Sin ruedas

Un pato sube a toda velocidad por una cuesta en las Bahamas. Va casi vomitando. Le sudan las patas traseras como pollo en rosticería. Para motivarse piensa que es Natalie Portman envuelto en un capa negra de cisne elevándose por los cielos. Nada de eso. El muy babas se ha caído de la bicicleta, dándose tremendo madrazo en las nalgas.

Su vida no es nada sencilla. La esposa piensa que acompaña a la vecina, cargándole en el mercado su rebozo de bolita. En el trabajo la pasa mal, porque en vez de hacerse el muerto cada que el balín de la feria roza su ala, saca su AK-47 y le da con todo a los clientes del puesto de Don Rogaciano. Tiene un pretexto muy válido, no es muy buen actor, por eso mejor hay que tirarle a las escopetas.

Sólo hay una cosa por hacer. No es agradable, tampoco ideal, pero es lo único que solucionaría sus problemas económicos y existenciales. Hacerla de patito de hule en las albercas de fiestas infantiles. Ahí no hay bronca. Los niños son agradables y lo podrían tratar con respeto. Nada de gritos y sombrerazos. Además significa una excelente labor social, porque ahí podrá defender a los niños bulleados de sus agresores y obtendrá un bonito bronceado lunar.

Nomás que hay un problema. Si le sigue quemando las patitas al diablo, en vez de cantar ¡na na na na na na na na na nana Cuacman!, va a decir: ¿Por qué este puto Batimóvil que me rentaron no tiene acelerador?

Toma chocolate, paga lo que debes (ficción).

Una antigua deuda los separó por años. No se habían dirigido la palabra desde 1982. Nadie de la familia estaba seguro, bien a bien, el origen del pleito. Unos decían que se habían peleado por la misma mujer, otros que el mayor le había vendido 20 vacas enfermas al menor, muriendo a escasos días de la transacción, mientras que las otras 20 vacas del primogénito permanecieron sanas.

El café estaba vacío. Si acaso unos viejos farfullaban unas palabras en alguna mesa del fondo. Se podía escuchar hasta el sonido de un alfiler cayendo. Los dos tensos. Mirándose frente a frente. Afuera llovía como si se hubiera derramado un jarrón con flores inútilmente reanimadas. Dicen que en la vida hay 3 momentos en los que no se puede agachar la cabeza; en el matrimonio, en la enfermedad y en las deudas. El asunto pasaba por resolver el mecanismo de pago.

Y así empezaron. A puro metrallazo para acribillar a la verdad.

-Te fuiste con Amelia.

-No es cierto, ella me dejó por ti.

-Hazte wey.

-¿Ya vas a empezar?

-Pus, ¿qué querías? Si me las pones de pechito, las tengo que prender de bolea.

-Niega que te gusta pasarte de listo.

-Todo lo contrario, ya ves como papá no se dejó de aquellos bastardos que querían quitarnos nuestra herencia.

-Entonces a eso se reduce la cosa, al pinche dinero.

-¿Cuándo, no? ¿O prefieres que la peor marrana se lleve la mejor mañana?

-Bueno, ya. A ver. Ponte al tiro. ¿Hacemos corte de caja o le seguimos hasta el año 2053?

-Yo creo que ya es tiempo de olvidarnos de tanta mamada y enterrar el hacha de la guerra, ¿no crees?

-¿Estamos a mano?

-Lo estamos. Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Para celebrar, ambos pidieron dos tazas del mejor cacao oaxaqueño. Comenzaron a platicar de la infancia, recetas de cocina, los hijos, el fútbol y hasta del PRI. Al cabo de una hora, el menor se excusó para ir al baño y como ofrenda de reconciliación le dejó tres monedas doradas de chocolate que tanto le gustaban a ambos cuando eran niños. El mayor vio con ojos de amor a su pequeño, al ver sobre la mesa un recado escrito sobre una servilleta cerrada. Dedicatoria especial.

Pasaron diez minutos. Luego quince, luego veinte. Eso ya no era normal. El hermano mayor se levantó de la silla y fue al baño. No había nadie. En el mingitorio pegado a la pared había una ventana abierta. Lo bastante grande como para emprender una graciosa huida.

De vuelta a la mesa ya estaba la cuenta de las dos tazas y tres panes de dulce. El frío entró por la puerta y un hormigueo penetró hasta el corazón del primogénito. Cerró los ojos y tomó la servilleta, como quien ya sabe a qué hora lo decapitan.

“¡Toma chango tu banana, cabrón! Ahí, le pagas al mesero con tus moneditas de oro chafa, tú me la pelas.”

-¡Hijo de pu…!

¿Todavía son vigentes las marchas?

Bajo rumbo a la estación Caminero del Metrobús. No hay paso. La gente se aglomera contra las puertas de acceso. Todos los camiones están detenidos, es inútil quedarse a esperar. Veo de reojo el Twitter del auxilio vial. Es peor de lo que pensaba. Cerrada la línea 1 hasta Dr. Gálvez. ¿La razón? Gente reclama que liberen a un sacerdote acusado de asesinato.

En los años sesenta, el mundo convulsionado pedía a gritos tomar calles. A escasos 20 años del fin de la guerra, la democracia intentaba ponerse en el primer lugar de la agenda. A todos les convenía. Los gobiernos daban así un cariz de legitimidad. A los manifestantes, una verdadera plataforma para exportar cambios significativos. El discurso funcionaba puesto que los jóvenes experimentaban por primera vez una fase de deconstrucción masiva.

Pero, algo se perdió en el camino. La izquierda comunista fue perdiendo espacio ante la voraz avanzada del imperialismo y el siempre cómplice progresismo liberal. Siendo conquistadas algunas esferas claves del individuo, como la libertad sexual, se consideró suficiente que el voto haría el resto. ¿Qué sucedió? Nada.

En México, la lucha se acabó con la muerte de los héroes en Madera. Echeverría terminó por aniquilar la resistencia en el Halconazo. Luego, más tarde Salinas y Zedillo tuvieron que tratar con una luz de esperanza que todavía se encuentre indemne. Y sin embargo la sangre no para. Muestra de ello es Aguas Blancas, Ayotzinapa, Tlatlaya; vaya uno a saber hasta cuándo se acabará la cuenta.

La dialéctica no puede atarse más a la dinámica representativa porque la acción ya no la ejerce directamente el ciudadano, sino las rémoras del Congreso. Mientras el poder, no esté en manos de las colectividades, se seguirá usando para reprimir y ejercer la fuerza de la autoridad. Si Platón coincidió en que las masas pueden llegar al nivel de la ceguera eligiendo “por unanimidad” a un remero sin experiencia, entonces seamos nuestro propio barco rumbo al faro de la razón.

Yo no sabría como llamarlo en estos momentos. Anarquismo pacifista, Socialismo antiestalinista, Comunas libres. Lo que importa es acabar con la charada y liberarnos de la tutela partidista, del charrismo, del olvido. Que ya no haya marchas, mejor nuevas flores por los que ya no están, por los que vendrán.

Foto de Eduardo Villa. El abrazo de las máscaras.

Contra las cuerdas

En 1997 me hice fanático del boxeo. Peleaban Roy Jones y Montell Griffin por el título de los semipesados. En la primer pelea habían descalificado a Jones por haber dado un golpe tardío, mientras su rival estaba en la lona. La revancha se antojaba espectacular. Y lo fue. Nocaut en el primer asalto con un gancho asesino de izquierda por parte de Jones.

Hay una semilla básica que atrae a todo mundo que ve un cuadrilátero. Nos fascina la violencia. En cada uno existe la necesidad de destrucción porque es imposible vivir en paz perpetua. Requerimos lucha que dé sentido a la reconciliación. El camino del héroe. Sin lágrimas no hay gloria.

Baricco dice en City que Larry Gorman no tiene vocación de peleador, en boca de su entrenador. Y en efecto, así parece. Es un hijo de papi que está forrado de billetes y lleva una vida más burguesa que un miembro del politburo. Es más, en algún momento llega a venderse en una pelea, representando lo más cercano a un Werther cínico.

Pero nada es lo que parece. En una siguiente escena de la novela, vemos a Gorman saltar la cuerda en un gimnasio de hotel maloliente a las 5am. Todos duermen, hay un silencio rotundo. Se aprecia un estertor naranja en el horizonte. La noche se está despidiendo. El burguesito siente la alegría más grande de su vida. No es la gloria, no es el dinero, no son las mujeres; es simplemente saltar la cuerda con violencia, con coraje. Eso vale más que 20 millones de dólares.

Y así, sin esperarlo, Gorman gana el título yendo contra los deseos de su entrenador. “El boxeo es para los que tienen hambre, no para ti Larry”. Periodicazo en el hocico, dirían los del Twitter.

Así como Gorman, Roy Jones le calló la boca a todos; a los de HBO, a su rival, al árbitro, a los griegos y hasta a los pacifistas. No hay redención sin guerra. Las guerras que luchamos a diario no se ganan con susurros, sino con inteligencia, manejo de pies, jabs de derecha y movimientos de cintura. “Defiéndete de ese niño o yo misma te golpeo”, le dijo mi madre a mi hermano. Y resultó. Él hizo un nocaut y ahora es un hombre sin miedo, como Maggie en Million Dollar Baby, la Barbie Juárez y el resto que no tienen otra sino pegar, pegar, pegar, pegar y pegar; hasta que la puta vida vaya a una esquina con sangre en la nariz y diga NO MÁS.

La vida sigue

Tuve la suerte que un buen día de julio el sistema de la Facultad de Filosofía y Letras colapsara, ya que me permitió conocer a Eva Uchmany. Había intentado sin éxito inscribirme en dos materias medievales y los únicos horarios disponibles eran dos cursos de economía novohispana, que dicho sea de paso daban más flojera que un discurso del Peje.

Pero, de forma inesperada alguien se dio de baja en Historia de la India y ahí ¡voy que te quedó jabón! La inscribí al instante. No dude no un segundo.

El curso abarcó desde el periodo de Alejandro Magno hasta el siglo X. Yo, que nomas sabía de los yogures que se chutaba Gandhi, me quedé asombrado.

La maestra tenía una habilidad mágica para adentrarte en el tema. No se quedaba sólo en generalidades, sino que te lograba transmitir el contexto de la época con los relatos de viajes y crónicas de la nobleza.

Naturalmente, como siempre pasa con todos los sabios, los temas no se limitaban a lo obligado en el curso. Ella siempre estaba enterada del presente y nos pedía nuestra opinión de cualquier tema en la agenda del momento. Me enseñó a no idealizar la Historia, dejar que los hombres o mujeres mostraran toda su crueldad o bondad a flor de piel para interpretar bien los hechos.

Como era de esperarse, el tema del holocausto salió solo. Nunca lo negó, ni trató de proyectar su angustia entre nosotros. Un día se arremangó la blusa y nos mostró su tatuaje del campo de concentración donde murió toda su familia. Para mí fue un momento que me marcó para siempre. A través de sus ojos vi aquello que nos vuelve frágiles hasta en el autobús de camino a casa. El renacer.

Sus relatos me hicieron recordar una novela de Auster, donde uno de los protagonistas cuenta que una chica judía avecindada en Berlín ya no pudo salir de Alemania antes de que se recrudecieran los ataques y el ministerio del exterior cancelara los pasaportes de salida. Así sin más, un día le llegó una carta de un soldado de las SS que estaba enamorado de ella. En secreto. Siempre a obscuras. Le pidió a la familia que la dejaran ver por última vez a cambio de su libertad a algún país lejano.

La chica, que en un momento dudó, acabó aceptando. Se sentó en una banca de parque por 3 horas fingiendo leer un libro mientras era observada. Estaba muerta de pánico, pero aguantó estoica. Al otro día lo prometido se cumplió. La familia salió a Estados Unidos y se salvó.

Así imaginé a Eva Uchmany y a cientos de miles evitando la muerte. No me imagino el terror que debió vivir. Hambre, violencia, desolación, desesperanza. Y sin embargo sobrevivió, como cada que siempre terminaba la clase dando el carpetazo con un “la vida sigue”.

Es verdad. La vida siempre sigue, sin importar quién muera o qué tirano gobierne o qué novela se publique. No hay descanso cuando logras escapar de tus fantasmas y, al final, siempre hay otro campo para atravesar. Siempre.

In memoriam Eva Uchmany

2 x 1 (ficción)

De un puesto a otro no parece haber mucha diferencia. Unos te ofrecen nuez para el juez, otros melón para bajarle el mal humor a tu suegra. Yo elegí uno que atendía un señor ciego. Me llamó la atención la forma en que acariciaba su fruta, como si le estuviera limpiando el cochambre a su bebé. No era ni por mucho el que tenía los precios más bajos de la zona, el culero más bien era re carero. No obstante, por alguna extraña razón siempre estuvo lleno de clientes. Me acerqué con tiento, como un perro que olfatea el pastel olvidado en la mesa. Palpé unas manzanas, estaban firmes y apetitosas. Los duraznos desprendían un olor igual de excitante que una boca recién besada. Las piñas, todavía no maduras, sonreían cada que algún marchante babeaba de sed por su jugo. No le di muchas vueltas y le dicté mi pedido. El tipo no me dijo nada. No parecía molesto, pero tampoco muy alegre que digamos. Le pagué y me dio mi cambio. No quise quedarme con la duda y pregunté; —¿hice algo que le molestara? El muy cabrón respondió; —pus sí, joven. Se sabroseó a casi toda la fruta, pero se le olvidó mallugarme mis naranjas. Y el tipo, muy ufano, se sacó dos bolotas de su pantalón. Todos rieron, y por eso comprendí que en el mercado “el que no enseña, no vende”.

Contradicciones

Una mosca parada en el precipicio de la Tierra, es decir, la mesa cuadrada de la cocina que compraste en la barata de Muebles Troncoso, duda. No se atreve a dar el salto. Quizá por ansiedad o simple aburrimiento. ¡De lo que se pierde! En los bordes del espacio sideral hay una constelación de pañales y yogures con mucha azúcar de los cuales podría sacar provecho.

Quiero entender que la constante de la existencia, añade poco a decepciones que rebasan nuestra capacidad de entendimiento. Lo más normal es que nos retiremos a las costas donde nuestra pereza pueda reposar como un león marino. Hasta ahí se jodió todo. Si algún colega de la oficina sugiere, si acaso, bajarse hasta Indios Verdes en vez de Deportivo 18 de marzo, lanzamos un grito en el cielo cien veces más grotesco que Neymar. No nos gusta perder.

La única solución consistiría, entonces, en sacarnos los ojos, la nariz y las papilas gustativas, de forma que, sin ver por donde va uno, sin escuchar qué rock están tocando o qué pizza con anchoas están horneando (menudo olor a mierda), ni siquiera tendríamos percepción en estar de la chingada. Pero, tampoco sirve ponernos a jugar al nihilismo: ¿cómo carajos sentiríamos aquello que no sabemos que sentimos? La alternativa B es poco sustanciosa. Vivir engañados en otro universo de rosquilla tarde o temprano colisionará con el verdadero, causando una paradoja en el Cosmos Mayor que impedirá a los papás de Marty conocerse y a ti, resolver el polinomio cuadrado que te impide pasar de segundo de secundaria.

Entonces, no hay que ser mamones exagerados. Si el remedio de todos los males es cruzar el charco, volar sobre basura o hacerse la liposucción, ¿cuál es el problema con el qué dirán? De todas formas tú crearás una estela de luz alrededor tuyo, que a algunos dejará ciego y a otros les impondrá un bronceado al estilo José Luis Rodríguez “el puma”, hasta en las nalgas. Sea cual sea el resultado, nadie se va invicto de esta vida. Todos quedamos en deuda… hasta los del SAT.

Derechos Imagen: elmundoanimals.blogspot