¿Somos espías o payasos? (ficción)

El agente B se interna en un país de Sudamérica con credencial de experto gastronómico del ministerio de cultura de su país. Pero en realidad busca al hermano gemelo de Eichmann que no le devolvió su lapicera.

Es experto en manejo de bombas, situaciones de alto riesgo y huevos benedictinos, en especial con la salsa holandesa, que nunca le queda aguada. Va a buscar a J, que es su contacto para conseguir armas e información. Dicen que el objetivo se esconde en la playa, y que se emborracha hasta el amanecer. Solo.

B no quiere llamar la atención de inmediato. Quiere llevar un perfil acorde a su tarjeta de migración. J lo lleva a una cata de vinos afuera de la ciudad. Se enamora de inmediato del paisaje; ciertamente no le disgustaría mudarse allí. En la barra, conversan sobre misiones del pasado. A B le sorprende como J nunca pudo matar a nadie. En este negocio tarde o temprano toca liquidar a un bastardo.

—¿Por qué? —pregunta B.

—Será porque siempre me gustó trabajar ebrio y eso no es muy bueno para la puntería. Pero cuando tengo que huir de verdad, ahí siempre me voy sobrio, —responde J.

Se dan las señas del objetivo y se despiden.

Al otro día sale B temprano por la mañana rumbo a su objetivo. Le resuenan en el oído las palabras de J. Le tiemblan las manos. Para quitarse el estrés se prepara una ensalada verde con pato en el hostal donde se aloja. A nadie le parece sospechoso.

Llega al escondite. Por fin. B se acerca con sigilo. Empuña su arma y corta cartucho con sumo cuidado. Está sudando a mares. Mataría por una cerveza, pero no se puede beber y meterle una bala a un cabrón de forma simultánea.

Cama vacía. Cocina vacía. Sala vacía. Baño vacío. No hay nadie. B se sorprende, pero decide esperar a su víctima. En vano. Nota que los vidrios de las ventanas son verdes. Se acerca. Son botellas de vino recicladas. Toda la casa sigue las mismas características. Vuelve a la cocina. En la mesa hay una botella vacía y una nota. Beber con un desconocido, a la primera, no siempre es bueno.

Disculpa que no me pude quedar más tiempo, pero te pusiste tan sentimental hablando de tu divorcio que no tuve la sangre fría para matarte. Además, yo también estaba ebrio. Aproveché para escapar mientras preparabas tu rica ensalada de pato en el hostal. Por favor, no me guardes rencor. Ser agente a doble banda es una mierda. Atentamente: tu amigo/enemigo J.

Cartas sin remitente (ficción)

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Le escribe a su madre todos los días, aunque por dentro ya sabe que el fax ha pasado de moda. Mira frente a su ventana las cosas que nunca pudo decirle de niño: “mamá, me jalas de los pelos”, “no quiero ir al concierto de Fey”, “la hija del cura me extorsiona”, y un largo etcétera.

En la adolescencia se quedó sin padre. Murió en un accidente de tránsito . En realidad, fue atropellado por una patineta. Jamás volvió a subirse a ningún medio de transporte. Caminó y caminó a todos lados. Hasta que los pies se le llenaron de llagas y conoció a Victoria, la doctora. Que le curó los pies y el corazón.

A los treinta nació su único hijo. Un rapaz que se metía en problemas por robarse los pasteles de cualquier ventana. Un día llegó a casa y encontró a su pequeño tirado en la sala. Empachado. Para “voltearle” el estómago lo único que se le ocurrió fue subir al tendedero y colgarlo de los pies. Logró quitarle el retortijón, pero a la vez hizo a un cirquero. Ahora el hijo se dedica a aventarse en el área. Pide penaltis hasta por la depresión en la bolsa de valores.

En la adultez se dedicó a viajar. Con su hijo ya vuelto un hombre y su esposa hecha una Derrota de tanta miseria hospitalaria, decidió cortar cobijas e irse por su lado. Vivió un año en un monasterio al sur de Francia, nomás para ver qué se sentía vivir con sotana y sin calzones. Libre como empresario limpio ante al SAT, perdón, como el viento.

Y así ha llegado la vejez. Se conforma con poco. El baño está cerca de la cama y la cocineta siempre huele a jazmín. El patio tiene árboles frutales, con hartos pájaros que cantan cada mañana. Le quedan sus fotos, sus recuerdos, el moño que le robó a la niña extorsionadora en venganza. Sólo falta una cosa. ¿Podrían decirle a ese hijo de su chingada madre, que soy yo, que ya aprenda a usar el correo electrónico? Llevo meses y meses con mi bandeja de entrada vacía.