Dar clase

Cuando te paras frente a un salón es como abrir 44 novelas al mismo tiempo. Todas son apasionantes, pero no tienes tiempo de leerlas de inmediato. Lo que sí puedes hacer es husmear en sus páginas. Ver que cada cabeza es un mundo.

Son esponjas que todavía se sorprenden. Pero no es que sean ingenuos, lo que pasa es que aún no están contaminados de esa malicia que antepone la madurez. No están a la defensiva. Se muestran tal como son. Sus deseos de conocer mundo superan a las barreras de la desconfianza. Aún están a salvo del asqueroso super yo freudiano.

En agosto todavía hay un ligero sabor a rocío en el ambiente. La Historia se encargará de esparcir los aromas de viejas batallas y tratados sin tregua. Tendrán que comprender que no es la memoria, sino la vivencia diaria lo que hace florecer a las acciones. Resolver problemas, no huir de ellos. Si logran esto no estarán solos en el mundo; ya de por sí hostil contra cualquier impronta juvenil. Quizá porque nos recuerda que algún día fuimos jóvenes con el corazón en la mano y la cabeza furibunda de pasión.