no tiene ni un varo para invertir en chicles. ¿Y quién sale jodido siempre? Pues nosotros, la clase media que sostenemos a los de abajo y nos aguantamos las mamadas de los aristócratas del Pedregal —dijo Andrés en su primer letanía política del día.

—Ay no, qué hueva. Entonces sí cámbiale de estación. No queremos oírte todo el camino como Zapatista de closet respondió Valeria.

—No, Vale. Deja que acabe. A ver. ¿Qué decías? —dijo Silvia.

—Pues sí. Como el gobierno no nos las hace buena, ni modo. No queda otra que entrarle al dinero fácil. Ellos hicieron las reglas del fuerte comiéndose al débil, ahora que se chinguen con las consecuencias. Armemos una banda.

¿Cómo que armemos una banda? Estilo Banda Machos o Los Fabulosos Cadillacs. La verdad nadie en un primer momento entendió a lo que Andrés quiso decir. Todos dábamos por sentado que seríamos ciudadanos decentes hasta el día de nuestras muertes. Hum. Estaba equivocado.

—No sean weyes. No una banda de música. Una banda de malandros. De pinches ratas blancas.

—¡No mames, Andrés! Tú ni podrías quitarle el reloj a esa viejita que está ahí en la esquina caminando con andadera —dijo Valeria.

—O sea, ¿me faltan huevos? ¿Es lo que quieres decir? —reviró Andrés.

—No, esos ya te los quitó tu última novia. La que te dejó sin carro y sin lana. ¿Ves? El asaltado fuiste tú.

—Te voy a romper el hocico.

—Déjate venir, nene.

—¿Otra vez? ¡Ya! Parecen niños de kinder —dijo Silvia.

Yo no estaba dispuesto en ir a la cárcel. Ahí violan a los primerizos, a los que tienen acné, a los que violaron antes y a los estafadores. Ni hablar. Aquello era muy peligroso. Después de un tiempo se te olvida hasta como te llamas. Es como estar atrapado en una fuga de Bach sin clavicordio.

—¿Y cómo nos llamaríamos? —dijo Silvia.

—Algo chido, algo pegajoso. Ah. Ya sé. Los Kool and the gang —dijo Andrés.

—Uta, qué original me cae. Así hasta el jefe Gorgory se orina en sus pantalones. Ah, no, ese es Rafa.

—No suena mal. De hecho tomar el nombre de algo que ya existe le da más prestigio al clan en cuestión —agregó Silvia.

Pero el chiste de una banda no es tanto el prestigio, sino la apropiación de algún simbolismo que la haga única. Como su marca registrada, pues. Igualito a la sordera de Beethoven, pero no tan drástico. Música de viento en el estadio diría el Perro Bermúdez. <<Versallesque>> <Culereeeee, culereeee>> ¡Eso es! Los Kool(eros) sin el Gang.

—¡Yupi! Me encanta, Leo. Es genial —dijo Silvia.

—Muy ingenioso, añadió Valeria.

—Ta bueno, pues. Te salió de churro, pero pasa —respondió Andrés.

—¿Y cómo nos llamamos? Cada uno, digo.

—Esa es la parte fácil. Acá mi Leo. Obvio. No hay ni que pensarlo. El Zorro Apestoso. Bueno, eso es muy largo para decirlo en el walkie talkie. Mejor Zorro 2, para que suene con más cachete. Para mi queridísima Silvia. Hum. Tan tierna. Candy Candy. Sí. Y finalmente, la bruja escandalosa del departamento 6. Ash. Pues ya. Tanto que ama su rap blanco y las malteadas del Helen’s. Que se llama Vanilla Ice. Y acá su servilleta; Papá Dios. ¿Les late?

—Vaya, hasta que se te ocurre una buena idea. Pero tu alias es muy ñoño. Tendremos que buscarte uno más corriente. ¿Y qué se supone que robaremos? —dijo Valeria.

—Ahí está el truco, chata. No vamos a ser una banda que asalte. Bueno, sí vamos a estar jugando con el bando de los malos, pero en reversa. O sea, vamos a cazarlos para después cobrar la recompensa con los polis —dijo Andrés.

—¿Y cómo carajos vamos a saber dónde están? Peor aún. ¿Cómo chingados vamos a saber cuándo van a robar o a secuestrar? No somos Nostradamus —replicó Valeria.

—Pues con inteligencia, amiga. ¿Que nunca has visto los Misterios sin Resolver o Crímenes de la Calle Morgue? Ahí los polis se revientan los sesos hasta dar con los responsables —dijo Silvia.

Sonaba demasiado fácil. Irreal. Ir de un lado a otro como Sherlock Holmes con cuerpo de Terminator requería no sólo tiempo en el gimnasio. Faltaban recursos; armas, ropa, comida, tiempo. ¿Dónde carajos aprenderíamos a apuntar con una pistola de agua sin que nos detuvieran los de tránsito? Estábamos en la esquina de Gabriel Mancera y Luz Saviñón. Mi vida yéndose al caño. Sin departamento propio. Viviendo con mis padres. Necesitaba un empujón venido de Saturno para impulsarme más rápido que Alain Prost.

—Ay, ¡qué lindo carrito de algodones rosas! ¡Ya vieron! Le salen flamas de atrás, como la caricatura de Meteoro —dijo Silvia.

En verdad era bonito. De metal, no de madera. Mucho más estético que uno de camotes. Cada vez que salían chispas de atrás se inflaba el algodón de azúcar en el cofre. Era como una combinación de nave espacial con la Feria de Chapultepec. Le sonaba música como camión de helados. Lo conducía un señor ya viejo, pero entusiasta. Niños se le acercaban por doquier. Los atraía igual que a las abejas. Billetes iban y venían. En vez de señor de los dulces parecía un vendedor de boletos de lotería.

—¿Ya vieron? Ese wey que está en el tubo. No me late. ¡No me jodas! ¿Se lo va a apañar? —preguntó Andrés, pero sus palabras se las llevó el smog.

Todo fue muy rápido. El tipo se abrió la gabardina y sacó una pistola. El muy cobarde golpeó la cabeza del señor por la espalda. Ni tiempo le dio de reaccionar. Los niños huyeron despavoridos. El tráfico estaba insoportable. Me sentía en cámara lenta. Nadie reaccionaba. Ni gritaba. Aquello era normal para ciudades como el D.F., Nueva York, Bangkok, Buenos Aires. Llega un villano a tu vida y te saca de tu riel. Porque se le pega la gana. Porque sí.

Cuando nos dimos cuenta, Andrés ya estaba sobre el tipo. Pisó a fondo el acelerador. No lo pensó. Fue en automático. Alcanzó a prender su pierna. Casi se la arranca. Fue dantesco. El hueso del fémur se le salió. Trató de dispararnos, pero su arma ni estaba cerca de él. Sólo cortó cartucho imaginariamente con sus dedos. Cayó inconsciente al piso. El carrito de los algodones también quedó destrozado. El señor lloraba de tristeza. <<Me costó diez años construirlo>>.

Llegó la policía. El dinero ya no estaba. No nos lo quedamos nosotros. Desapareció y ya. Quisimos hablar con él para disculparnos. Nos sentimos mal por haber destruido su vida. No nos quiso hablar. En la madrugada salimos de la delegación. El papá abogado de Silvia nos salvó. Ya nada podía cambiar lo sucedido. Éramos ladrones a la inversa. Imposible volver atrás. Nuestro destino estaba marcado.

Let’s kick it…

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