Fuera de forma

Los músculos se contraen, parecen flores achicharradas por una garra de oso. A la cuerda de saltar le salieron hormigas. El gimnasio se quedó solo.

Una cena para dos no incluye propina compartida. Correr un maratón equivale a devorarte un pez globo sin caer envenenado. Luego, ella suelta un “no te quiero”.

Los ejercicios de la página 64 quedaron inconclusos. La asíntota jamás encontró un límite y por ello la pelota de jonron jamás volvió de la luna. Las astillas del bate se enterraron en su corazón después de fallar 3 veces en la caja de cheques y balances.

No más. Esto no es 2003, cuando el Milán dominaba la Champions y en quinto prohibieron fumar en la escuela. No hay sustitutos que cubran jornada laboral si en tu escritorio no te incluyen la tabla de Fibonacci y un disco de Café Tacuba. Una economía a prueba de deshielo te cobra los funerales a meses sin intereses.

I’m back. Eso es lo más importante. Lo demás son anécdotas, estúpidas pero también imprescindibles. Dejar de escribir es como irse de pinta o casarse. Te prometen un viaje todo pagado, pero al otro día no te dan whisky con un desayuno continental.

Parranda solar… (ficción)

Al cuarto para los doce se levantó el sol con resaca. Angustiado, y para no quedar en ridículo, se fue al pico de una montaña con el fin de cumplir su rutina de aerobics.

Ese día anduve candil de la cuadra, obscuridad en el banco. Ni un solo peso me quedaba en la cuenta. Tuve que hipotecar 16 anocheceres y cenar puro licuado de plátano para pagarle al porvenir con intereses. Hasta vendí mis fichas de Alf a Milhouse.

Por la tarde, ya que no había luz hubo muchos robos a tiendas de autoservicio. Me resistí a la tentación, mientras al calor de las velas trataba de resolver un polinomio cuadrado que nunca pude desarrollar del Baldor. <<A la mierda, esto no es para mí>>. Fui a la oficina de gobierno a tramitar mi Licencia de Insomnio. Me exigieron como requisitos; desfajar la colcha de la cama y acuchillar a las almohadas dormidas.

Hacia las 9 de la noche al astro mirrey se le ocurrió asistir a una junta de Alcohólicos Anónimos. Nadie quería confesar sus pecados. Plutón, que siempre llegaba tarde a las fiestas y por eso no bebía, sugirió una dinámica de grupo. <<Cuando les entren ganas de abrir una botella, den una vuelta sobre su propio eje y así sentirán que se bebieron todo el vino de consagrar>>. El gordo amarillo hizo una prueba. No funcionó. Como siempre usaba lentes obscuros, igual que Luismi, hizo el amor con la luna y su idilio se extendió por 20 días a puro eclipse.

Durante aquella Edad Media “reloaded” aprendí a cantar ópera con los búhos del bosque. También me volví adicto a los huevos benedictinos y tomé el empleo de barman en la pulquería de la esquina de mi casa. La gente me contaba sus historias sobre fantasmas que se hartaban de tanto murmullo de los vivos y se terminaban mudando a Alaska, de zorros que se hacían amigos de las ovejas, del incremento al 3000% en la matrícula para ingresar a estudios con especialidad suicida en corredor de bolsa, chofer de Batman e imitador de Hemingway, en fin. De lo único que estaba seguro era de que no quería volver a la claridad. La noche se había convertido en mi amante.

Todo por servir se acaba. Una vez que regresaba al hogar en el autobus 77, me topé con el sol. Ahí estaba, muy tranquilito y quitado de la pena, con la cabeza oculta en su gabardina. No quería ser reconocido. Le dije lo más troll posible en Twitter:

—Oye, yo te conozco. Estoy acá al lado. Venimos en el mismo transporte, mi compa.

Al bastardo se le ocurrió enrojecer de la pena. El conductor se estrelló contra un cometa distraído que venía cantando unas rancheras de Vicente Fernández. Obvio. Nos enterraron a plena luz del día y sin permitirnos bloqueador en los ataúdes de bronceado ¡Qué desperdicio! Si toma no maneje, no cante… y no deslumbre.

¿Camila anda suelta o de gira? (ficción)

Nadie sabe a donde pudo haber ido. Lo último que supimos de ella fue un pastel a medio comer sobre la ventana y el plato de croquetas vacío. Hambre no ha de tener, pero frío seguro sí. Es vulnerable. Tememos lo peor.

El año pasado se peleó fuerte con Matilda. Las dos querían pasar el tiempo con el mismo juguete. No había forma de que lo usaran por turnos. Una vez, Camila arrastró sus patas traseras mientras la otra dormía. Babeó de contenta cuando el chillido invadió toda la casa. Su rival apretó la quijada para no romper en llanto.

Tiempo después se unió Romeo. Un callejero rompecorazones que trató de conquistar a Matilda con un baile estilo Elvis Jagger Abdul Jabbar. No funcionó. Camila, en cambio, lo llevó al Corona Capital y se divirtieron a lo grande. Me dio mucho gusto por los dos, pues ambos son bastante solitarios. De vez en cuando es bueno salir con amigos. Cuando Matilda se dio cuenta que Camila y Romeo salían empezó a jugar al gato y al ratón. Le hablaba a él por cualquier pretexto. Hasta insistió en acompañarlo al clásico en la cancha del Atlético San Gato.

Como se esperaba, Camila no se dejó y se unió al mal tercio. Anduvieron los 3 asaltando camiones de Marinela repletos de pastelitos cremosos, además de que hurgaron la basura del vecino. Al caer la noche, Matilda le plantó un beso a Romeo. De muy mal gusto. Le dejó embarrado un fideo en el cachete. ¡Puaj! Regusto a cigarro. <<Mejor me voy a dormir, dijo el galán>> Camila le preparó un licuado de menta y tortillas para quitarle el sabor de boca. Además le prestó su frazada favorita. Eso hizo enojar más a Matilda, que siguió y siguió insistiendo para separar a los dos amigos. Ninguna táctica funcionó.

Hasta que pasó lo inevitable. Un día que Romeo estaba pastando en el jardín para limpiarse el estómago, Matilda hizo volar un pájaro de plástico falso para que su compañero lo cazase. Grave error. Las alas se le quedaron incrustadas en el cuello y por la noche murió. Eso puso muy triste a Camila. Ya no tendría con quien comer flores de jacaranda en plena primavera, ni rascar hoyos para esconder tesoros. Su ánimo se fue apagando. Cada vez que el canario del vecino se ponía a cantar, alzaba su hocico para oler la madera de la chimenea quemándose por cada ladrido ahogado. A Romeo le gustaba mucho quedarse viendo el fuego como si se tratara de un adolescente frente al televisor.

Quizá fue a buscarlo río abajo. En la otra orilla habita una fauna variopinta que toca Smoke on the Water hasta el cansancio. Ahí podría estar Romeo. Rockeando hasta las orejas. O quizá tocando la armónica al ritmo de BlackBird. Era un perro hippie. Él siempre dijo que le habría gustado morirse al lado de una parvada, como si estuviera en un concierto. Volviendo a nacer.

Vita nuova (ficción)

MacBook Pro Divine

Poco después de dar fin a su magna obra, Dante sale de copas a un bar. Como todo fanático furibundo de la Fiorentina, se besa el relicario que le regaló Batistuta y pide un bistec más grasiento que el cabello de Rubens.

De repente recuerda a Beatrice Portinari. Se dijeron tantas cosas. Que a ella no le gustaba esperarlo en el Ponte Vecchio después de salir de farra, que a él le sacaba de quicio verla ganar más dinero contrabandeando sus novelas no vendidas. Pero principalmente la distancia. Esa acabó con todo. Valía mas una “divina” casa en Ibiza, que una “comedia” de enredos.

Así que, no hay mucho dinero que digamos. Para pagar la renta, Dante tiene que ir a diario a la Galleria degli Uffizi para hacer un ready-made del Renacimiento. Se desnuda frente al Nacimiento de Venus y grita: <<¿Alguien cuenta una lavadora automática para quitarle la mierda a mis poemas? A cambio presto la vaporera>> Lo terminan confundiendo con un un vendedor callejero y llaman a seguridad.

Por las noches vuelve exhausto. Se echa al sofa desvencijado y toma una cerveza mientras ve Netflix. Pero no aguanta mucho porque las temporadas de invierno solo pasan repeticiones de Berlusconi sacándose los mocos. Ahora que lo piensa mejor, debería haber un décimo circulo del infierno. Ahí podrían convivir sin ningún problema Tony el Gordo, Rocky Balboa y la pizza sin anchoas. La gente es muy idiota porque da respuesta a preguntas que nadie formuló. No. No se puede solicitar que Marlon Brando bendiga a tu banda de motociclistas. Eso era una película: La vida es fea.

Total, que para ya no hacer el cuento largo, Dante se encuentra en una delicada decisión. Debe decidir si estafar a Virgilio con un billete de 3 euros o celebrar su despedida de soltero en la torre inclinada de Pisa. Las dos son atrayentes. Sin embargo, los únicos amigos del toscano son ficticios. Será mejor terminar esta charada de una vez. <<Virgilio, ¿aceptas Visa o Master Card? Se me acabó el efectivo. O mejor transferencia electrónica. Después no me vayas a decir que no hay cajeros en el Paraíso. Ahí son bien corruptos. Te ofrecen créditos hipotecarios sólo en el primer círculo. No es divertido. Los no bautizados tienen prestaciones laborales y pecan los que les viene en gana>>. Mejor se va a la casa de Bridget Jones por gelato.

Suficiente por hoy. Dante cobra por hora y eso sale caro. Hasta aquí hemos llegado. Registramos todas las habitaciones. Nadie pidió Room Service. ¡Un momento! Alguien se largó sin pagar la cuenta. No ha sido el poeta de la Vita Nuova. Fue su gemelo malvado. Él puso en su Twitter que en el Purgatorio no sirven alcohol en el bar del hotel, sino pura decepción destilada.

Los amigoles

Recuerdo que era octubre de 1999. Pumas jugaba para la mierda y no le ganaba ni a un combinado de niños de primaria. El rival en turno era Necaxa. No se podían augurar muchas esperanzas.

Estábamos en casa de Rogelio para terminar una maqueta escolar. Éramos unos nalgas miadas. Los quince años de la inocencia. Hicimos una pausa para ver el partido y después terminar el trabajo. Por supuesto, nunca llegamos a hacerlo.

Todos queríamos ver a Campos de delantero. Era la única esperanza. Nuestros delanteros eran incapaces de meter gol en el Arco del Triunfo. Eso sí, en el de la Derrota hasta seguro les pagaban 5 millones de dólares extra por entrar. Rogelio, de la nada, hizo una apuesta interesante. Era el único fanático del Necaxa en el país, además del presidente. No quería vernos sufrir.

—Miren. Encontré el armario donde mi papá esconde las botellas. Cada cinco minutos de partido todos tomamos una tapita de tequila, y así sucesivamente, hasta el minuto 90. Es poquito. Ni se les va a subir. Así se olvidan de su equipo tan mediocre ja, ja, ja.

—Estás pendejo —dijo Mauricio.

—Yo sí le entro —respondió Tomás.

—Hagámoslo más interesante. Si Campos mete gol, todos bebemos hasta acabarnos dos botellas. ¡Por la amistad y por el fútbol!

Se me quedaron viendo asustados, pero el orgullo les picó y aceptaron la apuesta. Nadie se iba a levantar del sillón hasta que el silbante terminará el partido. Estaba seguro. Campos y los Pumas ganarían esa tarde.

Nada de lo que anticipábamos estaba sucediendo hasta el minuto 30 de la segunda parte. Pumas ganaba 3-0, pero Campos seguía en la portería. Obvio. Ya no lo cambiarían como delantero. Sólo lo metían cuando el equipo necesitaba darle la vuelta a un partido. Los 3 cambios ya estaban hechos. El destino nos jugaba una mala pasada. Tenía el deseo de gozar mi primera borrachera. Mi equipo me lo estaba negando.

Minuto 35. Gol de Necaxa. Minuto 40. Gol de Necaxa. ¡Otra vez, no! De nuevo nos sacarían la victoria. Los últimos 5 minutos fueron de infarto. Era un tonto juego de jornada 8, y sin embargo, para nosotros era como la final de la Copa del Mundo.

Minuto 47. Tiempo agregado. Falta a favor de Necaxa en los linderos del área. A defender el resultado. Los once de Pumas defendiendo el área grande. Un ensueño de otoño. Sentía los párpados pesados, la mano dormida. Centro. Centro. Centro. Centro. ¡No! Cabrón empate. 3-3. Rogelio se quitó la camiseta. Corrió como loco por la sala. Nosotros 3 en un funeral.

—Momento —dijo Tomás.

—¿Qué pasa? —dijo Mauricio.

—Autogol de Campos. Autogol de Campos. EMPUJÓ la pelota con el puño. El pendejo quiso despejar y la metió —dije atónito.

Mauricio, que en un principio no deseaba beber y era más papista que el Papa, se alegró como si fuera un niño con juguete nuevo. Estaba contentísimo. —Es el destino. ¡Alabado sea el Señor y sus grandes vinos consagrados que nos ha regalado!

Reímos. Nos abrazamos, incluso. Entre fanáticos rivales no existe el ateísmo. Bebimos, por supuesto. Y vomité como 5 veces en la noche. Nuestros padres nunca lo supieron. Reprobados en la materia, obvio. Pero sacamos 10 en Amistad. Aún nos seguimos reuniendo para beber, incluso cuando Pumas y Necaxa empatan a cero.

No te tengo en Whats (ficción)

Estuvo toda la semana rodando por mi cabeza el gusanito de la curiosidad. ¿Por qué no lo había agregado desde 1989? Ni yo misma lo sé. El teléfono se había vuelto una figura fantasmal desde que descubrí un plan de renta de comunicación más barato con las palomas de la esquina.

Saqué mi Nokia de viborita y le llamé. Por supuesto no me contestó. Tecnología obsoleta. Pasaron dos semanas y le escribí una carta. Pienso que así se recupera la intimidad. La gente se ha olvidado de ponerse atención. Todo el mundo está ensimismado con monigotes estrafalarios que se malgastan en Snapchat.

Al mes recibí su respuesta. Estaba muy malhumorado por supuesto. Lo puso en mi muro de Facebook, que no era otra cosa que la pared de la casa en forma de libro. El grafiti tenía faltas de ortografía, o era quizá una palabra no incorporada todavía a mi diccionario. “YOLO”. Quise interpretar que se trataba de un acrónimo o quizá siglas de alguna institución mental. Vaya uno a saber cuando la gente tiene dislexia.

Y así pasó el tiempo. Nos dejamos de hablar. Me cambié de barrio. Él se casó. Lo de siempre. Personas entran a tu vida y se van. De vez en cuando me enteraba de sus éxitos en la industria de la música, mezclando viejos acordes de MC Hammer con los de la Sonora Santanera. Me mandó ayer un último mensaje. Ignoro cómo logró colarse hasta la puerta de mi casa. Que yo sepa, enfrente hay una carpeta asfáltica, no el mar Báltico. Llegó dentro de una botella. A la vieja escuela. Tal como me gusta. El mensaje no lo entendí del todo. Debe haber sido una especie de Sudoku egipcio. ¡Qué manía de darle vueltas a todo! ¿Por qué no me pregunta, en persona, si quiero salir con él? Igual, hasta con su esposa me dan ganas.

“¿Me podrías ayudar a vincular mi Instagram con tu número de Fax?”

FULANITO TROYANO

Animalia (ficción)

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El oso despierta a mediodía en busca de un árbol redentor. Lleva todo el día pensando por qué es tan imbécil. Dejó la rasuradora olvidada en la laguna.

Un antílope se cruza frente a sus ojos. Caminando. Llega temprano a misa. El cazador bebió mucho anoche y no puede seguirle el paso. Es un tigre flojo. Tan lento que no cogería a una vaca dentro de un ascensor.

Por fin alcanza una sombra. Se quita la corbata para un descanso más pleno. Hoy no le importa faltar al trabajo. El guepardo neurótico del cubículo vecino podrá encargarse de sus pendientes. Ese chico toma tanto café que parece un payaso de rodeo con problemas en su matrimonio.

Dulces sueños. No hay nada mejor que el descanso. No dura mucho. Una estampida levanta a todo el reino. Los elefantes se aproximan hacia al precipicio porque vienen de la bolsa de valores. Apostaron la venta de 10000 acciones de maní rancio. La cosecha salió buena. Perdieron su dinero.

Las serpientes dan clases de matemáticas a los tejones. Nadie como ellas para trazar parábolas sobre la tierra. El problema es que se comen a los alumnos y la matrícula ya no alcanza a completarse con becarios famélicos de la beca Erasmus. Esos no tienen ni un quinto para pagar una renta en el coliving de las hienas. Al director rinoceronte se le ha ocurrido una idea. Aceptar sólo a conejos para que se multipliquen por toda la red escolar.

Al oso, en realidad, le importa un carajo el futuro escolar o la devaluación del euro. Él sólo quiere soñar. No desea acudir al psicólogo por estrés. Pero, ha olvidado algo muy importante. Los animales de peluche no viven en la sabana. Debió de haberse fumado el porro que dejé sobre la cama.