Los reyes magos no son los papás (ficción)

Nunca supe quién cambió el frasco de mermelada por una montaña de clavos. Por la mañana, afuera del garage, había montones de llantas ponchadas que pertenecieron a triciclos que jamás pudieron ganar el Tour de Francia.

Tuve una infancia regular. En los días de fiesta nunca me regalaban nada, y cuando volvía a casa con cuatro materias reprobadas me daban una vuelta en globo aerostático. Mi única era ilusión era vivir mi primer beso con Daniela, pero nunca leyó mis cartas y terminé tocando la guitarra en un barco lleno de gitanos.

Crecí hasta que ya no pude sortear el marco de las puertas. Casi choco con Saturno. Sus anillos me hubieran embarrado la boca del hule que quedó de mi pelota de baloncesto; abandonada en algún desván del cielo. A los quince llegué a la punta del Everest montado en patines. El Yeti me quiso poner el pie. Yo no me dejé y decidí cedérselos cuando ya estaba cerca de la meta. Al idiota no le entraban porque calzo del cuatro y medio.

En un temblor se me rompió el Walkman de mi abuelo. Me dejó un casete de Roxette dentro. Yo prefería escuchar a la Santanera. Nos quedábamos horas discutiendo en la sala, a la luz de la luna, sobre cómo perderle miedo al reloj. No le gustaba pensar en su muerte. El sólo hecho de no saberse independiente para ir al baño o comer lo aterraba. Tenía muchas deudas y pocos ánimos para jugar dominó con el Diablo. Por eso se hizo cantante Pop. Para chuparle el alma a los jóvenes mientras se hacía rico, vendiendo droga entre sus compañeros del asilo.

Al fin. Después de tantas décadas de sequía, desperté y noté que mi zapato ya no estaba junto al Árbol del Navidad. Debió llevárselo Baltazar a un rodeo o para el maratón de Nueva York. En su lugar, una caja grandota envuelta con papel celofán. ¿El regalo? Un recibo de la compañía de teléfonos con la siguiente leyenda:

El número al que usted ha llamado no existe, intente enviar oficio a una monarquía constitucional, las de corte absolutista pierden todas las cartas de solicitud de juguetes en las oficinas del Lic. Jesús.

Invasión (no incluye AK-47)

Me fui a la cama sin cena. Adentro del refrigerador se quedaron unos frijoles agrios dentro de un envase de leche Alpura y unos Sugus sabor a menta. El resto se lo apañó el perro la noche en que dejé abierto.

Nunca me fue bien en la guerra. En la escuela, hasta el gordo friki lleno de espinillas se robaba mi almuerzo. Después, traté de pactar una tregua con la computadora; sin darme cuenta abrí un archivo que borró todo mi disco duro. Resulta que ese desgraciado se vengó porque en el Kinder le eché ron a su cereal.

Gasté años en municiones que no eran del calibre de mis pensamientos. Jalaba y jalaba el gatillo, pero mis compañeros de trabajo nunca entendieron que el Tenis también es un deporte para comunistas. 15-15 o 40-40 son puntuaciones donde todos se sienten millonarios, pero al final los sueños se quedan en la red. Yo tenía un revés de puta madre, pero me jodí el codo y ahora soy un capitalista que no le alcanza ni para retirarse.

Tengo una teoría que podría levantar ámpula. Un señor de la guerra se acostumbra a la victoria hasta que deja de sentir odio por su enemigo. Maquiavelo se equivoca. Dejé de gritarle al señor del gas y le dije, amablemente, que le pagaba con flatulencias; ahora mi trasero ya hasta cotiza en la bolsa de valores en la vertiente hidrocarburos. En el futuro, cualquier demanda de divorcio o pensión entre marido y mujer enfrentados se resolverá con una lata de frijoles junto a una bandera del América. Del odio al amor hay un solo paso.

¡Seamos sensatos! Ya no queremos más balazos. Que los grandes conflictos bélicos sean parte de un pasado lejano. Por eso propongo un acuerdo entre príncipes. El primero que asome la corona, se compromete a invadir mi corazón con soldados de chocolate.

Vete lejos, pero no te pongas mocasines

Una casa que transpira ácido por las paredes de vuelve una caja de chocolates cuando expira la ambición por la herencia de la abuela y el hambre obliga a los habitantes a comerse un sandwich de asbesto.

Un detective se pregunta por qué se han fugado sus pistas al caer la noche. Puede que un ave con insomnio haya entrado por la ventana, confundiendo una confesión de promesas rotas con una manta para arropar a sus polluelos.

Este es el tiempo donde las olas desbordan la taza de café para salir por una avenida donde los departamentos son de renta congelada y a los vecinos no les importa ver a un indigente inyectarse heroína en el parque de enfrente. Si fueran amables por lo menos podrían ofrecerle uno de esos abrigos de Zara cosidos por niños de Pakistán. Fingen no mirar.

Son pocos los que hasta ahora han conocido Bangladesh. A mí me contaron que allá, uno sube una montaña muy alta y al bajar se le olvidan las cosas. Es un fenómeno particular. El aire se escapa por la nariz, el culo, las plantas de los pies. Sucede que la soledad es tan escurridiza que para la Interpol resulta harto complicado publicar una ficha roja. Se nos van todas nuestras señas, nuestros recuerdos. Es como si no hubiésemos existido. Somos prófugos de un delito que jamás cometimos. La diarrea aleja a las personas.

Trazo sobre la arena un círculo de donde nacen ciertos de tortugas. En lla boca llevan una hostia consagrada que bendice su viaje hasta Central Park. No les importa llegar tarde. Los tiburones se fueron de farra ayer y su resaca los tiene maldiciendo frente al sofá. Solo queda una salida. No entrar a clase de Química.

Tie-break (ficción)

Pensé que no se daría por vencido, así que lo reté a un partido de tenis. Era la única forma de doblegar su espíritu, y de paso, deshacerme de ese Rembrandt que no compraba nadie. Horacio, nuestro único empleado, se ofreció de juez de silla.

El contrabando de arte no nos estaba dejando lo suficiente. Desde que a un idiota se le ocurrió inflar un patio de hule para ponerlo a flotar en Hong Kong, la gente comenzó a perder interés en el caballete. Les aburría aquello que nunca cambiaba. Preferían lo novedoso, lo fugaz.

Así que mi socio no dejaba de joderme en que quería cambiar de giro. Quizá algo de piratería en piezas de escultura o litografías de Banksy falsificadas. Le dije que se equivocaba porque el arte clásico nunca se devalúa y representa una fuente de inversión estable.

—Los dos tienen razón. Más vale darle conejo a la tortuga, que tortuga al conejo— dijo Horacio.

Total que, para no hacer el cuento más largo, me aceptó el duelo. Si yo ganaba seguiríamos con el negocio, si él ganaba regalaríamos el Rembrandt a una escuela y bienvenido el Fabergé con relleno de chocolate. ¿Qué más podía perder? Él no hacía deporte desde la secundaria y yo fumaba una cajetilla de cigarros al día.

—Sólo prometan una cosa. El tenis es un juego de caballeros. Nunca dejen de verse a los ojos y al final dense la mano— insistió Horacio.

Primer servicio. Uuf. Ni a la red llegó. Segundo servicio. Afuera de la raya. Doble falta. 0-15. Mi primer servicio. —¿A dónde carajos se fue el juez? Resulta que Horacio aprovechó mi saque para robarse el Rembrandt, recargado sobre la banca de juego, y de paso, nos dejó sin pelotas.

Emergencia

Cuando te dan ganas de hacer pipí, al gobierno se le ocurre prohibir los pantalones sin cierre.

Cuando estás a punto de hacer el último balance de cuentas, a Hacienda se le ocurre cobrarte con dulces en vez de efectivo.

Cuando el sol está llegando al cenit, el rey decide abdicar en favor de su hijo porque tiene que ir a regar sus plantas.

Cuando el chofer se queda sin gasolina a centímetros de la iglesia, Dios descompone el taxímetro para que te cobren el recorrido al triple y sin propina.

Cuando el motor del avión se revienta, un ave viene por ti y te baja, a salvo, a la realidad. Sólo para darte cuenta que el baño de primera clase sí estaba disponible.

Fake news (ficción)

Mataron al presidente. No. En realidad sólo le dieron agruras, declaró alguien del Twitter.

Capturaron al diablo. No. Uno de sus guaruras quiso comprar un beso con un billete falso de 200 pesos.

Se descubrió la cura contra la amnesia. No. Los doctores recomiendan beber en lunes por si tu esposa revisa el celular y tienes que decir que, lo del fin de semana fue un sueño o actuaste en una película mala con Mr. Bean.

Crean píldora para escribir novelas al estilo Vargas Llosa. No. Al salir del antro, a un tipo se le ocurrió pasarse pasarse de ácidos y acabó dando clase magistral a un grupo de vagabundos sobre el cofre de un taxi.

Estados Unidos devuelve a México; California, Arizona, Nuevo México y parte de Texas como reparaciones retroactivas de guerra. No. Estados Unidos le exige a México repatriar a los 15 millones de connacionales que viven en California, Arizona, Nuevo México y parte de Texas.

Todo lo verde es vida. La marihuana es verde, ergo, la marihuana es vida. Sí. Aristóteles ya desayunaba brownies con hierba. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas.

2 x 1 (ficción)

De un puesto a otro no parece haber mucha diferencia. Unos te ofrecen nuez para el juez, otros melón para bajarle el mal humor a tu suegra. Yo elegí uno que atendía un señor ciego. Me llamó la atención la forma en que acariciaba su fruta, como si le estuviera limpiando el cochambre a su bebé. No era ni por mucho el que tenía los precios más bajos de la zona, el culero más bien era re carero. No obstante, por alguna extraña razón siempre estuvo lleno de clientes. Me acerqué con tiento, como un perro que olfatea el pastel olvidado en la mesa. Palpé unas manzanas, estaban firmes y apetitosas. Los duraznos desprendían un olor igual de excitante que una boca recién besada. Las piñas, todavía no maduras, sonreían cada que algún marchante babeaba de sed por su jugo. No le di muchas vueltas y le dicté mi pedido. El tipo no me dijo nada. No parecía molesto, pero tampoco muy alegre que digamos. Le pagué y me dio mi cambio. No quise quedarme con la duda y pregunté; —¿hice algo que le molestara? El muy cabrón respondió; —pus sí, joven. Se sabroseó a casi toda la fruta, pero se le olvidó mallugarme mis naranjas. Y el tipo, muy ufano, se sacó dos bolotas de su pantalón. Todos rieron, y por eso comprendí que en el mercado “el que no enseña, no vende”.