Los jitomates van a llegar mallugados (ficción)

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Primero se le vino a la mente invitar a su jefe para mandarlo, sin escalas, derechito a chingar a su madre. Luego, volverse narcotraficante para transporte de cocaína en cubitos de Knorr Suiza. De plano, descartó ambas opciones. El jefe, adicto a los tacos de carnitas, sufría de diarreas tan severas que no llegaba al baño más cercano, ni montado en el JetStar 1968 de Luismi. Con la droga el asunto es más complicado. El Knorr Suiza tiene más químicos que George Harrison en un día de juerga y solo lo compran los que no saben cocinar. No es negocio.

N salió a toda prisa de su casa para encontrarse con su hermano. No le encantaba mucho la idea, pues, de Paseo de las Palmas a Tecamachalco tardaba menos de 5 minutos en llegar con su Chevy Joy; lo que para él ya representaba una proeza mayor a la de Filípides en Maratón. En su mente se dibujaron toda clase de espectáculos que montaría para divertirse durante las rutas más largas. Haría declamar poesía a un enano que, al mismo tiempo, enfrentase a KeMonito. Jugaría golf de prendas. Apostaría el dinero de la nómina en la ruleta durante una turbulencia.

—No te vas a creer lo que me pasó —dijo N eufórico.

—Ni idea. Será que ya dejaron de vender cerebros, al lado de las baterías, en el WalMart

—respondió Z, el hermano sarcástico de N.

—¡Me gané el avión presidencial!

—¿Incluye portavasos en el tablero?

—Eso y más. Hasta tiene una enorme sala de juntas para declararle la guerra a Kazajistán.

Mientras N describía con lujo de detalle las prestaciones de su nuevo juguete, Z recordó aquella vez en que jugaron Stop con las vecinas del edificio donde vivieron en la infancia. En vez de calcular los pasos para pisarle los pies al rival, se tenía que dar un beso trompudo. El que más fuerte tronaba, ganaba la mesada de los domingos. Durante la sexta partida, Mónica de Rusia estaba más lejos e imposible que una nevada en primavera. Yolanda de Senegal se moría del susto debajo del aro de basquetbol. Z de Japón estaba a tiro de piedra. N de Costa Rica no lo dudó. Dio tres pasos descomunales hasta África y ¡zaz! El perro Cucho apareció dando brincos

en el aire, con tremendos lengüetazos, al oír el chiflido de Z, justo antes de que ambas bocas humanas se encontrasen. N nunca se lo perdonó.

—¿Y qué vas a hacer ahora con todo esto? —preguntó Z.

—Bueno, primero lo voy a aspirar, cambiar los asientos, ponerle un aromatizante — respondió N.

—Hablo en serio, wey.

—No pos, viajar, ¿qué no?

—Hace rato que mi mamá pregunta por ti. ¿Por qué no la pasas a visitar en estos días?

—Ay, no manches. Está hasta Querétaro.

—Para eso está el pinche avión.

—Sí, pero luego me va a aventar su letanía de por qué no le di nietos, que esto, que lo

otro.

—Una escapada que podrías hacer hasta en triciclo y ni eso sabes hacer bien. Ya ni la

chingas con tus pretextos. Mira, ya déjalo así.

—Equis, mano. ¿Y qué pedo? ¿Si te vas a apuntar a Las Vegas para ver una pelea en vivo o se te abre?

—Me saliste más cabrón que bonito —dijo Z, resignado.

Al instante, N telefoneó a R. Su ex, de la que nunca se divorció. Se conocieron en un medio maratón. En el kilómetro 18, a R le dio un calambre que la tumbó al suelo. N, que nunca tuvo problemas de potasio porque se acostumbró a robar, cada vez que la ocasión lo ameritaba, los plátanos de la casa de su abuela, hizo un alto en el camino para ayudarla. De hecho, por las altas temperaturas, R se empezó a sentir mareada y vomitó en la cara de N. Para él, que nunca se había jugado la vida por los jugos gástricos de nadie, le pareció lo más tierno del universo.

—¿No lo vas a vender? —preguntó R, desorientada?

—¿Y quién me lo va a comprar? Si ahorita en todo el mundo hay una recesión que no alcanza ni para comprar cacahuates a plazos. No señor. Ahora es el momento de capitalizar mi activo y explotarlo hasta que me canse de él —respondió N con firmeza.

—¿Acaso no has pensado en los gastos de mantenimiento?

—No hay pedo. Para eso me busco a unos asesores financieros, bien macizos, que le sepan sacar una buena tajada cuando no lo esté usando.

—¿Y dónde lo vas a guardar? Porque no es como un vocho, que cabe en cualquier cochera de vecino.

—Ya sé. Tu prima esa. La que vive ahí por Toluca con todos esos terrenotes baldíos que están sin usar. Ahí hay espacio de sobra hasta tus cachivaches que no usas y están oxidados en la bodega.

—¡Qué considerado eres! No es mala idea. Oye, ¿sabes cuál es el vuelo más corto del mundo?

—Ni idea.

—Colonia/Buenos Aires. Trece minutos. No duró. La compañía área que cubría esa ruta tronó a los pocos años.

—Bueno, pero… ¿eso qué tiene que ver con lo que acabo de decir?

—Que tú, en doce, desmadraste un matrimonio y eso es más de lo que yo me tardé llevando esa caminadora de mierda e inservible, que me regalaste después del embarazo, hasta la bodega. ¡Ahuecando el ala, culero!

N apretó la mandíbula, pero prefirió irse en silencio antes de perder los estribos. Estaba amargado, pero eso no le quitó de la cabeza su plan maestro. Regocijarse con su egoísmo mientras los demás batallasen en la fila del Metrobús. Decidió no llamar a sus pocos amigos riquillos. En los aviones no se sirve buena comida. Siempre ofrecen lo mismo. Pollo o pasta. Ni siquiera el vino es bueno. Sabe a jugo Boing de uva en cartón. Esos tipos tenían el paladar más fino que la reina de Inglaterra. ¿Y si se burlaban de él igual que su hermano y su ex?

Por fin. Llegó al hangar presidencial a mediodía. Ya lo esperaba la comitiva para la entrega de la nave. Era el día más feliz en la vida de N. Al menos así lo creyó hasta antes de que le dieran las llaves del motor.

—¡Muchas felicidades, señor! El día de hoy estamos aquí reunidos para hacer entrega solemne de la magna rifa organizada por…

—¿Me deja usted tocar la llave? —preguntó N, desesperado como niño en juguetería.

—Sí, pero antes debo externar el enorme agradecimiento por quitarnos este gran peso de encima y para conmemorar la gesta heroica de los Niños Héroes y…

—Claro y Juan Escutia voló por los aires con la bandera, bla, bla, bla. ¡Ya dígame! Si me estrello contra un águila, ¿el avión está asegurado? ¿Tengo que pagar deducible?

—Sí, eso está garantizado. ¿Por qué tanta prisa, señor N?

—Pos, ¿por qué cree? ¿Acaso nunca le ha pasado, cuando viene del super, que los jitomates llegan medio mallugados? Si no los meto al refri, se me van a echar a perder.

—¿Puedo hacerle una pregunta?

—Claro.

—¿A dónde piensa usted hacer su primer viaje?

—Tengo muchas cosas en mente. Ya sabe. Unas compritas por aquí. Una visita a la playa por allá. Un congreso en la ONU por acullá.

—O sea que usted no tiene ni idea.

—Yo no lo pondría en esos términos.

—Lo siento. No podemos darle este avión.

—Pero, ¿cómo fregados no? Si yo compré el boleto a toda ley y resultó ganador. Me tienen que respetar mi premio.

—No es por echarle la sal, pero, fíjese usted lo que ha pasado desde el inicio. No me ha dejado terminar el discurso, no se sabe las mínimas reglas de tráfico aéreo, baila de un lado a otro como si le anduviera de la pipí y encima me pregunta con una pinche águila incluida en la lista del libro de siniestros. Usted es un desastre.

—Ni modo que le preguntara por los resultados de la Selección. Es un vehículo, como cualquiera.

—Imposible darle este avión si usted no sabe un destino fijo para avisarle a la torre de control. Si no se le ocurre nada en pleno vuelo, va a dar miles de vueltas como pendejo hasta que se quede sin gasolina. Adiós nave, adiós señor N. Si me entiende, ¿o no? Ponga en orden su vida y ya después nos llama y vemos, si se lo mantenemos en resguardo, o de plano lo encuentra desvalijado en la Lagunilla.

N se retiró en silencio del hangar. Se quiso regresar en metro, pero una marcha de Antorchistas se lo impidió. Tuvo que regresar a pie. Con su caja de jitomates sobre la cabeza. Descubrió, en efecto, que se habían mallugado tanto, que no servían ni para puré.

Los reyes magos no son los papás (ficción)

Nunca supe quién cambió el frasco de mermelada por una montaña de clavos. Por la mañana, afuera del garage, había montones de llantas ponchadas que pertenecieron a triciclos que jamás pudieron ganar el Tour de Francia.

Tuve una infancia regular. En los días de fiesta nunca me regalaban nada, y cuando volvía a casa con cuatro materias reprobadas me daban una vuelta en globo aerostático. Mi única era ilusión era vivir mi primer beso con Daniela, pero nunca leyó mis cartas y terminé tocando la guitarra en un barco lleno de gitanos.

Crecí hasta que ya no pude sortear el marco de las puertas. Casi choco con Saturno. Sus anillos me hubieran embarrado la boca del hule que quedó de mi pelota de baloncesto; abandonada en algún desván del cielo. A los quince llegué a la punta del Everest montado en patines. El Yeti me quiso poner el pie. Yo no me dejé y decidí cedérselos cuando ya estaba cerca de la meta. Al idiota no le entraban porque calzo del cuatro y medio.

En un temblor se me rompió el Walkman de mi abuelo. Me dejó un casete de Roxette dentro. Yo prefería escuchar a la Santanera. Nos quedábamos horas discutiendo en la sala, a la luz de la luna, sobre cómo perderle miedo al reloj. No le gustaba pensar en su muerte. El sólo hecho de no saberse independiente para ir al baño o comer lo aterraba. Tenía muchas deudas y pocos ánimos para jugar dominó con el Diablo. Por eso se hizo cantante Pop. Para chuparle el alma a los jóvenes mientras se hacía rico, vendiendo droga entre sus compañeros del asilo.

Al fin. Después de tantas décadas de sequía, desperté y noté que mi zapato ya no estaba junto al Árbol del Navidad. Debió llevárselo Baltazar a un rodeo o para el maratón de Nueva York. En su lugar, una caja grandota envuelta con papel celofán. ¿El regalo? Un recibo de la compañía de teléfonos con la siguiente leyenda:

El número al que usted ha llamado no existe, intente enviar oficio a una monarquía constitucional, las de corte absolutista pierden todas las cartas de solicitud de juguetes en las oficinas del Lic. Jesús.

Insomnio (en fast motion)

La gloria de los encantados consiste en desayunar un batido de aurora boreal a media noche. Se pintan la cara color queso y salen a la calle a esconder los sueños que se han robado del Banco de Escritores Deprimidos por Asuntos Varios (la calvicie, escasez de mota, Tomy y Daly no firman el divorcio, la subida del kilo de tortillas, etcétera).

Anoché me topé con uno de ellos. Estaba bebiendo tranquilo en un bar irlandés, cuando vi entrar por la puerta a una versión despeinada de Bono con cara de oxímoron. Se sentó a la barra y pidió una cerveza Corona. Supuse que tomar Guinness iba en contra de sus principios religiosos. Se iba a casar doce horas después en la iglesia del Centro. Tenía dudas. GRANDES DUDAS. — Si me divorcio, ¿me regresan los tickets de estacionamiento para deducir la depresión? — dijo estupefacto.

Mi primo también es sonámbulo. Toca el saxofón en un cuarteto de cigarras. El club de jazz no tiene dinero para pagarles, pero al menos les dejan las orillas de pizza que la gente no se comió en el intermedio. Ellos no se sienten para nada agraviados. Lo reciben con gusto. A ellos les importa más la camaradería. Ni siquiera les interesa firmar un contrato con alguna disquera. Sucede que los responsables de manejar su carrera son grillos que no creen en la apropiación de la plusvalía de medios de producción. De noche todos los gatos son pardos. No toman en cuenta que un funeral sin música es peor que una vida con remordimientos. Nadie debería pagar por ella.

Los juguetes no se quedan atrás. No se la pasan de ñoños como los de Toy Story. En la vida real son unos verdaderos hijos de la chingada. Apuestan, fuman, beben, lavan dinero, traicionan. No es que eso sea malo. ¿A quién no le caen bien unos dolaritos recién salidos de la secadora? Hasta con Suavitel se sienten como si los hubiera bendecido Carlos Slim a plazo fijo. El problema es que no tienen llenadera. Su ambición no tiene límites. La policía está cansada de trabajar horas extra por cubrir sus fechorías. Lo mejor que puede pasar es que se declare la ley seca. Ni una sola sonrisa de un niño hasta que se gradúe de la universidad. A ver si así entienden a respetar el gallinero mientras el presidente juega al golf en la Luna.

Hoy me quedé dormido en la alfombra del baño. Tomé demasiados barbitúricos. Encontré la cura para mi insomnio, pero no creo que haya un jarabe para mi cinismo. Ese lo venden en horas de sol, cuando acaba el maratón de Bridget Jones por canal 5.

Sin desodorante (ficción)

Adolescente errante devora un salmón con todo y espinas. Ríe. Su vida da más vueltas que un ciclista en llamas. Se mete a bañar vestido en un cuartucho de hotel. El carro se descompuso porque le cargó miel en vez de gasolina.

Al otro día pide aventón a pie de carretera. Un montañés le ofrece llegar al siguiente pueblo. Juntos comparten una cerveza. El conductor le cuenta que se dedica a la siembra del girasol. No se come. No se trafica. Sólo se admira. El chico en retribución cede su rosa disecada que guardaba en una novela de Camus.

Sin mucho en qué entretenerse, el vagabundo se dirige al muelle. Canta canciones de los Rolling Stones por cinco pesos. Nadie le hace caso, pero desde sus mesas los snobs recuerdan historias tontas; como cuando descubrieron el ácido o el abuelo heredándoles la empresa. Un chiquillo sí responde. Deja en el sombrero unos dulces y la mesada de sus padres divorciados. Se entienden al instante, y comienzan un diálogo de sordos que se rompe con la lluvia.

Al cabo de tres noches el aventurero se anima a escalar la montaña imposible. Dicen que nadie ha podido porque se aparece un fantasma en la punta. No tiene miedo. Ha visto los ojos de la muerte desde que su madre murió de disentería. Ni siquiera necesita comer carne cruda. La pura ilusión basta y sobra. Al llegar a la meta no ve a nadie. Viento y cielo recostados uno sobre el otro. Está solo. Siempre lo ha estado. Ni la sombra lo acompaña. Es el “no estar” que colma de dicha su vida. Nadie lo entiende. Ni el fool on the hill de los Beatles que se quedó sin cerveza.

Pronto regresará a casa. Algún día. Dicen que todavía le queda un primo. Se levanta diario en la madrugada para ir por carbón a la mina. No regresa sino hasta tarde. No piensa visitarlo. La última vez que se vieron, el carbonero se quedó con uno de sus Thundercats en la guardería. No lo dejó jugar a gusto. ¡Que se vaya al demonio!

Se aproxima a mi barra. Se ve sediento. Sus ropajes delatan sueños rotos. Tengo tragos para olvidar, también para vomitar. Se acomoda la solapa de su gabardina y con voz gallardía dice: —Vodka Martini, cantinero.

Le sigo el juego. No vaya a ser que tenga una pistola guardada o quiera venderme un seguro. Le preparo el trago como Fleming me da a entender. Es decir, pésimo. El tipo se lo toma y se queda mirando el suelo. Al cabo de una hora comprendo que no podrá pagarlo. ¡Changos!

A cambio le abrazo. Veo que se le nublan los ojos. Se estremece de verdad. Me cuenta lo que ha hecho. —El viaje debe terminar algún día, ¿cierto?— pregunto. Asienta con la cabeza y lo dejo en la barra. No me he equivocado. Sus historias atraen al pueblo, sobre todo por su olor. Apesta a mundo. Ojalá nunca se le ocurra ponerse desodorante.

A bordo (ficción)

No tenía ni puta idea de dónde estaba. Creo que por los rumbos de la Merced o Tlahuac. Así es señores. Soy tan cabrón que puedo estar en dos lados opuestos de la ciudad al mismo tiempo. No vi las placas. Me subí. Quedaban 100 pesos en el bolsillo.

Era un taxista amigable. No voy a negarlo. De sonrisa afable y bigote a la Pedro Infante. Aunque también podía pasar por un talibán. De hecho, ese fue el tema que de inmediato surgió en la conversación. —Y llegaron los del Mossad para meterle 40 balazos, joven. No quedó tierra sobre tierra. Es mejor pasar como un don nadie, ¿a poco, no?

Las luces de la ciudad me bañaban la cara. Tenía muchas ganas de volver el estómago, pero tenía una sed horrible. No debí mezclar tequila con Smirnoff. Mis amigos me habían dejado tirado y la única solución posible era desahogarme con el primer extraño que encontrara. —Fue mi culpa, Roberto se chingó el dinero de la nómina y no dije nada. Soy cómplice— susurré.

El taxista no me dio bola. Siguió en su soliloquio shakesperiano como si estuviera actuando frente a una gran audiencia. Sus palabras penetraban en mí igual a un eco de muchos años atrás. Era mi abuelo en el mercado dando consejos a señoras que no sabían cómo preparar un mole y él sin saber ni jota de cocina. —El perro entró a la casa y se empezó a joder a la señora. Tenía un pito enorme. Le juro que es verdad. Nadie me lo contó, yo lo vi.

Una llamada entró al celular. Un fulano me pidió unos datos personales para gestionar una tarjeta de crédito. No le hice caso y le colgué. Ahora que lo pienso, igual bien pude haberle dicho que sí para reponer el dinero de la empresa y endeudarme al doble por los intereses. Al menos no iría a la cárcel, pero estaría condenado a vivir de una dieta a base de pan y agua. El taxista vio mis ojos tristes y dijo: ¿Sabe qué necesita usted, joven? Una buena pachanga. Acá cerca hay un teibol bien animado. Le cobran la copa al 2 x 1. Si quiere lo llevo.

Por fin llegamos a mi casa. El taxímetro se paró en 99 pesos. Era mi día de suerte. El taxista calló. Por fin. Me abrió la puerta muy decente, igual que un chofer de limusina. Me sentí todo un ejecutivo. Le estiré el billete. Él lo rechazó. No entendía nada.

—Mire, joven. Aquí entre dos, me lo iba a secuestrar dos cuadras antes de llegar para vaciarle todas sus tarjetas. Pero ya vi que entre camaradas de clase eso es jugar sucio. Se le ve que no tiene ni en qué caerse muerto. Guarde su billete y acuse a su amigo. Eso de robar el dinero de la nómina no es de gente decente. ¡Cuídese! ¡Adiosito!

—¡Vaya! Un taxista que sí escucha. Esto sí merece celebrarse— dije pata mis adentros. Abrí el refrigerador y me tomé una botella de whisky y sin llorar. Ja.

Democracia matrimonial (ficción)

Fue en la estación de Auditorio cuando me acordé de mi padre. Él, que siempre nos había ofrecido conciertos gratis en casa, no estaba más para darme una letanía. El coche se descompuso en la mañana y tuve que ir a mi boda en transporte público.

Yo no sé si él hubiera estado a gusto con mi futura esposa. Ella es simpática, se caga en los machos y nunca ha votado. Es la antítesis de él. Furibundo admirador de los que asesinaron al Che Guevara, esposo infiel y fanático del Real Madrid. Supongo que en cada sobremesa ambos habrían acabado por firmar otro armisticio de Versalles con una de mis botellas de vino.

Se preguntarán cómo carajos un padre conservador pudo haber parido a un anarquista cínico como yo, que se mezcla entre el pueblo y le paga el pasaje a la viejecilla minusválida. Pues para todo hay una respuesta.

Cuando tenía 8, él regresó alcoholizado de la oficina y quiso pegarle a mi mamá. Me despertaron los gritos y el forcejeo como si se estuviera librando otro Stalingrado. Al punto casi de ahogarla, me acerqué por detrás y le estampé un jarrón en la cabeza. Casi ni le dolió. Lo que yo no sabía es que el muy cabrón había escondido un arma dentro del jarrón. A veces le entraba lo suicida.

Lo miré igual que en el pelotón de fusilamiento. No tuve tiempo de parpadear. Quité el seguro y apunté. —¡Tira ya puto!, que vas a matar a tu propio padre—dijo. La frase justo me recordó lo que aquel celador le dijo al Che antes de morir.

Sudaba. No miento. Estaba temblando de miedo. Bang. Edipo ha vuelto a casa. Le di a la única cosa en toda la casa que tenía un atisbo de sonrisa. La foto de su boda. Mis padres de punta en blanco. Queriéndose. Amándose. El cristal roto en mil pedazos.

Después de eso mi padre jamás nos volvió a pegar. Dejó el alcohol y abandonó a su amante. Regresó. Nos crió como pudo al pasar de los años. El recuerdo de aquel asesinato simbólico se borró en las tinieblas del tiempo.

Un mes antes de la boda me avisaron que un infarto le arrancó la vida. Sentí como si me hubieran dado un balazo en el pecho. Estuve a nada de posponer todo. No voy a mentir. Tenía hartas dudas sobre Elena. Y de nuevo él, un hijo de puta al que nunca se le pasó nada. La última vez que lo fui a visitar,, ahí estaba en su cuarto de hospital. La foto de él y mi madre restaurada en su marco.

Desperté. Casi me seguí de largo hasta la terminal. Fue una ceremonia bonita. Invité a todos los del autobús, que opacaron por completo a los fascistas amigos de mi padre. Otra victoria por goleada de los rojos. Mi madre me besó en la frente. A Elena le encantaron las flores. La próxima vez iré a la boda de mi hijo en tren volador.

Expreso al sur (ficción)

Dejarse ir. Hasta el quinto infierno. Nadie atraviesa la ciudad de punta a punta a menos que necesite un sanitario. La tetera puede esperar. Que silbe por dos horas más y despierte a los vecinos. Ningún pez ha muerto por beberse un océano helado.

En Zócalo se sube una marabunta. Un padre sostiene la barra de pan más fuerte que la mano de su hijo. Un violinista desnutrido termina por asesinar a sus cuerdas hambrientas por unas monedas. Ellos merecen cárcel perpetua.

En San Antonio Abad el frío arrecia. Las prostitutas comienzan a reclinarse sobre su poste. Se hacen señas entre ellas. Dejan pasar a un tipo que todos los días les pregunta la hora a pesar de tener reloj. Nunca confíes en alguien con un peso en el bolsillo y una lengua floja. No apta para besos en horarios de ayunas.

En Xola se posa el silencio. Un corte de luz ha parado al convoy de golpe. Alguien silba una tonada fúnebre. Otros ríen porque la suegra está enferma. Tres niños se ponen a apostar en el póquer. El ganador se lleva unos chocolates de menta. A la gente no le parece extraño quedar varada. Ya es un estado natural que se les ha adherido a la piel. Se sienten seguros. Por dentro no quieren llegar a su destino. Prefieren quedarse a llorar por el amor que no fue.

Taxqueña. Fin del camino. Ha llegado la hora de la verdad. El muchacho que vino con las manos sudadas, todo el camino, tendrá que confesarle a su madre que lo despidieron del trabajo. Otro irá a su casa a preparar los últimos detalles del asalto a la farmacia a medianoche. Un par de chicas, que no se han visto en años, se juntarán para comer un pastel. Ellos tienen planes. Él no. Se queda absorto, viendo hacia la nada. Se imagina que está en un camastro en alguna playa del Caribe. Allá no hay ratas o túneles terroríficos. Un baño de sol diario sería suficiente, junto con una piña colada.

Una voz perdida entre la multitud dice: <<ey, chofer. ¿Cuándo te vas a cansar de viajar?>> Él, muy ufano responde: <<Hasta que deje de haber borrachos como tú que ya no necesiten que los lleven seguros a casa>>.

La tetera no explotó. Sigue indemne sobre la mesa. El chofer se sienta en un sillón. Respira aliviado. <<Que ya se acabe, que ya se acabe>>. No ha bebido en 3,943 días. No lo hará hasta que llegue al caribe y su viaje sea sin retorno. La redención del alcohol perdonará sus pecados… <<eso espero>>.

San martes (ficción)

Nació en un buen día, decían. Su madrina se divorció al enterarse de que su marido era un maniquí. El dólar subió 200%, Locomía se separó, las abejas se quedaron sin personas por picar y un árbol se quedó calvo en plena primavera.

Tan buenos augurios le merecieron el nombre de Fortunato. ¡Vaya que hizo honor a su nombre! Cuando en la escuela contagió de sarampión a todos sus compañeritos, se le presentó el fantasma de Fernando VII con la consigna de 3 deseos a cambio de 9 euros para comprar una nueva corona de latón.

El niño, que amaba el puchero y odiaba a su padre, no vaciló ni por un segundo. —Deseo la Tercera Guerra Mundial, que revivan los dinosaurios y a Pep Guardiola como entrenador de la selección española de baloncesto.

Y el rey felón cumplió con creces. Esta vez no fue Alemania la que comenzó todo, tampoco España. El maldito presidente de Corea del Norte se atragantó con uvas pasas importadas de Guatemala. Ahí explotó todo. Centroamérica hizo caso omiso, el coreano envió una carta bomba de flatulencia, Estados Unidos disparó a una base japonesa con pistolas de mocos y ahora está de moda, en vez de dar la mano, saludar culo con culo y cagar de pie.

Lo de los dinosaurios casi mata de un susto a la madre del pequeño. Se hacían del baño donde se les pegaba la gana en el jardín y jugaban a las guerritas intergalácticas con los aviones que capturaban justo al elevarse por los cielos. Resulta que varios murieron porque el calentamiento global les derritió el cuello y las patas traseras. Ahora parecen patos chapoteando en la mar.

La cereza en el pastel fue lo de Guardiola. Su tiki-taka provocó un sin fin de lesiones en la espalda en los grandotes de dos metros. Jugar por abajo revolucionó tanto el juego, que la NBA tuvo que modificar la altura de la canasta a 1cm del suelo. Y España ganó la medalla de oro con el promedio de estatura más bajo de la historia. El equipo fue bautizado como “LAS PULGAS QUE TE VUELVEN CUADRAPLÉJICO”.

Llegó el día de paga. Fernando VII fue a tocar a la puerta del niño. Esperaba que a su lado fueran capaces de reconquistar América. Serían inseparables. Al abrir la puerta se llevó una enorme sorpresa. Fortunato no se hallaba en casa. Sólo dejó un recado para el destronado rey.

“Me fui a jugar. Usted no ha cumplido el trato. En martes 13 ni te cases, ni te embarques, ni pidas dinero a cuenta. Pedir deseos es de mala suerte. Ahora, ¿de qué hostias me sirve ser un enano como usted? Nadie me ve y todos en la Tierra son felices. Del tamaño de una pulga ¡Puaj!

Sin ruedas

Un pato sube a toda velocidad por una cuesta en las Bahamas. Va casi vomitando. Le sudan las patas traseras como pollo en rosticería. Para motivarse piensa que es Natalie Portman envuelto en un capa negra de cisne elevándose por los cielos. Nada de eso. El muy babas se ha caído de la bicicleta, dándose tremendo madrazo en las nalgas.

Su vida no es nada sencilla. La esposa piensa que acompaña a la vecina, cargándole en el mercado su rebozo de bolita. En el trabajo la pasa mal, porque en vez de hacerse el muerto cada que el balín de la feria roza su ala, saca su AK-47 y le da con todo a los clientes del puesto de Don Rogaciano. Tiene un pretexto muy válido, no es muy buen actor, por eso mejor hay que tirarle a las escopetas.

Sólo hay una cosa por hacer. No es agradable, tampoco ideal, pero es lo único que solucionaría sus problemas económicos y existenciales. Hacerla de patito de hule en las albercas de fiestas infantiles. Ahí no hay bronca. Los niños son agradables y lo podrían tratar con respeto. Nada de gritos y sombrerazos. Además significa una excelente labor social, porque ahí podrá defender a los niños bulleados de sus agresores y obtendrá un bonito bronceado lunar.

Nomás que hay un problema. Si le sigue quemando las patitas al diablo, en vez de cantar ¡na na na na na na na na na nana Cuacman!, va a decir: ¿Por qué este puto Batimóvil que me rentaron no tiene acelerador?

Toma chocolate, paga lo que debes (ficción).

Una antigua deuda los separó por años. No se habían dirigido la palabra desde 1982. Nadie de la familia estaba seguro, bien a bien, el origen del pleito. Unos decían que se habían peleado por la misma mujer, otros que el mayor le había vendido 20 vacas enfermas al menor, muriendo a escasos días de la transacción, mientras que las otras 20 vacas del primogénito permanecieron sanas.

El café estaba vacío. Si acaso unos viejos farfullaban unas palabras en alguna mesa del fondo. Se podía escuchar hasta el sonido de un alfiler cayendo. Los dos tensos. Mirándose frente a frente. Afuera llovía como si se hubiera derramado un jarrón con flores inútilmente reanimadas. Dicen que en la vida hay 3 momentos en los que no se puede agachar la cabeza; en el matrimonio, en la enfermedad y en las deudas. El asunto pasaba por resolver el mecanismo de pago.

Y así empezaron. A puro metrallazo para acribillar a la verdad.

-Te fuiste con Amelia.

-No es cierto, ella me dejó por ti.

-Hazte wey.

-¿Ya vas a empezar?

-Pus, ¿qué querías? Si me las pones de pechito, las tengo que prender de bolea.

-Niega que te gusta pasarte de listo.

-Todo lo contrario, ya ves como papá no se dejó de aquellos bastardos que querían quitarnos nuestra herencia.

-Entonces a eso se reduce la cosa, al pinche dinero.

-¿Cuándo, no? ¿O prefieres que la peor marrana se lleve la mejor mañana?

-Bueno, ya. A ver. Ponte al tiro. ¿Hacemos corte de caja o le seguimos hasta el año 2053?

-Yo creo que ya es tiempo de olvidarnos de tanta mamada y enterrar el hacha de la guerra, ¿no crees?

-¿Estamos a mano?

-Lo estamos. Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Para celebrar, ambos pidieron dos tazas del mejor cacao oaxaqueño. Comenzaron a platicar de la infancia, recetas de cocina, los hijos, el fútbol y hasta del PRI. Al cabo de una hora, el menor se excusó para ir al baño y como ofrenda de reconciliación le dejó tres monedas doradas de chocolate que tanto le gustaban a ambos cuando eran niños. El mayor vio con ojos de amor a su pequeño, al ver sobre la mesa un recado escrito sobre una servilleta cerrada. Dedicatoria especial.

Pasaron diez minutos. Luego quince, luego veinte. Eso ya no era normal. El hermano mayor se levantó de la silla y fue al baño. No había nadie. En el mingitorio pegado a la pared había una ventana abierta. Lo bastante grande como para emprender una graciosa huida.

De vuelta a la mesa ya estaba la cuenta de las dos tazas y tres panes de dulce. El frío entró por la puerta y un hormigueo penetró hasta el corazón del primogénito. Cerró los ojos y tomó la servilleta, como quien ya sabe a qué hora lo decapitan.

“¡Toma chango tu banana, cabrón! Ahí, le pagas al mesero con tus moneditas de oro chafa, tú me la pelas.”

-¡Hijo de pu…!