Tres pies al 🐱

Cuando era niño pensaba que los cometas eran la pipí de algún alien que no pudo llegar a tiempo al baño por culpa de su motocicleta varada en el taller.

Mi madre siempre me decía lo mismo: no le busques tres pies al gato, la gente siempre se busca cualquier pretexto para no pagar impuestos.

Más tarde, en la secundaria, intenté quebrar la puerta de la oficina del director para vaciarle ácido sulfúrico a su termo con café. Era un taimado hijo de puta que castigaba a los que se atrevían a decir que el fútbol era un deporte para actores frustrados e infieles en domingo.

Traté de probar mi punto. Descolgué un coco de la palmera y lo rellené de algodón para darle más consistencia. Se lo aventé a la cara, y no tardó ni un parpadeo en tomar catsup de la cafetería, haciéndose el herido.

La enfermera Dora siempre le decía lo mismo: ¿sabes por qué nunca he aceptado salir contigo? Porque los orgasmos son más difíciles de fingir que ver milagros en tierra de paganos.

En 1986 fui a ver un concierto de Huey, Lewis and the News. Tocaron todos sus éxitos. Me fui de cabeza cuando llegó el turno de corear Heart and Soul. Al terminar, fui con mi amigo a tomar una cerveza en el bar de la esquina de mi casa. Me confesó que andaba desviando capital de su empresa a una cuenta secreta en las Bahamas.

Me quedé pensando largo tiempo una respuesta adecuada. Tenía sentimientos encontrados, ya que no deseaba verlo sufrir, pero tampoco me apetecía solapar sus negocios turbios con la mafia rusa y le dije: si lavamos tu dinero con orina de gato, ¿tú crees que en Marte nos cambien tres años de cárcel por un Pent House con vista al Monte Olimpo?

Esto es lo que llaman cuarentena (ficción)

Gordo cuarentón se queda dormido viendo una serie, cuyo argumento se basa en una novela de Perec donde los perros se meten heroína. Sueña que es un productor de sardina enlatada, cuya emblema es un pez pirateado de Bob Esponja haciendo la patadita de Luismi.

Despierta por ahí de las dos de la tarde. Hace mucho que sus amigos no le hablan, así que no se molesta en revisar el recibo de teléfono. Almuerza unos huevos a la tamaulipeca humedecidos con un poco de mezcal. Sin mucho que hacer, escribe. Ya probó las otras seis artes y en todas resultó un fiasco.

Estávamos tan contentos. Estábamos con v chica, mono tonto…

Señor Burns.

Interrumpe su valiente aportación a los escritores derechistas admiradores de la escuela “Vargasllosiana” y se para a activar el Spotify. No se puede concentrar en silencio. La última vez que intentó ayudar a su amiga con un guion mudo sobre los derechos de los animales, se echó un pedo. Las desastrosas consecuencias terminaron por enemistar a su gato con la Secretaría del Medio Ambiente y los de Whiskas.

Harry, aceptémoslo. Y no estoy bromeando. Sin faltarte al respeto. Eres un cabrón. Eres un cabrón ahora y siempre serás un cabrón. Lo único que va a cambiar es que te vas a convertir en alguien más cabrón. Quizá, tendrás más hijos cabrones.

Ken.

Suena una notificación de tuirer. Es un tipo de Guadalajara que no quiso formarse en la fila y se robó tres cajas de gel antibacterial. Gustoso le da like y se toca el corazón con orgullo, mientras busca en la gaveta del escritorio su bandera raída de los cristeros. Esto no es un crossover. En Doceles todavía te intercambian una estampa de Margarita Zavala por un mauser del siglo XIX.

Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras.

Holden.

Empieza a oscurecer. Nada ha pasado. El bote de los lápices sigue inmóvil. Sabe lo que le corresponde hacer. No cambiar en absoluto la modorra del mundo. Ya van 549 muertos. El gobierno miente. No puede haber otra explicacion. Se mira al espejo las lonjas. Nadie se atrevería a quererlo. No puede traspasar la estulticia a bordo de una Big Mac sorteando las olas de un mar revuelto en la licuadora. Sólo se para y me mira. Tiene ganas de madrearme, incluso besarme. Ya tiene el primer párrafo de su novela.

¿Acaso sabes lo que en esta vida significa sentirte más rechazado que un puto virus chino?

X.

Próximamente en librerías. No se aceptan Susanas Distancias. Solo se permite una. Homero Archundia tiene dos por uno.

¿Somos espías o payasos? (ficción)

El agente B se interna en un país de Sudamérica con credencial de experto gastronómico del ministerio de cultura de su país. Pero en realidad busca al hermano gemelo de Eichmann que no le devolvió su lapicera.

Es experto en manejo de bombas, situaciones de alto riesgo y huevos benedictinos, en especial con la salsa holandesa, que nunca le queda aguada. Va a buscar a J, que es su contacto para conseguir armas e información. Dicen que el objetivo se esconde en la playa, y que se emborracha hasta el amanecer. Solo.

B no quiere llamar la atención de inmediato. Quiere llevar un perfil acorde a su tarjeta de migración. J lo lleva a una cata de vinos afuera de la ciudad. Se enamora de inmediato del paisaje; ciertamente no le disgustaría mudarse allí. En la barra, conversan sobre misiones del pasado. A B le sorprende como J nunca pudo matar a nadie. En este negocio tarde o temprano toca liquidar a un bastardo.

—¿Por qué? —pregunta B.

—Será porque siempre me gustó trabajar ebrio y eso no es muy bueno para la puntería. Pero cuando tengo que huir de verdad, ahí siempre me voy sobrio, —responde J.

Se dan las señas del objetivo y se despiden.

Al otro día sale B temprano por la mañana rumbo a su objetivo. Le resuenan en el oído las palabras de J. Le tiemblan las manos. Para quitarse el estrés se prepara una ensalada verde con pato en el hostal donde se aloja. A nadie le parece sospechoso.

Llega al escondite. Por fin. B se acerca con sigilo. Empuña su arma y corta cartucho con sumo cuidado. Está sudando a mares. Mataría por una cerveza, pero no se puede beber y meterle una bala a un cabrón de forma simultánea.

Cama vacía. Cocina vacía. Sala vacía. Baño vacío. No hay nadie. B se sorprende, pero decide esperar a su víctima. En vano. Nota que los vidrios de las ventanas son verdes. Se acerca. Son botellas de vino recicladas. Toda la casa sigue las mismas características. Vuelve a la cocina. En la mesa hay una botella vacía y una nota. Beber con un desconocido, a la primera, no siempre es bueno.

Disculpa que no me pude quedar más tiempo, pero te pusiste tan sentimental hablando de tu divorcio que no tuve la sangre fría para matarte. Además, yo también estaba ebrio. Aproveché para escapar mientras preparabas tu rica ensalada de pato en el hostal. Por favor, no me guardes rencor. Ser agente a doble banda es una mierda. Atentamente: tu amigo/enemigo J.

Cartas sin remitente (ficción)

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Le escribe a su madre todos los días, aunque por dentro ya sabe que el fax ha pasado de moda. Mira frente a su ventana las cosas que nunca pudo decirle de niño: “mamá, me jalas de los pelos”, “no quiero ir al concierto de Fey”, “la hija del cura me extorsiona”, y un largo etcétera.

En la adolescencia se quedó sin padre. Murió en un accidente de tránsito . En realidad, fue atropellado por una patineta. Jamás volvió a subirse a ningún medio de transporte. Caminó y caminó a todos lados. Hasta que los pies se le llenaron de llagas y conoció a Victoria, la doctora. Que le curó los pies y el corazón.

A los treinta nació su único hijo. Un rapaz que se metía en problemas por robarse los pasteles de cualquier ventana. Un día llegó a casa y encontró a su pequeño tirado en la sala. Empachado. Para “voltearle” el estómago lo único que se le ocurrió fue subir al tendedero y colgarlo de los pies. Logró quitarle el retortijón, pero a la vez hizo a un cirquero. Ahora el hijo se dedica a aventarse en el área. Pide penaltis hasta por la depresión en la bolsa de valores.

En la adultez se dedicó a viajar. Con su hijo ya vuelto un hombre y su esposa hecha una Derrota de tanta miseria hospitalaria, decidió cortar cobijas e irse por su lado. Vivió un año en un monasterio al sur de Francia, nomás para ver qué se sentía vivir con sotana y sin calzones. Libre como empresario limpio ante al SAT, perdón, como el viento.

Y así ha llegado la vejez. Se conforma con poco. El baño está cerca de la cama y la cocineta siempre huele a jazmín. El patio tiene árboles frutales, con hartos pájaros que cantan cada mañana. Le quedan sus fotos, sus recuerdos, el moño que le robó a la niña extorsionadora en venganza. Sólo falta una cosa. ¿Podrían decirle a ese hijo de su chingada madre, que soy yo, que ya aprenda a usar el correo electrónico? Llevo meses y meses con mi bandeja de entrada vacía.