Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 10

La patrulla da vuelta en “U” en pleno Insurgentes. Al comandante no parece importarle mucho que el Metrobús estuvo a punto de darle un besito a su defensa. Su abuelo, quien le enseñó a manejar, expresó algún día la frase mágica que le abriría las puertas de la verdad: “Todos acabamos manejando como pendejos, incluso en domingo”.

Esta mañana ha estado un poco agitada. No está de buen humor. La cafetera de la comandancia se rompió, así que no tuvo nada para acompañar su bolillo con mermelada. Uno de los sicarios de algún cártel importante se burló del jefe de la sección 6, escapando de la puerta trasera de un Vips con un bigote de leche como disfraz. El Cruz Azul perdió por séptimo partido consecutivo y al gato le dio diarrea.

Piensa mal y acertarás. Tratándose de un policía, el refrán no tiene ningún sentido. Es un pleonasmo. En la literatura todo es muy romántico. Sherlock Holmes sentado en su oficina. Fumando su pipa y viendo llover desde la ventana. Watson dice “kaboom” y el caso queda resuelto por arte de magia. La teoría vence a la práctica que el lector no ve: rodillas raspadas, un balazo en el hígado, pistas que no llevan a nada, presidentes corruptos, esposas abandonadas. Nuestro amigo acaba de pasar por su quinto divorcio.

—Ya llegamos, mi comandante —dice el sargento segundo.

—Llama a López y pide cuatro sirenas mudas por si se calienta la cosa. Dos enfrente, dos atrás. Que no traigan los juguetes largos. No queremos espantar a los vecinos.

—A la orden, mi comandante.

La casa está en ruinas. Se ven plantas silvestres asomándose por el techo. Huele a fertilizante. En la esquina, hay dos o tres adolescentes inhalando solvente. No se molestan en disimular. Es mediodía. A lo mejor no hay nadie. O están muertos. El instinto salvaje de un criminal, se llame como se llame, es borrar el rastro para que no lo atrapen. Pero aún es muy temprano para sacar conclusiones apresuradas. El juego está en marcha y quedan todavía 99 yardas para la zona de anotación. Después del quinto timbrazo, alguien contesta.

—¿Diga? ¿Qué se le ofrece?

—Venimos a entregar la leche —responde ufano el comandante.

—¿A esta hora?

—Es que a las vacas les dio diarrea en el camino. Ahí traigo a una en la cajuela. Ya le di Pepto Bismol y medio se alivianó un poco.

—Un momento.

Toca la culata del arma como si le estuviera dando la bendición. No es para desenfundarla de inmediato. Es una especie de ritual para la buena suerte. Siente que si no la toca antes de entrevistar a alguien, le puede salir salpullido o perder en las cartas con los demás jefes por los jueves de póquer. Se escucha el pasador del zaguán.

—Mire, hijo de la chingada, aquí no queremos ninguna pinche leche, ni de burra, ni de vaca, ni de…

—¿Qué decía?

—Discúlpeme, oficial. Es que por acá hay mucho puberto que se creen acá el Güero Palma y se meten a robar a las casas. Imagínese el peligro en el que vivimos.

—¿Y qué? ¿Me vas a dejar acá en la puerta esperando como novia de rancho?

—Pase, mi jefe. Por supuesto.

En la casucha no parece haber ningún material de interés para robar. Hay unos lavaderos despostillados en un rincón. Cajas percudidas de losetas, un loro que no se calla y maletas de gimnasio con candados. Cosa por demás estúpida. Sin siquiera preguntar, el comandante saca una navaja del cinto y rasga una de ellas. ¿Droga? ¿Dinero? ¿Revistas pornográficas? No. Galletas de animalitos sin comer. Nuevas. Sin usar.

—¿Piensa salir de viaje?

—¿Yo? ¡Qué va! Aquí nomás ando de velador. Ahoritita le llamo al patrón. Déjeme ver si ya se levantó. Es que ayer llegó bien pítimo y se me desmayó re gacho en la cocina.

—Gracias, compadre.

El comandante no tiene ni que murmurar. Basta un leve movimiento del cuello, como de halcón, para alertar a sus subordinados que peinen la zona. Si parpadea, eso quiere decir que saquen fotos con su celular. A discreción. Si hace la “v” de la victoria con su mano derecha, eso significa no hacer alboroto. Si aprieta el bíceps como fisicoculturista es la llamada de alerta para desenfundar. Nada qué temer. Hace la “v” y todos tranquilos.

—Buenas, mi comandante, ¿en qué le puedo servir?

—¿Es aquí usted el dueño de esta pocilga?

—¡Oh! ¿Ya tan rápido nos llevamos tan feo, jefe? Pues sí. En realidad es mi bodega. Esos cuartuchos de ahí nomás los hice para cuando ya no podía llegar a mi casa y le decía a mi vieja que me quedaría tarde en la oficina.

—Aja, ahora así le dicen. La oficina.

—No, no. ¿Cómo cree, mi comandante? Acá no traje a ninguna chamacona. Yo soy fiel ante los ojitos de Dios. Siempre.

—¿Y qué dice su esposa al respecto?

—Uy, mi comandante. Murió hace diez años. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

No hay nada de interés. <<¿Qué está pasando?>>, se pregunta el comandante. <<Yo debería estar atrapando a cuatro cabrones que dizque robaron un banco. No en este cuchitril>>. Saca un pañuelo y se enjuaga el sudor de la frente. Sacaría un cigarro para los nervios, pero recuerda que su quinta esposa lo dejó porque le prometió que dejaría de fumar y no lo hizo. Entonces, tendrá que cambiar la táctica. Como dice Pancho Villa. “Mato y después veriguo”.

—¿Es de usted esto?

Toma la mano derecha y la mete dentro del saco. El pobre hombre, dueño de la pocilga más rancia de la colonia Portales, se pone lívido. No, no es un arma. Es una lata con forma de nave espacial marca “Apollo 11”. Un soplete extraño, de desconocido origen y del que nadie ha escuchado hablar. Ni siquiera el plomero más experimentado de toda la Ciudad.

—¡No puedo creerlo! —dice el anciano que abraza a su lata como si fuera un bebé listo para aterrizar en la cuna.

—Andamos por ahí, investigando unos hechos y quisiera que me ayudara con unas preguntas.

—¡Venga, mi comandante! Déjeme le enseño algo.

El pequeño grupo se adentra en los cuartuchos del fondo de la bodega. Por afuera uno podría llevarse una mala impresión. Entran a un refugio sagrado. Los pisos están limpios. Huele a Pinol. La decoración es humilde, pero el aire es como de iglesia. Ninguna cosa está fuera de su lugar. El tesoro está en el cuarto de atrás. Trofeos y medallas. Fotografías de la lata cósmica, durante los años 60. Ahí, el anciano es un individuo lleno de vitalidad; robusto, con los ojos brillantes y una melena a la Rigo Tovar. Su nombre es Donato López. No hay que ser un especialista de automovilismo para sorprenderse. En los retratos aparecen abrazados, junto al héroe, personajes ilustres: Mario Andretti, Juan Manuel Fangio, Pedro Rodríguez, Niki Lauda.

—¿Usted era piloto? —pregunta el comandante.

—De pruebas, mi jefe. Trabajé con los mejores. Verá, cuando a uno lo trata la vida bien jodido, de repente llegas al paraíso y las cosas cambian. Yo nunca fui bueno ni para la escuela, ni para la bailada, pero los autos eran mi pasión. Todo el día pensaba en ellos. Cuando me subía a uno sentía que volaba. Era como, vivir todo el tiempo en la luna, ¿me entiende?

—¡Oh, sí! Lo entiendo perfectamente.

—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta! —gritó el loro que giraba en su aro como si estuviera manejando un auto fórmula 1.

—¿Usted le enseñó eso?

—Era uno de nuestros comerciales, y se lo aprendió de volada en un día.

—¿No se supone que es: “Quaker State, su copiloto”?

—Esos condenados gringos. Me pagaron y luego me robaron mi idea. ¡Malditos lacras!

—Me gustaría saber lo que pasó.

—Por supuesto. Le contaré. Desde muy chico estuve ahorrando y ahorrando para poderme comprar mi auto algún día. Cuando tenía 20 años me conseguí mi primer Ford. Era un modelo viejo, 1945, pero corría un resto el desgraciado. En unos arrancones que anduvimos haciendo por la salida a Toluca, un día me descubrió un hombre bien trajeado. Me dijo que él podía hacer mis sueños realidad. Yo al principio no le creí, pero hablaba como si fuera un predicador. Era un representante de aceites para motor que le vendía a varias escuderías cuando se corría el Gran Premio de México en el Autódromo. Me dijo que me fuera a chambear con él.

—¿Y de qué le ofreció trabajo?

—Pus al principio como chalán. Empecé desde abajo, ahí en los talleres. Aprendí como ayudante de mecánico como unos 3 años, luego me fui puliendo y empecé a ascender. No ganaba mucho dinero, pero al menos tenía un trabajo y eso me daba para comer. Seguía ahorrando como mula judía, porque no sabía si ese sueño iba a durar para siempre. Seguía talacheando en otros queberes.

—Pues de vez en cuando regresaba al mercado para ayudarle a mi papá en su puesto o llevaba bordados que hacía mi mamá a las comadres de Santa Domingo y mi favorito, me iba a yo ahí por las calles de vendedor ambulante. Uta, me iba chingón. Andaba de un lado a otro con mi carrito. Vendía por temporadas. Un rato jugos, otro rato camotes, otro rato piñas, pero mi favorito era vender algodones de azúcar. Ya sabe. Oir la risa de los niños no tiene precio.

—¿Y luego como salió esa cosa del Apollo 11?

—Ah, pues un día en el taller, estábamos buscando la forma de encontrar un propulsor a base de aceite, que no se quemara tan rápido, con un rendimiento del triple de capacidad. Estaba cabrón, eh. Y de repente vi en la tele lo de estos tipos que se fueron a la luna. Fue allá por el 69, ¿cierto? Al despegar, esas naves hacían un chingo de ruido, pero dicen los que saben que cuando llegaban al espacio su vuelo era bien pinche livianito, como de borrego girando en barbacoa. Bien muertito. Usamos unos aditivos que le dieron más consistencia a la mezcla del aceite y !pa su madre!, los coches se volvían cohetes, super calladitos. No podías saber si al lado te estaban rebasando. Por eso eran ideales para las carreras.

—¿Eso no era ilegal?
—Era la época romántica del automovilismo, mi comandante. Todos los pinches equipos eran bien tramposos, hasta los de Ferrari. Los coches estaban super amañados, pero nos hacíamos de la vista gorda. El chiste era ganar. Lo demás eran puras pendejadas.
—Pero seguramente, su producto se volvió muy famoso. ¿Cierto?
—Sí y no, mi comandante. Todos lo usaban, pero no podía hacerse público porque las carreras perderían interés y los aficionados se desencantarían. No podía saberse, tenía que usarse por debajo del agua. Por un rato funcionó bien, pero después…
—Hace quince años por fin pude haber logrado mi sueño. Pero, todo se fue al carajo. Ya había podido reunir un buen capitalillo para asociarme con unos weyes del gabacho. Mi retiro dorado. Pero, me accidenté y esos mismos tipos se robaron mis fórmulas. Las vendieron a Quaker State por cinco pesos y yo me quedé en la ruina.
—No me diga, ¿pues qué le pasó?
—Un desastre, mi comandante. Me atropellaron, cuando me querían robar mi carrito de algodones. Yo nada más salía de vez en cuando para recordar viejos tiempos y un día, ¡pum! Unos malandros me intentan asaltar y en la rebambaramba un pinche auto ojete me toca la pierna y me deja casi inválido. Ni lo vi venir. Me dio por la espalda. ¡Pinche destino tan cruel! Un pinche auto, el símbolo de mis sueños, los acabó de un madrazo.
—¿Nunca levantó denuncia?
—Sí intenté, pero en el ministerio público me dijeron que el expediente se había perdido. Un amigo abogángster me dijo que me aplicaron la del hombre de paja. Juntan a 3 o 4 tipos para declarar y después ya no pueden aplicar la notificación para el juez, porque cambian los domicilios y el MP desecha el caso por falta de pruebas. ¿No le parece eso una mamada?
—Ni que lo diga, don. Ni que lo diga. ¿Y los asaltantes? ¿Supo que les pasó?
—Pues no es por ser ave de mal agüero, pero semanas después me enteré que los dos que consiguieron huir se los tronaron por allá en Lerma. Los encontraron hechos cachitos y a los otros dos en la cárcel les metieron filo en el abdomen.
—¿Recuerda usted al Secretario que le tomó la denuncia en el MP?
—No me acuerdo bien, creo que Estrada. Sí. Hugo Estrada. En el lugar todos le decían el Chinos.
—Haberlo dicho antes, mi don. Si ese pelagatos es mi compadre.
—El mundo es un pañuelo.
—Es todo don. Lo dejamos aquí en su casa. Digo. En su bodega. De verdad le agradezco mucho la información. Gracias por las historias. Me hicieron volver a la juventud. A mí también me gustaban los autos.
—¿Y qué piloto quería ser usted?
—Yo no soy de pilotos, soy de películas. Bond, James Bond.
—¡Ese, mi comandante! ¡Me salió más cabrón que bonito!
—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta!

De vuelta a la comandancia parece que las piezas comienzan a embonar. Una lata en forma de nave. Un juicio sobreseído. Autos, algodones de azúcar, pilotos de carreras mujeriegos, alta velocidad, un loro, un hombre de paja, una ruta de escape. Si su instinto no le falla, bien podría encontrar la pista de carreras que cuatro tipos usaron al salir de un banco que nadie imaginó en su cabeza, excepto un pobre diablo que cayó en la ruina y ya no pudo manejar hasta la luna.

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Noveleta sin pretensiones

Capítulo 9

Al terminar la universidad, mi vida entró en una de esas fases donde resulta más divertido quedarte a jugar con tus sobrinitos que ir a buscar tu primer empleo. Estaba atorado. No tenía ni una pizca de idea sobre cómo empezar mi vida adulta. Por supuesto, no faltaron reclamos de Valeria. <<Te dije que te vinieras a trabajar conmigo en el puesto de dulces. ¿Cuándo aprenderás? No vas a ser niño por siempre. Bla, bla, bla.>>

Mea culpa. La timidez me había bloqueado ciertas habilidades sociales, pero mientras no había salido del mundo escolar lo peor era no ser invitado a tal fiesta o perderse la graduación. En cambio, cuando se trataba de ganarse el pan, resultaba difícil convencer a alguien de que yo era alguien de valor, si al primer momento de una entrevista me daban retortijones por el mole en pipián de mamá.

Con el fin de remediar la situación, los muchachos vinieron por mí una tarde de miércoles. Estaba algo apenado. Valeria canceló su taller de marionetas para niños que tenía programado esa tarde. Silvia fingió tener gripa para faltar a un ensayo en la Compañía de Danza del INBA y Andrés no fue al bar de costumbre a ligar con su costumbre de engañar a las chicas de que Bukowski era vegano. Mis queridos amigos. Sin ellos estaba perdido.

—¿Y qué pasó? ¿No fuiste a la audición de la Ollin Yoliztli para entrar a la Filarmónica de la Ciudad? —dijo Valeria.

¡Por favor! Esos tipos son tan corrientes que volverían al Concierto de violonchelo número 1 de Haydn en una canción de Juan Gabriel.

—Ay, Leo. Deja de ser tan inseguro. Tú puedes tocar a ese nivel sin problemas. ¡De verdad¡ Te he escuchado y me derrito todita.

El problema nunca fue mi nivel de solfeo o la forma de sentir la melodía. Lo que pasa es que me creía incapaz de pertencer a algo. Ni siquiera era dueño de mí mismo, menos de algo tan importante como una sinfónica.

—Nelpas. A mí se me hace que acá a nuestro Zorro se le aflojó el mastique comiendo caviar. ¿O me equivoco, Leo? —dijo Andrés. Lo odiaba cuando le daba al clavo.

—¡Cállate, tú! Nada más andas de amarra navajas y ni sabes qué onda —respondió Valeria. Como siempre, enojada.

Me hundí en el asiento más de la cuenta. Craso error. Era la señal cuando mentía. No podía ocultarlo. Era un tic que se me había quedado desde el campamento del club de Jesús.

—¿Neta no fuiste porque mamoneaste? —dijo incrédula Silvia.

Pues sí. Esa es la realidad. No me llegaban ni a los talones. Nadie en esa orquesta podía decir que amaba la música. Lo podía percibir en sus grabaciones que me pasó Valeria. Las notas me sonaban apagadas. Sin chiste. Yo no podía tocar junto a ellos. Me chuparían el alma.

—Ay, Leo. Todos tenemos que empezar por algún lado. No puedes llegar a ser jefe, sin antes pasar por obrero. Bueno, no pasa nada. Vente para acá, yo te apapacho —dijo Valeria. De inmediato me llevó a su regazo. Amaba eso.

—Deja de mimarlo como si estuviera en Plaza Sésamo. Lo que este cabrón necesita es una buena cogida —respondió Andrés.

—Ya vas a empezar con tus gatadas machistas. Para el auto o nos bajamos —respondió Valeria.

—¿Y por qué no nos callamos todos y dejamos de discutir como animales para elevar nuestro segundo chakra a la concordia? —resolvió Silvia. De hecho siempre que discutíamos hacía lo mismo. Nadie creía en su estilo de vida new age y sin embargo la obedecíamos. Era la que nos mantenía a raya.

Los placeres de la vida. Aire fresco entrando por la ventana. El sol en su máximo esplendor. Las piernas de Silvia colgando de la puerta. Valeria encendiendo un cigarro de marihuana. Andrés conduciendo con los ojos cerrados. Ice Ice baby en la radio. Odiaba esa canción, pero era la favorita de Valeria. No todo podía ser perfecto. Ja.

—Otra vez esa pinche cancioncita. Le voy a cambiar —dijo Andrés.

—No, déjala. A mí también me gusta —secundó Silvia.

¿Nunca se han sentido gangsters de la cuadra con cara de niño rico de Beverly Hills?

—Bueno, a ver. Como está la cosa de la chingada, dudo que el pinche Zedillo nos saque el pene del culo. No hay varo ni para montarse un pinche puesto de tamales. El país no tiene ni un varo para invertir en chicles. ¿Y quién sale jodido siempre? Pues nosotros, la clase media que sostenemos a los de abajo y nos aguantamos las mamadas de los aristócratas del Pedregal —dijo Andrés en su primer letanía política del día.

—Ay no, qué hueva. Entonces sí cámbiale de estación. No queremos oírte todo el camino como Zapatista de closet respondió Valeria.

—No, Vale. Deja que acabe. A ver. ¿Qué decías? —dijo Silvia.

—Pues sí. Como el gobierno no nos las hace buena, ni modo. No queda otra que entrarle al dinero fácil. Ellos hicieron las reglas del fuerte comiéndose al débil, ahora que se chinguen con las consecuencias. Armemos una banda.

¿Cómo que armemos una banda? Estilo Banda Machos o Los Fabulosos Cadillacs. La verdad nadie en un primer momento entendió a lo que Andrés quiso decir. Todos dábamos por sentado que seríamos ciudadanos decentes hasta el día de nuestras muertes. Hum. Estaba equivocado.

—No sean weyes. No una banda de música. Una banda de malandros. De pinches ratas blancas.

—¡No mames, Andrés! Tú ni podrías quitarle el reloj a esa viejita que está ahí en la esquina caminando con andadera —dijo Valeria.

—O sea, ¿me faltan huevos? ¿Es lo que quieres decir? —reviró Andrés.

—No, esos ya te los quitó tu última novia. La que te dejó sin carro y sin lana. ¿Ves? El asaltado fuiste tú.

—Te voy a romper el hocico.

—Déjate venir, nene.

—¿Otra vez? ¡Ya! Parecen niños de kinder —dijo Silvia.

Yo no estaba dispuesto en ir a la cárcel. Ahí violan a los primerizos, a los que tienen acné, a los que violaron antes y a los estafadores. Ni hablar. Aquello era muy peligroso. Después de un tiempo se te olvida hasta como te llamas. Es como estar atrapado en una fuga de Bach sin clavicordio.

—¿Y cómo nos llamaríamos? —dijo Silvia.

—Algo chido, algo pegajoso. Ah. Ya sé. Los Kool and the gang —dijo Andrés.

—Uta, qué original me cae. Así hasta el jefe Gorgory se orina en sus pantalones. Ah, no, ese es Rafa.

—No suena mal. De hecho tomar el nombre de algo que ya existe le da más prestigio al clan en cuestión —agregó Silvia.

Pero el chiste de una banda no es tanto el prestigio, sino la apropiación de algún simbolismo que la haga única. Como su marca registrada, pues. Igualito a la sordera de Beethoven, pero no tan drástico. Música de viento en el estadio diría el Perro Bermúdez. <<Versallesque>> <Culereeeee, culereeee>> ¡Eso es! Los Kool(eros) sin el Gang.

—¡Yupi! Me encanta, Leo. Es genial —dijo Silvia.

—Muy ingenioso, añadió Valeria.

—Ta bueno, pues. Te salió de churro, pero pasa —respondió Andrés.

—¿Y cómo nos llamamos? Cada uno, digo.

—Esa es la parte fácil. Acá mi Leo. Obvio. No hay ni que pensarlo. El Zorro Apestoso. Bueno, eso es muy largo para decirlo en el walkie talkie. Mejor Zorro 2, para que suene con más cachete. Para mi queridísima Silvia. Hum. Tan tierna. Candy Candy. Sí. Y finalmente, la bruja escandalosa del departamento 6. Ash. Pues ya. Tanto que ama su rap blanco y las malteadas del Helen’s. Que se llama Vanilla Ice. Y acá su servilleta; Papá Dios. ¿Les late?

—Vaya, hasta que se te ocurre una buena idea. Pero tu alias es muy ñoño. Tendremos que buscarte uno más corriente. ¿Y qué se supone que robaremos? —dijo Valeria.

—Ahí está el truco, chata. No vamos a ser una banda que asalte. Bueno, sí vamos a estar jugando con el bando de los malos, pero en reversa. O sea, vamos a cazarlos para después cobrar la recompensa con los polis —dijo Andrés.

—¿Y cómo carajos vamos a saber dónde están? Peor aún. ¿Cómo chingados vamos a saber cuándo van a robar o a secuestrar? No somos Nostradamus —replicó Valeria.

—Pues con inteligencia, amiga. ¿Que nunca has visto los Misterios sin Resolver o Crímenes de la Calle Morgue? Ahí los polis se revientan los sesos hasta dar con los responsables —dijo Silvia.

Sonaba demasiado fácil. Irreal. Ir de un lado a otro como Sherlock Holmes con cuerpo de Terminator requería no sólo tiempo en el gimnasio. Faltaban recursos; armas, ropa, comida, tiempo. ¿Dónde carajos aprenderíamos a apuntar con una pistola de agua sin que nos detuvieran los de tránsito? Estábamos en la esquina de Gabriel Mancera y Luz Saviñón. Mi vida yéndose al caño. Sin departamento propio. Viviendo con mis padres. Necesitaba un empujón venido de Saturno para impulsarme más rápido que Alain Prost.

—Ay, ¡qué lindo carrito de algodones rosas! ¡Ya vieron! Le salen flamas de atrás, como la caricatura de Meteoro —dijo Silvia.

En verdad era bonito. De metal, no de madera. Mucho más estético que uno de camotes. Cada vez que salían chispas de atrás se inflaba el algodón de azúcar en el cofre. Era como una combinación de nave espacial con la Feria de Chapultepec. Le sonaba música como camión de helados. Lo conducía un señor ya viejo, pero entusiasta. Niños se le acercaban por doquier. Los atraía igual que a las abejas. Billetes iban y venían. En vez de señor de los dulces parecía un vendedor de boletos de lotería.

—¿Ya vieron? Ese wey que está en el tubo. No me late. ¡No me jodas! ¿Se lo va a apañar? —preguntó Andrés, pero sus palabras se las llevó el smog.

Todo fue muy rápido. El tipo se abrió la gabardina y sacó una pistola. El muy cobarde golpeó la cabeza del señor por la espalda. Ni tiempo le dio de reaccionar. Los niños huyeron despavoridos. El tráfico estaba insoportable. Me sentía en cámara lenta. Nadie reaccionaba. Ni gritaba. Aquello era normal para ciudades como el D.F., Nueva York, Bangkok, Buenos Aires. Llega un villano a tu vida y te saca de tu riel. Porque se le pega la gana. Porque sí.

Cuando nos dimos cuenta, Andrés ya estaba sobre el tipo. Pisó a fondo el acelerador. No lo pensó. Fue en automático. Alcanzó a prender su pierna. Casi se la arranca. Fue dantesco. El hueso del fémur se le salió. Trató de dispararnos, pero su arma ni estaba cerca de él. Sólo cortó cartucho imaginariamente con sus dedos. Cayó inconsciente al piso. El carrito de los algodones también quedó destrozado. El señor lloraba de tristeza. <<Me costó diez años construirlo>>.

Llegó la policía. El dinero ya no estaba. No nos lo quedamos nosotros. Desapareció y ya. Quisimos hablar con él para disculparnos. Nos sentimos mal por haber destruido su vida. No nos quiso hablar. En la madrugada salimos de la delegación. El papá abogado de Silvia nos salvó. Ya nada podía cambiar lo sucedido. Éramos ladrones a la inversa. Imposible volver atrás. Nuestro destino estaba marcado.

Let’s kick it…

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

Los kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Intermedio

 —Tranquila, Silvia. Agáchate. Imagina que estamos en el jardín cazando caracoles —dijo Valeria.

—Los malosos salieron por todos lados. Nos pueden encontrar —murmuró Leonardo, temblando de miedo.

—No nos van a encontrar. Olvidan que tenemos el super poder invisible —dijo Andrés, orgulloso.

—Quiero irme a mi casa —pensó Silvia, aterrada. Había dejado sus muñecas en la Ciudad. Nadie estaba ahí para atenderlas.

Los cuatro niños escondidos en un ovillo del jardín del hotel se mecían los cabellos. Contaban las detonaciones que parecían emerger de un volcán en furia. Se escuchaban, a lo lejos, algunas sirenas y aspas de helicópteros, pero también parecían aterradas con la tolvanera y se quedaban a prudente distancia para no quedar atrapados en medio del infierno.

Andrés, quien era el más influenciado por las películas hollywoodenses, donde siempre gana el “bueno”, ideaba un plan en su cabeza. Primero, se encontraría con un arma abandonada a su suerte de algún maloso, y con ella comenzaría a abrirse paso entre la maleza, cubriendo la espalda de sus amigos. Había visto Rambo quinientas veces y, en todas, salía saltando de la cama sin ningún rasguño.

Leonardo tenía la convicción que estaba viviendo una pesadilla. De un momento a otro, despertaría en su cama, alejado del peligro y más mojado que nunca. Todavía mojaba las sábanas sin control, cuando sus nervios le jugaban una mala pasada. En su mente, le parecía adecuado actuar como un referí de boxeo. Los policías ahorrarían tiempo y no tendrían que estar cazando, un por uno, a todos los gatilleros. Él sólo sería suficiente para pacificar a todos con unas cuantas palabras ¡Ya no se peleen! ¡Los voy a acusar con mi papá!

Silvia y Valeria permanecían abrazadas. Una a la otra se tapaban los oídos, la boca. Ambas creían en fantasmas desde que una vez, en la escuela, se habían quedado a jugar dentro del salón en lo que las recogían. Ya era tarde. No se escuchaba a ninguna maestra o encargada de limpieza, cuando tres o cuatro pelotas de los casilleros comenzaron a botar. Chocaban contra el suelo como granizo. Una y otra vez. Valeria, que se jactaba de ser valiente, abrió de un jalón el primer casillero. Adentro no había nada. Silvia gritó como nunca. Su amiga trató de llevársela a rastras. La tranquilizó acariciándole el cabello. Ella no pudo gritar. Su abuela le había dicho que si lo hacía, quedaría muda para siempre.

—Parece que ya acabó. Gracias a Dios —dijo Leonardo.

—Hay que regresar. Nuestros papás deben de estar preocupados —dijo Silvia.

—Ajá, con lo mucho que te quieren, deben de estar llamando a Locatel —dijo Valeria en tono de burla. Siempre lo hacía en los momentos más incómodos.

—¡Miren! ¿Qué es esa cosa negra que se está moviendo por esas macetas? —dijo Andrés. Los tres amigos lo siguieron en automático.

Más parecido a un tejón, aquel bulto comenzó a roer las hojas. Las cercenaba sin piedad. Solo gruñía y levantaba un poco de polvo. Junto a la barda perimetral del hotel, se escuchaba el sonido de un taladro que picaba la pared con persistencia. La sombra se acercaba cada vez más hacia ese punto. Primero, despacio, en puntitas.Después, trotando. Luego, apuntando. Sí. Apuntando la cabeza de Leonardo.

—¡Pinches chamacos! ¡No se muevan o le vuelo la cabeza a su amigo! Se van a quedar bien calladitos, eh. No vayan a cagarla —dijo el tejón convertido en un gatillero en fuga.

—No nos vaya a matar, señor. Le prometemos que no diremos nada —dijo Silvia, aterrada. Quiso gritar de nuevo, pero la mano de Valeria nuevamente se posó sobre su boca.

—Suave, señor. Suave. ¡Por favor! Déjenos ir. De veras que no queríamos molestarlo —dijo Andrés.

—Ahora la beben o la derraman. Aquí, mi compa Heriberto está haciendo un hueco por esta pared para pelarnos de acá. Ahora se chingan. Cuando termine, los dejamos ir.

—Es usted uno de esos malosos que estaba en en ese lugar para adultos, ¿cierto? —dijo Valeria, envalentonada.

—Mira que chamaca tan inteligente. Así es, chula. Pa que te cuento que nos querían dar piso allá, pero no pudieron conmigo y con mi fierrito me chingué gratis como a 5 o 6 . ¿Cómo la ves?

Leonardo se había desmayado. Ya no es escuchaban tiros. La noche se había quedado callada. Demasiada sangre había ido a parar hasta el mar. Las palmeras apenas se sacudían. El tiempo se hacía eterno. Por un momento, Andrés pensó en aventarse contra el tejón para quitarle el arma. Aquel acto heroico cruzó por su cabeza como si al nacer hubiera quedado como una misión ineludible. Pero, en el mundo real, las cosas son más crudas que en las películas. El matón sangraba de un costado y se le alcanzaba un ver trozos de piel desgarrada. Aquello le dio asco.

—Vientos, Heriberto. Ya casi la armas. Acuérdate que de acá nos largamos recio hasta Tijuana. Ni una sola parada. No vaya a ser que esos pendejos nos quieran dar el madruguete por acá.

—¡Alto ahí, culero! ¡Suelta a ese morro! ¡Hasta acá llegó tu suerte, Manolito!

Diez uniformados con armas de alto calibre rodearon al personaje. Uno de ellos rodeó con una manta a Sivia, que sudaba frío. Andrés se quedó maravillado con aquellos hombres que parecían vestidos como Robocop. Hasta trató de imitar a uno de ellos, poniéndose pecho tierra apuntando al prófugo con una varita del suelo.

—¡No mame, comandante! Mire todo lo que tuve que hacer para salir vivo de ese pinche tugurio, para quedar con los calzones abajo. ¡No es justo!

—Gajes del oficio, Manolito. A ver, ¿dónde está el lobito? Porque no me vayas a decir con la mamada de que se fue a la luna. ¿Quién lo tiene? ¿El Chapo? ¿El güero?

—¿Y cómo carajos voy a saber? Si de un momento a otro nos llovieron los pinches balazos y eran tantos que hasta casi me quedo ciego. ¡Ya no hay derecho! Yo no vi nada. Me pelé de ahí como pude.

—¡Hazte pendejo, Manolito! Ahora me vas a venir a querer ver la cara. No me jodas. Ese pinche lobito no quedó muerto allá adentro. Seguro el cabrón agarró madriguera y anda buscando túnel hasta Tijuana.

—De mi patrón no lo dudaría. A lo mejor el wey se ve ahí todo chirgo, pero es abusado el cabrón. Sus hermanos a veces lo subestiman.

—Bueno, ya luego sabremos qué carajos pasó. ¡Orale, mi buen! Échate ya al piso.

Manolito, el tejón o sombra que se arrastra se negó. Apretó más el cuello de Leonardo y con sus piernas sostuvo con fiero celo un maletín con piel lujosa. Su compañero, al otro lado de la barda, ya había huído desde que escuchó el sonido de las botas policiales. Estaba solo, pero había algo en su interior que lo mantenía con toda la confianza de un guerrero del norte. Firme hasta el final. Tenía la convicción de que ningún policía o militar podían ablandarlo. Su misión de proteger a uno de los miembros más importantes del Cártel de Tijuana, lo galvanizaba contra cualquier amenaza. Era como un escudo antibalas.

—Pinche, Manolito. No vayas a cometer ninguna pendejada. Es mejor que te vengas con nosotros. No hay bronca. Ahí te damos protección y nos llenas de datos pa que los gringos no se nos hagan pipí fuera de la bacinica. Te conviene, wey.

—Ni madres, puto.

—Ya me estás empezando a desesperar. Suelta a ese pinche niño y pon las manos en alto.

—Suelte a mi amigo. Él no tiene la culpa de que usted sea un maloso de lo peor. Métase con uno de su tamaño —dijo Valeria con el poder de mil diosas, colocándose entre el tejón y el comandante. En medio del caos, se pueden ver las rocas caer.

—¿Qué haces niña? ¡Sal de ahí! —dijo el comandante.

—Señor. ¿Qué espera? Le dije que suelte a mi amigo.

—¡Vaya! Miren qué tenemos aquí. Una tigresa que echa lumbre. Fíjese comandante, que no nos caería mal una niñita como esta. Tiene más huevos que todos los vatos de Baja California juntos.

—Ríndete, cabrón.

—Le ofrezco un trato, comandante. Me deja ir y como regalo me llevo a esta morra, o le digo las coordenadas del lobito, pero también me chingo al chamaco de un plomazo. ¿Qué le parece?

—Estás loco, pinche Manolito.

—Voy a contar hasta diez. Corre tiempo. Uno, dos, tres…

—Está bien. Tú ganas. Dime dónde está el lobito.

—Leo, no —gritaron los tres niños, llorando.

El tejón sonrió como cuando disparó contra su primer víctima y pateó el portafolio hacia donde estaba el comandante. El sicario le guiñó un ojo y le dijo con los labios la palabra “mapa”. Ahí, en tan solo dos segundos de distracción, fintó a Manolito como si fuese a bajar su arma, y uno de los sargentos, que estaba trepado en una de las palmeras, viéndolo todo desde arriba, le disparó al maloso a la cabeza. Leonardo se liberó al instante. Sus tres amigos corrieron a abrazarlo. Seguían temblando de miedo. Adentro del maletín no había nada. Sicario o policía. Ninguno de los dos deja nada al azar.

—¿Cómo logró engañarlo, señor? —preguntó Andrés, con los ojos bien abiertos y abrazando a su nuevo héroe.

—Lo supe todo cuando miró hacia abajo. No se iba a atrever. Acuérdate muy bien, hijo. Mira siempre de frente, como miran los hombres. A esos nunca se les moja ni un pelo en tiempo de lluvias.

Cuatro amigos y la paz

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Capítulo 6

Pasaron unos siete años para que Valeria me perdonara por no haberla ayudado en su aborto de emergencia. Pero, ella también tuvo un poco de culpa en el asunto. Nunca me dijo nada. Se lo tragó todo. Entiendo que era mucha la vergüenza y la crisis del momento, supongo yo, la petrificó. No obstante, no confiar en tu mejor amiga, cuando se supone está ahí de manera incondicional, me causó algo de decepción. Ella dice que lo decidió de último minuto porque no soportaba la idea de mirarse al espejo como alguien indigna frente a su pareja. Bueno, eso es mucho decir, porque ella era muy enamoradiza y tuvo varias novias. Lo que quiero decir es que tenía un pavor a que una vez dando a luz, su amor propio y sexual quedaran sepultados para siempre. Para una lesbiana quedar preñada por un hombre, nunca es cosa fácil.

No estuve ahí porque mi papá siempre estaba empeñado en mantenerme ocupada en tiempos de vacaciones. Nada de ocio, pura acción. Que un campamento por acá, que un curso de inglés por allá, que un club de la ONU por acullá. A los 15 no eres dueña de tu vida, ni siquiera para elegir tus zapatos. Haces lo que te mandan. No tienes voz propia. Encima, agreguen que tu papá es un general retirado del ejército; antiaborto, antirockero, antiespiritual, antigay y antipático. Nunca me lo dijo de frente, pero siempre quiso alejarme de Valeria. No soportaba su insubordinación, su rebeldía con la vida. Para él eso era peor que levantarse a las cinco de la mañana para combatir narcos o guerrilleros en Oaxaca.

Cabe decir que el “afortunado” general, o sea mi padre, armó una fortuna de la noche a la mañana. Cuando estaba en la primaria la situación estaba dentro del parámetro normal. Departamento de medio pelo en la Portales, dos vochos en la cochera, chicharrón con salsa verde para desayunar, misa en domingo y escuela pública. Pero, después de lo que pasó en Puerto Vallarta, la cosa comenzó a cambiar. De a poco comenzaba traer regalos a la casa, y de su cartera siempre sacaba puros billetes nuevos de 500 pesos. Al salir de sexto, nos mudamos a San Jerónimo a una casa de tres pisos con jardín. Mi mamá dejó de ir al salón de belleza en Iztapalapa para hacerse el pedicure con las ricachonas de San Ángel. Mi hermano se fue a estudiar a Estados Unidos. De pronto, ya éramos de otra clase social, como si eso fuera una especie de virtud. A mí me fastidiaba un poco.

Valeria nunca me negó nada. Ni andaba conmigo por interés como todos los demás del salón. Le daba igual si yo tenía un peso o doscientos. Nunca mencionó nada de los choferes que me llevaban a cualquier lado, ni se fijaba en mis zapatos nuevos. Se quedaba conmigo al acabar el taller de barro a lavar los cacharros. Luego, salíamos a la esquina por una hamburguesa y nos íbamos al parque. Había días en los que ni siquiera hablábamos. Nuestros pasos contra el concreto eran los que llevaban el ritmo de la conversación, y las hojas cayendo en otoño les respondían.

Recuerdo muy bien una noche, después de mi última clase en la facultad, en la que fuimos juntas a una función de magia. No me acuerdo bien quién me había conseguido los boletos, quizá, fue una especie de casualidad inesperada que no se toma en cuenta en el momento, y después perdura para toda la vida. El mago se llamaba Mr. Roboto. En vez de sacar conejos de su sombrero, sacaba fajos de billetes. El público ingenuo pensaba que era dinero de verdad y se peleaban como perros por un miserable ejemplar. También lograba que dos monos se besaran y caminaba sobre el agua. El truco que más me gustaba era el del enterrador. Igualito que Houdini, se metía en un ataúd y ordenaba a sus ayudantes que lo echaran a una zanja que, de inmediato, la llenaban de tierra. Así pasaban cinco minutos, luego diez, luego veinte. El público comenzaba a asustarse. ¡Pobrecito, ha de estar muerto! De repente, el tipo salía de la nada por una de las puertas laterales del escenario. Era un maestro del engaño.

Nos metimos a su camerino al finalizar la función. Parecíamos dos colegialas en un concierto de los Back Street Boys. Le pedimos un autógrafo y nos tomamos unas fotos con él. Hablamos de poco y nada. Venía de una familia de cirqueros en línea contínua desde el siglo XIX. Era vegetariano y odiaba a George Bush padre. Eso lo deduje porque era mitad mexicano, mitad iraquí. Había viajado por el mundo casi en la miseria. Se iba de incógnito en barcos pesqueros y se quedaba por temporadas trabajando en los campos o en las minas. De un momento a otro surgió el tema de por qué un mago nunca revela sus trucos. Valeria dijo que porque era de mala suerte, yo porque es más fácil vivir engañada esperando la verdad que morir en la mentira. Él no dijo nada. Bebió su café y comenzó a empacar sus cosas.

—¿De verdad no nos piensa decir el truco? ¡Ándele! No sea malito —dijo Valeria.

—Síganme —respondió el mago.

Estábamos frente al ataúd. Era negro y tenía las esquinas chapadas en oro. Parecía como uno de esos autos elegantes que son capaces de llevarte hasta el espacio. Puro lujo. Las manos de él estaban agrietadas. Llenas de surcos. Una vida de historias, también de hambre. Se asomó a la zanja y echó unas flores. Una lágrima se salió de un ojo. Se puso a orar en silencio. Luego nos miró a los ojos y nos dijo. —Antes de que mi padre muriera me repitió las mismas palabras de Alejandro Magno. “Me vas a enterrar con una mano adelante y otra atrás”. Te dejo mis ojos y mis recuerdos. Cuídalos bien. Valen una fortuna”. Eso fue todo. Se fue como cuando se le acaba el agua a un pozo. Y desde entonces no he parado. Por un momento siempre fui celoso de mis trucos. Nunca dejé que nadie interfiriera con ellos. Era como un Santo Grial. Prometí hasta el último abrazo de mi padre que cambiaría mi suerte y me haría rico. Para honrarlo Porque creí que eso era la felicidad. Nada más errado. Entre más éxito tenían mis actos, menos dinero me llegaba. Y así comprendí que venimos a esta vida a hacer reír a los demás. Es un tesoro que nunca se agota. Ustedes se tomaron la molestia de venir hasta acá a felicitarme, así sin más. Se sintió muy bien. Saben, hasta ahora, después de un largo tiempo, nadie me había vuelto a preguntar por mis trucos. Eso quiero regalarles hoy. En honor a mi padre quiero decirles cómo funciona El Enterrador. Seguro le divertiría estar aquí con nosotros.

Era más simple de lo que creí. Los ayudantes tapaban al mago con una capa después de que éste se metía al ataúd. Adentro había un resorte que se conectaba a un túnel que conectaba a la zanja con la parte lateral del escenario. El mago lo único que tenía que hacer, estando ya enterrado, era rebotar y salir arrastrándose hacia la salida. Lleno de tierra, dos de sus edecanes lo limpiaban y le daban un cambio de ropa. Así. Elemental. Un astuto topo nocturno. Nos despedimos de él casi como a las cuatro de la mañana. La noche se nos había hecho eterna. A la semana de aquello, mi papá tuvo una embolia y lo tuvimos que llevar al hospital.

Valeria estuvo conmigo todo el tiempo apoyándome. Fue maravilloso. Me acompañaba cuando salía a comprar medicamentos, cuando tenía que bañar al general, cuando le decía a mi mamá que podía llorar si quería. Por desgracia, no todo fue miel sobre hojuelas. Después de un mes internado, mi papá regresó a casa, pero la tormenta comenzó. Mis dos hermanos mayores aprovecharon nuestra ausencia para llevarse algunas herramientas y muebles de la sala. Los vendieron dizque para pagar una tarjeta de crédito.

Al principio fueron precavidos a la hora de ir saqueando las cosas de mi papá, pero después a los descarados ya no les temblaba el pulso para encajar el diente. Aprovechando que mi papá estaba bastante tocado, tramitaron un poder legal que les dio el acceso a las cuentas bancarias y a los inmuebles registrados a su nombre. Hacían y deshacían como querían. Mi mamá horrorizada se metió a una lógica incomprensible del síndrome de Estocolmo. —Ay, no juzgues a tus hermanos, hija. Ellos cuidan de nosotras y de tu papá—. Nada más falso. Eran unos rufianes sin remedio. La gota que derramó el vaso fue cuando hipotecaron la casa para usar el dinero en una apuesta “arreglada”. Los estafaron y encima nosotras teníamos que pagar los platos rotos. Nuestra discusión llegó hasta oídos del general, que escuchaba desde su habitación, y ahí quedó todo. Murió al instante de un infarto.

Los días posteriores fueron insoportables. Tuve que encargarme de los trámites y fungí como paño de lágrimas para mi mamá. No había testamento, así que estábamos en completo estado de indefensión. Si yo no actuaba a tiempo, mis horrorosos hermanos eran capaces de dejarme a mí y a mi mamá en la calle. Pero no encontraba forma. Cualquier cosa que intentara, ellos lo interpretarían como una traición u ofensa, lo que les daría armas para demandarme. Estaba platicando de todo esto con Valeria, cuando surgió la palabra “mágica”. —Y si hacemos un “enterrador”. Al instante, no capté lo que me quiso decir, hasta que el fino bigote del mago me devolvió la sonrisa al rostro. Era tan guapo como mi papá. —Pero, ¿cómo haremos? —dije. —Si tus putos hermanos quieren guerra, guerra tendrán. Los haremos caer en su propia trampa, aunque nos ensuciemos las manos —contestó Valeria.

El entierro estaba programado para el mediodía. Cientos de familiares se aproximaron a la Ciudad desde Matamoros, desde Sinaloa. Mi papá tuvo amigos por todos lados. Un escenario de una despedida digna. La trampa dio comienzo con un documento. Tomé la mano muerta del general y firmé un ejemplar falso de un testamento. El notario no interpuso ni pío. Era tan amigo del general que era capaz de hacer cualquier cosa desviada. Lo puse sobre la mesa de la cocina. Al otro día mis hermanos lloraron de felicidad. Todo era para ellos. Ni yo, ni mi mamá aparecíamos. Lo firmaron de inmediato. Luego, en la agencia funeraria mandé que se colocaran dos ataúdes. Uno para el general, y el otro para su escopeta a la que quería mucho. La llamaba; “mi segunda esposa”.

Unos mariachis comenzaron a tocar el rey. Una valla de uniformados verdes colocó una bandera mexicana en el ataúd donde reposaba mi padre. La lloradera era hasta ridícula. Gente que yo nunca había visto en la vida queriéndose aventar a la zanja para acompañar al general. Mis hermanos también eran un mar de zozobra. Discursos de guerra. Bendición de un sacerdote ex guerrillero. Cañonazos al cielo. Di la orden de bajar ambas cajas. La despedida. Poco a poco la gente se fue retirando. Mis hermanos me guiñaron el ojo, y encima sonriendo. Eran abominables. Comienza la función. Volvimos por la noche. LOS DE SIEMPRE. Leonardo, Andrés, Valeria y Silvia. Los incondicionales. La tumba estaba en una de las orillas del panteón. Fue más sencillo de lo que pensé. Al otro lado de la barda había un callejón sin luz. Ahí me estaban esperando mis enterradores con el cuerpo de mi papá, rebotado por el truco del ataúd. La escopeta se quedó en el otro, como siendo testigo silencioso de mi crimen. Que no era tal, sino justicia divina.

El segundo entierro fue más majestuoso. Sublime. Sin gente rara. En silencio. En paz. Honesto. El general así lo hubiera querido, aunque no tuviera tanta estima a Valeria. Siempre que nos veía nos decía: “Amistades largas y cuentas claras”. Le daba gusto que yo tuviera esa clase de amigos. Él, que nunca pudo darse ese privilegio, lo lamentó toda su vida. Les dimos a los enterradores una botella de whisky. Y todos tomamos juntos hasta el amanecer. Adiós papá. Te amo. No importa que hayas sido un rufián conmigo. Me enseñaste a luchar para defenderme hasta de mi misma. Aún no se acababa el espectáculo. Tercer acto. Llamada anónima a la policía. Unos delincuentes, que se hacen llamar mis hermanos, se apoderaron de unos candelabros de oro. Los fueron a buscar uno por uno. —No son suyos, joven. Esos bienes le corresponden a la Biblioteca de la Ciudad. —Pero, ¿cómo es posible? —dijo mi hermano menor. Mi papá nos dejó todo. —Se equivoca. Además se le acusa de fraude, cohecho y lavado de dinero. Ya súbase a la patrulla.

Por supuesto, mis hermanos no se quedaron de brazos cruzados. Mandaron, desde el reclusorio, a unos de sus pelafustanes a profanar la tumba de mi papá. ¡Sorpresa! No había cuerpo, obvio. Sólo una escopeta y una nota: ¿De verdad creían que aquello que firmaron era el testamento definitivo? Montaron en cólera. Nunca más los volví a ver. Uno se intentó fugar por un túnel y se quedó sin aire a medio camino. A otro lo trasladaron a Puente Grande. Eso es el problema con los novatos. Piensan que ser un criminal es muy sencillo. Todo lo contrario. Es regalado. Hay que ser buena persona. Nada más. Como yo. Como la Banda Universal integrada por Zorro 2, Líder, Candy Candy y Vanilla Ice.

Adiós, querido viejo.

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Capítulo 5

Silvia nunca se pudo olvidar de la sonrisa macabra de aquel payaso con los dientes podridos y el maquillaje revuelto con la sangre. Todavía se acordaba de sus gritos ensordecedores, pidiendo ayuda. De noche todos los gatos son pardos, excepto un ex convicto inocente.

En Donceles, esquina con Palma, quedó muerto Cayetano. Un merolico, mimo y vendedor de tamales que su único pecado había sido robar unos cuernos de chocolate para alimentar a su familia. Lo refundieron en la cárcel 10 años. Al salir, no tenía a nadie. Ni un amigo con quien encontrar refugio. Dormía en la calle. Comía peor que un perro.

Tras un par de meses a la intemperie, un cuchillo delator atravesó su alma. Con las tripas de fuera, caminó en busca de una redención que terminara de un jalón con su sufrimiento. Nadie se le acercó. Nadie se atrevió a darle la última estocada. <<Auxilio, por favor>> <<Mátenme ya, que me duele la vida>> Silvia lo retuvo en sus brazos cuando ya no pudo sostenerse en pie. Su padre, trató de quitarla. Fue inútil. La niña se aferró como quien abraza a su muñeca en la obscuridad. Le cerró los ojos y ahí quedó todo.

Los cuatro amigos parapetados detrás de la mesa de atención a clientes. Afuera, llovizna de bengalas y sirenas. La noche es una bestia hambrienta que no los dejará en paz hasta probar al menos un bocado. Un regusto a ladrón asustado con sal molida de las estrellas.

—Esos putos no van a tener ni un pedazo de mí. Que les quede claro —dijo Andrés.

—¿Y ahora qué carajos vamos a hacer? —preguntó Leonardo.

—Nos van a rafaguear esos ojetes —murmuró Valeria.

—Saldremos por la puerta principal. Ustedes tranquilos y yo nerviosa —dijo Silvia con suma tranquilidad.

—¿Te has vuelto loca? —contestó Andrés.

—Es hora de abrir el telón.

Candy Candy reunió a sus compañeros y formó un círculo junto con los rehenes. Les pidió que se sentaran en la postura de loto con los ojos cerrados. Afuera no importaba que se hubiese desatado una jungla, el objetivo era calmar los ánimos y relajar a los niños. Un silencio trajo un aire frío que puso a todos los pelos de punta. <<Imaginen un viaje, lejos de aquí.>> <<Han cruzado Periférico hasta las Torres de Satélite. Atrás quedó el tránsito a vuelta de rueda. Son libres.>> <<Ya llegaron a la playa. Está sola. Sin que nadie los moleste. Túmbense en la arena y miren hacia el horizonte.>> <<Los barcos flotan a lo lejos. Se deslizan como en una pista de hielo. Mírenlos. ¿Ya vieron? Se desaparecen después de un rato al cruzar la rayita. Igualito a Buzz LightYear. ¡Al infinito y más allá!>> <<¡Escápense!, ¡huyan con ellos! Ustedes también pueden irse. ¡Patitas pa que las quiero!

Andrés, el líder, tiene el cuello perlado en sudor. Está tenso. Sus piernas le aprietan el regazo como un par de agujetas mal amarradas. Le cuesta sostener la concentración. Aprieta el puño para no perder el balance. Leonardo, se ha quedado dormido, o al menos en suspenso. Ronca como un cochino que ha acabado de comer. Casi podría decirse que levita. Sonríe. Inclina la cabeza hacia un lado, como si quisiera escuchar un consejo. Valeria balbucea vocales ininteligibles que poco a poco cobran forma en melodías pegajosas. Mueve sus brazos como si estuviera nadando. A toda velocidad. Es como un salmón corriente arriba. No la frena nada. Canta. <<Never gonna give you up, never gonna let you down, never gonna run around and desert you…>>

—Tierra llamando a Líder. Repito. Tierra llamando a líder —murmura Silvia.

—¿Eres tú la que me llama? o ¿Acaso estoy soñando? —contesta Andrés.

—Sí, soy yo. Quiero que te levantes muy despacio, sin molestar a los rehenes. No la vayas a cagar.

—No puedo. Siento que mis piernas son como dos sacos de cemento.

—Claro que puedes. ¿Ya se te olvidó lo que te enseñé?

—Es que ya me estoy malviajando y tengo miedo de que se me suba el muerto.

—No digas estupideces. Bueno. Está bien. Si te paras y consigues llegar hasta donde están las ventanillas, te doy un beso. Ese es tu sueño. ¿O me equivoco?

—A sus órdenes su majestad —contesta Andrés, que se levanta como un resorte al instante.

—Levanta a Vanilla Ice y a Zorro 2, también. Con cuidado, no vayas a regar el mole de olla —murmura Silvia.

Candy Candy se dirige a una de las valijas y piensa. ¿Cuáles habrán sido las últimas palabras de Cayetano? ¿Un payaso puede hacer reir a la muerte? ¿En el cielo se aceptan los chistes de gallegos? Las manos le tiemblan, como cuando se quedaba sola en casa y no podía dormir en las madrugadas. Para ir por un vaso de leche tenía que caminar con los ojos cerrados. Nunca le dio pena aceptar que tenía miedo a la oscuridad. Pero ese miedo no la bloqueaba, sino al contrario, la empujaba siempre a lanzarse al vacío. Era como una adicción que no se quitaba. La única manera de viajar hasta los confines de Marte si era preciso. A los doce se había convertido en una budista vegetariana aficionada a los lanzamientos de cohetes de la NASA.

Ya reunidos los cuatro en bolita. Silvia no se amedrenta y con voz delicada, pero firme, no se deja llevar por la incertidumbre.

—Bien. Ahora dispónganse a hacer lo que yo diga —dice Silvia.

—Lo que tú digas Candy Candy— contestan a coro sus 3 camaradas.

—Miren. Ahorita estos inocentes están en la lela. No saben lo que está pasando. Los hipnoticé. Voy a contestar este teléfono y le diré a la policía que nos consiga tres limusinas para salir de acá sanos y salvos.

—¿Y qué tal si nos quieren trampear en el camino? —dice Valeria.

—Por eso tenemos nuestro as bajo la manga. Leo. Tú agarra las bolsas y mete el dinero de la bóveda. Fácil. Líder va a separar a los niños de los adultos. A los peques déjalos amarrados en la bóveda ahí quietecitos. No les vamos a hacer nada a los pobres. Y tú Vanilla Ice. Empieza a maquillar a todos con este kit de payasos que traje. Tienes que hacer la sonrisa lo más macabra posible. Así, la polícia no nos va a poder tirar porque no va saber quienes son rehenes y quienes ladrones.

—¡Oh, brillante! ¡Eres una genio! —gritan los 3 camaradas de Candy Candy a coro.

—¡Silencio! ¡Todavía no he acabado! —dice Silvia.

—¿Qué falta? —pregunta Leonardo.

—Las limusinas nos tienen que llevar hasta el aeropuerto. Los rehenes no serán liberados, sino hasta que lleguemos. Como garantía, los niños serán nuestro seguro de vida. No les va a quedar de otra que dejarnos ir —dice Silvia.

—No estoy entendiendo. Si los niños se quedan sin hacer nada, fácilmente podrían tirarle la sopa a los tiras. Ya conocen nuestras caras y nuestras voces. Les podría valer madre y balearnos justo cuando soltemos a los rehenes —contesta Andrés.

—Elemental, mi querido Watson. Pero te has olvidado de una cosa. Sigue la mini fuga de gas que abrió Valeria para el truco de la galleta, ¿cierto? Allá abajo se sigue acumulando. Leo puede colocar una granada de fragmentación con un cable para que funcione como bomba —dice Silvia sin temor alguno.

—¿O nos dejan ir o volamos a estos niños? ¿Eso es lo que quieres decir? ¡No mames! Eso está cabrón. No nos podemos llevar ese peso a cuestas —responde Valeria.

—Son ellos o nosotros. Ustedes voten. ¿Quieren ir al reclusorio? ¿O gozar una megafiesta en Tulum?

—Dijimos claramente que eso nunca lo haríamos o ya se les olvidó aquella noche —balbucea Leonardo.

—Ay, corazón. ¿Nunca te han engañado con una paleta payaso para que termines la tarea? Al final la acabas y llegas al refri, pero no hay nada. Sin embargo, cumpliste. Se llama blofeo, mentira, fingir, pretender. Obvio, no vamos a explotar la bóveda con los niños dentro, sino a simular que lo hacemos —dice Silvia.

—Pero, antes necesitarán una prueba, ¿no? Para que vean de lo que somos capaces —dice el líder.

—Bien. Quítale la chamarra a uno de los niños y pónsela al hombre paja que trajo Andrés. Lo voy a ejecutar enfrente de esos judiciales que nos quieren comer vivos.

Silvia toma el revólver con gran clase. Ha visto en una sola semana un maratón de películas de James Bond, sólo para estudiar la forma en la que deben ir colocados los dedos alrededor del gatillo. Las luces no la desorientan. Tampoco los gritos amenazadores de cientos de hombres que la quieren ver muerta. Ella está un paso adelante. Dos cuando la situación está al rojo vivo. Ha soñado con este momento desde que leyó Crimen y Castigo. Le puso Raskolnikov a su perro labrador cuando le trajo su primera paloma muerta. Es ahora o nunca.

—Ey, policías. ¿Quieren ver una película bien cool en tercera dimensión? —grita Silvia con la frialdad de un asesino serial. ¡Bang, bang! La sangre de mentira empieza a chorrear por todos lados. La cabeza del hombre de paja revienta con menudencias de látex que pintó Andrés la noche anterior.

La policía se queda horrorizada. Están muertos de miedo.

—Les doy quince minutos para cumplir con nuestras demandas, o si no, otro niño morirá —grita Silvia.

De vuelta en el banco, sus compañeros aplauden estupefactos. Parecen asistentes a una obra de recién estreno en Broadway. Se sienten intocables. Están en el séptimo cielo.

—Falta una cosa. ¿Cómo vamos a “detonar la bomba? —pregunta Leo.

—¿Todavía cargas contigo tu tapete ese del Nintendo como sensor del suelo cuando tiembla? —dice Silvia.

—Obvio.

—Conéctalo como detonador. Si esos gordos no duran bailando mínimo diez minutos, ¡adiós nicanor! Hora de volver a los noventa. ¿Qué les gusta más? No rompas más o Payaso de Rodeo. Hum. ¡Ya sé! Mejor, Ambos. Espero que se sepan la coreografía. Si les pongo una del INBA no van a saber qué hacer.

El sargento Jiménez alinea al escuadrón. Algunos están en forma. Otros tienen diabetes y obesidad mórbida. Están sudando la gota gorda antes siquiera de empezar. Comienza el remix.

Cruzando la frontera me encontré con el
Era un tipo medio raro pero me cayo bien,
Me dijo viajo en carretera espero pronto
Llegar al rodeo que me espera allá.

¡Vamos! ¡Muevan esas piernas!

Me dijo con certeza que no hay mas emoción
Que romper un sombrero disparar un cañón
Salvar la vida de un jinete cuando mal anda su suerte
Soy payaso de rodeo, ho.

¡Sigan saltando! ¡No se rindan!

Les digo ven, ven, ven, animalito ven,
Ven y sígueme y veras lo que vas a aprender,
No ves que soy muy poco artístico
Muy listo muy gracioso soy payaso de rodeo, ho.

¡Ya casi! ¡Sálvemos a los niños!

Así llevamos largo tiempo luego se marcho,
Dejándome un mensaje que recuerdo hoy
Lo peligroso es gracioso
lo difícil es hermoso
lo mas grande es el rodeo, ho.

¡Ordóñez, no se detenga! ¡Por el amor de Dios!

Me dijo con certeza que no hay mas emoción
que romper un sombrero disparar un cañón
salvar la vida de un jinete cuando mal anda su suerte
Ser payaso de rodeo, ho.

¡Un esfuerzo más! ¡No se rindan!

Les digo ven, ven, ven, animalito ven,
Ven y sígueme y veras lo que vas a aprender,
No ves que soy muy poco artístico
Muy listo muy gracioso soy payaso de rodeo, ho.

¡Ordóñez! ¡Nooooooooooooo!

Explota una bomba. No hay denotadores a prueba de cansancio .En el cielo también se ríen de los chistes de gallegos, dijo alguna vez un payaso al que le decían Cayetano. Que murió solo. Sin público que lo escuchara. Junto a una niña que lo estrechó entre sus brazitos con una sonrisa que parecía venir de otro mundo.

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Capítulo 4

De camino al hospital lo único que recuerdo son los gritos de mi madre cuando se quedaba encerrada en su habitación, tras recibir tremenda madriza de uno de sus varios esposos. Mi padre se había largado desde que nací, y desde aquel entonces, tuve una colección de padrastros más grande que la de mis tazos.

Estaba sola. Ni siquiera Silvia se había quedado en la Ciudad. Su primo se la llevó a un no sé qué retiro espiritual en Querétaro y la única prima, que tenía por confidente en aquel entonces, se le había ocurrido no hablarme porque me sorprendió robándome uno de sus labiales. Así que el único ahí era Andrés. Ni siquiera sé cómo carajos nos hicimos amigos. Éramos como agua y aceite. Y sin embargo, el tipo tenía una habilidad para hacerte reír con sus pendejadas en momentos super complicados. Sí, eso debió ser.

La ambulancia casi atropella a un viejito en la entrada de emergencias. Sonaba alguna idiotez melancólica de Juan Gabriel en el radio. Se estaba nublando. Sí, puta novela rusa en pleno verano chilango. La sábana estaba más salpicada de sangre que la madre esa con la que cubrieron a Cristo. No es que sea muy creyente, de hecho soy budista. El punto es que siempre me ha gustado exagerar las cosas y hacer drama por todo. Por eso estudié teatro. Y sí, ¿cómo carajos no revolverse por el suelo?, cuando te acabas de meter unas pinzas caseras para hacerte un legrado sin intervención médica.

Pasé una semana de miedo. Tuve un montón de pesadillas. Por las noches soñaba que un toro me perseguía por Periférico, y yo por más que aceleraba en mi nave espacial, él daba brincos descomunales para respirarme en el cuello. Y es que todo había sido obra de Magallanes. El pedófilo director de la secu que, por años había sido señalado en casos de violación contra varias alumnas, pero como era un santo los papás jamás habían puesto en entredicho su “reputación”. Conmigo fue dizque más sútil. Primero, seguido me daba para mi lunch cuando no traía nada de comer. Luego, me daba ciertas tareas como excusa para salir de la clase de mate y “rescatarme” del aburrimiento. Claro. Yo me dejé consentir, pero nunca jamás se me pasó por la cabeza tocar a ese vejete.

En la graduación, que por cierto me cagan ese tipo de eventos, todos estaban emocionadísimos porque el bueno de Magallanes había conseguido rentar una casa en Cancún para el viaje de generación. ¿Quién carajos podía autorizar a unos mocosos de quince años viajar con un maldito depredador? Nadie cuestionó nada. Ni siquiera algunos de los maestros que daban por ciertos los rumores que salían por las ventilas de la escuela. De muy mala gana acepté ir. De eso a quedarme con mi mamá en sus tareas de bordado todo el verano, mejor aguantar a uno que otro niño castroso que se empeda con un simple Caribe Cooler disfrazado en un cartón de jugo.
Pasó en la segunda noche. Estábamos bailando en la terraza de la fiesta. Cero alcohol, obvio. Magallanes, con su intuición de perro policía, confiscó botellas a granel. Yo lo único que quería era estar cerca de Mónica, pero la maldita estaba enamorada de Andrés. Para no variar. Más que estar enojada con él, la maldecía a ella por no haber apreciado el beso que nos dimos en el gimnasio. Se lo había robado. Igualito que el pico de una golondrina rozando los pelitos de un girasol. <<¡Qué asco! A mi no me da vuelta la tortilla>> dijo. Eso me rompió el corazón.

Como a la quinta canción yo ya estaba como mareada. No era normal. Acostumbraba a correr a diario y hacía mucho ejercicio por las tardes. El estómago comenzó a dar vueltas. Vomité en uno de los cestos de la cocina. Obvio, ahí estaba el buen Magallanes para “auxiliarme” y decirme que me fuera al cuarto a acostarme. Perdí la noción del tiempo. Sólo recuerdo su mano poniéndome un paño frío sobre la cabeza y su vaso lleno con Coca Cola que no burbujeaba. Me quedé inconsciente.

Me desperté tarde. El tipo ya había eyaculado. No fue la típica escena donde la doncella grita por su vida y el malo se ríe como en una película de Walt Disney. No. Estaba tan aterrorizada que ni fuerzas me quedaban para decir nada. Solté una lágrima, eso fue todo. El maldito, que para cubrirse la espaldas, tampoco decía nada, se abrochó el pantalón y salió de puntitas por la puerta. ¿Quién lo hubiera dicho? La indomable Valeria, que siempre se le había puesto al brinco al profesor que le pusieran enfrente, indefensa y derrotada. Adiós, jodida adolescencia.

—Tienes que decirme quién fue —me susurró Andrés al oído.

—¿Y para qué? Para que vayas a darle una madriza y soluciones todo como típico machito de cuarta. Olvídalo —le respondí.

—Pero eso no puede quedar así como así. Va contra las reglas. No puedes salir al mundo y pisarlo, esperando un perdón en vez de un castigo.

—Puede que tengas razón, pero a mí, ¿quién me quita este puto dolor del corazón?

Por fin lloré. Con todas mis fuerzas. Como nunca lo había hecho. Inundé el cuarto del hospital, el baño, el quinta piso, la pinche ciudad entera. Era una Penélope, implorando al Olimpo que Ulises no volviera a Ítaca. Que se quedara ahí, perdido en el mar, junto a todos los hombres de mierda. Había perdido toda esperanza. Era un cascarón. No quedaba piedra sobre piedra. Pasara lo que pasara, la mancha nunca se borraría.

A la semana salí del hospital. No recuerdo mucho tampoco. Mi maltrecha madre, la abnegada que me pidió perdón por haberme desprotegido se tiró a mis pies. Ni la volteé a ver. Así de cruel fui. Estaba tan amargada que dejé de ensayar. La comedia griega se convirtió en mi realidad. Aquello no podía ser más insoportable. Pero, por alguna extraña razón, Andrés no me dejaba de visitar todos los días. Era un extraño caso de apego involuntario. A veces se sentaba frente a mis peluches y les preguntaba cosas. Hacía funciones completas de Shakespeare. Yo me reía. Lo imposible.

Poco a poco comencé a salir. Primero a la sala, luego a la esquina. Pasó un año y me sentía como nueva. Un día que caminaba con Andrés por un chocotorro, se cruzó una sombra. Vestía como de los años cuarenta. Con esos sombreros de detective que nadie usa ya. Los pies se me quedaron aferrados al suelo. Me puse pálida. Casi me desmayo, pero alcancé a decir el apellido: Magallanes. Así, seco. De frente, pasó un camión de Coca Cola. La mente me transportó de lleno a aquella noche. ¡Claro! Eso no era refresco, era ron. Había entrado por mi boca en algún momento. Su regusto amargo me hizo pensar lo peor. El puto ese me drogó. Comencé a gritar, a patalear. Andrés me subió al coche y me tranquilizó. El ataque de pánico me duró como unos quince minutos.

—¿Y qué carajos ganaríamos con denunciarlo? Nada. Sale quemado él, y yo quedo como una prostituta de le por ante los ojos de esta pinche sociedad de pacotilla —dije.

—Pero hay que hacer el intento, darle su merecido. Que el mundo sepa la clase de monstruo que es —respondió Andrés.

—Sueñas, querido. A esos tipos les fascinan los reflectores. En vez de sentirse humillado, se va a creer galán de telenovelas.

—Ya verás. Ese wey me las paga porque me las paga.

Y así fue. Dos semanas después, gracias a una denuncia anónima, un vecino sorprendió a Magallanes entrando a su departamento con una jovencita a las dos de la mañana. El tipo estaba ebrio. Una sopa de su propio chocolate. Accedí a hablar de nuevo con él. Hacerme cercano. Le volví a hablar con tono de “enamorada”. Ni se las olió. Detrás de la puerta ya lo esperaba Andrés, que sin prender la luz le dio un golpe en la cabeza. Me fui y él se quedó arreglando la habitación. La sembró de ropa interior de adolescente, colegialas desconocidas en bikini, revistas de niños y finalmente la obra maestra. Mi vengador se puso una peluca, implantes y pasó la noche con mi violador. A la mañana siguiente la policía entró a su recámara y lo vio todo. El villano tuvo que confesar.

Andrés se convirtió en mi héroe. No por haber sido trans por una sola noche. Sino porque me demostró que estaba hecho de buena madera. Aunque me destanteó un poco su frialdad. Era capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quisiera. Y eso me daba un poco de miedo. La noche en que sentenciaron a Magallanes me sentí renacida. Fui al mar y lo miré la madrugada entera desde mi habitación. No dormí. Penélope zarpó a otro sitio. No se quedó en Ítaca.

Del disco favorito de Valeria

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Cookie man

Capítulo 3

El primer balazo se estrelló contra uno de los cajeros automáticos, que estaba junto al área de atención a clientes. El bullicio del exterior, aunado al ambiente de las fiestas patrias hizo creer que se trataba de algún cohetón festivo.

Al ver la punta de la pistola, la cajera dudó entre apretar el botón de auxilio y proteger su vientre de siete meses de embarazo. Sus nervios eran tales que quebró con la mano derecha un grueso crayón de madera. Andrés le apuntaba directo a la cabeza entre la rendija del cristal blindado.

—Escuchen muy bien, hijos de la chingada. No traten de hacer nada pendejo, o si no, se van de acá con un plomazo en el culo. Si cooperan con nosotros, esto les va a durar menos que una pinche misa de gallo —dijo Líder.

Leonardo sacó de su bolsillo una tableta y se apostó sobre una de las cámaras que colgaban de la puerta a escasos centímetros de su cabeza. Con un simple clic la iluminación del lugar se fugó hacia un rincón donde nadie podría encontrarla. El sistema de seguridad quedó bloqueado. Luego, como si se tratara de un maestro de orquesta, se montó a un banco y conectó un megáfono a una de las lámparas. Todos se quedaron perplejos al escuchar sonidos extraños de gaviotas, olas y pregones de vendedores ambulantes ofreciendo cocos al 2 por 1. Aquella grabación Leo la bautizó como “La Risa en Banamex 3”.

—Así me gusta, bien portaditos. ¿Ya ven que no somos tan culeros? Les estamos disparando un viaje hasta Acapulco de a grapa. Ni caseta tienen que pagar. Ahora bien. Todos los hombres, se van a colocar boca abajo de mi lado derecho. Las mujeres, junto a los cajeros a mi izquierda. ¡Rápido, rápido! Mi compañera Candy Candy les va a echar una manoseadita para checar nomás si por ahí no hay un pinche Rambo o Judicial que nos quiera jugar chueco.

Silvia tenía las manos más suaves de toda la Ciudad. Cuando Valeria se enojaba con ella porque había olvidado llamarla por la noche, pasaba sus yemas sobre el mentón con un movimiento de pinza y, de inmediato, se sentía igual que recoger uvas de un viñedo. Su trato dulce conquistaba a cualquier persona, sin importar que la conociera de años o en tiempos recientes.

—Están limpios, Líder —dijo Candy Candy.

—¡Muy bien!, ahora vamos al paso 2. Vanilla Ice, ¡es hora! —dijo Andrés.

La cuarta integrante blandió la ametralladora y se dirigió, con mirada fúrica, al gerente. Era de pocas palabras. Más brava que un toro en ayunas. No le gustaba que le dijeran qué hacer, y tenía poca paciencia. Soltó un revés, tan fuerte, que le rompió los lentes al pobre empleado.

—¡Llévanos a la bóveda, o te rompo el pene! —dijo Valeria.

Malherido en su orgullo y cara, el gerente abrió un cajón y sacó un juego de llaves. No tenía control de su cuerpo. Un hilito de orina asomó por la ingle. Valeria sonrió satisfecha, y justo, cuando se disponía a humillar a aquel empleado con uno de sus sarcasmos, un niño dijo:

—Mamá, ¿por qué ese señor llora por el gigio?

Andrés se quedó estupefacto. Por un segundo, casi se le resbala su arma de las manos. Leo alzó los hombros en señal de disculpa. No tenía por qué. Se supone que a esa hora de mediodía ningún niño debería andar metido en un banco, sino en la escuela. Por su baja estatura, pasó inadvertido al inicio del amague. Candy Candy se puso a rezar. Vanilla Ice, ni tarda ni perezosa, se quitó la máscara.

—¡Qué bonito, niño! Oye, se ve que tú le debes dar mucha lata a tu mamá, eh. ¿Por dónde está? —dijo Valeria.
—Es la señora cajera que está junto al ratón vaquero —contestó la criatura, confundiendo a Leonardo con un cowboy del viejo oeste.
—¿Y quiéres que te cuente una historia? Pero va a ser rápida eh, porque estamos jugando con tu mami a policías y ladrones —dijo Valeria, mientras mecía los cabellos del niño, no sin antes, habiendo mostrado un guiño cómplice a la aterrorizada cajera embarazada en plan de apaciguarla. Candy Candy no haría nada para poner en peligro en dos niños. Así lo había jurado. Desde aquella noche.

—Había una vez un cochinito, un pato y un perro. Los tres eran excelentes cocineros y sus postres eran los más envidiados de la región. Un día, el alcalde del pueblo lanzó el concurso del hombre galleta más grande del universo. Aquel que lograra inflar el suyo hasta el cielo, ganaría una dotación de dulces de por vida.

—Adoro las galletas —dijo el niño.

—Total, que nuestros tres amigos querían ganar ese concurso a toda costa. El cochinito pensó que si hacía bolitas de algodón y las metía al horno de microondas, éstas se inflarían hasta formar una enorme barriga. Pero zaz, no funcionó. Quedaron chamuscadas.

Era tal la mímica y la actuación tan convincentes, que los rehenes empezaron a meterse en la historia de Valeria.

—El pato fue hasta el pantano para juntar lodo. Con su máquina de hacer tortillas comenzó a amasar y amasar, hasta que le quedó un monigote de cinco metros, pero se le olvidó meterlo al congelador y el sol lo derritió todo. Se puso a llorar, pobre.

—¿Y el perro? —dijo el niño.

—Ese fue el más inteligente. Le llamó a su amigo Gato el carpintero, y se puso a talar árboles como loco. Pensaba que si usaba madera y luego la metía al horno, lograría que su hombre de galleta llegara lo más lejos. Sudó hasta que se le agotó la fuerza de los brazos. Metió su monigote al horno mágico y ¡pum! Su galleta creció hasta la luna. Ganó el concurso.

—¡Bravo, bravo! ¡Qué ingenio! —gritaron los rehenes.

Valeria sacó su soplete, con el que pensaban sacar el dinero de los cajeros automáticos, y comenzó a hacer juegos encendidos como los traga fuego de las esquinas. Su número de cirquera con el que triunfó la noche en que Leonardo se consagró con el Himno a la Alegría. Cuando se giró para colocar su arma sobre una silla, el niño sacó una de sus triki trakes y la colocó sobre la tierna llama.

—Mira, yo le voy a ganar al perro —dijo el niño emocionado.

Un flamazo enorme salió por el ducto de aire. El humo negro comenzó a rodear la sucursal bancaria. Los rehenes comenzaron a gritar auxilio. Andrés explotó en furia.

—¿Qué haces pendeja? Te dije que no trajeras esa chingadera.

Una alarma de camión se comenzó a escuchar calles adelante. El estertor de una galleta extra crujiente. Las ventana comenzaron a empañarse y el dióxido de carbono penetró por la puerta.

—Son los bomberos, ¡carajo! —dijo Zorro 2.

Valeria sonrió y sostuvo al niño en brazos, como quien protege a una tortuga recién desovada. La cajera lo recibió en su regazo y comenzó a llorar en señal de agradecimiento. Dicen que la suerte favorece a la mente más preparada.

—¿Se puede saber por qué carajos celebras? Se puede estar incendiando todo el puto estacionamento en el piso de abajo —dijo Líder.

—¿Y por dónde creen que los putos polis nos pueden entrar si intentan una labor de salvamento? Las puertas, que dan hacia la bóveda de abajo, se cierran automáticamente, vía remota, en caso de emergencia. Protocolo estándar de seguridad. Los tenemos justo tomados de los huevos. ¡Merci, mi querido Líder!

—¡Jaque mate, camarada! —gritó emocionada Candy Candy.

—¡Smoke on the water! —cantó Zorro 2, moviendo la cintura en señalar de festejo.

Andrés, que tan pocas veces sabía reconocer cuando Vanilla Ice hacía algo bien, rio satisfecho. Y se acordó de la vieja Valeria, aquella que alguna vez fue frágil y casi pierde la vida en sus brazos, en una clínica clandestina de aborto. Esa fue la única vez que la vio llorar. Su sueño era haber podido jugar a la galletas con su hijo.

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Little Esme playing the piano!

Capítulo 2

Llevábamos más de cinco horas ensayando la misma pinche canción sin que el profe nos dejara, siquiera, tomar un vaso de agua. Yo andaba nervioso porque no quería quedar mal con ningún compañero de la banda. Mis manos sudaban como cuando intenté besar a Valeria en el armario. Aunque, para ser francos, sentí menos feo cuando me hizo el fuchi, en privado, que cuando me cagué frente a todo el salón.

Escucha hermano la canción de la alegría
El canto alegre del que espera
Un nuevo día…

—Profe, creo que hasta aquí le paramos, ¿no cree? —dijo Andrés.

—¿Cómo ven a este culerito? ¿De cuando acá los patos le tiran a las escopetas? Ni madres, nos vamos hasta que el compás quede bien afinado y en tempo.

Andrés se me quedó viendo y me guiñó el ojo con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca antes lo había hecho, supuse que para el niño más famoso y entrón de toda la escuela yo no existía. Pero me había equivocado. Yo ya me había cansado que todos se burlaran de mí.

Ven canta, sueña cantado
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres
Volverán a ser hermanos…

—Pues, yo que usted me la pensaba dos veces. ¿A poco cree que Beethoven tenía un tapón en el culo para no ir al Bañorte a hacer un depósito? —dijo Andrés.

Risas como siempre. A ese niño le fascinaba ser el centro de atención cuando le hablaba a los profes así, tan de cuates. Eso me fastidiaba.

—Aja, y ¿qué más? —contestó el profe.

—¿Puede ver a ese niño barroso? Sí, el quinto violín. Se llama Leonardo. En un minuto exactamente le va a dar una pinche diarrea de aquellas y va a apestar todo el salón. Aquí va a tener una peste del tamaño de Chernobyl, así que el tiempo corre…

—¡Al zorro apestoso le arde la cola! ¡Al zorro apestoso le urge un pañal! —gritaron los niños de la sección de metales.

El profe se quedó como pasmado, sin saber qué hacer. Todos, de hecho, estaban como pegados a la silla, pero con una cara de angustia más cañona que cuando sus papás les regañaban por las calificaciones. En eso, sentí en mi estómago una masa de huevos revueltos en licuadora a mil por hora. Llegué al baño de milagro.

Si en tu camino solo existe la tristeza
Y el canto amargo
De la soledad completa…

Por suerte no manché mis calzones. Sentí unas pisadas cerca. Me dio miedo que fueran los ojetes de mi salón me patearon en el culo cuando me hice del baño en la clase de la miss Aura. Ese día lloré mucho y me escondí en el armario de las nanas de intendencia, pero esa vez ni Valeria ni nadie se preocuparon por mí.
—Ey, no tengas miedo. Tocas re chido. Nos va a ir morrocotudo en el Festival. Los papás te van a adorar. Ya, sal. No me voy a burlar de ti. El ensayo ya se terminó. Ese culero del profe te presiona demasiado, cuando tú eres de los más afinados —dijo Andrés.
Salí. En efecto. La realeza me estaba tocando. Era como conocer a Santa Claus en persona. Ya no estaba molesto. En realidad, me había ayudado.
—¿Sabes qué? Yo creo que tengo la perfecta solución para que ya no te pongas triste cuando los del salón te dicen zorro apestoso. ¿Has escuchado a River Plate? Obvio, te gusta el el fucho. Pues, a los que le van a ese equipo los llaman gallinas. Antes, eso les cagaba, obvio. Pero, pasó el tiempo. y ahora el apodo se les quedó como un orgullo. ¿Te late?
—Va.

Sala llena. Estaban todos los papás presentes, incluso los míos que ya ni se pelaban después de su divorcio. Esa noche estaba súper motivado. Andrés era una piola en el piano. Hasta la gorda del triángulo estaba más prendida que Mick Jagger. Último compás, cierre de oro.

Ven canta, sueña cantado
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres
Volverán a ser hermanos.

¡Prop! Pinche flatulencia se escuchó hasta la última fila. Precisa. Puntual. Justo después de la última nota. Como si fuera el cierre del timbal en do grave.

Andrés se levantó del banco y fue hasta mi silla. Me levantó el brazo como si fuera Rocky Balboa. El más virtuoso de la banda de música celebró mi pedo como la nota que le faltaba al Himno de la Alegría.

El público en alarido aplaudió como nunca. Zorro apestoso, mi alter ego, ya no era una carga vergonzosa. Era mi nombre de superhéroe. El boleto al estrellato. Ahí, me hice amigo de Andrés. Los del salón jamás me volvieron a molestar.

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Capítulo I

—¿Sabes qué es lo que más me emputa de la vida, querido Zorro 2? —pregunta Andrés a su segundo al mando, tan campante como si estuviera destapando un Caribe Cooler en Tulum.

—¿Los retenes del alcoholímetro? —dice Leonardo.

—No, wey. Que la pinche gente nunca sabe la diferencia entre un happening y un performance.

—Y tú, ¿cómo lo definirías si tuvieras que explicárselo a un tipo todo meco en la uni? —murmura Valeria.

—Muy fácil, Vanilla Ice. En el performance le dices a tu chava que eres un Dios en la cama. te doblas todo chingón, pones la cara así como de Palazuelos en Muchachitas y en el happening le pides perdón por venirte en 15 segundos, así todo tierno tipo Marina Abramović para que no te reclame. —aclara Andrés.

—Pinche naco, wey. Por eso todos en la oficina ya están hasta la madre de tus mamadas —dice Silvia, mejor bautizada en el bajo mundo del hampa como Candy Candy.

—Naco y todo, pero, ¿tengo o no tengo razón?

Los tres amigos de toda la vida de Leonardo se le quedan viendo con una sonrisa tímida en los labios, como quien escucha resignado la letanía del burócrata por no saber llenar un formulario. Al final, aunque moleste, el líder siempre tiene la razón.

Desde niños, aprendieron a conocerse hasta el más temido secreto. A cubrirse las espaldas. Leonardo nunca le dijo a Silvia que Andrés se paseó desnudo por Reforma la madrugada del 13 de septiembre del 2001 al quedar rechazado en su lista de pretendientes. Silvia nunca le dijo a Valeria que Leonardo se hizo pasar como su novio en la cena de graduación de la secundaria para que su papá no sospechara de su verdadera orientación sexual.

A pesar de las pequeñas diferencias, los cuatro comparten un vínculo que sostiene su amistad de manera inexpugnable. Y no es sólo esa complicidad que les anima a atender el teléfono, a altas horas de la madrugada, cuando alguno necesita ayuda. Se trata de algo mucho más banal.

En noviembre de 1993, las cuatro familias estaban reunidas en uno de los jardines del Hotel Kristal en Puerto Vallarta, cuando dio comienzo la matanza del Christine. Las balas se escuchaban como pájaros estrellándose contra el cielo cristalino. Los niños no se asustaron. Creyeron que se trataba de sapitos y palomas, como era costumbre tronarlos en época de posadas. La cálida luz de las lámparas parecía que enarbolaban una verbena.

Andrés, tomó la guitarra de su padre y como si fuera un arma de animación masiva comenzó a tocar a sus amigos Wind of Change. No era la primera vez que lo oían, pero sí la primera vez que lo escuchaban. Se quedaron maravillados con su voz, mezcla de Luis Miguel con un dejo de niño mimado de la Narvarte. Al final, les repartió a cada uno una Tutsi Pop.

—Listo, ya se corrió la última patrulla del turno. Pilas, muchachos. Esto es en fa. Si nos dejan, ya saben qué hacer. —dice Andrés, en suma motivado.

—Nos vamos a querer toda la vida… —responde Valeria, con humor.

—Esperen un momento, ¿no se les ocurre de lo más estúpido que todos tengamos pseudónimos, menos tú? —pregunta Leonardo.

—A mí me parece que “líder” cuenta como un buen alias, es muy original —dice Silvia.

—Sí, wey. No hay pedo. Piénsalo de esta manera. Al tener toda la responsabilidad, automáticamente me puedo echar la culpa y así ustedes zafan.

—Tiene razón. ¡Vamos, carajo! ¡Quiero ver esos pinches huevos bien puestos! —grita Valeria.

—Un, dos, tres, ¡Tutsi Pop! —gritan los cuatro inseparables.

Bajan del auto Andrés, Silvia y Arturo. Valeria se queda en el Mustang con el motor prendido. Pone una estación que le ayude a quitarse los nervios. Pone la hora de los Beatles en Universal Stereo. Leonardo se pone una máscara de Salinas de Gortari y ensaya como si estuviera audicionando para una obra en el Foro Shakespeare. Andrés, el más asustado, aunque no lo demuestre, aprieta la mandíbula y corta cartucho de los 45. Ha estado este momento por tantos años. El bailarín está listo para entrar a escena. Sus pasos tendrán que llevarlo más rápido que Luis XIV si quiere salir con vida.

—¡Manos arriba, culeros! A partir de hora cierran la boca o se los lleva la chingada —grita el que todos aclaman como el líder.

Es el asalto del siglo, pero no durará. El dinero no da de comer a los artistas. Es otra cosa que llaman “gloria”.