Vita nuova (ficción)

MacBook Pro Divine

Poco después de dar fin a su magna obra, Dante sale de copas a un bar. Como todo fanático furibundo de la Fiorentina, se besa el relicario que le regaló Batistuta y pide un bistec más grasiento que el cabello de Rubens.

De repente recuerda a Beatrice Portinari. Se dijeron tantas cosas. Que a ella no le gustaba esperarlo en el Ponte Vecchio después de salir de farra, que a él le sacaba de quicio verla ganar más dinero contrabandeando sus novelas no vendidas. Pero principalmente la distancia. Esa acabó con todo. Valía mas una “divina” casa en Ibiza, que una “comedia” de enredos.

Así que, no hay mucho dinero que digamos. Para pagar la renta, Dante tiene que ir a diario a la Galleria degli Uffizi para hacer un ready-made del Renacimiento. Se desnuda frente al Nacimiento de Venus y grita: <<¿Alguien cuenta una lavadora automática para quitarle la mierda a mis poemas? A cambio presto la vaporera>> Lo terminan confundiendo con un un vendedor callejero y llaman a seguridad.

Por las noches vuelve exhausto. Se echa al sofa desvencijado y toma una cerveza mientras ve Netflix. Pero no aguanta mucho porque las temporadas de invierno solo pasan repeticiones de Berlusconi sacándose los mocos. Ahora que lo piensa mejor, debería haber un décimo circulo del infierno. Ahí podrían convivir sin ningún problema Tony el Gordo, Rocky Balboa y la pizza sin anchoas. La gente es muy idiota porque da respuesta a preguntas que nadie formuló. No. No se puede solicitar que Marlon Brando bendiga a tu banda de motociclistas. Eso era una película: La vida es fea.

Total, que para ya no hacer el cuento largo, Dante se encuentra en una delicada decisión. Debe decidir si estafar a Virgilio con un billete de 3 euros o celebrar su despedida de soltero en la torre inclinada de Pisa. Las dos son atrayentes. Sin embargo, los únicos amigos del toscano son ficticios. Será mejor terminar esta charada de una vez. <<Virgilio, ¿aceptas Visa o Master Card? Se me acabó el efectivo. O mejor transferencia electrónica. Después no me vayas a decir que no hay cajeros en el Paraíso. Ahí son bien corruptos. Te ofrecen créditos hipotecarios sólo en el primer círculo. No es divertido. Los no bautizados tienen prestaciones laborales y pecan los que les viene en gana>>. Mejor se va a la casa de Bridget Jones por gelato.

Suficiente por hoy. Dante cobra por hora y eso sale caro. Hasta aquí hemos llegado. Registramos todas las habitaciones. Nadie pidió Room Service. ¡Un momento! Alguien se largó sin pagar la cuenta. No ha sido el poeta de la Vita Nuova. Fue su gemelo malvado. Él puso en su Twitter que en el Purgatorio no sirven alcohol en el bar del hotel, sino pura decepción destilada.

Los amigoles

Recuerdo que era octubre de 1999. Pumas jugaba para la mierda y no le ganaba ni a un combinado de niños de primaria. El rival en turno era Necaxa. No se podían augurar muchas esperanzas.

Estábamos en casa de Rogelio para terminar una maqueta escolar. Éramos unos nalgas miadas. Los quince años de la inocencia. Hicimos una pausa para ver el partido y después terminar el trabajo. Por supuesto, nunca llegamos a hacerlo.

Todos queríamos ver a Campos de delantero. Era la única esperanza. Nuestros delanteros eran incapaces de meter gol en el Arco del Triunfo. Eso sí, en el de la Derrota hasta seguro les pagaban 5 millones de dólares extra por entrar. Rogelio, de la nada, hizo una apuesta interesante. Era el único fanático del Necaxa en el país, además del presidente. No quería vernos sufrir.

—Miren. Encontré el armario donde mi papá esconde las botellas. Cada cinco minutos de partido todos tomamos una tapita de tequila, y así sucesivamente, hasta el minuto 90. Es poquito. Ni se les va a subir. Así se olvidan de su equipo tan mediocre ja, ja, ja.

—Estás pendejo —dijo Mauricio.

—Yo sí le entro —respondió Tomás.

—Hagámoslo más interesante. Si Campos mete gol, todos bebemos hasta acabarnos dos botellas. ¡Por la amistad y por el fútbol!

Se me quedaron viendo asustados, pero el orgullo les picó y aceptaron la apuesta. Nadie se iba a levantar del sillón hasta que el silbante terminará el partido. Estaba seguro. Campos y los Pumas ganarían esa tarde.

Nada de lo que anticipábamos estaba sucediendo hasta el minuto 30 de la segunda parte. Pumas ganaba 3-0, pero Campos seguía en la portería. Obvio. Ya no lo cambiarían como delantero. Sólo lo metían cuando el equipo necesitaba darle la vuelta a un partido. Los 3 cambios ya estaban hechos. El destino nos jugaba una mala pasada. Tenía el deseo de gozar mi primera borrachera. Mi equipo me lo estaba negando.

Minuto 35. Gol de Necaxa. Minuto 40. Gol de Necaxa. ¡Otra vez, no! De nuevo nos sacarían la victoria. Los últimos 5 minutos fueron de infarto. Era un tonto juego de jornada 8, y sin embargo, para nosotros era como la final de la Copa del Mundo.

Minuto 47. Tiempo agregado. Falta a favor de Necaxa en los linderos del área. A defender el resultado. Los once de Pumas defendiendo el área grande. Un ensueño de otoño. Sentía los párpados pesados, la mano dormida. Centro. Centro. Centro. Centro. ¡No! Cabrón empate. 3-3. Rogelio se quitó la camiseta. Corrió como loco por la sala. Nosotros 3 en un funeral.

—Momento —dijo Tomás.

—¿Qué pasa? —dijo Mauricio.

—Autogol de Campos. Autogol de Campos. EMPUJÓ la pelota con el puño. El pendejo quiso despejar y la metió —dije atónito.

Mauricio, que en un principio no deseaba beber y era más papista que el Papa, se alegró como si fuera un niño con juguete nuevo. Estaba contentísimo. —Es el destino. ¡Alabado sea el Señor y sus grandes vinos consagrados que nos ha regalado!

Reímos. Nos abrazamos, incluso. Entre fanáticos rivales no existe el ateísmo. Bebimos, por supuesto. Y vomité como 5 veces en la noche. Nuestros padres nunca lo supieron. Reprobados en la materia, obvio. Pero sacamos 10 en Amistad. Aún nos seguimos reuniendo para beber, incluso cuando Pumas y Necaxa empatan a cero.

No te tengo en Whats (ficción)

Estuvo toda la semana rodando por mi cabeza el gusanito de la curiosidad. ¿Por qué no lo había agregado desde 1989? Ni yo misma lo sé. El teléfono se había vuelto una figura fantasmal desde que descubrí un plan de renta de comunicación más barato con las palomas de la esquina.

Saqué mi Nokia de viborita y le llamé. Por supuesto no me contestó. Tecnología obsoleta. Pasaron dos semanas y le escribí una carta. Pienso que así se recupera la intimidad. La gente se ha olvidado de ponerse atención. Todo el mundo está ensimismado con monigotes estrafalarios que se malgastan en Snapchat.

Al mes recibí su respuesta. Estaba muy malhumorado por supuesto. Lo puso en mi muro de Facebook, que no era otra cosa que la pared de la casa en forma de libro. El grafiti tenía faltas de ortografía, o era quizá una palabra no incorporada todavía a mi diccionario. “YOLO”. Quise interpretar que se trataba de un acrónimo o quizá siglas de alguna institución mental. Vaya uno a saber cuando la gente tiene dislexia.

Y así pasó el tiempo. Nos dejamos de hablar. Me cambié de barrio. Él se casó. Lo de siempre. Personas entran a tu vida y se van. De vez en cuando me enteraba de sus éxitos en la industria de la música, mezclando viejos acordes de MC Hammer con los de la Sonora Santanera. Me mandó ayer un último mensaje. Ignoro cómo logró colarse hasta la puerta de mi casa. Que yo sepa, enfrente hay una carpeta asfáltica, no el mar Báltico. Llegó dentro de una botella. A la vieja escuela. Tal como me gusta. El mensaje no lo entendí del todo. Debe haber sido una especie de Sudoku egipcio. ¡Qué manía de darle vueltas a todo! ¿Por qué no me pregunta, en persona, si quiero salir con él? Igual, hasta con su esposa me dan ganas.

“¿Me podrías ayudar a vincular mi Instagram con tu número de Fax?”

FULANITO TROYANO

Animalia (ficción)

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El oso despierta a mediodía en busca de un árbol redentor. Lleva todo el día pensando por qué es tan imbécil. Dejó la rasuradora olvidada en la laguna.

Un antílope se cruza frente a sus ojos. Caminando. Llega temprano a misa. El cazador bebió mucho anoche y no puede seguirle el paso. Es un tigre flojo. Tan lento que no cogería a una vaca dentro de un ascensor.

Por fin alcanza una sombra. Se quita la corbata para un descanso más pleno. Hoy no le importa faltar al trabajo. El guepardo neurótico del cubículo vecino podrá encargarse de sus pendientes. Ese chico toma tanto café que parece un payaso de rodeo con problemas en su matrimonio.

Dulces sueños. No hay nada mejor que el descanso. No dura mucho. Una estampida levanta a todo el reino. Los elefantes se aproximan hacia al precipicio porque vienen de la bolsa de valores. Apostaron la venta de 10000 acciones de maní rancio. La cosecha salió buena. Perdieron su dinero.

Las serpientes dan clases de matemáticas a los tejones. Nadie como ellas para trazar parábolas sobre la tierra. El problema es que se comen a los alumnos y la matrícula ya no alcanza a completarse con becarios famélicos de la beca Erasmus. Esos no tienen ni un quinto para pagar una renta en el coliving de las hienas. Al director rinoceronte se le ha ocurrido una idea. Aceptar sólo a conejos para que se multipliquen por toda la red escolar.

Al oso, en realidad, le importa un carajo el futuro escolar o la devaluación del euro. Él sólo quiere soñar. No desea acudir al psicólogo por estrés. Pero, ha olvidado algo muy importante. Los animales de peluche no viven en la sabana. Debió de haberse fumado el porro que dejé sobre la cama.

Con el Jesús en la boca (ficción)

Roadside motel neon sign in Oregon

Sostiene el rosario con la mano izquierda. Murmura una plegaria que le enseñaron de niño. Hasta ahora no había tenido dudas de su fe. Lo que siempre había sabido es que Dios castiga a los impíos y premia a los justos. Esta vez no puede ser diferente. Su enemigo se desangra en la cama.

Lo ha sorprendido cuando se bañaba. Estuvo dos semanas tomándole el pulso. Cinco minutos. Agua ni muy caliente ni muy fría. Primero unos segundos para toquetearse el cuerpo, luego un mini concierto a capela de Bon Jovi. Justo cuando se estiraba para alcanzar el champú le ha tirado a la rodilla. Dicen que ahí duele muy cabrón. Había que bajarle los humos. Ni que fuera Terminator.

<<Hijo de puta>> ha gritado el Mr. Universo herido. Se oyen ruidos en las habitaciones contiguas. Las parejas han tenido que suspender el coito para salvar la vida. El vengador se quita el pasamontañas. No se esconde. Quiere que su verdugo sepa quién lo va a despedir de este mundo. Segundos de silencio. Tal vez incluso hasta de complicidad. Hay un pequeño momento entre asesino y asesinado donde se paga con un beso a la muerte. Los dos aceptan las reglas del juego. Hasta podría decirse que se trata de un matrimonio sagrado.

<<No te toques, quédate así. Sin camisa>> La experiencia en estos casos dice que no se puede despegar la mirada. Puede que haya un machete escondido en las sábanas o una ametralladora en el cajón del buró. Antes de asestar el tiro de gracia es preciso saber una cosa. Es una obsesión que no deja dormir por las noches. Tiene que haber algún motivo por el cual uno pierde la cabeza y decide saltarse las reglas.

<<¿Por qué la mataste? ¿Por qué carajos tenías que ser tan mierda?>> Suenan las sirenas. Se oyen como a 4 o 5 cuadras. El motor del auto está prendido. Si sale por la salida trasera del motel estará en el aeropuerto en 20 minutos. La impaciencia lo está matando. Pensar que se encuentra en la misma habitación donde ella sufrió su calvario. Es una tortura innecesaria. Bang. Suena otro balazo. Justo en las partes bajas. Por escasos segundos que le quedan de vida su enemigo quedará estéril. Pero la duda sigue flotando en el ambiente. ¿Cuánto más resistirá la ignominia?

<<Porque juró ante Dios que me engañó contigo. La punzada le atraviesa el corazón. Lo que había comenzado con un inocente escarceo devino en una aventura suicida. Si fue por los mensajes en el teléfono o los recados escondidos en los libros, ya de poco importa saber dónde se descuidaron. “No ambicionarás a la mujer de tu prójimo”. El vengador recuerda cuando el padre Ramírez le recordó ese mandamiento en su primera comunión. Qué lejanos días de verano.

Bang. El balazo final en la sien. Se sienta en el filo de la cama. En ese mismo lecho donde disfrutó los placeres culposos de la dicha. Comienza con el primer misterio. Calcula que cuando llegue la policía habrá empezado con el segundo. No importa nada. Podrá pasar cien o mil años en la cárcel. Le ha salido el tiro por la culata. Por dentro estará preso para toda la eternidad.

Sin desodorante (ficción)

Adolescente errante devora un salmón con todo y espinas. Ríe. Su vida da más vueltas que un ciclista en llamas. Se mete a bañar vestido en un cuartucho de hotel. El carro se descompuso porque le cargó miel en vez de gasolina.

Al otro día pide aventón a pie de carretera. Un montañés le ofrece llegar al siguiente pueblo. Juntos comparten una cerveza. El conductor le cuenta que se dedica a la siembra del girasol. No se come. No se trafica. Sólo se admira. El chico en retribución cede su rosa disecada que guardaba en una novela de Camus.

Sin mucho en qué entretenerse, el vagabundo se dirige al muelle. Canta canciones de los Rolling Stones por cinco pesos. Nadie le hace caso, pero desde sus mesas los snobs recuerdan historias tontas; como cuando descubrieron el ácido o el abuelo heredándoles la empresa. Un chiquillo sí responde. Deja en el sombrero unos dulces y la mesada de sus padres divorciados. Se entienden al instante, y comienzan un diálogo de sordos que se rompe con la lluvia.

Al cabo de tres noches el aventurero se anima a escalar la montaña imposible. Dicen que nadie ha podido porque se aparece un fantasma en la punta. No tiene miedo. Ha visto los ojos de la muerte desde que su madre murió de disentería. Ni siquiera necesita comer carne cruda. La pura ilusión basta y sobra. Al llegar a la meta no ve a nadie. Viento y cielo recostados uno sobre el otro. Está solo. Siempre lo ha estado. Ni la sombra lo acompaña. Es el “no estar” que colma de dicha su vida. Nadie lo entiende. Ni el fool on the hill de los Beatles que se quedó sin cerveza.

Pronto regresará a casa. Algún día. Dicen que todavía le queda un primo. Se levanta diario en la madrugada para ir por carbón a la mina. No regresa sino hasta tarde. No piensa visitarlo. La última vez que se vieron, el carbonero se quedó con uno de sus Thundercats en la guardería. No lo dejó jugar a gusto. ¡Que se vaya al demonio!

Se aproxima a mi barra. Se ve sediento. Sus ropajes delatan sueños rotos. Tengo tragos para olvidar, también para vomitar. Se acomoda la solapa de su gabardina y con voz gallardía dice: —Vodka Martini, cantinero.

Le sigo el juego. No vaya a ser que tenga una pistola guardada o quiera venderme un seguro. Le preparo el trago como Fleming me da a entender. Es decir, pésimo. El tipo se lo toma y se queda mirando el suelo. Al cabo de una hora comprendo que no podrá pagarlo. ¡Changos!

A cambio le abrazo. Veo que se le nublan los ojos. Se estremece de verdad. Me cuenta lo que ha hecho. —El viaje debe terminar algún día, ¿cierto?— pregunto. Asienta con la cabeza y lo dejo en la barra. No me he equivocado. Sus historias atraen al pueblo, sobre todo por su olor. Apesta a mundo. Ojalá nunca se le ocurra ponerse desodorante.

A bordo (ficción)

No tenía ni puta idea de dónde estaba. Creo que por los rumbos de la Merced o Tlahuac. Así es señores. Soy tan cabrón que puedo estar en dos lados opuestos de la ciudad al mismo tiempo. No vi las placas. Me subí. Quedaban 100 pesos en el bolsillo.

Era un taxista amigable. No voy a negarlo. De sonrisa afable y bigote a la Pedro Infante. Aunque también podía pasar por un talibán. De hecho, ese fue el tema que de inmediato surgió en la conversación. —Y llegaron los del Mossad para meterle 40 balazos, joven. No quedó tierra sobre tierra. Es mejor pasar como un don nadie, ¿a poco, no?

Las luces de la ciudad me bañaban la cara. Tenía muchas ganas de volver el estómago, pero tenía una sed horrible. No debí mezclar tequila con Smirnoff. Mis amigos me habían dejado tirado y la única solución posible era desahogarme con el primer extraño que encontrara. —Fue mi culpa, Roberto se chingó el dinero de la nómina y no dije nada. Soy cómplice— susurré.

El taxista no me dio bola. Siguió en su soliloquio shakesperiano como si estuviera actuando frente a una gran audiencia. Sus palabras penetraban en mí igual a un eco de muchos años atrás. Era mi abuelo en el mercado dando consejos a señoras que no sabían cómo preparar un mole y él sin saber ni jota de cocina. —El perro entró a la casa y se empezó a joder a la señora. Tenía un pito enorme. Le juro que es verdad. Nadie me lo contó, yo lo vi.

Una llamada entró al celular. Un fulano me pidió unos datos personales para gestionar una tarjeta de crédito. No le hice caso y le colgué. Ahora que lo pienso, igual bien pude haberle dicho que sí para reponer el dinero de la empresa y endeudarme al doble por los intereses. Al menos no iría a la cárcel, pero estaría condenado a vivir de una dieta a base de pan y agua. El taxista vio mis ojos tristes y dijo: ¿Sabe qué necesita usted, joven? Una buena pachanga. Acá cerca hay un teibol bien animado. Le cobran la copa al 2 x 1. Si quiere lo llevo.

Por fin llegamos a mi casa. El taxímetro se paró en 99 pesos. Era mi día de suerte. El taxista calló. Por fin. Me abrió la puerta muy decente, igual que un chofer de limusina. Me sentí todo un ejecutivo. Le estiré el billete. Él lo rechazó. No entendía nada.

—Mire, joven. Aquí entre dos, me lo iba a secuestrar dos cuadras antes de llegar para vaciarle todas sus tarjetas. Pero ya vi que entre camaradas de clase eso es jugar sucio. Se le ve que no tiene ni en qué caerse muerto. Guarde su billete y acuse a su amigo. Eso de robar el dinero de la nómina no es de gente decente. ¡Cuídese! ¡Adiosito!

—¡Vaya! Un taxista que sí escucha. Esto sí merece celebrarse— dije pata mis adentros. Abrí el refrigerador y me tomé una botella de whisky y sin llorar. Ja.