No había cumplido ni los quince años y mi tía polaca ya me había vendido la receta para un buen matrimonio: —Entre más lento se cocine, mejor sabrá a la hora de la cena. Como que al principio no me convenció tanto. Me fascinaba su Bigos, pero siempre me terminaba dando diarrea, por el harto ajo, así que no me quedaba más remedio que ir con mi otra abuela, la poblana, por un remedio medicinal: —Ni madres, tu otra abuelita está medio pendeja. A las mujeres nos harta un cabrón que nomás prende el boiler y no se mete a bañar.

Entonces así estuvo el rollo. Le dije a mi esposa si no quería bajar al lobby por un trago. Ya nos traían hasta la madre los ruidos de la Macarena y las luces fosforescentes de los monitos que organizaban los aerobics para los de la tercera edad en la alberca. Pedí un Cosmopolitan y mi esposa un Sexo en la Playa. No es que quiera presumir, pero habíamos roto nuestro propio récord de cinco orgasmos al hilo. Empezamos a platicar de eso, entre otras banalidades, cuando de repente llegaron a sentarse dos extraños. —¡Qué casualidad! Nosotros también estamos de luna de miel, bla, bla, bla…

La verdad ella no cantaba mal las rancheras. Era bonita y tenía mucho tema de conversación. Trabajaba por las noches en un hospital. Cuando daba de alta a sus pacientes metía de contrabando una de tequila y se armaba con ellos unos palomazos bien desafinados que, hasta los del ala en coma se despertaban del pinche susto. Él en cambio era bastante desabrido. Era un diseñador industrial sin imaginación. Viajaba, siempre, con su catálogo bajo el brazo y un deslavado traje ofreciendo lámparas de buró como si fueran carteles de una iglesia mormona. Mi esposa me susurró: —Este wey seguro hace el delicioso con calcetines puestos y la luz prendida. Como si me leyera la mente, él dijo: —¡Están de suerte! En el cuarto me sobró un juego de lámparas sin vender. Ahoritita se los bajo como regalo de bodas.

*Seis meses después.

¡Ya llegaron! ¡Puta madre! ¿Dónde dejé esas cosas horrorosas? Ya sé, en el desván. Voy y corro como pendejo a rescatar esa mierda en cajas de cartón. Misión cumplida. Las coloco antes de que entren de metiches en la sala. —Hello, ¿Cómo han estado? Oye, qué monas quedaron tus lámparas aquí, gordo. Le dan mucho lujo a todo el espacio—, dice la doctora. Mi esposa se muerde el labio. No soporta esas madres sobre su mesita comprada en Venecia. —Oigan, no sean malitos. ¿Podrían correr las cortinas para ver como brillan en la obscuridad? —me dice el mayor asesino del arte universal. ¡Trágame tierra! ¡Puta madre! Nunca les puse foco. Nos vamos en chinga a escondernos a la cocina con el pretexto de traer un vino. —¿Y ahora qué les vamos a decir? —, reza mi esposa. No hay pedo, algo se me ocurrirá.

Diez minutos después de tan importante deliberación…
            —¡Mmmm!, ¡Aaaaaay! ¡Diooooooos!, ¡Ooooooh!
¡No manches! Ya están cogiendo en la sala. Los voy a correr.
            —No. Déjalos. Si les cortamos la inspiración después nos van a querer regalar unas sábanas de leopardo y nuestra casa se va a convertir en un Museo Jumex. ¡Qué horror! — dice mi esposa.
            Ja. Tiene razón. Esto para aquí. Demos un salto de fe.
            —Oigan amiguitos, se ve que están comodísimos, pero… ¿no se quieren echar un brinquito de a cuatro? Digo yo, para que matemos de una vez al tigre.

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