Atisbo en cuclillas tu rostro pegado a la regadera, caen los chorros de arroz. Forman cráteres en tu espalda y en vez de sangre brotan sendas culebras que mordisquean mi pubis.

Savasana al amanecer, en cinco minutos rompo tu guardia con una patada de dragón. Estamos exhaustos. El combate exige que los cerezos se hayan desprendido de sus hojas. Un enemigo no espera a que se deshielen las colinas, escala paredes con pezuñas de perros.

Sobre la arena tejes un hogar. El agua no consigue hacerte daño. En las ciudades antiguas los guerreros solían entrenar con estrellas del cielo para rasgar el vientre; cruzado-gancho-silencio, recto-upper-recto, jab-rana-sumisión. No se puede elegir el momento de la muerte, pero sí podemos atrapar una trucha sin usar las manos.

Las victorias no se miden por la cantidad de golpes lanzados, sino con cada canto de grillo que yace en penumbra. Los días y los años caben en un reloj cucú. Primero, se aprende a respirar con los pies. Segundo, se ve con los ojos cerrados. Tercero, se come una naranja sin saborear. No hay espacio para el placer efímero cuando el rugido del coliseo exige la muerte de Narciso.

Te busco desesperado en la cama. Manchada está con el vino recién cosechado y el semén que eyaculó tu chi. Suave tormento que me supo a empate. Tú ibas arriba en las tarjetas, pero en un descuido se descosieron los hilos del corazón y una parvada de murciélagos fracturó tus costillas. Ahora me baño solo. Con llanto de aire. La toalla queda toda tiesa y todavía me pregunto si es verdad que nací antes de que Dios repartiera el miedo.
FIN

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