Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 11

La historia de cómo conocí a mi dealer es lo más cagado que me pudo haber pasado en la vida. Yo no sé si ese día me desayuné un licuado de apio o andaba de buenas porque le acomodé un putazo al taxista por cobrarme cien pesos de más. Debió haber sido una de esas coincidencias que sólo pasan una vez en la vida, y que por algún impulso salido de la nada, terminas por recordar con mayor claridad que tu cumpleaños.

Ahí estaba. Esperándome. Necesitaba mi ayuda. ¿Qué más podía hacer? Silvia siempre me decía que nunca le hablara a extraños, pero por regla general casi siempre me pasaba por el arco del triunfo sus consejos porque era pésima cocinera, y una persona que no sabe en qué momento quitar el arroz del fuego nunca es confiable. Bueno, quizá exageré un poco, digamos que le hacía caso cuando me convenía.

El pobrecito no tenía ni llave de cruz. Estaba re monín con su bata blanca y sus bigotes de lana. Sí. Me están leyendo bien. Era una botarga del Dr. Simi que estaba resignado al lado de su Cutlass 1990 con el motor desvielado. Le dije que no se preocupara. Los muchachos de la tiendita podían ayudarnos para moverlo a un lado del camino para que pudiera recogerlo la grúa más fácil.

Lo empujamos varios metros. Tan fuerte que casi nos sale una hernia. El doctor hasta apretaba su panza de gelatina como si estuviera destapando caguamas con el ombligo. Super fuerte. Pobre tipo. Bailar por 5 horas consecutivas por un salario de mierda, y que luego encima se le jodiera el coche, era más de lo que podía soportar.

Me quedé ahí con él como una media hora más. Venía de Oaxaca. Apenas acabado la secundaria y tenía 3 hijos que mantener. Se levantaba diario a las 4 de la mañana para irse a vender bolillos y luego llegaba a la farmacia. A veces las cuentas le salían para ir al McDonald’s un domingo por la tarde. Otras, nomás se iba a la cama con el estómago de aire. Y aún así el canijo no se rendía. Más pinche necio que una mula loma arriba. Se las arreglaba para ir a la nocturna con especialidad en laboratorista químico.

<<Está chingona la escuela. Después de clases nos permiten quedarnos en el laboratorio para hacer gomitas. Nos quedan mucho más sabrosas que a los pendejos de Ricolino>>. Que alguien hablara así, de algo tan sencillo como un caramelo, me daba una vibra bien chida. Esas historias eran las que valían la pena. Los tipos anónimos mueven al mundo, no los putos que sólo andan buscando la fama. Se me hacía tarde para la función y le di la mano. Hasta se antojaba darle mi teléfono nomás de desmadre. Obvio. No iba a funcionar tornillo con rondana, pero al menos para pasar un buen rato no estaba mal.

<<¿Quieres ir a una fiesta por San Tocho al rato?>> Le dije que sí, sin siquiera pensarlo. En realidad, por esa época yo solía aceptar cualquier cosa porque me parecía un desperdicio de energía la negatividad. Todo funciona por transacción. El comercio, los amigos, el amor, los vegetales transgénicos. El proceso de descomposición natural trae consigo perdidas ineludibles que en el camino vamos compensando por algunas generosas ganancias. Todo, con tal de no morir como viejos amargados.

Obvio, invité a Silvia, Leo y Andrés. Desde el asunto del asalto no habíamos vuelto a hablar sobre la odisea de volvernos superhéroes. Yo no la había descartado al cien, pero no tenía una habilidad muy destacada que digamos. Ni era tan sexy perra como batichica, ni tan discreta como la mujer invisible. Siempre rompía el jarrón chino, harto costoso, cuando comenzaba el ska o me reía como verdulera con el chiste más idiota de Winnie Pooh, como el hijo de pooh(ta) de mi vecino que en vez de ponerle crema a sus enfrijoladas, les echó yogur. ¿Ven? Soy una pésima comediante.

<<Es nuestra posibilidad>> dijo Andrés. ¿De qué carajos hablaba? <<Pos sí, de chingarnos a un dealer y quedarnos con su droga>> Yo no supe hilar las ideas hasta que vi a Silvia comerse unas donitas blancas Bimbo con tanto placer, que literal parecía que estaba drogada. Se las arrebaté de un jalón y las tiré por la ventana del auto. Esas madres tienen más conservadores que el Pan en el senado. ¿Ven como siempre la cago? <<Debes estar loco>> le contesté a Andrés. Por regla general a eso se reducían mis conversaciones con él. La neta me pasaba y hasta le aplicaba el mansplaining nomás por puro deporte nacional. Y él, por supuesto que no se dejaba, hasta que ambos conveníamos una tregua que consistía en un concurso de pedos para ver si lográbamos encender un cerillo con el culo. Hasta la fecha, ninguno ha podido.

<<O sea, Vale. Yo no me muevo en ese ambiente, pero hasta mi abuela sabe que ese tipo no hace dulces, wey. Neta qué oso>> dijo Silvia. Gomitas, laboratorio, noche, después de clases. Ah, claro. Ya decía yo que no era buena idea tomar barniz como lo hizo una vez Homero cuando Barney se acabó el chupe en la taberna. <<¡No mamen! ¿Cómo creen que nos vamos a meter con unos narcomenudistas? Esos tipos son malos de malosos y tienen muchos contactos con la policía. Lo sé porque ayer vi otro capítulo de la Ley y el Orden donde metían heroína en supositorios. Nadie se daba cuenta>> dijo Leo, que casi siempre se esperaba hasta el final para dar su punto de vista de las cosas.

Lo pensé por un momento. Primero me asusté, pero después caí en razón de que echarse ese tiro no era mala idea. ¿Cuántas personas no mueren al día por esas porquerías? Y no sólo hablamos de delincuentes, eh. Es una cadena larga. Niños, empleados de bolsa suicidas, despechados, Santa Clos que se quedó sin Prozac y un montón de inocentes cuyo único fin es llenar el bolsillo de pendejos blancos de las grandes corporaciones que lavan su dinero en Suiza y al otro día se apuntan a una clase de yoga de la que no tienen ni puta idea de la posición del guerrero. Putos wannabes sin talento. Me re contra encabrona eso.

¿Y qué supone que debía hacer? <<Ay, muy fácil. Tú nomas hazte compa de este pinche Dr. Simi. Cálalo un rato como que no quiere la cosa. Un bailecito por aquí, una platicadita por allá. Ya que esté puesto le preguntas, así medio sin querer, si tiene algo de harina para hot cakes. El wey luego luego te va a cachar el rollo, y entonces, pa que no se vea tan sospechoso, nos acercamos nosotros, así de oídas, y te hacemos segunda. Si se la pedimos en grupo no va a desconfiar. Luego, le vamos investigando cómo se mueve, con quién se junta y luego de sacarle una sopa nos los chingamos a todos. ¿Qué te parece? Dijimos que esto era serio. Orales. No me dejen solo en esto. Me dijeron que sí me iban a apoyar>> dijo Andrés.

No recuerdo mucho de la fiesta. La casa era como una sucursal de un antrucho de mala muerte donde no puedes ver ni tu mano. Había alcohol de a madres, pero juraría que no vi ni un microgramo de cocaína, ni nada parecido. La gente era normal. Había tipos del CUT, del Poli, de la UAM, godínez panzones, niñas darkies, hasta dos o tres puertorriqueños de algún intercambio. Dr. Simi se puso muy alegre al verme. Me destapó una chela y bailamos un rato. Debo de haber sido muy explícita cuando vi la tanga de una morra que estaba idéntica a Linda Perry, que ni siquiera hizo el intento por tocarme una nalga. En realidad, era bastante amigable y franco. Te hacía reír con cualquier tontería. De verbo ágil. Un tipo de calle, que no necesita presumir.

Como a las dos horas, Andrés me guiñó el ojo. Pero el pendejo no lo hizo como en forma de señal, sino como si me estuviera coqueteando. <<¿Qué? ¿Es tu novio o qué rollo?>> dijo el Simi. ¡Nombre! Ni aunque fuera el último wey de la tierra con el último consolador con doble batería. Debo decir que, hasta hoy, no le hago el feo a un wey y sé reconocer cuando están guapos, pero el Líder no es de mi tipo. Tiene una barba que se le hace como telaraña y su lonja chelera está más dura que un aguacate sin madurar. Nop. Si algún día me he de acostar con un hombre debe tener la piel suavecita y que no le apeste el pito. <<No, es un wey ahí que llegó como a la medianoche. Lo vi entrar con los boricuas esos>> dije. Obvio. No iba a decir que era mi amigo, ni nada. Me sorprendió la naturalidad con que enuncié aquellas frases. Debo de haber sido muy convincente porque Simi me trajo otra chela sin preguntarme nada.
¡Carajo! ¿Cómo se pide una droga sin querer queriendo? ¡Maldito Andrés! Silvia era más adecuada para el trabajito. Con su tonito fresa y sus tetas de leche derrite a cualquier cabrón sin siquiera esforzarse. Además, yo ya la había visto tomar dos que tres ácidos cuando en la prepa íbamos a los raves. La verdad es que nunca me interesó entrar a ese mundo. No es que no tuviera vocación de drogadicta. A veces paso hasta tres horas de más en la caminadora o en la oficina. Lo que sucede es que soy demasiado perezosa como para fingir que me interesa la gente. ¿O me van a mentir de que uno no se mete una línea nomás por hacerse el mamón entre los cuates? <<Oye, ¿no tienes algo de leche Nido?>> ¡Qué carajos dije! O sea, no sé por qué justo en ese momento se me cruzaron los cables. Creo suponer que dos semanas antes había platicado con mi mamá sobre la posibilidad de parir un hijo algún día. Por ese entonces no lo descartaba, y ahí andaba yo como loquita en la calle, ensayando como usar el sacaleches o haciendo una maniobra karatesca en el aire, al estilo Miyagi San, para cambiar el pañal.
Simi se rió tanto que me escupió en la cara su vaso con Bacardí. Yo, avergonzada, miré por todos lados en espera de mis “queridos” amigos que nomás se hacían weyes y se cagaban de risa atrás de mí. Silvia se acercó, después de un rato, y me secó la blusa con una toalla. Los otros dos alcornoques fueron menos sutiles y tomaron de los hombros a mi doctor. <<Ey, compa. ¿Tienes un toque?>> Los hombres se hablan en su propio código, porque machos, y no pasa nada. Ellos se pueden dar el lujo de mostrar sus deseos tal cual son, y nosotras siempre tenemos que disimular porque no vayan a creer que las señoritas también mean y cagan. ¡Puto patriarcado! Pero esa vez fue mi tabla de salvación. El Simi no se molestó ni nada. Al contrario. Muy ufano, el tipo fue con el dueño de la casa y le susurró algo al oído. Al instante, dos fulanos que estaban en la cocina trajeron una cajita. Sacaron dos churros. <<Gracias carnal, qué buen aliviane. Es de la Golden ¿Cuánto te debo?>> dijo Andrés. <<Cortesía de la casa>> respondió el Simi con un guiño. ¡Ay, wey! ¡Qué manera de ponerse el frac!
Terminó la noche y yo sin mi lechita y a dormir. O sea, en el buen sentido, ¡no sean mamalones! No todo en la vida es coger. Al otro día fui con Simi a la Cineteca. Vimos una película sueca que no entendí ni madres. Estuvimos hablando por horas en el pastito y teníamos muchas cosas en común. Los dos crecimos sin padre, veníamos de familias de fuera, nos gustaba Metallica, en fin, en los pequeños detalles está el sabor. <<Oye, ya no te di tu mercancía, pero es que siempre guardo lo mejor para los clientes distinguidos y amigos del Club Botarga>> dijo Simi. ¿De plano ya me consideraba mi amiga? Pues, para que lo he de negar. De verdad a mí también me lo parecía, como si nos conociéramos de años. <<¿Seguro que no me estás choreando>> le pregunté. <<Nel pastel. Ven. Vamos al laboratorio. Esta aquí cerca. Ahí guardo lo bueno.>>
El tipo literal tenía de todo. Heroína, Crack, Anfetas, Coca, Ansiolíticos, jarabe para la tos, ¡puf! Un botiquín para el fin del mundo. Le di un billete de 200. Me vendió tres gramos de nieve por promoción. Tuve una fortuna enorme que no me pidiera en ese momento verme en acción. Me acuerdo que tuve que sacar los trucos de un compa con el que monté una obra de teatro en el Shakespeare. Se trataba de cuatro tipos que vivían en un departamento que no tenía baño de visitas, entonces cada uno de ellos tenía que drogarse en el cuarto del otro, porque “droga que no has de compartir, amistad que debes honrar”. El tipo que se metía coca vio Pulp Fiction como cien veces para copiarle la cara a Travolta después de la escena del baile, como si estuviera constipado. ¡Qué bien lo hacía! Hacía un tic con la nariz y torcía la boca igual que los bebés cuando no quieren papilla. A mí me salió de poca madre. Me sentí un personaje de Ibsen perdido en pleno trópico.
<<Oye, no es por parecer atrevida. Pero, cuando quieras. Si necesitas ayuda, cuentas conmigo para lo que sea>> le dije al Simi. <<¿Neto Capuleto o nomás eres puro pájaro nalgón>> me respondió. Y vaya que fui de gran valor para él. De vez en cuando le ayudaba a envolver algo de heroica en bolsitas de mazapán, otras me ofrecía de chofer para llevarlo a una “entrega de pizza” o le depositaba en el Banco Azteca montos de no más de dos mil pesos. Nada comprometedor. A lo lejos, siempre que iba a esas tareas, Silvia me vigilaba disfrazada de novia famosa de futbolista o Leo se relamía el pelo como empleado geek de Telmex para revisar un poste de teléfonos junto al lugar del “negocio”. Según yo, lo teníamos bajo control. Hasta que un día por fin llegó la gran oportunidad.
<<Valeriuska. Llegó la hora. No tengo nadie más en quién confiar y quiero que me acompañes a una “entrega”. Pero esta vez es full contact. Vas a entrar conmigo con el cliente y a sonreír como Fey para que el tipo nos ofrezca el triple de marmaja por la mercancía. ¡Uta madre! Está de rechupete. Es nuestra obra maestra. Le llamamos la Paleta Payaso. Está tan chida que te deja más pálido que Michael Jackson>>. La verdad nunca supe, bien a bien, qué tipo de droga era. Pero, supuse que algo tan valioso bien valía un esfuerzo. A Simi siempre le gustaba brindar con los clientes cuando cerraba los negocios. Llevaba una botella de whisky o tequila. No se empedaba, pero digamos que siempre salía un poco flameado del lugar. Ya saben. Cuando uno está pedo, pero no tan pendejo para brincarse el alcoholímetro. En ese ínter, el plan era cambiar el maletín del dinero por otra llena de dólares de Pancho Pantera, porque el chocolate es más divertido que un licuado de psicotrópicos. Después, abandonaríamos el auto por los rumbos de Topilejo y Simi no se acordaría de absolutamente nada.
En dos horas llegamos al otro extremo de la Ciudad. Muy elegante. Era un restaurante de carnes. Simi acostumbrara a apapachar a sus clientes más fifís. No le gustaba reparar en gastos cuando la ocasión así lo ameritaba. Al principio, parecía que nuestra jugada no resultaría. El cliente llegó con una de esas edecanes salidas de un estadio de futbol. No sé si escort porque no estaba operada, pero eso sí, estaba muy buena. ¡Diablos! La tipa tenía los senos más bellos que jamás había visto. No pude evitar relamerme los bigotes cuando pedimos los aperitivos. <<Yomi, me encanta el vermouth>> dije para disimular. ¡Puf! ¡Bala esquivada! La comida estupenda. La sobremesa estuvo llena de cosas sin importancia. Así, en blandito, para preparar el terreno. Luego, de golpe. ¡Zoc! <<Creo que usted tiene algo para mí, queridísimo doctor. ¿Trajo mi receta?>> dijo el cliente. Por supuesto. Estiré el papel con una receta auténtica de Farmacias del Ahorro (para la sordera), mientras que Simi, por debajo de la mesa, pateó el maletín de las paletas payaso. ¡Qué pinche adrenalina hasta su puta madre! Con razón los hampones se sienten tan chingones.

<<Amor, voy al baño a quitarme el polvo del Periférico. ¿Puedes ir pidiendo el coche con el valet. ¡Señor Alemán! Gracias por esa compensación extra. Mi querida esposa y yo le estamos agradecidos>> dijo Simi con extrema dulzura. ¡Vaya, entonces así siente el amor heterosexual! Pero, yo no quitaba la mirada al escote de la edecán. ¡Carajo! ¡Cuántas ganas tenía de que me la chupara! Me contuve y respiré hondo. ¡Menos mal! El reiki me salvó de un exabrupto. Respiré fuerte. Me toqué el vientre. Afuera malas energías.

<<Por favor, ¿será tan amable de traer el auto de mi esposo. Es el BMW gris. >> ¡No mames! Aquello era irreal. De verdad tenía madera de femme fatale. ¿Y si me pasaba al lado contrario? Podría comprarme una casa y convertir el segundo piso en la clase de yoga más grande de la cuadra. Si tan sólo convenciera a Jennifer Aniston de convertirse en mi instructora personal.

<<Oígame, señorita. ¿Acaso esto es una mala broma? Porque usted de acá no sale viva, si no me dice qué carajos está pasando>>. Era una obra peor de las que escribió Chespirito. un bodrio. En el maletín no había droga. Sí, eran paletas payaso. ¡Chingada madre! Eran paletas payaso de verdad. De esas de chocolate con gomitas. <<No se preocupe, mi esposo debe haber ido…>> y sí. Simi se había escapado. La ventana del baño estaba abierta. El truco más pendejo y simple de la historia en el bajo mundo de la estafa. Se fue con el dinero y yo, literal, estaba que me cargaba el payaso. Y tú, ¿alguna vez te graduaste de la escuela de Krusty? Yo, sí.

¡Esta es mi cuba y se toma en florero!

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