Dar clase

Cuando te paras frente a un salón es como abrir 44 novelas al mismo tiempo. Todas son apasionantes, pero no tienes tiempo de leerlas de inmediato. Lo que sí puedes hacer es husmear en sus páginas. Ver que cada cabeza es un mundo.

Son esponjas que todavía se sorprenden. Pero no es que sean ingenuos, lo que pasa es que aún no están contaminados de esa malicia que antepone la madurez. No están a la defensiva. Se muestran tal como son. Sus deseos de conocer mundo superan a las barreras de la desconfianza. Aún están a salvo del asqueroso super yo freudiano.

En agosto todavía hay un ligero sabor a rocío en el ambiente. La Historia se encargará de esparcir los aromas de viejas batallas y tratados sin tregua. Tendrán que comprender que no es la memoria, sino la vivencia diaria lo que hace florecer a las acciones. Resolver problemas, no huir de ellos. Si logran esto no estarán solos en el mundo; ya de por sí hostil contra cualquier impronta juvenil. Quizá porque nos recuerda que algún día fuimos jóvenes con el corazón en la mano y la cabeza furibunda de pasión.

Los amigoles

Recuerdo que era octubre de 1999. Pumas jugaba para la mierda y no le ganaba ni a un combinado de niños de primaria. El rival en turno era Necaxa. No se podían augurar muchas esperanzas.

Estábamos en casa de Rogelio para terminar una maqueta escolar. Éramos unos nalgas miadas. Los quince años de la inocencia. Hicimos una pausa para ver el partido y después terminar el trabajo. Por supuesto, nunca llegamos a hacerlo.

Todos queríamos ver a Campos de delantero. Era la única esperanza. Nuestros delanteros eran incapaces de meter gol en el Arco del Triunfo. Eso sí, en el de la Derrota hasta seguro les pagaban 5 millones de dólares extra por entrar. Rogelio, de la nada, hizo una apuesta interesante. Era el único fanático del Necaxa en el país, además del presidente. No quería vernos sufrir.

—Miren. Encontré el armario donde mi papá esconde las botellas. Cada cinco minutos de partido todos tomamos una tapita de tequila, y así sucesivamente, hasta el minuto 90. Es poquito. Ni se les va a subir. Así se olvidan de su equipo tan mediocre ja, ja, ja.

—Estás pendejo —dijo Mauricio.

—Yo sí le entro —respondió Tomás.

—Hagámoslo más interesante. Si Campos mete gol, todos bebemos hasta acabarnos dos botellas. ¡Por la amistad y por el fútbol!

Se me quedaron viendo asustados, pero el orgullo les picó y aceptaron la apuesta. Nadie se iba a levantar del sillón hasta que el silbante terminará el partido. Estaba seguro. Campos y los Pumas ganarían esa tarde.

Nada de lo que anticipábamos estaba sucediendo hasta el minuto 30 de la segunda parte. Pumas ganaba 3-0, pero Campos seguía en la portería. Obvio. Ya no lo cambiarían como delantero. Sólo lo metían cuando el equipo necesitaba darle la vuelta a un partido. Los 3 cambios ya estaban hechos. El destino nos jugaba una mala pasada. Tenía el deseo de gozar mi primera borrachera. Mi equipo me lo estaba negando.

Minuto 35. Gol de Necaxa. Minuto 40. Gol de Necaxa. ¡Otra vez, no! De nuevo nos sacarían la victoria. Los últimos 5 minutos fueron de infarto. Era un tonto juego de jornada 8, y sin embargo, para nosotros era como la final de la Copa del Mundo.

Minuto 47. Tiempo agregado. Falta a favor de Necaxa en los linderos del área. A defender el resultado. Los once de Pumas defendiendo el área grande. Un ensueño de otoño. Sentía los párpados pesados, la mano dormida. Centro. Centro. Centro. Centro. ¡No! Cabrón empate. 3-3. Rogelio se quitó la camiseta. Corrió como loco por la sala. Nosotros 3 en un funeral.

—Momento —dijo Tomás.

—¿Qué pasa? —dijo Mauricio.

—Autogol de Campos. Autogol de Campos. EMPUJÓ la pelota con el puño. El pendejo quiso despejar y la metió —dije atónito.

Mauricio, que en un principio no deseaba beber y era más papista que el Papa, se alegró como si fuera un niño con juguete nuevo. Estaba contentísimo. —Es el destino. ¡Alabado sea el Señor y sus grandes vinos consagrados que nos ha regalado!

Reímos. Nos abrazamos, incluso. Entre fanáticos rivales no existe el ateísmo. Bebimos, por supuesto. Y vomité como 5 veces en la noche. Nuestros padres nunca lo supieron. Reprobados en la materia, obvio. Pero sacamos 10 en Amistad. Aún nos seguimos reuniendo para beber, incluso cuando Pumas y Necaxa empatan a cero.

No te tengo en Whats (ficción)

Estuvo toda la semana rodando por mi cabeza el gusanito de la curiosidad. ¿Por qué no lo había agregado desde 1989? Ni yo misma lo sé. El teléfono se había vuelto una figura fantasmal desde que descubrí un plan de renta de comunicación más barato con las palomas de la esquina.

Saqué mi Nokia de viborita y le llamé. Por supuesto no me contestó. Tecnología obsoleta. Pasaron dos semanas y le escribí una carta. Pienso que así se recupera la intimidad. La gente se ha olvidado de ponerse atención. Todo el mundo está ensimismado con monigotes estrafalarios que se malgastan en Snapchat.

Al mes recibí su respuesta. Estaba muy malhumorado por supuesto. Lo puso en mi muro de Facebook, que no era otra cosa que la pared de la casa en forma de libro. El grafiti tenía faltas de ortografía, o era quizá una palabra no incorporada todavía a mi diccionario. “YOLO”. Quise interpretar que se trataba de un acrónimo o quizá siglas de alguna institución mental. Vaya uno a saber cuando la gente tiene dislexia.

Y así pasó el tiempo. Nos dejamos de hablar. Me cambié de barrio. Él se casó. Lo de siempre. Personas entran a tu vida y se van. De vez en cuando me enteraba de sus éxitos en la industria de la música, mezclando viejos acordes de MC Hammer con los de la Sonora Santanera. Me mandó ayer un último mensaje. Ignoro cómo logró colarse hasta la puerta de mi casa. Que yo sepa, enfrente hay una carpeta asfáltica, no el mar Báltico. Llegó dentro de una botella. A la vieja escuela. Tal como me gusta. El mensaje no lo entendí del todo. Debe haber sido una especie de Sudoku egipcio. ¡Qué manía de darle vueltas a todo! ¿Por qué no me pregunta, en persona, si quiero salir con él? Igual, hasta con su esposa me dan ganas.

“¿Me podrías ayudar a vincular mi Instagram con tu número de Fax?”

FULANITO TROYANO

No más (Poesía política)

ALIDA ALMONTE-STONY BROOK

No queremos más armas donde se guarda culto a la guerra y no a la paz.

No queremos más sangre donde las lágrimas de los niños llegan hasta el mar.

No queremos más hipocresía donde demócratas y republicanos son aliados para hacer más dinero.

No queremos más terrorismo donde al negro se le condena y al blanco se le perdona.

No queremos más leyes donde hasta a un perro se le permite disparar por derecho propio.

No queremos más tumbas donde debería haber más flores.

No queremos más oraciones donde debería haber acciones.

No queremos más discursos de odio donde la tolerancia debería ser una segunda lengua.

No queremos más, no queremos más, no queremos más de lo mismo. ¡Basta ya!

En memoria de los asesinados en el Paso, Texas y Dayton, Ohio.

De qué se escribe cuando se escribe (columna)

De todo y nada. Las cuitas de la vecina. Una hipoteca que se quedó sin pagar. El elefante que no sabía soñar. Todos los escritores entienden que el conflicto es pieza fundamental para sus obras. El punto es cómo hacerlas vivas.

No basta con una buena ambientación. Claro. Si todo parece como una película de los hermanos Marx sin risa, el lector acabará abandonándonos tarde que temprano. Se trata de hacer personajes creíbles.

Hasta acá no hemos descubierto el hilo negro. Nadie podría. Pero lo que muchos olvidan es que no hace falta buena imaginación para escribir una historia, sino empatía. Las grandes tramas de la historia no son de tipos perfectos que todo le sale bien, sino erráticos. Vulnerables.

Entre más torpe un escritor, mejor. Así se dará cuenta que a su alrededor la gente se va a la mierda. Debe dejar ese dejo narcisista de superioridad moral para ponerse a ras de pasto con los problemas de la vida real. Esos que no se resuelven con dinero, sexo o un deux ex machina. Cualquiera puede contar una historia, no es realmente difícil. El punto es transgredir las reglas establecidas. Que no importe un carajo la censura.

Las novelas no tienen el objetivo de transformar el paradigma de cultura o pautas narrativas de puta madre. Eso es lo que menos importa. Claro está que el escritor quiere agradar y ser leído, pero si va a lograrlo es porque su máxima meta es desnudar lo poco o mucho de aquello que lo avergüenza. De esta forma nacerá una prosa natural. No forzada.

Entonces, ¿qué significa escribir en estos tiempos? Gozar. Beber. Coger. Fracasar. Cómo si no hubiera mañana. Si no esas historias quedarán en el olvido. A nadie le importarán. Escribir es un vicio. Si la literatura fuera droga, hace rato que transportarían cocaína en las hojas de los libros. Esperen. ¿No han hecho ya eso?

La casa de la risa (ficción)

Nos divertíamos tanto, al punto de creer que desapareceríamos a todos los payasos del mundo. Nos corrían de cualquier lado; del cine, de los velorios, de Wimbledon, del manicomio.

Hasta cuando no queríamos matar al tiempo de risa, le quitaba el cuchillo de la garganta y le preparaba un juguito de limón con miel para la garganta. Él me entendía porque hablábamos el mismo idioma. No nos importaba lo que dijera la gente.

Cuando mi hijo se quedó en el hospital, Raúl tomó el primer vuelo y llegó justo en la mañana para actuar de Doctor Trasero. Hacía una magnífica imitación de Donald Trump con las nalgas y se pegaba spaguettis para imitar el peinado. Sus chistes en realidad eran malos, pero los contaba como si estuviera enfrente de la reina Victoria. Su seriedad te desarmaba porque era auténtica.

No era para menos. Su vida había sido una puta novela rusa. Se quedó huérfano en invierno, era calvo, alérgico a los duraznos y divorciado cuatro veces. Siempre me decía que su más grande éxito no había sido acabar la universidad, sino haber podido vender, de niño, unos juguetes chinos inservibles a una familia igual de pobre que él en pleno 26 de diciembre.

Mi hijo no lo logró. Y él nuncs se fue. Me llamaba a cada rato para saber cómo estaba. Se quedaba en casa a veces hasta tarde. Nos hacía de cenar a mí y a mi esposa. Yo me sentía algo avergonzado, pues tanta atención era algo que no podría siquiera empatar cuando Raúl necesitara algo. Sentía que yo. Sentía que no tenía el mismo corazón. Nunca se quejaba ni ponía mamá cara. El tipo era literal parido de una placa de hierro.

Frente al sillón, recordábamos nuestras épocas de adolescentes, cuando de pronto se paró en seco. Se fue a la cocina por dos cervezas. Las destapó. Me dio una. Seguimos “conversando” en silencio y de repente dijo:

—¿Sabes por qué nunca me alegro de mi chistes?

—Ni idea— dije como si fuera aquello lo más solemne jamás inventado por el hombre.

“Era una pregunta retórica, imbécil. Ríete.”

Touché.

Piel de gallina (poética)

Lindo poema de miércoles. No toque el pollo si no está lavado, luego le van a querer cobrar la salmonela cuando termine de pagar la tenencia. Sale muy caro ser valiente.

Tenebroso andar por los confines que sangran las axilas del mar. Cientos de hombres han quedado descoyuntados. Se acabaron la miel para los hot cakes y ya no hay plumas con que rellenar las almohadas.

Un arco dispara un perro a 5 centímetros por siglo. Yo me tardo menos en vestirme con un traje de lentejuelas. El pantalón me corta la circulación, pero siempre ando con una sonrisa que el empleado del banco envidia. No me quisieron prestar 500,000 dólares para enviar pollitos de hule a la luna.

El vecino llamó a la policía. Dice que por las noches se oye mucho ruido en el octavo piso. Se le dijo hasta el cansancio que no se preocupara. Es el fantasma de don Eustaquio con deseos de cobrar la renta. Nadie le paga. Acá debemos hasta los dulces a Hacienda. Alguien nos dijo que podemos evadir impuestos con sueños húmedos. Los orgasmos se cotizan muy alto en el mercado negro.

Sobre el jardín se acuestan las hormigas después de devorarse las manzanas. Ya estoy harto de ellas. Pienso envenenarlas. Pero hay una cosa que no había pensado. Los cadáveres atraerán a cucarachas, y éstas llamarán a los pájaros, y éstos serán presa de las serpientes, hasta que el mundo decida usar el cascabel como arma de destrucción masiva. Eso altera a cualquier piel. Nunca tomen sol en domingos. Las marcas del Señor nos recuerdan a los presos que ya no pueden ordenar daiquiris mientras esperan a su abogado.