Sin desodorante (ficción)

Adolescente errante devora un salmón con todo y espinas. Ríe. Su vida da más vueltas que un ciclista en llamas. Se mete a bañar vestido en un cuartucho de hotel. El carro se descompuso porque le cargó miel en vez de gasolina.

Al otro día pide aventón a pie de carretera. Un montañés le ofrece llegar al siguiente pueblo. Juntos comparten una cerveza. El conductor le cuenta que se dedica a la siembra del girasol. No se come. No se trafica. Sólo se admira. El chico en retribución cede su rosa disecada que guardaba en una novela de Camus.

Sin mucho en qué entretenerse, el vagabundo se dirige al muelle. Canta canciones de los Rolling Stones por cinco pesos. Nadie le hace caso, pero desde sus mesas los snobs recuerdan historias tontas; como cuando descubrieron el ácido o el abuelo heredándoles la empresa. Un chiquillo sí responde. Deja en el sombrero unos dulces y la mesada de sus padres divorciados. Se entienden al instante, y comienzan un diálogo de sordos que se rompe con la lluvia.

Al cabo de tres noches el aventurero se anima a escalar la montaña imposible. Dicen que nadie ha podido porque se aparece un fantasma en la punta. No tiene miedo. Ha visto los ojos de la muerte desde que su madre murió de disentería. Ni siquiera necesita comer carne cruda. La pura ilusión basta y sobra. Al llegar a la meta no ve a nadie. Viento y cielo recostados uno sobre el otro. Está solo. Siempre lo ha estado. Ni la sombra lo acompaña. Es el “no estar” que colma de dicha su vida. Nadie lo entiende. Ni el fool on the hill de los Beatles que se quedó sin cerveza.

Pronto regresará a casa. Algún día. Dicen que todavía le queda un primo. Se levanta diario en la madrugada para ir por carbón a la mina. No regresa sino hasta tarde. No piensa visitarlo. La última vez que se vieron, el carbonero se quedó con uno de sus Thundercats en la guardería. No lo dejó jugar a gusto. ¡Que se vaya al demonio!

Se aproxima a mi barra. Se ve sediento. Sus ropajes delatan sueños rotos. Tengo tragos para olvidar, también para vomitar. Se acomoda la solapa de su gabardina y con voz gallardía dice: —Vodka Martini, cantinero.

Le sigo el juego. No vaya a ser que tenga una pistola guardada o quiera venderme un seguro. Le preparo el trago como Fleming me da a entender. Es decir, pésimo. El tipo se lo toma y se queda mirando el suelo. Al cabo de una hora comprendo que no podrá pagarlo. ¡Changos!

A cambio le abrazo. Veo que se le nublan los ojos. Se estremece de verdad. Me cuenta lo que ha hecho. —El viaje debe terminar algún día, ¿cierto?— pregunto. Asienta con la cabeza y lo dejo en la barra. No me he equivocado. Sus historias atraen al pueblo, sobre todo por su olor. Apesta a mundo. Ojalá nunca se le ocurra ponerse desodorante.

A bordo (ficción)

No tenía ni puta idea de dónde estaba. Creo que por los rumbos de la Merced o Tlahuac. Así es señores. Soy tan cabrón que puedo estar en dos lados opuestos de la ciudad al mismo tiempo. No vi las placas. Me subí. Quedaban 100 pesos en el bolsillo.

Era un taxista amigable. No voy a negarlo. De sonrisa afable y bigote a la Pedro Infante. Aunque también podía pasar por un talibán. De hecho, ese fue el tema que de inmediato surgió en la conversación. —Y llegaron los del Mossad para meterle 40 balazos, joven. No quedó tierra sobre tierra. Es mejor pasar como un don nadie, ¿a poco, no?

Las luces de la ciudad me bañaban la cara. Tenía muchas ganas de volver el estómago, pero tenía una sed horrible. No debí mezclar tequila con Smirnoff. Mis amigos me habían dejado tirado y la única solución posible era desahogarme con el primer extraño que encontrara. —Fue mi culpa, Roberto se chingó el dinero de la nómina y no dije nada. Soy cómplice— susurré.

El taxista no me dio bola. Siguió en su soliloquio shakesperiano como si estuviera actuando frente a una gran audiencia. Sus palabras penetraban en mí igual a un eco de muchos años atrás. Era mi abuelo en el mercado dando consejos a señoras que no sabían cómo preparar un mole y él sin saber ni jota de cocina. —El perro entró a la casa y se empezó a joder a la señora. Tenía un pito enorme. Le juro que es verdad. Nadie me lo contó, yo lo vi.

Una llamada entró al celular. Un fulano me pidió unos datos personales para gestionar una tarjeta de crédito. No le hice caso y le colgué. Ahora que lo pienso, igual bien pude haberle dicho que sí para reponer el dinero de la empresa y endeudarme al doble por los intereses. Al menos no iría a la cárcel, pero estaría condenado a vivir de una dieta a base de pan y agua. El taxista vio mis ojos tristes y dijo: ¿Sabe qué necesita usted, joven? Una buena pachanga. Acá cerca hay un teibol bien animado. Le cobran la copa al 2 x 1. Si quiere lo llevo.

Por fin llegamos a mi casa. El taxímetro se paró en 99 pesos. Era mi día de suerte. El taxista calló. Por fin. Me abrió la puerta muy decente, igual que un chofer de limusina. Me sentí todo un ejecutivo. Le estiré el billete. Él lo rechazó. No entendía nada.

—Mire, joven. Aquí entre dos, me lo iba a secuestrar dos cuadras antes de llegar para vaciarle todas sus tarjetas. Pero ya vi que entre camaradas de clase eso es jugar sucio. Se le ve que no tiene ni en qué caerse muerto. Guarde su billete y acuse a su amigo. Eso de robar el dinero de la nómina no es de gente decente. ¡Cuídese! ¡Adiosito!

—¡Vaya! Un taxista que sí escucha. Esto sí merece celebrarse— dije pata mis adentros. Abrí el refrigerador y me tomé una botella de whisky y sin llorar. Ja.

Luz de noche (ficción)

En 1986 Tamara murió en un accidente automovilístico. Aquella noche estábamos todos en mi casa celebrando la publicación de su primera novela. Si ella no estaba ahí con nosotros, como el sentido común dicta, fue porque ella volvía de Querétaro porque había ido a visitar a su padre en la cárcel.

La noticia me fulminó. Nadie lo sabía, pero ella y yo habíamos iniciado un romance. No era una relación en sentido estricto, digamos que nos hacíamos compañía el uno al otro, y en ínter nos brindábamos cariño. Yo me acababa de divorciar y ella había roto con su tercer novio. No debíamos explicaciones a nadie.

Una semana antes de su partida nos quedamos platicando desnudos en la sala. Era la primera vez en que nos resistíamos a los apetitos de a carne. De repente, durante el juguete inicial, me detuve para ver uno de sus lunares en la espalda y ella comenzó con un sueño recurrente que se le había presentado.

La Ciudad de México con mar. No me parecía en primera instancia algo elocuente o difícil de imaginar. Error fatal. Era alucinante. De repente, uno volteaba detrás de los edificios altos de Reforma y se le presentaba una enorme mancha azul. Pero no es que fuera eterno. Nada de arena o barcos. En realidad se trataba de un océano interno, así como el Caspio o el de Aral. A la circunferencia la flanqueaban el tráfico, la gente y el metro metropolitano.

Tan real fue la sensación que me transmitió Tamara, que incluso pensé que aquello era real. Que en algún lugar saliendo de Avenida Insurgentes o frente al Palacio Nacional habría algún mar para echarse a nadar después de la jornada laboral. Por supuesto nunca lo encontré. Al otro día, que amanecimos sentados en el sillón viendo hacia la calle, se confirmó lo que siempre habíamos sospechado: —tú y yo nunca vamos a estar juntos, ¿sabes? Por eso es tan perfecto. Soy muy feliz cuando vengo a tu departamento— dijo Tamara.

En el velorio mis amigos estaban con caras largas. Intenté llorar. No pude. No me salía. De un plumazo se habían borrado todas las noches de vino y orgasmos. Ni siquiera recordaba el rostro de Tamara. Como si nunca hubiera existido.

Alguien interrumpió mi soliloquio. —¡Qué chido! ¿Ya vieron que hay afuera? Les dije que iban a desentubar el Río Magdalena— dijo Rolando.

Me levanté extrañado. Aquello era una estupidez. Debe ser un error o alguien copió la broma de Homero Simpson con su proyecto, a la “posmo”, de inundar las calles de Springfield. No. Ahí estaba el mar de Tamara. Era más azul que la plastilina de Play Doh. Bellísimo. Las olas rompían contra las banquetas. Había gaviotas sobre los semáforos. Al otro día se evaporó. Ella no volvió más. Sonreí. Me quedé con sus cenizas en casa.

Laberinto (poética)

Sobre las ramas se extiende el caracol desvelado. No tiene ganas de hablar con nadie. Por la madrugada bebió licores y se enemistó con una lombriz.

Todo comenzó por un malentendido. El caracol tejía una plafón de hoja para admirar los atardeceres. La lombriz pensó que se quería robar su señal de cable.

El pleito se extendió por todo el árbol. Un gato adinerado le reclamó a una cigüeña la tardanza por entregarle tarde su pizza. Ardillas desesperadas se quedaron atrapadas de la cola en la banda elíptica del gimnasio.

Llega el águila para aplacar el temporal. Nadie quiere hablar. Se sienten ofendidos. Inspecciona la situación para llegar a un acuerdo de paz. Convenido. Caracol se compromete a dar transmisiones gratuitas de HBO con sus antenas. La lombriz jura que ya no espiará a la mujer de su vecino mientras se ducha.

Las campanas se la iglesia rebotan. Son los frutos del capulin que entregan su dulzor al piso. Es una lluvia de alegría. En la cena del solsticio de verano se brinda por el placer de la unión. Lombriz, que ha bebido mucho Merlot, sube al paflón y se pone a dar de balazos. Está poseído por el demonio. Caracol reacciona y la TV de plasma de 70 pulgadas se rompe al instante. Esto es la guerra, cabrones.

Tendidos panza pa arriba en el tronco reposan los alegres compadres. Caracol y lombriz. Se dan un abrazo fraterno. No pelearán más. Pero lombriz no resiste y vuelve al ataque. —Tu esposa ya no lleva su caparazón de casada. ¿La dejas andar conmigo?

No hay nadie (ficción)

Sobre la estufa reposa un arroz a medio cocer. El piso no ha sido trapeado, las ventanas se quedaron abiertas y se filtró la lluvia en la recámara principal.

Casa abandonada. Eso lo han venido diciendo desde hace 20 años. Doña Lola vivía ahí con su Golden Retriever y un canario que cantaba todas las mañanas haciendo prescindible al radio.

Hasta donde yo sé no tuvo hijos. Recibía visitas muy de vez en cuando. Algunos hombres vestidos con uniforme militar se quitaban el sombrero al hablarle. Se quedaban hasta entrada la madrugada platicando en el porche a la luz de una vela.

Era excelente confidente. Bueno, eso no puedo asegurarlo con pruebas, pero muchas mujeres jóvenes del pueblo le escribían largas cartas sobre sus maridos perdidos. Ella las calmaba asegurándoles que no se preocuparan; —habrán viajado a Chulavista para la pizca de Algodón o estarán en Tuxpan en la pesca de robalo— decía ella.

Con ella sólo habré hablado dos o tres veces. Nada importante. Una vez me pidió si le podía decir al sastre que siempre no necesitaba el traje negro que le había encargado. En otra ocasión le fui a comprar unos cigarros a la tienda. Nunca dijo gracias o ¡buen trabajo, chico! Así era su estilo. A mi no me molestaba en nada ese trato. El resto siempre nurmiraba a sus espaldas.

No se ha muerto. Sigue vivita y coleando. La veo todos los días de muy buen humor peinándose frente al espejo para después partir al mercado. Sucede que ha tomado votos de silencio.

Uno de los militares que la visitaban no ha apagado la vela desde hace un mes. Se queda a dormir. Lo he entendido todo. Doña Lola ya no tendrá que visitar al panteón a su marido ultimado en batalla.

Río Negro (poética)

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La lava se derrite y penetra a través del torrente. Nacen valles y cadenas montañosas sobre mi garganta. Por cada grito sofocado, un fantasma pierde el tren a Belén.

Es un misterio saber qué hay debajo del ombligo. Los magos han dicho que ahí se encuentra la mansión de Playboy. Cada vez que alguien se acerca y le sonríe a mi vientre, sale gozosa la champaña de cosecha reciente

Por las piernas se forma un laberinto que muere en el desierto. Un explorador confirmó que la atmósfera es más delgada que en Marte. Estrías y moretones forman cráteres donde el correcaminos pasea incólume. Enterrados quedaron los mapas que señalan el glande.

Ya pasaron varios años desde la última vez que las manos tocaron el agua. Han rozado perillas, manzanas, caballos, recibos de teléfono, computadoras, piedras. Desesperadas, tocan el corazón en busca de los mantos acuíferos que escapan por mi boca cuando en invierno dejo al suspiro sobre la ventana. Nada. Se niegan a pagar el importe de mi sequía.

Amanecen las nalgas cubiertas de flores. El sol las cubre con su sonrisa mantequillosa. Desde la Nasa reportan que un cosmonauta ha recolectado pruebas de un pez muerto. Los poros le han asegurado que en el Jurásico había un río negro. Que no se ha secado todavía. Reverbera a pesar de ser fósil, envuelto por el oleaje de las sábanas de seda.

Panic at the disco (ficción)

Fue evidente que no estaba pensando claro. Me arriesgué y pagué. Había caído un diluvio en la ciudad y varias calles estaban inundadas. Al dar vuelta en Calzada de Tlalpan vi un pequeño lago cubriendo el asfalto.

Se me hizo fácil. No lo negaré. Puse primera y apreté el acelerador como sólo Hamilton podría saberlo. Escuché un crac. El agua se metió al motor y me quedé en medio. Pérdida total.

Al otro día llegué tarde al trabajo por ya no tener auto. No hablaron de nada importante. Nada más decidieron vender la empresa y despedir a los empleados con más de 10 años de experiencia. Incluyéndome. Me dieron un florero de despedida porque yo sí me preocupaba por las plantas del jefe. Puaj.

Estuve un tiempo dando vueltas por aquí y por allá. Aburrido. Un día me metí a la página de la Fifa por simple rutina. Estaban reclutando personas para el mundial. No lo dudé. Llené la hoja de registro. A los 4 meses me llegó un correo electrónico diciendo: Felicidades. Bienvenido a Rusia 2018.

Sin saber ni jota de ruso y con un inglés de pacotilla me embarqué. No podían esperar mucho pero en mi currículo puse que mis amigos siempre quedaban encantados porque era un experto para agasajarlos y emborracharlos en un santiamén. Me pusieron en el programa de hospitalidad. Así que ahí estaba yo con mi sonrisa, tratando de demostrar que Infantino no se había equivocado por ponerle chile piquín y champú a su fruta del desayuno porque así lo acostumbramos en México.

Volví con una mano adelante y otra atrás. Pero en el taller me dijeron que el coche siempre sí tenía remedio. A mi ex jefe le dio viruela. Putin fracasó en su intento por sacarle el teléfono a la presidenta de Croacia. Yo como siempre. Afuera de la discoteca sosteniendo la cabeza de mi amigo como si el mundo se hubiera bebido todo el mar sabor a whisky. Manchado de vómito y feliz.

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