Tiré los huesos de la mandarina en el mar, y al regreso a casa mi cama tenía espinas de pez globo capaces de lacerar el trasero del personal trainer.

En una casa llena de abetos, el columpio de madera sucumbió al olvido. Ya no hay nadie que se pare en el madero y dé la vuelta al fin del mundo para alcanzar el queso a medio derretir de las estrellas.

Nunca había tirado una novela al retrete. Nunca lo hagan porque no se va y el piso se inunda de mierda sin acentos. Lo que pasó fue que mataron al protagonista y yo quería preguntarle si hacía el amor a media luz, o de plano se quedaba dormido con el primer beso.

Siempre recordaré las palabras de mi padre cuando ya no hubo más dinero en la alcancía. “Las monedas de cinco nunca se tiran, esas sirven para abrir las cervezas o hacer sonreír al organillero”. Y así fui por la vida, ahorrándome lo que me cobraba el microbús de Metro Revolución al edificio del PRI, para reírme hasta el cansancio de la devaluación que me quitó mi casa y mis discos de Consuelito Velázquez.

Hoy, ya no me da tanta flojera levantarme desde temprano. Me chuto el resumen de los goles , y de paso veo al cielo retocándose los ojos con delineador de la mañana. El teléfono me da las buenas nuevas. Uno Noticias: “Habrá tormentas eléctricas por la tarde, detienen al Gorilla fumándose unos cigarros de chocolate. Marte se poblará hasta el año 2400. Usted es una gran persona. Exprima su propio jugo de naranja, el de cartón tiene más azúcar que un sugar daddy horny, pero endeudado.
FIN.

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