Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 13

Yo no tengo fama de destapa-caños, y a menudo me equivoco en darle consejo a la gente. Es que, ¿cómo puedes saber lo correcto si desde pequeña te enseñaron a desconfiar? Creer en una misma requiere años de práctica; para muestra lo que pasó en aquel restaurante.

Yo le dije a Valeria que no era necesario usar sus clásicas tácticas de seducción; el tipo ese ni siquiera la pelaba o era demasiado listo para no perder ni un segundo su tequila con Coca Cola cada vez que se iban de fiesta.

Creíamos que por sólo el hecho de ser atrevidos ya bastaba para pretender que sí encajábamos en ese mundo. Craso error. Un vendedor de droga no entrena en su casa con el videojuego de Cara Cortada y sale, después de dos semanas, experto en manejo de armas y lesbianas incomprendidas. No. Vive en la calle, respira temor.

Nueve de la noche. El gerente da la orden de levantar las mesas. Valeria, detrás de los hornos está hecha un manojo de nervios. Me molesta porque cuando pasa eso empieza a culpar a Andrés de todo y se pelean horrible. Leonardo, como siempre, finge no estar ahí y se va por la tangente. Se nos acaba el tiempo. El comerciante está esperando una respuesta. Estamos fritos. Ya podemos darnos por muertos. Pero no, eso sería sencillo en demasía, no mato en los aerobics a diario como para no saber que cardio sin pesas no sirve de nada.

<<¡Cállense, idiotas! Los va a oir el señor y aquí mismo nos matan a balazos.>> Respiro y me tomo mi licuado de apio que siempre me acompaña para limpiar el estómago. “Las tripas contaminadas nublan el pensamiento”, decía mi abuela. Les digo fuerte: <<A ver. Vamos a hacer esto. Le voy a llevar esta botella de vino al señor como cortesía de la casa. Wey, neta son unos pendejos. De esta ya no vamos a salir, pero podemos comprar tiempo y decidir qué hacer. Le decimos que vamos al laboratorio porque ahí tenemos una sorpresa extra. El tipo, como que se las va a oler, pero ya ni modo. El chiste es irle bajando el enojo. Ya una vez en el lugar le decimos la verdad. Así, directo a la yugular. Tenemos dos opciones. O nos mata ahí mismo o nos da una especie de pase momentáneo en lo que le reponemos lo que se llevó ese maldito Simi.>>

Lógico. Nadie me cree. Creen que estoy loca y que mi idea no va a funcionar. Como es lógico, tratan de idear sus propias salidas, pero ya es muy tarde. Están tan cerrados que no se les ocurrirá nada. <<No se preocupen, van a ver que sí va a funcionar, pero tienen que actuar honestos. Basta ya de mentir. Acéptenlo. Ya estarían fritos en el mundo de Al Capone, agradezcan que nos metimos con botargas y osos de peluche>>.

Adelante. Tomo la iniciativa y los dejo hablando solos. Se siguen culpando por cosas que pasaron hace años. No se dan cuenta de la inutilidad del rencor para solucionar problemas en el presente. ¿De qué me sirve escupirle al cajero por cobrarme doble el pan sin gluten?, si de todas maneras la tienda ya me está cobrando cien pesos más hasta por respirar el aire de Las Lomas. No, señora. El helado sí tiene grasa. De nada sirve que se le pase corriendo horas detrás de su chofer, si sigue comiendo como cerda.

<<Buena noche, señor. El gerente le envía este obsequio. Deseamos que pronto vuelva a visitarnos. El señor Martínez, que estaba en su mesa, nos dejó un mensaje para usted>>. Pues sí. De algo me tuvo que servir quedarme hasta tarde con mi hermano viendo “Otro día para morir”. Nunca había visto a Pierce Brosnan tan guapo. Es un sueño. Hago la entrega de una caja lujosa de Olinalá, la lleno de algunos billetes de 500, un puro y una simple hoja cebolla. Elegante. “No puedo entregarle lo convenido aquí. Nos observan. Pase al mundo de los sueños.” El señor y su acompañante sonríen. No parecen tan convencidos, pero eso nos da ciertas esperanzas.

Se sube a su BMW. Nosotros al vocho de la mamá de Leo. Hace ruido, pero esta Ciudad es una jungla y vestirse como el depredador no es el movimiento más convincente. Mis amigos están mudos. Por primera vez me doy cuenta de que hay ciertas partes de ellos que desconozco. Está bien tener secretos para uno mismo, pero no está padre vivir como si cualquiera cosa diera igual escoger X o Z. Bien. ¿Quieren jugar a los encantados? ¡Perfecto! Por mí, no hay problema, pero a ver qué le dicen al señor cuando lo tengan frente a frente y le expliquen que no tenemos cómo pagarle.

<<Pinche Silvia, ¿Cómo puedes ser tan fría?>> ¡Ahora resulta! Una se levanta temprano para prender el calentador y hacer los hot cakes, y la tonta nena prefiere quedarse en cama todo el día. A veces Valeria me decepciona feo. No le respondo de inmediato y pongo a Luismi en el Ipod porque el vocho no tiene estéreo. Ajá. Qué casualidad. “Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso. No te dejas amar…” Andrés voltea a los lados como paranoico, como si se hubiera creído la mentira de que estuvo en el restaurante como policía encubierto y Leo al menos ya se puso a hacer algo y le saca brillo a las pistolas de juguete que trajimos para que al menos parezcan verdaderas.

<<Bueno, ya acabaron con sus chistesitos, ¿cierto? Se me acaba de ocurrir algo. No les va a gustar, pero dadas las circunstancias es mejor que se vayan acostumbrado a lo inevitable>>. Les explico que, en efecto, el señor puede que guarde la compostura unos minutos, pero después sí nos va a querer matar. Ahí entra la habilidad de Valeria, que ya para que le dieran el estelar de Cats es que algo ha hecho bien. Que se retuerza un poco y así dará un poco de lástima. Leo parece autista así que él no necesita actuar. Si le pongo el Ipod a volumen bajito con una melodía de Stravinski, ya no hay de qué preocuparse. Andrés se tiene que poner los pantalones y ofrecer los términos de cómo le vamos ir pagando al señor. Como lo conozco y, desde luego, va a querer pedir cosas descabelladas, ahí entro yo y le confío en que puede contar con nosotros para hacerle los trabajos que el quiera. Da lo mismo de qué; chofer, nana, vendiendo cocaína en los antros, recolectar, lo que sea.

<<Ajá y así tan fácil se va a dejar, ¡no seas ilusa, Silvia!>>. No he acabado. Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil, pero es el único plan. El único que puede ponerse en marcha de inmediato, y que no requiere ponerse romántico o demasiado estúpido para querer ir con la policía. Falta la mejor parte. Ese impostor de Simi cree que nos ha engañado, pero se metió con la que no debía. Con mi Valeria. Sí, es medio tonta a veces, pero la quiero. Así es la amistad. En las buenas y en las malas. Lo vamos a forzar a que vuelva. ¿Cómo? Secuestraremos a su mamá. La obligaremos a que nos diga cómo localizarlo. No va a tener de otra. La conocimos en la fiesta, cuando fingíamos ser segunda de Valeria en la compra de buena mercancía.

<<¡Vaya! Esa sí que es buena. Ahora no sólo vamos a ser dealers de verdad, sino que además tenemos que visitar al Mocha-orejas para que nos dé unas clases magistrales>>. ¡Ay, no inventen! Ni que fuera tan complicado raptar a alguien. Nos la llevamos al panteón y ahí hacemos dos hoyos. En uno metemos a la señora. Obvio, no la vamos a enterrar viva. Le haremos una caja especial tipo Houdini y un tanque de oxígeno para que pueda respirar. En el otro, pondremos el dinero falso que Valeria le pensaba dar al comprador, para ver si a ese Simi le importa más la vida o la ambición. He visto en muchos programas de tele a esos criminales que no les importaría vender a su propia madre con tal de acaparar más riqueza. De verdad, están enfermos.

<<He estado en este negocio por más de veinte años y nunca había visto semejante chingadera>>. Sí, señor. Mea culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por eso ruego a los Muppet Babies y a las más de mil tortugas ninja que mataron de forma salvaje en un laboratorio para crear la caricatura. No culpe a mis amigos. Culpe a los ventajosos. A los que no tienen lealtad. A los doble cara. Ellos tienen la responsabilidad de que este mundo sea una mierda. <<Temo que debo…>> Clic. Obvio. Ninguna escena de dramaturgia o cine estaría completa sin el sonido del martillo de un revólver justiciero. Haga lo que tenga qué hacer.

<<Sé que la cagamos, señor. Pero, piénselo de esta forma. Si nos mata no recuperará su dinero y encima su reputación estaría manchada porque el verdadero culpable no pagaría y nosotros sí. ¿Cree eso justo?>> Lo digo con la mayor convicción posible. Mis ojos no mienten. Habré podido engañar a un ex novio, a mi mamá porque no le avisé sobre mi operación de pechos, a mi hermano porque no le dije que su futura esposa le fue infiel la noche antes de la boda y a mis amigos por no ser tan honesta aún corriendo el riesgo de herirlos. La verdad duele, y sin embargo, alivia mejor que el Vick VapoRub. <<Tienes agallas, niña. ¿Tú crees que puedas entregármelo>>. No sólo se lo voy a poner en bandeja de plata, sino que hasta con una manzana en la boca se lo va a poder devorar>>. ¡Líbranos Dios de todos los pecados!

I’m sorry.

Corre el tiempo. Así tan deprisa como cuando te das cuenta de que ya te acabaste todas las palomitas y la película apenas va en el minuto quince. Un año ha pasado. No todo ha sido malo. Valeria ya tiene novia y viven juntas en la Narvarte. Andrés se metió al gimnasio, Leo se va todas los domingos a la punta del Ajusco para escuchar la primera nota del día. Leo siendo Leo. Sí, ellos la pasan bien, pero yo no puedo desconcentrarme ni un minuto. Por supuesto, me consiento cada vez que puedo y trato de ya no pelear con mi papá por culpa del PRD, pero duermo con un ojo abierto. He vendido droga hasta en carritos de helado, es más fácil de lo que parece. Los clientes me dieron ese consejo para que la dinámica parezca natural. Siempre van en pareja. A su novia le dan un sandwich helado de chocolate, uno real. Ellos piden de vainilla. Como una roca les entrego la coca y brincan de gusto. El día que mezclen azúcar con LCD alguien se va a hacer millonario.

La deuda está casi pagada, pero aún falta el golpe maestro. <<¿Ya la viste bien? Sí, es esa gorda que está parada en el puesto de las lechugas>>. Es la mamá de Simi. La maldita bien que se la ha vivido de lujo en lujo. Va al salón de belleza, va de compras a Suburbia y llena el carro, se toma un café de cien pesos con las amigas. Eso antes no pasaba. Le llega dinero de vez en cuando, cualquier mono con dos dedos de frente lo sabría. ¿Para qué entonces va a la oficina de Telégrafos cada dos semanas? El plan es simple. Dejamos que camine un rato y en la esquina de Cerro del Agua la subimos al vocho. Valeria ya tiene lista la cuerda y la capucha. Andrés nos llevará a un lugar escondido de Santo Domingo que nos servirá como casa de seguridad. Leo está allá colocando cartones de huevo en las paredes para aislar el sonido.
<<Nadie se mueva hasta que yo dé la señal>>. ¡Vaya! Con razón a Andrés le gusta tanto ordenar con su tono todo mamón. Esto de ser líder ya me está gustando. La señora, por supuesto, no tiene prisa. Hasta parece que le pide permiso a una pierna para mover la otra. Hay mucha gente. Seríamos blanco fácil si lo hacemos ahora. Eso sin contar las cámaras de las casas. ¡Qué desesperación! Esto podría tardar siglos. Andrés saca de la guantera un chaleco de esos que usan los barrenderos y se baja del auto. Allá enfrente hay una coladera. La abre. ¿Qué demonios hace? <<Atención, estimados peatones. Desvíense a la derecha. Obra en curso>>. ¡Perfecto! Todos muy obedientitos toman el callejón, rumbo a la iglesia. Ahí es estrecho y hay poca gente. La señora obedece. La sigo muy despacito. Soy un jaguar que no se va ir de aquí sin la caza del día.
<<¡Ya valió verga, doña>>. Andrés la aborda por detrás y le pone la mana en la boca. La amordaza. La víctima se resiste, pero no se compara la fuerza de un robusto tipo de treinta y pico contra una sesentona. Vámonos al escondite. <<No seas idiota, Líder. No me pongas sus patotas en mi cara. ¿No ves que está pateando?>> Menos mal que Valeria no olvidó volver a usar nuestros nombres en clave. En los ensayos a la estúpida se le salió veinte veces el Silvia, hasta que me tuve que peinar como Candy Candy para que se acordara. ¡Cómo odio ese peinado! No tenemos mucho tiempo para hacerla confesar. Si nos pasamos de diez o quince minutos, o le podría dar un infarto o volverse una tumba. Otro cliché que el 99.9% de las veces resulta correcto. Aunque se estén muriendo del susto y a sus hijos no les importa un comino, las madrecitas jamás los delatan.
<<Llame a su hijo o la mato>>. Gritos de socorro nos revientan los oídos. Pero, afuera todo es normal. Leo ha hecho un excelente trabajo. Esta vieja es como mi abuela. Se dobla, pero no se rompe. Y no es para menos. Esas mujeres que tuvieron que soportar cualquier cosa de sus maridos, y encima con diez hijos encima y el mismo mole en pipián para cenar. Se merecen un monumento, no un calvario. ¡Lástima! Tendré que aguantarme las ganas de no llorar porque un estúpido hombre, que resulta ser su hijo, nos metió en un embrollo. <<Si no nos dices dónde está, vamos a empezar a jugar. ¿Quieres que te muestre mis juguetes?>> La verdad hay que reconocer que a Andrés sí le sirvió bastante ver la trilogía del Padrino como veinte veces. Hay algo en él que me asusta, pero casi nunca está de buen humor como para decírselo. <<No diré nada>>. Ja. Nos salió brava la res.

<<No estarás hablando en serio ¿Verdad, Vanilla Ice?>> Por supuesto que sí. Es Valeria y cuando está enojada es capaz de todo. ¿Qué va a hacer con ese machete? <<A ver hija de la chingada, nos vas a decir dónde está tu puto hijo narcotraficante o aquí mismo te pico el ombligo>> Cinco metros, luego dos. Sigue incólume. Un metro. Medio centímetro. La punta roza el vientre y un hilo de sangre corre por el piso. <<Ya, está bien, pinche chamaca enferma. Me doy>>.

<<¿Quién lo hará?>> El líder debe hacerlo, dar la cara y poner el ejemplo. En automático todos me voltean a ver. Pero se equivocan. Yo no escogí esto para lucirme frente a sus ojos o para parecer importante. Lo hice porque los amo, porque de nada sirve el brillo individual si al final todos salimos perdiendo. Yo daría la vida por ellos. Son mi más grande tesoro. ¿Que no ven que me estoy poniendo cursi? ¡Hagan algo! Esperen. Tienen razón. Yo debo hacerlo. Alguna vez Valeria me dijo que la mejor venganza es ser feliz. Sea, pues.

Vanilla Ice. Es hora del rap. Traenos ese disco de platino.

<<¡Mamá! Te dije que no me marcaras desde esta línea. ¿Que no te acuerdas que me andan buscando los putos azules>>. Sí. Esa es su voz. Yo nada más estuve cerca de él en la fiesta, pero según Valeria, a veces pasa que el diablo te habla como un ángel sólo para ponerte el cuerno con Dios. Ah, pues así sonaba esa maldito Simi.

<<Hola, cabroncito. ¿Me recuerdas bien, verdad? Sí. Soy yo y he vuelto, como Alf, pero no en fichas, sino en carne y hueso. Vas a callar tu sucia boca y me vas a escuchar. Tengo a tu mamá. Y la pobre se está muriendo. Vamos a hacer esto. O me pagas o me pagas. Bien sabes lo que hiciste y me vale madres por qué. Este es el trato. Vas a ir al panteón de San Pedro Mártir a la medianoche. Al fondo a la derecha te estará esperando un sepulturero. No creas que soy tan pendeja. Él cree que va a ser una exhumación por orden del Ministerio Público y está sordo, así que ni intentes explicarle nada>>.

<<Pinche Valeria, me cae que no me la creo, pinche puta lesbiana.>>

<<¡Cállete el hocico, pendejo! No he acabado. Veamos si eres Flash y al mismo tiempo Superman. En una de esas tumbas estará tu madrecita santa, y en la otra un varo por los viejos tiempos. Tómalo como un rescate de cortesía. Los dos pueden ser tuyos, pero a tu jefa se le va a acabar el aire en 30 minutos, y la lana se te puede podrir si te cae la ley, así que tú sabrás. Ya tienes las coordenadas.

<<Si le tocas un pelo a mi mamá, te juro que…>>

<<Guarda tu saliva, mugroso>> Que te va a hacer falta al rato. Ya sabes. Hoy a la medianoche. Cambio y fuera.

¡Bravo! ¡Magnífico! Pero, falta el toque final, si no, la obra estaría incompleta. Le falta el sazón a la Candy Candy:

Acuérdense de meter el dinero falso, que sobró de la bóveda del banco, en la tumba de la izquierda. La dirección de reclamo ya está lista. Viene escrita detrás de la envoltura de la paleta Payaso que me comí en la mañana. Simi no tendrá problemas en venir a buscarnos. Mañana, antes de la función, a las 6:55, Leo le marca a la policía para reportar un incendio, igualito como lo hicimos en el asalto. Ya le avisé al comerciante que puede pasar por su boleto en el teatro desde ayer. Con eso tenemos sala llena asegurada. Tenemos a todos los invitados, ya, con confirmación. ¡Que comience el show!

Kiss me, Candy Candy

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Capítulo 12

Debieron pasar 5 largos años para que se volviera a reencontrar con Hugo Estrada. El Chinos, en realidad, era una fachada que utilizaba para apostar en el hipódromo y fingir que no le molestaba en absoluto perder el dinero que el presidente del PRI le daba para los gastos operativos. El comandante da un sorbo a su té chai y se pregunta: ¿los caballos sin patas también corren en los Juegos Olímpicos?

—Claro, mi jefe. Con unas buenas prótesis, ¿qué les impediría? —responde el sargento segundo.

—Era una pregunta retórica, ¡tarado! —sentencia el comandante. —Ni se te ocurra hacer una segunda pregunta de eso o te doy un zapatazo. El que gana es el jinete, no el puto caballo.

—Usted gana, jefe.

—Como siempre, cabrón.

Interesado como siempre en la Historia, el comandante repasa a las grandes figuras de bronce que tuvieron al lado a su eminencia gris; invisible, maquiavélica, intrépida, que los hizo grandes, pero que nadie recuerda por su discreta labor. Los segundones, pues.

—Tenemos a Sancho Panza, que le conseguía mujerzuelas al Quijote por unos sacos de harina. También está Apollo Creed que ayudó a Rocky para derrotar a Mr. T y no podemos olvidar a nuestro queridísimo Luis Echeverría, mano derecha de Díaz Ordaz, salvador de la patria y enemigo fálico de los estudiantes—dice el comandante con entusiasmo.

—Se olvidó de Pluto, jefe. El perro de Micky Mouse.

—Ni madres, ahí el perro es el mero mero, el bastardo ese del ratón nomás se la pasa haciendo chistes de magia. ¿Magia? ¡Carajo! Llámenle al cabo para ver si ya tiene noticias de lo que le encargué —ordena el comandante.

Los policías siempre piensan que tienen la razón cuando hacen analogías sin sentido para relacionarlas con sus casos. En su intento por forzar la cadena de acontecimientos, se divierten con la única salida que los convertirá en héroes y despertará la envidia de sus enemigos. Pero no tienen de otra. Al igual que un soldado, el vestido de azul no tiene tiempo para reflexionar si Venus está en posición vertical o si la marrana ya se puso para parir. Su instinto perruno dice que hay un 99% de posibilidades de acertar a la primera y un 1% de fallo cuando ven un personaje de dibujos animados en la borra del té.

—¡A la orden, mi comandante! Tenemos primicia —dice el cabo.

—Pues órale, mi cabo. Déjese venir, puto.

—Localizamos uno de los vehículos que utilizaron en la desbandada. Lo dejaron muy cerca del metro Copilco. Ya verificamos la matrícula. No tiene ni un rasguño.

—¡Eso, cabrón! ¡Así me gusta! ¿Ves cómo te dije que esos pendejos se iban a cagar del susto? Ya los tenemos agarrados de los huevos.

—¿Le armamos ya el operativo, mi comandante?

—No. Aguanten vara. Primero necesito corroborar otros datos, sólo quiero que hagas una cosa. Monta a dos cabrones en la Suburban y que se estacionen cerca del lugar para montar vigilancia. Después por radio les doy un fonazo para ejecutar la perseguidora. ¿Algo más?

—Sí, mi comandante. Mi compañero tomó unas fotografías del lugar con maniobra evasiva. Debe verlas, la verdad nos parecieron muy extrañas.

—A ver, rólalas.

No son extrañas. Son perturbadoras. En frente del auto abandonado hay un zaguán blanco repleto de cabezas. No son humanas, sino de botargas. Hay de todo. Pistachón Zig Zag, Daisy, Rafael de las Tortugas Ninja, Batman, Pato Lucas, Princesa Jazmín, Tribilín, Sailor Moon. Todas quietas, como calabazas olvidadas en el páramo más árido del país. Además, hay un elemento curioso. Todas están unidas por un serpenteo blanco. Una ofrenda a los muertos que no están muertos, así como el camino naranja de cempasúchil en Día de Muertos. Cualquier artista que se precie de original, le pondría su firma para tasar aquello en varios millones de dólares.

—Esto ya se ha hecho —dice el comandante, con la mano en la barbilla.

—¿Quiénes? ¿Los muchachos de Osiel? ¿Los de los Arellano Félix? ¿los de Don Neto? —pregunta el cabo.

—Zenobia. Emperatriz de Palmira. Hace un chingo de siglos, ella gobernaba una provincia romana que se independizó y se convirtió en una patada en los huevos. Esa mujer era imparable. Conquistó Egipto, la Península de Anatolia. Cortaba las cabezas de los virreyes y las mandaba a colgar en su palacio. Hasta que el emperador Aureliano se la chingó.

—¿Todo eso lo hizo una vieja? Nah. Imposible —responde el sargento segundo.

—A huevo, ojete. ¿Tú crees que las mujeres son mancas o qué? Ni madres. Son más peligrosas que una pantera. Y capaces de volverte tu peor pesadilla.

—¿Y qué le hicieron a esa Zenobia? —susurra el cabo, asustado.

—No pos, sí le fue de la patada. El emperador Aureliano la capturó y la humilló frente a toda Roma enjaulada. Viva, no muerta. Para que todo el populacho la insultara y le aventara escupitajos. Luego, estuvo peor. A toda Palmira se mandó a sembrarle sal, para que jamás de los jamases una ciudad volviera a crecer ahí. ¿Ya ven por qué la muerte no es el peor castigo? —asiente el comandante, mientras chupa tranquilo la bolsita del té.

—Entonces, ¿qué hongo ahí? Como dicen los colombianos, ¿un camelladero? ¿Habrá coca o crack? —sugiere el sargento segundo.

—No nos adelantemos. Puede que sea un laboratorio, puede que no. Repito órdenes. Cabo, monte la unidad de vigilancia, tal como le dije. Sargento segundo, usted me va a acompañar con el Chinos para verificar una información. Que nadie se mueve hasta que yo dé las órdenes. Es posible que estemos cerca de esos bastardos, pero no quiero soltarle la cadena al perro si por ahí hay otras pulgas para darles matarile. ¿Se entiendo?

—Sí, mi comandante —rugen todos a coro.

Las calles de la Colonia Roma hospedan a las criaturas más fascinantes de la Ciudad. Además de vampiros, hay futbolistas sudamericanos fracasados, escritores suicidas, ladrones de autopartes, adictos al helado, obesos mórbidos y por supuesto, funcionarios del ministerio público corruptos adictos al sexo. En Orizaba hay una casa de citas camuflada de clínica de autoayuda. La contraseña para entrar es: ¡Oh Dios! ¡Ay, mamá! y ¡Oh Dios! Como siempre sucede, el comandante no tiene tiempo para dilucidar si aquello es una frase común durante el orgasmo o la expresión que uno usa al degustar un rico pozole estilo jalisco. Tocan al timbre y lo primero que se le ocurre decir es: Vendo leche pasteurizada. Clic. La puerta automática abre.

Huele a pachulí por doquier. Espantoso. Un grupo de tres mujeres entretienen a un hombre de negocios que usa gorra con traje. En la barra, el cantinero llena una orden de shots de tequila. Al fondo, en el mini auditorio hay un número de Can Can con trajes de época y la madama da instrucciones a sus subordinados como si estuviera partiendo plaza en la México. Da capotazos con la derecha, mientras que con la izquierda recibe, en forma discreta, las propinas tan jugosas de los clientes.

—Mi querido comandante, ¿cómo me la va? —dice la dueña.

—En el séptimo cielo, mi estimada señora. ¡Vaya lugar! Esto no puede ser más que el paraíso.

—Ni que lo diga. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas levantarlo desde los cimientos. La belleza de Dios me ha bendecido con sus dones.

—Y que así sea por muchos años. Espero que el favorcito haya valido la pena, ¿no? De verdad la agradezco la ayuda que me ha dado. No sabe cómo me ha quitado un peso de encima.

—No fue nada, mi comandante. Pus, ¿cómo me iba a negar? Si usted es una leyenda. Bueno, seguramente querrá entrar en materia. Allá en uno de los privados del segundo piso está su amiguito Hugo. Ahí nomás le pido que no me ensucie la mesa, ¿ok?

—No se preocupe mi señora, yo le cuido a sus niñas. Para eso estamos.

En el segundo piso la atmósfera es más cruda. Hay luz negra y las mesas están decoradas con papel tapiz de corazones morados. En el centro hay una pequeña pista para bailar. Tres parejas se mueven acarameladas al ritmo de Kumbala. Otras se besan en grupos de tres en los sillones reclinables. Hugo Estrada, el Chinos, observa todo desde su mesa. Está acompañado de dos mujeres con antifaz y beben Buchanan’s.

—Mi estimado Huguito, ¡qué alegría volverte a ver! ¿Qué? ¿Acaso no me reconoces? Pero si tú estás idéntico, cabrón panzón.

—¿Cómo no te voy a reconocer, comandante? Dichosos los ojos que te vuelven a ver. ¡Uta! ¡Menuda sorpresa!

—Pa que veas, wey. Los amigos siempre se encuentran para echar el cotorreo y ponerse al corriente.

—No pos, tú me dirás. ¿Pa que soy bueno?

—¡Ey, mis niñas! ¿Nos podrían traer otra botella, preciosas? Tengo acá que platicar con su anfitrión de unos chismes bien cagados. Y regresan en 15 minutos, ¿sale?

Las mujeres obedecen al instante. El sargento segundo cierra una de las cortinillas laterales. Abajo, dos elementos aguardan en la puerta, por si se ofrece. La unidad de vigilancia, en posición. Si el comandante acierta en su predicción, jura que volverá al burdel y le prenderá fuego en honor a Zenobia, la emperatriz que se resistió ante los encantos del emperador Aureliano y antes muerta que violada.

—¿Y qué cuentas, mano? He escuchado que sigues con la mira bien apretada. Ojete que te mira mal, te lo truenas en caliente, ja, ja, ja —dice Hugo Estrada.

—Algo hay de eso, mi estimado. Algo hay de eso. Te quería preguntar sobre un caso que llevaste hace unos años. De unos pinches atropellados que intentaron robarle a un pobre señor que vendía algodones de azúcar. ¿Te acuerdas?

—¡Épale! Qué bien informado andas, comandante. Derecha la flecha. Ese caso fue pura mamada. Si al viejito ese no le pasó nada.

—En efecto, camarada. No le pasó nada, pero resulta que a los morros esos malandros nadie los volvió a ver, y yo quería saber si tú sabías algo.

—Nada de nada. En efecto, los peritos examinaron algunas heridas que tenían antes de que les tomaran declaración y después, pase libre. El juez les conmutó pena porque no se armó la carpeta bien.

—Sí, pero después nadie supo nada de ellos. Los fueron a buscar a sus casas y nada. Que dizque se habían ido de viaje, que dizque a un bautizo y no sé que mamadas más.

—Pos ahí si ya ni idea, mi hermano. Yo les vi la jeta en el MP y después sepa a dónde se esfumaron.

—Aja, muy bien. ¿Y tú qué aceite le metes a tu coche, eh? ¿No conoces una marca bien buena que se llama Apollo 11? Está cabrona, eh. Se lo puse a mi nave y jala poca madre.

—Este… este… No, yo le meto del Bardahl —responde Hugo, en extremo nervioso.

—Oye, no mames. Aquí hay muy buenas viejas. ¡Ven! Vamos al otro piso, ahí nos están esperando tus nenas. Tienen unas tetas, que no inventes. ¡Felicidades, wey! Te agarraste a las más buenas del congal.

En el tercer piso no hay nada. Es el cuarto de los trebejos. Hay arrumbados sillones, focos, alambres, tubos de pole dance oxidados. El baño no sirve, no tira la palanca agua del retrete. Hay unas macetas sin plantas y la luz de la luna apenas asoma por una de las ventanas. En el pasado era el cuarto VIP, con cama de agua y dispensador de fresas con chocolate, pero a un cliente viejo le dio una infarto y la madama lo cerró para que no le cayera la mala suerte. A veces se oyen ruidos de orgasmos en la madrugada. Fantasmas que eyaculan sin parar. A los vecinos del segundo piso eso no los asusta, los excita.
—A ver, culero. ¿Me vas a decir de una vez la verdad o a qué estamos jugando? —dice el comandante.
—No, ¿cómo crees? Yo nunca te diría mentiras.
—Muchachas, amárrenlo y al salir pónganle seguro a la chapa. Las veo allá abajo.
—¡No mames! ¿Qué vas a hacer, wey?
—Nada, nomás vamos a usar un rato estos juguetitos, ¿te gustan? Tus chavas me dijeron que los usas con ellas todo el tiempo. Es nomás una pasadita y ya. Tú nomás coopera y sales rápido de esta.
—Espera, wey. Somos compas, cabrón. Acuérdate cuando trabajábamos juntos allá en Jalisco. ¿Quién fue el que te interceptó las coordenadas de los Arellano Félix allá en Puerto Vallarta? Pus yo Merodes.
—¡Oh, sí! Eso fue inolvidable. Pero ahora es otro rollo. Dime que no has visto en tu vida esta lata de aceite. ¡Mírala bien, cabrón!
—Te juro que no.
—Sargento segundo. Bájale el cierre este cabrón. Le vamos a meter unas de estas bolas en el culo, a ver si se le refresca la memoria.
—Está bien, está bien. Ya canto. Sí. Esa cosa era lo que tenía el carrito del señor ese de los algodones de azúcar.
—¿Y luego?
—No pos, luego se fue echa la mocha y ya no supe qué onda.
—No me mientas, cabrón. ¡Sargento! Va la primera bola.
—Paz, paz. Pido paz. Se lo dio al muchacho, al muchacho.
—¿A qué muchacho?
—El muchacho que le salvó la vida. Embistió por detrás a uno de los asaltantes con su carro. Iba con otros tres. Otro tipo y dos morras. El don les dio las gracias y alcancé a ver que les dio varias de esas latas, les dijo: ¡Pélense, chavos! y nunca lo olviden: ¡Apollo 11 su copiloto!
El comandante está cerca y cuando huele sangre no perdona. No es el momento para conceder clemencia. Toma las muñecas de su cautivo y las corta con una navaja fina, lo mismo hace con los talones. El dolor es insoportable. Intenta gritar, pero no le salen fuerzas de la garganta. Con sumo cuidado, el comandante unta miel sobre las heridas. Le pide al sargento segundo que traiga su maleta, que ahí hay una pequeña sorpresa. Son ratas enormes. Hambrientas. Tan salvajes que se están peleando entre sí. No hay medio ilícito que esté prohibido para llegar al fin. Eso lo aprendió en Jalisco, donde los delincuentes nunca perdonan un parpadeo del adversario.
—¿Tú sabes quién era Reinaldo de Châtillon? Era un bastardo, que durante la Edad Media, acosaba a los musulmanes porque le ultra cagaban por infieles. Y el tipo era un verdadero hijo de puta. Atacaba las caravanas de comerciantes y se quedaba con toda la lana. Se supone que eran tiempos de paz. Los cristianos respetaban a los mahometanos. Pero ya ves que en la guerra y en el amor se vale cualquier cosa. Así que el tipo, además de que se cogía a las pinches árabes, jugaba con sus prisioneros. Les abría heridas y les ponía miel, así como te hice a ti, para que las ratas se dieran un festín delicioso. ¿Tú no quieres eso o sí?
—No, no. ¡Piedad! Te digo lo que quieras, pero por favor desátame. Haré lo que tú me digas.
—Así me gusta, puto. El caso quedó sobreseído y tú lo hiciste, wey. No fue el juez. Y si te estoy siguiendo bien el hilo, si ese pinche chamaco héroe se fue así porque sí, entonces era un pinche junior de papi, así como el resto de sus amigotes, que te pagó una feria para que nadie dijera nada, ¿cierto?
—Correcto. Tienes toda la razón.
—Quiero sus nombres, puerco. Y los quiero ahora.
—Los vi al otro día. Fueron juntos a declarar, pero te juro que sólo sé el nombre de una de las amigas. El papá de ella es la que arregló todo. Se llama Silvia Rodríguez. Tiene un tatuaje de Winnie Pooh en el cuello y en ese entonces vivía en el Pedregal, en la calle de Niebla, número 26. Te juro por Diosito que es lo único que tengo.
—Así me gusta, puto. Sargento Segundo, ¡ya puede desatarlo! ¡Vámonos que aquí espantan!
—Gracias, muchas gracias manito. Gracias por no matarme.
—De nada, no me agradezcas. Ya sabes que tú y yo siempre seremos amigos. Pero como no estoy seguro de que pueda confiar en ti, ni modo, al menos de una bala no te vas a poder salvar por pinche sapo.

El comandante sale del burdel a toda prisa. En el tercer piso, Hugo Estrada se desangra de la rodilla. No morirá. Hay un hospital a la vuelta y se ha dado la orden de que se le traslade al cabo de diez minutos. Ahora es cuestión de unir la evidencia con Silvia Rodríguez y los asaltabancos. ¿Será muy complicado?

—Comandante, tres catorce. Atención, tes catorce.

—Diga, estación espacial 22. Cambio.

—Hay movimiento en la casa. Acaban de entrar dos personas. Una mujer y un encapuchado. Estaba esposado. Solicito órdenes para entrar. Cambio.

—Negativo, estación espacial. Aún es prematuro. No tiene refuerzos y nosotros estamos lejos. Prenda la antena e intercepte las comunicaciones, cambio. Si esa vivienda tiene buena acústica podremos escuchar algo. Cambio.

—A la orden. Comienza operación radial. Cambio.

Se oye un zumbido de interferencias y el comandante recuerda cuando su padre lo llevó con los ojos vendados al sótano de su casa y transmitió para él La Guerra de los Mundos de Orson Welles. Quedó embobado con cada sonido, cada vibración que hacía estremecer su piel. El suspenso de no saber si la humanidad sobreviviría y el último aliento de ayuda por el micrófono lo mantuvieron despierto por cinco días consecutivos. No durmió. Venció él sólo a los extraterrestres con su pistola de agua.

—Baila Dr. Simi. ¡Muévete al ritmo de la música!

—¿Dónde está? Te exijo que me digas dónde la tienes.

—No te voy a decir nada hasta que bailes. Siente el ritmo. Mueve los brazos. Brinca. Así, como una gacela. ¿Verdad que el ballet no es tan malo?

—Me estoy muriendo de la desesperación. Por favor, dime que está bien.

—Sí lo está, pero antes de que la vuelvas a ver primero tienes que confesar tus fechorías.

—Todo, todo. Por ella todo.

—Eres un sucio narcotraficante y que el cargamento de la cajuela es tuyo, lo confiesas, ¿verdad?

—Sí.

—Y fuiste tan cruel que engañaste a mi amiga, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres un pobre diablo que merece un castigo, ¿verdad? Sigue bailando.

—Ok. De acuerdo. Ya. Quítate ese traje. Te ves ridículo, pero déjate la cabeza. De aquí nos vamos a ir al punto de reunión, ¿te late?

—Sí.

—Aquí estación espacial. Tres catorce. Solicito autorización para seguir al vehículo, repito, los dos individuos están bajando las escaleras y alguien ha encendido el motor del auto. Cambio.

—Tienen sus binoculares de visión nocturna ahí con ustedes. Cambio.

—Afirmativo. Cambio.

—Al salir, quiero que te fijes en las cabezas de ambos. Del cuello para arriba. No me interesa el cuerpo, sólo las cabezas. Dame una descripción. Cambio.

La espera antes del momento de la verdad. Inaguantable. Eterna.

—Aquí estación espacial. El sospechoso masculino lleva una cabeza de Dr. Simi. Repito, de la botarga del Dr. Simi. La sospechosa lleva cabello recogido y con tatuaje de Winnie Pooh en el cuello. Repito. Tatuaje de Winnie Pooh. Cambio.

—Convoca a refuerzos y siga la ruta del vehículo. Luces apagadas, sin sirenas. Vamos para allá. No los pierdan de vista. Nadie abra fuego. ¡Son ellos! ¡Ya se chingaron! Cambio y fuera.

Es el día más feliz del comandante desde aquella noche en Puerto Vallarta. Se siente como Zenobia, la emperatriz de Palmira. Sexy e invencible. Es hora de atrapar al resto de la manada.

La canción que usa el comandante para las misiones en persecusión

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Capítulo 9

Al terminar la universidad, mi vida entró en una de esas fases donde resulta más divertido quedarte a jugar con tus sobrinitos que ir a buscar tu primer empleo. Estaba atorado. No tenía ni una pizca de idea sobre cómo empezar mi vida adulta. Por supuesto, no faltaron reclamos de Valeria. <<Te dije que te vinieras a trabajar conmigo en el puesto de dulces. ¿Cuándo aprenderás? No vas a ser niño por siempre. Bla, bla, bla.>>

Mea culpa. La timidez me había bloqueado ciertas habilidades sociales, pero mientras no había salido del mundo escolar lo peor era no ser invitado a tal fiesta o perderse la graduación. En cambio, cuando se trataba de ganarse el pan, resultaba difícil convencer a alguien de que yo era alguien de valor, si al primer momento de una entrevista me daban retortijones por el mole en pipián de mamá.

Con el fin de remediar la situación, los muchachos vinieron por mí una tarde de miércoles. Estaba algo apenado. Valeria canceló su taller de marionetas para niños que tenía programado esa tarde. Silvia fingió tener gripa para faltar a un ensayo en la Compañía de Danza del INBA y Andrés no fue al bar de costumbre a ligar con su costumbre de engañar a las chicas de que Bukowski era vegano. Mis queridos amigos. Sin ellos estaba perdido.

—¿Y qué pasó? ¿No fuiste a la audición de la Ollin Yoliztli para entrar a la Filarmónica de la Ciudad? —dijo Valeria.

¡Por favor! Esos tipos son tan corrientes que volverían al Concierto de violonchelo número 1 de Haydn en una canción de Juan Gabriel.

—Ay, Leo. Deja de ser tan inseguro. Tú puedes tocar a ese nivel sin problemas. ¡De verdad¡ Te he escuchado y me derrito todita.

El problema nunca fue mi nivel de solfeo o la forma de sentir la melodía. Lo que pasa es que me creía incapaz de pertencer a algo. Ni siquiera era dueño de mí mismo, menos de algo tan importante como una sinfónica.

—Nelpas. A mí se me hace que acá a nuestro Zorro se le aflojó el mastique comiendo caviar. ¿O me equivoco, Leo? —dijo Andrés. Lo odiaba cuando le daba al clavo.

—¡Cállate, tú! Nada más andas de amarra navajas y ni sabes qué onda —respondió Valeria. Como siempre, enojada.

Me hundí en el asiento más de la cuenta. Craso error. Era la señal cuando mentía. No podía ocultarlo. Era un tic que se me había quedado desde el campamento del club de Jesús.

—¿Neta no fuiste porque mamoneaste? —dijo incrédula Silvia.

Pues sí. Esa es la realidad. No me llegaban ni a los talones. Nadie en esa orquesta podía decir que amaba la música. Lo podía percibir en sus grabaciones que me pasó Valeria. Las notas me sonaban apagadas. Sin chiste. Yo no podía tocar junto a ellos. Me chuparían el alma.

—Ay, Leo. Todos tenemos que empezar por algún lado. No puedes llegar a ser jefe, sin antes pasar por obrero. Bueno, no pasa nada. Vente para acá, yo te apapacho —dijo Valeria. De inmediato me llevó a su regazo. Amaba eso.

—Deja de mimarlo como si estuviera en Plaza Sésamo. Lo que este cabrón necesita es una buena cogida —respondió Andrés.

—Ya vas a empezar con tus gatadas machistas. Para el auto o nos bajamos —respondió Valeria.

—¿Y por qué no nos callamos todos y dejamos de discutir como animales para elevar nuestro segundo chakra a la concordia? —resolvió Silvia. De hecho siempre que discutíamos hacía lo mismo. Nadie creía en su estilo de vida new age y sin embargo la obedecíamos. Era la que nos mantenía a raya.

Los placeres de la vida. Aire fresco entrando por la ventana. El sol en su máximo esplendor. Las piernas de Silvia colgando de la puerta. Valeria encendiendo un cigarro de marihuana. Andrés conduciendo con los ojos cerrados. Ice Ice baby en la radio. Odiaba esa canción, pero era la favorita de Valeria. No todo podía ser perfecto. Ja.

—Otra vez esa pinche cancioncita. Le voy a cambiar —dijo Andrés.

—No, déjala. A mí también me gusta —secundó Silvia.

¿Nunca se han sentido gangsters de la cuadra con cara de niño rico de Beverly Hills?

—Bueno, a ver. Como está la cosa de la chingada, dudo que el pinche Zedillo nos saque el pene del culo. No hay varo ni para montarse un pinche puesto de tamales. El país no tiene ni un varo para invertir en chicles. ¿Y quién sale jodido siempre? Pues nosotros, la clase media que sostenemos a los de abajo y nos aguantamos las mamadas de los aristócratas del Pedregal —dijo Andrés en su primer letanía política del día.

—Ay no, qué hueva. Entonces sí cámbiale de estación. No queremos oírte todo el camino como Zapatista de closet respondió Valeria.

—No, Vale. Deja que acabe. A ver. ¿Qué decías? —dijo Silvia.

—Pues sí. Como el gobierno no nos las hace buena, ni modo. No queda otra que entrarle al dinero fácil. Ellos hicieron las reglas del fuerte comiéndose al débil, ahora que se chinguen con las consecuencias. Armemos una banda.

¿Cómo que armemos una banda? Estilo Banda Machos o Los Fabulosos Cadillacs. La verdad nadie en un primer momento entendió a lo que Andrés quiso decir. Todos dábamos por sentado que seríamos ciudadanos decentes hasta el día de nuestras muertes. Hum. Estaba equivocado.

—No sean weyes. No una banda de música. Una banda de malandros. De pinches ratas blancas.

—¡No mames, Andrés! Tú ni podrías quitarle el reloj a esa viejita que está ahí en la esquina caminando con andadera —dijo Valeria.

—O sea, ¿me faltan huevos? ¿Es lo que quieres decir? —reviró Andrés.

—No, esos ya te los quitó tu última novia. La que te dejó sin carro y sin lana. ¿Ves? El asaltado fuiste tú.

—Te voy a romper el hocico.

—Déjate venir, nene.

—¿Otra vez? ¡Ya! Parecen niños de kinder —dijo Silvia.

Yo no estaba dispuesto en ir a la cárcel. Ahí violan a los primerizos, a los que tienen acné, a los que violaron antes y a los estafadores. Ni hablar. Aquello era muy peligroso. Después de un tiempo se te olvida hasta como te llamas. Es como estar atrapado en una fuga de Bach sin clavicordio.

—¿Y cómo nos llamaríamos? —dijo Silvia.

—Algo chido, algo pegajoso. Ah. Ya sé. Los Kool and the gang —dijo Andrés.

—Uta, qué original me cae. Así hasta el jefe Gorgory se orina en sus pantalones. Ah, no, ese es Rafa.

—No suena mal. De hecho tomar el nombre de algo que ya existe le da más prestigio al clan en cuestión —agregó Silvia.

Pero el chiste de una banda no es tanto el prestigio, sino la apropiación de algún simbolismo que la haga única. Como su marca registrada, pues. Igualito a la sordera de Beethoven, pero no tan drástico. Música de viento en el estadio diría el Perro Bermúdez. <<Versallesque>> <Culereeeee, culereeee>> ¡Eso es! Los Kool(eros) sin el Gang.

—¡Yupi! Me encanta, Leo. Es genial —dijo Silvia.

—Muy ingenioso, añadió Valeria.

—Ta bueno, pues. Te salió de churro, pero pasa —respondió Andrés.

—¿Y cómo nos llamamos? Cada uno, digo.

—Esa es la parte fácil. Acá mi Leo. Obvio. No hay ni que pensarlo. El Zorro Apestoso. Bueno, eso es muy largo para decirlo en el walkie talkie. Mejor Zorro 2, para que suene con más cachete. Para mi queridísima Silvia. Hum. Tan tierna. Candy Candy. Sí. Y finalmente, la bruja escandalosa del departamento 6. Ash. Pues ya. Tanto que ama su rap blanco y las malteadas del Helen’s. Que se llama Vanilla Ice. Y acá su servilleta; Papá Dios. ¿Les late?

—Vaya, hasta que se te ocurre una buena idea. Pero tu alias es muy ñoño. Tendremos que buscarte uno más corriente. ¿Y qué se supone que robaremos? —dijo Valeria.

—Ahí está el truco, chata. No vamos a ser una banda que asalte. Bueno, sí vamos a estar jugando con el bando de los malos, pero en reversa. O sea, vamos a cazarlos para después cobrar la recompensa con los polis —dijo Andrés.

—¿Y cómo carajos vamos a saber dónde están? Peor aún. ¿Cómo chingados vamos a saber cuándo van a robar o a secuestrar? No somos Nostradamus —replicó Valeria.

—Pues con inteligencia, amiga. ¿Que nunca has visto los Misterios sin Resolver o Crímenes de la Calle Morgue? Ahí los polis se revientan los sesos hasta dar con los responsables —dijo Silvia.

Sonaba demasiado fácil. Irreal. Ir de un lado a otro como Sherlock Holmes con cuerpo de Terminator requería no sólo tiempo en el gimnasio. Faltaban recursos; armas, ropa, comida, tiempo. ¿Dónde carajos aprenderíamos a apuntar con una pistola de agua sin que nos detuvieran los de tránsito? Estábamos en la esquina de Gabriel Mancera y Luz Saviñón. Mi vida yéndose al caño. Sin departamento propio. Viviendo con mis padres. Necesitaba un empujón venido de Saturno para impulsarme más rápido que Alain Prost.

—Ay, ¡qué lindo carrito de algodones rosas! ¡Ya vieron! Le salen flamas de atrás, como la caricatura de Meteoro —dijo Silvia.

En verdad era bonito. De metal, no de madera. Mucho más estético que uno de camotes. Cada vez que salían chispas de atrás se inflaba el algodón de azúcar en el cofre. Era como una combinación de nave espacial con la Feria de Chapultepec. Le sonaba música como camión de helados. Lo conducía un señor ya viejo, pero entusiasta. Niños se le acercaban por doquier. Los atraía igual que a las abejas. Billetes iban y venían. En vez de señor de los dulces parecía un vendedor de boletos de lotería.

—¿Ya vieron? Ese wey que está en el tubo. No me late. ¡No me jodas! ¿Se lo va a apañar? —preguntó Andrés, pero sus palabras se las llevó el smog.

Todo fue muy rápido. El tipo se abrió la gabardina y sacó una pistola. El muy cobarde golpeó la cabeza del señor por la espalda. Ni tiempo le dio de reaccionar. Los niños huyeron despavoridos. El tráfico estaba insoportable. Me sentía en cámara lenta. Nadie reaccionaba. Ni gritaba. Aquello era normal para ciudades como el D.F., Nueva York, Bangkok, Buenos Aires. Llega un villano a tu vida y te saca de tu riel. Porque se le pega la gana. Porque sí.

Cuando nos dimos cuenta, Andrés ya estaba sobre el tipo. Pisó a fondo el acelerador. No lo pensó. Fue en automático. Alcanzó a prender su pierna. Casi se la arranca. Fue dantesco. El hueso del fémur se le salió. Trató de dispararnos, pero su arma ni estaba cerca de él. Sólo cortó cartucho imaginariamente con sus dedos. Cayó inconsciente al piso. El carrito de los algodones también quedó destrozado. El señor lloraba de tristeza. <<Me costó diez años construirlo>>.

Llegó la policía. El dinero ya no estaba. No nos lo quedamos nosotros. Desapareció y ya. Quisimos hablar con él para disculparnos. Nos sentimos mal por haber destruido su vida. No nos quiso hablar. En la madrugada salimos de la delegación. El papá abogado de Silvia nos salvó. Ya nada podía cambiar lo sucedido. Éramos ladrones a la inversa. Imposible volver atrás. Nuestro destino estaba marcado.

Let’s kick it…

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

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Capítulo 5

Silvia nunca se pudo olvidar de la sonrisa macabra de aquel payaso con los dientes podridos y el maquillaje revuelto con la sangre. Todavía se acordaba de sus gritos ensordecedores, pidiendo ayuda. De noche todos los gatos son pardos, excepto un ex convicto inocente.

En Donceles, esquina con Palma, quedó muerto Cayetano. Un merolico, mimo y vendedor de tamales que su único pecado había sido robar unos cuernos de chocolate para alimentar a su familia. Lo refundieron en la cárcel 10 años. Al salir, no tenía a nadie. Ni un amigo con quien encontrar refugio. Dormía en la calle. Comía peor que un perro.

Tras un par de meses a la intemperie, un cuchillo delator atravesó su alma. Con las tripas de fuera, caminó en busca de una redención que terminara de un jalón con su sufrimiento. Nadie se le acercó. Nadie se atrevió a darle la última estocada. <<Auxilio, por favor>> <<Mátenme ya, que me duele la vida>> Silvia lo retuvo en sus brazos cuando ya no pudo sostenerse en pie. Su padre, trató de quitarla. Fue inútil. La niña se aferró como quien abraza a su muñeca en la obscuridad. Le cerró los ojos y ahí quedó todo.

Los cuatro amigos parapetados detrás de la mesa de atención a clientes. Afuera, llovizna de bengalas y sirenas. La noche es una bestia hambrienta que no los dejará en paz hasta probar al menos un bocado. Un regusto a ladrón asustado con sal molida de las estrellas.

—Esos putos no van a tener ni un pedazo de mí. Que les quede claro —dijo Andrés.

—¿Y ahora qué carajos vamos a hacer? —preguntó Leonardo.

—Nos van a rafaguear esos ojetes —murmuró Valeria.

—Saldremos por la puerta principal. Ustedes tranquilos y yo nerviosa —dijo Silvia con suma tranquilidad.

—¿Te has vuelto loca? —contestó Andrés.

—Es hora de abrir el telón.

Candy Candy reunió a sus compañeros y formó un círculo junto con los rehenes. Les pidió que se sentaran en la postura de loto con los ojos cerrados. Afuera no importaba que se hubiese desatado una jungla, el objetivo era calmar los ánimos y relajar a los niños. Un silencio trajo un aire frío que puso a todos los pelos de punta. <<Imaginen un viaje, lejos de aquí.>> <<Han cruzado Periférico hasta las Torres de Satélite. Atrás quedó el tránsito a vuelta de rueda. Son libres.>> <<Ya llegaron a la playa. Está sola. Sin que nadie los moleste. Túmbense en la arena y miren hacia el horizonte.>> <<Los barcos flotan a lo lejos. Se deslizan como en una pista de hielo. Mírenlos. ¿Ya vieron? Se desaparecen después de un rato al cruzar la rayita. Igualito a Buzz LightYear. ¡Al infinito y más allá!>> <<¡Escápense!, ¡huyan con ellos! Ustedes también pueden irse. ¡Patitas pa que las quiero!

Andrés, el líder, tiene el cuello perlado en sudor. Está tenso. Sus piernas le aprietan el regazo como un par de agujetas mal amarradas. Le cuesta sostener la concentración. Aprieta el puño para no perder el balance. Leonardo, se ha quedado dormido, o al menos en suspenso. Ronca como un cochino que ha acabado de comer. Casi podría decirse que levita. Sonríe. Inclina la cabeza hacia un lado, como si quisiera escuchar un consejo. Valeria balbucea vocales ininteligibles que poco a poco cobran forma en melodías pegajosas. Mueve sus brazos como si estuviera nadando. A toda velocidad. Es como un salmón corriente arriba. No la frena nada. Canta. <<Never gonna give you up, never gonna let you down, never gonna run around and desert you…>>

—Tierra llamando a Líder. Repito. Tierra llamando a líder —murmura Silvia.

—¿Eres tú la que me llama? o ¿Acaso estoy soñando? —contesta Andrés.

—Sí, soy yo. Quiero que te levantes muy despacio, sin molestar a los rehenes. No la vayas a cagar.

—No puedo. Siento que mis piernas son como dos sacos de cemento.

—Claro que puedes. ¿Ya se te olvidó lo que te enseñé?

—Es que ya me estoy malviajando y tengo miedo de que se me suba el muerto.

—No digas estupideces. Bueno. Está bien. Si te paras y consigues llegar hasta donde están las ventanillas, te doy un beso. Ese es tu sueño. ¿O me equivoco?

—A sus órdenes su majestad —contesta Andrés, que se levanta como un resorte al instante.

—Levanta a Vanilla Ice y a Zorro 2, también. Con cuidado, no vayas a regar el mole de olla —murmura Silvia.

Candy Candy se dirige a una de las valijas y piensa. ¿Cuáles habrán sido las últimas palabras de Cayetano? ¿Un payaso puede hacer reir a la muerte? ¿En el cielo se aceptan los chistes de gallegos? Las manos le tiemblan, como cuando se quedaba sola en casa y no podía dormir en las madrugadas. Para ir por un vaso de leche tenía que caminar con los ojos cerrados. Nunca le dio pena aceptar que tenía miedo a la oscuridad. Pero ese miedo no la bloqueaba, sino al contrario, la empujaba siempre a lanzarse al vacío. Era como una adicción que no se quitaba. La única manera de viajar hasta los confines de Marte si era preciso. A los doce se había convertido en una budista vegetariana aficionada a los lanzamientos de cohetes de la NASA.

Ya reunidos los cuatro en bolita. Silvia no se amedrenta y con voz delicada, pero firme, no se deja llevar por la incertidumbre.

—Bien. Ahora dispónganse a hacer lo que yo diga —dice Silvia.

—Lo que tú digas Candy Candy— contestan a coro sus 3 camaradas.

—Miren. Ahorita estos inocentes están en la lela. No saben lo que está pasando. Los hipnoticé. Voy a contestar este teléfono y le diré a la policía que nos consiga tres limusinas para salir de acá sanos y salvos.

—¿Y qué tal si nos quieren trampear en el camino? —dice Valeria.

—Por eso tenemos nuestro as bajo la manga. Leo. Tú agarra las bolsas y mete el dinero de la bóveda. Fácil. Líder va a separar a los niños de los adultos. A los peques déjalos amarrados en la bóveda ahí quietecitos. No les vamos a hacer nada a los pobres. Y tú Vanilla Ice. Empieza a maquillar a todos con este kit de payasos que traje. Tienes que hacer la sonrisa lo más macabra posible. Así, la polícia no nos va a poder tirar porque no va saber quienes son rehenes y quienes ladrones.

—¡Oh, brillante! ¡Eres una genio! —gritan los 3 camaradas de Candy Candy a coro.

—¡Silencio! ¡Todavía no he acabado! —dice Silvia.

—¿Qué falta? —pregunta Leonardo.

—Las limusinas nos tienen que llevar hasta el aeropuerto. Los rehenes no serán liberados, sino hasta que lleguemos. Como garantía, los niños serán nuestro seguro de vida. No les va a quedar de otra que dejarnos ir —dice Silvia.

—No estoy entendiendo. Si los niños se quedan sin hacer nada, fácilmente podrían tirarle la sopa a los tiras. Ya conocen nuestras caras y nuestras voces. Les podría valer madre y balearnos justo cuando soltemos a los rehenes —contesta Andrés.

—Elemental, mi querido Watson. Pero te has olvidado de una cosa. Sigue la mini fuga de gas que abrió Valeria para el truco de la galleta, ¿cierto? Allá abajo se sigue acumulando. Leo puede colocar una granada de fragmentación con un cable para que funcione como bomba —dice Silvia sin temor alguno.

—¿O nos dejan ir o volamos a estos niños? ¿Eso es lo que quieres decir? ¡No mames! Eso está cabrón. No nos podemos llevar ese peso a cuestas —responde Valeria.

—Son ellos o nosotros. Ustedes voten. ¿Quieren ir al reclusorio? ¿O gozar una megafiesta en Tulum?

—Dijimos claramente que eso nunca lo haríamos o ya se les olvidó aquella noche —balbucea Leonardo.

—Ay, corazón. ¿Nunca te han engañado con una paleta payaso para que termines la tarea? Al final la acabas y llegas al refri, pero no hay nada. Sin embargo, cumpliste. Se llama blofeo, mentira, fingir, pretender. Obvio, no vamos a explotar la bóveda con los niños dentro, sino a simular que lo hacemos —dice Silvia.

—Pero, antes necesitarán una prueba, ¿no? Para que vean de lo que somos capaces —dice el líder.

—Bien. Quítale la chamarra a uno de los niños y pónsela al hombre paja que trajo Andrés. Lo voy a ejecutar enfrente de esos judiciales que nos quieren comer vivos.

Silvia toma el revólver con gran clase. Ha visto en una sola semana un maratón de películas de James Bond, sólo para estudiar la forma en la que deben ir colocados los dedos alrededor del gatillo. Las luces no la desorientan. Tampoco los gritos amenazadores de cientos de hombres que la quieren ver muerta. Ella está un paso adelante. Dos cuando la situación está al rojo vivo. Ha soñado con este momento desde que leyó Crimen y Castigo. Le puso Raskolnikov a su perro labrador cuando le trajo su primera paloma muerta. Es ahora o nunca.

—Ey, policías. ¿Quieren ver una película bien cool en tercera dimensión? —grita Silvia con la frialdad de un asesino serial. ¡Bang, bang! La sangre de mentira empieza a chorrear por todos lados. La cabeza del hombre de paja revienta con menudencias de látex que pintó Andrés la noche anterior.

La policía se queda horrorizada. Están muertos de miedo.

—Les doy quince minutos para cumplir con nuestras demandas, o si no, otro niño morirá —grita Silvia.

De vuelta en el banco, sus compañeros aplauden estupefactos. Parecen asistentes a una obra de recién estreno en Broadway. Se sienten intocables. Están en el séptimo cielo.

—Falta una cosa. ¿Cómo vamos a “detonar la bomba? —pregunta Leo.

—¿Todavía cargas contigo tu tapete ese del Nintendo como sensor del suelo cuando tiembla? —dice Silvia.

—Obvio.

—Conéctalo como detonador. Si esos gordos no duran bailando mínimo diez minutos, ¡adiós nicanor! Hora de volver a los noventa. ¿Qué les gusta más? No rompas más o Payaso de Rodeo. Hum. ¡Ya sé! Mejor, Ambos. Espero que se sepan la coreografía. Si les pongo una del INBA no van a saber qué hacer.

El sargento Jiménez alinea al escuadrón. Algunos están en forma. Otros tienen diabetes y obesidad mórbida. Están sudando la gota gorda antes siquiera de empezar. Comienza el remix.

Cruzando la frontera me encontré con el
Era un tipo medio raro pero me cayo bien,
Me dijo viajo en carretera espero pronto
Llegar al rodeo que me espera allá.

¡Vamos! ¡Muevan esas piernas!

Me dijo con certeza que no hay mas emoción
Que romper un sombrero disparar un cañón
Salvar la vida de un jinete cuando mal anda su suerte
Soy payaso de rodeo, ho.

¡Sigan saltando! ¡No se rindan!

Les digo ven, ven, ven, animalito ven,
Ven y sígueme y veras lo que vas a aprender,
No ves que soy muy poco artístico
Muy listo muy gracioso soy payaso de rodeo, ho.

¡Ya casi! ¡Sálvemos a los niños!

Así llevamos largo tiempo luego se marcho,
Dejándome un mensaje que recuerdo hoy
Lo peligroso es gracioso
lo difícil es hermoso
lo mas grande es el rodeo, ho.

¡Ordóñez, no se detenga! ¡Por el amor de Dios!

Me dijo con certeza que no hay mas emoción
que romper un sombrero disparar un cañón
salvar la vida de un jinete cuando mal anda su suerte
Ser payaso de rodeo, ho.

¡Un esfuerzo más! ¡No se rindan!

Les digo ven, ven, ven, animalito ven,
Ven y sígueme y veras lo que vas a aprender,
No ves que soy muy poco artístico
Muy listo muy gracioso soy payaso de rodeo, ho.

¡Ordóñez! ¡Nooooooooooooo!

Explota una bomba. No hay denotadores a prueba de cansancio .En el cielo también se ríen de los chistes de gallegos, dijo alguna vez un payaso al que le decían Cayetano. Que murió solo. Sin público que lo escuchara. Junto a una niña que lo estrechó entre sus brazitos con una sonrisa que parecía venir de otro mundo.

Los kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Cookie man

Capítulo 3

El primer balazo se estrelló contra uno de los cajeros automáticos, que estaba junto al área de atención a clientes. El bullicio del exterior, aunado al ambiente de las fiestas patrias hizo creer que se trataba de algún cohetón festivo.

Al ver la punta de la pistola, la cajera dudó entre apretar el botón de auxilio y proteger su vientre de siete meses de embarazo. Sus nervios eran tales que quebró con la mano derecha un grueso crayón de madera. Andrés le apuntaba directo a la cabeza entre la rendija del cristal blindado.

—Escuchen muy bien, hijos de la chingada. No traten de hacer nada pendejo, o si no, se van de acá con un plomazo en el culo. Si cooperan con nosotros, esto les va a durar menos que una pinche misa de gallo —dijo Líder.

Leonardo sacó de su bolsillo una tableta y se apostó sobre una de las cámaras que colgaban de la puerta a escasos centímetros de su cabeza. Con un simple clic la iluminación del lugar se fugó hacia un rincón donde nadie podría encontrarla. El sistema de seguridad quedó bloqueado. Luego, como si se tratara de un maestro de orquesta, se montó a un banco y conectó un megáfono a una de las lámparas. Todos se quedaron perplejos al escuchar sonidos extraños de gaviotas, olas y pregones de vendedores ambulantes ofreciendo cocos al 2 por 1. Aquella grabación Leo la bautizó como “La Risa en Banamex 3”.

—Así me gusta, bien portaditos. ¿Ya ven que no somos tan culeros? Les estamos disparando un viaje hasta Acapulco de a grapa. Ni caseta tienen que pagar. Ahora bien. Todos los hombres, se van a colocar boca abajo de mi lado derecho. Las mujeres, junto a los cajeros a mi izquierda. ¡Rápido, rápido! Mi compañera Candy Candy les va a echar una manoseadita para checar nomás si por ahí no hay un pinche Rambo o Judicial que nos quiera jugar chueco.

Silvia tenía las manos más suaves de toda la Ciudad. Cuando Valeria se enojaba con ella porque había olvidado llamarla por la noche, pasaba sus yemas sobre el mentón con un movimiento de pinza y, de inmediato, se sentía igual que recoger uvas de un viñedo. Su trato dulce conquistaba a cualquier persona, sin importar que la conociera de años o en tiempos recientes.

—Están limpios, Líder —dijo Candy Candy.

—¡Muy bien!, ahora vamos al paso 2. Vanilla Ice, ¡es hora! —dijo Andrés.

La cuarta integrante blandió la ametralladora y se dirigió, con mirada fúrica, al gerente. Era de pocas palabras. Más brava que un toro en ayunas. No le gustaba que le dijeran qué hacer, y tenía poca paciencia. Soltó un revés, tan fuerte, que le rompió los lentes al pobre empleado.

—¡Llévanos a la bóveda, o te rompo el pene! —dijo Valeria.

Malherido en su orgullo y cara, el gerente abrió un cajón y sacó un juego de llaves. No tenía control de su cuerpo. Un hilito de orina asomó por la ingle. Valeria sonrió satisfecha, y justo, cuando se disponía a humillar a aquel empleado con uno de sus sarcasmos, un niño dijo:

—Mamá, ¿por qué ese señor llora por el gigio?

Andrés se quedó estupefacto. Por un segundo, casi se le resbala su arma de las manos. Leo alzó los hombros en señal de disculpa. No tenía por qué. Se supone que a esa hora de mediodía ningún niño debería andar metido en un banco, sino en la escuela. Por su baja estatura, pasó inadvertido al inicio del amague. Candy Candy se puso a rezar. Vanilla Ice, ni tarda ni perezosa, se quitó la máscara.

—¡Qué bonito, niño! Oye, se ve que tú le debes dar mucha lata a tu mamá, eh. ¿Por dónde está? —dijo Valeria.
—Es la señora cajera que está junto al ratón vaquero —contestó la criatura, confundiendo a Leonardo con un cowboy del viejo oeste.
—¿Y quiéres que te cuente una historia? Pero va a ser rápida eh, porque estamos jugando con tu mami a policías y ladrones —dijo Valeria, mientras mecía los cabellos del niño, no sin antes, habiendo mostrado un guiño cómplice a la aterrorizada cajera embarazada en plan de apaciguarla. Candy Candy no haría nada para poner en peligro en dos niños. Así lo había jurado. Desde aquella noche.

—Había una vez un cochinito, un pato y un perro. Los tres eran excelentes cocineros y sus postres eran los más envidiados de la región. Un día, el alcalde del pueblo lanzó el concurso del hombre galleta más grande del universo. Aquel que lograra inflar el suyo hasta el cielo, ganaría una dotación de dulces de por vida.

—Adoro las galletas —dijo el niño.

—Total, que nuestros tres amigos querían ganar ese concurso a toda costa. El cochinito pensó que si hacía bolitas de algodón y las metía al horno de microondas, éstas se inflarían hasta formar una enorme barriga. Pero zaz, no funcionó. Quedaron chamuscadas.

Era tal la mímica y la actuación tan convincentes, que los rehenes empezaron a meterse en la historia de Valeria.

—El pato fue hasta el pantano para juntar lodo. Con su máquina de hacer tortillas comenzó a amasar y amasar, hasta que le quedó un monigote de cinco metros, pero se le olvidó meterlo al congelador y el sol lo derritió todo. Se puso a llorar, pobre.

—¿Y el perro? —dijo el niño.

—Ese fue el más inteligente. Le llamó a su amigo Gato el carpintero, y se puso a talar árboles como loco. Pensaba que si usaba madera y luego la metía al horno, lograría que su hombre de galleta llegara lo más lejos. Sudó hasta que se le agotó la fuerza de los brazos. Metió su monigote al horno mágico y ¡pum! Su galleta creció hasta la luna. Ganó el concurso.

—¡Bravo, bravo! ¡Qué ingenio! —gritaron los rehenes.

Valeria sacó su soplete, con el que pensaban sacar el dinero de los cajeros automáticos, y comenzó a hacer juegos encendidos como los traga fuego de las esquinas. Su número de cirquera con el que triunfó la noche en que Leonardo se consagró con el Himno a la Alegría. Cuando se giró para colocar su arma sobre una silla, el niño sacó una de sus triki trakes y la colocó sobre la tierna llama.

—Mira, yo le voy a ganar al perro —dijo el niño emocionado.

Un flamazo enorme salió por el ducto de aire. El humo negro comenzó a rodear la sucursal bancaria. Los rehenes comenzaron a gritar auxilio. Andrés explotó en furia.

—¿Qué haces pendeja? Te dije que no trajeras esa chingadera.

Una alarma de camión se comenzó a escuchar calles adelante. El estertor de una galleta extra crujiente. Las ventana comenzaron a empañarse y el dióxido de carbono penetró por la puerta.

—Son los bomberos, ¡carajo! —dijo Zorro 2.

Valeria sonrió y sostuvo al niño en brazos, como quien protege a una tortuga recién desovada. La cajera lo recibió en su regazo y comenzó a llorar en señal de agradecimiento. Dicen que la suerte favorece a la mente más preparada.

—¿Se puede saber por qué carajos celebras? Se puede estar incendiando todo el puto estacionamento en el piso de abajo —dijo Líder.

—¿Y por dónde creen que los putos polis nos pueden entrar si intentan una labor de salvamento? Las puertas, que dan hacia la bóveda de abajo, se cierran automáticamente, vía remota, en caso de emergencia. Protocolo estándar de seguridad. Los tenemos justo tomados de los huevos. ¡Merci, mi querido Líder!

—¡Jaque mate, camarada! —gritó emocionada Candy Candy.

—¡Smoke on the water! —cantó Zorro 2, moviendo la cintura en señalar de festejo.

Andrés, que tan pocas veces sabía reconocer cuando Vanilla Ice hacía algo bien, rio satisfecho. Y se acordó de la vieja Valeria, aquella que alguna vez fue frágil y casi pierde la vida en sus brazos, en una clínica clandestina de aborto. Esa fue la única vez que la vio llorar. Su sueño era haber podido jugar a la galletas con su hijo.

Tie-break (ficción)

Pensé que no se daría por vencido, así que lo reté a un partido de tenis. Era la única forma de doblegar su espíritu, y de paso, deshacerme de ese Rembrandt que no compraba nadie. Horacio, nuestro único empleado, se ofreció de juez de silla.

El contrabando de arte no nos estaba dejando lo suficiente. Desde que a un idiota se le ocurrió inflar un patio de hule para ponerlo a flotar en Hong Kong, la gente comenzó a perder interés en el caballete. Les aburría aquello que nunca cambiaba. Preferían lo novedoso, lo fugaz.

Así que mi socio no dejaba de joderme en que quería cambiar de giro. Quizá algo de piratería en piezas de escultura o litografías de Banksy falsificadas. Le dije que se equivocaba porque el arte clásico nunca se devalúa y representa una fuente de inversión estable.

—Los dos tienen razón. Más vale darle conejo a la tortuga, que tortuga al conejo— dijo Horacio.

Total que, para no hacer el cuento más largo, me aceptó el duelo. Si yo ganaba seguiríamos con el negocio, si él ganaba regalaríamos el Rembrandt a una escuela y bienvenido el Fabergé con relleno de chocolate. ¿Qué más podía perder? Él no hacía deporte desde la secundaria y yo fumaba una cajetilla de cigarros al día.

—Sólo prometan una cosa. El tenis es un juego de caballeros. Nunca dejen de verse a los ojos y al final dense la mano— insistió Horacio.

Primer servicio. Uuf. Ni a la red llegó. Segundo servicio. Afuera de la raya. Doble falta. 0-15. Mi primer servicio. —¿A dónde carajos se fue el juez? Resulta que Horacio aprovechó mi saque para robarse el Rembrandt, recargado sobre la banca de juego, y de paso, nos dejó sin pelotas.