Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 12

Debieron pasar 5 largos años para que se volviera a reencontrar con Hugo Estrada. El Chinos, en realidad, era una fachada que utilizaba para apostar en el hipódromo y fingir que no le molestaba en absoluto perder el dinero que el presidente del PRI le daba para los gastos operativos. El comandante da un sorbo a su té chai y se pregunta: ¿los caballos sin patas también corren en los Juegos Olímpicos?

—Claro, mi jefe. Con unas buenas prótesis, ¿qué les impediría? —responde el sargento segundo.

—Era una pregunta retórica, ¡tarado! —sentencia el comandante. —Ni se te ocurra hacer una segunda pregunta de eso o te doy un zapatazo. El que gana es el jinete, no el puto caballo.

—Usted gana, jefe.

—Como siempre, cabrón.

Interesado como siempre en la Historia, el comandante repasa a las grandes figuras de bronce que tuvieron al lado a su eminencia gris; invisible, maquiavélica, intrépida, que los hizo grandes, pero que nadie recuerda por su discreta labor. Los segundones, pues.

—Tenemos a Sancho Panza, que le conseguía mujerzuelas al Quijote por unos sacos de harina. También está Apollo Creed que ayudó a Rocky para derrotar a Mr. T y no podemos olvidar a nuestro queridísimo Luis Echeverría, mano derecha de Díaz Ordaz, salvador de la patria y enemigo fálico de los estudiantes—dice el comandante con entusiasmo.

—Se olvidó de Pluto, jefe. El perro de Micky Mouse.

—Ni madres, ahí el perro es el mero mero, el bastardo ese del ratón nomás se la pasa haciendo chistes de magia. ¿Magia? ¡Carajo! Llámenle al cabo para ver si ya tiene noticias de lo que le encargué —ordena el comandante.

Los policías siempre piensan que tienen la razón cuando hacen analogías sin sentido para relacionarlas con sus casos. En su intento por forzar la cadena de acontecimientos, se divierten con la única salida que los convertirá en héroes y despertará la envidia de sus enemigos. Pero no tienen de otra. Al igual que un soldado, el vestido de azul no tiene tiempo para reflexionar si Venus está en posición vertical o si la marrana ya se puso para parir. Su instinto perruno dice que hay un 99% de posibilidades de acertar a la primera y un 1% de fallo cuando ven un personaje de dibujos animados en la borra del té.

—¡A la orden, mi comandante! Tenemos primicia —dice el cabo.

—Pues órale, mi cabo. Déjese venir, puto.

—Localizamos uno de los vehículos que utilizaron en la desbandada. Lo dejaron muy cerca del metro Copilco. Ya verificamos la matrícula. No tiene ni un rasguño.

—¡Eso, cabrón! ¡Así me gusta! ¿Ves cómo te dije que esos pendejos se iban a cagar del susto? Ya los tenemos agarrados de los huevos.

—¿Le armamos ya el operativo, mi comandante?

—No. Aguanten vara. Primero necesito corroborar otros datos, sólo quiero que hagas una cosa. Monta a dos cabrones en la Suburban y que se estacionen cerca del lugar para montar vigilancia. Después por radio les doy un fonazo para ejecutar la perseguidora. ¿Algo más?

—Sí, mi comandante. Mi compañero tomó unas fotografías del lugar con maniobra evasiva. Debe verlas, la verdad nos parecieron muy extrañas.

—A ver, rólalas.

No son extrañas. Son perturbadoras. En frente del auto abandonado hay un zaguán blanco repleto de cabezas. No son humanas, sino de botargas. Hay de todo. Pistachón Zig Zag, Daisy, Rafael de las Tortugas Ninja, Batman, Pato Lucas, Princesa Jazmín, Tribilín, Sailor Moon. Todas quietas, como calabazas olvidadas en el páramo más árido del país. Además, hay un elemento curioso. Todas están unidas por un serpenteo blanco. Una ofrenda a los muertos que no están muertos, así como el camino naranja de cempasúchil en Día de Muertos. Cualquier artista que se precie de original, le pondría su firma para tasar aquello en varios millones de dólares.

—Esto ya se ha hecho —dice el comandante, con la mano en la barbilla.

—¿Quiénes? ¿Los muchachos de Osiel? ¿Los de los Arellano Félix? ¿los de Don Neto? —pregunta el cabo.

—Zenobia. Emperatriz de Palmira. Hace un chingo de siglos, ella gobernaba una provincia romana que se independizó y se convirtió en una patada en los huevos. Esa mujer era imparable. Conquistó Egipto, la Península de Anatolia. Cortaba las cabezas de los virreyes y las mandaba a colgar en su palacio. Hasta que el emperador Aureliano se la chingó.

—¿Todo eso lo hizo una vieja? Nah. Imposible —responde el sargento segundo.

—A huevo, ojete. ¿Tú crees que las mujeres son mancas o qué? Ni madres. Son más peligrosas que una pantera. Y capaces de volverte tu peor pesadilla.

—¿Y qué le hicieron a esa Zenobia? —susurra el cabo, asustado.

—No pos, sí le fue de la patada. El emperador Aureliano la capturó y la humilló frente a toda Roma enjaulada. Viva, no muerta. Para que todo el populacho la insultara y le aventara escupitajos. Luego, estuvo peor. A toda Palmira se mandó a sembrarle sal, para que jamás de los jamases una ciudad volviera a crecer ahí. ¿Ya ven por qué la muerte no es el peor castigo? —asiente el comandante, mientras chupa tranquilo la bolsita del té.

—Entonces, ¿qué hongo ahí? Como dicen los colombianos, ¿un camelladero? ¿Habrá coca o crack? —sugiere el sargento segundo.

—No nos adelantemos. Puede que sea un laboratorio, puede que no. Repito órdenes. Cabo, monte la unidad de vigilancia, tal como le dije. Sargento segundo, usted me va a acompañar con el Chinos para verificar una información. Que nadie se mueve hasta que yo dé las órdenes. Es posible que estemos cerca de esos bastardos, pero no quiero soltarle la cadena al perro si por ahí hay otras pulgas para darles matarile. ¿Se entiendo?

—Sí, mi comandante —rugen todos a coro.

Las calles de la Colonia Roma hospedan a las criaturas más fascinantes de la Ciudad. Además de vampiros, hay futbolistas sudamericanos fracasados, escritores suicidas, ladrones de autopartes, adictos al helado, obesos mórbidos y por supuesto, funcionarios del ministerio público corruptos adictos al sexo. En Orizaba hay una casa de citas camuflada de clínica de autoayuda. La contraseña para entrar es: ¡Oh Dios! ¡Ay, mamá! y ¡Oh Dios! Como siempre sucede, el comandante no tiene tiempo para dilucidar si aquello es una frase común durante el orgasmo o la expresión que uno usa al degustar un rico pozole estilo jalisco. Tocan al timbre y lo primero que se le ocurre decir es: Vendo leche pasteurizada. Clic. La puerta automática abre.

Huele a pachulí por doquier. Espantoso. Un grupo de tres mujeres entretienen a un hombre de negocios que usa gorra con traje. En la barra, el cantinero llena una orden de shots de tequila. Al fondo, en el mini auditorio hay un número de Can Can con trajes de época y la madama da instrucciones a sus subordinados como si estuviera partiendo plaza en la México. Da capotazos con la derecha, mientras que con la izquierda recibe, en forma discreta, las propinas tan jugosas de los clientes.

—Mi querido comandante, ¿cómo me la va? —dice la dueña.

—En el séptimo cielo, mi estimada señora. ¡Vaya lugar! Esto no puede ser más que el paraíso.

—Ni que lo diga. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas levantarlo desde los cimientos. La belleza de Dios me ha bendecido con sus dones.

—Y que así sea por muchos años. Espero que el favorcito haya valido la pena, ¿no? De verdad la agradezco la ayuda que me ha dado. No sabe cómo me ha quitado un peso de encima.

—No fue nada, mi comandante. Pus, ¿cómo me iba a negar? Si usted es una leyenda. Bueno, seguramente querrá entrar en materia. Allá en uno de los privados del segundo piso está su amiguito Hugo. Ahí nomás le pido que no me ensucie la mesa, ¿ok?

—No se preocupe mi señora, yo le cuido a sus niñas. Para eso estamos.

En el segundo piso la atmósfera es más cruda. Hay luz negra y las mesas están decoradas con papel tapiz de corazones morados. En el centro hay una pequeña pista para bailar. Tres parejas se mueven acarameladas al ritmo de Kumbala. Otras se besan en grupos de tres en los sillones reclinables. Hugo Estrada, el Chinos, observa todo desde su mesa. Está acompañado de dos mujeres con antifaz y beben Buchanan’s.

—Mi estimado Huguito, ¡qué alegría volverte a ver! ¿Qué? ¿Acaso no me reconoces? Pero si tú estás idéntico, cabrón panzón.

—¿Cómo no te voy a reconocer, comandante? Dichosos los ojos que te vuelven a ver. ¡Uta! ¡Menuda sorpresa!

—Pa que veas, wey. Los amigos siempre se encuentran para echar el cotorreo y ponerse al corriente.

—No pos, tú me dirás. ¿Pa que soy bueno?

—¡Ey, mis niñas! ¿Nos podrían traer otra botella, preciosas? Tengo acá que platicar con su anfitrión de unos chismes bien cagados. Y regresan en 15 minutos, ¿sale?

Las mujeres obedecen al instante. El sargento segundo cierra una de las cortinillas laterales. Abajo, dos elementos aguardan en la puerta, por si se ofrece. La unidad de vigilancia, en posición. Si el comandante acierta en su predicción, jura que volverá al burdel y le prenderá fuego en honor a Zenobia, la emperatriz que se resistió ante los encantos del emperador Aureliano y antes muerta que violada.

—¿Y qué cuentas, mano? He escuchado que sigues con la mira bien apretada. Ojete que te mira mal, te lo truenas en caliente, ja, ja, ja —dice Hugo Estrada.

—Algo hay de eso, mi estimado. Algo hay de eso. Te quería preguntar sobre un caso que llevaste hace unos años. De unos pinches atropellados que intentaron robarle a un pobre señor que vendía algodones de azúcar. ¿Te acuerdas?

—¡Épale! Qué bien informado andas, comandante. Derecha la flecha. Ese caso fue pura mamada. Si al viejito ese no le pasó nada.

—En efecto, camarada. No le pasó nada, pero resulta que a los morros esos malandros nadie los volvió a ver, y yo quería saber si tú sabías algo.

—Nada de nada. En efecto, los peritos examinaron algunas heridas que tenían antes de que les tomaran declaración y después, pase libre. El juez les conmutó pena porque no se armó la carpeta bien.

—Sí, pero después nadie supo nada de ellos. Los fueron a buscar a sus casas y nada. Que dizque se habían ido de viaje, que dizque a un bautizo y no sé que mamadas más.

—Pos ahí si ya ni idea, mi hermano. Yo les vi la jeta en el MP y después sepa a dónde se esfumaron.

—Aja, muy bien. ¿Y tú qué aceite le metes a tu coche, eh? ¿No conoces una marca bien buena que se llama Apollo 11? Está cabrona, eh. Se lo puse a mi nave y jala poca madre.

—Este… este… No, yo le meto del Bardahl —responde Hugo, en extremo nervioso.

—Oye, no mames. Aquí hay muy buenas viejas. ¡Ven! Vamos al otro piso, ahí nos están esperando tus nenas. Tienen unas tetas, que no inventes. ¡Felicidades, wey! Te agarraste a las más buenas del congal.

En el tercer piso no hay nada. Es el cuarto de los trebejos. Hay arrumbados sillones, focos, alambres, tubos de pole dance oxidados. El baño no sirve, no tira la palanca agua del retrete. Hay unas macetas sin plantas y la luz de la luna apenas asoma por una de las ventanas. En el pasado era el cuarto VIP, con cama de agua y dispensador de fresas con chocolate, pero a un cliente viejo le dio una infarto y la madama lo cerró para que no le cayera la mala suerte. A veces se oyen ruidos de orgasmos en la madrugada. Fantasmas que eyaculan sin parar. A los vecinos del segundo piso eso no los asusta, los excita.
—A ver, culero. ¿Me vas a decir de una vez la verdad o a qué estamos jugando? —dice el comandante.
—No, ¿cómo crees? Yo nunca te diría mentiras.
—Muchachas, amárrenlo y al salir pónganle seguro a la chapa. Las veo allá abajo.
—¡No mames! ¿Qué vas a hacer, wey?
—Nada, nomás vamos a usar un rato estos juguetitos, ¿te gustan? Tus chavas me dijeron que los usas con ellas todo el tiempo. Es nomás una pasadita y ya. Tú nomás coopera y sales rápido de esta.
—Espera, wey. Somos compas, cabrón. Acuérdate cuando trabajábamos juntos allá en Jalisco. ¿Quién fue el que te interceptó las coordenadas de los Arellano Félix allá en Puerto Vallarta? Pus yo Merodes.
—¡Oh, sí! Eso fue inolvidable. Pero ahora es otro rollo. Dime que no has visto en tu vida esta lata de aceite. ¡Mírala bien, cabrón!
—Te juro que no.
—Sargento segundo. Bájale el cierre este cabrón. Le vamos a meter unas de estas bolas en el culo, a ver si se le refresca la memoria.
—Está bien, está bien. Ya canto. Sí. Esa cosa era lo que tenía el carrito del señor ese de los algodones de azúcar.
—¿Y luego?
—No pos, luego se fue echa la mocha y ya no supe qué onda.
—No me mientas, cabrón. ¡Sargento! Va la primera bola.
—Paz, paz. Pido paz. Se lo dio al muchacho, al muchacho.
—¿A qué muchacho?
—El muchacho que le salvó la vida. Embistió por detrás a uno de los asaltantes con su carro. Iba con otros tres. Otro tipo y dos morras. El don les dio las gracias y alcancé a ver que les dio varias de esas latas, les dijo: ¡Pélense, chavos! y nunca lo olviden: ¡Apollo 11 su copiloto!
El comandante está cerca y cuando huele sangre no perdona. No es el momento para conceder clemencia. Toma las muñecas de su cautivo y las corta con una navaja fina, lo mismo hace con los talones. El dolor es insoportable. Intenta gritar, pero no le salen fuerzas de la garganta. Con sumo cuidado, el comandante unta miel sobre las heridas. Le pide al sargento segundo que traiga su maleta, que ahí hay una pequeña sorpresa. Son ratas enormes. Hambrientas. Tan salvajes que se están peleando entre sí. No hay medio ilícito que esté prohibido para llegar al fin. Eso lo aprendió en Jalisco, donde los delincuentes nunca perdonan un parpadeo del adversario.
—¿Tú sabes quién era Reinaldo de Châtillon? Era un bastardo, que durante la Edad Media, acosaba a los musulmanes porque le ultra cagaban por infieles. Y el tipo era un verdadero hijo de puta. Atacaba las caravanas de comerciantes y se quedaba con toda la lana. Se supone que eran tiempos de paz. Los cristianos respetaban a los mahometanos. Pero ya ves que en la guerra y en el amor se vale cualquier cosa. Así que el tipo, además de que se cogía a las pinches árabes, jugaba con sus prisioneros. Les abría heridas y les ponía miel, así como te hice a ti, para que las ratas se dieran un festín delicioso. ¿Tú no quieres eso o sí?
—No, no. ¡Piedad! Te digo lo que quieras, pero por favor desátame. Haré lo que tú me digas.
—Así me gusta, puto. El caso quedó sobreseído y tú lo hiciste, wey. No fue el juez. Y si te estoy siguiendo bien el hilo, si ese pinche chamaco héroe se fue así porque sí, entonces era un pinche junior de papi, así como el resto de sus amigotes, que te pagó una feria para que nadie dijera nada, ¿cierto?
—Correcto. Tienes toda la razón.
—Quiero sus nombres, puerco. Y los quiero ahora.
—Los vi al otro día. Fueron juntos a declarar, pero te juro que sólo sé el nombre de una de las amigas. El papá de ella es la que arregló todo. Se llama Silvia Rodríguez. Tiene un tatuaje de Winnie Pooh en el cuello y en ese entonces vivía en el Pedregal, en la calle de Niebla, número 26. Te juro por Diosito que es lo único que tengo.
—Así me gusta, puto. Sargento Segundo, ¡ya puede desatarlo! ¡Vámonos que aquí espantan!
—Gracias, muchas gracias manito. Gracias por no matarme.
—De nada, no me agradezcas. Ya sabes que tú y yo siempre seremos amigos. Pero como no estoy seguro de que pueda confiar en ti, ni modo, al menos de una bala no te vas a poder salvar por pinche sapo.

El comandante sale del burdel a toda prisa. En el tercer piso, Hugo Estrada se desangra de la rodilla. No morirá. Hay un hospital a la vuelta y se ha dado la orden de que se le traslade al cabo de diez minutos. Ahora es cuestión de unir la evidencia con Silvia Rodríguez y los asaltabancos. ¿Será muy complicado?

—Comandante, tres catorce. Atención, tes catorce.

—Diga, estación espacial 22. Cambio.

—Hay movimiento en la casa. Acaban de entrar dos personas. Una mujer y un encapuchado. Estaba esposado. Solicito órdenes para entrar. Cambio.

—Negativo, estación espacial. Aún es prematuro. No tiene refuerzos y nosotros estamos lejos. Prenda la antena e intercepte las comunicaciones, cambio. Si esa vivienda tiene buena acústica podremos escuchar algo. Cambio.

—A la orden. Comienza operación radial. Cambio.

Se oye un zumbido de interferencias y el comandante recuerda cuando su padre lo llevó con los ojos vendados al sótano de su casa y transmitió para él La Guerra de los Mundos de Orson Welles. Quedó embobado con cada sonido, cada vibración que hacía estremecer su piel. El suspenso de no saber si la humanidad sobreviviría y el último aliento de ayuda por el micrófono lo mantuvieron despierto por cinco días consecutivos. No durmió. Venció él sólo a los extraterrestres con su pistola de agua.

—Baila Dr. Simi. ¡Muévete al ritmo de la música!

—¿Dónde está? Te exijo que me digas dónde la tienes.

—No te voy a decir nada hasta que bailes. Siente el ritmo. Mueve los brazos. Brinca. Así, como una gacela. ¿Verdad que el ballet no es tan malo?

—Me estoy muriendo de la desesperación. Por favor, dime que está bien.

—Sí lo está, pero antes de que la vuelvas a ver primero tienes que confesar tus fechorías.

—Todo, todo. Por ella todo.

—Eres un sucio narcotraficante y que el cargamento de la cajuela es tuyo, lo confiesas, ¿verdad?

—Sí.

—Y fuiste tan cruel que engañaste a mi amiga, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres un pobre diablo que merece un castigo, ¿verdad? Sigue bailando.

—Ok. De acuerdo. Ya. Quítate ese traje. Te ves ridículo, pero déjate la cabeza. De aquí nos vamos a ir al punto de reunión, ¿te late?

—Sí.

—Aquí estación espacial. Tres catorce. Solicito autorización para seguir al vehículo, repito, los dos individuos están bajando las escaleras y alguien ha encendido el motor del auto. Cambio.

—Tienen sus binoculares de visión nocturna ahí con ustedes. Cambio.

—Afirmativo. Cambio.

—Al salir, quiero que te fijes en las cabezas de ambos. Del cuello para arriba. No me interesa el cuerpo, sólo las cabezas. Dame una descripción. Cambio.

La espera antes del momento de la verdad. Inaguantable. Eterna.

—Aquí estación espacial. El sospechoso masculino lleva una cabeza de Dr. Simi. Repito, de la botarga del Dr. Simi. La sospechosa lleva cabello recogido y con tatuaje de Winnie Pooh en el cuello. Repito. Tatuaje de Winnie Pooh. Cambio.

—Convoca a refuerzos y siga la ruta del vehículo. Luces apagadas, sin sirenas. Vamos para allá. No los pierdan de vista. Nadie abra fuego. ¡Son ellos! ¡Ya se chingaron! Cambio y fuera.

Es el día más feliz del comandante desde aquella noche en Puerto Vallarta. Se siente como Zenobia, la emperatriz de Palmira. Sexy e invencible. Es hora de atrapar al resto de la manada.

La canción que usa el comandante para las misiones en persecusión

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