Noveleta sin pretensiones

luimartins.tumblr.com

Capítulo 10

La patrulla da vuelta en “U” en pleno Insurgentes. Al comandante no parece importarle mucho que el Metrobús estuvo a punto de darle un besito a su defensa. Su abuelo, quien le enseñó a manejar, expresó algún día la frase mágica que le abriría las puertas de la verdad: “Todos acabamos manejando como pendejos, incluso en domingo”.

Esta mañana ha estado un poco agitada. No está de buen humor. La cafetera de la comandancia se rompió, así que no tuvo nada para acompañar su bolillo con mermelada. Uno de los sicarios de algún cártel importante se burló del jefe de la sección 6, escapando de la puerta trasera de un Vips con un bigote de leche como disfraz. El Cruz Azul perdió por séptimo partido consecutivo y al gato le dio diarrea.

Piensa mal y acertarás. Tratándose de un policía, el refrán no tiene ningún sentido. Es un pleonasmo. En la literatura todo es muy romántico. Sherlock Holmes sentado en su oficina. Fumando su pipa y viendo llover desde la ventana. Watson dice “kaboom” y el caso queda resuelto por arte de magia. La teoría vence a la práctica que el lector no ve: rodillas raspadas, un balazo en el hígado, pistas que no llevan a nada, presidentes corruptos, esposas abandonadas. Nuestro amigo acaba de pasar por su quinto divorcio.

—Ya llegamos, mi comandante —dice el sargento segundo.

—Llama a López y pide cuatro sirenas mudas por si se calienta la cosa. Dos enfrente, dos atrás. Que no traigan los juguetes largos. No queremos espantar a los vecinos.

—A la orden, mi comandante.

La casa está en ruinas. Se ven plantas silvestres asomándose por el techo. Huele a fertilizante. En la esquina, hay dos o tres adolescentes inhalando solvente. No se molestan en disimular. Es mediodía. A lo mejor no hay nadie. O están muertos. El instinto salvaje de un criminal, se llame como se llame, es borrar el rastro para que no lo atrapen. Pero aún es muy temprano para sacar conclusiones apresuradas. El juego está en marcha y quedan todavía 99 yardas para la zona de anotación. Después del quinto timbrazo, alguien contesta.

—¿Diga? ¿Qué se le ofrece?

—Venimos a entregar la leche —responde ufano el comandante.

—¿A esta hora?

—Es que a las vacas les dio diarrea en el camino. Ahí traigo a una en la cajuela. Ya le di Pepto Bismol y medio se alivianó un poco.

—Un momento.

Toca la culata del arma como si le estuviera dando la bendición. No es para desenfundarla de inmediato. Es una especie de ritual para la buena suerte. Siente que si no la toca antes de entrevistar a alguien, le puede salir salpullido o perder en las cartas con los demás jefes por los jueves de póquer. Se escucha el pasador del zaguán.

—Mire, hijo de la chingada, aquí no queremos ninguna pinche leche, ni de burra, ni de vaca, ni de…

—¿Qué decía?

—Discúlpeme, oficial. Es que por acá hay mucho puberto que se creen acá el Güero Palma y se meten a robar a las casas. Imagínese el peligro en el que vivimos.

—¿Y qué? ¿Me vas a dejar acá en la puerta esperando como novia de rancho?

—Pase, mi jefe. Por supuesto.

En la casucha no parece haber ningún material de interés para robar. Hay unos lavaderos despostillados en un rincón. Cajas percudidas de losetas, un loro que no se calla y maletas de gimnasio con candados. Cosa por demás estúpida. Sin siquiera preguntar, el comandante saca una navaja del cinto y rasga una de ellas. ¿Droga? ¿Dinero? ¿Revistas pornográficas? No. Galletas de animalitos sin comer. Nuevas. Sin usar.

—¿Piensa salir de viaje?

—¿Yo? ¡Qué va! Aquí nomás ando de velador. Ahoritita le llamo al patrón. Déjeme ver si ya se levantó. Es que ayer llegó bien pítimo y se me desmayó re gacho en la cocina.

—Gracias, compadre.

El comandante no tiene ni que murmurar. Basta un leve movimiento del cuello, como de halcón, para alertar a sus subordinados que peinen la zona. Si parpadea, eso quiere decir que saquen fotos con su celular. A discreción. Si hace la “v” de la victoria con su mano derecha, eso significa no hacer alboroto. Si aprieta el bíceps como fisicoculturista es la llamada de alerta para desenfundar. Nada qué temer. Hace la “v” y todos tranquilos.

—Buenas, mi comandante, ¿en qué le puedo servir?

—¿Es aquí usted el dueño de esta pocilga?

—¡Oh! ¿Ya tan rápido nos llevamos tan feo, jefe? Pues sí. En realidad es mi bodega. Esos cuartuchos de ahí nomás los hice para cuando ya no podía llegar a mi casa y le decía a mi vieja que me quedaría tarde en la oficina.

—Aja, ahora así le dicen. La oficina.

—No, no. ¿Cómo cree, mi comandante? Acá no traje a ninguna chamacona. Yo soy fiel ante los ojitos de Dios. Siempre.

—¿Y qué dice su esposa al respecto?

—Uy, mi comandante. Murió hace diez años. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

No hay nada de interés. <<¿Qué está pasando?>>, se pregunta el comandante. <<Yo debería estar atrapando a cuatro cabrones que dizque robaron un banco. No en este cuchitril>>. Saca un pañuelo y se enjuaga el sudor de la frente. Sacaría un cigarro para los nervios, pero recuerda que su quinta esposa lo dejó porque le prometió que dejaría de fumar y no lo hizo. Entonces, tendrá que cambiar la táctica. Como dice Pancho Villa. “Mato y después veriguo”.

—¿Es de usted esto?

Toma la mano derecha y la mete dentro del saco. El pobre hombre, dueño de la pocilga más rancia de la colonia Portales, se pone lívido. No, no es un arma. Es una lata con forma de nave espacial marca “Apollo 11”. Un soplete extraño, de desconocido origen y del que nadie ha escuchado hablar. Ni siquiera el plomero más experimentado de toda la Ciudad.

—¡No puedo creerlo! —dice el anciano que abraza a su lata como si fuera un bebé listo para aterrizar en la cuna.

—Andamos por ahí, investigando unos hechos y quisiera que me ayudara con unas preguntas.

—¡Venga, mi comandante! Déjeme le enseño algo.

El pequeño grupo se adentra en los cuartuchos del fondo de la bodega. Por afuera uno podría llevarse una mala impresión. Entran a un refugio sagrado. Los pisos están limpios. Huele a Pinol. La decoración es humilde, pero el aire es como de iglesia. Ninguna cosa está fuera de su lugar. El tesoro está en el cuarto de atrás. Trofeos y medallas. Fotografías de la lata cósmica, durante los años 60. Ahí, el anciano es un individuo lleno de vitalidad; robusto, con los ojos brillantes y una melena a la Rigo Tovar. Su nombre es Donato López. No hay que ser un especialista de automovilismo para sorprenderse. En los retratos aparecen abrazados, junto al héroe, personajes ilustres: Mario Andretti, Juan Manuel Fangio, Pedro Rodríguez, Niki Lauda.

—¿Usted era piloto? —pregunta el comandante.

—De pruebas, mi jefe. Trabajé con los mejores. Verá, cuando a uno lo trata la vida bien jodido, de repente llegas al paraíso y las cosas cambian. Yo nunca fui bueno ni para la escuela, ni para la bailada, pero los autos eran mi pasión. Todo el día pensaba en ellos. Cuando me subía a uno sentía que volaba. Era como, vivir todo el tiempo en la luna, ¿me entiende?

—¡Oh, sí! Lo entiendo perfectamente.

—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta! —gritó el loro que giraba en su aro como si estuviera manejando un auto fórmula 1.

—¿Usted le enseñó eso?

—Era uno de nuestros comerciales, y se lo aprendió de volada en un día.

—¿No se supone que es: “Quaker State, su copiloto”?

—Esos condenados gringos. Me pagaron y luego me robaron mi idea. ¡Malditos lacras!

—Me gustaría saber lo que pasó.

—Por supuesto. Le contaré. Desde muy chico estuve ahorrando y ahorrando para poderme comprar mi auto algún día. Cuando tenía 20 años me conseguí mi primer Ford. Era un modelo viejo, 1945, pero corría un resto el desgraciado. En unos arrancones que anduvimos haciendo por la salida a Toluca, un día me descubrió un hombre bien trajeado. Me dijo que él podía hacer mis sueños realidad. Yo al principio no le creí, pero hablaba como si fuera un predicador. Era un representante de aceites para motor que le vendía a varias escuderías cuando se corría el Gran Premio de México en el Autódromo. Me dijo que me fuera a chambear con él.

—¿Y de qué le ofreció trabajo?

—Pus al principio como chalán. Empecé desde abajo, ahí en los talleres. Aprendí como ayudante de mecánico como unos 3 años, luego me fui puliendo y empecé a ascender. No ganaba mucho dinero, pero al menos tenía un trabajo y eso me daba para comer. Seguía ahorrando como mula judía, porque no sabía si ese sueño iba a durar para siempre. Seguía talacheando en otros queberes.

—Pues de vez en cuando regresaba al mercado para ayudarle a mi papá en su puesto o llevaba bordados que hacía mi mamá a las comadres de Santa Domingo y mi favorito, me iba a yo ahí por las calles de vendedor ambulante. Uta, me iba chingón. Andaba de un lado a otro con mi carrito. Vendía por temporadas. Un rato jugos, otro rato camotes, otro rato piñas, pero mi favorito era vender algodones de azúcar. Ya sabe. Oir la risa de los niños no tiene precio.

—¿Y luego como salió esa cosa del Apollo 11?

—Ah, pues un día en el taller, estábamos buscando la forma de encontrar un propulsor a base de aceite, que no se quemara tan rápido, con un rendimiento del triple de capacidad. Estaba cabrón, eh. Y de repente vi en la tele lo de estos tipos que se fueron a la luna. Fue allá por el 69, ¿cierto? Al despegar, esas naves hacían un chingo de ruido, pero dicen los que saben que cuando llegaban al espacio su vuelo era bien pinche livianito, como de borrego girando en barbacoa. Bien muertito. Usamos unos aditivos que le dieron más consistencia a la mezcla del aceite y !pa su madre!, los coches se volvían cohetes, super calladitos. No podías saber si al lado te estaban rebasando. Por eso eran ideales para las carreras.

—¿Eso no era ilegal?
—Era la época romántica del automovilismo, mi comandante. Todos los pinches equipos eran bien tramposos, hasta los de Ferrari. Los coches estaban super amañados, pero nos hacíamos de la vista gorda. El chiste era ganar. Lo demás eran puras pendejadas.
—Pero seguramente, su producto se volvió muy famoso. ¿Cierto?
—Sí y no, mi comandante. Todos lo usaban, pero no podía hacerse público porque las carreras perderían interés y los aficionados se desencantarían. No podía saberse, tenía que usarse por debajo del agua. Por un rato funcionó bien, pero después…
—Hace quince años por fin pude haber logrado mi sueño. Pero, todo se fue al carajo. Ya había podido reunir un buen capitalillo para asociarme con unos weyes del gabacho. Mi retiro dorado. Pero, me accidenté y esos mismos tipos se robaron mis fórmulas. Las vendieron a Quaker State por cinco pesos y yo me quedé en la ruina.
—No me diga, ¿pues qué le pasó?
—Un desastre, mi comandante. Me atropellaron, cuando me querían robar mi carrito de algodones. Yo nada más salía de vez en cuando para recordar viejos tiempos y un día, ¡pum! Unos malandros me intentan asaltar y en la rebambaramba un pinche auto ojete me toca la pierna y me deja casi inválido. Ni lo vi venir. Me dio por la espalda. ¡Pinche destino tan cruel! Un pinche auto, el símbolo de mis sueños, los acabó de un madrazo.
—¿Nunca levantó denuncia?
—Sí intenté, pero en el ministerio público me dijeron que el expediente se había perdido. Un amigo abogángster me dijo que me aplicaron la del hombre de paja. Juntan a 3 o 4 tipos para declarar y después ya no pueden aplicar la notificación para el juez, porque cambian los domicilios y el MP desecha el caso por falta de pruebas. ¿No le parece eso una mamada?
—Ni que lo diga, don. Ni que lo diga. ¿Y los asaltantes? ¿Supo que les pasó?
—Pues no es por ser ave de mal agüero, pero semanas después me enteré que los dos que consiguieron huir se los tronaron por allá en Lerma. Los encontraron hechos cachitos y a los otros dos en la cárcel les metieron filo en el abdomen.
—¿Recuerda usted al Secretario que le tomó la denuncia en el MP?
—No me acuerdo bien, creo que Estrada. Sí. Hugo Estrada. En el lugar todos le decían el Chinos.
—Haberlo dicho antes, mi don. Si ese pelagatos es mi compadre.
—El mundo es un pañuelo.
—Es todo don. Lo dejamos aquí en su casa. Digo. En su bodega. De verdad le agradezco mucho la información. Gracias por las historias. Me hicieron volver a la juventud. A mí también me gustaban los autos.
—¿Y qué piloto quería ser usted?
—Yo no soy de pilotos, soy de películas. Bond, James Bond.
—¡Ese, mi comandante! ¡Me salió más cabrón que bonito!
—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta!

De vuelta a la comandancia parece que las piezas comienzan a embonar. Una lata en forma de nave. Un juicio sobreseído. Autos, algodones de azúcar, pilotos de carreras mujeriegos, alta velocidad, un loro, un hombre de paja, una ruta de escape. Si su instinto no le falla, bien podría encontrar la pista de carreras que cuatro tipos usaron al salir de un banco que nadie imaginó en su cabeza, excepto un pobre diablo que cayó en la ruina y ya no pudo manejar hasta la luna.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s