Vete lejos, pero no te pongas mocasines

Una casa que transpira ácido por las paredes de vuelve una caja de chocolates cuando expira la ambición por la herencia de la abuela y el hambre obliga a los habitantes a comerse un sandwich de asbesto.

Un detective se pregunta por qué se han fugado sus pistas al caer la noche. Puede que un ave con insomnio haya entrado por la ventana, confundiendo una confesión de promesas rotas con una manta para arropar a sus polluelos.

Este es el tiempo donde las olas desbordan la taza de café para salir por una avenida donde los departamentos son de renta congelada y a los vecinos no les importa ver a un indigente inyectarse heroína en el parque de enfrente. Si fueran amables por lo menos podrían ofrecerle uno de esos abrigos de Zara cosidos por niños de Pakistán. Fingen no mirar.

Son pocos los que hasta ahora han conocido Bangladesh. A mí me contaron que allá, uno sube una montaña muy alta y al bajar se le olvidan las cosas. Es un fenómeno particular. El aire se escapa por la nariz, el culo, las plantas de los pies. Sucede que la soledad es tan escurridiza que para la Interpol resulta harto complicado publicar una ficha roja. Se nos van todas nuestras señas, nuestros recuerdos. Es como si no hubiésemos existido. Somos prófugos de un delito que jamás cometimos. La diarrea aleja a las personas.

Trazo sobre la arena un círculo de donde nacen ciertos de tortugas. En lla boca llevan una hostia consagrada que bendice su viaje hasta Central Park. No les importa llegar tarde. Los tiburones se fueron de farra ayer y su resaca los tiene maldiciendo frente al sofá. Solo queda una salida. No entrar a clase de Química.