Tres pies al 🐱

Cuando era niño pensaba que los cometas eran la pipí de algún alien que no pudo llegar a tiempo al baño por culpa de su motocicleta varada en el taller.

Mi madre siempre me decía lo mismo: no le busques tres pies al gato, la gente siempre se busca cualquier pretexto para no pagar impuestos.

Más tarde, en la secundaria, intenté quebrar la puerta de la oficina del director para vaciarle ácido sulfúrico a su termo con café. Era un taimado hijo de puta que castigaba a los que se atrevían a decir que el fútbol era un deporte para actores frustrados e infieles en domingo.

Traté de probar mi punto. Descolgué un coco de la palmera y lo rellené de algodón para darle más consistencia. Se lo aventé a la cara, y no tardó ni un parpadeo en tomar catsup de la cafetería, haciéndose el herido.

La enfermera Dora siempre le decía lo mismo: ¿sabes por qué nunca he aceptado salir contigo? Porque los orgasmos son más difíciles de fingir que ver milagros en tierra de paganos.

En 1986 fui a ver un concierto de Huey, Lewis and the News. Tocaron todos sus éxitos. Me fui de cabeza cuando llegó el turno de corear Heart and Soul. Al terminar, fui con mi amigo a tomar una cerveza en el bar de la esquina de mi casa. Me confesó que andaba desviando capital de su empresa a una cuenta secreta en las Bahamas.

Me quedé pensando largo tiempo una respuesta adecuada. Tenía sentimientos encontrados, ya que no deseaba verlo sufrir, pero tampoco me apetecía solapar sus negocios turbios con la mafia rusa y le dije: si lavamos tu dinero con orina de gato, ¿tú crees que en Marte nos cambien tres años de cárcel por un Pent House con vista al Monte Olimpo?

Esto es lo que llaman cuarentena (ficción)

Gordo cuarentón se queda dormido viendo una serie, cuyo argumento se basa en una novela de Perec donde los perros se meten heroína. Sueña que es un productor de sardina enlatada, cuya emblema es un pez pirateado de Bob Esponja haciendo la patadita de Luismi.

Despierta por ahí de las dos de la tarde. Hace mucho que sus amigos no le hablan, así que no se molesta en revisar el recibo de teléfono. Almuerza unos huevos a la tamaulipeca humedecidos con un poco de mezcal. Sin mucho que hacer, escribe. Ya probó las otras seis artes y en todas resultó un fiasco.

Estávamos tan contentos. Estábamos con v chica, mono tonto…

Señor Burns.

Interrumpe su valiente aportación a los escritores derechistas admiradores de la escuela “Vargasllosiana” y se para a activar el Spotify. No se puede concentrar en silencio. La última vez que intentó ayudar a su amiga con un guion mudo sobre los derechos de los animales, se echó un pedo. Las desastrosas consecuencias terminaron por enemistar a su gato con la Secretaría del Medio Ambiente y los de Whiskas.

Harry, aceptémoslo. Y no estoy bromeando. Sin faltarte al respeto. Eres un cabrón. Eres un cabrón ahora y siempre serás un cabrón. Lo único que va a cambiar es que te vas a convertir en alguien más cabrón. Quizá, tendrás más hijos cabrones.

Ken.

Suena una notificación de tuirer. Es un tipo de Guadalajara que no quiso formarse en la fila y se robó tres cajas de gel antibacterial. Gustoso le da like y se toca el corazón con orgullo, mientras busca en la gaveta del escritorio su bandera raída de los cristeros. Esto no es un crossover. En Doceles todavía te intercambian una estampa de Margarita Zavala por un mauser del siglo XIX.

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.

Holden.

Empieza a oscurecer. Nada ha pasado. El bote de los lápices sigue inmóvil. Sabe lo que le corresponde hacer. No cambiar en absoluto la modorra del mundo. Ya van 549 muertos. El gobierno miente. No puede haber otra explicacion. Se mira al espejo las lonjas. Nadie se atrevería a quererlo. No puede traspasar la estulticia a bordo de una Big Mac sorteando las olas de un mar revuelto en la licuadora. Sólo se para y me mira. Tiene ganas de madrearme, incluso besarme. Ya tiene el primer párrafo de su novela.

¿Acaso sabes lo que en esta vida significa sentirte más rechazado que un puto virus chino?

X.

Próximamente en librerías. No se aceptan Susanas Distancias. Solo se permite una. Homero Archundia tiene dos por uno.

Los jitomates van a llegar mallugados (ficción)

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Primero se le vino a la mente invitar a su jefe para mandarlo, sin escalas, derechito a chingar a su madre. Luego, volverse narcotraficante para transporte de cocaína en cubitos de Knorr Suiza. De plano, descartó ambas opciones. El jefe, adicto a los tacos de carnitas, sufría de diarreas tan severas que no llegaba al baño más cercano, ni montado en el JetStar 1968 de Luismi. Con la droga el asunto es más complicado. El Knorr Suiza tiene más químicos que George Harrison en un día de juerga y solo lo compran los que no saben cocinar. No es negocio.

N salió a toda prisa de su casa para encontrarse con su hermano. No le encantaba mucho la idea, pues, de Paseo de las Palmas a Tecamachalco tardaba menos de 5 minutos en llegar con su Chevy Joy; lo que para él ya representaba una proeza mayor a la de Filípides en Maratón. En su mente se dibujaron toda clase de espectáculos que montaría para divertirse durante las rutas más largas. Haría declamar poesía a un enano que, al mismo tiempo, enfrentase a KeMonito. Jugaría golf de prendas. Apostaría el dinero de la nómina en la ruleta durante una turbulencia.

—No te vas a creer lo que me pasó —dijo N eufórico.

—Ni idea. Será que ya dejaron de vender cerebros, al lado de las baterías, en el WalMart

—respondió Z, el hermano sarcástico de N.

—¡Me gané el avión presidencial!

—¿Incluye portavasos en el tablero?

—Eso y más. Hasta tiene una enorme sala de juntas para declararle la guerra a Kazajistán.

Mientras N describía con lujo de detalle las prestaciones de su nuevo juguete, Z recordó aquella vez en que jugaron Stop con las vecinas del edificio donde vivieron en la infancia. En vez de calcular los pasos para pisarle los pies al rival, se tenía que dar un beso trompudo. El que más fuerte tronaba, ganaba la mesada de los domingos. Durante la sexta partida, Mónica de Rusia estaba más lejos e imposible que una nevada en primavera. Yolanda de Senegal se moría del susto debajo del aro de basquetbol. Z de Japón estaba a tiro de piedra. N de Costa Rica no lo dudó. Dio tres pasos descomunales hasta África y ¡zaz! El perro Cucho apareció dando brincos

en el aire, con tremendos lengüetazos, al oír el chiflido de Z, justo antes de que ambas bocas humanas se encontrasen. N nunca se lo perdonó.

—¿Y qué vas a hacer ahora con todo esto? —preguntó Z.

—Bueno, primero lo voy a aspirar, cambiar los asientos, ponerle un aromatizante — respondió N.

—Hablo en serio, wey.

—No pos, viajar, ¿qué no?

—Hace rato que mi mamá pregunta por ti. ¿Por qué no la pasas a visitar en estos días?

—Ay, no manches. Está hasta Querétaro.

—Para eso está el pinche avión.

—Sí, pero luego me va a aventar su letanía de por qué no le di nietos, que esto, que lo

otro.

—Una escapada que podrías hacer hasta en triciclo y ni eso sabes hacer bien. Ya ni la

chingas con tus pretextos. Mira, ya déjalo así.

—Equis, mano. ¿Y qué pedo? ¿Si te vas a apuntar a Las Vegas para ver una pelea en vivo o se te abre?

—Me saliste más cabrón que bonito —dijo Z, resignado.

Al instante, N telefoneó a R. Su ex, de la que nunca se divorció. Se conocieron en un medio maratón. En el kilómetro 18, a R le dio un calambre que la tumbó al suelo. N, que nunca tuvo problemas de potasio porque se acostumbró a robar, cada vez que la ocasión lo ameritaba, los plátanos de la casa de su abuela, hizo un alto en el camino para ayudarla. De hecho, por las altas temperaturas, R se empezó a sentir mareada y vomitó en la cara de N. Para él, que nunca se había jugado la vida por los jugos gástricos de nadie, le pareció lo más tierno del universo.

—¿No lo vas a vender? —preguntó R, desorientada?

—¿Y quién me lo va a comprar? Si ahorita en todo el mundo hay una recesión que no alcanza ni para comprar cacahuates a plazos. No señor. Ahora es el momento de capitalizar mi activo y explotarlo hasta que me canse de él —respondió N con firmeza.

—¿Acaso no has pensado en los gastos de mantenimiento?

—No hay pedo. Para eso me busco a unos asesores financieros, bien macizos, que le sepan sacar una buena tajada cuando no lo esté usando.

—¿Y dónde lo vas a guardar? Porque no es como un vocho, que cabe en cualquier cochera de vecino.

—Ya sé. Tu prima esa. La que vive ahí por Toluca con todos esos terrenotes baldíos que están sin usar. Ahí hay espacio de sobra hasta tus cachivaches que no usas y están oxidados en la bodega.

—¡Qué considerado eres! No es mala idea. Oye, ¿sabes cuál es el vuelo más corto del mundo?

—Ni idea.

—Colonia/Buenos Aires. Trece minutos. No duró. La compañía área que cubría esa ruta tronó a los pocos años.

—Bueno, pero… ¿eso qué tiene que ver con lo que acabo de decir?

—Que tú, en doce, desmadraste un matrimonio y eso es más de lo que yo me tardé llevando esa caminadora de mierda e inservible, que me regalaste después del embarazo, hasta la bodega. ¡Ahuecando el ala, culero!

N apretó la mandíbula, pero prefirió irse en silencio antes de perder los estribos. Estaba amargado, pero eso no le quitó de la cabeza su plan maestro. Regocijarse con su egoísmo mientras los demás batallasen en la fila del Metrobús. Decidió no llamar a sus pocos amigos riquillos. En los aviones no se sirve buena comida. Siempre ofrecen lo mismo. Pollo o pasta. Ni siquiera el vino es bueno. Sabe a jugo Boing de uva en cartón. Esos tipos tenían el paladar más fino que la reina de Inglaterra. ¿Y si se burlaban de él igual que su hermano y su ex?

Por fin. Llegó al hangar presidencial a mediodía. Ya lo esperaba la comitiva para la entrega de la nave. Era el día más feliz en la vida de N. Al menos así lo creyó hasta antes de que le dieran las llaves del motor.

—¡Muchas felicidades, señor! El día de hoy estamos aquí reunidos para hacer entrega solemne de la magna rifa organizada por…

—¿Me deja usted tocar la llave? —preguntó N, desesperado como niño en juguetería.

—Sí, pero antes debo externar el enorme agradecimiento por quitarnos este gran peso de encima y para conmemorar la gesta heroica de los Niños Héroes y…

—Claro y Juan Escutia voló por los aires con la bandera, bla, bla, bla. ¡Ya dígame! Si me estrello contra un águila, ¿el avión está asegurado? ¿Tengo que pagar deducible?

—Sí, eso está garantizado. ¿Por qué tanta prisa, señor N?

—Pos, ¿por qué cree? ¿Acaso nunca le ha pasado, cuando viene del super, que los jitomates llegan medio mallugados? Si no los meto al refri, se me van a echar a perder.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿A dónde piensa usted hacer su primer viaje?

—Tengo muchas cosas en mente. Ya sabe. Unas compritas por aquí. Una visita a la playa por allá. Un congreso en la ONU por acullá.

—O sea que usted no tiene ni idea.

—Yo no lo pondría en esos términos.

—Lo siento. No podemos darle este avión.

—Pero, ¿cómo fregados no? Si yo compré el boleto a toda ley y resultó ganador. Me tienen que respetar mi premio.

—No es por echarle la sal, pero, fíjese usted lo que ha pasado desde el inicio. No me ha dejado terminar el discurso, no se sabe las mínimas reglas de tráfico aéreo, baila de un lado a otro como si le anduviera de la pipí y encima me pregunta con una pinche águila incluida en la lista del libro de siniestros. Usted es un desastre.

—Ni modo que le preguntara por los resultados de la Selección. Es un vehículo, como cualquiera.

—Imposible darle este avión si usted no sabe un destino fijo para avisarle a la torre de control. Si no se le ocurre nada en pleno vuelo, va a dar miles de vueltas como pendejo hasta que se quede sin gasolina. Adiós nave, adiós señor N. Si me entiende, ¿o no? Ponga en orden su vida y ya después nos llama y vemos, si se lo mantenemos en resguardo, o de plano lo encuentra desvalijado en la Lagunilla.

N se retiró en silencio del hangar. Se quiso regresar en metro, pero una marcha de Antorchistas se lo impidió. Tuvo que regresar a pie. Con su caja de jitomates sobre la cabeza. Descubrió, en efecto, que se habían mallugado tanto, que no servían ni para puré.

Los reyes magos no son los papás (ficción)

Nunca supe quién cambió el frasco de mermelada por una montaña de clavos. Por la mañana, afuera del garage, había montones de llantas ponchadas que pertenecieron a triciclos que jamás pudieron ganar el Tour de Francia.

Tuve una infancia regular. En los días de fiesta nunca me regalaban nada, y cuando volvía a casa con cuatro materias reprobadas me daban una vuelta en globo aerostático. Mi única era ilusión era vivir mi primer beso con Daniela, pero nunca leyó mis cartas y terminé tocando la guitarra en un barco lleno de gitanos.

Crecí hasta que ya no pude sortear el marco de las puertas. Casi choco con Saturno. Sus anillos me hubieran embarrado la boca del hule que quedó de mi pelota de baloncesto; abandonada en algún desván del cielo. A los quince llegué a la punta del Everest montado en patines. El Yeti me quiso poner el pie. Yo no me dejé y decidí cedérselos cuando ya estaba cerca de la meta. Al idiota no le entraban porque calzo del cuatro y medio.

En un temblor se me rompió el Walkman de mi abuelo. Me dejó un casete de Roxette dentro. Yo prefería escuchar a la Santanera. Nos quedábamos horas discutiendo en la sala, a la luz de la luna, sobre cómo perderle miedo al reloj. No le gustaba pensar en su muerte. El sólo hecho de no saberse independiente para ir al baño o comer lo aterraba. Tenía muchas deudas y pocos ánimos para jugar dominó con el Diablo. Por eso se hizo cantante Pop. Para chuparle el alma a los jóvenes mientras se hacía rico, vendiendo droga entre sus compañeros del asilo.

Al fin. Después de tantas décadas de sequía, desperté y noté que mi zapato ya no estaba junto al Árbol del Navidad. Debió llevárselo Baltazar a un rodeo o para el maratón de Nueva York. En su lugar, una caja grandota envuelta con papel celofán. ¿El regalo? Un recibo de la compañía de teléfonos con la siguiente leyenda:

El número al que usted ha llamado no existe, intente enviar oficio a una monarquía constitucional, las de corte absolutista pierden todas las cartas de solicitud de juguetes en las oficinas del Lic. Jesús.

Insomnio (en fast motion)

La gloria de los encantados consiste en desayunar un batido de aurora boreal a media noche. Se pintan la cara color queso y salen a la calle a esconder los sueños que se han robado del Banco de Escritores Deprimidos por Asuntos Varios (la calvicie, escasez de mota, Tomy y Daly no firman el divorcio, la subida del kilo de tortillas, etcétera).

Anoché me topé con uno de ellos. Estaba bebiendo tranquilo en un bar irlandés, cuando vi entrar por la puerta a una versión despeinada de Bono con cara de oxímoron. Se sentó a la barra y pidió una cerveza Corona. Supuse que tomar Guinness iba en contra de sus principios religiosos. Se iba a casar doce horas después en la iglesia del Centro. Tenía dudas. GRANDES DUDAS. — Si me divorcio, ¿me regresan los tickets de estacionamiento para deducir la depresión? — dijo estupefacto.

Mi primo también es sonámbulo. Toca el saxofón en un cuarteto de cigarras. El club de jazz no tiene dinero para pagarles, pero al menos les dejan las orillas de pizza que la gente no se comió en el intermedio. Ellos no se sienten para nada agraviados. Lo reciben con gusto. A ellos les importa más la camaradería. Ni siquiera les interesa firmar un contrato con alguna disquera. Sucede que los responsables de manejar su carrera son grillos que no creen en la apropiación de la plusvalía de medios de producción. De noche todos los gatos son pardos. No toman en cuenta que un funeral sin música es peor que una vida con remordimientos. Nadie debería pagar por ella.

Los juguetes no se quedan atrás. No se la pasan de ñoños como los de Toy Story. En la vida real son unos verdaderos hijos de la chingada. Apuestan, fuman, beben, lavan dinero, traicionan. No es que eso sea malo. ¿A quién no le caen bien unos dolaritos recién salidos de la secadora? Hasta con Suavitel se sienten como si los hubiera bendecido Carlos Slim a plazo fijo. El problema es que no tienen llenadera. Su ambición no tiene límites. La policía está cansada de trabajar horas extra por cubrir sus fechorías. Lo mejor que puede pasar es que se declare la ley seca. Ni una sola sonrisa de un niño hasta que se gradúe de la universidad. A ver si así entienden a respetar el gallinero mientras el presidente juega al golf en la Luna.

Hoy me quedé dormido en la alfombra del baño. Tomé demasiados barbitúricos. Encontré la cura para mi insomnio, pero no creo que haya un jarabe para mi cinismo. Ese lo venden en horas de sol, cuando acaba el maratón de Bridget Jones por canal 5.

Invasión (no incluye AK-47)

Me fui a la cama sin cena. Adentro del refrigerador se quedaron unos frijoles agrios dentro de un envase de leche Alpura y unos Sugus sabor a menta. El resto se lo apañó el perro la noche en que dejé abierto.

Nunca me fue bien en la guerra. En la escuela, hasta el gordo friki lleno de espinillas se robaba mi almuerzo. Después, traté de pactar una tregua con la computadora; sin darme cuenta abrí un archivo que borró todo mi disco duro. Resulta que ese desgraciado se vengó porque en el Kinder le eché ron a su cereal.

Gasté años en municiones que no eran del calibre de mis pensamientos. Jalaba y jalaba el gatillo, pero mis compañeros de trabajo nunca entendieron que el Tenis también es un deporte para comunistas. 15-15 o 40-40 son puntuaciones donde todos se sienten millonarios, pero al final los sueños se quedan en la red. Yo tenía un revés de puta madre, pero me jodí el codo y ahora soy un capitalista que no le alcanza ni para retirarse.

Tengo una teoría que podría levantar ámpula. Un señor de la guerra se acostumbra a la victoria hasta que deja de sentir odio por su enemigo. Maquiavelo se equivoca. Dejé de gritarle al señor del gas y le dije, amablemente, que le pagaba con flatulencias; ahora mi trasero ya hasta cotiza en la bolsa de valores en la vertiente hidrocarburos. En el futuro, cualquier demanda de divorcio o pensión entre marido y mujer enfrentados se resolverá con una lata de frijoles junto a una bandera del América. Del odio al amor hay un solo paso.

¡Seamos sensatos! Ya no queremos más balazos. Que los grandes conflictos bélicos sean parte de un pasado lejano. Por eso propongo un acuerdo entre príncipes. El primero que asome la corona, se compromete a invadir mi corazón con soldados de chocolate.

Vete lejos, pero no te pongas mocasines

Una casa que transpira ácido por las paredes de vuelve una caja de chocolates cuando expira la ambición por la herencia de la abuela y el hambre obliga a los habitantes a comerse un sandwich de asbesto.

Un detective se pregunta por qué se han fugado sus pistas al caer la noche. Puede que un ave con insomnio haya entrado por la ventana, confundiendo una confesión de promesas rotas con una manta para arropar a sus polluelos.

Este es el tiempo donde las olas desbordan la taza de café para salir por una avenida donde los departamentos son de renta congelada y a los vecinos no les importa ver a un indigente inyectarse heroína en el parque de enfrente. Si fueran amables por lo menos podrían ofrecerle uno de esos abrigos de Zara cosidos por niños de Pakistán. Fingen no mirar.

Son pocos los que hasta ahora han conocido Bangladesh. A mí me contaron que allá, uno sube una montaña muy alta y al bajar se le olvidan las cosas. Es un fenómeno particular. El aire se escapa por la nariz, el culo, las plantas de los pies. Sucede que la soledad es tan escurridiza que para la Interpol resulta harto complicado publicar una ficha roja. Se nos van todas nuestras señas, nuestros recuerdos. Es como si no hubiésemos existido. Somos prófugos de un delito que jamás cometimos. La diarrea aleja a las personas.

Trazo sobre la arena un círculo de donde nacen ciertos de tortugas. En lla boca llevan una hostia consagrada que bendice su viaje hasta Central Park. No les importa llegar tarde. Los tiburones se fueron de farra ayer y su resaca los tiene maldiciendo frente al sofá. Solo queda una salida. No entrar a clase de Química.

Bájate un drama del Spotify y ponte a patinar…

Una vaca hace un salto de garrocha hasta la luna y en lugar de una medalla recibe unas botitas de estambre para caminar en la pradera. Afuera ya se acabó la guerra. La tensión se disipa. Es un buen momento para hacer ejercicio también.

Deberían inventar unos chilaquiles Come and Get Your Love”, de esa forma sabríamos si nos están tomando el pelo con el seguro de vivienda o el burócrata se fue a comer con su amante al Sangrons de la esquina. En términos geométricos, por cada divorcio hay una casa solterona que no se quiere quedar con los fantasmas de un matrimonio.

Veamos, pues. Los fragmentos de prosa son estaciones que nadan hacia una orilla y nos dicen que en julio no lloverán hippos con Cosmopolitans en la pezuña. Me importa saber que un espíritu oculto es a prueba de nevadas para congraciarme con el que vende brownies con marihuana prestada. En realidad, a menudo nos fumamos chascos con sabor a cebollín que nos dejan vencidos con su olor a derrota. A nadie se le ocurriría cocinar sin delantal frente a una película de Oliver Stone con cortes del director haciendo yoga.

Un enigmático cambio de planes nos lleva hacia el corazón de una ciudad en ruinas. Nadie sabe por qué acabó abandonada. Las principales teorías son: el rey tapó el drenaje por comerse unos tacos de carnitas echados a perder, se secaron las jacarandas, un árbitro no marcó un penal del equipo favorito de todos o el oficio de libre albedrío no llevaba la firma del director de Finanzas. Me inclino a pensar en la última opción porque cuando la vida se vuelve gratuita, nadie sabe exactamente por qué las deudas de Hacienda no prescriben ni con la muerte.

Esto no es un corrido o una ranchera, así que ya de una vez corto por lo sano. Solo les pido un último favor. No intenten pelear con la oficina del Departamento de Aguas. Son muy poderosos desde que descubrieron que todos tenemos una piscina en nuestro cerebro. Se llama Hidropesía por leer tantos poemas malos como éste.

Cheers!

Fuera de forma

Los músculos se contraen, parecen flores achicharradas por una garra de oso. A la cuerda de saltar le salieron hormigas. El gimnasio se quedó solo.

Una cena para dos no incluye propina compartida. Correr un maratón equivale a devorarte un pez globo sin caer envenenado. Luego, ella suelta un “no te quiero”.

Los ejercicios de la página 64 quedaron inconclusos. La asíntota jamás encontró un límite y por ello la pelota de jonron jamás volvió de la luna. Las astillas del bate se enterraron en su corazón después de fallar 3 veces en la caja de cheques y balances.

No más. Esto no es 2003, cuando el Milán dominaba la Champions y en quinto prohibieron fumar en la escuela. No hay sustitutos que cubran jornada laboral si en tu escritorio no te incluyen la tabla de Fibonacci y un disco de Café Tacuba. Una economía a prueba de deshielo te cobra los funerales a meses sin intereses.

I’m back. Eso es lo más importante. Lo demás son anécdotas, estúpidas pero también imprescindibles. Dejar de escribir es como irse de pinta o casarse. Te prometen un viaje todo pagado, pero al otro día no te dan whisky con un desayuno continental.

Parranda solar… (ficción)

Al cuarto para los doce se levantó el sol con resaca. Angustiado, y para no quedar en ridículo, se fue al pico de una montaña con el fin de cumplir su rutina de aerobics.

Ese día anduve candil de la cuadra, obscuridad en el banco. Ni un solo peso me quedaba en la cuenta. Tuve que hipotecar 16 anocheceres y cenar puro licuado de plátano para pagarle al porvenir con intereses. Hasta vendí mis fichas de Alf a Milhouse.

Por la tarde, ya que no había luz hubo muchos robos a tiendas de autoservicio. Me resistí a la tentación, mientras al calor de las velas trataba de resolver un polinomio cuadrado que nunca pude desarrollar del Baldor. <<A la mierda, esto no es para mí>>. Fui a la oficina de gobierno a tramitar mi Licencia de Insomnio. Me exigieron como requisitos; desfajar la colcha de la cama y acuchillar a las almohadas dormidas.

Hacia las 9 de la noche al astro mirrey se le ocurrió asistir a una junta de Alcohólicos Anónimos. Nadie quería confesar sus pecados. Plutón, que siempre llegaba tarde a las fiestas y por eso no bebía, sugirió una dinámica de grupo. <<Cuando les entren ganas de abrir una botella, den una vuelta sobre su propio eje y así sentirán que se bebieron todo el vino de consagrar>>. El gordo amarillo hizo una prueba. No funcionó. Como siempre usaba lentes obscuros, igual que Luismi, hizo el amor con la luna y su idilio se extendió por 20 días a puro eclipse.

Durante aquella Edad Media “reloaded” aprendí a cantar ópera con los búhos del bosque. También me volví adicto a los huevos benedictinos y tomé el empleo de barman en la pulquería de la esquina de mi casa. La gente me contaba sus historias sobre fantasmas que se hartaban de tanto murmullo de los vivos y se terminaban mudando a Alaska, de zorros que se hacían amigos de las ovejas, del incremento al 3000% en la matrícula para ingresar a estudios con especialidad suicida en corredor de bolsa, chofer de Batman e imitador de Hemingway, en fin. De lo único que estaba seguro era de que no quería volver a la claridad. La noche se había convertido en mi amante.

Todo por servir se acaba. Una vez que regresaba al hogar en el autobus 77, me topé con el sol. Ahí estaba, muy tranquilito y quitado de la pena, con la cabeza oculta en su gabardina. No quería ser reconocido. Le dije lo más troll posible en Twitter:

—Oye, yo te conozco. Estoy acá al lado. Venimos en el mismo transporte, mi compa.

Al bastardo se le ocurrió enrojecer de la pena. El conductor se estrelló contra un cometa distraído que venía cantando unas rancheras de Vicente Fernández. Obvio. Nos enterraron a plena luz del día y sin permitirnos bloqueador en los ataúdes de bronceado ¡Qué desperdicio! Si toma no maneje, no cante… y no deslumbre.