De qué se escribe cuando se escribe (columna)

De todo y nada. Las cuitas de la vecina. Una hipoteca que se quedó sin pagar. El elefante que no sabía soñar. Todos los escritores entienden que el conflicto es pieza fundamental para sus obras. El punto es cómo hacerlas vivas.

No basta con una buena ambientación. Claro. Si todo parece como una película de los hermanos Marx sin risa, el lector acabará abandonándonos tarde que temprano. Se trata de hacer personajes creíbles.

Hasta acá no hemos descubierto el hilo negro. Nadie podría. Pero lo que muchos olvidan es que no hace falta buena imaginación para escribir una historia, sino empatía. Las grandes tramas de la historia no son de tipos perfectos que todo le sale bien, sino erráticos. Vulnerables.

Entre más torpe un escritor, mejor. Así se dará cuenta que a su alrededor la gente se va a la mierda. Debe dejar ese dejo narcisista de superioridad moral para ponerse a ras de pasto con los problemas de la vida real. Esos que no se resuelven con dinero, sexo o un deux ex machina. Cualquiera puede contar una historia, no es realmente difícil. El punto es transgredir las reglas establecidas. Que no importe un carajo la censura.

Las novelas no tienen el objetivo de transformar el paradigma de cultura o pautas narrativas de puta madre. Eso es lo que menos importa. Claro está que el escritor quiere agradar y ser leído, pero si va a lograrlo es porque su máxima meta es desnudar lo poco o mucho de aquello que lo avergüenza. De esta forma nacerá una prosa natural. No forzada.

Entonces, ¿qué significa escribir en estos tiempos? Gozar. Beber. Coger. Fracasar. Cómo si no hubiera mañana. Si no esas historias quedarán en el olvido. A nadie le importarán. Escribir es un vicio. Si la literatura fuera droga, hace rato que transportarían cocaína en las hojas de los libros. Esperen. ¿No han hecho ya eso?

Las sales del cuerpo

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Recorren cientos de kilómetros sin saber qué será de su destino. Son engañadas con las trampas más viles y separadas de sus familias. Las mafias de la trata se encargan de borrar sus pasado; les quitan sus pasaportes, imponen deudas, extorsionan a sus familias y las vuelven narcodependientes.

Mujeres en todo el mundo sufren la prostitución forzada. Las cifras aumentan cada año, mientras que medidas legales contra su expansión menguan. La realidad es que no han querido hacer nada porque representan un negocio que engorda a miles. Como hace más de 10,000 años, el proceso funciona porque se ejerce un yugo, una dominación que se convierte en propiedad. El patriarcado ha tenido patente de corso sobre el cuerpo de las mujeres porque le interesa detentar el poder y perpetuar los signos más malignos del capitalismo. El lucro sin saciedad.

¿Y qué hay de aquellas mujeres que ejercen el “oficio” voluntariamente? ¿Son ellas cómplices autoengañadas por el sistema? ¿Son heroínas por imponerse ante una sociedad moralista? Como siempre pasa, ni blanco ni negro. La Ilustración nos dice que la libertad individual garantiza a cada uno decidir sobre las cuestiones más esenciales de la vida, haciéndose responsable de sus acciones ante las consecuencias. Prohibir a alguien, de base, que no cometa cualquier prerrogativa es atentar contra su libre albedrío. Es imposible evitarlo. Claro está, que hay acciones buenas y malas; delitos que surgen a partir de las normas pactadas por la sociedad.

¿Y qué nos dice la Ley sobre recibir dinero a cambio de ofrecer relaciones sexuales? Naturalmente, si existe el precepto de trata no hay más ruta que el castigo y un proceso penal. Pero, cuando el intercambio entra al terreno de lo “consensuado” entran diversos factores culturales que no se pueden sancionar. En efecto, la sociedad juzga y desde su moral señala a cualquier mujer que ejerce su sexualidad como puta. Y al hombre se le felicita por ser un don Juan. Como tal, de forma implícita existe, según el marxismo, una autoexplotación del cuerpo como herramienta de trabajo que prolonga la plusvalía de la mercancía y refuerza valores intrínsecos de la necesidad. comercializada del placer. Una esclavitud disfrazada de libertad.

¿Abolir? ¿Regular? Lo primero es patidifuso, al menos en México, porque no es legal. Regular convierte al estado en un proxeneta sustituto que ofrecería a las sexoservidoras precarios sistemas de seguridad social, impuestos y ninguna garantía de protección. ¿Erradicar? A futuro, es el escenario ideal dado que siembra la semilla de no objetivar a la mujer y cambiar las reglas de comportamiento del patriarcado. ¿Prohibirlo? En términos legales y hasta morales es imposible detener a alguien y la erradicación no tendría que tener una meta punitiva, sino más bien paliativa.

El sexo seguirá siendo libre. No dejará de haber acostones, ni relaciones tormentosas, ni abusos en el ámbito de lo individual. Pero lo que sí puede mejorar es la colectivización de un escenario de equidad y la transformación del poder masculino que deconstruya su idea de dominación por el respeto.