Invasión (no incluye AK-47)

Me fui a la cama sin cena. Adentro del refrigerador se quedaron unos frijoles agrios dentro de un envase de leche Alpura y unos Sugus sabor a menta. El resto se lo apañó el perro la noche en que dejé abierto.

Nunca me fue bien en la guerra. En la escuela, hasta el gordo friki lleno de espinillas se robaba mi almuerzo. Después, traté de pactar una tregua con la computadora; sin darme cuenta abrí un archivo que borró todo mi disco duro. Resulta que ese desgraciado se vengó porque en el Kinder le eché ron a su cereal.

Gasté años en municiones que no eran del calibre de mis pensamientos. Jalaba y jalaba el gatillo, pero mis compañeros de trabajo nunca entendieron que el Tenis también es un deporte para comunistas. 15-15 o 40-40 son puntuaciones donde todos se sienten millonarios, pero al final los sueños se quedan en la red. Yo tenía un revés de puta madre, pero me jodí el codo y ahora soy un capitalista que no le alcanza ni para retirarse.

Tengo una teoría que podría levantar ámpula. Un señor de la guerra se acostumbra a la victoria hasta que deja de sentir odio por su enemigo. Maquiavelo se equivoca. Dejé de gritarle al señor del gas y le dije, amablemente, que le pagaba con flatulencias; ahora mi trasero ya hasta cotiza en la bolsa de valores en la vertiente hidrocarburos. En el futuro, cualquier demanda de divorcio o pensión entre marido y mujer enfrentados se resolverá con una lata de frijoles junto a una bandera del América. Del odio al amor hay un solo paso.

¡Seamos sensatos! Ya no queremos más balazos. Que los grandes conflictos bélicos sean parte de un pasado lejano. Por eso propongo un acuerdo entre príncipes. El primero que asome la corona, se compromete a invadir mi corazón con soldados de chocolate.

No más (Poesía política)

ALIDA ALMONTE-STONY BROOK

No queremos más armas donde se guarda culto a la guerra y no a la paz.

No queremos más sangre donde las lágrimas de los niños llegan hasta el mar.

No queremos más hipocresía donde demócratas y republicanos son aliados para hacer más dinero.

No queremos más terrorismo donde al negro se le condena y al blanco se le perdona.

No queremos más leyes donde hasta a un perro se le permite disparar por derecho propio.

No queremos más tumbas donde debería haber más flores.

No queremos más oraciones donde debería haber acciones.

No queremos más discursos de odio donde la tolerancia debería ser una segunda lengua.

No queremos más, no queremos más, no queremos más de lo mismo. ¡Basta ya!

En memoria de los asesinados en el Paso, Texas y Dayton, Ohio.

La casa de la risa (ficción)

Nos divertíamos tanto, al punto de creer que desapareceríamos a todos los payasos del mundo. Nos corrían de cualquier lado; del cine, de los velorios, de Wimbledon, del manicomio.

Hasta cuando no queríamos matar al tiempo de risa, le quitaba el cuchillo de la garganta y le preparaba un juguito de limón con miel para la garganta. Él me entendía porque hablábamos el mismo idioma. No nos importaba lo que dijera la gente.

Cuando mi hijo se quedó en el hospital, Raúl tomó el primer vuelo y llegó justo en la mañana para actuar de Doctor Trasero. Hacía una magnífica imitación de Donald Trump con las nalgas y se pegaba spaguettis para imitar el peinado. Sus chistes en realidad eran malos, pero los contaba como si estuviera enfrente de la reina Victoria. Su seriedad te desarmaba porque era auténtica.

No era para menos. Su vida había sido una puta novela rusa. Se quedó huérfano en invierno, era calvo, alérgico a los duraznos y divorciado cuatro veces. Siempre me decía que su más grande éxito no había sido acabar la universidad, sino haber podido vender, de niño, unos juguetes chinos inservibles a una familia igual de pobre que él en pleno 26 de diciembre.

Mi hijo no lo logró. Y él nuncs se fue. Me llamaba a cada rato para saber cómo estaba. Se quedaba en casa a veces hasta tarde. Nos hacía de cenar a mí y a mi esposa. Yo me sentía algo avergonzado, pues tanta atención era algo que no podría siquiera empatar cuando Raúl necesitara algo. Sentía que yo. Sentía que no tenía el mismo corazón. Nunca se quejaba ni ponía mamá cara. El tipo era literal parido de una placa de hierro.

Frente al sillón, recordábamos nuestras épocas de adolescentes, cuando de pronto se paró en seco. Se fue a la cocina por dos cervezas. Las destapó. Me dio una. Seguimos “conversando” en silencio y de repente dijo:

—¿Sabes por qué nunca me alegro de mi chistes?

—Ni idea— dije como si fuera aquello lo más solemne jamás inventado por el hombre.

“Era una pregunta retórica, imbécil. Ríete.”

Touché.

No me agarres en curva (columna)

Es inútil pensar que un gobierno puede arreglar los problemas de la gente en sólo seis meses, pero pensar que la desigualdad proviene de la corrupción parecería describir un juego de niños.

Los gobiernos de centro y/liberales olvidan que no se puede quedar bien con Dios y con el Diablo. Peor aun resulta hipotecar la casa cuando todavía no se tiene dinero para el primer pago. Es decir, comprar tu base electoral a cambio de dialéctica sin contenido.

AMLO en México no es izquierda porque sigue inscrito en la lógica capitalista que mantiene el status quo de la explotación laboral en todos los estratos sociales. Ni los empresarios están contentos porque no regulan el mercado a su antojo.

El régimen mexicano es una mezcla de bondad keynesiana, sazonado con una pizca de crueldad a la Hayek en caldo tlalpeño a la Lázaro Cárdenas. No satisface la destrucción de las bases que secuestran la plusvalía generada por la fuerza de trabajo ni responde a una lógica de participación directa en el ejercicio diario de la democracia. Más bien recicla los elementos demagógicos de malos vs buenos, difunde redes clientelares, impone una visión religiosa del ejercicio público, militariza la frontera norte y es resistente a rectificar sus errores de acuerdo con el “buen criterio” del líder.

No hay nada nuevo bajo el sol. El centro siempre fue entreguista. Sucedió en Weimar y en Buenos Aires. Seguirá pasando en México o Francia. Mientras no haya una revocación del actual sistema político y económico no habrá equidad y mucho menos desaparecerán los estratos sociales que nos alejan cada vez más.

La A es de Anarquía.

Abajo el sistema.

Autogestión.

Desaparición del Estado.