Esto es lo que llaman cuarentena (ficción)

Gordo cuarentón se queda dormido viendo una serie, cuyo argumento se basa en una novela de Perec donde los perros se meten heroína. Sueña que es un productor de sardina enlatada, cuya emblema es un pez pirateado de Bob Esponja haciendo la patadita de Luismi.

Despierta por ahí de las dos de la tarde. Hace mucho que sus amigos no le hablan, así que no se molesta en revisar el recibo de teléfono. Almuerza unos huevos a la tamaulipeca humedecidos con un poco de mezcal. Sin mucho que hacer, escribe. Ya probó las otras seis artes y en todas resultó un fiasco.

Estávamos tan contentos. Estábamos con v chica, mono tonto…

Señor Burns.

Interrumpe su valiente aportación a los escritores derechistas admiradores de la escuela «Vargasllosiana» y se para a activar el Spotify. No se puede concentrar en silencio. La última vez que intentó ayudar a su amiga con un guion mudo sobre los derechos de los animales, se echó un pedo. Las desastrosas consecuencias terminaron por enemistar a su gato con la Secretaría del Medio Ambiente y los de Whiskas.

Harry, aceptémoslo. Y no estoy bromeando. Sin faltarte al respeto. Eres un cabrón. Eres un cabrón ahora y siempre serás un cabrón. Lo único que va a cambiar es que te vas a convertir en alguien más cabrón. Quizá, tendrás más hijos cabrones.

Ken.

Suena una notificación de tuirer. Es un tipo de Guadalajara que no quiso formarse en la fila y se robó tres cajas de gel antibacterial. Gustoso le da like y se toca el corazón con orgullo, mientras busca en la gaveta del escritorio su bandera raída de los cristeros. Esto no es un crossover. En Doceles todavía te intercambian una estampa de Margarita Zavala por un mauser del siglo XIX.

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.

Holden.

Empieza a oscurecer. Nada ha pasado. El bote de los lápices sigue inmóvil. Sabe lo que le corresponde hacer. No cambiar en absoluto la modorra del mundo. Ya van 549 muertos. El gobierno miente. No puede haber otra explicacion. Se mira al espejo las lonjas. Nadie se atrevería a quererlo. No puede traspasar la estulticia a bordo de una Big Mac sorteando las olas de un mar revuelto en la licuadora. Sólo se para y me mira. Tiene ganas de madrearme, incluso besarme. Ya tiene el primer párrafo de su novela.

¿Acaso sabes lo que en esta vida significa sentirte más rechazado que un puto virus chino?

X.

Próximamente en librerías. No se aceptan Susanas Distancias. Solo se permite una. Homero Archundia tiene dos por uno.

Democracia matrimonial (ficción)

Fue en la estación de Auditorio cuando me acordé de mi padre. Él, que siempre nos había ofrecido conciertos gratis en casa, no estaba más para darme una letanía. El coche se descompuso en la mañana y tuve que ir a mi boda en transporte público.

Yo no sé si él hubiera estado a gusto con mi futura esposa. Ella es simpática, se caga en los machos y nunca ha votado. Es la antítesis de él. Furibundo admirador de los que asesinaron al Che Guevara, esposo infiel y fanático del Real Madrid. Supongo que en cada sobremesa ambos habrían acabado por firmar otro armisticio de Versalles con una de mis botellas de vino.

Se preguntarán cómo carajos un padre conservador pudo haber parido a un anarquista cínico como yo, que se mezcla entre el pueblo y le paga el pasaje a la viejecilla minusválida. Pues para todo hay una respuesta.

Cuando tenía 8, él regresó alcoholizado de la oficina y quiso pegarle a mi mamá. Me despertaron los gritos y el forcejeo como si se estuviera librando otro Stalingrado. Al punto casi de ahogarla, me acerqué por detrás y le estampé un jarrón en la cabeza. Casi ni le dolió. Lo que yo no sabía es que el muy cabrón había escondido un arma dentro del jarrón. A veces le entraba lo suicida.

Lo miré igual que en el pelotón de fusilamiento. No tuve tiempo de parpadear. Quité el seguro y apunté. —¡Tira ya puto!, que vas a matar a tu propio padre—dijo. La frase justo me recordó lo que aquel celador le dijo al Che antes de morir.

Sudaba. No miento. Estaba temblando de miedo. Bang. Edipo ha vuelto a casa. Le di a la única cosa en toda la casa que tenía un atisbo de sonrisa. La foto de su boda. Mis padres de punta en blanco. Queriéndose. Amándose. El cristal roto en mil pedazos.

Después de eso mi padre jamás nos volvió a pegar. Dejó el alcohol y abandonó a su amante. Regresó. Nos crió como pudo al pasar de los años. El recuerdo de aquel asesinato simbólico se borró en las tinieblas del tiempo.

Un mes antes de la boda me avisaron que un infarto le arrancó la vida. Sentí como si me hubieran dado un balazo en el pecho. Estuve a nada de posponer todo. No voy a mentir. Tenía hartas dudas sobre Elena. Y de nuevo él, un hijo de puta al que nunca se le pasó nada. La última vez que lo fui a visitar,, ahí estaba en su cuarto de hospital. La foto de él y mi madre restaurada en su marco.

Desperté. Casi me seguí de largo hasta la terminal. Fue una ceremonia bonita. Invité a todos los del autobús, que opacaron por completo a los fascistas amigos de mi padre. Otra victoria por goleada de los rojos. Mi madre me besó en la frente. A Elena le encantaron las flores. La próxima vez iré a la boda de mi hijo en tren volador.

Expreso al sur (ficción)

Dejarse ir. Hasta el quinto infierno. Nadie atraviesa la ciudad de punta a punta a menos que necesite un sanitario. La tetera puede esperar. Que silbe por dos horas más y despierte a los vecinos. Ningún pez ha muerto por beberse un océano helado.

En Zócalo se sube una marabunta. Un padre sostiene la barra de pan más fuerte que la mano de su hijo. Un violinista desnutrido termina por asesinar a sus cuerdas hambrientas por unas monedas. Ellos merecen cárcel perpetua.

En San Antonio Abad el frío arrecia. Las prostitutas comienzan a reclinarse sobre su poste. Se hacen señas entre ellas. Dejan pasar a un tipo que todos los días les pregunta la hora a pesar de tener reloj. Nunca confíes en alguien con un peso en el bolsillo y una lengua floja. No apta para besos en horarios de ayunas.

En Xola se posa el silencio. Un corte de luz ha parado al convoy de golpe. Alguien silba una tonada fúnebre. Otros ríen porque la suegra está enferma. Tres niños se ponen a apostar en el póquer. El ganador se lleva unos chocolates de menta. A la gente no le parece extraño quedar varada. Ya es un estado natural que se les ha adherido a la piel. Se sienten seguros. Por dentro no quieren llegar a su destino. Prefieren quedarse a llorar por el amor que no fue.

Taxqueña. Fin del camino. Ha llegado la hora de la verdad. El muchacho que vino con las manos sudadas, todo el camino, tendrá que confesarle a su madre que lo despidieron del trabajo. Otro irá a su casa a preparar los últimos detalles del asalto a la farmacia a medianoche. Un par de chicas, que no se han visto en años, se juntarán para comer un pastel. Ellos tienen planes. Él no. Se queda absorto, viendo hacia la nada. Se imagina que está en un camastro en alguna playa del Caribe. Allá no hay ratas o túneles terroríficos. Un baño de sol diario sería suficiente, junto con una piña colada.

Una voz perdida entre la multitud dice: <<ey, chofer. ¿Cuándo te vas a cansar de viajar?>> Él, muy ufano responde: <<Hasta que deje de haber borrachos como tú que ya no necesiten que los lleven seguros a casa>>.

La tetera no explotó. Sigue indemne sobre la mesa. El chofer se sienta en un sillón. Respira aliviado. <<Que ya se acabe, que ya se acabe>>. No ha bebido en 3,943 días. No lo hará hasta que llegue al caribe y su viaje sea sin retorno. La redención del alcohol perdonará sus pecados… <<eso espero>>.