Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 12

Debieron pasar 5 largos años para que se volviera a reencontrar con Hugo Estrada. El Chinos, en realidad, era una fachada que utilizaba para apostar en el hipódromo y fingir que no le molestaba en absoluto perder el dinero que el presidente del PRI le daba para los gastos operativos. El comandante da un sorbo a su té chai y se pregunta: ¿los caballos sin patas también corren en los Juegos Olímpicos?

—Claro, mi jefe. Con unas buenas prótesis, ¿qué les impediría? —responde el sargento segundo.

—Era una pregunta retórica, ¡tarado! —sentencia el comandante. —Ni se te ocurra hacer una segunda pregunta de eso o te doy un zapatazo. El que gana es el jinete, no el puto caballo.

—Usted gana, jefe.

—Como siempre, cabrón.

Interesado como siempre en la Historia, el comandante repasa a las grandes figuras de bronce que tuvieron al lado a su eminencia gris; invisible, maquiavélica, intrépida, que los hizo grandes, pero que nadie recuerda por su discreta labor. Los segundones, pues.

—Tenemos a Sancho Panza, que le conseguía mujerzuelas al Quijote por unos sacos de harina. También está Apollo Creed que ayudó a Rocky para derrotar a Mr. T y no podemos olvidar a nuestro queridísimo Luis Echeverría, mano derecha de Díaz Ordaz, salvador de la patria y enemigo fálico de los estudiantes—dice el comandante con entusiasmo.

—Se olvidó de Pluto, jefe. El perro de Micky Mouse.

—Ni madres, ahí el perro es el mero mero, el bastardo ese del ratón nomás se la pasa haciendo chistes de magia. ¿Magia? ¡Carajo! Llámenle al cabo para ver si ya tiene noticias de lo que le encargué —ordena el comandante.

Los policías siempre piensan que tienen la razón cuando hacen analogías sin sentido para relacionarlas con sus casos. En su intento por forzar la cadena de acontecimientos, se divierten con la única salida que los convertirá en héroes y despertará la envidia de sus enemigos. Pero no tienen de otra. Al igual que un soldado, el vestido de azul no tiene tiempo para reflexionar si Venus está en posición vertical o si la marrana ya se puso para parir. Su instinto perruno dice que hay un 99% de posibilidades de acertar a la primera y un 1% de fallo cuando ven un personaje de dibujos animados en la borra del té.

—¡A la orden, mi comandante! Tenemos primicia —dice el cabo.

—Pues órale, mi cabo. Déjese venir, puto.

—Localizamos uno de los vehículos que utilizaron en la desbandada. Lo dejaron muy cerca del metro Copilco. Ya verificamos la matrícula. No tiene ni un rasguño.

—¡Eso, cabrón! ¡Así me gusta! ¿Ves cómo te dije que esos pendejos se iban a cagar del susto? Ya los tenemos agarrados de los huevos.

—¿Le armamos ya el operativo, mi comandante?

—No. Aguanten vara. Primero necesito corroborar otros datos, sólo quiero que hagas una cosa. Monta a dos cabrones en la Suburban y que se estacionen cerca del lugar para montar vigilancia. Después por radio les doy un fonazo para ejecutar la perseguidora. ¿Algo más?

—Sí, mi comandante. Mi compañero tomó unas fotografías del lugar con maniobra evasiva. Debe verlas, la verdad nos parecieron muy extrañas.

—A ver, rólalas.

No son extrañas. Son perturbadoras. En frente del auto abandonado hay un zaguán blanco repleto de cabezas. No son humanas, sino de botargas. Hay de todo. Pistachón Zig Zag, Daisy, Rafael de las Tortugas Ninja, Batman, Pato Lucas, Princesa Jazmín, Tribilín, Sailor Moon. Todas quietas, como calabazas olvidadas en el páramo más árido del país. Además, hay un elemento curioso. Todas están unidas por un serpenteo blanco. Una ofrenda a los muertos que no están muertos, así como el camino naranja de cempasúchil en Día de Muertos. Cualquier artista que se precie de original, le pondría su firma para tasar aquello en varios millones de dólares.

—Esto ya se ha hecho —dice el comandante, con la mano en la barbilla.

—¿Quiénes? ¿Los muchachos de Osiel? ¿Los de los Arellano Félix? ¿los de Don Neto? —pregunta el cabo.

—Zenobia. Emperatriz de Palmira. Hace un chingo de siglos, ella gobernaba una provincia romana que se independizó y se convirtió en una patada en los huevos. Esa mujer era imparable. Conquistó Egipto, la Península de Anatolia. Cortaba las cabezas de los virreyes y las mandaba a colgar en su palacio. Hasta que el emperador Aureliano se la chingó.

—¿Todo eso lo hizo una vieja? Nah. Imposible —responde el sargento segundo.

—A huevo, ojete. ¿Tú crees que las mujeres son mancas o qué? Ni madres. Son más peligrosas que una pantera. Y capaces de volverte tu peor pesadilla.

—¿Y qué le hicieron a esa Zenobia? —susurra el cabo, asustado.

—No pos, sí le fue de la patada. El emperador Aureliano la capturó y la humilló frente a toda Roma enjaulada. Viva, no muerta. Para que todo el populacho la insultara y le aventara escupitajos. Luego, estuvo peor. A toda Palmira se mandó a sembrarle sal, para que jamás de los jamases una ciudad volviera a crecer ahí. ¿Ya ven por qué la muerte no es el peor castigo? —asiente el comandante, mientras chupa tranquilo la bolsita del té.

—Entonces, ¿qué hongo ahí? Como dicen los colombianos, ¿un camelladero? ¿Habrá coca o crack? —sugiere el sargento segundo.

—No nos adelantemos. Puede que sea un laboratorio, puede que no. Repito órdenes. Cabo, monte la unidad de vigilancia, tal como le dije. Sargento segundo, usted me va a acompañar con el Chinos para verificar una información. Que nadie se mueve hasta que yo dé las órdenes. Es posible que estemos cerca de esos bastardos, pero no quiero soltarle la cadena al perro si por ahí hay otras pulgas para darles matarile. ¿Se entiendo?

—Sí, mi comandante —rugen todos a coro.

Las calles de la Colonia Roma hospedan a las criaturas más fascinantes de la Ciudad. Además de vampiros, hay futbolistas sudamericanos fracasados, escritores suicidas, ladrones de autopartes, adictos al helado, obesos mórbidos y por supuesto, funcionarios del ministerio público corruptos adictos al sexo. En Orizaba hay una casa de citas camuflada de clínica de autoayuda. La contraseña para entrar es: ¡Oh Dios! ¡Ay, mamá! y ¡Oh Dios! Como siempre sucede, el comandante no tiene tiempo para dilucidar si aquello es una frase común durante el orgasmo o la expresión que uno usa al degustar un rico pozole estilo jalisco. Tocan al timbre y lo primero que se le ocurre decir es: Vendo leche pasteurizada. Clic. La puerta automática abre.

Huele a pachulí por doquier. Espantoso. Un grupo de tres mujeres entretienen a un hombre de negocios que usa gorra con traje. En la barra, el cantinero llena una orden de shots de tequila. Al fondo, en el mini auditorio hay un número de Can Can con trajes de época y la madama da instrucciones a sus subordinados como si estuviera partiendo plaza en la México. Da capotazos con la derecha, mientras que con la izquierda recibe, en forma discreta, las propinas tan jugosas de los clientes.

—Mi querido comandante, ¿cómo me la va? —dice la dueña.

—En el séptimo cielo, mi estimada señora. ¡Vaya lugar! Esto no puede ser más que el paraíso.

—Ni que lo diga. Me ha costado sangre, sudor y lágrimas levantarlo desde los cimientos. La belleza de Dios me ha bendecido con sus dones.

—Y que así sea por muchos años. Espero que el favorcito haya valido la pena, ¿no? De verdad la agradezco la ayuda que me ha dado. No sabe cómo me ha quitado un peso de encima.

—No fue nada, mi comandante. Pus, ¿cómo me iba a negar? Si usted es una leyenda. Bueno, seguramente querrá entrar en materia. Allá en uno de los privados del segundo piso está su amiguito Hugo. Ahí nomás le pido que no me ensucie la mesa, ¿ok?

—No se preocupe mi señora, yo le cuido a sus niñas. Para eso estamos.

En el segundo piso la atmósfera es más cruda. Hay luz negra y las mesas están decoradas con papel tapiz de corazones morados. En el centro hay una pequeña pista para bailar. Tres parejas se mueven acarameladas al ritmo de Kumbala. Otras se besan en grupos de tres en los sillones reclinables. Hugo Estrada, el Chinos, observa todo desde su mesa. Está acompañado de dos mujeres con antifaz y beben Buchanan’s.

—Mi estimado Huguito, ¡qué alegría volverte a ver! ¿Qué? ¿Acaso no me reconoces? Pero si tú estás idéntico, cabrón panzón.

—¿Cómo no te voy a reconocer, comandante? Dichosos los ojos que te vuelven a ver. ¡Uta! ¡Menuda sorpresa!

—Pa que veas, wey. Los amigos siempre se encuentran para echar el cotorreo y ponerse al corriente.

—No pos, tú me dirás. ¿Pa que soy bueno?

—¡Ey, mis niñas! ¿Nos podrían traer otra botella, preciosas? Tengo acá que platicar con su anfitrión de unos chismes bien cagados. Y regresan en 15 minutos, ¿sale?

Las mujeres obedecen al instante. El sargento segundo cierra una de las cortinillas laterales. Abajo, dos elementos aguardan en la puerta, por si se ofrece. La unidad de vigilancia, en posición. Si el comandante acierta en su predicción, jura que volverá al burdel y le prenderá fuego en honor a Zenobia, la emperatriz que se resistió ante los encantos del emperador Aureliano y antes muerta que violada.

—¿Y qué cuentas, mano? He escuchado que sigues con la mira bien apretada. Ojete que te mira mal, te lo truenas en caliente, ja, ja, ja —dice Hugo Estrada.

—Algo hay de eso, mi estimado. Algo hay de eso. Te quería preguntar sobre un caso que llevaste hace unos años. De unos pinches atropellados que intentaron robarle a un pobre señor que vendía algodones de azúcar. ¿Te acuerdas?

—¡Épale! Qué bien informado andas, comandante. Derecha la flecha. Ese caso fue pura mamada. Si al viejito ese no le pasó nada.

—En efecto, camarada. No le pasó nada, pero resulta que a los morros esos malandros nadie los volvió a ver, y yo quería saber si tú sabías algo.

—Nada de nada. En efecto, los peritos examinaron algunas heridas que tenían antes de que les tomaran declaración y después, pase libre. El juez les conmutó pena porque no se armó la carpeta bien.

—Sí, pero después nadie supo nada de ellos. Los fueron a buscar a sus casas y nada. Que dizque se habían ido de viaje, que dizque a un bautizo y no sé que mamadas más.

—Pos ahí si ya ni idea, mi hermano. Yo les vi la jeta en el MP y después sepa a dónde se esfumaron.

—Aja, muy bien. ¿Y tú qué aceite le metes a tu coche, eh? ¿No conoces una marca bien buena que se llama Apollo 11? Está cabrona, eh. Se lo puse a mi nave y jala poca madre.

—Este… este… No, yo le meto del Bardahl —responde Hugo, en extremo nervioso.

—Oye, no mames. Aquí hay muy buenas viejas. ¡Ven! Vamos al otro piso, ahí nos están esperando tus nenas. Tienen unas tetas, que no inventes. ¡Felicidades, wey! Te agarraste a las más buenas del congal.

En el tercer piso no hay nada. Es el cuarto de los trebejos. Hay arrumbados sillones, focos, alambres, tubos de pole dance oxidados. El baño no sirve, no tira la palanca agua del retrete. Hay unas macetas sin plantas y la luz de la luna apenas asoma por una de las ventanas. En el pasado era el cuarto VIP, con cama de agua y dispensador de fresas con chocolate, pero a un cliente viejo le dio una infarto y la madama lo cerró para que no le cayera la mala suerte. A veces se oyen ruidos de orgasmos en la madrugada. Fantasmas que eyaculan sin parar. A los vecinos del segundo piso eso no los asusta, los excita.
—A ver, culero. ¿Me vas a decir de una vez la verdad o a qué estamos jugando? —dice el comandante.
—No, ¿cómo crees? Yo nunca te diría mentiras.
—Muchachas, amárrenlo y al salir pónganle seguro a la chapa. Las veo allá abajo.
—¡No mames! ¿Qué vas a hacer, wey?
—Nada, nomás vamos a usar un rato estos juguetitos, ¿te gustan? Tus chavas me dijeron que los usas con ellas todo el tiempo. Es nomás una pasadita y ya. Tú nomás coopera y sales rápido de esta.
—Espera, wey. Somos compas, cabrón. Acuérdate cuando trabajábamos juntos allá en Jalisco. ¿Quién fue el que te interceptó las coordenadas de los Arellano Félix allá en Puerto Vallarta? Pus yo Merodes.
—¡Oh, sí! Eso fue inolvidable. Pero ahora es otro rollo. Dime que no has visto en tu vida esta lata de aceite. ¡Mírala bien, cabrón!
—Te juro que no.
—Sargento segundo. Bájale el cierre este cabrón. Le vamos a meter unas de estas bolas en el culo, a ver si se le refresca la memoria.
—Está bien, está bien. Ya canto. Sí. Esa cosa era lo que tenía el carrito del señor ese de los algodones de azúcar.
—¿Y luego?
—No pos, luego se fue echa la mocha y ya no supe qué onda.
—No me mientas, cabrón. ¡Sargento! Va la primera bola.
—Paz, paz. Pido paz. Se lo dio al muchacho, al muchacho.
—¿A qué muchacho?
—El muchacho que le salvó la vida. Embistió por detrás a uno de los asaltantes con su carro. Iba con otros tres. Otro tipo y dos morras. El don les dio las gracias y alcancé a ver que les dio varias de esas latas, les dijo: ¡Pélense, chavos! y nunca lo olviden: ¡Apollo 11 su copiloto!
El comandante está cerca y cuando huele sangre no perdona. No es el momento para conceder clemencia. Toma las muñecas de su cautivo y las corta con una navaja fina, lo mismo hace con los talones. El dolor es insoportable. Intenta gritar, pero no le salen fuerzas de la garganta. Con sumo cuidado, el comandante unta miel sobre las heridas. Le pide al sargento segundo que traiga su maleta, que ahí hay una pequeña sorpresa. Son ratas enormes. Hambrientas. Tan salvajes que se están peleando entre sí. No hay medio ilícito que esté prohibido para llegar al fin. Eso lo aprendió en Jalisco, donde los delincuentes nunca perdonan un parpadeo del adversario.
—¿Tú sabes quién era Reinaldo de Châtillon? Era un bastardo, que durante la Edad Media, acosaba a los musulmanes porque le ultra cagaban por infieles. Y el tipo era un verdadero hijo de puta. Atacaba las caravanas de comerciantes y se quedaba con toda la lana. Se supone que eran tiempos de paz. Los cristianos respetaban a los mahometanos. Pero ya ves que en la guerra y en el amor se vale cualquier cosa. Así que el tipo, además de que se cogía a las pinches árabes, jugaba con sus prisioneros. Les abría heridas y les ponía miel, así como te hice a ti, para que las ratas se dieran un festín delicioso. ¿Tú no quieres eso o sí?
—No, no. ¡Piedad! Te digo lo que quieras, pero por favor desátame. Haré lo que tú me digas.
—Así me gusta, puto. El caso quedó sobreseído y tú lo hiciste, wey. No fue el juez. Y si te estoy siguiendo bien el hilo, si ese pinche chamaco héroe se fue así porque sí, entonces era un pinche junior de papi, así como el resto de sus amigotes, que te pagó una feria para que nadie dijera nada, ¿cierto?
—Correcto. Tienes toda la razón.
—Quiero sus nombres, puerco. Y los quiero ahora.
—Los vi al otro día. Fueron juntos a declarar, pero te juro que sólo sé el nombre de una de las amigas. El papá de ella es la que arregló todo. Se llama Silvia Rodríguez. Tiene un tatuaje de Winnie Pooh en el cuello y en ese entonces vivía en el Pedregal, en la calle de Niebla, número 26. Te juro por Diosito que es lo único que tengo.
—Así me gusta, puto. Sargento Segundo, ¡ya puede desatarlo! ¡Vámonos que aquí espantan!
—Gracias, muchas gracias manito. Gracias por no matarme.
—De nada, no me agradezcas. Ya sabes que tú y yo siempre seremos amigos. Pero como no estoy seguro de que pueda confiar en ti, ni modo, al menos de una bala no te vas a poder salvar por pinche sapo.

El comandante sale del burdel a toda prisa. En el tercer piso, Hugo Estrada se desangra de la rodilla. No morirá. Hay un hospital a la vuelta y se ha dado la orden de que se le traslade al cabo de diez minutos. Ahora es cuestión de unir la evidencia con Silvia Rodríguez y los asaltabancos. ¿Será muy complicado?

—Comandante, tres catorce. Atención, tes catorce.

—Diga, estación espacial 22. Cambio.

—Hay movimiento en la casa. Acaban de entrar dos personas. Una mujer y un encapuchado. Estaba esposado. Solicito órdenes para entrar. Cambio.

—Negativo, estación espacial. Aún es prematuro. No tiene refuerzos y nosotros estamos lejos. Prenda la antena e intercepte las comunicaciones, cambio. Si esa vivienda tiene buena acústica podremos escuchar algo. Cambio.

—A la orden. Comienza operación radial. Cambio.

Se oye un zumbido de interferencias y el comandante recuerda cuando su padre lo llevó con los ojos vendados al sótano de su casa y transmitió para él La Guerra de los Mundos de Orson Welles. Quedó embobado con cada sonido, cada vibración que hacía estremecer su piel. El suspenso de no saber si la humanidad sobreviviría y el último aliento de ayuda por el micrófono lo mantuvieron despierto por cinco días consecutivos. No durmió. Venció él sólo a los extraterrestres con su pistola de agua.

—Baila Dr. Simi. ¡Muévete al ritmo de la música!

—¿Dónde está? Te exijo que me digas dónde la tienes.

—No te voy a decir nada hasta que bailes. Siente el ritmo. Mueve los brazos. Brinca. Así, como una gacela. ¿Verdad que el ballet no es tan malo?

—Me estoy muriendo de la desesperación. Por favor, dime que está bien.

—Sí lo está, pero antes de que la vuelvas a ver primero tienes que confesar tus fechorías.

—Todo, todo. Por ella todo.

—Eres un sucio narcotraficante y que el cargamento de la cajuela es tuyo, lo confiesas, ¿verdad?

—Sí.

—Y fuiste tan cruel que engañaste a mi amiga, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres un pobre diablo que merece un castigo, ¿verdad? Sigue bailando.

—Ok. De acuerdo. Ya. Quítate ese traje. Te ves ridículo, pero déjate la cabeza. De aquí nos vamos a ir al punto de reunión, ¿te late?

—Sí.

—Aquí estación espacial. Tres catorce. Solicito autorización para seguir al vehículo, repito, los dos individuos están bajando las escaleras y alguien ha encendido el motor del auto. Cambio.

—Tienen sus binoculares de visión nocturna ahí con ustedes. Cambio.

—Afirmativo. Cambio.

—Al salir, quiero que te fijes en las cabezas de ambos. Del cuello para arriba. No me interesa el cuerpo, sólo las cabezas. Dame una descripción. Cambio.

La espera antes del momento de la verdad. Inaguantable. Eterna.

—Aquí estación espacial. El sospechoso masculino lleva una cabeza de Dr. Simi. Repito, de la botarga del Dr. Simi. La sospechosa lleva cabello recogido y con tatuaje de Winnie Pooh en el cuello. Repito. Tatuaje de Winnie Pooh. Cambio.

—Convoca a refuerzos y siga la ruta del vehículo. Luces apagadas, sin sirenas. Vamos para allá. No los pierdan de vista. Nadie abra fuego. ¡Son ellos! ¡Ya se chingaron! Cambio y fuera.

Es el día más feliz del comandante desde aquella noche en Puerto Vallarta. Se siente como Zenobia, la emperatriz de Palmira. Sexy e invencible. Es hora de atrapar al resto de la manada.

La canción que usa el comandante para las misiones en persecusión

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Capítulo 10

La patrulla da vuelta en “U” en pleno Insurgentes. Al comandante no parece importarle mucho que el Metrobús estuvo a punto de darle un besito a su defensa. Su abuelo, quien le enseñó a manejar, expresó algún día la frase mágica que le abriría las puertas de la verdad: “Todos acabamos manejando como pendejos, incluso en domingo”.

Esta mañana ha estado un poco agitada. No está de buen humor. La cafetera de la comandancia se rompió, así que no tuvo nada para acompañar su bolillo con mermelada. Uno de los sicarios de algún cártel importante se burló del jefe de la sección 6, escapando de la puerta trasera de un Vips con un bigote de leche como disfraz. El Cruz Azul perdió por séptimo partido consecutivo y al gato le dio diarrea.

Piensa mal y acertarás. Tratándose de un policía, el refrán no tiene ningún sentido. Es un pleonasmo. En la literatura todo es muy romántico. Sherlock Holmes sentado en su oficina. Fumando su pipa y viendo llover desde la ventana. Watson dice “kaboom” y el caso queda resuelto por arte de magia. La teoría vence a la práctica que el lector no ve: rodillas raspadas, un balazo en el hígado, pistas que no llevan a nada, presidentes corruptos, esposas abandonadas. Nuestro amigo acaba de pasar por su quinto divorcio.

—Ya llegamos, mi comandante —dice el sargento segundo.

—Llama a López y pide cuatro sirenas mudas por si se calienta la cosa. Dos enfrente, dos atrás. Que no traigan los juguetes largos. No queremos espantar a los vecinos.

—A la orden, mi comandante.

La casa está en ruinas. Se ven plantas silvestres asomándose por el techo. Huele a fertilizante. En la esquina, hay dos o tres adolescentes inhalando solvente. No se molestan en disimular. Es mediodía. A lo mejor no hay nadie. O están muertos. El instinto salvaje de un criminal, se llame como se llame, es borrar el rastro para que no lo atrapen. Pero aún es muy temprano para sacar conclusiones apresuradas. El juego está en marcha y quedan todavía 99 yardas para la zona de anotación. Después del quinto timbrazo, alguien contesta.

—¿Diga? ¿Qué se le ofrece?

—Venimos a entregar la leche —responde ufano el comandante.

—¿A esta hora?

—Es que a las vacas les dio diarrea en el camino. Ahí traigo a una en la cajuela. Ya le di Pepto Bismol y medio se alivianó un poco.

—Un momento.

Toca la culata del arma como si le estuviera dando la bendición. No es para desenfundarla de inmediato. Es una especie de ritual para la buena suerte. Siente que si no la toca antes de entrevistar a alguien, le puede salir salpullido o perder en las cartas con los demás jefes por los jueves de póquer. Se escucha el pasador del zaguán.

—Mire, hijo de la chingada, aquí no queremos ninguna pinche leche, ni de burra, ni de vaca, ni de…

—¿Qué decía?

—Discúlpeme, oficial. Es que por acá hay mucho puberto que se creen acá el Güero Palma y se meten a robar a las casas. Imagínese el peligro en el que vivimos.

—¿Y qué? ¿Me vas a dejar acá en la puerta esperando como novia de rancho?

—Pase, mi jefe. Por supuesto.

En la casucha no parece haber ningún material de interés para robar. Hay unos lavaderos despostillados en un rincón. Cajas percudidas de losetas, un loro que no se calla y maletas de gimnasio con candados. Cosa por demás estúpida. Sin siquiera preguntar, el comandante saca una navaja del cinto y rasga una de ellas. ¿Droga? ¿Dinero? ¿Revistas pornográficas? No. Galletas de animalitos sin comer. Nuevas. Sin usar.

—¿Piensa salir de viaje?

—¿Yo? ¡Qué va! Aquí nomás ando de velador. Ahoritita le llamo al patrón. Déjeme ver si ya se levantó. Es que ayer llegó bien pítimo y se me desmayó re gacho en la cocina.

—Gracias, compadre.

El comandante no tiene ni que murmurar. Basta un leve movimiento del cuello, como de halcón, para alertar a sus subordinados que peinen la zona. Si parpadea, eso quiere decir que saquen fotos con su celular. A discreción. Si hace la “v” de la victoria con su mano derecha, eso significa no hacer alboroto. Si aprieta el bíceps como fisicoculturista es la llamada de alerta para desenfundar. Nada qué temer. Hace la “v” y todos tranquilos.

—Buenas, mi comandante, ¿en qué le puedo servir?

—¿Es aquí usted el dueño de esta pocilga?

—¡Oh! ¿Ya tan rápido nos llevamos tan feo, jefe? Pues sí. En realidad es mi bodega. Esos cuartuchos de ahí nomás los hice para cuando ya no podía llegar a mi casa y le decía a mi vieja que me quedaría tarde en la oficina.

—Aja, ahora así le dicen. La oficina.

—No, no. ¿Cómo cree, mi comandante? Acá no traje a ninguna chamacona. Yo soy fiel ante los ojitos de Dios. Siempre.

—¿Y qué dice su esposa al respecto?

—Uy, mi comandante. Murió hace diez años. ¿Qué se le va a hacer? Así es la vida.

No hay nada de interés. <<¿Qué está pasando?>>, se pregunta el comandante. <<Yo debería estar atrapando a cuatro cabrones que dizque robaron un banco. No en este cuchitril>>. Saca un pañuelo y se enjuaga el sudor de la frente. Sacaría un cigarro para los nervios, pero recuerda que su quinta esposa lo dejó porque le prometió que dejaría de fumar y no lo hizo. Entonces, tendrá que cambiar la táctica. Como dice Pancho Villa. “Mato y después veriguo”.

—¿Es de usted esto?

Toma la mano derecha y la mete dentro del saco. El pobre hombre, dueño de la pocilga más rancia de la colonia Portales, se pone lívido. No, no es un arma. Es una lata con forma de nave espacial marca “Apollo 11”. Un soplete extraño, de desconocido origen y del que nadie ha escuchado hablar. Ni siquiera el plomero más experimentado de toda la Ciudad.

—¡No puedo creerlo! —dice el anciano que abraza a su lata como si fuera un bebé listo para aterrizar en la cuna.

—Andamos por ahí, investigando unos hechos y quisiera que me ayudara con unas preguntas.

—¡Venga, mi comandante! Déjeme le enseño algo.

El pequeño grupo se adentra en los cuartuchos del fondo de la bodega. Por afuera uno podría llevarse una mala impresión. Entran a un refugio sagrado. Los pisos están limpios. Huele a Pinol. La decoración es humilde, pero el aire es como de iglesia. Ninguna cosa está fuera de su lugar. El tesoro está en el cuarto de atrás. Trofeos y medallas. Fotografías de la lata cósmica, durante los años 60. Ahí, el anciano es un individuo lleno de vitalidad; robusto, con los ojos brillantes y una melena a la Rigo Tovar. Su nombre es Donato López. No hay que ser un especialista de automovilismo para sorprenderse. En los retratos aparecen abrazados, junto al héroe, personajes ilustres: Mario Andretti, Juan Manuel Fangio, Pedro Rodríguez, Niki Lauda.

—¿Usted era piloto? —pregunta el comandante.

—De pruebas, mi jefe. Trabajé con los mejores. Verá, cuando a uno lo trata la vida bien jodido, de repente llegas al paraíso y las cosas cambian. Yo nunca fui bueno ni para la escuela, ni para la bailada, pero los autos eran mi pasión. Todo el día pensaba en ellos. Cuando me subía a uno sentía que volaba. Era como, vivir todo el tiempo en la luna, ¿me entiende?

—¡Oh, sí! Lo entiendo perfectamente.

—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta! —gritó el loro que giraba en su aro como si estuviera manejando un auto fórmula 1.

—¿Usted le enseñó eso?

—Era uno de nuestros comerciales, y se lo aprendió de volada en un día.

—¿No se supone que es: “Quaker State, su copiloto”?

—Esos condenados gringos. Me pagaron y luego me robaron mi idea. ¡Malditos lacras!

—Me gustaría saber lo que pasó.

—Por supuesto. Le contaré. Desde muy chico estuve ahorrando y ahorrando para poderme comprar mi auto algún día. Cuando tenía 20 años me conseguí mi primer Ford. Era un modelo viejo, 1945, pero corría un resto el desgraciado. En unos arrancones que anduvimos haciendo por la salida a Toluca, un día me descubrió un hombre bien trajeado. Me dijo que él podía hacer mis sueños realidad. Yo al principio no le creí, pero hablaba como si fuera un predicador. Era un representante de aceites para motor que le vendía a varias escuderías cuando se corría el Gran Premio de México en el Autódromo. Me dijo que me fuera a chambear con él.

—¿Y de qué le ofreció trabajo?

—Pus al principio como chalán. Empecé desde abajo, ahí en los talleres. Aprendí como ayudante de mecánico como unos 3 años, luego me fui puliendo y empecé a ascender. No ganaba mucho dinero, pero al menos tenía un trabajo y eso me daba para comer. Seguía ahorrando como mula judía, porque no sabía si ese sueño iba a durar para siempre. Seguía talacheando en otros queberes.

—Pues de vez en cuando regresaba al mercado para ayudarle a mi papá en su puesto o llevaba bordados que hacía mi mamá a las comadres de Santa Domingo y mi favorito, me iba a yo ahí por las calles de vendedor ambulante. Uta, me iba chingón. Andaba de un lado a otro con mi carrito. Vendía por temporadas. Un rato jugos, otro rato camotes, otro rato piñas, pero mi favorito era vender algodones de azúcar. Ya sabe. Oir la risa de los niños no tiene precio.

—¿Y luego como salió esa cosa del Apollo 11?

—Ah, pues un día en el taller, estábamos buscando la forma de encontrar un propulsor a base de aceite, que no se quemara tan rápido, con un rendimiento del triple de capacidad. Estaba cabrón, eh. Y de repente vi en la tele lo de estos tipos que se fueron a la luna. Fue allá por el 69, ¿cierto? Al despegar, esas naves hacían un chingo de ruido, pero dicen los que saben que cuando llegaban al espacio su vuelo era bien pinche livianito, como de borrego girando en barbacoa. Bien muertito. Usamos unos aditivos que le dieron más consistencia a la mezcla del aceite y !pa su madre!, los coches se volvían cohetes, super calladitos. No podías saber si al lado te estaban rebasando. Por eso eran ideales para las carreras.

—¿Eso no era ilegal?
—Era la época romántica del automovilismo, mi comandante. Todos los pinches equipos eran bien tramposos, hasta los de Ferrari. Los coches estaban super amañados, pero nos hacíamos de la vista gorda. El chiste era ganar. Lo demás eran puras pendejadas.
—Pero seguramente, su producto se volvió muy famoso. ¿Cierto?
—Sí y no, mi comandante. Todos lo usaban, pero no podía hacerse público porque las carreras perderían interés y los aficionados se desencantarían. No podía saberse, tenía que usarse por debajo del agua. Por un rato funcionó bien, pero después…
—Hace quince años por fin pude haber logrado mi sueño. Pero, todo se fue al carajo. Ya había podido reunir un buen capitalillo para asociarme con unos weyes del gabacho. Mi retiro dorado. Pero, me accidenté y esos mismos tipos se robaron mis fórmulas. Las vendieron a Quaker State por cinco pesos y yo me quedé en la ruina.
—No me diga, ¿pues qué le pasó?
—Un desastre, mi comandante. Me atropellaron, cuando me querían robar mi carrito de algodones. Yo nada más salía de vez en cuando para recordar viejos tiempos y un día, ¡pum! Unos malandros me intentan asaltar y en la rebambaramba un pinche auto ojete me toca la pierna y me deja casi inválido. Ni lo vi venir. Me dio por la espalda. ¡Pinche destino tan cruel! Un pinche auto, el símbolo de mis sueños, los acabó de un madrazo.
—¿Nunca levantó denuncia?
—Sí intenté, pero en el ministerio público me dijeron que el expediente se había perdido. Un amigo abogángster me dijo que me aplicaron la del hombre de paja. Juntan a 3 o 4 tipos para declarar y después ya no pueden aplicar la notificación para el juez, porque cambian los domicilios y el MP desecha el caso por falta de pruebas. ¿No le parece eso una mamada?
—Ni que lo diga, don. Ni que lo diga. ¿Y los asaltantes? ¿Supo que les pasó?
—Pues no es por ser ave de mal agüero, pero semanas después me enteré que los dos que consiguieron huir se los tronaron por allá en Lerma. Los encontraron hechos cachitos y a los otros dos en la cárcel les metieron filo en el abdomen.
—¿Recuerda usted al Secretario que le tomó la denuncia en el MP?
—No me acuerdo bien, creo que Estrada. Sí. Hugo Estrada. En el lugar todos le decían el Chinos.
—Haberlo dicho antes, mi don. Si ese pelagatos es mi compadre.
—El mundo es un pañuelo.
—Es todo don. Lo dejamos aquí en su casa. Digo. En su bodega. De verdad le agradezco mucho la información. Gracias por las historias. Me hicieron volver a la juventud. A mí también me gustaban los autos.
—¿Y qué piloto quería ser usted?
—Yo no soy de pilotos, soy de películas. Bond, James Bond.
—¡Ese, mi comandante! ¡Me salió más cabrón que bonito!
—¡Mete quinta! ¡Apollo 11, su copiloto! ¡Mete quinta!

De vuelta a la comandancia parece que las piezas comienzan a embonar. Una lata en forma de nave. Un juicio sobreseído. Autos, algodones de azúcar, pilotos de carreras mujeriegos, alta velocidad, un loro, un hombre de paja, una ruta de escape. Si su instinto no le falla, bien podría encontrar la pista de carreras que cuatro tipos usaron al salir de un banco que nadie imaginó en su cabeza, excepto un pobre diablo que cayó en la ruina y ya no pudo manejar hasta la luna.

Los Kool(eros) sin el Gang

Noveleta sin pretensiones

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Capítulo 8

El jefe la policía tiene un colapso nervioso antes de ingresar al banco. Siente palpitaciones, como si un pájaro carpintero le estuviera taladrando el alma. Duda entre llamar a una ambulancia o a los bomberos. El teatro de los acontecimientos parece Sarajevo. Entra con sigilo, nadie se mueve. Teme lo peor.

Se acuerdo de su primer trabajo. Se trataba de unos falsificadores de dinero. El departamento de policía llevaba más de cinco meses tras su pista. Una llamada anónima desenredó la madeja. Llegó a la fábrica abandonada a medianoche. Esa vez tampoco se escuchaba nada. Ni a los perros se les había antojado salir. Detrás del estacionamiento estaba un corredor que llevaba a la puerta trasera. Vio una sombra correr. Dijo “alto” y su voz no fue escuchada. Bang. Se acercó. Era un niño, seguramente hijo de los vendedores de la Merced que siempre se iban tarde. Desangrado. Había billetes del Chocolate Pancho Pantera por doquier. Día de los Santos Reyes.

—¡Oye, Jiménez! ¿Hueles el gas? —pregunta el comandante.

—Negativo, señor. Pero encontré unos fusibles y una caja. Debe ser parte del artefacto explosivo que detonaron esos infelices —responde el cabo.

—Siga buscando.

Se supone que no debería estar ahí. Tendría que estar frente al televisor, en los brazos de su esposa con una taza de café en la mano. Este día es solo rutina para él. No le gustan las complicaciones ni los rodeos. Si una cosa es blanca, es blanca. No hay lugar para las sorpresas. Todavía tiene la costumbre de pisar con el pie derecho todas las mañanas. En la academia de policía le enseñaron a no dejarse llevar por el impulso. La intuición no es siempre buena consejera, es la prima bastarda de la mentira.

Cuando atendió la llamada no supo bien a qué se referían con “Payaso de Rodeo”. ¿Qué tiene que ver un asalto bancario con un número de circo? La última vez que un ladrón se puso de bromista, el comandante le contó un chiste tan malo que acabó por delatar, sin querer, a uno de sus cómplices. Si su análisis técnico de la situación no le falla, supone que las ladrones realizaron ese movimiento de distracción como una serie de pasos sistematizados hacia un objetivo sui generis. El asunto es, ¿qué?

—¡Dese prisa, mi comandante! Acá abajo. Tiene que verlo por usted mismo —grita el cabo.

Lo peor está por saberse. Siempre colocándose en el peor de los escenarios, el comandante hace sus cálculos. Habrá entre unos cuatro o cinco muertos, dos heridos y una señora en crisis nerviosa. Cámaras sin ángulo de visión, desviadas a propósito para no que no haya tomas de rostro. Un policía bancario amordazado. Plantas sin regar. Una torta y una Coca Cola a medio terminar. Botín, por tratarse de un banco mediano, de unos 2 millones de pesos. Un cajero cómplice. No. Eso es demasiado pedir. Con tanta violencia ejercida, ladrones como estos no necesitan tener un topo dentro. No lo necesitan. Son profesionales del terror.

—¿Seguro que son todos los rehenes? —dice el comandante, estupefacto.

—Todos enteritos, mi jefe. No falta ninguno. La cajera, esa que ve allá con los paramédicos, tiene una memoria de oro. Dice que no hay nadie más —responde el cabo.

La coartada perfecta. Sí. Embarazada puede despistar a quién sea. No tiene acceso a la bóveda, pero sabe dónde está, los flujos de gente en horas punta, cuánto dinero se mueve, la facha de los clientes. Bien puede ser cómplice. ¿Quién sospecharía de ella? No. El comandante se rasca la cabeza. No le gustan las teorías conspiranoicas. A su esposa le encanta ver por las noches el programa de Misterios sin Resolver. No se lo pierde. Una vez pasaron el caso de un hombre que se cambió la identidad y pasó desapercibido por años, hasta que un compañero de la universidad lo reconoció por la forma en la que sostenía el tenedor al comer una hamburguesa. Momento. ¿Quién demonios come una burger con fork? Eso es locura insana. Al tipo lo agarraron por fraude porque engañó a la compañía de seguros y se llevó la nada despreciable suma de diez millones de dólares.

—¡Malditos bastardos! grita el comandante.

—Ya lo sé jefe. Nos engañaron re sabroso. No se llevaron a nadie para escapar.

—Pero, entonces. ¿A quién carajos le sorrajaron un plomazo en la cabeza antes de que les trajéramos los vehículos de huída?

—Creo que aquí está lo que busca, mi comandante —responde el sargento primero.

Un muñeco de trapo, con cabeza de cebolla y el cuerpo de paja. Hay vísceras de peluche por doquier. La cara del falso asesinado le recuerda al comandante, una vez que estaba leyendo el periódico, a un tipo en Suecia que se quedó afuera de su casa porque perdió la llave. La temperatura bajó de forma increíble, que murió de hipotermia. Debe haber sido el fallecimiento más estúpido en la historia de la humanidad. La cara del tipo era horrorosa, como si le hubiese faltado la última estrofa del único poema que su novia oyó de él.

—Escucha, Jiménez. Llama a los federales. Dales el número de las placas. Aunque debo suponer, de acuerdo con el librito, que ya las han de haber cambiado. Que los judas de confianza se vayan a las estaciones de autobuses, que otros vayan al aeropuerto. Esos tipos deben estar disfrazados como los ZZ Top.

—A sus órdenes, mi comandante. Oiga, ¿ya se fijo que tampoco se activaron los detectores de humo?

—Segundo engaño, mi buen. Su pinche bomba, esa de petatiux, no llega ni a paloma de Tultepec. Mira lo que hay allá, en la zona de cajeros. Son puras pinches galletas y paletas payaso. Esos tipos se reventaron una piñata sin dinamita y nos dieron nuestro aguinaldo por adelantado.

—¿Y qué carajo usaron para que se escuchara bien recio?

—Un pinche megáfono de primaria y una bocina de esas que venden en Tepito. ¿Te das cuenta de la pinche humillación que nos aplicaron?

Nada como un cigarro para calmar los nervios. Bien. Es hora de recapitular los acontecimientos. Cuatro lunáticos entran a un banco. Arman un show muy elocuente, casi como del estilo Al Pacino vs Robert De Niro. La operación de bandera falsa nos dice que no hay rehenes lastimados y encima la bomba que explotó fue un bodrio. Pero, ¿todo eso para qué?

—Mi comandante. No lo va a creer. En la bóveda está todo el dinero. No se llevaron nada.

—¿Cómo que no se llevaron nada? ¿Ya revisaron bien? Seguro que no son falsos?

—No, mi comandante. Ya lo cotejamos con la gerente y la empresa de valores. Los números de serie en sus inventarios coinciden con los ejemplares de la bóveda. El dinero está intacto.

El médico le dijo que deje de fumar, o si no le dará enfisema. Nada de eso importa. De algo hay que morir. El comandante prende el tercer cigarro de la noche, el décimo del día entero. Se acomoda en cuclillas y se empieza a retorcer el cuello, como un venado en estado de alerta frente a la bala que está por venir. Paja, plástico, Nintendo, dinero intacto, rehenes a salvo. ¿Qué demonios está pasando?

Sí. La explosión es de esas que una vez vio en el Discovery Channel después de que terminó de hacer el amor con su esposa. Se desveló como nunca. Se entretuvo con la serie de Cosmos de Carl Sagan y vio como hace implosión una Supernova. Millones de partículas de gas reventando como granos de acné en la cara. Luces, materia, energía. No es igual a una bomba, es como cuando se acaban de inflar las palomitas de maíz en el microondas. <<Una muerte poética>>. Es tan enorme que, mueres y a la vez no. O más bien, primero eres una cosa y después te conviertes en otra.

—Comandante. Vea esto. Nos la trajo de allá abajo el perito. Creo que ya no hay nada más que limpiar de la escena —dice el sargento segundo.

El comandante ve la lata. Es un mini soplete. Chamuscado. Marca “Apollo 11”. De hecho, parece más una nave espacial que un artefacto para soldar tuberías. Tiene la nariz rota y las alas abiertas, en pleno vuelo. El cuerpo está caliente. Acaba de ser usado. No hay lugar a dudas. Esa pista lo llevará hasta los rincones más inhóspitos del universo, donde lo estarán esperando unos ladrones vestidos de astronautas. Está decidido. No importa si tiene que ir hasta Júpiter. Los perseguirá hasta donde sea necesario. Es el año 2008. Después de todo, ya no hay ningún capítulo nuevo que le interese ver de Misterios sin Resolver.

El robo del siglo (ficción)

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Los billetes comienzan a volar. Te mantienes alerta. Nunca es bueno festejar antes de tiempo. Tienes que estar concentrado. Comportarte como un profesional. El guardia que iba manejando la camioneta de valores se arrastra por el suelo a duras penas. Dani acaba con su agonía con un balazo en la cabeza.

Suenan las sirenas. Tienen 10 minutos. Ariel saca las bolsas y Gustavo comienza a recoger el dinero. Tú, en la retaguardia cubres la zona. El arma huele a nueva. Deseosa de entrar en combate. Aún no es tiempo.

—¿Cuánto es?— grita Dani desde el flanco izquierdo. —30 millones, son 30 millones, ¡hoy es tu día de suerte, pendejo!— responde Gustavo emocionado. El gran golpe ha caído. Con esta lana te vas directo a Costa Rica para nunca más volver. Adiós a asaltos piojosos a Farmacias y Supermercados que no dejan nada.

—¡Vámonos¡— grita Ariel. Daniel se acerca con un auto al que acaba de volarle los circuitos. Todo pasa muy rápido. Es como una peli de Nicholas Cage. —¡Alto ahí— la voz suena demasiado aterciopelada como para crear peligro, pero todos se quedan congelados por simple inercia criminal. Volteas. Es un niño. Parece que está jugando a los vaqueros. Tiene un arma de plástico y un sombrero a la Toy Story. ¡Bang, bang!

—Ey, morro. Vuelve a casa. No hay nada que ver aquí— le dices. Él no se mueve, ni dice nada. Sólo se ríe, como sólo un niño podría hacerlo. —Dale un billete y vámonos, cabrón— grita Gustavo. Tú te acercas. Es sólo un juego. Matar o vivir. ¡Qué niño tan tierno!

—Levanta las manos, hijo de puta! ¡Están rodeados! Movimiento de tenaza. Jaque mate. Dos polis gordos escondidos detrás de una pared abrazan al niño. Lo felicitan. —¡Carajo! ¿Quién lo habría pensado?

—¡Por el honor!— grita Dani. Comienza una lluvia de balas más fuerte que un sitio de narcos. Todos contra todos. Llegan los refuerzos. Ariel se deshace de una patrulla con su AK-47. Gustavo mata a tres con su revolver. Dani con la ametralladora dispara a las llantas. Él siempre un paso adelante.

Se disipa el humo. Los lamentos cesan. Es un reguero de sangre por doquier. Vísceras, pedazos de cerebro, piernas cercenadas. Te palpas el cuerpo. No estás herido. Estuvo cerca. Se oye un susurro. —Auxilio, auxilio. Es el niño. Su brazo sangra. Esto no puede ser. Se supone que era un juego. Nunca vayas a la guerra sin fusil.

Te acercas. Hay que llevarlo a un hospital. No puede morir. Aquí no. Clic. Se oye el sonido mortal. —Tú no vas a ninguna parte, puto. Un pinche poli gordo sobrevivió. ¡Maldito bastardo! ¿Crees que usando al niño como escudo humano vas a salir de aquí?

Ahí estás. Frente a frente. Asesino vs vengador. Bien vs mal. Y un inocente en el medio. —¡Vámonos ya, culeros¡ ¡Esto se va a calentar más!— dice Dani. Pero tú no puedes irte así como así. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matar a los dos? ¿Te quedas? ¿Sacrificarías tu vida por la de un inocente y un poli? Bang, Bang. La vida es sólo un juego.

(escribe tu posible final en los comentarios)