La casa de la risa (ficción)

Nos divertíamos tanto, al punto de creer que desapareceríamos a todos los payasos del mundo. Nos corrían de cualquier lado; del cine, de los velorios, de Wimbledon, del manicomio.

Hasta cuando no queríamos matar al tiempo de risa, le quitaba el cuchillo de la garganta y le preparaba un juguito de limón con miel para la garganta. Él me entendía porque hablábamos el mismo idioma. No nos importaba lo que dijera la gente.

Cuando mi hijo se quedó en el hospital, Raúl tomó el primer vuelo y llegó justo en la mañana para actuar de Doctor Trasero. Hacía una magnífica imitación de Donald Trump con las nalgas y se pegaba spaguettis para imitar el peinado. Sus chistes en realidad eran malos, pero los contaba como si estuviera enfrente de la reina Victoria. Su seriedad te desarmaba porque era auténtica.

No era para menos. Su vida había sido una puta novela rusa. Se quedó huérfano en invierno, era calvo, alérgico a los duraznos y divorciado cuatro veces. Siempre me decía que su más grande éxito no había sido acabar la universidad, sino haber podido vender, de niño, unos juguetes chinos inservibles a una familia igual de pobre que él en pleno 26 de diciembre.

Mi hijo no lo logró. Y él nuncs se fue. Me llamaba a cada rato para saber cómo estaba. Se quedaba en casa a veces hasta tarde. Nos hacía de cenar a mí y a mi esposa. Yo me sentía algo avergonzado, pues tanta atención era algo que no podría siquiera empatar cuando Raúl necesitara algo. Sentía que yo. Sentía que no tenía el mismo corazón. Nunca se quejaba ni ponía mamá cara. El tipo era literal parido de una placa de hierro.

Frente al sillón, recordábamos nuestras épocas de adolescentes, cuando de pronto se paró en seco. Se fue a la cocina por dos cervezas. Las destapó. Me dio una. Seguimos “conversando” en silencio y de repente dijo:

—¿Sabes por qué nunca me alegro de mi chistes?

—Ni idea— dije como si fuera aquello lo más solemne jamás inventado por el hombre.

“Era una pregunta retórica, imbécil. Ríete.”

Touché.

Animalia (ficción)

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El oso despierta a mediodía en busca de un árbol redentor. Lleva todo el día pensando por qué es tan imbécil. Dejó la rasuradora olvidada en la laguna.

Un antílope se cruza frente a sus ojos. Caminando. Llega temprano a misa. El cazador bebió mucho anoche y no puede seguirle el paso. Es un tigre flojo. Tan lento que no cogería a una vaca dentro de un ascensor.

Por fin alcanza una sombra. Se quita la corbata para un descanso más pleno. Hoy no le importa faltar al trabajo. El guepardo neurótico del cubículo vecino podrá encargarse de sus pendientes. Ese chico toma tanto café que parece un payaso de rodeo con problemas en su matrimonio.

Dulces sueños. No hay nada mejor que el descanso. No dura mucho. Una estampida levanta a todo el reino. Los elefantes se aproximan hacia al precipicio porque vienen de la bolsa de valores. Apostaron la venta de 10000 acciones de maní rancio. La cosecha salió buena. Perdieron su dinero.

Las serpientes dan clases de matemáticas a los tejones. Nadie como ellas para trazar parábolas sobre la tierra. El problema es que se comen a los alumnos y la matrícula ya no alcanza a completarse con becarios famélicos de la beca Erasmus. Esos no tienen ni un quinto para pagar una renta en el coliving de las hienas. Al director rinoceronte se le ha ocurrido una idea. Aceptar sólo a conejos para que se multipliquen por toda la red escolar.

Al oso, en realidad, le importa un carajo el futuro escolar o la devaluación del euro. Él sólo quiere soñar. No desea acudir al psicólogo por estrés. Pero, ha olvidado algo muy importante. Los animales de peluche no viven en la sabana. Debió de haberse fumado el porro que dejé sobre la cama.

Luz de noche (ficción)

En 1986 Tamara murió en un accidente automovilístico. Aquella noche estábamos todos en mi casa celebrando la publicación de su primera novela. Si ella no estaba ahí con nosotros, como el sentido común dicta, fue porque ella volvía de Querétaro porque había ido a visitar a su padre en la cárcel.

La noticia me fulminó. Nadie lo sabía, pero ella y yo habíamos iniciado un romance. No era una relación en sentido estricto, digamos que nos hacíamos compañía el uno al otro, y en ínter nos brindábamos cariño. Yo me acababa de divorciar y ella había roto con su tercer novio. No debíamos explicaciones a nadie.

Una semana antes de su partida nos quedamos platicando desnudos en la sala. Era la primera vez en que nos resistíamos a los apetitos de a carne. De repente, durante el juguete inicial, me detuve para ver uno de sus lunares en la espalda y ella comenzó con un sueño recurrente que se le había presentado.

La Ciudad de México con mar. No me parecía en primera instancia algo elocuente o difícil de imaginar. Error fatal. Era alucinante. De repente, uno volteaba detrás de los edificios altos de Reforma y se le presentaba una enorme mancha azul. Pero no es que fuera eterno. Nada de arena o barcos. En realidad se trataba de un océano interno, así como el Caspio o el de Aral. A la circunferencia la flanqueaban el tráfico, la gente y el metro metropolitano.

Tan real fue la sensación que me transmitió Tamara, que incluso pensé que aquello era real. Que en algún lugar saliendo de Avenida Insurgentes o frente al Palacio Nacional habría algún mar para echarse a nadar después de la jornada laboral. Por supuesto nunca lo encontré. Al otro día, que amanecimos sentados en el sillón viendo hacia la calle, se confirmó lo que siempre habíamos sospechado: —tú y yo nunca vamos a estar juntos, ¿sabes? Por eso es tan perfecto. Soy muy feliz cuando vengo a tu departamento— dijo Tamara.

En el velorio mis amigos estaban con caras largas. Intenté llorar. No pude. No me salía. De un plumazo se habían borrado todas las noches de vino y orgasmos. Ni siquiera recordaba el rostro de Tamara. Como si nunca hubiera existido.

Alguien interrumpió mi soliloquio. —¡Qué chido! ¿Ya vieron que hay afuera? Les dije que iban a desentubar el Río Magdalena— dijo Rolando.

Me levanté extrañado. Aquello era una estupidez. Debe ser un error o alguien copió la broma de Homero Simpson con su proyecto, a la “posmo”, de inundar las calles de Springfield. No. Ahí estaba el mar de Tamara. Era más azul que la plastilina de Play Doh. Bellísimo. Las olas rompían contra las banquetas. Había gaviotas sobre los semáforos. Al otro día se evaporó. Ella no volvió más. Sonreí. Me quedé con sus cenizas en casa.

Laberinto (poética)

Sobre las ramas se extiende el caracol desvelado. No tiene ganas de hablar con nadie. Por la madrugada bebió licores y se enemistó con una lombriz.

Todo comenzó por un malentendido. El caracol tejía una plafón de hoja para admirar los atardeceres. La lombriz pensó que se quería robar su señal de cable.

El pleito se extendió por todo el árbol. Un gato adinerado le reclamó a una cigüeña la tardanza por entregarle tarde su pizza. Ardillas desesperadas se quedaron atrapadas de la cola en la banda elíptica del gimnasio.

Llega el águila para aplacar el temporal. Nadie quiere hablar. Se sienten ofendidos. Inspecciona la situación para llegar a un acuerdo de paz. Convenido. Caracol se compromete a dar transmisiones gratuitas de HBO con sus antenas. La lombriz jura que ya no espiará a la mujer de su vecino mientras se ducha.

Las campanas se la iglesia rebotan. Son los frutos del capulin que entregan su dulzor al piso. Es una lluvia de alegría. En la cena del solsticio de verano se brinda por el placer de la unión. Lombriz, que ha bebido mucho Merlot, sube al paflón y se pone a dar de balazos. Está poseído por el demonio. Caracol reacciona y la TV de plasma de 70 pulgadas se rompe al instante. Esto es la guerra, cabrones.

Tendidos panza pa arriba en el tronco reposan los alegres compadres. Caracol y lombriz. Se dan un abrazo fraterno. No pelearán más. Pero lombriz no resiste y vuelve al ataque. —Tu esposa ya no lleva su caparazón de casada. ¿La dejas andar conmigo?

No hay nadie (ficción)

Sobre la estufa reposa un arroz a medio cocer. El piso no ha sido trapeado, las ventanas se quedaron abiertas y se filtró la lluvia en la recámara principal.

Casa abandonada. Eso lo han venido diciendo desde hace 20 años. Doña Lola vivía ahí con su Golden Retriever y un canario que cantaba todas las mañanas haciendo prescindible al radio.

Hasta donde yo sé no tuvo hijos. Recibía visitas muy de vez en cuando. Algunos hombres vestidos con uniforme militar se quitaban el sombrero al hablarle. Se quedaban hasta entrada la madrugada platicando en el porche a la luz de una vela.

Era excelente confidente. Bueno, eso no puedo asegurarlo con pruebas, pero muchas mujeres jóvenes del pueblo le escribían largas cartas sobre sus maridos perdidos. Ella las calmaba asegurándoles que no se preocuparan; —habrán viajado a Chulavista para la pizca de Algodón o estarán en Tuxpan en la pesca de robalo— decía ella.

Con ella sólo habré hablado dos o tres veces. Nada importante. Una vez me pidió si le podía decir al sastre que siempre no necesitaba el traje negro que le había encargado. En otra ocasión le fui a comprar unos cigarros a la tienda. Nunca dijo gracias o ¡buen trabajo, chico! Así era su estilo. A mi no me molestaba en nada ese trato. El resto siempre nurmiraba a sus espaldas.

No se ha muerto. Sigue vivita y coleando. La veo todos los días de muy buen humor peinándose frente al espejo para después partir al mercado. Sucede que ha tomado votos de silencio.

Uno de los militares que la visitaban no ha apagado la vela desde hace un mes. Se queda a dormir. Lo he entendido todo. Doña Lola ya no tendrá que visitar al panteón a su marido ultimado en batalla.

El robo del siglo (ficción)

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Los billetes comienzan a volar. Te mantienes alerta. Nunca es bueno festejar antes de tiempo. Tienes que estar concentrado. Comportarte como un profesional. El guardia que iba manejando la camioneta de valores se arrastra por el suelo a duras penas. Dani acaba con su agonía con un balazo en la cabeza.

Suenan las sirenas. Tienen 10 minutos. Ariel saca las bolsas y Gustavo comienza a recoger el dinero. Tú, en la retaguardia cubres la zona. El arma huele a nueva. Deseosa de entrar en combate. Aún no es tiempo.

—¿Cuánto es?— grita Dani desde el flanco izquierdo. —30 millones, son 30 millones, ¡hoy es tu día de suerte, pendejo!— responde Gustavo emocionado. El gran golpe ha caído. Con esta lana te vas directo a Costa Rica para nunca más volver. Adiós a asaltos piojosos a Farmacias y Supermercados que no dejan nada.

—¡Vámonos¡— grita Ariel. Daniel se acerca con un auto al que acaba de volarle los circuitos. Todo pasa muy rápido. Es como una peli de Nicholas Cage. —¡Alto ahí— la voz suena demasiado aterciopelada como para crear peligro, pero todos se quedan congelados por simple inercia criminal. Volteas. Es un niño. Parece que está jugando a los vaqueros. Tiene un arma de plástico y un sombrero a la Toy Story. ¡Bang, bang!

—Ey, morro. Vuelve a casa. No hay nada que ver aquí— le dices. Él no se mueve, ni dice nada. Sólo se ríe, como sólo un niño podría hacerlo. —Dale un billete y vámonos, cabrón— grita Gustavo. Tú te acercas. Es sólo un juego. Matar o vivir. ¡Qué niño tan tierno!

—Levanta las manos, hijo de puta! ¡Están rodeados! Movimiento de tenaza. Jaque mate. Dos polis gordos escondidos detrás de una pared abrazan al niño. Lo felicitan. —¡Carajo! ¿Quién lo habría pensado?

—¡Por el honor!— grita Dani. Comienza una lluvia de balas más fuerte que un sitio de narcos. Todos contra todos. Llegan los refuerzos. Ariel se deshace de una patrulla con su AK-47. Gustavo mata a tres con su revolver. Dani con la ametralladora dispara a las llantas. Él siempre un paso adelante.

Se disipa el humo. Los lamentos cesan. Es un reguero de sangre por doquier. Vísceras, pedazos de cerebro, piernas cercenadas. Te palpas el cuerpo. No estás herido. Estuvo cerca. Se oye un susurro. —Auxilio, auxilio. Es el niño. Su brazo sangra. Esto no puede ser. Se supone que era un juego. Nunca vayas a la guerra sin fusil.

Te acercas. Hay que llevarlo a un hospital. No puede morir. Aquí no. Clic. Se oye el sonido mortal. —Tú no vas a ninguna parte, puto. Un pinche poli gordo sobrevivió. ¡Maldito bastardo! ¿Crees que usando al niño como escudo humano vas a salir de aquí?

Ahí estás. Frente a frente. Asesino vs vengador. Bien vs mal. Y un inocente en el medio. —¡Vámonos ya, culeros¡ ¡Esto se va a calentar más!— dice Dani. Pero tú no puedes irte así como así. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a matar a los dos? ¿Te quedas? ¿Sacrificarías tu vida por la de un inocente y un poli? Bang, Bang. La vida es sólo un juego.

(escribe tu posible final en los comentarios)

Verano del 2006 (erotic)

Sonaba Bob Sinclair en la radio y todos andaban jodiendo con ese chiflidito pegajoso y de mierda. Me incluyo. Pero eso no era lo que me ponía contento; era la calle, el moho creciendo en los árboles, la gente, los colores.

A los 20 años nadie tiene los pies en el piso. Lo único que cuenta alrededor es el chocolatín de desayuno, Champs Elysees bajo la lluvia, una cerveza que chorrea del cuello semen embriagante.

Me acuerdo que en un hotel de Ámsterdam las luces rojas dilataron mis pupilas. El mundo allá afuera quería que lo tomara. Lo asfixié a besos cuando me masturbé enfrente de un Rembrandt y pensaba: —¿a dónde se han llevado mi vida?

En Florencia hice el amor con el David y me tomaba del glande como quien promete volver de la guerra. Me hundí en su costado, pensando que aquella muralla fortificada resistiría contra cualquier ariete del desengaño. Mi eyaculación bautizó las aguas del Arno y ese año hubo cosecha triple.

En Niza, una mujer de ébano me contó cuando el mar se desvistió para ella una noche de invierno. La mantequilla del oleaje se mezcló con la leche de su pecho, y entre los dos dieron a luz al despertar. Ese mismo que nace cuando las parejas se dan de comer en la cama.

Llegué a Madrid exhausto. Casi sin fuerza para continuar. El viaje había acabado. Permanecí acostado sobre la grama de Retiro. Inerte. En espera de alguna maja con faunos a su alrededor. No llegó nadie. Y ahí me quedé. Saciado. Feliz. Porque después de que un viaje llega a su fin, hacer el amor con uno mismo es el inicio de una nueva canción de verano.