Vete lejos, pero no te pongas mocasines

Una casa que transpira ácido por las paredes de vuelve una caja de chocolates cuando expira la ambición por la herencia de la abuela y el hambre obliga a los habitantes a comerse un sandwich de asbesto.

Un detective se pregunta por qué se han fugado sus pistas al caer la noche. Puede que un ave con insomnio haya entrado por la ventana, confundiendo una confesión de promesas rotas con una manta para arropar a sus polluelos.

Este es el tiempo donde las olas desbordan la taza de café para salir por una avenida donde los departamentos son de renta congelada y a los vecinos no les importa ver a un indigente inyectarse heroína en el parque de enfrente. Si fueran amables por lo menos podrían ofrecerle uno de esos abrigos de Zara cosidos por niños de Pakistán. Fingen no mirar.

Son pocos los que hasta ahora han conocido Bangladesh. A mí me contaron que allá, uno sube una montaña muy alta y al bajar se le olvidan las cosas. Es un fenómeno particular. El aire se escapa por la nariz, el culo, las plantas de los pies. Sucede que la soledad es tan escurridiza que para la Interpol resulta harto complicado publicar una ficha roja. Se nos van todas nuestras señas, nuestros recuerdos. Es como si no hubiésemos existido. Somos prófugos de un delito que jamás cometimos. La diarrea aleja a las personas.

Trazo sobre la arena un círculo de donde nacen ciertos de tortugas. En lla boca llevan una hostia consagrada que bendice su viaje hasta Central Park. No les importa llegar tarde. Los tiburones se fueron de farra ayer y su resaca los tiene maldiciendo frente al sofá. Solo queda una salida. No entrar a clase de Química.

De qué se escribe cuando se escribe (columna)

De todo y nada. Las cuitas de la vecina. Una hipoteca que se quedó sin pagar. El elefante que no sabía soñar. Todos los escritores entienden que el conflicto es pieza fundamental para sus obras. El punto es cómo hacerlas vivas.

No basta con una buena ambientación. Claro. Si todo parece como una película de los hermanos Marx sin risa, el lector acabará abandonándonos tarde que temprano. Se trata de hacer personajes creíbles.

Hasta acá no hemos descubierto el hilo negro. Nadie podría. Pero lo que muchos olvidan es que no hace falta buena imaginación para escribir una historia, sino empatía. Las grandes tramas de la historia no son de tipos perfectos que todo le sale bien, sino erráticos. Vulnerables.

Entre más torpe un escritor, mejor. Así se dará cuenta que a su alrededor la gente se va a la mierda. Debe dejar ese dejo narcisista de superioridad moral para ponerse a ras de pasto con los problemas de la vida real. Esos que no se resuelven con dinero, sexo o un deux ex machina. Cualquiera puede contar una historia, no es realmente difícil. El punto es transgredir las reglas establecidas. Que no importe un carajo la censura.

Las novelas no tienen el objetivo de transformar el paradigma de cultura o pautas narrativas de puta madre. Eso es lo que menos importa. Claro está que el escritor quiere agradar y ser leído, pero si va a lograrlo es porque su máxima meta es desnudar lo poco o mucho de aquello que lo avergüenza. De esta forma nacerá una prosa natural. No forzada.

Entonces, ¿qué significa escribir en estos tiempos? Gozar. Beber. Coger. Fracasar. Cómo si no hubiera mañana. Si no esas historias quedarán en el olvido. A nadie le importarán. Escribir es un vicio. Si la literatura fuera droga, hace rato que transportarían cocaína en las hojas de los libros. Esperen. ¿No han hecho ya eso?