Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 4

De camino al hospital lo único que recuerdo son los gritos de mi madre cuando se quedaba encerrada en su habitación, tras recibir tremenda madriza de uno de sus varios esposos. Mi padre se había largado desde que nací, y desde aquel entonces, tuve una colección de padrastros más grande que la de mis tazos.

Estaba sola. Ni siquiera Silvia se había quedado en la Ciudad. Su primo se la llevó a un no sé qué retiro espiritual en Querétaro y la única prima, que tenía por confidente en aquel entonces, se le había ocurrido no hablarme porque me sorprendió robándome uno de sus labiales. Así que el único ahí era Andrés. Ni siquiera sé cómo carajos nos hicimos amigos. Éramos como agua y aceite. Y sin embargo, el tipo tenía una habilidad para hacerte reír con sus pendejadas en momentos super complicados. Sí, eso debió ser.

La ambulancia casi atropella a un viejito en la entrada de emergencias. Sonaba alguna idiotez melancólica de Juan Gabriel en el radio. Se estaba nublando. Sí, puta novela rusa en pleno verano chilango. La sábana estaba más salpicada de sangre que la madre esa con la que cubrieron a Cristo. No es que sea muy creyente, de hecho soy budista. El punto es que siempre me ha gustado exagerar las cosas y hacer drama por todo. Por eso estudié teatro. Y sí, ¿cómo carajos no revolverse por el suelo?, cuando te acabas de meter unas pinzas caseras para hacerte un legrado sin intervención médica.

Pasé una semana de miedo. Tuve un montón de pesadillas. Por las noches soñaba que un toro me perseguía por Periférico, y yo por más que aceleraba en mi nave espacial, él daba brincos descomunales para respirarme en el cuello. Y es que todo había sido obra de Magallanes. El pedófilo director de la secu que, por años había sido señalado en casos de violación contra varias alumnas, pero como era un santo los papás jamás habían puesto en entredicho su “reputación”. Conmigo fue dizque más sútil. Primero, seguido me daba para mi lunch cuando no traía nada de comer. Luego, me daba ciertas tareas como excusa para salir de la clase de mate y “rescatarme” del aburrimiento. Claro. Yo me dejé consentir, pero nunca jamás se me pasó por la cabeza tocar a ese vejete.

En la graduación, que por cierto me cagan ese tipo de eventos, todos estaban emocionadísimos porque el bueno de Magallanes había conseguido rentar una casa en Cancún para el viaje de generación. ¿Quién carajos podía autorizar a unos mocosos de quince años viajar con un maldito depredador? Nadie cuestionó nada. Ni siquiera algunos de los maestros que daban por ciertos los rumores que salían por las ventilas de la escuela. De muy mala gana acepté ir. De eso a quedarme con mi mamá en sus tareas de bordado todo el verano, mejor aguantar a uno que otro niño castroso que se empeda con un simple Caribe Cooler disfrazado en un cartón de jugo.
Pasó en la segunda noche. Estábamos bailando en la terraza de la fiesta. Cero alcohol, obvio. Magallanes, con su intuición de perro policía, confiscó botellas a granel. Yo lo único que quería era estar cerca de Mónica, pero la maldita estaba enamorada de Andrés. Para no variar. Más que estar enojada con él, la maldecía a ella por no haber apreciado el beso que nos dimos en el gimnasio. Se lo había robado. Igualito que el pico de una golondrina rozando los pelitos de un girasol. <<¡Qué asco! A mi no me da vuelta la tortilla>> dijo. Eso me rompió el corazón.

Como a la quinta canción yo ya estaba como mareada. No era normal. Acostumbraba a correr a diario y hacía mucho ejercicio por las tardes. El estómago comenzó a dar vueltas. Vomité en uno de los cestos de la cocina. Obvio, ahí estaba el buen Magallanes para “auxiliarme” y decirme que me fuera al cuarto a acostarme. Perdí la noción del tiempo. Sólo recuerdo su mano poniéndome un paño frío sobre la cabeza y su vaso lleno con Coca Cola que no burbujeaba. Me quedé inconsciente.

Me desperté tarde. El tipo ya había eyaculado. No fue la típica escena donde la doncella grita por su vida y el malo se ríe como en una película de Walt Disney. No. Estaba tan aterrorizada que ni fuerzas me quedaban para decir nada. Solté una lágrima, eso fue todo. El maldito, que para cubrirse la espaldas, tampoco decía nada, se abrochó el pantalón y salió de puntitas por la puerta. ¿Quién lo hubiera dicho? La indomable Valeria, que siempre se le había puesto al brinco al profesor que le pusieran enfrente, indefensa y derrotada. Adiós, jodida adolescencia.

—Tienes que decirme quién fue —me susurró Andrés al oído.

—¿Y para qué? Para que vayas a darle una madriza y soluciones todo como típico machito de cuarta. Olvídalo —le respondí.

—Pero eso no puede quedar así como así. Va contra las reglas. No puedes salir al mundo y pisarlo, esperando un perdón en vez de un castigo.

—Puede que tengas razón, pero a mí, ¿quién me quita este puto dolor del corazón?

Por fin lloré. Con todas mis fuerzas. Como nunca lo había hecho. Inundé el cuarto del hospital, el baño, el quinta piso, la pinche ciudad entera. Era una Penélope, implorando al Olimpo que Ulises no volviera a Ítaca. Que se quedara ahí, perdido en el mar, junto a todos los hombres de mierda. Había perdido toda esperanza. Era un cascarón. No quedaba piedra sobre piedra. Pasara lo que pasara, la mancha nunca se borraría.

A la semana salí del hospital. No recuerdo mucho tampoco. Mi maltrecha madre, la abnegada que me pidió perdón por haberme desprotegido se tiró a mis pies. Ni la volteé a ver. Así de cruel fui. Estaba tan amargada que dejé de ensayar. La comedia griega se convirtió en mi realidad. Aquello no podía ser más insoportable. Pero, por alguna extraña razón, Andrés no me dejaba de visitar todos los días. Era un extraño caso de apego involuntario. A veces se sentaba frente a mis peluches y les preguntaba cosas. Hacía funciones completas de Shakespeare. Yo me reía. Lo imposible.

Poco a poco comencé a salir. Primero a la sala, luego a la esquina. Pasó un año y me sentía como nueva. Un día que caminaba con Andrés por un chocotorro, se cruzó una sombra. Vestía como de los años cuarenta. Con esos sombreros de detective que nadie usa ya. Los pies se me quedaron aferrados al suelo. Me puse pálida. Casi me desmayo, pero alcancé a decir el apellido: Magallanes. Así, seco. De frente, pasó un camión de Coca Cola. La mente me transportó de lleno a aquella noche. ¡Claro! Eso no era refresco, era ron. Había entrado por mi boca en algún momento. Su regusto amargo me hizo pensar lo peor. El puto ese me drogó. Comencé a gritar, a patalear. Andrés me subió al coche y me tranquilizó. El ataque de pánico me duró como unos quince minutos.

—¿Y qué carajos ganaríamos con denunciarlo? Nada. Sale quemado él, y yo quedo como una prostituta de le por ante los ojos de esta pinche sociedad de pacotilla —dije.

—Pero hay que hacer el intento, darle su merecido. Que el mundo sepa la clase de monstruo que es —respondió Andrés.

—Sueñas, querido. A esos tipos les fascinan los reflectores. En vez de sentirse humillado, se va a creer galán de telenovelas.

—Ya verás. Ese wey me las paga porque me las paga.

Y así fue. Dos semanas después, gracias a una denuncia anónima, un vecino sorprendió a Magallanes entrando a su departamento con una jovencita a las dos de la mañana. El tipo estaba ebrio. Una sopa de su propio chocolate. Accedí a hablar de nuevo con él. Hacerme cercano. Le volví a hablar con tono de “enamorada”. Ni se las olió. Detrás de la puerta ya lo esperaba Andrés, que sin prender la luz le dio un golpe en la cabeza. Me fui y él se quedó arreglando la habitación. La sembró de ropa interior de adolescente, colegialas desconocidas en bikini, revistas de niños y finalmente la obra maestra. Mi vengador se puso una peluca, implantes y pasó la noche con mi violador. A la mañana siguiente la policía entró a su recámara y lo vio todo. El villano tuvo que confesar.

Andrés se convirtió en mi héroe. No por haber sido trans por una sola noche. Sino porque me demostró que estaba hecho de buena madera. Aunque me destanteó un poco su frialdad. Era capaz de hacer cualquier cosa para conseguir lo que quisiera. Y eso me daba un poco de miedo. La noche en que sentenciaron a Magallanes me sentí renacida. Fui al mar y lo miré la madrugada entera desde mi habitación. No dormí. Penélope zarpó a otro sitio. No se quedó en Ítaca.

Del disco favorito de Valeria

Los kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Cookie man

Capítulo 3

El primer balazo se estrelló contra uno de los cajeros automáticos, que estaba junto al área de atención a clientes. El bullicio del exterior, aunado al ambiente de las fiestas patrias hizo creer que se trataba de algún cohetón festivo.

Al ver la punta de la pistola, la cajera dudó entre apretar el botón de auxilio y proteger su vientre de siete meses de embarazo. Sus nervios eran tales que quebró con la mano derecha un grueso crayón de madera. Andrés le apuntaba directo a la cabeza entre la rendija del cristal blindado.

—Escuchen muy bien, hijos de la chingada. No traten de hacer nada pendejo, o si no, se van de acá con un plomazo en el culo. Si cooperan con nosotros, esto les va a durar menos que una pinche misa de gallo —dijo Líder.

Leonardo sacó de su bolsillo una tableta y se apostó sobre una de las cámaras que colgaban de la puerta a escasos centímetros de su cabeza. Con un simple clic la iluminación del lugar se fugó hacia un rincón donde nadie podría encontrarla. El sistema de seguridad quedó bloqueado. Luego, como si se tratara de un maestro de orquesta, se montó a un banco y conectó un megáfono a una de las lámparas. Todos se quedaron perplejos al escuchar sonidos extraños de gaviotas, olas y pregones de vendedores ambulantes ofreciendo cocos al 2 por 1. Aquella grabación Leo la bautizó como “La Risa en Banamex 3”.

—Así me gusta, bien portaditos. ¿Ya ven que no somos tan culeros? Les estamos disparando un viaje hasta Acapulco de a grapa. Ni caseta tienen que pagar. Ahora bien. Todos los hombres, se van a colocar boca abajo de mi lado derecho. Las mujeres, junto a los cajeros a mi izquierda. ¡Rápido, rápido! Mi compañera Candy Candy les va a echar una manoseadita para checar nomás si por ahí no hay un pinche Rambo o Judicial que nos quiera jugar chueco.

Silvia tenía las manos más suaves de toda la Ciudad. Cuando Valeria se enojaba con ella porque había olvidado llamarla por la noche, pasaba sus yemas sobre el mentón con un movimiento de pinza y, de inmediato, se sentía igual que recoger uvas de un viñedo. Su trato dulce conquistaba a cualquier persona, sin importar que la conociera de años o en tiempos recientes.

—Están limpios, Líder —dijo Candy Candy.

—¡Muy bien!, ahora vamos al paso 2. Vanilla Ice, ¡es hora! —dijo Andrés.

La cuarta integrante blandió la ametralladora y se dirigió, con mirada fúrica, al gerente. Era de pocas palabras. Más brava que un toro en ayunas. No le gustaba que le dijeran qué hacer, y tenía poca paciencia. Soltó un revés, tan fuerte, que le rompió los lentes al pobre empleado.

—¡Llévanos a la bóveda, o te rompo el pene! —dijo Valeria.

Malherido en su orgullo y cara, el gerente abrió un cajón y sacó un juego de llaves. No tenía control de su cuerpo. Un hilito de orina asomó por la ingle. Valeria sonrió satisfecha, y justo, cuando se disponía a humillar a aquel empleado con uno de sus sarcasmos, un niño dijo:

—Mamá, ¿por qué ese señor llora por el gigio?

Andrés se quedó estupefacto. Por un segundo, casi se le resbala su arma de las manos. Leo alzó los hombros en señal de disculpa. No tenía por qué. Se supone que a esa hora de mediodía ningún niño debería andar metido en un banco, sino en la escuela. Por su baja estatura, pasó inadvertido al inicio del amague. Candy Candy se puso a rezar. Vanilla Ice, ni tarda ni perezosa, se quitó la máscara.

—¡Qué bonito, niño! Oye, se ve que tú le debes dar mucha lata a tu mamá, eh. ¿Por dónde está? —dijo Valeria.
—Es la señora cajera que está junto al ratón vaquero —contestó la criatura, confundiendo a Leonardo con un cowboy del viejo oeste.
—¿Y quiéres que te cuente una historia? Pero va a ser rápida eh, porque estamos jugando con tu mami a policías y ladrones —dijo Valeria, mientras mecía los cabellos del niño, no sin antes, habiendo mostrado un guiño cómplice a la aterrorizada cajera embarazada en plan de apaciguarla. Candy Candy no haría nada para poner en peligro en dos niños. Así lo había jurado. Desde aquella noche.

—Había una vez un cochinito, un pato y un perro. Los tres eran excelentes cocineros y sus postres eran los más envidiados de la región. Un día, el alcalde del pueblo lanzó el concurso del hombre galleta más grande del universo. Aquel que lograra inflar el suyo hasta el cielo, ganaría una dotación de dulces de por vida.

—Adoro las galletas —dijo el niño.

—Total, que nuestros tres amigos querían ganar ese concurso a toda costa. El cochinito pensó que si hacía bolitas de algodón y las metía al horno de microondas, éstas se inflarían hasta formar una enorme barriga. Pero zaz, no funcionó. Quedaron chamuscadas.

Era tal la mímica y la actuación tan convincentes, que los rehenes empezaron a meterse en la historia de Valeria.

—El pato fue hasta el pantano para juntar lodo. Con su máquina de hacer tortillas comenzó a amasar y amasar, hasta que le quedó un monigote de cinco metros, pero se le olvidó meterlo al congelador y el sol lo derritió todo. Se puso a llorar, pobre.

—¿Y el perro? —dijo el niño.

—Ese fue el más inteligente. Le llamó a su amigo Gato el carpintero, y se puso a talar árboles como loco. Pensaba que si usaba madera y luego la metía al horno, lograría que su hombre de galleta llegara lo más lejos. Sudó hasta que se le agotó la fuerza de los brazos. Metió su monigote al horno mágico y ¡pum! Su galleta creció hasta la luna. Ganó el concurso.

—¡Bravo, bravo! ¡Qué ingenio! —gritaron los rehenes.

Valeria sacó su soplete, con el que pensaban sacar el dinero de los cajeros automáticos, y comenzó a hacer juegos encendidos como los traga fuego de las esquinas. Su número de cirquera con el que triunfó la noche en que Leonardo se consagró con el Himno a la Alegría. Cuando se giró para colocar su arma sobre una silla, el niño sacó una de sus triki trakes y la colocó sobre la tierna llama.

—Mira, yo le voy a ganar al perro —dijo el niño emocionado.

Un flamazo enorme salió por el ducto de aire. El humo negro comenzó a rodear la sucursal bancaria. Los rehenes comenzaron a gritar auxilio. Andrés explotó en furia.

—¿Qué haces pendeja? Te dije que no trajeras esa chingadera.

Una alarma de camión se comenzó a escuchar calles adelante. El estertor de una galleta extra crujiente. Las ventana comenzaron a empañarse y el dióxido de carbono penetró por la puerta.

—Son los bomberos, ¡carajo! —dijo Zorro 2.

Valeria sonrió y sostuvo al niño en brazos, como quien protege a una tortuga recién desovada. La cajera lo recibió en su regazo y comenzó a llorar en señal de agradecimiento. Dicen que la suerte favorece a la mente más preparada.

—¿Se puede saber por qué carajos celebras? Se puede estar incendiando todo el puto estacionamento en el piso de abajo —dijo Líder.

—¿Y por dónde creen que los putos polis nos pueden entrar si intentan una labor de salvamento? Las puertas, que dan hacia la bóveda de abajo, se cierran automáticamente, vía remota, en caso de emergencia. Protocolo estándar de seguridad. Los tenemos justo tomados de los huevos. ¡Merci, mi querido Líder!

—¡Jaque mate, camarada! —gritó emocionada Candy Candy.

—¡Smoke on the water! —cantó Zorro 2, moviendo la cintura en señalar de festejo.

Andrés, que tan pocas veces sabía reconocer cuando Vanilla Ice hacía algo bien, rio satisfecho. Y se acordó de la vieja Valeria, aquella que alguna vez fue frágil y casi pierde la vida en sus brazos, en una clínica clandestina de aborto. Esa fue la única vez que la vio llorar. Su sueño era haber podido jugar a la galletas con su hijo.

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Little Esme playing the piano!

Capítulo 2

Llevábamos más de cinco horas ensayando la misma pinche canción sin que el profe nos dejara, siquiera, tomar un vaso de agua. Yo andaba nervioso porque no quería quedar mal con ningún compañero de la banda. Mis manos sudaban como cuando intenté besar a Valeria en el armario. Aunque, para ser francos, sentí menos feo cuando me hizo el fuchi, en privado, que cuando me cagué frente a todo el salón.

Escucha hermano la canción de la alegría
El canto alegre del que espera
Un nuevo día…

—Profe, creo que hasta aquí le paramos, ¿no cree? —dijo Andrés.

—¿Cómo ven a este culerito? ¿De cuando acá los patos le tiran a las escopetas? Ni madres, nos vamos hasta que el compás quede bien afinado y en tempo.

Andrés se me quedó viendo y me guiñó el ojo con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca antes lo había hecho, supuse que para el niño más famoso y entrón de toda la escuela yo no existía. Pero me había equivocado. Yo ya me había cansado que todos se burlaran de mí.

Ven canta, sueña cantado
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres
Volverán a ser hermanos…

—Pues, yo que usted me la pensaba dos veces. ¿A poco cree que Beethoven tenía un tapón en el culo para no ir al Bañorte a hacer un depósito? —dijo Andrés.

Risas como siempre. A ese niño le fascinaba ser el centro de atención cuando le hablaba a los profes así, tan de cuates. Eso me fastidiaba.

—Aja, y ¿qué más? —contestó el profe.

—¿Puede ver a ese niño barroso? Sí, el quinto violín. Se llama Leonardo. En un minuto exactamente le va a dar una pinche diarrea de aquellas y va a apestar todo el salón. Aquí va a tener una peste del tamaño de Chernobyl, así que el tiempo corre…

—¡Al zorro apestoso le arde la cola! ¡Al zorro apestoso le urge un pañal! —gritaron los niños de la sección de metales.

El profe se quedó como pasmado, sin saber qué hacer. Todos, de hecho, estaban como pegados a la silla, pero con una cara de angustia más cañona que cuando sus papás les regañaban por las calificaciones. En eso, sentí en mi estómago una masa de huevos revueltos en licuadora a mil por hora. Llegué al baño de milagro.

Si en tu camino solo existe la tristeza
Y el canto amargo
De la soledad completa…

Por suerte no manché mis calzones. Sentí unas pisadas cerca. Me dio miedo que fueran los ojetes de mi salón me patearon en el culo cuando me hice del baño en la clase de la miss Aura. Ese día lloré mucho y me escondí en el armario de las nanas de intendencia, pero esa vez ni Valeria ni nadie se preocuparon por mí.
—Ey, no tengas miedo. Tocas re chido. Nos va a ir morrocotudo en el Festival. Los papás te van a adorar. Ya, sal. No me voy a burlar de ti. El ensayo ya se terminó. Ese culero del profe te presiona demasiado, cuando tú eres de los más afinados —dijo Andrés.
Salí. En efecto. La realeza me estaba tocando. Era como conocer a Santa Claus en persona. Ya no estaba molesto. En realidad, me había ayudado.
—¿Sabes qué? Yo creo que tengo la perfecta solución para que ya no te pongas triste cuando los del salón te dicen zorro apestoso. ¿Has escuchado a River Plate? Obvio, te gusta el el fucho. Pues, a los que le van a ese equipo los llaman gallinas. Antes, eso les cagaba, obvio. Pero, pasó el tiempo. y ahora el apodo se les quedó como un orgullo. ¿Te late?
—Va.

Sala llena. Estaban todos los papás presentes, incluso los míos que ya ni se pelaban después de su divorcio. Esa noche estaba súper motivado. Andrés era una piola en el piano. Hasta la gorda del triángulo estaba más prendida que Mick Jagger. Último compás, cierre de oro.

Ven canta, sueña cantado
Vive soñando el nuevo sol
En que los hombres
Volverán a ser hermanos.

¡Prop! Pinche flatulencia se escuchó hasta la última fila. Precisa. Puntual. Justo después de la última nota. Como si fuera el cierre del timbal en do grave.

Andrés se levantó del banco y fue hasta mi silla. Me levantó el brazo como si fuera Rocky Balboa. El más virtuoso de la banda de música celebró mi pedo como la nota que le faltaba al Himno de la Alegría.

El público en alarido aplaudió como nunca. Zorro apestoso, mi alter ego, ya no era una carga vergonzosa. Era mi nombre de superhéroe. El boleto al estrellato. Ahí, me hice amigo de Andrés. Los del salón jamás me volvieron a molestar.

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smoke gang dontexpectjustice tumblr

Capítulo I

—¿Sabes qué es lo que más me emputa de la vida, querido Zorro 2? —pregunta Andrés a su segundo al mando, tan campante como si estuviera destapando un Caribe Cooler en Tulum.

—¿Los retenes del alcoholímetro? —dice Leonardo.

—No, wey. Que la pinche gente nunca sabe la diferencia entre un happening y un performance.

—Y tú, ¿cómo lo definirías si tuvieras que explicárselo a un tipo todo meco en la uni? —murmura Valeria.

—Muy fácil, Vanilla Ice. En el performance le dices a tu chava que eres un Dios en la cama. te doblas todo chingón, pones la cara así como de Palazuelos en Muchachitas y en el happening le pides perdón por venirte en 15 segundos, así todo tierno tipo Marina Abramović para que no te reclame. —aclara Andrés.

—Pinche naco, wey. Por eso todos en la oficina ya están hasta la madre de tus mamadas —dice Silvia, mejor bautizada en el bajo mundo del hampa como Candy Candy.

—Naco y todo, pero, ¿tengo o no tengo razón?

Los tres amigos de toda la vida de Leonardo se le quedan viendo con una sonrisa tímida en los labios, como quien escucha resignado la letanía del burócrata por no saber llenar un formulario. Al final, aunque moleste, el líder siempre tiene la razón.

Desde niños, aprendieron a conocerse hasta el más temido secreto. A cubrirse las espaldas. Leonardo nunca le dijo a Silvia que Andrés se paseó desnudo por Reforma la madrugada del 13 de septiembre del 2001 al quedar rechazado en su lista de pretendientes. Silvia nunca le dijo a Valeria que Leonardo se hizo pasar como su novio en la cena de graduación de la secundaria para que su papá no sospechara de su verdadera orientación sexual.

A pesar de las pequeñas diferencias, los cuatro comparten un vínculo que sostiene su amistad de manera inexpugnable. Y no es sólo esa complicidad que les anima a atender el teléfono, a altas horas de la madrugada, cuando alguno necesita ayuda. Se trata de algo mucho más banal.

En noviembre de 1993, las cuatro familias estaban reunidas en uno de los jardines del Hotel Kristal en Puerto Vallarta, cuando dio comienzo la matanza del Christine. Las balas se escuchaban como pájaros estrellándose contra el cielo cristalino. Los niños no se asustaron. Creyeron que se trataba de sapitos y palomas, como era costumbre tronarlos en época de posadas. La cálida luz de las lámparas parecía que enarbolaban una verbena.

Andrés, tomó la guitarra de su padre y como si fuera un arma de animación masiva comenzó a tocar a sus amigos Wind of Change. No era la primera vez que lo oían, pero sí la primera vez que lo escuchaban. Se quedaron maravillados con su voz, mezcla de Luis Miguel con un dejo de niño mimado de la Narvarte. Al final, les repartió a cada uno una Tutsi Pop.

—Listo, ya se corrió la última patrulla del turno. Pilas, muchachos. Esto es en fa. Si nos dejan, ya saben qué hacer. —dice Andrés, en suma motivado.

—Nos vamos a querer toda la vida… —responde Valeria, con humor.

—Esperen un momento, ¿no se les ocurre de lo más estúpido que todos tengamos pseudónimos, menos tú? —pregunta Leonardo.

—A mí me parece que “líder” cuenta como un buen alias, es muy original —dice Silvia.

—Sí, wey. No hay pedo. Piénsalo de esta manera. Al tener toda la responsabilidad, automáticamente me puedo echar la culpa y así ustedes zafan.

—Tiene razón. ¡Vamos, carajo! ¡Quiero ver esos pinches huevos bien puestos! —grita Valeria.

—Un, dos, tres, ¡Tutsi Pop! —gritan los cuatro inseparables.

Bajan del auto Andrés, Silvia y Arturo. Valeria se queda en el Mustang con el motor prendido. Pone una estación que le ayude a quitarse los nervios. Pone la hora de los Beatles en Universal Stereo. Leonardo se pone una máscara de Salinas de Gortari y ensaya como si estuviera audicionando para una obra en el Foro Shakespeare. Andrés, el más asustado, aunque no lo demuestre, aprieta la mandíbula y corta cartucho de los 45. Ha estado este momento por tantos años. El bailarín está listo para entrar a escena. Sus pasos tendrán que llevarlo más rápido que Luis XIV si quiere salir con vida.

—¡Manos arriba, culeros! A partir de hora cierran la boca o se los lleva la chingada —grita el que todos aclaman como el líder.

Es el asalto del siglo, pero no durará. El dinero no da de comer a los artistas. Es otra cosa que llaman “gloria”.

El poema se robó mi bici

Ha-Ha

A quince kilómetros de llegar a Acapulco, mi osito se vomitó en el asiento trasero. No sé que le pusieron a su vodka tonic, si limón o nieve de los Himalayas.

Pajaro delator. Espera a que termine el noticiero. Mejor, cántate una de Mijares.

Pasé la primera semana dando talleres de origami. Mi cuarto tenía vista a un deshuesadero. Por la tarde, mi vida tenía canceladas las visitas de extraterrestres.

Botones recién divorciado. No toques a mi puerta. Mejor, sube a YouTube un tutorial sobre el equipaje de tu ex.

Al cabo de dos meses, decidí quedarme. El ceviche de la esquina picaba más que las mentiras del neoliberalismo. Podía ir al malecón a pie. Pero, ¿por qué la zozobra?

Bicicleta sin ruedas. De bajada, la vida es una suerte de ironía. Mejor, que me den un caballo sin frenos.

Tres pies al 🐱

Cuando era niño pensaba que los cometas eran la pipí de algún alien que no pudo llegar a tiempo al baño por culpa de su motocicleta varada en el taller.

Mi madre siempre me decía lo mismo: no le busques tres pies al gato, la gente siempre se busca cualquier pretexto para no pagar impuestos.

Más tarde, en la secundaria, intenté quebrar la puerta de la oficina del director para vaciarle ácido sulfúrico a su termo con café. Era un taimado hijo de puta que castigaba a los que se atrevían a decir que el fútbol era un deporte para actores frustrados e infieles en domingo.

Traté de probar mi punto. Descolgué un coco de la palmera y lo rellené de algodón para darle más consistencia. Se lo aventé a la cara, y no tardó ni un parpadeo en tomar catsup de la cafetería, haciéndose el herido.

La enfermera Dora siempre le decía lo mismo: ¿sabes por qué nunca he aceptado salir contigo? Porque los orgasmos son más difíciles de fingir que ver milagros en tierra de paganos.

En 1986 fui a ver un concierto de Huey, Lewis and the News. Tocaron todos sus éxitos. Me fui de cabeza cuando llegó el turno de corear Heart and Soul. Al terminar, fui con mi amigo a tomar una cerveza en el bar de la esquina de mi casa. Me confesó que andaba desviando capital de su empresa a una cuenta secreta en las Bahamas.

Me quedé pensando largo tiempo una respuesta adecuada. Tenía sentimientos encontrados, ya que no deseaba verlo sufrir, pero tampoco me apetecía solapar sus negocios turbios con la mafia rusa y le dije: si lavamos tu dinero con orina de gato, ¿tú crees que en Marte nos cambien tres años de cárcel por un Pent House con vista al Monte Olimpo?

Esto es lo que llaman cuarentena (ficción)

Gordo cuarentón se queda dormido viendo una serie, cuyo argumento se basa en una novela de Perec donde los perros se meten heroína. Sueña que es un productor de sardina enlatada, cuya emblema es un pez pirateado de Bob Esponja haciendo la patadita de Luismi.

Despierta por ahí de las dos de la tarde. Hace mucho que sus amigos no le hablan, así que no se molesta en revisar el recibo de teléfono. Almuerza unos huevos a la tamaulipeca humedecidos con un poco de mezcal. Sin mucho que hacer, escribe. Ya probó las otras seis artes y en todas resultó un fiasco.

Estávamos tan contentos. Estábamos con v chica, mono tonto…

Señor Burns.

Interrumpe su valiente aportación a los escritores derechistas admiradores de la escuela “Vargasllosiana” y se para a activar el Spotify. No se puede concentrar en silencio. La última vez que intentó ayudar a su amiga con un guion mudo sobre los derechos de los animales, se echó un pedo. Las desastrosas consecuencias terminaron por enemistar a su gato con la Secretaría del Medio Ambiente y los de Whiskas.

Harry, aceptémoslo. Y no estoy bromeando. Sin faltarte al respeto. Eres un cabrón. Eres un cabrón ahora y siempre serás un cabrón. Lo único que va a cambiar es que te vas a convertir en alguien más cabrón. Quizá, tendrás más hijos cabrones.

Ken.

Suena una notificación de tuirer. Es un tipo de Guadalajara que no quiso formarse en la fila y se robó tres cajas de gel antibacterial. Gustoso le da like y se toca el corazón con orgullo, mientras busca en la gaveta del escritorio su bandera raída de los cristeros. Esto no es un crossover. En Doceles todavía te intercambian una estampa de Margarita Zavala por un mauser del siglo XIX.

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.

Holden.

Empieza a oscurecer. Nada ha pasado. El bote de los lápices sigue inmóvil. Sabe lo que le corresponde hacer. No cambiar en absoluto la modorra del mundo. Ya van 549 muertos. El gobierno miente. No puede haber otra explicacion. Se mira al espejo las lonjas. Nadie se atrevería a quererlo. No puede traspasar la estulticia a bordo de una Big Mac sorteando las olas de un mar revuelto en la licuadora. Sólo se para y me mira. Tiene ganas de madrearme, incluso besarme. Ya tiene el primer párrafo de su novela.

¿Acaso sabes lo que en esta vida significa sentirte más rechazado que un puto virus chino?

X.

Próximamente en librerías. No se aceptan Susanas Distancias. Solo se permite una. Homero Archundia tiene dos por uno.

Los jitomates van a llegar mallugados (ficción)

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Primero se le vino a la mente invitar a su jefe para mandarlo, sin escalas, derechito a chingar a su madre. Luego, volverse narcotraficante para transporte de cocaína en cubitos de Knorr Suiza. De plano, descartó ambas opciones. El jefe, adicto a los tacos de carnitas, sufría de diarreas tan severas que no llegaba al baño más cercano, ni montado en el JetStar 1968 de Luismi. Con la droga el asunto es más complicado. El Knorr Suiza tiene más químicos que George Harrison en un día de juerga y solo lo compran los que no saben cocinar. No es negocio.

N salió a toda prisa de su casa para encontrarse con su hermano. No le encantaba mucho la idea, pues, de Paseo de las Palmas a Tecamachalco tardaba menos de 5 minutos en llegar con su Chevy Joy; lo que para él ya representaba una proeza mayor a la de Filípides en Maratón. En su mente se dibujaron toda clase de espectáculos que montaría para divertirse durante las rutas más largas. Haría declamar poesía a un enano que, al mismo tiempo, enfrentase a KeMonito. Jugaría golf de prendas. Apostaría el dinero de la nómina en la ruleta durante una turbulencia.

—No te vas a creer lo que me pasó —dijo N eufórico.

—Ni idea. Será que ya dejaron de vender cerebros, al lado de las baterías, en el WalMart

—respondió Z, el hermano sarcástico de N.

—¡Me gané el avión presidencial!

—¿Incluye portavasos en el tablero?

—Eso y más. Hasta tiene una enorme sala de juntas para declararle la guerra a Kazajistán.

Mientras N describía con lujo de detalle las prestaciones de su nuevo juguete, Z recordó aquella vez en que jugaron Stop con las vecinas del edificio donde vivieron en la infancia. En vez de calcular los pasos para pisarle los pies al rival, se tenía que dar un beso trompudo. El que más fuerte tronaba, ganaba la mesada de los domingos. Durante la sexta partida, Mónica de Rusia estaba más lejos e imposible que una nevada en primavera. Yolanda de Senegal se moría del susto debajo del aro de basquetbol. Z de Japón estaba a tiro de piedra. N de Costa Rica no lo dudó. Dio tres pasos descomunales hasta África y ¡zaz! El perro Cucho apareció dando brincos

en el aire, con tremendos lengüetazos, al oír el chiflido de Z, justo antes de que ambas bocas humanas se encontrasen. N nunca se lo perdonó.

—¿Y qué vas a hacer ahora con todo esto? —preguntó Z.

—Bueno, primero lo voy a aspirar, cambiar los asientos, ponerle un aromatizante — respondió N.

—Hablo en serio, wey.

—No pos, viajar, ¿qué no?

—Hace rato que mi mamá pregunta por ti. ¿Por qué no la pasas a visitar en estos días?

—Ay, no manches. Está hasta Querétaro.

—Para eso está el pinche avión.

—Sí, pero luego me va a aventar su letanía de por qué no le di nietos, que esto, que lo

otro.

—Una escapada que podrías hacer hasta en triciclo y ni eso sabes hacer bien. Ya ni la

chingas con tus pretextos. Mira, ya déjalo así.

—Equis, mano. ¿Y qué pedo? ¿Si te vas a apuntar a Las Vegas para ver una pelea en vivo o se te abre?

—Me saliste más cabrón que bonito —dijo Z, resignado.

Al instante, N telefoneó a R. Su ex, de la que nunca se divorció. Se conocieron en un medio maratón. En el kilómetro 18, a R le dio un calambre que la tumbó al suelo. N, que nunca tuvo problemas de potasio porque se acostumbró a robar, cada vez que la ocasión lo ameritaba, los plátanos de la casa de su abuela, hizo un alto en el camino para ayudarla. De hecho, por las altas temperaturas, R se empezó a sentir mareada y vomitó en la cara de N. Para él, que nunca se había jugado la vida por los jugos gástricos de nadie, le pareció lo más tierno del universo.

—¿No lo vas a vender? —preguntó R, desorientada?

—¿Y quién me lo va a comprar? Si ahorita en todo el mundo hay una recesión que no alcanza ni para comprar cacahuates a plazos. No señor. Ahora es el momento de capitalizar mi activo y explotarlo hasta que me canse de él —respondió N con firmeza.

—¿Acaso no has pensado en los gastos de mantenimiento?

—No hay pedo. Para eso me busco a unos asesores financieros, bien macizos, que le sepan sacar una buena tajada cuando no lo esté usando.

—¿Y dónde lo vas a guardar? Porque no es como un vocho, que cabe en cualquier cochera de vecino.

—Ya sé. Tu prima esa. La que vive ahí por Toluca con todos esos terrenotes baldíos que están sin usar. Ahí hay espacio de sobra hasta tus cachivaches que no usas y están oxidados en la bodega.

—¡Qué considerado eres! No es mala idea. Oye, ¿sabes cuál es el vuelo más corto del mundo?

—Ni idea.

—Colonia/Buenos Aires. Trece minutos. No duró. La compañía área que cubría esa ruta tronó a los pocos años.

—Bueno, pero… ¿eso qué tiene que ver con lo que acabo de decir?

—Que tú, en doce, desmadraste un matrimonio y eso es más de lo que yo me tardé llevando esa caminadora de mierda e inservible, que me regalaste después del embarazo, hasta la bodega. ¡Ahuecando el ala, culero!

N apretó la mandíbula, pero prefirió irse en silencio antes de perder los estribos. Estaba amargado, pero eso no le quitó de la cabeza su plan maestro. Regocijarse con su egoísmo mientras los demás batallasen en la fila del Metrobús. Decidió no llamar a sus pocos amigos riquillos. En los aviones no se sirve buena comida. Siempre ofrecen lo mismo. Pollo o pasta. Ni siquiera el vino es bueno. Sabe a jugo Boing de uva en cartón. Esos tipos tenían el paladar más fino que la reina de Inglaterra. ¿Y si se burlaban de él igual que su hermano y su ex?

Por fin. Llegó al hangar presidencial a mediodía. Ya lo esperaba la comitiva para la entrega de la nave. Era el día más feliz en la vida de N. Al menos así lo creyó hasta antes de que le dieran las llaves del motor.

—¡Muchas felicidades, señor! El día de hoy estamos aquí reunidos para hacer entrega solemne de la magna rifa organizada por…

—¿Me deja usted tocar la llave? —preguntó N, desesperado como niño en juguetería.

—Sí, pero antes debo externar el enorme agradecimiento por quitarnos este gran peso de encima y para conmemorar la gesta heroica de los Niños Héroes y…

—Claro y Juan Escutia voló por los aires con la bandera, bla, bla, bla. ¡Ya dígame! Si me estrello contra un águila, ¿el avión está asegurado? ¿Tengo que pagar deducible?

—Sí, eso está garantizado. ¿Por qué tanta prisa, señor N?

—Pos, ¿por qué cree? ¿Acaso nunca le ha pasado, cuando viene del super, que los jitomates llegan medio mallugados? Si no los meto al refri, se me van a echar a perder.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿A dónde piensa usted hacer su primer viaje?

—Tengo muchas cosas en mente. Ya sabe. Unas compritas por aquí. Una visita a la playa por allá. Un congreso en la ONU por acullá.

—O sea que usted no tiene ni idea.

—Yo no lo pondría en esos términos.

—Lo siento. No podemos darle este avión.

—Pero, ¿cómo fregados no? Si yo compré el boleto a toda ley y resultó ganador. Me tienen que respetar mi premio.

—No es por echarle la sal, pero, fíjese usted lo que ha pasado desde el inicio. No me ha dejado terminar el discurso, no se sabe las mínimas reglas de tráfico aéreo, baila de un lado a otro como si le anduviera de la pipí y encima me pregunta con una pinche águila incluida en la lista del libro de siniestros. Usted es un desastre.

—Ni modo que le preguntara por los resultados de la Selección. Es un vehículo, como cualquiera.

—Imposible darle este avión si usted no sabe un destino fijo para avisarle a la torre de control. Si no se le ocurre nada en pleno vuelo, va a dar miles de vueltas como pendejo hasta que se quede sin gasolina. Adiós nave, adiós señor N. Si me entiende, ¿o no? Ponga en orden su vida y ya después nos llama y vemos, si se lo mantenemos en resguardo, o de plano lo encuentra desvalijado en la Lagunilla.

N se retiró en silencio del hangar. Se quiso regresar en metro, pero una marcha de Antorchistas se lo impidió. Tuvo que regresar a pie. Con su caja de jitomates sobre la cabeza. Descubrió, en efecto, que se habían mallugado tanto, que no servían ni para puré.

Los reyes magos no son los papás (ficción)

Nunca supe quién cambió el frasco de mermelada por una montaña de clavos. Por la mañana, afuera del garage, había montones de llantas ponchadas que pertenecieron a triciclos que jamás pudieron ganar el Tour de Francia.

Tuve una infancia regular. En los días de fiesta nunca me regalaban nada, y cuando volvía a casa con cuatro materias reprobadas me daban una vuelta en globo aerostático. Mi única era ilusión era vivir mi primer beso con Daniela, pero nunca leyó mis cartas y terminé tocando la guitarra en un barco lleno de gitanos.

Crecí hasta que ya no pude sortear el marco de las puertas. Casi choco con Saturno. Sus anillos me hubieran embarrado la boca del hule que quedó de mi pelota de baloncesto; abandonada en algún desván del cielo. A los quince llegué a la punta del Everest montado en patines. El Yeti me quiso poner el pie. Yo no me dejé y decidí cedérselos cuando ya estaba cerca de la meta. Al idiota no le entraban porque calzo del cuatro y medio.

En un temblor se me rompió el Walkman de mi abuelo. Me dejó un casete de Roxette dentro. Yo prefería escuchar a la Santanera. Nos quedábamos horas discutiendo en la sala, a la luz de la luna, sobre cómo perderle miedo al reloj. No le gustaba pensar en su muerte. El sólo hecho de no saberse independiente para ir al baño o comer lo aterraba. Tenía muchas deudas y pocos ánimos para jugar dominó con el Diablo. Por eso se hizo cantante Pop. Para chuparle el alma a los jóvenes mientras se hacía rico, vendiendo droga entre sus compañeros del asilo.

Al fin. Después de tantas décadas de sequía, desperté y noté que mi zapato ya no estaba junto al Árbol del Navidad. Debió llevárselo Baltazar a un rodeo o para el maratón de Nueva York. En su lugar, una caja grandota envuelta con papel celofán. ¿El regalo? Un recibo de la compañía de teléfonos con la siguiente leyenda:

El número al que usted ha llamado no existe, intente enviar oficio a una monarquía constitucional, las de corte absolutista pierden todas las cartas de solicitud de juguetes en las oficinas del Lic. Jesús.

Insomnio (en fast motion)

La gloria de los encantados consiste en desayunar un batido de aurora boreal a media noche. Se pintan la cara color queso y salen a la calle a esconder los sueños que se han robado del Banco de Escritores Deprimidos por Asuntos Varios (la calvicie, escasez de mota, Tomy y Daly no firman el divorcio, la subida del kilo de tortillas, etcétera).

Anoché me topé con uno de ellos. Estaba bebiendo tranquilo en un bar irlandés, cuando vi entrar por la puerta a una versión despeinada de Bono con cara de oxímoron. Se sentó a la barra y pidió una cerveza Corona. Supuse que tomar Guinness iba en contra de sus principios religiosos. Se iba a casar doce horas después en la iglesia del Centro. Tenía dudas. GRANDES DUDAS. — Si me divorcio, ¿me regresan los tickets de estacionamiento para deducir la depresión? — dijo estupefacto.

Mi primo también es sonámbulo. Toca el saxofón en un cuarteto de cigarras. El club de jazz no tiene dinero para pagarles, pero al menos les dejan las orillas de pizza que la gente no se comió en el intermedio. Ellos no se sienten para nada agraviados. Lo reciben con gusto. A ellos les importa más la camaradería. Ni siquiera les interesa firmar un contrato con alguna disquera. Sucede que los responsables de manejar su carrera son grillos que no creen en la apropiación de la plusvalía de medios de producción. De noche todos los gatos son pardos. No toman en cuenta que un funeral sin música es peor que una vida con remordimientos. Nadie debería pagar por ella.

Los juguetes no se quedan atrás. No se la pasan de ñoños como los de Toy Story. En la vida real son unos verdaderos hijos de la chingada. Apuestan, fuman, beben, lavan dinero, traicionan. No es que eso sea malo. ¿A quién no le caen bien unos dolaritos recién salidos de la secadora? Hasta con Suavitel se sienten como si los hubiera bendecido Carlos Slim a plazo fijo. El problema es que no tienen llenadera. Su ambición no tiene límites. La policía está cansada de trabajar horas extra por cubrir sus fechorías. Lo mejor que puede pasar es que se declare la ley seca. Ni una sola sonrisa de un niño hasta que se gradúe de la universidad. A ver si así entienden a respetar el gallinero mientras el presidente juega al golf en la Luna.

Hoy me quedé dormido en la alfombra del baño. Tomé demasiados barbitúricos. Encontré la cura para mi insomnio, pero no creo que haya un jarabe para mi cinismo. Ese lo venden en horas de sol, cuando acaba el maratón de Bridget Jones por canal 5.