Cerdo capitalista

El día de hoy mis alumnos han hecho su primer producto manufacturado. En clase hemos aprendido el principio de libre mercado y el paso de producción artesanal a industrial según la metáfora del alfiler de Adam Smith.

Los resultados están a la vista. Ya han vendido sus primeras unidades al exterior. Además, se ha comprendido de forma cabal el significado de valor de uso y valor de cambio. También han asimilado la división del trabajo; puesto que un proceso es más eficiente si un miembro del taller se especializa en una sola función, en vez de abarcar todo el proceso.

Si la Revolución Industrial requiere de una comprensión que abarque temporalidad y espacio, es mucho mejor dejar que la retroalimentación dialéctica produzca el estudio del hecho, en vez de dictar teoría que no tiene una forma definida. Si la construcción de narraciones históricas aterriza su función en alimentar diferentes testigos y componentes, entonces podemos ser capaces de construir nuestras propias fuentes primarias desde el presente, tal como soñó Croce o Collingwood.

La enseñanza de la Historia Universal no debe ser aburrida. En vez de repetir fechas y datos aislados, la recreación de procesos encarnando el devenir a la vida real puede traer mayores resultados que una simple cátedra. Los contenidos temáticos se conectan con las habilidades cognitivas y se da prioridad a la resolución de problemas. ¿Y tú cómo enseñas tu materia?

McCartney apesta

Tocaba el bajo.

Suplantó al verdadero McCartney (XD).

Tiene una canción que se llama Tío Alberto.

Los Wings parecían más un grupo de iglesia episcopal.

No se sabe las letras de sus propias composiciones.

Quiso demeritar a Harrison.

Él fue el verdadero rompegrupos, no Yoko.

Prefiere al Everton más que al Liverpool (WTF)

Ob-la-di-Ob-la-da, ¿qué demonios eso?

Nadie le pondría Martha a su perro.
Quiso pasar como suyas las letras de Los Borbotones (Esto no es cierto, pero hay que echarle más leña al fuego.)

¿Algo más? 🙂

Dar clase

Cuando te paras frente a un salón es como abrir 44 novelas al mismo tiempo. Todas son apasionantes, pero no tienes tiempo de leerlas de inmediato. Lo que sí puedes hacer es husmear en sus páginas. Ver que cada cabeza es un mundo.

Son esponjas que todavía se sorprenden. Pero no es que sean ingenuos, lo que pasa es que aún no están contaminados de esa malicia que antepone la madurez. No están a la defensiva. Se muestran tal como son. Sus deseos de conocer mundo superan a las barreras de la desconfianza. Aún están a salvo del asqueroso super yo freudiano.

En agosto todavía hay un ligero sabor a rocío en el ambiente. La Historia se encargará de esparcir los aromas de viejas batallas y tratados sin tregua. Tendrán que comprender que no es la memoria, sino la vivencia diaria lo que hace florecer a las acciones. Resolver problemas, no huir de ellos. Si logran esto no estarán solos en el mundo; ya de por sí hostil contra cualquier impronta juvenil. Quizá porque nos recuerda que algún día fuimos jóvenes con el corazón en la mano y la cabeza furibunda de pasión.

De qué se escribe cuando se escribe (columna)

De todo y nada. Las cuitas de la vecina. Una hipoteca que se quedó sin pagar. El elefante que no sabía soñar. Todos los escritores entienden que el conflicto es pieza fundamental para sus obras. El punto es cómo hacerlas vivas.

No basta con una buena ambientación. Claro. Si todo parece como una película de los hermanos Marx sin risa, el lector acabará abandonándonos tarde que temprano. Se trata de hacer personajes creíbles.

Hasta acá no hemos descubierto el hilo negro. Nadie podría. Pero lo que muchos olvidan es que no hace falta buena imaginación para escribir una historia, sino empatía. Las grandes tramas de la historia no son de tipos perfectos que todo le sale bien, sino erráticos. Vulnerables.

Entre más torpe un escritor, mejor. Así se dará cuenta que a su alrededor la gente se va a la mierda. Debe dejar ese dejo narcisista de superioridad moral para ponerse a ras de pasto con los problemas de la vida real. Esos que no se resuelven con dinero, sexo o un deux ex machina. Cualquiera puede contar una historia, no es realmente difícil. El punto es transgredir las reglas establecidas. Que no importe un carajo la censura.

Las novelas no tienen el objetivo de transformar el paradigma de cultura o pautas narrativas de puta madre. Eso es lo que menos importa. Claro está que el escritor quiere agradar y ser leído, pero si va a lograrlo es porque su máxima meta es desnudar lo poco o mucho de aquello que lo avergüenza. De esta forma nacerá una prosa natural. No forzada.

Entonces, ¿qué significa escribir en estos tiempos? Gozar. Beber. Coger. Fracasar. Cómo si no hubiera mañana. Si no esas historias quedarán en el olvido. A nadie le importarán. Escribir es un vicio. Si la literatura fuera droga, hace rato que transportarían cocaína en las hojas de los libros. Esperen. ¿No han hecho ya eso?