Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 13

Yo no tengo fama de destapa-caños, y a menudo me equivoco en darle consejo a la gente. Es que, ¿cómo puedes saber lo correcto si desde pequeña te enseñaron a desconfiar? Creer en una misma requiere años de práctica; para muestra lo que pasó en aquel restaurante.

Yo le dije a Valeria que no era necesario usar sus clásicas tácticas de seducción; el tipo ese ni siquiera la pelaba o era demasiado listo para no perder ni un segundo su tequila con Coca Cola cada vez que se iban de fiesta.

Creíamos que por sólo el hecho de ser atrevidos ya bastaba para pretender que sí encajábamos en ese mundo. Craso error. Un vendedor de droga no entrena en su casa con el videojuego de Cara Cortada y sale, después de dos semanas, experto en manejo de armas y lesbianas incomprendidas. No. Vive en la calle, respira temor.

Nueve de la noche. El gerente da la orden de levantar las mesas. Valeria, detrás de los hornos está hecha un manojo de nervios. Me molesta porque cuando pasa eso empieza a culpar a Andrés de todo y se pelean horrible. Leonardo, como siempre, finge no estar ahí y se va por la tangente. Se nos acaba el tiempo. El comerciante está esperando una respuesta. Estamos fritos. Ya podemos darnos por muertos. Pero no, eso sería sencillo en demasía, no mato en los aerobics a diario como para no saber que cardio sin pesas no sirve de nada.

<<¡Cállense, idiotas! Los va a oir el señor y aquí mismo nos matan a balazos.>> Respiro y me tomo mi licuado de apio que siempre me acompaña para limpiar el estómago. “Las tripas contaminadas nublan el pensamiento”, decía mi abuela. Les digo fuerte: <<A ver. Vamos a hacer esto. Le voy a llevar esta botella de vino al señor como cortesía de la casa. Wey, neta son unos pendejos. De esta ya no vamos a salir, pero podemos comprar tiempo y decidir qué hacer. Le decimos que vamos al laboratorio porque ahí tenemos una sorpresa extra. El tipo, como que se las va a oler, pero ya ni modo. El chiste es irle bajando el enojo. Ya una vez en el lugar le decimos la verdad. Así, directo a la yugular. Tenemos dos opciones. O nos mata ahí mismo o nos da una especie de pase momentáneo en lo que le reponemos lo que se llevó ese maldito Simi.>>

Lógico. Nadie me cree. Creen que estoy loca y que mi idea no va a funcionar. Como es lógico, tratan de idear sus propias salidas, pero ya es muy tarde. Están tan cerrados que no se les ocurrirá nada. <<No se preocupen, van a ver que sí va a funcionar, pero tienen que actuar honestos. Basta ya de mentir. Acéptenlo. Ya estarían fritos en el mundo de Al Capone, agradezcan que nos metimos con botargas y osos de peluche>>.

Adelante. Tomo la iniciativa y los dejo hablando solos. Se siguen culpando por cosas que pasaron hace años. No se dan cuenta de la inutilidad del rencor para solucionar problemas en el presente. ¿De qué me sirve escupirle al cajero por cobrarme doble el pan sin gluten?, si de todas maneras la tienda ya me está cobrando cien pesos más hasta por respirar el aire de Las Lomas. No, señora. El helado sí tiene grasa. De nada sirve que se le pase corriendo horas detrás de su chofer, si sigue comiendo como cerda.

<<Buena noche, señor. El gerente le envía este obsequio. Deseamos que pronto vuelva a visitarnos. El señor Martínez, que estaba en su mesa, nos dejó un mensaje para usted>>. Pues sí. De algo me tuvo que servir quedarme hasta tarde con mi hermano viendo “Otro día para morir”. Nunca había visto a Pierce Brosnan tan guapo. Es un sueño. Hago la entrega de una caja lujosa de Olinalá, la lleno de algunos billetes de 500, un puro y una simple hoja cebolla. Elegante. “No puedo entregarle lo convenido aquí. Nos observan. Pase al mundo de los sueños.” El señor y su acompañante sonríen. No parecen tan convencidos, pero eso nos da ciertas esperanzas.

Se sube a su BMW. Nosotros al vocho de la mamá de Leo. Hace ruido, pero esta Ciudad es una jungla y vestirse como el depredador no es el movimiento más convincente. Mis amigos están mudos. Por primera vez me doy cuenta de que hay ciertas partes de ellos que desconozco. Está bien tener secretos para uno mismo, pero no está padre vivir como si cualquiera cosa diera igual escoger X o Z. Bien. ¿Quieren jugar a los encantados? ¡Perfecto! Por mí, no hay problema, pero a ver qué le dicen al señor cuando lo tengan frente a frente y le expliquen que no tenemos cómo pagarle.

<<Pinche Silvia, ¿Cómo puedes ser tan fría?>> ¡Ahora resulta! Una se levanta temprano para prender el calentador y hacer los hot cakes, y la tonta nena prefiere quedarse en cama todo el día. A veces Valeria me decepciona feo. No le respondo de inmediato y pongo a Luismi en el Ipod porque el vocho no tiene estéreo. Ajá. Qué casualidad. “Fría como el viento, peligrosa como el mar, dulce como un beso. No te dejas amar…” Andrés voltea a los lados como paranoico, como si se hubiera creído la mentira de que estuvo en el restaurante como policía encubierto y Leo al menos ya se puso a hacer algo y le saca brillo a las pistolas de juguete que trajimos para que al menos parezcan verdaderas.

<<Bueno, ya acabaron con sus chistesitos, ¿cierto? Se me acaba de ocurrir algo. No les va a gustar, pero dadas las circunstancias es mejor que se vayan acostumbrado a lo inevitable>>. Les explico que, en efecto, el señor puede que guarde la compostura unos minutos, pero después sí nos va a querer matar. Ahí entra la habilidad de Valeria, que ya para que le dieran el estelar de Cats es que algo ha hecho bien. Que se retuerza un poco y así dará un poco de lástima. Leo parece autista así que él no necesita actuar. Si le pongo el Ipod a volumen bajito con una melodía de Stravinski, ya no hay de qué preocuparse. Andrés se tiene que poner los pantalones y ofrecer los términos de cómo le vamos ir pagando al señor. Como lo conozco y, desde luego, va a querer pedir cosas descabelladas, ahí entro yo y le confío en que puede contar con nosotros para hacerle los trabajos que el quiera. Da lo mismo de qué; chofer, nana, vendiendo cocaína en los antros, recolectar, lo que sea.

<<Ajá y así tan fácil se va a dejar, ¡no seas ilusa, Silvia!>>. No he acabado. Por supuesto, nadie dijo que fuera fácil, pero es el único plan. El único que puede ponerse en marcha de inmediato, y que no requiere ponerse romántico o demasiado estúpido para querer ir con la policía. Falta la mejor parte. Ese impostor de Simi cree que nos ha engañado, pero se metió con la que no debía. Con mi Valeria. Sí, es medio tonta a veces, pero la quiero. Así es la amistad. En las buenas y en las malas. Lo vamos a forzar a que vuelva. ¿Cómo? Secuestraremos a su mamá. La obligaremos a que nos diga cómo localizarlo. No va a tener de otra. La conocimos en la fiesta, cuando fingíamos ser segunda de Valeria en la compra de buena mercancía.

<<¡Vaya! Esa sí que es buena. Ahora no sólo vamos a ser dealers de verdad, sino que además tenemos que visitar al Mocha-orejas para que nos dé unas clases magistrales>>. ¡Ay, no inventen! Ni que fuera tan complicado raptar a alguien. Nos la llevamos al panteón y ahí hacemos dos hoyos. En uno metemos a la señora. Obvio, no la vamos a enterrar viva. Le haremos una caja especial tipo Houdini y un tanque de oxígeno para que pueda respirar. En el otro, pondremos el dinero falso que Valeria le pensaba dar al comprador, para ver si a ese Simi le importa más la vida o la ambición. He visto en muchos programas de tele a esos criminales que no les importaría vender a su propia madre con tal de acaparar más riqueza. De verdad, están enfermos.

<<He estado en este negocio por más de veinte años y nunca había visto semejante chingadera>>. Sí, señor. Mea culpa. Por mi culpa, por mi culpa, por eso ruego a los Muppet Babies y a las más de mil tortugas ninja que mataron de forma salvaje en un laboratorio para crear la caricatura. No culpe a mis amigos. Culpe a los ventajosos. A los que no tienen lealtad. A los doble cara. Ellos tienen la responsabilidad de que este mundo sea una mierda. <<Temo que debo…>> Clic. Obvio. Ninguna escena de dramaturgia o cine estaría completa sin el sonido del martillo de un revólver justiciero. Haga lo que tenga qué hacer.

<<Sé que la cagamos, señor. Pero, piénselo de esta forma. Si nos mata no recuperará su dinero y encima su reputación estaría manchada porque el verdadero culpable no pagaría y nosotros sí. ¿Cree eso justo?>> Lo digo con la mayor convicción posible. Mis ojos no mienten. Habré podido engañar a un ex novio, a mi mamá porque no le avisé sobre mi operación de pechos, a mi hermano porque no le dije que su futura esposa le fue infiel la noche antes de la boda y a mis amigos por no ser tan honesta aún corriendo el riesgo de herirlos. La verdad duele, y sin embargo, alivia mejor que el Vick VapoRub. <<Tienes agallas, niña. ¿Tú crees que puedas entregármelo>>. No sólo se lo voy a poner en bandeja de plata, sino que hasta con una manzana en la boca se lo va a poder devorar>>. ¡Líbranos Dios de todos los pecados!

I’m sorry.

Corre el tiempo. Así tan deprisa como cuando te das cuenta de que ya te acabaste todas las palomitas y la película apenas va en el minuto quince. Un año ha pasado. No todo ha sido malo. Valeria ya tiene novia y viven juntas en la Narvarte. Andrés se metió al gimnasio, Leo se va todas los domingos a la punta del Ajusco para escuchar la primera nota del día. Leo siendo Leo. Sí, ellos la pasan bien, pero yo no puedo desconcentrarme ni un minuto. Por supuesto, me consiento cada vez que puedo y trato de ya no pelear con mi papá por culpa del PRD, pero duermo con un ojo abierto. He vendido droga hasta en carritos de helado, es más fácil de lo que parece. Los clientes me dieron ese consejo para que la dinámica parezca natural. Siempre van en pareja. A su novia le dan un sandwich helado de chocolate, uno real. Ellos piden de vainilla. Como una roca les entrego la coca y brincan de gusto. El día que mezclen azúcar con LCD alguien se va a hacer millonario.

La deuda está casi pagada, pero aún falta el golpe maestro. <<¿Ya la viste bien? Sí, es esa gorda que está parada en el puesto de las lechugas>>. Es la mamá de Simi. La maldita bien que se la ha vivido de lujo en lujo. Va al salón de belleza, va de compras a Suburbia y llena el carro, se toma un café de cien pesos con las amigas. Eso antes no pasaba. Le llega dinero de vez en cuando, cualquier mono con dos dedos de frente lo sabría. ¿Para qué entonces va a la oficina de Telégrafos cada dos semanas? El plan es simple. Dejamos que camine un rato y en la esquina de Cerro del Agua la subimos al vocho. Valeria ya tiene lista la cuerda y la capucha. Andrés nos llevará a un lugar escondido de Santo Domingo que nos servirá como casa de seguridad. Leo está allá colocando cartones de huevo en las paredes para aislar el sonido.
<<Nadie se mueva hasta que yo dé la señal>>. ¡Vaya! Con razón a Andrés le gusta tanto ordenar con su tono todo mamón. Esto de ser líder ya me está gustando. La señora, por supuesto, no tiene prisa. Hasta parece que le pide permiso a una pierna para mover la otra. Hay mucha gente. Seríamos blanco fácil si lo hacemos ahora. Eso sin contar las cámaras de las casas. ¡Qué desesperación! Esto podría tardar siglos. Andrés saca de la guantera un chaleco de esos que usan los barrenderos y se baja del auto. Allá enfrente hay una coladera. La abre. ¿Qué demonios hace? <<Atención, estimados peatones. Desvíense a la derecha. Obra en curso>>. ¡Perfecto! Todos muy obedientitos toman el callejón, rumbo a la iglesia. Ahí es estrecho y hay poca gente. La señora obedece. La sigo muy despacito. Soy un jaguar que no se va ir de aquí sin la caza del día.
<<¡Ya valió verga, doña>>. Andrés la aborda por detrás y le pone la mana en la boca. La amordaza. La víctima se resiste, pero no se compara la fuerza de un robusto tipo de treinta y pico contra una sesentona. Vámonos al escondite. <<No seas idiota, Líder. No me pongas sus patotas en mi cara. ¿No ves que está pateando?>> Menos mal que Valeria no olvidó volver a usar nuestros nombres en clave. En los ensayos a la estúpida se le salió veinte veces el Silvia, hasta que me tuve que peinar como Candy Candy para que se acordara. ¡Cómo odio ese peinado! No tenemos mucho tiempo para hacerla confesar. Si nos pasamos de diez o quince minutos, o le podría dar un infarto o volverse una tumba. Otro cliché que el 99.9% de las veces resulta correcto. Aunque se estén muriendo del susto y a sus hijos no les importa un comino, las madrecitas jamás los delatan.
<<Llame a su hijo o la mato>>. Gritos de socorro nos revientan los oídos. Pero, afuera todo es normal. Leo ha hecho un excelente trabajo. Esta vieja es como mi abuela. Se dobla, pero no se rompe. Y no es para menos. Esas mujeres que tuvieron que soportar cualquier cosa de sus maridos, y encima con diez hijos encima y el mismo mole en pipián para cenar. Se merecen un monumento, no un calvario. ¡Lástima! Tendré que aguantarme las ganas de no llorar porque un estúpido hombre, que resulta ser su hijo, nos metió en un embrollo. <<Si no nos dices dónde está, vamos a empezar a jugar. ¿Quieres que te muestre mis juguetes?>> La verdad hay que reconocer que a Andrés sí le sirvió bastante ver la trilogía del Padrino como veinte veces. Hay algo en él que me asusta, pero casi nunca está de buen humor como para decírselo. <<No diré nada>>. Ja. Nos salió brava la res.

<<No estarás hablando en serio ¿Verdad, Vanilla Ice?>> Por supuesto que sí. Es Valeria y cuando está enojada es capaz de todo. ¿Qué va a hacer con ese machete? <<A ver hija de la chingada, nos vas a decir dónde está tu puto hijo narcotraficante o aquí mismo te pico el ombligo>> Cinco metros, luego dos. Sigue incólume. Un metro. Medio centímetro. La punta roza el vientre y un hilo de sangre corre por el piso. <<Ya, está bien, pinche chamaca enferma. Me doy>>.

<<¿Quién lo hará?>> El líder debe hacerlo, dar la cara y poner el ejemplo. En automático todos me voltean a ver. Pero se equivocan. Yo no escogí esto para lucirme frente a sus ojos o para parecer importante. Lo hice porque los amo, porque de nada sirve el brillo individual si al final todos salimos perdiendo. Yo daría la vida por ellos. Son mi más grande tesoro. ¿Que no ven que me estoy poniendo cursi? ¡Hagan algo! Esperen. Tienen razón. Yo debo hacerlo. Alguna vez Valeria me dijo que la mejor venganza es ser feliz. Sea, pues.

Vanilla Ice. Es hora del rap. Traenos ese disco de platino.

<<¡Mamá! Te dije que no me marcaras desde esta línea. ¿Que no te acuerdas que me andan buscando los putos azules>>. Sí. Esa es su voz. Yo nada más estuve cerca de él en la fiesta, pero según Valeria, a veces pasa que el diablo te habla como un ángel sólo para ponerte el cuerno con Dios. Ah, pues así sonaba esa maldito Simi.

<<Hola, cabroncito. ¿Me recuerdas bien, verdad? Sí. Soy yo y he vuelto, como Alf, pero no en fichas, sino en carne y hueso. Vas a callar tu sucia boca y me vas a escuchar. Tengo a tu mamá. Y la pobre se está muriendo. Vamos a hacer esto. O me pagas o me pagas. Bien sabes lo que hiciste y me vale madres por qué. Este es el trato. Vas a ir al panteón de San Pedro Mártir a la medianoche. Al fondo a la derecha te estará esperando un sepulturero. No creas que soy tan pendeja. Él cree que va a ser una exhumación por orden del Ministerio Público y está sordo, así que ni intentes explicarle nada>>.

<<Pinche Valeria, me cae que no me la creo, pinche puta lesbiana.>>

<<¡Cállete el hocico, pendejo! No he acabado. Veamos si eres Flash y al mismo tiempo Superman. En una de esas tumbas estará tu madrecita santa, y en la otra un varo por los viejos tiempos. Tómalo como un rescate de cortesía. Los dos pueden ser tuyos, pero a tu jefa se le va a acabar el aire en 30 minutos, y la lana se te puede podrir si te cae la ley, así que tú sabrás. Ya tienes las coordenadas.

<<Si le tocas un pelo a mi mamá, te juro que…>>

<<Guarda tu saliva, mugroso>> Que te va a hacer falta al rato. Ya sabes. Hoy a la medianoche. Cambio y fuera.

¡Bravo! ¡Magnífico! Pero, falta el toque final, si no, la obra estaría incompleta. Le falta el sazón a la Candy Candy:

Acuérdense de meter el dinero falso, que sobró de la bóveda del banco, en la tumba de la izquierda. La dirección de reclamo ya está lista. Viene escrita detrás de la envoltura de la paleta Payaso que me comí en la mañana. Simi no tendrá problemas en venir a buscarnos. Mañana, antes de la función, a las 6:55, Leo le marca a la policía para reportar un incendio, igualito como lo hicimos en el asalto. Ya le avisé al comerciante que puede pasar por su boleto en el teatro desde ayer. Con eso tenemos sala llena asegurada. Tenemos a todos los invitados, ya, con confirmación. ¡Que comience el show!

Kiss me, Candy Candy

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Capítulo 10

La patrulla da vuelta en “U” en pleno Insurgentes. Al comandante no parece importarle mucho que el Metrobús estuvo a punto de darle un besito a su defensa. Su abuelo, quien le enseñó a manejar, expresó algún día la frase mágica que le abriría las puertas de la verdad: “Todos acabamos manejando como pendejos, incluso en domingo”.

Esta mañana ha estado un poco agitada. No está de buen humor. La cafetera de la comandancia se rompió, así que no tuvo nada para acompañar su bolillo con mermelada. Uno de los sicarios de algún cártel importante se burló del jefe de la sección 6, escapando de la puerta trasera de un Vips con un bigote de leche como disfraz. El Cruz Azul perdió por séptimo partido consecutivo y al gato le dio diarrea.

Piensa mal y acertarás. Tratándose de un policía, el refrán no tiene ningún sentido. Es un pleonasmo. En la literatura todo es muy romántico. Sherlock Holmes sentado en su oficina. Fumando su pipa y viendo llover desde la ventana. Watson dice “kaboom” y el caso queda resuelto por arte de magia. La teoría vence a la práctica que el lector no ve: rodillas raspadas, un balazo en el hígado, pistas que no llevan a nada, presidentes corruptos, esposas abandonadas. Nuestro amigo acaba de pasar por su quinto divorcio.

—Ya llegamos, mi comandante —dice el sargento segundo.

—Llama a López y pide cuatro sirenas mudas por si se calienta la cosa. Dos enfrente, dos atrás. Que no traigan los juguetes largos. No queremos espantar a los vecinos.

—A la orden, mi comandante.

La casa está en ruinas. Se ven plantas silvestres asomándose por el techo. Huele a fertilizante. En la esquina, hay dos o tres adolescentes inhalando solvente. No se molestan en disimular. Es mediodía. A lo mejor no hay nadie. O están muertos. El instinto salvaje de un criminal, se llame como se llame, es borrar el rastro para que no lo atrapen. Pero aún es muy temprano para sacar conclusiones apresuradas. El juego está en marcha y quedan todavía 99 yardas para la zona de anotación. Después del quinto timbrazo, alguien contesta.

—¿Diga? ¿Qué se le ofrece?

—Venimos a entregar la leche —responde ufano el comandante.

—¿A esta hora?

—Es que a las vacas les dio diarrea en el camino. Ahí traigo a una en la cajuela. Ya le di Pepto Bismol y medio se alivianó un poco.

—Un momento.

Toca la culata del arma como si le estuviera dando la bendición. No es para desenfundarla de inmediato. Es una especie de ritual para la buena suerte. Siente que si no la toca antes de entrevistar a alguien, le puede salir salpullido o perder en las cartas con los demás jefes por los jueves de póquer. Se escucha el pasador del zaguán.

—Mire, hijo de la chingada, aquí no queremos ninguna pinche leche, ni de burra, ni de vaca, ni de…

—¿Qué decía?

—Discúlpeme, oficial. Es que por acá hay mucho puberto que se creen acá el Güero Palma y se meten a robar a las casas. Imagínese el peligro en el que vivimos.

—¿Y qué? ¿Me vas a dejar acá en la puerta esperando como novia de rancho?

—Pase, mi jefe. Por supuesto.

En la casucha no parece haber ningún material de interés para robar. Hay unos lavaderos despostillados en un rincón. Cajas percudidas de losetas, un loro que no se calla y maletas de gimnasio con candados. Cosa por demás estúpida. Sin siquiera preguntar, el comandante saca una navaja del cinto y rasga una de ellas. ¿Droga? ¿Dinero? ¿Revistas pornográficas? No. Galletas de animalitos sin comer. Nuevas. Sin usar.

—¿Piensa salir de viaje?

—¿Yo? ¡Qué va! Aquí nomás ando de velador. Ahoritita le llamo al patrón. Déjeme ver si ya se levantó. Es que ayer llegó bien pítimo y se me desmayó re gacho en la cocina.

—Gracias, compadre.

El comandante no tiene ni que murmurar. Basta un leve movimiento del cuello, como de halcón, para alertar a sus subordinados que peinen la zona. Si parpadea, eso quiere decir que saquen fotos con su celular. A discreción. Si hace la “v” de la victoria con su mano derecha, eso significa no hacer alboroto. Si aprieta el bíceps como fisicoculturista es la llamada de alerta para desenfundar. Nada qué temer. Hace la “v” y todos tranquilos.

—Buenas, mi comandante, ¿en qué le puedo servir?

—¿Es aquí usted el dueño de esta pocilga?

—¡Oh! ¿Ya tan rápido nos llevamos tan feo, jefe? Pues sí. En realidad es mi bodega. Esos cuartuchos de ahí nomás los hice para cuando ya no podía llegar a mi casa y le decía a mi vieja que me quedaría tarde en la oficina.

—Aja, ahora así le dicen. La oficina.

—No, no. ¿Cómo cree, mi comandante? Acá no traje a ninguna chamacona. Yo soy fiel ante los ojitos de Dios. Siempre.

—¿Y qué dice su esposa al respecto?

—Uy, mi comandante. Murió hace diez años. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

No hay nada de interés. <<¿Qué está pasando?>>, se pregunta el comandante. <<Yo debería estar atrapando a cuatro cabrones que dizque robaron un banco. No en este cuchitril>>. Saca un pañuelo y se enjuaga el sudor de la frente. Sacaría un cigarro para los nervios, pero recuerda que su quinta esposa lo dejó porque le prometió que dejaría de fumar y no lo hizo. Entonces, tendrá que cambiar la táctica. Como dice Pancho Villa. “Mato y después veriguo”.

—¿Es de usted esto?

Toma la mano derecha y la mete dentro del saco. El pobre hombre, dueño de la pocilga más rancia de la colonia Portales, se pone lívido. No, no es un arma. Es una lata con forma de nave espacial marca “Apollo 11”. Un soplete extraño, de desconocido origen y del que nadie ha escuchado hablar. Ni siquiera el plomero más experimentado de toda la Ciudad.

—¡No puedo creerlo! —dice el anciano que abraza a su lata como si fuera un bebé listo para aterrizar en la cuna.

—Andamos por ahí, investigando unos hechos y quisiera que me ayudara con unas preguntas.

—¡Venga, mi comandante! Déjeme le enseño algo.

El pequeño grupo se adentra en los cuartuchos del fondo de la bodega. Por afuera uno podría llevarse una mala impresión. Entran a un refugio sagrado. Los pisos están limpios. Huele a Pinol. La decoración es humilde, pero el aire es como de iglesia. Ninguna cosa está fuera de su lugar. El tesoro está en el cuarto de atrás. Trofeos y medallas. Fotografías de la lata cósmica, durante los años 60. Ahí, el anciano es un individuo lleno de vitalidad; robusto, con los ojos brillantes y una melena a la Rigo Tovar. Su nombre es Donato López. No hay que ser un especialista de automovilismo para sorprenderse. En los retratos aparecen abrazados, junto al héroe, personajes ilustres: Mario Andretti, Juan Manuel Fangio, Pedro Rodríguez, Niki Lauda.

—¿Usted era piloto? —pregunta el comandante.

—De pruebas, mi jefe. Trabajé con los mejores. Verá, cuando a uno lo trata la vida bien jodido, de repente llegas al paraíso y las cosas cambian. Yo nunca fui bueno ni para la escuela, ni para la bailada, pero los autos eran mi pasión. Todo el día pensaba en ellos. Cuando me subía a uno sentía que volaba. Era como, vivir todo el tiempo en la luna, ¿me entiende?

—¡Oh, sí! Lo entiendo perfectamente.

—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta! —gritó el loro que giraba en su aro como si estuviera manejando un auto fórmula 1.

—¿Usted le enseñó eso?

—Era uno de nuestros comerciales, y se lo aprendió de volada en un día.

—¿No se supone que es: “Quaker State, su copiloto”?

—Esos condenados gringos. Me pagaron y luego me robaron mi idea. ¡Malditos lacras!

—Me gustaría saber lo que pasó.

—Por supuesto. Le contaré. Desde muy chico estuve ahorrando y ahorrando para poderme comprar mi auto algún día. Cuando tenía 20 años me conseguí mi primer Ford. Era un modelo viejo, 1945, pero corría un resto el desgraciado. En unos arrancones que anduvimos haciendo por la salida a Toluca, un día me descubrió un hombre bien trajeado. Me dijo que él podía hacer mis sueños realidad. Yo al principio no le creí, pero hablaba como si fuera un predicador. Era un representante de aceites para motor que le vendía a varias escuderías cuando se corría el Gran Premio de México en el Autódromo. Me dijo que me fuera a chambear con él.

—¿Y de qué le ofreció trabajo?

—Pus al principio como chalán. Empecé desde abajo, ahí en los talleres. Aprendí como ayudante de mecánico como unos 3 años, luego me fui puliendo y empecé a ascender. No ganaba mucho dinero, pero al menos tenía un trabajo y eso me daba para comer. Seguía ahorrando como mula judía, porque no sabía si ese sueño iba a durar para siempre. Seguía talacheando en otros queberes.

—Pues de vez en cuando regresaba al mercado para ayudarle a mi papá en su puesto o llevaba bordados que hacía mi mamá a las comadres de Santa Domingo y mi favorito, me iba a yo ahí por las calles de vendedor ambulante. Uta, me iba chingón. Andaba de un lado a otro con mi carrito. Vendía por temporadas. Un rato jugos, otro rato camotes, otro rato piñas, pero mi favorito era vender algodones de azúcar. Ya sabe. Oir la risa de los niños no tiene precio.

—¿Y luego como salió esa cosa del Apollo 11?

—Ah, pues un día en el taller, estábamos buscando la forma de encontrar un propulsor a base de aceite, que no se quemara tan rápido, con un rendimiento del triple de capacidad. Estaba cabrón, eh. Y de repente vi en la tele lo de estos tipos que se fueron a la luna. Fue allá por el 69, ¿cierto? Al despegar, esas naves hacían un chingo de ruido, pero dicen los que saben que cuando llegaban al espacio su vuelo era bien pinche livianito, como de borrego girando en barbacoa. Bien muertito. Usamos unos aditivos que le dieron más consistencia a la mezcla del aceite y !pa su madre!, los coches se volvían cohetes, super calladitos. No podías saber si al lado te estaban rebasando. Por eso eran ideales para las carreras.

—¿Eso no era ilegal?
—Era la época romántica del automovilismo, mi comandante. Todos los pinches equipos eran bien tramposos, hasta los de Ferrari. Los coches estaban super amañados, pero nos hacíamos de la vista gorda. El chiste era ganar. Lo demás eran puras pendejadas.
—Pero seguramente, su producto se volvió muy famoso. ¿Cierto?
—Sí y no, mi comandante. Todos lo usaban, pero no podía hacerse público porque las carreras perderían interés y los aficionados se desencantarían. No podía saberse, tenía que usarse por debajo del agua. Por un rato funcionó bien, pero después…
—Hace quince años por fin pude haber logrado mi sueño. Pero, todo se fue al carajo. Ya había podido reunir un buen capitalillo para asociarme con unos weyes del gabacho. Mi retiro dorado. Pero, me accidenté y esos mismos tipos se robaron mis fórmulas. Las vendieron a Quaker State por cinco pesos y yo me quedé en la ruina.
—No me diga, ¿pues qué le pasó?
—Un desastre, mi comandante. Me atropellaron, cuando me querían robar mi carrito de algodones. Yo nada más salía de vez en cuando para recordar viejos tiempos y un día, ¡pum! Unos malandros me intentan asaltar y en la rebambaramba un pinche auto ojete me toca la pierna y me deja casi inválido. Ni lo vi venir. Me dio por la espalda. ¡Pinche destino tan cruel! Un pinche auto, el símbolo de mis sueños, los acabó de un madrazo.
—¿Nunca levantó denuncia?
—Sí intenté, pero en el ministerio público me dijeron que el expediente se había perdido. Un amigo abogángster me dijo que me aplicaron la del hombre de paja. Juntan a 3 o 4 tipos para declarar y después ya no pueden aplicar la notificación para el juez, porque cambian los domicilios y el MP desecha el caso por falta de pruebas. ¿No le parece eso una mamada?
—Ni que lo diga, don. Ni que lo diga. ¿Y los asaltantes? ¿Supo que les pasó?
—Pues no es por ser ave de mal agüero, pero semanas después me enteré que los dos que consiguieron huir se los tronaron por allá en Lerma. Los encontraron hechos cachitos y a los otros dos en la cárcel les metieron filo en el abdomen.
—¿Recuerda usted al Secretario que le tomó la denuncia en el MP?
—No me acuerdo bien, creo que Estrada. Sí. Hugo Estrada. En el lugar todos le decían el Chinos.
—Haberlo dicho antes, mi don. Si ese pelagatos es mi compadre.
—El mundo es un pañuelo.
—Es todo don. Lo dejamos aquí en su casa. Digo. En su bodega. De verdad le agradezco mucho la información. Gracias por las historias. Me hicieron volver a la juventud. A mí también me gustaban los autos.
—¿Y qué piloto quería ser usted?
—Yo no soy de pilotos, soy de películas. Bond, James Bond.
—¡Ese, mi comandante! ¡Me salió más cabrón que bonito!
—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta!

De vuelta a la comandancia parece que las piezas comienzan a embonar. Una lata en forma de nave. Un juicio sobreseído. Autos, algodones de azúcar, pilotos de carreras mujeriegos, alta velocidad, un loro, un hombre de paja, una ruta de escape. Si su instinto no le falla, bien podría encontrar la pista de carreras que cuatro tipos usaron al salir de un banco que nadie imaginó en su cabeza, excepto un pobre diablo que cayó en la ruina y ya no pudo manejar hasta la luna.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

Capítulo 9

Al terminar la universidad, mi vida entró en una de esas fases donde resulta más divertido quedarte a jugar con tus sobrinitos que ir a buscar tu primer empleo. Estaba atorado. No tenía ni una pizca de idea sobre cómo empezar mi vida adulta. Por supuesto, no faltaron reclamos de Valeria. <<Te dije que te vinieras a trabajar conmigo en el puesto de dulces. ¿Cuándo aprenderás? No vas a ser niño por siempre. Bla, bla, bla.>>

Mea culpa. La timidez me había bloqueado ciertas habilidades sociales, pero mientras no había salido del mundo escolar lo peor era no ser invitado a tal fiesta o perderse la graduación. En cambio, cuando se trataba de ganarse el pan, resultaba difícil convencer a alguien de que yo era alguien de valor, si al primer momento de una entrevista me daban retortijones por el mole en pipián de mamá.

Con el fin de remediar la situación, los muchachos vinieron por mí una tarde de miércoles. Estaba algo apenado. Valeria canceló su taller de marionetas para niños que tenía programado esa tarde. Silvia fingió tener gripa para faltar a un ensayo en la Compañía de Danza del INBA y Andrés no fue al bar de costumbre a ligar con su costumbre de engañar a las chicas de que Bukowski era vegano. Mis queridos amigos. Sin ellos estaba perdido.

—¿Y qué pasó? ¿No fuiste a la audición de la Ollin Yoliztli para entrar a la Filarmónica de la Ciudad? —dijo Valeria.

¡Por favor! Esos tipos son tan corrientes que volverían al Concierto de violonchelo número 1 de Haydn en una canción de Juan Gabriel.

—Ay, Leo. Deja de ser tan inseguro. Tú puedes tocar a ese nivel sin problemas. ¡De verdad¡ Te he escuchado y me derrito todita.

El problema nunca fue mi nivel de solfeo o la forma de sentir la melodía. Lo que pasa es que me creía incapaz de pertencer a algo. Ni siquiera era dueño de mí mismo, menos de algo tan importante como una sinfónica.

—Nelpas. A mí se me hace que acá a nuestro Zorro se le aflojó el mastique comiendo caviar. ¿O me equivoco, Leo? —dijo Andrés. Lo odiaba cuando le daba al clavo.

—¡Cállate, tú! Nada más andas de amarra navajas y ni sabes qué onda —respondió Valeria. Como siempre, enojada.

Me hundí en el asiento más de la cuenta. Craso error. Era la señal cuando mentía. No podía ocultarlo. Era un tic que se me había quedado desde el campamento del club de Jesús.

—¿Neta no fuiste porque mamoneaste? —dijo incrédula Silvia.

Pues sí. Esa es la realidad. No me llegaban ni a los talones. Nadie en esa orquesta podía decir que amaba la música. Lo podía percibir en sus grabaciones que me pasó Valeria. Las notas me sonaban apagadas. Sin chiste. Yo no podía tocar junto a ellos. Me chuparían el alma.

—Ay, Leo. Todos tenemos que empezar por algún lado. No puedes llegar a ser jefe, sin antes pasar por obrero. Bueno, no pasa nada. Vente para acá, yo te apapacho —dijo Valeria. De inmediato me llevó a su regazo. Amaba eso.

—Deja de mimarlo como si estuviera en Plaza Sésamo. Lo que este cabrón necesita es una buena cogida —respondió Andrés.

—Ya vas a empezar con tus gatadas machistas. Para el auto o nos bajamos —respondió Valeria.

—¿Y por qué no nos callamos todos y dejamos de discutir como animales para elevar nuestro segundo chakra a la concordia? —resolvió Silvia. De hecho siempre que discutíamos hacía lo mismo. Nadie creía en su estilo de vida new age y sin embargo la obedecíamos. Era la que nos mantenía a raya.

Los placeres de la vida. Aire fresco entrando por la ventana. El sol en su máximo esplendor. Las piernas de Silvia colgando de la puerta. Valeria encendiendo un cigarro de marihuana. Andrés conduciendo con los ojos cerrados. Ice Ice baby en la radio. Odiaba esa canción, pero era la favorita de Valeria. No todo podía ser perfecto. Ja.

—Otra vez esa pinche cancioncita. Le voy a cambiar —dijo Andrés.

—No, déjala. A mí también me gusta —secundó Silvia.

¿Nunca se han sentido gangsters de la cuadra con cara de niño rico de Beverly Hills?

—Bueno, a ver. Como está la cosa de la chingada, dudo que el pinche Zedillo nos saque el pene del culo. No hay varo ni para montarse un pinche puesto de tamales. El país no tiene ni un varo para invertir en chicles. ¿Y quién sale jodido siempre? Pues nosotros, la clase media que sostenemos a los de abajo y nos aguantamos las mamadas de los aristócratas del Pedregal —dijo Andrés en su primer letanía política del día.

—Ay no, qué hueva. Entonces sí cámbiale de estación. No queremos oírte todo el camino como Zapatista de closet respondió Valeria.

—No, Vale. Deja que acabe. A ver. ¿Qué decías? —dijo Silvia.

—Pues sí. Como el gobierno no nos las hace buena, ni modo. No queda otra que entrarle al dinero fácil. Ellos hicieron las reglas del fuerte comiéndose al débil, ahora que se chinguen con las consecuencias. Armemos una banda.

¿Cómo que armemos una banda? Estilo Banda Machos o Los Fabulosos Cadillacs. La verdad nadie en un primer momento entendió a lo que Andrés quiso decir. Todos dábamos por sentado que seríamos ciudadanos decentes hasta el día de nuestras muertes. Hum. Estaba equivocado.

—No sean weyes. No una banda de música. Una banda de malandros. De pinches ratas blancas.

—¡No mames, Andrés! Tú ni podrías quitarle el reloj a esa viejita que está ahí en la esquina caminando con andadera —dijo Valeria.

—O sea, ¿me faltan huevos? ¿Es lo que quieres decir? —reviró Andrés.

—No, esos ya te los quitó tu última novia. La que te dejó sin carro y sin lana. ¿Ves? El asaltado fuiste tú.

—Te voy a romper el hocico.

—Déjate venir, nene.

—¿Otra vez? ¡Ya! Parecen niños de kinder —dijo Silvia.

Yo no estaba dispuesto en ir a la cárcel. Ahí violan a los primerizos, a los que tienen acné, a los que violaron antes y a los estafadores. Ni hablar. Aquello era muy peligroso. Después de un tiempo se te olvida hasta como te llamas. Es como estar atrapado en una fuga de Bach sin clavicordio.

—¿Y cómo nos llamaríamos? —dijo Silvia.

—Algo chido, algo pegajoso. Ah. Ya sé. Los Kool and the gang —dijo Andrés.

—Uta, qué original me cae. Así hasta el jefe Gorgory se orina en sus pantalones. Ah, no, ese es Rafa.

—No suena mal. De hecho tomar el nombre de algo que ya existe le da más prestigio al clan en cuestión —agregó Silvia.

Pero el chiste de una banda no es tanto el prestigio, sino la apropiación de algún simbolismo que la haga única. Como su marca registrada, pues. Igualito a la sordera de Beethoven, pero no tan drástico. Música de viento en el estadio diría el Perro Bermúdez. <<Versallesque>> <Culereeeee, culereeee>> ¡Eso es! Los Kool(eros) sin el Gang.

—¡Yupi! Me encanta, Leo. Es genial —dijo Silvia.

—Muy ingenioso, añadió Valeria.

—Ta bueno, pues. Te salió de churro, pero pasa —respondió Andrés.

—¿Y cómo nos llamamos? Cada uno, digo.

—Esa es la parte fácil. Acá mi Leo. Obvio. No hay ni que pensarlo. El Zorro Apestoso. Bueno, eso es muy largo para decirlo en el walkie talkie. Mejor Zorro 2, para que suene con más cachete. Para mi queridísima Silvia. Hum. Tan tierna. Candy Candy. Sí. Y finalmente, la bruja escandalosa del departamento 6. Ash. Pues ya. Tanto que ama su rap blanco y las malteadas del Helen’s. Que se llama Vanilla Ice. Y acá su servilleta; Papá Dios. ¿Les late?

—Vaya, hasta que se te ocurre una buena idea. Pero tu alias es muy ñoño. Tendremos que buscarte uno más corriente. ¿Y qué se supone que robaremos? —dijo Valeria.

—Ahí está el truco, chata. No vamos a ser una banda que asalte. Bueno, sí vamos a estar jugando con el bando de los malos, pero en reversa. O sea, vamos a cazarlos para después cobrar la recompensa con los polis —dijo Andrés.

—¿Y cómo carajos vamos a saber dónde están? Peor aún. ¿Cómo chingados vamos a saber cuándo van a robar o a secuestrar? No somos Nostradamus —replicó Valeria.

—Pues con inteligencia, amiga. ¿Que nunca has visto los Misterios sin Resolver o Crímenes de la Calle Morgue? Ahí los polis se revientan los sesos hasta dar con los responsables —dijo Silvia.

Sonaba demasiado fácil. Irreal. Ir de un lado a otro como Sherlock Holmes con cuerpo de Terminator requería no sólo tiempo en el gimnasio. Faltaban recursos; armas, ropa, comida, tiempo. ¿Dónde carajos aprenderíamos a apuntar con una pistola de agua sin que nos detuvieran los de tránsito? Estábamos en la esquina de Gabriel Mancera y Luz Saviñón. Mi vida yéndose al caño. Sin departamento propio. Viviendo con mis padres. Necesitaba un empujón venido de Saturno para impulsarme más rápido que Alain Prost.

—Ay, ¡qué lindo carrito de algodones rosas! ¡Ya vieron! Le salen flamas de atrás, como la caricatura de Meteoro —dijo Silvia.

En verdad era bonito. De metal, no de madera. Mucho más estético que uno de camotes. Cada vez que salían chispas de atrás se inflaba el algodón de azúcar en el cofre. Era como una combinación de nave espacial con la Feria de Chapultepec. Le sonaba música como camión de helados. Lo conducía un señor ya viejo, pero entusiasta. Niños se le acercaban por doquier. Los atraía igual que a las abejas. Billetes iban y venían. En vez de señor de los dulces parecía un vendedor de boletos de lotería.

—¿Ya vieron? Ese wey que está en el tubo. No me late. ¡No me jodas! ¿Se lo va a apañar? —preguntó Andrés, pero sus palabras se las llevó el smog.

Todo fue muy rápido. El tipo se abrió la gabardina y sacó una pistola. El muy cobarde golpeó la cabeza del señor por la espalda. Ni tiempo le dio de reaccionar. Los niños huyeron despavoridos. El tráfico estaba insoportable. Me sentía en cámara lenta. Nadie reaccionaba. Ni gritaba. Aquello era normal para ciudades como el D.F., Nueva York, Bangkok, Buenos Aires. Llega un villano a tu vida y te saca de tu riel. Porque se le pega la gana. Porque sí.

Cuando nos dimos cuenta, Andrés ya estaba sobre el tipo. Pisó a fondo el acelerador. No lo pensó. Fue en automático. Alcanzó a prender su pierna. Casi se la arranca. Fue dantesco. El hueso del fémur se le salió. Trató de dispararnos, pero su arma ni estaba cerca de él. Sólo cortó cartucho imaginariamente con sus dedos. Cayó inconsciente al piso. El carrito de los algodones también quedó destrozado. El señor lloraba de tristeza. <<Me costó diez años construirlo>>.

Llegó la policía. El dinero ya no estaba. No nos lo quedamos nosotros. Desapareció y ya. Quisimos hablar con él para disculparnos. Nos sentimos mal por haber destruido su vida. No nos quiso hablar. En la madrugada salimos de la delegación. El papá abogado de Silvia nos salvó. Ya nada podía cambiar lo sucedido. Éramos ladrones a la inversa. Imposible volver atrás. Nuestro destino estaba marcado.

Let’s kick it…