Parranda solar… (ficción)

Al cuarto para los doce se levantó el sol con resaca. Angustiado, y para no quedar en ridículo, se fue al pico de una montaña con el fin de cumplir su rutina de aerobics.

Ese día anduve candil de la cuadra, obscuridad en el banco. Ni un solo peso me quedaba en la cuenta. Tuve que hipotecar 16 anocheceres y cenar puro licuado de plátano para pagarle al porvenir con intereses. Hasta vendí mis fichas de Alf a Milhouse.

Por la tarde, ya que no había luz hubo muchos robos a tiendas de autoservicio. Me resistí a la tentación, mientras al calor de las velas trataba de resolver un polinomio cuadrado que nunca pude desarrollar del Baldor. <<A la mierda, esto no es para mí>>. Fui a la oficina de gobierno a tramitar mi Licencia de Insomnio. Me exigieron como requisitos; desfajar la colcha de la cama y acuchillar a las almohadas dormidas.

Hacia las 9 de la noche al astro mirrey se le ocurrió asistir a una junta de Alcohólicos Anónimos. Nadie quería confesar sus pecados. Plutón, que siempre llegaba tarde a las fiestas y por eso no bebía, sugirió una dinámica de grupo. <<Cuando les entren ganas de abrir una botella, den una vuelta sobre su propio eje y así sentirán que se bebieron todo el vino de consagrar>>. El gordo amarillo hizo una prueba. No funcionó. Como siempre usaba lentes obscuros, igual que Luismi, hizo el amor con la luna y su idilio se extendió por 20 días a puro eclipse.

Durante aquella Edad Media “reloaded” aprendí a cantar ópera con los búhos del bosque. También me volví adicto a los huevos benedictinos y tomé el empleo de barman en la pulquería de la esquina de mi casa. La gente me contaba sus historias sobre fantasmas que se hartaban de tanto murmullo de los vivos y se terminaban mudando a Alaska, de zorros que se hacían amigos de las ovejas, del incremento al 3000% en la matrícula para ingresar a estudios con especialidad suicida en corredor de bolsa, chofer de Batman e imitador de Hemingway, en fin. De lo único que estaba seguro era de que no quería volver a la claridad. La noche se había convertido en mi amante.

Todo por servir se acaba. Una vez que regresaba al hogar en el autobus 77, me topé con el sol. Ahí estaba, muy tranquilito y quitado de la pena, con la cabeza oculta en su gabardina. No quería ser reconocido. Le dije lo más troll posible en Twitter:

—Oye, yo te conozco. Estoy acá al lado. Venimos en el mismo transporte, mi compa.

Al bastardo se le ocurrió enrojecer de la pena. El conductor se estrelló contra un cometa distraído que venía cantando unas rancheras de Vicente Fernández. Obvio. Nos enterraron a plena luz del día y sin permitirnos bloqueador en los ataúdes de bronceado ¡Qué desperdicio! Si toma no maneje, no cante… y no deslumbre.

¿Camila anda suelta o de gira? (ficción)

Nadie sabe a donde pudo haber ido. Lo último que supimos de ella fue un pastel a medio comer sobre la ventana y el plato de croquetas vacío. Hambre no ha de tener, pero frío seguro sí. Es vulnerable. Tememos lo peor.

El año pasado se peleó fuerte con Matilda. Las dos querían pasar el tiempo con el mismo juguete. No había forma de que lo usaran por turnos. Una vez, Camila arrastró sus patas traseras mientras la otra dormía. Babeó de contenta cuando el chillido invadió toda la casa. Su rival apretó la quijada para no romper en llanto.

Tiempo después se unió Romeo. Un callejero rompecorazones que trató de conquistar a Matilda con un baile estilo Elvis Jagger Abdul Jabbar. No funcionó. Camila, en cambio, lo llevó al Corona Capital y se divirtieron a lo grande. Me dio mucho gusto por los dos, pues ambos son bastante solitarios. De vez en cuando es bueno salir con amigos. Cuando Matilda se dio cuenta que Camila y Romeo salían empezó a jugar al gato y al ratón. Le hablaba a él por cualquier pretexto. Hasta insistió en acompañarlo al clásico en la cancha del Atlético San Gato.

Como se esperaba, Camila no se dejó y se unió al mal tercio. Anduvieron los 3 asaltando camiones de Marinela repletos de pastelitos cremosos, además de que hurgaron la basura del vecino. Al caer la noche, Matilda le plantó un beso a Romeo. De muy mal gusto. Le dejó embarrado un fideo en el cachete. ¡Puaj! Regusto a cigarro. <<Mejor me voy a dormir, dijo el galán>> Camila le preparó un licuado de menta y tortillas para quitarle el sabor de boca. Además le prestó su frazada favorita. Eso hizo enojar más a Matilda, que siguió y siguió insistiendo para separar a los dos amigos. Ninguna táctica funcionó.

Hasta que pasó lo inevitable. Un día que Romeo estaba pastando en el jardín para limpiarse el estómago, Matilda hizo volar un pájaro de plástico falso para que su compañero lo cazase. Grave error. Las alas se le quedaron incrustadas en el cuello y por la noche murió. Eso puso muy triste a Camila. Ya no tendría con quien comer flores de jacaranda en plena primavera, ni rascar hoyos para esconder tesoros. Su ánimo se fue apagando. Cada vez que el canario del vecino se ponía a cantar, alzaba su hocico para oler la madera de la chimenea quemándose por cada ladrido ahogado. A Romeo le gustaba mucho quedarse viendo el fuego como si se tratara de un adolescente frente al televisor.

Quizá fue a buscarlo río abajo. En la otra orilla habita una fauna variopinta que toca Smoke on the Water hasta el cansancio. Ahí podría estar Romeo. Rockeando hasta las orejas. O quizá tocando la armónica al ritmo de BlackBird. Era un perro hippie. Él siempre dijo que le habría gustado morirse al lado de una parvada, como si estuviera en un concierto. Volviendo a nacer.

No te tengo en Whats (ficción)

Estuvo toda la semana rodando por mi cabeza el gusanito de la curiosidad. ¿Por qué no lo había agregado desde 1989? Ni yo misma lo sé. El teléfono se había vuelto una figura fantasmal desde que descubrí un plan de renta de comunicación más barato con las palomas de la esquina.

Saqué mi Nokia de viborita y le llamé. Por supuesto no me contestó. Tecnología obsoleta. Pasaron dos semanas y le escribí una carta. Pienso que así se recupera la intimidad. La gente se ha olvidado de ponerse atención. Todo el mundo está ensimismado con monigotes estrafalarios que se malgastan en Snapchat.

Al mes recibí su respuesta. Estaba muy malhumorado por supuesto. Lo puso en mi muro de Facebook, que no era otra cosa que la pared de la casa en forma de libro. El grafiti tenía faltas de ortografía, o era quizá una palabra no incorporada todavía a mi diccionario. “YOLO”. Quise interpretar que se trataba de un acrónimo o quizá siglas de alguna institución mental. Vaya uno a saber cuando la gente tiene dislexia.

Y así pasó el tiempo. Nos dejamos de hablar. Me cambié de barrio. Él se casó. Lo de siempre. Personas entran a tu vida y se van. De vez en cuando me enteraba de sus éxitos en la industria de la música, mezclando viejos acordes de MC Hammer con los de la Sonora Santanera. Me mandó ayer un último mensaje. Ignoro cómo logró colarse hasta la puerta de mi casa. Que yo sepa, enfrente hay una carpeta asfáltica, no el mar Báltico. Llegó dentro de una botella. A la vieja escuela. Tal como me gusta. El mensaje no lo entendí del todo. Debe haber sido una especie de Sudoku egipcio. ¡Qué manía de darle vueltas a todo! ¿Por qué no me pregunta, en persona, si quiero salir con él? Igual, hasta con su esposa me dan ganas.

“¿Me podrías ayudar a vincular mi Instagram con tu número de Fax?”

FULANITO TROYANO

Con el Jesús en la boca (ficción)

Roadside motel neon sign in Oregon

Sostiene el rosario con la mano izquierda. Murmura una plegaria que le enseñaron de niño. Hasta ahora no había tenido dudas de su fe. Lo que siempre había sabido es que Dios castiga a los impíos y premia a los justos. Esta vez no puede ser diferente. Su enemigo se desangra en la cama.

Lo ha sorprendido cuando se bañaba. Estuvo dos semanas tomándole el pulso. Cinco minutos. Agua ni muy caliente ni muy fría. Primero unos segundos para toquetearse el cuerpo, luego un mini concierto a capela de Bon Jovi. Justo cuando se estiraba para alcanzar el champú le ha tirado a la rodilla. Dicen que ahí duele muy cabrón. Había que bajarle los humos. Ni que fuera Terminator.

<<Hijo de puta>> ha gritado el Mr. Universo herido. Se oyen ruidos en las habitaciones contiguas. Las parejas han tenido que suspender el coito para salvar la vida. El vengador se quita el pasamontañas. No se esconde. Quiere que su verdugo sepa quién lo va a despedir de este mundo. Segundos de silencio. Tal vez incluso hasta de complicidad. Hay un pequeño momento entre asesino y asesinado donde se paga con un beso a la muerte. Los dos aceptan las reglas del juego. Hasta podría decirse que se trata de un matrimonio sagrado.

<<No te toques, quédate así. Sin camisa>> La experiencia en estos casos dice que no se puede despegar la mirada. Puede que haya un machete escondido en las sábanas o una ametralladora en el cajón del buró. Antes de asestar el tiro de gracia es preciso saber una cosa. Es una obsesión que no deja dormir por las noches. Tiene que haber algún motivo por el cual uno pierde la cabeza y decide saltarse las reglas.

<<¿Por qué la mataste? ¿Por qué carajos tenías que ser tan mierda?>> Suenan las sirenas. Se oyen como a 4 o 5 cuadras. El motor del auto está prendido. Si sale por la salida trasera del motel estará en el aeropuerto en 20 minutos. La impaciencia lo está matando. Pensar que se encuentra en la misma habitación donde ella sufrió su calvario. Es una tortura innecesaria. Bang. Suena otro balazo. Justo en las partes bajas. Por escasos segundos que le quedan de vida su enemigo quedará estéril. Pero la duda sigue flotando en el ambiente. ¿Cuánto más resistirá la ignominia?

<<Porque juró ante Dios que me engañó contigo. La punzada le atraviesa el corazón. Lo que había comenzado con un inocente escarceo devino en una aventura suicida. Si fue por los mensajes en el teléfono o los recados escondidos en los libros, ya de poco importa saber dónde se descuidaron. “No ambicionarás a la mujer de tu prójimo”. El vengador recuerda cuando el padre Ramírez le recordó ese mandamiento en su primera comunión. Qué lejanos días de verano.

Bang. El balazo final en la sien. Se sienta en el filo de la cama. En ese mismo lecho donde disfrutó los placeres culposos de la dicha. Comienza con el primer misterio. Calcula que cuando llegue la policía habrá empezado con el segundo. No importa nada. Podrá pasar cien o mil años en la cárcel. Le ha salido el tiro por la culata. Por dentro estará preso para toda la eternidad.