Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 13

Yo no tengo fama de destapa-caños, y a menudo me equivoco en darle consejo a la gente. Es que, ¿cómo puedes saber lo correcto si desde pequeña te enseñaron a desconfiar? Creer en una misma requiere años de práctica; para muestra lo que pasó en aquel restaurante.

Yo le dije a Valeria que no era necesario usar sus clásicas tácticas de seducción; el tipo ese ni siquiera la pelaba o era demasiado listo para no perder ni un segundo su tequila con Coca Cola cada vez que se iban de fiesta.

Creíamos que por sólo el hecho de ser atrevidos ya bastaba para pretender que sí encajábamos en ese mundo. Craso error. Un vendedor de droga no entrena en su casa con el videojuego de Cara Cortada y sale, después de dos semanas, experto en manejo de armas y lesbianas incomprendidas. No. Vive en la calle, respira temor.

Nueve de la noche. El gerente da la orden de levantar las mesas. Valeria, detrás de los hornos está hecha un manojo de nervios. Me molesta porque cuando pasa eso empieza a culpar a Andrés de todo y se pelean horrible. Leonardo, como siempre, finge no estar ahí y se va por la tangente. Se nos acaba el tiempo. El comerciante está esperando una respuesta. Estamos fritos. Ya podemos darnos por muertos. Pero no, eso sería sencillo en demasía, no mato en los aerobics a diario como para no saber que cardio sin pesas no sirve de nada.

<<¡Cállense, idiotas! Los va a oir el señor y aquí mismo nos matan a balazos.>> Respiro y me tomo mi licuado de apio que siempre me acompaña para limpiar el estómago. “Las tripas contaminadas nublan el pensamiento”, decía mi abuela. Les digo fuerte: <<A ver. Vamos a hacer esto. Le voy a llevar esta botella de vino al señor como cortesía de la casa. Wey, neta son unos pendejos. De esta ya no vamos a salir, pero podemos comprar tiempo y decidir qué hacer. Le decimos que vamos al laboratorio porque ahí tenemos una sorpresa extra. El tipo, como que se las va a oler, pero ya ni modo. El chiste es irle bajando el enojo. Ya una vez en el lugar le decimos la verdad. Así, directo a la yugular. Tenemos dos opciones. O nos mata ahí mismo o nos da una especie de pase momentáneo en lo que le reponemos lo que se llevó ese maldito Simi.>>

Lógico. Nadie me cree. Creen que estoy loca y que mi idea no va a funcionar. Como es lógico, tratan de idear sus propias salidas, pero ya es muy tarde. Están tan cerrados que no se les ocurrirá nada. <<No se preocupen, van a ver que sí va a funcionar, pero tienen que actuar honestos. Basta ya de mentir. Acéptenlo. Ya estarían fritos en el mundo de Al Capone, agradezcan que nos metimos con botargas y osos de peluche>>.

Adelante. Tomo la iniciativa y los dejo hablando solos. Se siguen culpando por cosas que pasaron hace años. No se dan cuenta de la inutilidad del rencor para solucionar problemas en el presente. ¿De qué me sirve escupirle al cajero por cobrarme doble el pan sin gluten?, si de todas maneras la tienda ya me está cobrando cien pesos más hasta por respirar el aire de Las Lomas. No, señora. El helado sí tiene grasa. De nada sirve que se le pase corriendo horas detrás de su chofer, si sigue comiendo como cerda.

<<Buena noche, señor. El gerente le envía este obsequio. Deseamos que pronto vuelva a visitarnos. El señor Martínez, que estaba en su mesa, nos dejó un mensaje para usted>>. Pues sí. De algo me tuvo que servir quedarme hasta tarde con mi hermano viendo “Otro día para morir”. Nunca había visto a Pierce Brosnan tan guapo. Es un sueño. Hago la entrega de una caja lujosa de Olinalá, la lleno de algunos billetes de 500, un puro y una simple hoja cebolla. Elegante. “No puedo entregarle lo convenido aquí. Nos observan. Pase al mundo de los sueños.” El señor y su acompañante sonríen. No parecen tan convencidos, pero eso nos da ciertas esperanzas.

Se sube a su BMW. Nosotros al vocho de la mamá de Leo. Hace ruido, pero esta Ciudad es una jungla y vestirse como el depredador no es el movimiento más convincente. Mis amigos están mudos. Por primera vez me doy cuenta de que hay ciertas partes de ellos que desconozco. Está bien tener secretos para uno mismo, pero no está padre vivir como si cualquiera cosa diera igual escoger X o Z. Bien. ¿Quieren jugar a los encantados? ¡Perfecto! Por mí, no hay problema, pero a ver qué le dicen al señor cuando lo tengan frente a frente y le expliquen que no tenemos cómo pagarle.

<<Pinche Silvia, ¿Cómo puedes ser tan fría?>> ¡Ahora resulta! Una se levanta temprano para prender el calentador y hacer los hot cakes, y la tonta nena prefiere quedarse en cama todo el día. A veces Valeria me decepciona feo. No le respondo de inmediato y pongo a Luismi en el Ipod porque el vocho no tiene estéreo. Ajá. Qué casualidad. “Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso. No te dejas amar…” Andrés voltea a los lados como paranoico, como si se hubiera creído la mentira de que estuvo en el restaurante como policía encubierto y Leo al menos ya se puso a hacer algo y le saca brillo a las pistolas de juguete que trajimos para que al menos parezcan verdaderas.

<<Bueno, ya acabaron con sus chistesitos, ¿cierto? Se me acaba de ocurrir algo. No les va a gustar, pero dadas las circunstancias es mejor que se vayan acostumbrado a lo inevitable>>. Les explico que, en efecto, el señor puede que guarde la compostura unos minutos, pero después sí nos va a querer matar. Ahí entra la habilidad de Valeria, que ya para que le dieran el estelar de Cats es que algo ha hecho bien. Que se retuerza un poco y así dará un poco de lástima. Leo parece autista así que él no necesita actuar. Si le pongo el Ipod a volumen bajito con una melodía de Stravinski, ya no hay de qué preocuparse. Andrés se tiene que poner los pantalones y ofrecer los términos de cómo le vamos ir pagando al señor. Como lo conozco y, desde luego, va a querer pedir cosas descabelladas, ahí entro yo y le confío en que puede contar con nosotros para hacerle los trabajos que el quiera. Da lo mismo de qué; chofer, nana, vendiendo cocaína en los antros, recolectar, lo que sea.

<<Ajá y así tan fácil se va a dejar, ¡no seas ilusa, Silvia!>>. No he acabado. Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil, pero es el único plan. El único que puede ponerse en marcha de inmediato, y que no requiere ponerse romántico o demasiado estúpido para querer ir con la policía. Falta la mejor parte. Ese impostor de Simi cree que nos ha engañado, pero se metió con la que no debía. Con mi Valeria. Sí, es medio tonta a veces, pero la quiero. Así es la amistad. En las buenas y en las malas. Lo vamos a forzar a que vuelva. ¿Cómo? Secuestraremos a su mamá. La obligaremos a que nos diga cómo localizarlo. No va a tener de otra. La conocimos en la fiesta, cuando fingíamos ser segunda de Valeria en la compra de buena mercancía.

<<¡Vaya! Esa sí que es buena. Ahora no sólo vamos a ser dealers de verdad, sino que además tenemos que visitar al Mocha-orejas para que nos dé unas clases magistrales>>. ¡Ay, no inventen! Ni que fuera tan complicado raptar a alguien. Nos la llevamos al panteón y ahí hacemos dos hoyos. En uno metemos a la señora. Obvio, no la vamos a enterrar viva. Le haremos una caja especial tipo Houdini y un tanque de oxígeno para que pueda respirar. En el otro, pondremos el dinero falso que Valeria le pensaba dar al comprador, para ver si a ese Simi le importa más la vida o la ambición. He visto en muchos programas de tele a esos criminales que no les importaría vender a su propia madre con tal de acaparar más riqueza. De verdad, están enfermos.

<<He estado en este negocio por más de veinte años y nunca había visto semejante chingadera>>. Sí, señor. Mea culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por eso ruego a los Muppet Babies y a las más de mil tortugas ninja que mataron de forma salvaje en un laboratorio para crear la caricatura. No culpe a mis amigos. Culpe a los ventajosos. A los que no tienen lealtad. A los doble cara. Ellos tienen la responsabilidad de que este mundo sea una mierda. <<Temo que debo…>> Clic. Obvio. Ninguna escena de dramaturgia o cine estaría completa sin el sonido del martillo de un revólver justiciero. Haga lo que tenga qué hacer.

<<Sé que la cagamos, señor. Pero, piénselo de esta forma. Si nos mata no recuperará su dinero y encima su reputación estaría manchada porque el verdadero culpable no pagaría y nosotros sí. ¿Cree eso justo?>> Lo digo con la mayor convicción posible. Mis ojos no mienten. Habré podido engañar a un ex novio, a mi mamá porque no le avisé sobre mi operación de pechos, a mi hermano porque no le dije que su futura esposa le fue infiel la noche antes de la boda y a mis amigos por no ser tan honesta aún corriendo el riesgo de herirlos. La verdad duele, y sin embargo, alivia mejor que el Vick VapoRub. <<Tienes agallas, niña. ¿Tú crees que puedas entregármelo>>. No sólo se lo voy a poner en bandeja de plata, sino que hasta con una manzana en la boca se lo va a poder devorar>>. ¡Líbranos Dios de todos los pecados!

I’m sorry.

Corre el tiempo. Así tan deprisa como cuando te das cuenta de que ya te acabaste todas las palomitas y la película apenas va en el minuto quince. Un año ha pasado. No todo ha sido malo. Valeria ya tiene novia y viven juntas en la Narvarte. Andrés se metió al gimnasio, Leo se va todas los domingos a la punta del Ajusco para escuchar la primera nota del día. Leo siendo Leo. Sí, ellos la pasan bien, pero yo no puedo desconcentrarme ni un minuto. Por supuesto, me consiento cada vez que puedo y trato de ya no pelear con mi papá por culpa del PRD, pero duermo con un ojo abierto. He vendido droga hasta en carritos de helado, es más fácil de lo que parece. Los clientes me dieron ese consejo para que la dinámica parezca natural. Siempre van en pareja. A su novia le dan un sandwich helado de chocolate, uno real. Ellos piden de vainilla. Como una roca les entrego la coca y brincan de gusto. El día que mezclen azúcar con LCD alguien se va a hacer millonario.

La deuda está casi pagada, pero aún falta el golpe maestro. <<¿Ya la viste bien? Sí, es esa gorda que está parada en el puesto de las lechugas>>. Es la mamá de Simi. La maldita bien que se la ha vivido de lujo en lujo. Va al salón de belleza, va de compras a Suburbia y llena el carro, se toma un café de cien pesos con las amigas. Eso antes no pasaba. Le llega dinero de vez en cuando, cualquier mono con dos dedos de frente lo sabría. ¿Para qué entonces va a la oficina de Telégrafos cada dos semanas? El plan es simple. Dejamos que camine un rato y en la esquina de Cerro del Agua la subimos al vocho. Valeria ya tiene lista la cuerda y la capucha. Andrés nos llevará a un lugar escondido de Santo Domingo que nos servirá como casa de seguridad. Leo está allá colocando cartones de huevo en las paredes para aislar el sonido.
<<Nadie se mueva hasta que yo dé la señal>>. ¡Vaya! Con razón a Andrés le gusta tanto ordenar con su tono todo mamón. Esto de ser líder ya me está gustando. La señora, por supuesto, no tiene prisa. Hasta parece que le pide permiso a una pierna para mover la otra. Hay mucha gente. Seríamos blanco fácil si lo hacemos ahora. Eso sin contar las cámaras de las casas. ¡Qué desesperación! Esto podría tardar siglos. Andrés saca de la guantera un chaleco de esos que usan los barrenderos y se baja del auto. Allá enfrente hay una coladera. La abre. ¿Qué demonios hace? <<Atención, estimados peatones. Desvíense a la derecha. Obra en curso>>. ¡Perfecto! Todos muy obedientitos toman el callejón, rumbo a la iglesia. Ahí es estrecho y hay poca gente. La señora obedece. La sigo muy despacito. Soy un jaguar que no se va ir de aquí sin la caza del día.
<<¡Ya valió verga, doña>>. Andrés la aborda por detrás y le pone la mana en la boca. La amordaza. La víctima se resiste, pero no se compara la fuerza de un robusto tipo de treinta y pico contra una sesentona. Vámonos al escondite. <<No seas idiota, Líder. No me pongas sus patotas en mi cara. ¿No ves que está pateando?>> Menos mal que Valeria no olvidó volver a usar nuestros nombres en clave. En los ensayos a la estúpida se le salió veinte veces el Silvia, hasta que me tuve que peinar como Candy Candy para que se acordara. ¡Cómo odio ese peinado! No tenemos mucho tiempo para hacerla confesar. Si nos pasamos de diez o quince minutos, o le podría dar un infarto o volverse una tumba. Otro cliché que el 99.9% de las veces resulta correcto. Aunque se estén muriendo del susto y a sus hijos no les importa un comino, las madrecitas jamás los delatan.
<<Llame a su hijo o la mato>>. Gritos de socorro nos revientan los oídos. Pero, afuera todo es normal. Leo ha hecho un excelente trabajo. Esta vieja es como mi abuela. Se dobla, pero no se rompe. Y no es para menos. Esas mujeres que tuvieron que soportar cualquier cosa de sus maridos, y encima con diez hijos encima y el mismo mole en pipián para cenar. Se merecen un monumento, no un calvario. ¡Lástima! Tendré que aguantarme las ganas de no llorar porque un estúpido hombre, que resulta ser su hijo, nos metió en un embrollo. <<Si no nos dices dónde está, vamos a empezar a jugar. ¿Quieres que te muestre mis juguetes?>> La verdad hay que reconocer que a Andrés sí le sirvió bastante ver la trilogía del Padrino como veinte veces. Hay algo en él que me asusta, pero casi nunca está de buen humor como para decírselo. <<No diré nada>>. Ja. Nos salió brava la res.

<<No estarás hablando en serio ¿Verdad, Vanilla Ice?>> Por supuesto que sí. Es Valeria y cuando está enojada es capaz de todo. ¿Qué va a hacer con ese machete? <<A ver hija de la chingada, nos vas a decir dónde está tu puto hijo narcotraficante o aquí mismo te pico el ombligo>> Cinco metros, luego dos. Sigue incólume. Un metro. Medio centímetro. La punta roza el vientre y un hilo de sangre corre por el piso. <<Ya, está bien, pinche chamaca enferma. Me doy>>.

<<¿Quién lo hará?>> El líder debe hacerlo, dar la cara y poner el ejemplo. En automático todos me voltean a ver. Pero se equivocan. Yo no escogí esto para lucirme frente a sus ojos o para parecer importante. Lo hice porque los amo, porque de nada sirve el brillo individual si al final todos salimos perdiendo. Yo daría la vida por ellos. Son mi más grande tesoro. ¿Que no ven que me estoy poniendo cursi? ¡Hagan algo! Esperen. Tienen razón. Yo debo hacerlo. Alguna vez Valeria me dijo que la mejor venganza es ser feliz. Sea, pues.

Vanilla Ice. Es hora del rap. Traenos ese disco de platino.

<<¡Mamá! Te dije que no me marcaras desde esta línea. ¿Que no te acuerdas que me andan buscando los putos azules>>. Sí. Esa es su voz. Yo nada más estuve cerca de él en la fiesta, pero según Valeria, a veces pasa que el diablo te habla como un ángel sólo para ponerte el cuerno con Dios. Ah, pues así sonaba esa maldito Simi.

<<Hola, cabroncito. ¿Me recuerdas bien, verdad? Sí. Soy yo y he vuelto, como Alf, pero no en fichas, sino en carne y hueso. Vas a callar tu sucia boca y me vas a escuchar. Tengo a tu mamá. Y la pobre se está muriendo. Vamos a hacer esto. O me pagas o me pagas. Bien sabes lo que hiciste y me vale madres por qué. Este es el trato. Vas a ir al panteón de San Pedro Mártir a la medianoche. Al fondo a la derecha te estará esperando un sepulturero. No creas que soy tan pendeja. Él cree que va a ser una exhumación por orden del Ministerio Público y está sordo, así que ni intentes explicarle nada>>.

<<Pinche Valeria, me cae que no me la creo, pinche puta lesbiana.>>

<<¡Cállete el hocico, pendejo! No he acabado. Veamos si eres Flash y al mismo tiempo Superman. En una de esas tumbas estará tu madrecita santa, y en la otra un varo por los viejos tiempos. Tómalo como un rescate de cortesía. Los dos pueden ser tuyos, pero a tu jefa se le va a acabar el aire en 30 minutos, y la lana se te puede podrir si te cae la ley, así que tú sabrás. Ya tienes las coordenadas.

<<Si le tocas un pelo a mi mamá, te juro que…>>

<<Guarda tu saliva, mugroso>> Que te va a hacer falta al rato. Ya sabes. Hoy a la medianoche. Cambio y fuera.

¡Bravo! ¡Magnífico! Pero, falta el toque final, si no, la obra estaría incompleta. Le falta el sazón a la Candy Candy:

Acuérdense de meter el dinero falso, que sobró de la bóveda del banco, en la tumba de la izquierda. La dirección de reclamo ya está lista. Viene escrita detrás de la envoltura de la paleta Payaso que me comí en la mañana. Simi no tendrá problemas en venir a buscarnos. Mañana, antes de la función, a las 6:55, Leo le marca a la policía para reportar un incendio, igualito como lo hicimos en el asalto. Ya le avisé al comerciante que puede pasar por su boleto en el teatro desde ayer. Con eso tenemos sala llena asegurada. Tenemos a todos los invitados, ya, con confirmación. ¡Que comience el show!

Kiss me, Candy Candy

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

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Intermedio

 —Tranquila, Silvia. Agáchate. Imagina que estamos en el jardín cazando caracoles —dijo Valeria.

—Los malosos salieron por todos lados. Nos pueden encontrar —murmuró Leonardo, temblando de miedo.

—No nos van a encontrar. Olvidan que tenemos el super poder invisible —dijo Andrés, orgulloso.

—Quiero irme a mi casa —pensó Silvia, aterrada. Había dejado sus muñecas en la Ciudad. Nadie estaba ahí para atenderlas.

Los cuatro niños escondidos en un ovillo del jardín del hotel se mecían los cabellos. Contaban las detonaciones que parecían emerger de un volcán en furia. Se escuchaban, a lo lejos, algunas sirenas y aspas de helicópteros, pero también parecían aterradas con la tolvanera y se quedaban a prudente distancia para no quedar atrapados en medio del infierno.

Andrés, quien era el más influenciado por las películas hollywoodenses, donde siempre gana el “bueno”, ideaba un plan en su cabeza. Primero, se encontraría con un arma abandonada a su suerte de algún maloso, y con ella comenzaría a abrirse paso entre la maleza, cubriendo la espalda de sus amigos. Había visto Rambo quinientas veces y, en todas, salía saltando de la cama sin ningún rasguño.

Leonardo tenía la convicción que estaba viviendo una pesadilla. De un momento a otro, despertaría en su cama, alejado del peligro y más mojado que nunca. Todavía mojaba las sábanas sin control, cuando sus nervios le jugaban una mala pasada. En su mente, le parecía adecuado actuar como un referí de boxeo. Los policías ahorrarían tiempo y no tendrían que estar cazando, un por uno, a todos los gatilleros. Él sólo sería suficiente para pacificar a todos con unas cuantas palabras ¡Ya no se peleen! ¡Los voy a acusar con mi papá!

Silvia y Valeria permanecían abrazadas. Una a la otra se tapaban los oídos, la boca. Ambas creían en fantasmas desde que una vez, en la escuela, se habían quedado a jugar dentro del salón en lo que las recogían. Ya era tarde. No se escuchaba a ninguna maestra o encargada de limpieza, cuando tres o cuatro pelotas de los casilleros comenzaron a botar. Chocaban contra el suelo como granizo. Una y otra vez. Valeria, que se jactaba de ser valiente, abrió de un jalón el primer casillero. Adentro no había nada. Silvia gritó como nunca. Su amiga trató de llevársela a rastras. La tranquilizó acariciándole el cabello. Ella no pudo gritar. Su abuela le había dicho que si lo hacía, quedaría muda para siempre.

—Parece que ya acabó. Gracias a Dios —dijo Leonardo.

—Hay que regresar. Nuestros papás deben de estar preocupados —dijo Silvia.

—Ajá, con lo mucho que te quieren, deben de estar llamando a Locatel —dijo Valeria en tono de burla. Siempre lo hacía en los momentos más incómodos.

—¡Miren! ¿Qué es esa cosa negra que se está moviendo por esas macetas? —dijo Andrés. Los tres amigos lo siguieron en automático.

Más parecido a un tejón, aquel bulto comenzó a roer las hojas. Las cercenaba sin piedad. Solo gruñía y levantaba un poco de polvo. Junto a la barda perimetral del hotel, se escuchaba el sonido de un taladro que picaba la pared con persistencia. La sombra se acercaba cada vez más hacia ese punto. Primero, despacio, en puntitas.Después, trotando. Luego, apuntando. Sí. Apuntando la cabeza de Leonardo.

—¡Pinches chamacos! ¡No se muevan o le vuelo la cabeza a su amigo! Se van a quedar bien calladitos, eh. No vayan a cagarla —dijo el tejón convertido en un gatillero en fuga.

—No nos vaya a matar, señor. Le prometemos que no diremos nada —dijo Silvia, aterrada. Quiso gritar de nuevo, pero la mano de Valeria nuevamente se posó sobre su boca.

—Suave, señor. Suave. ¡Por favor! Déjenos ir. De veras que no queríamos molestarlo —dijo Andrés.

—Ahora la beben o la derraman. Aquí, mi compa Heriberto está haciendo un hueco por esta pared para pelarnos de acá. Ahora se chingan. Cuando termine, los dejamos ir.

—Es usted uno de esos malosos que estaba en en ese lugar para adultos, ¿cierto? —dijo Valeria, envalentonada.

—Mira que chamaca tan inteligente. Así es, chula. Pa que te cuento que nos querían dar piso allá, pero no pudieron conmigo y con mi fierrito me chingué gratis como a 5 o 6 . ¿Cómo la ves?

Leonardo se había desmayado. Ya no es escuchaban tiros. La noche se había quedado callada. Demasiada sangre había ido a parar hasta el mar. Las palmeras apenas se sacudían. El tiempo se hacía eterno. Por un momento, Andrés pensó en aventarse contra el tejón para quitarle el arma. Aquel acto heroico cruzó por su cabeza como si al nacer hubiera quedado como una misión ineludible. Pero, en el mundo real, las cosas son más crudas que en las películas. El matón sangraba de un costado y se le alcanzaba un ver trozos de piel desgarrada. Aquello le dio asco.

—Vientos, Heriberto. Ya casi la armas. Acuérdate que de acá nos largamos recio hasta Tijuana. Ni una sola parada. No vaya a ser que esos pendejos nos quieran dar el madruguete por acá.

—¡Alto ahí, culero! ¡Suelta a ese morro! ¡Hasta acá llegó tu suerte, Manolito!

Diez uniformados con armas de alto calibre rodearon al personaje. Uno de ellos rodeó con una manta a Sivia, que sudaba frío. Andrés se quedó maravillado con aquellos hombres que parecían vestidos como Robocop. Hasta trató de imitar a uno de ellos, poniéndose pecho tierra apuntando al prófugo con una varita del suelo.

—¡No mame, comandante! Mire todo lo que tuve que hacer para salir vivo de ese pinche tugurio, para quedar con los calzones abajo. ¡No es justo!

—Gajes del oficio, Manolito. A ver, ¿dónde está el lobito? Porque no me vayas a decir con la mamada de que se fue a la luna. ¿Quién lo tiene? ¿El Chapo? ¿El güero?

—¿Y cómo carajos voy a saber? Si de un momento a otro nos llovieron los pinches balazos y eran tantos que hasta casi me quedo ciego. ¡Ya no hay derecho! Yo no vi nada. Me pelé de ahí como pude.

—¡Hazte pendejo, Manolito! Ahora me vas a venir a querer ver la cara. No me jodas. Ese pinche lobito no quedó muerto allá adentro. Seguro el cabrón agarró madriguera y anda buscando túnel hasta Tijuana.

—De mi patrón no lo dudaría. A lo mejor el wey se ve ahí todo chirgo, pero es abusado el cabrón. Sus hermanos a veces lo subestiman.

—Bueno, ya luego sabremos qué carajos pasó. ¡Orale, mi buen! Échate ya al piso.

Manolito, el tejón o sombra que se arrastra se negó. Apretó más el cuello de Leonardo y con sus piernas sostuvo con fiero celo un maletín con piel lujosa. Su compañero, al otro lado de la barda, ya había huído desde que escuchó el sonido de las botas policiales. Estaba solo, pero había algo en su interior que lo mantenía con toda la confianza de un guerrero del norte. Firme hasta el final. Tenía la convicción de que ningún policía o militar podían ablandarlo. Su misión de proteger a uno de los miembros más importantes del Cártel de Tijuana, lo galvanizaba contra cualquier amenaza. Era como un escudo antibalas.

—Pinche, Manolito. No vayas a cometer ninguna pendejada. Es mejor que te vengas con nosotros. No hay bronca. Ahí te damos protección y nos llenas de datos pa que los gringos no se nos hagan pipí fuera de la bacinica. Te conviene, wey.

—Ni madres, puto.

—Ya me estás empezando a desesperar. Suelta a ese pinche niño y pon las manos en alto.

—Suelte a mi amigo. Él no tiene la culpa de que usted sea un maloso de lo peor. Métase con uno de su tamaño —dijo Valeria con el poder de mil diosas, colocándose entre el tejón y el comandante. En medio del caos, se pueden ver las rocas caer.

—¿Qué haces niña? ¡Sal de ahí! —dijo el comandante.

—Señor. ¿Qué espera? Le dije que suelte a mi amigo.

—¡Vaya! Miren qué tenemos aquí. Una tigresa que echa lumbre. Fíjese comandante, que no nos caería mal una niñita como esta. Tiene más huevos que todos los vatos de Baja California juntos.

—Ríndete, cabrón.

—Le ofrezco un trato, comandante. Me deja ir y como regalo me llevo a esta morra, o le digo las coordenadas del lobito, pero también me chingo al chamaco de un plomazo. ¿Qué le parece?

—Estás loco, pinche Manolito.

—Voy a contar hasta diez. Corre tiempo. Uno, dos, tres…

—Está bien. Tú ganas. Dime dónde está el lobito.

—Leo, no —gritaron los tres niños, llorando.

El tejón sonrió como cuando disparó contra su primer víctima y pateó el portafolio hacia donde estaba el comandante. El sicario le guiñó un ojo y le dijo con los labios la palabra “mapa”. Ahí, en tan solo dos segundos de distracción, fintó a Manolito como si fuese a bajar su arma, y uno de los sargentos, que estaba trepado en una de las palmeras, viéndolo todo desde arriba, le disparó al maloso a la cabeza. Leonardo se liberó al instante. Sus tres amigos corrieron a abrazarlo. Seguían temblando de miedo. Adentro del maletín no había nada. Sicario o policía. Ninguno de los dos deja nada al azar.

—¿Cómo logró engañarlo, señor? —preguntó Andrés, con los ojos bien abiertos y abrazando a su nuevo héroe.

—Lo supe todo cuando miró hacia abajo. No se iba a atrever. Acuérdate muy bien, hijo. Mira siempre de frente, como miran los hombres. A esos nunca se les moja ni un pelo en tiempo de lluvias.

Cuatro amigos y la paz

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Capítulo 6

Pasaron unos siete años para que Valeria me perdonara por no haberla ayudado en su aborto de emergencia. Pero, ella también tuvo un poco de culpa en el asunto. Nunca me dijo nada. Se lo tragó todo. Entiendo que era mucha la vergüenza y la crisis del momento, supongo yo, la petrificó. No obstante, no confiar en tu mejor amiga, cuando se supone está ahí de manera incondicional, me causó algo de decepción. Ella dice que lo decidió de último minuto porque no soportaba la idea de mirarse al espejo como alguien indigna frente a su pareja. Bueno, eso es mucho decir, porque ella era muy enamoradiza y tuvo varias novias. Lo que quiero decir es que tenía un pavor a que una vez dando a luz, su amor propio y sexual quedaran sepultados para siempre. Para una lesbiana quedar preñada por un hombre, nunca es cosa fácil.

No estuve ahí porque mi papá siempre estaba empeñado en mantenerme ocupada en tiempos de vacaciones. Nada de ocio, pura acción. Que un campamento por acá, que un curso de inglés por allá, que un club de la ONU por acullá. A los 15 no eres dueña de tu vida, ni siquiera para elegir tus zapatos. Haces lo que te mandan. No tienes voz propia. Encima, agreguen que tu papá es un general retirado del ejército; antiaborto, antirockero, antiespiritual, antigay y antipático. Nunca me lo dijo de frente, pero siempre quiso alejarme de Valeria. No soportaba su insubordinación, su rebeldía con la vida. Para él eso era peor que levantarse a las cinco de la mañana para combatir narcos o guerrilleros en Oaxaca.

Cabe decir que el “afortunado” general, o sea mi padre, armó una fortuna de la noche a la mañana. Cuando estaba en la primaria la situación estaba dentro del parámetro normal. Departamento de medio pelo en la Portales, dos vochos en la cochera, chicharrón con salsa verde para desayunar, misa en domingo y escuela pública. Pero, después de lo que pasó en Puerto Vallarta, la cosa comenzó a cambiar. De a poco comenzaba traer regalos a la casa, y de su cartera siempre sacaba puros billetes nuevos de 500 pesos. Al salir de sexto, nos mudamos a San Jerónimo a una casa de tres pisos con jardín. Mi mamá dejó de ir al salón de belleza en Iztapalapa para hacerse el pedicure con las ricachonas de San Ángel. Mi hermano se fue a estudiar a Estados Unidos. De pronto, ya éramos de otra clase social, como si eso fuera una especie de virtud. A mí me fastidiaba un poco.

Valeria nunca me negó nada. Ni andaba conmigo por interés como todos los demás del salón. Le daba igual si yo tenía un peso o doscientos. Nunca mencionó nada de los choferes que me llevaban a cualquier lado, ni se fijaba en mis zapatos nuevos. Se quedaba conmigo al acabar el taller de barro a lavar los cacharros. Luego, salíamos a la esquina por una hamburguesa y nos íbamos al parque. Había días en los que ni siquiera hablábamos. Nuestros pasos contra el concreto eran los que llevaban el ritmo de la conversación, y las hojas cayendo en otoño les respondían.

Recuerdo muy bien una noche, después de mi última clase en la facultad, en la que fuimos juntas a una función de magia. No me acuerdo bien quién me había conseguido los boletos, quizá, fue una especie de casualidad inesperada que no se toma en cuenta en el momento, y después perdura para toda la vida. El mago se llamaba Mr. Roboto. En vez de sacar conejos de su sombrero, sacaba fajos de billetes. El público ingenuo pensaba que era dinero de verdad y se peleaban como perros por un miserable ejemplar. También lograba que dos monos se besaran y caminaba sobre el agua. El truco que más me gustaba era el del enterrador. Igualito que Houdini, se metía en un ataúd y ordenaba a sus ayudantes que lo echaran a una zanja que, de inmediato, la llenaban de tierra. Así pasaban cinco minutos, luego diez, luego veinte. El público comenzaba a asustarse. ¡Pobrecito, ha de estar muerto! De repente, el tipo salía de la nada por una de las puertas laterales del escenario. Era un maestro del engaño.

Nos metimos a su camerino al finalizar la función. Parecíamos dos colegialas en un concierto de los Back Street Boys. Le pedimos un autógrafo y nos tomamos unas fotos con él. Hablamos de poco y nada. Venía de una familia de cirqueros en línea contínua desde el siglo XIX. Era vegetariano y odiaba a George Bush padre. Eso lo deduje porque era mitad mexicano, mitad iraquí. Había viajado por el mundo casi en la miseria. Se iba de incógnito en barcos pesqueros y se quedaba por temporadas trabajando en los campos o en las minas. De un momento a otro surgió el tema de por qué un mago nunca revela sus trucos. Valeria dijo que porque era de mala suerte, yo porque es más fácil vivir engañada esperando la verdad que morir en la mentira. Él no dijo nada. Bebió su café y comenzó a empacar sus cosas.

—¿De verdad no nos piensa decir el truco? ¡Ándele! No sea malito —dijo Valeria.

—Síganme —respondió el mago.

Estábamos frente al ataúd. Era negro y tenía las esquinas chapadas en oro. Parecía como uno de esos autos elegantes que son capaces de llevarte hasta el espacio. Puro lujo. Las manos de él estaban agrietadas. Llenas de surcos. Una vida de historias, también de hambre. Se asomó a la zanja y echó unas flores. Una lágrima se salió de un ojo. Se puso a orar en silencio. Luego nos miró a los ojos y nos dijo. —Antes de que mi padre muriera me repitió las mismas palabras de Alejandro Magno. “Me vas a enterrar con una mano adelante y otra atrás”. Te dejo mis ojos y mis recuerdos. Cuídalos bien. Valen una fortuna”. Eso fue todo. Se fue como cuando se le acaba el agua a un pozo. Y desde entonces no he parado. Por un momento siempre fui celoso de mis trucos. Nunca dejé que nadie interfiriera con ellos. Era como un Santo Grial. Prometí hasta el último abrazo de mi padre que cambiaría mi suerte y me haría rico. Para honrarlo Porque creí que eso era la felicidad. Nada más errado. Entre más éxito tenían mis actos, menos dinero me llegaba. Y así comprendí que venimos a esta vida a hacer reír a los demás. Es un tesoro que nunca se agota. Ustedes se tomaron la molestia de venir hasta acá a felicitarme, así sin más. Se sintió muy bien. Saben, hasta ahora, después de un largo tiempo, nadie me había vuelto a preguntar por mis trucos. Eso quiero regalarles hoy. En honor a mi padre quiero decirles cómo funciona El Enterrador. Seguro le divertiría estar aquí con nosotros.

Era más simple de lo que creí. Los ayudantes tapaban al mago con una capa después de que éste se metía al ataúd. Adentro había un resorte que se conectaba a un túnel que conectaba a la zanja con la parte lateral del escenario. El mago lo único que tenía que hacer, estando ya enterrado, era rebotar y salir arrastrándose hacia la salida. Lleno de tierra, dos de sus edecanes lo limpiaban y le daban un cambio de ropa. Así. Elemental. Un astuto topo nocturno. Nos despedimos de él casi como a las cuatro de la mañana. La noche se nos había hecho eterna. A la semana de aquello, mi papá tuvo una embolia y lo tuvimos que llevar al hospital.

Valeria estuvo conmigo todo el tiempo apoyándome. Fue maravilloso. Me acompañaba cuando salía a comprar medicamentos, cuando tenía que bañar al general, cuando le decía a mi mamá que podía llorar si quería. Por desgracia, no todo fue miel sobre hojuelas. Después de un mes internado, mi papá regresó a casa, pero la tormenta comenzó. Mis dos hermanos mayores aprovecharon nuestra ausencia para llevarse algunas herramientas y muebles de la sala. Los vendieron dizque para pagar una tarjeta de crédito.

Al principio fueron precavidos a la hora de ir saqueando las cosas de mi papá, pero después a los descarados ya no les temblaba el pulso para encajar el diente. Aprovechando que mi papá estaba bastante tocado, tramitaron un poder legal que les dio el acceso a las cuentas bancarias y a los inmuebles registrados a su nombre. Hacían y deshacían como querían. Mi mamá horrorizada se metió a una lógica incomprensible del síndrome de Estocolmo. —Ay, no juzgues a tus hermanos, hija. Ellos cuidan de nosotras y de tu papá—. Nada más falso. Eran unos rufianes sin remedio. La gota que derramó el vaso fue cuando hipotecaron la casa para usar el dinero en una apuesta “arreglada”. Los estafaron y encima nosotras teníamos que pagar los platos rotos. Nuestra discusión llegó hasta oídos del general, que escuchaba desde su habitación, y ahí quedó todo. Murió al instante de un infarto.

Los días posteriores fueron insoportables. Tuve que encargarme de los trámites y fungí como paño de lágrimas para mi mamá. No había testamento, así que estábamos en completo estado de indefensión. Si yo no actuaba a tiempo, mis horrorosos hermanos eran capaces de dejarme a mí y a mi mamá en la calle. Pero no encontraba forma. Cualquier cosa que intentara, ellos lo interpretarían como una traición u ofensa, lo que les daría armas para demandarme. Estaba platicando de todo esto con Valeria, cuando surgió la palabra “mágica”. —Y si hacemos un “enterrador”. Al instante, no capté lo que me quiso decir, hasta que el fino bigote del mago me devolvió la sonrisa al rostro. Era tan guapo como mi papá. —Pero, ¿cómo haremos? —dije. —Si tus putos hermanos quieren guerra, guerra tendrán. Los haremos caer en su propia trampa, aunque nos ensuciemos las manos —contestó Valeria.

El entierro estaba programado para el mediodía. Cientos de familiares se aproximaron a la Ciudad desde Matamoros, desde Sinaloa. Mi papá tuvo amigos por todos lados. Un escenario de una despedida digna. La trampa dio comienzo con un documento. Tomé la mano muerta del general y firmé un ejemplar falso de un testamento. El notario no interpuso ni pío. Era tan amigo del general que era capaz de hacer cualquier cosa desviada. Lo puse sobre la mesa de la cocina. Al otro día mis hermanos lloraron de felicidad. Todo era para ellos. Ni yo, ni mi mamá aparecíamos. Lo firmaron de inmediato. Luego, en la agencia funeraria mandé que se colocaran dos ataúdes. Uno para el general, y el otro para su escopeta a la que quería mucho. La llamaba; “mi segunda esposa”.

Unos mariachis comenzaron a tocar el rey. Una valla de uniformados verdes colocó una bandera mexicana en el ataúd donde reposaba mi padre. La lloradera era hasta ridícula. Gente que yo nunca había visto en la vida queriéndose aventar a la zanja para acompañar al general. Mis hermanos también eran un mar de zozobra. Discursos de guerra. Bendición de un sacerdote ex guerrillero. Cañonazos al cielo. Di la orden de bajar ambas cajas. La despedida. Poco a poco la gente se fue retirando. Mis hermanos me guiñaron el ojo, y encima sonriendo. Eran abominables. Comienza la función. Volvimos por la noche. LOS DE SIEMPRE. Leonardo, Andrés, Valeria y Silvia. Los incondicionales. La tumba estaba en una de las orillas del panteón. Fue más sencillo de lo que pensé. Al otro lado de la barda había un callejón sin luz. Ahí me estaban esperando mis enterradores con el cuerpo de mi papá, rebotado por el truco del ataúd. La escopeta se quedó en el otro, como siendo testigo silencioso de mi crimen. Que no era tal, sino justicia divina.

El segundo entierro fue más majestuoso. Sublime. Sin gente rara. En silencio. En paz. Honesto. El general así lo hubiera querido, aunque no tuviera tanta estima a Valeria. Siempre que nos veía nos decía: “Amistades largas y cuentas claras”. Le daba gusto que yo tuviera esa clase de amigos. Él, que nunca pudo darse ese privilegio, lo lamentó toda su vida. Les dimos a los enterradores una botella de whisky. Y todos tomamos juntos hasta el amanecer. Adiós papá. Te amo. No importa que hayas sido un rufián conmigo. Me enseñaste a luchar para defenderme hasta de mi misma. Aún no se acababa el espectáculo. Tercer acto. Llamada anónima a la policía. Unos delincuentes, que se hacen llamar mis hermanos, se apoderaron de unos candelabros de oro. Los fueron a buscar uno por uno. —No son suyos, joven. Esos bienes le corresponden a la Biblioteca de la Ciudad. —Pero, ¿cómo es posible? —dijo mi hermano menor. Mi papá nos dejó todo. —Se equivoca. Además se le acusa de fraude, cohecho y lavado de dinero. Ya súbase a la patrulla.

Por supuesto, mis hermanos no se quedaron de brazos cruzados. Mandaron, desde el reclusorio, a unos de sus pelafustanes a profanar la tumba de mi papá. ¡Sorpresa! No había cuerpo, obvio. Sólo una escopeta y una nota: ¿De verdad creían que aquello que firmaron era el testamento definitivo? Montaron en cólera. Nunca más los volví a ver. Uno se intentó fugar por un túnel y se quedó sin aire a medio camino. A otro lo trasladaron a Puente Grande. Eso es el problema con los novatos. Piensan que ser un criminal es muy sencillo. Todo lo contrario. Es regalado. Hay que ser buena persona. Nada más. Como yo. Como la Banda Universal integrada por Zorro 2, Líder, Candy Candy y Vanilla Ice.

Adiós, querido viejo.

Con el Jesús en la boca (ficción)

Roadside motel neon sign in Oregon

Sostiene el rosario con la mano izquierda. Murmura una plegaria que le enseñaron de niño. Hasta ahora no había tenido dudas de su fe. Lo que siempre había sabido es que Dios castiga a los impíos y premia a los justos. Esta vez no puede ser diferente. Su enemigo se desangra en la cama.

Lo ha sorprendido cuando se bañaba. Estuvo dos semanas tomándole el pulso. Cinco minutos. Agua ni muy caliente ni muy fría. Primero unos segundos para toquetearse el cuerpo, luego un mini concierto a capela de Bon Jovi. Justo cuando se estiraba para alcanzar el champú le ha tirado a la rodilla. Dicen que ahí duele muy cabrón. Había que bajarle los humos. Ni que fuera Terminator.

<<Hijo de puta>> ha gritado el Mr. Universo herido. Se oyen ruidos en las habitaciones contiguas. Las parejas han tenido que suspender el coito para salvar la vida. El vengador se quita el pasamontañas. No se esconde. Quiere que su verdugo sepa quién lo va a despedir de este mundo. Segundos de silencio. Tal vez incluso hasta de complicidad. Hay un pequeño momento entre asesino y asesinado donde se paga con un beso a la muerte. Los dos aceptan las reglas del juego. Hasta podría decirse que se trata de un matrimonio sagrado.

<<No te toques, quédate así. Sin camisa>> La experiencia en estos casos dice que no se puede despegar la mirada. Puede que haya un machete escondido en las sábanas o una ametralladora en el cajón del buró. Antes de asestar el tiro de gracia es preciso saber una cosa. Es una obsesión que no deja dormir por las noches. Tiene que haber algún motivo por el cual uno pierde la cabeza y decide saltarse las reglas.

<<¿Por qué la mataste? ¿Por qué carajos tenías que ser tan mierda?>> Suenan las sirenas. Se oyen como a 4 o 5 cuadras. El motor del auto está prendido. Si sale por la salida trasera del motel estará en el aeropuerto en 20 minutos. La impaciencia lo está matando. Pensar que se encuentra en la misma habitación donde ella sufrió su calvario. Es una tortura innecesaria. Bang. Suena otro balazo. Justo en las partes bajas. Por escasos segundos que le quedan de vida su enemigo quedará estéril. Pero la duda sigue flotando en el ambiente. ¿Cuánto más resistirá la ignominia?

<<Porque juró ante Dios que me engañó contigo. La punzada le atraviesa el corazón. Lo que había comenzado con un inocente escarceo devino en una aventura suicida. Si fue por los mensajes en el teléfono o los recados escondidos en los libros, ya de poco importa saber dónde se descuidaron. “No ambicionarás a la mujer de tu prójimo”. El vengador recuerda cuando el padre Ramírez le recordó ese mandamiento en su primera comunión. Qué lejanos días de verano.

Bang. El balazo final en la sien. Se sienta en el filo de la cama. En ese mismo lecho donde disfrutó los placeres culposos de la dicha. Comienza con el primer misterio. Calcula que cuando llegue la policía habrá empezado con el segundo. No importa nada. Podrá pasar cien o mil años en la cárcel. Le ha salido el tiro por la culata. Por dentro estará preso para toda la eternidad.